Sarmiento, más de carne y hueso que de bronce

Por: Silvia Fesquet. 

No parece un hombre sino una multitud”. La definición del historiador sirve para retratar rotundamente a Domingo Faustino Sarmiento. Cuando pasado mañana se celebre el Día del Maestro, en un nuevo aniversario de la muerte del sanjuanino, se estará homenajeando una de las facetas, inconmensurable pero apenas una, de una de las personalidades más notables que hayan visto la luz en esta tierra. Presidente de la Nación, gobernador de San Juan, senador nacional, ministro plenipoteciario; escritor, docente, periodista, fueron algunos de los cargos y oficios que desempeñó. Como parte de su vasta y variada obra, más allá de la creación de más de un centenar de escuelas, varios colegios nacionales y las primeras escuelas normales del país, se destacan la fundación del Colegio Militar y la Escuela Naval, el Observatorio Astronómico, la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas y la Academia de Ciencias de Córdoba; la contratación de maestras estadounidenses, la inauguración de la primera exposición nacional, la ley de bibliotecas populares dando origen a más de un centenar de ellas, la puesta en vigencia del Código Civil redactado por Dalmacio Vélez Sarsfield, la creación de una gran cantidad de caminos, la extensión de la red ferroviaria, el uso del telégrafo para unir al país con el mundo, el fomento de la inmigración, y el Parque 3 de Febrero, en Palermo, entre otras.

“Si fuera posible adoptar un símbolo de la nacionalidad argentina del pasado y del presente (…) sería necesario adoptar la efigie de Sarmiento, en prueba de la capacidad argentina para muchas cosas, pero también de sus perpetuas incomprensibles contradicciones. Los ojos salientes, los labios abultados, el cuello grueso, la enorme calvicie de su frente, las espaldas cargadas, las piernas más largas que el cuerpo, demostraban al mismo tiempo que una naturaleza físicamente poderosa, un hombre con todos los apetitos humanos, capaces de engendrar todas las pasiones, y algunas veces germen de esas fuerzas muchos años ocultas, que reventaban de repente con rugidos de torrentes y relámpagos de tormenta, que dejaban absorta a la sociedad, y hubieran conmovido a los pueblos si no hubieran pasado tan rápidamente como habían aparecido. Eva habría tenido muchísimo menos trabajo con Sarmiento que con Adán para hacerlo probar la fruta prohibida”. Tal el retrato de Carlos D’Amico en su libro “Buenos Aires. Sus hombres. Su política”, trazando la semblanza de alguien a quien, como decía el poeta, nada de lo humano le era ajeno.

Con la misma pasión con que batallaba por la educación pública, la instrucción de las mujeres y el progreso de la ciencia, no desatendía ni las urgencias de la carne ni los alborotos del corazón.

“He debido meditar mucho antes de responder a su sentida carta de usted, como he necesitado tenerme el corazón a dos manos para no ceder a mis impulsos. No obedecerlo era decir adiós para siempre a los afectos tiernos y cerrar la última página de un libro que sólo contiene dos historias interesantes. La que a usted se liga era la más fresca y es la última de mi vida. Desde hoy soy viejo”, escribe en una carta sin fecha a Aurelia Vélez Sarsfield, hija de Dalmacio y uno de los grandes amores de su vida. A pesar de esta despedida, -Sarmiento estaba aún casado- el vínculo perduraría para siempre. El admiraba su inteligencia, su “madurez de juicio” y su determinación, y atendía sus consejos en todos los planos, incluido el político. Cuando en 1888 decidió trasladarse a Paraguay, invitó a Aurelia a visitarlo allá. “Venga, juntemos nuestros desencantos para ver sonriendo pasar la vida”, le escribió. Juntos pasaron los que serían los últimos meses. Pocos días después del regreso de ella a Buenos Aires moriría él, el 11 de septiembre, a los 77 años. Tiempo atrás había escrito, en un relato de su vida: “Dejo tras de mí un rastro duradero en la educación y las columnas miliarias en los edificios de escuelas que marcarán en la América la ruta que seguí (…) He labrado como las orugas mi tosco capullo, y sin llegar a ser mariposa, me sobreviviré para ver que el hilo que depuse será utilizado por los que me sigan”.

Fuente de la reseña: https://www.clarin.com/opinion/sarmiento-carne-hueso-bronce_0__dksn6zRf.html

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