Neurociencia y educación: el arte de enseñar

noticias,perfil,com / 09-12-2019

Stanislas Dehaene, presidente del Consejo Científico de Educación Nacional de Francia, analiza cómo el cerebro aprende a aprender.

Si hiciera falta resumir en una sola palabra el talento que caracteriza a nuestra especie, optaría por el verbo “aprender”. Más que ser integrantes de la especie Homo sapiens, formamos parte de Homo docens, la especie que se enseña a sí misma. Lo que sabemos del mundo, en su mayor parte, no es algo que se nos haya dado: lo aprendimos del ambiente o del entorno. Ningún otro animal pudo descubrir como nosotros los secretos del mundo natural.

Gracias a la extraordinaria flexibilidad de sus aprendizajes, nuestra especie logró salir de su sabana natal para cruzar desiertos, montañas, océanos y, en apenas varios miles de años, conquistar las islas más remotas, las grutas más profundas, los hielos marinos más inaccesibles e inhóspitos y hasta la luna. Desde la conquista del fuego y la fabricación de herramientas hasta la invención de la agricultura, la navegación (marina, aérea y extraplanetaria) o la fisión nuclear, la historia de la humanidad no es otra cosa que una reinvención constante. La fuente secreta de todos estos logros es una: la facultad de nuestro cerebro de formular hipótesis y seleccionarlas para transformar algunas de ellas en conocimientos sólidos acerca del ambiente.

Nuestra especie hizo del aprendizaje su especialidad. En el cerebro, miles de millones de parámetros son libres de adaptarse al medio, la lengua, la cultura, los padres, la alimentación. Esos parámetros son elegidos cuidadosamente: dentro del cerebro, la evolución definió, con precisión, qué circuitos están precableados y cuáles están abiertos al ambiente. En nuestra especie, la incidencia del aprendizaje es particularmente vasta, porque la infancia se prolonga muchos años. Gracias al lenguaje y a las matemáticas, nuestros dispositivos de aprendizaje tienen la posibilidad de transitar espacios de hipótesis que se incrementan en una combinatoria potencialmente infinita, aún si se apoyan sobre bases fijas e invariables, heredadas de la evolución.

En fecha más reciente, la humanidad descubrió que esta notable capacidad de aprendizaje puede verse aún más fortalecida con ayuda de una institución: la escuela. La pedagogía activa es un privilegio de nuestra especie: ningún otro animal se toma el tiempo de enseñarles nuevos talentos a sus hijos, deliberadamente, prestando atención a sus dificultades y errores. La invención de la escuela, que sistematiza la instrucción informal presente en todas las sociedades humanas, supuso un incremento significativo en el potencial cerebral. Comprendimos que necesitábamos aprovechar esta pródiga plasticidad del cerebro del niño para inculcarle un máximo de informaciones y talentos.

A lo largo de los años, las posibilidades de la escolarización no dejaron de ganar eficacia: comenzaron cada vez más temprano, desde el jardín de infantes, y se extendieron cada vez más. E incluso cada vez más mentes se benefician de una enseñanza superior en la universidad, auténtica sinfónica neuronal en que los circuitos cerebrales ponen a tono y potencian sus mejores talentos.

Hoy en día, la educación puede considerarse el principal acelerador de nuestro cerebro. Su lugar privilegiado, que recuerda por qué debe situarse entre los primeros puestos de las inversiones del Estado, se justifica fácilmente: sin ella, los circuitos corticales serían diamantes en bruto. La complejidad de las sociedades contemporáneas debe su existencia a las múltiples mejorías que la educación aportó a nuestra corteza: la lectura, la escritura, el cálculo, el álgebra, la música, las nociones de tiempo y espacio, el refinamiento de la memoria… 

 

 

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