Entrevista a Valérie Rey-RobertV: “En Francia denunciar las agresiones sexuales nos convierte en traidoras a la nación”

Redacción: Rebelión

Al menos 85 mujeres asesinadas por su pareja o expareja. Es el número de feminicidios en Francia entre enero y principios de agosto. Una cifra que alarma cada vez más a la opinión pública francesa. El reconocimiento y la denuncia de la violencia de género parece abrirse paso en un país antaño referente del feminismo, pero en el que en los últimos tiempos movimientos como el #Metoo u otras movilizaciones feministas han encontrado una mayor resistencia o desapego. Valérie Rey-Robert es una de esas mujeres que lucharon contra viento y marea ante la invisibilización de los abusos sexistas.
Autora del influyente blog Crêpe Georgette, estuvo entre las víctimas de la Liga del Lol, un grupo de hombres periodistas y publicistas que se dedicaban a acosar en las redes sociales a militantes feministas. Ha publicado este año el libro Une culture du viol à la française (Una cultura de la violación a la francesa).
En este sugerente ensayo cuestiona los prejuicios sexistas que originan las violencias sexuales. Un sexismo presente desde los relatos bíblicos hasta Juego de Tronos. Pero también imperante en el patrimonio cultural de Francia, cuna del amor cortés y de la galantería y el libertinaje rococós.
“Cuando las feministas francesas denuncian las violencias sexuales, se les responde que no son abusos, sino una forma de entender las relaciones amorosas que se fundamenta en una cierta dominación masculina”, asegura Rey-Robert. En esta entrevista en una cafetería en Bourg-la-Reine, en la periferia sur de París, analiza el concepto de cultura de la violación, los estereotipos predominantes sobre los agresores sexuales y el retraso de la causa feminista en Francia.
¿En qué consiste la cultura de la violación? 
La cultura de la violación es el conjunto de ideas recibidas sobre la violación, sus víctimas y los autores. Estas sirven para reducir la responsabilidad de los violadores y culpabilizar a las víctimas e invisibilizarlas. Hablamos de cultura de la violación porque estas ideas están impregnadas en toda la sociedad y se transmiten de generación en generación. Por este motivo, creo que es importante utilizar el término cultura.
A menudo la idea predominante en la sociedad de qué es una violación no se corresponde con la realidad…
Cuando hablamos de las violaciones de forma abstracta, todo el mundo se opone a ellas. Pero cuando se trata de un caso concreto en el que está implicado uno de nuestros directores de cine preferidos, un político o una persona de nuestro entorno, entonces el discurso cambia completamente y, en lugar de creer a las víctimas, las culpabilizamos. La violación es uno de los pocos delitos en los que sucede esto. Lo que dificulta que se reduzca el número de agresiones. Hasta que no logremos contradecir los prejuicios predominantes no podremos avanzar.
¿Cuáles son los principales lugares comunes sobre los autores y las víctimas de violaciones?
Sobre los autores de las violaciones, que estos son personas desconocidas por la víctima, con una mala vida sexual, feos, desgraciados, pobres, de origen extranjero… También que estas agresiones se producen sobre todo durante la noche y que sus autores amenazan a la víctima con un cuchillo. Pero todo esto es falso, ya que en el 90% de los casos las víctimas conocen a los autores de la violación. Estos pertenecen a todas las clases y categorías sociales. Respecto a las víctimas, los estereotipos siempre sugieren que estas lo han buscado. O bien porque son demasiado guapas y han provocado al violador, tan feas que no puede ser que no hayan consentido la relación, bebieron demasiado… No hay una buena víctima de una violación y estas siempre son juzgadas por sus reacciones.
De hecho, uno de los prejuicios más habituales es que las mujeres suelen mentir cuando denuncian una violación… 
Sí, exacto, pero los estudios realizados en países occidentales nos muestran que solo entre un 6% y el 8% de las denuncias de violación resultan falsas. En Estados Unidos, se llevó a cabo un amplio informe sobre la criminalidad durante los últimos diez años en el que se demostró que hay más hombres condenados injustamente por un homicidio que por haber violado. Por desgracia, uno de los prejuicios machistas más habituales es que las mujeres mienten.
Encontramos esta idea desde la literatura mitológica, con la Biblia y los mitos grecorromanos, pero también en la cultura contemporánea, por ejemplo, en el cine negro estadounidense con la figura de la femme fatale. El tópico de la mujer mentirosa ha estado presente en más de mil años de historia occidental.
 
EXISTE UNA ESPECIFICIDAD FRANCESA, QUE UTILIZA –Y MANIPULA– LA HISTORIA Y EL ARTE PARA JUSTIFICAR A LOS VIOLADORES
 
Como explicas en Une culture du viol à la française, el concepto de cultura de violación aparece primero en Estados Unidos a principios de los setenta. ¿Cómo surgió? 
Los movimientos feministas no empezaron a concentrarse en la denuncia de las violencias sexuales hasta la década de los setenta. Antes sus principales reivindicaciones habían sido el derecho a voto, al aborto o la contracepción.
Pero a principios de los setenta empiezan a utilizar el concepto de cultura de la violación en Estados Unidos para denunciar que las agresiones sexuales están presentes en todas las capas de la sociedad y que no se trata de un fenómeno extraño como se creía entonces, cuando predominaba el tópico de que había pocas agresiones sexuales y estas eran protagonizadas por hombres monstruosos y padecidas por mujeres con malas costumbres.
En tu ensayo hablas de una “cultura de violación a la francesa”. ¿Hay alguna especificidad francesa?
 
Al utilizar este concepto, no quiero decir que Francia sea más permisiva con las violaciones que otros países europeos. También debe haber una cultura de la violación a la española. Pero en el caso de Francia existen algunas especificidades sistemáticas. Cuando feministas francesas denuncian las violencias sexuales, se les responde que no son abusos sino una forma de entender las relaciones amorosas que se fundamenta en una cierta dominación masculina.
Y se asegura que no hace falta cambiar nada ya que forma parte nuestro patrimonio cultural. Cuando en 2011 y 2015 se destaparon los escándalos sexuales de Dominique Strauss Kahn [exdirector del Fondo Monetario Internacional], los tertulianos franceses solían repetir frases como: “No serán los estadounidenses los que nos enseñen cómo se hace el amor, dado que nosotros somos especialistas en ello”. Existe una especificidad francesa, que utiliza –y manipula– la historia y el arte para justificar a los violadores.
 
¿A qué te refieres cuando hablas de cultura francesa? ¿Al amor cortés desarrollado por la literatura de los trovadores? ¿A la galantería y el libertinaje del arte rococó? 
A la cultura francesa en un sentido amplio. Es decir, nuestra forma de percibir la violencia sexual, las leyes votadas en el pasado sobre esta cuestión… Pero también la cultura artística, como el libertinaje del arte rococó o el amor cortés. En Francia, consideramos las obras de arte clásicas como sagradas. Si decimos que en un cuadro como La résistance inutile (La resistencia inútil) de Jean-Honoré Fragonard o en libros como Les liaisons dangereuses (Las amistades peligrosas) de Pierre Choderlos de Laclos se describe una escena de violación, se nos dirá que ensuciamos estas obras. Estas son utilizadas asimismo para justificar que en las relaciones entre un hombre y una mujer hay una cierta violencia y que estas relaciones heterosexuales forman parte del patrimonio francés.
Entonces, criticar la cultura de la violación es percibido como un ataque a la cultura francesa… 
Sí, este es uno de los grandes problemas. Cuando a finales de 2017 emergió el movimiento Balance ton porc (Denuncia a tu cerdo) –el equivalente francés de #MeToo–, las mujeres que denunciaron abusos sexuales fueron comparadas con los franceses que delataron a judíos durante la Segunda Guerra Mundial. Estas críticas se produjeron en varias ocasiones. Con ellas se insinuó que denunciar las violencias sexuales nos convierte en traidoras a la nación. Para algunos, criticar la cultura de la violación resulta sinónimo de atacar la cultura francesa.
 
A diferencia de España o Estados Unidos, el movimiento #MeToo ha tenido un impacto más bien débil en la sociedad francesa. ¿Cómo explicas este retraso del feminismo en Francia, un país referente durante la segunda ola del feminismo en los sesenta y setenta?
Como apuntan las feministas estadounidenses Joan Scott y Christine Delphy, esto refleja la incapacidad del movimiento feminista francés de cuestionar la heterosexualidad. Cuando se produjo en 2011 el caso de Strauss Kahn –acusado de haber violado en el Sofitel de Nueva York a la limpiadora Nafissatou Diallo–, varios tertulianos franceses dijeron que los estadounidenses no comprendían nada, que eran demasiado puritanos.
Entonces, la socióloga francesa Irène Théry publicó un artículo en el que reivindicaba el encanto del coito robado. Era un discurso muy extraño para una intelectual que se reivindica como feminista. Scott le respondió con otra tribuna en la que aseguraba que en Francia existe una dificultad en el seno del feminismo para hablar del sexo y las violencias sexuales. Resulta prácticamente una cuestión tabú.
 
De hecho, sorprendió la tribuna publicada en 2018 en Le Monde en la que conocidas actrices como Catherine Deneuve o escritoras como Catherine Millet reivindicaban la “libertad de importunar” de los hombres…
 
Esta respondía al mismo prisma de la cultura francesa. Es decir, el elogio de la galantería. Algunas de las autoras de la tribuna defendían la idea de que las violencias sexuales cometidas por los hombres de una determinada clase social no son tan graves. Cuando defienden la libertad de importunar, no reivindican la de un hombre mayor que huele mal en el metro, sino la de un hombre rico. Se trata de una posición clasista.
 
¿La cultura de la violación también se fundamenta en el racismo?
 
  Sí, porque tendemos a ver al violador como el otro. Su estereotipo no se corresponde con el hombre de bien, aburguesado, sino con el inmigrante de la banlieue [barrios populares con elevados porcentajes de población de origen extranjero]. Durante el periodo colonial, se construyó en Francia la imagen del hombre magrebí como un violador por esencia, que abusaba de las mujeres al tener unas pulsiones sexuales muy fuertes.
Este imaginario estaba tan presente que cuando se cerraron los prostíbulos en Francia en 1946, esta nueva legislación se aplicó en todo el territorio francés excepto en Argelia y en el barrio de la Goutte d’Or en París, en el norte de la capital francesa, en el que había una gran presencia de población argelina.
HAY QUE SER MÁS CONTUNDENTE CON LAS FEMINISTAS XENÓFOBAS Y DECIRLES QUE EL RACISMO ES INCOMPATIBLE CON EL FEMINISMO
En definitiva, en Francia predomina la imagen de los árabes y los negros como hombres más proclives a cometer delitos sexuales al sentirse especialmente atraídos por las mujeres blancas. A principios de los 2000, empezó a hablarse de las tournantes [rotatorias] para designar las numerosas violaciones colectivas que se producían en las banlieues, aunque los sociólogos pusieron en duda que este fenómeno fuera específico de los barrios populares.
Cuando la Nochevieja de 2015 se produjeron las agresiones sexuales en Colonia, mucha gente se mostró preocupada por las violencias sexuales y aseguró que su naturaleza era distinta cuando sirios o iraquíes cometían estos actos en lugar de hombres blancos.
Pero también hay numerosos ejemplos de violaciones colectivas protagonizadas por hombres occidentales, como el famoso caso de la Manada en España. 
Sí, en la Oktober Fest en Baviera (Alemania) suelen producirse tantas agresiones sexuales que tuvieron que crear un espacio específico para las mujeres para que estas pudieran sentirse seguras. En los Sanfermines en España sigue habiendo violencias sexuales. Sin embargo, casos como el de la Manada no aparecen en las portadas de la prensa francesa, como sí sucedió con las agresiones en Colonia.
Cuando surgió el movimiento #MeToo, el caso que tuvo un mayor eco mediático en Francia fue el de Tariq Ramadan, un famoso teólogo musulmán inculpado por dos presuntas violaciones. Entrevistaron a varios especialistas sobre el islam, lo que daba a entender que, si había violado, era en relación con su confesión musulmana. Pero en realidad parece ser el típico caso de abuso sexual, poco tiene que ver con el islam.
¿Cómo se debería hacer frente a estos prejuicios xenófobos y al pinkwashing que algunos partidos de ultraderecha utilizan para apropiarse del feminismo?
Tenemos que ser más precisos con las cifras y recordar que los datos nos muestran que las agresiones sexuales son cometidas por todo tipo de hombres, de cualquier clase social. En Francia no disponemos de estadísticas étnicas, pero sí en Estados Unidos donde observamos que el número de negros condenados a penas de prisión por casos de violación es superior al de los blancos.
Pero esto se debe sobre todo a disfunciones de la justicia. Porque si nos fijamos en el tipo de mujeres que son violadas, esto nos muestra que los negros no violan más que los blancos. También hay que ser más contundente con las feministas xenófobas y decirles que el racismo es incompatible con el feminismo.
¿Cómo hay que combatir la cultura de la violación? ¿Hacen falta nuevas leyes?
 
La legislación actual me parece suficiente, pero sí que hay que hacer grandes esfuerzos para educar de otra manera. Hace falta poner en duda todos los prejuicios sobre las violencias sexuales. Mientras la justicia siga formando parte de la cultura de la violación, no sirve para nada aprobar leyes más duras. Lo pudisteis comprobar en España con el caso de la Manada en el que uno de los jueces de la Audiencia de Navarra pronunció un voto particular absolutamente increíble. Así pues, hay que educar a todas aquellas personas susceptibles de estar en contacto con víctimas de agresiones, como los jueces, policías o profesionales de los servicios sociales.
¿Qué piensas del movimiento feminista español?
 
Me genera cierta envidia. Se ha convertido en todo un ejemplo por su gran capacidad de movilización. A menudo se describe España como un país más machista que Francia, pero creo que es todo lo contrario. Siento una gran admiración por las feministas españolas.
Fuente: https://www.rebelion.org/noticia.php?id=259516&titular=%93en-francia-denunciar-las-agresiones-sexuales-nos-convierte-en-traidoras-a-la-naci%F3n%94-

 

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