La deuda de Colombia con la educación de los docentes

Revista Semana Educación

La esperada reforma de las licenciaturas trajo consigo el sueño de empezar a configurar un país referente en excelencia docente. Para lograrlo, es importante tener en cuenta que el atraso en esta cuestión es enorme y los esfuerzos deben redoblarse.

La lógica es la siguiente: si lo que se busca es garantizar que la educación que reciben los estudiantes sea la mejor, hay que asegurarse de que quienes los forman también sean los mejores.

Colombia ha eludido esta premisa desde hace décadas, casi el mismo tiempo que países tan dispares como Finlandia o Singapur la integraban como piedra angular de sus sistemas de educación. No hace falta mencionar que los dos estados son referentes cuando se habla de calidad educativa y excelencia docente.

Muchos profesores colombianos no son los mejores a los que debería aspirar un país que quiere ser el más educado de Latinoamérica en 2025, meta del presidente Juan Manuel Santos. En promedio, los estudiantes que ingresan a la carrera docente lo hacen con unos resultados Icfes por debajo de los que obtiene el resto de bachilleres. Lo mismo sucede con los puntajes de las pruebas Saber Pro una vez salen con su título. Pero, además, la retribución que reciben por su trabajo en el aula tampoco los alienta a ser los mejores: reciben menos de lo que ganan sus pares en otras partes del mundo trabajando, en muchas ocasiones, más horas.

En otras palabras, ni entran bien preparados ni salen bien preparados de la universidad, y el problema de este círculo vicioso es que son ellos quienes forman a esos niños y jóvenes que en 2025 confirmarán —o no— si Colombia es, efectivamente, la más educada de la región o sigue a la cola de sus vecinos.

Con el objetivo de revertir esta situación, el gobierno tomó la decisión de reformar los programas de las licenciaturas. Lo hizo por medio del Decreto 2450 del 17 de diciembre de 2015 y la Resolución 02041 de febrero de 2016, por la que se establecieron ciertas características de calidad que deben tener estas carreras.

Ahora, las exigencias son claras. Las prácticas son obligatorias, por lo que la opción de matrícula virtual llega a su fin. Los profesores tendrán que salir de las instituciones con un buen manejo del inglés. Finalmente, ordena la amplia gama de nombres que tenían los programas que ofrecían un título de licenciatura en el país y redujo las 295 denominaciones existentes a 47.

El espíritu de la reforma sin duda es positivo y necesario: hay que poner reglas claras del juego para que las instituciones de educación superior empiecen a formar profesores competentes y conscientes de su importantísimo rol de cara al progreso de la sociedad. Sin embargo, la reforma no soluciona todos los problemas estructurales que se asocia con la formación docente.

Por un lado, el gobierno debe garantizar un acompañamiento efectivo a las universidades con el fin de que los requisitos de la reforma se vean reflejados en la excelencia docente de sus futuros egresados. Por otro, y quizá el punto más importante, hay que buscar el modo de revalorizar la labor docente. Hacerla más atractiva en términos de reconocimiento, oportunidad de crecimiento y sueldo para que los mejores quieran ser profesores.

En caso contrario, Colombia seguirá en las mismas: quedada en la formación docente. Muy quedada.

Fuente del articulo: http://www.semana.com/educacion/articulo/editorial-la-reforma-de-las-educacion-docente/537288

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