Augustine Charvin: La francesa que fundó la educación preescolar en El Salvador

Por: Carlos Cañas Dinarte.

Gracias a la educadora francesa Augustine Charvin, a inicios de 1884 y en San Salvador, fue puesto al servi-cio del público el Jardín de la Infancia, primer kindergar-ten nacional y centroamericano.

Cuando el 2 de abril de 1879 la educadora francesa Augustine Charvin desembarcó en el puerto de La Libertad tenía 41 años de edad. Nacida en la ciudad de Nancy, antigua capital de la provincia de Lorena, el 28 de agosto de 1838, llegaba contratada por el gobierno presidido por el doctor Rafael Zaldívar y formaba parte de un segundo grupo de personal francés que se necesitaba para reforzar las áreas educativas y militares del país.

Esta nueva oleada francesa había sido seleccionada en París por el abogado y escritor colombiano José María Torres Caicedo, nacido en Santafé de Bogotá en marzo de 1829. Miembro fundador de la Academia de la Lengua de Centro-América, germen sansalvadoreño de la primera Academia Salvadoreña de la Lengua, entre 1875 y 1885 fungió como representante diplomático salvadoreño ante los gobiernos de Francia, Santa Sede, Bélgica, Holanda, Inglaterra, España y Alemania. Redactor de la prestigiosa revista El correo de ultramar, fue uno de los creadores del término Latinoamérica o América Latina, en oposición a la América Hispana o Hispanoamérica impulsada por la corona española. Tan destacado personaje para nuestras relaciones internacionales terminó sus días el 25 de septiembre de 1889, preso en las redes de la locura, amarrado al pie de un poste, en el asilo para orates de Charenton.

Con un currículo magisterial de más de 14 años, el propósito original de la señorita Charvin era abrir una institución educativa superior para las mujeres salvadoreñas, cuyo intento más reciente había sido hecho el 15 de noviembre de 1868 por las institutrices francesas María Lesquoy y Lucía Poupinelle, llegadas a la capital salvadoreña el 30 de octubre de ese mismo año.

El nuevo Colegio Normal de Señoritas fue fundado en septiembre de 1879 y la señorita Charvin lo dirigió hasta noviembre de 1882, cuando dicho plantel fue puesto al mando de Laura Hall y Refugio Morán, quienes renunciarían a sus cargos en diciembre de 1885.

Con su nombre castellanizado a Agustina y ya alejada de la formación media de las mujeres salvadoreñas, la educadora gala gestionó ante el mandatario Zaldívar para que se le permitiera fundar una institución educativa que velara por la educación de la niñez de aquel El Salvador finisecular.

Así fue como, a inicios de 1884, fue puesto al servicio del público nacional el Jardín de la Infancia, primer kindergarten nacional y centroamericano, inspirado en la institución preescolar iniciada en 1837 por Friedrich Fröbel (1782-1852) en Blankerburg, localidad alemana de donde el término (kinder, niños y garten, jardín), llevado en manos y mentes de sus discípulos, se expandió por el oeste de Europa, Estados Unidos y América Latina entre 1850 y 1870.

Según las innovadoras propuestas del educador germano, todo kindergarten debía estar basado en la idea de la importancia del juego en la formación de los niños y niñas, en un ambiente en que se pudieran educar libres y sanos, mediante juegos, canciones, materiales especialmente elegidos para trabajar e historias dirigidas a las necesidades de las personas de más corta edad.

Conocedoras ya de esa filosofía educativa, ese primer Jardín de la Infancia de toda el área centroamericana fue cofundado por la señorita Charvin, la mentora vicentina Victoria Aguilar y la profesora Carmen Menéndez. Debido al estado civil de las tres educadoras, es más que probable que de él se derivara la costumbre tan extendida en El Salvador de llamar “señoritas” a todas las educadoras de nivel parvulario o preescolar.

Mediante los aspectos lúdicos sugeridos por el método pedagógico de Fröbel (Froebel), esa primera institución parvularia nacional utilizaba el juego para desarrollar los cursos de Lectura, Aritmética –que incluía el uso del sistema métrico decimal, adoptado oficialmente por El Salvador hasta el año siguiente-, Lecciones objetivas, Geografía, Francés, Historia natural, Principios de fisiología e higiene, Gramática castellana, Religión, Calistenia y Piano.

Algunas de estas materias contaban con el auxilio de un museo escolar y de varios mapas, de fabricación europea, para tratar temas de geografía física, política y meteorología.

Compuesto por tres secciones con dos grados cada una –establecidos bajo el criterio de los conocimientos y no el de la edad-, al Jardín de la Infancia asistía más de medio centenar de niñas y niños, número que en 1887 se triplicaría.

Entre aquel cúmulo de energía y algarabía se encontraban José Mejía, Luz Gómez, Clotilde Fiallos, Mercedes Mejía, Lucía Dreyfus, Adela Delgado, Concepción Peralta, Dolores Castañeda, Ángela Hidalgo, María Luisa y Enrique Pawski, Josefa Delgado, Fernando Párraga, Carlos Leiva, Maura Alfaro, María Teresa Mendiola, Salvador Jirón, Emeterio Paredes, Héctor Blanco, Federico Posada, Francisco Zaldívar, Estanislao van Severen, Jorge Esquivel; Ignacio y Carlos Zepeda; Leonor, Elena y Carmen Meléndez; Sara Lemus, Isabel Romero, Ester Meza, Coralia Trigueros, Soledad Castillo, Laura y Carmen Bousquet; Etelvina Ambrogi, Alfredo Trigueros, Alberto Bueron; Ricardo y Héctor Moreira; Miguel Fuentes, Manuel Fiallos, Francisco Lagos, Berta Dreyfus; Concepción y Ángela Manzano; Mercedes Barraza, Dolores Ayala y Margarita Bernabéu; Vicente Sol, Juan Ramón Uriarte, Carlos Leiva, Víctor Jerez y Manuel Castro Ramírez.

Según lo reporta el Diario oficial del viernes 12 de diciembre de 1884, la mayoría de estos niños y niñas se presentó a los salones de la antigua Universidad de El Salvador (ahora Predio Universitario, contiguo a la Catedral de San Salvador). Entre el 24 y 29 de noviembre de ese año, allí se sometieron a diversos exámenes públicos, ante un jurado evaluador compuesto por los doctores Rafael Reyes, Jorge Aguilar y Esteban Castro. Finalizado ese requisito de ley, el día 30 aquellos alumnos y alumnas fueron honrados y premiados por el entonces Ministerio de Instrucción Pública.

La misma fuente periodística del lunes 21 de diciembre de 1885 reporta que en los exámenes desarrollados entre el 1 y el 7 de diciembre de 1885 sobresalió la alumna sordomuda Mercedes Peralta, instruida con grandes empeños y progresos por la profesora Victoria Aguilar. Pocos años más tarde, la señorita Peralta entró a trabajar como empleada en el mismo centro educativo. Ese fue el origen de la educación especial, orientada a la población salvadoreña con minusvalías y discapacidades.

Hasta 1890, el Jardín de la Infancia estuvo localizado cerca de la Iglesia de La Merced, sobre la calle del Calvario, ahora 6ª. calle Oriente. En 1895 se trasladó a un nuevo local, situado sobre la antigua 9ª. avenida Sur, frente al Hotel Inglés.

Instalado en su nueva sede y siempre bajo la dirección de la señorita Charvin, el Jardín de la Infancia desarrolló sus actividades de este año lectivo entre el 1 de febrero y el 25 de noviembre. Asistían en ese momento 30 alumnos de tres a 10 años -quienes podían acudir en calidad de externos o medio internos-, al igual que con 49 alumnas de tres a 14 años, integradas al régimen del plantel en calidad de externas, medio internas o internas.

Los de menor edad en ese grupo estudiantil recibían clases diarias de Lectura, Escritura, Dictado, Francés, Aritmética, Geografía general, Clase objetiva, Moral y urbanidad, Recitación, Calistenia y Labores de mano. Mientras, los niños y niñas ya mayores eran instruidos en Lectura explicada, Escritura, Dictado, Traducción, dictado y gramática francesa, Aritmética, Geometría, Geografía de El Salvador, Historia de Centro América, Clase objetiva, Moral y urbanidad, Historia sagrada y Labores de mano.

Poco a poco, la educación parvularia brindada por esa primera institución centroamericana había ido calando hondo en las mentes de la población salvadoreña, tan reacia muchas veces a los cambios positivos. Pero el tiempo también había realizado su labor en la persona de la señorita Charvin y sus colaboradoras, por lo que hubo necesidad de establecer un kindergarten en la ciudad capital.

Esta nueva institución, llamada también Kindergarten no. 2, fue fundada en mayo de 1896 por el Ministerio de Instrucción Pública, presidido entonces por el humanista integral Francisco Gavidia. Con sueldos mensuales de 70 y 50 pesos, las educadoras Asunción Álvarez y Jesús Peña fueron nombradas como directora y subdirectora de ese nuevo plantel.

Tras muchos años de efectiva labor docente, Augustine Charvin se retiró de la dirección del kindergarten que ella fundara. En reconocimiento a su labor, en la sesión plenaria del 14 de marzo de 1900, la Asamblea Legislativa acordó entregarle un diploma de honor al mérito “como débil muestra de gratitud por sus servicios a la Patria en la noble carrera del magisterio”.

Rodeada de pobreza, cerró sus ojos hacia la eternidad en San Salvador, el viernes 4 de marzo de 1921. Llorada en sentidos artículos por los periódicos de la época, también recibió el homenaje del gobierno nacional, que el sábado 5 emitió el acuerdo ejecutivo en que declara su fallecimiento como “sensible pérdida para el Magisterio Nacional”.

Sus restos fueron depositados en una tumba del Cementerio General, pero su recuerdo y su legado educativo permanecieron en las mentes y corazones salvadoreños durante muchas décadas.

Veinte años más tarde, su compañera Victoria Aguilar también le rendía cuentas a la vida en San Salvador, el jueves 25 de septiembre de 1941, a los 72 años de edad. Fruto de su unión matrimonial con el ingeniero y educador Pedro Bedoya Larrave fue María Agustina Bedoya Aguilar, quien fungió durante muchos años como directora del kindergarten capitalino “Agustina Charvin” y como inspectora capitalina de educación parvularia. Por sus notables aportes en esta rama educativa, su nombre lo ostentan tres jardines de la infancia, situados respectivamente en Cojutepeque, en la 19ª. avenida Norte y en la calle 5 de noviembre, estas dos últimas del área urbana de San Salvador.

Niñez alojada en la Sala Cuna, institución de 1904 aún existente en la avenida Cuscatancingo, San Salvador. / DEM

Para 1940, las cifras estatales arrojaban la existencia de 51 instituciones parvularias (ocho oficiales, dos municipales y 41 particulares) y 2,717 estudiantes, de un total nacional de 1,285 centros educativos, con una población escolar estimada en 89,900 educandos. A partir de febrero de 1942, a muchas de esas escuelas comenzaron a llegar letras y partituras de más de un centenar de canciones infantiles, traídas desde México por la inquieta educadora y recitadora salvadoreña Lydia Villavicencio Olano. Ella adquirió esos materiales educativos de manos de un trabajador veracruzano de la radiodifusora XEW. Aquel hombre se llamaba Francisco Gabilondo Soler (1907-1990) y ya era conocido en toda Hispanoamérica como “Cri-cri, el grillito cantor”.

Según las estadísticas del Ministerio de Educación, para el año 2017 la tasa neta de cobertura en educación parvularia fue del 56.3 %, con atención para 225,431 niñas y niños entre cuatro y seis años de edad. En el caso de la educación inicial de cero a tres años de edad, la tasa neta cubría apenas el 5.1 % (29,009 niños y niñas) hasta agosto de 2017. Así, más de 190 mil infantes quedan fuera, año con año, de los jardines de infancia privados y públicos.

Pese a los cuestionamientos en cuanto a la calidad de la educación impartida y recibida, es indudable que se ha hecho un notable avance frente al 27.45 % de cobertura que había en 1994 y mucho más respecto a las cifras de 1940, 1887 y 1884.

Aunque ahora el olvido histórico bate sus alas sobre sus nombres, la señorita Charvin, sus colaboradoras y sus discípulas en el arte de educar a las mentes más jóvenes pueden descansar en paz.

Su obra no ha sido en vano. En estas dos décadas recorridas del siglo XXI, siempre hay y habrá niños y niñas a quienes el juego y las demás actividades compartidas educarán y desarrollarán en sus áreas socioafectiva, psicológica, motora y cognoscitiva. Así adquirirán las herramientas necesarias para que penetren en el futuro cercano al vasto universo del conocimiento.

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