Redescubriendo modos de abrazarnos, una oportunidad en la pandemia. La corporalidad, potente territorio de transformaciones

Por:  María Alejandra Castiglioni

“El sistema, que no da de comer, tampoco da de amar: a muchos condena al hambre de pan y
a muchos más condena al hambre de abrazos”
Eduardo Galeano,

El libro de los abrazos

Aislados para proteger nuestra salud, aislados para proteger al otro, aislados para proteger nuestra comunidad y a esta aldea global. Aislados nuestros cuerpos. Cuerpos, superficie donde se inscribe nuestra historia, nuestra vida y también nuestra muerte.

El cuerpo, como construcción cultural es el espacio primario donde se instala, expresa y percibe la emocionalidad. Es “el lugar” donde todo sucede, donde se sostiene y se fragua la conversación educativa y se desenvuelven los procesos de socialización e individuación, donde habitamos vínculos para soñar, gestar y construir nuevos escenarios.

La pregunta es ¿Cómo abrazarnos en tiempos de pandemia?
Hay algo más que los cuerpos…

Hay una interfaz entre ellos donde erupcionan nuestros gestos, voces y relatos, este es el espacio de la corporalidad. Quizás sea momento de redescubrir su potencia, matices, intensidades y lenguajes para intentar abrazarnos de otros modos, tan necesarios en el escenario de una pandemia. Hace falta compartir el miedo, el dolor, la distancia, el silencio, la soledad. Así, el valor de la voz que contiene, la mirada que reconoce, el silencio disponible a los otros, el llamado de atención que cuida, la palabra que reconforta, la distancia física que protege, entre otros gestos, ellos forjan un entramado que abriga la conciencia social, lo que por su parte sostiene y construye esperanza.

Estos entramados habitan en esa interfaz que media “entre lo social y lo individual, lo psicológico y lo simbólico”, los que cada cultura aloja y le otorga sentido (Le Breton, 2002:97).

Cultura que, en su sentido dinámico e inacabado, se hace visible en nuestros cuerpos siempre en movimiento, al pensar, al hablar, al mirar y en el transcurso de nuestras vidas. La cultura puede pensarse como forma integral de vida creada por una comunidad a partir de su particular manera de resolver –desde lo corporal, emocional y psíquico- las relaciones que mantiene en su seno “con el propósito de dar continuidad y sentido a la totalidad de su existencia” (Olmos, 2003: 16).

Continuidad a la existencia… allí el aprendizaje que hoy nos implica, allí la educación. Un proceso con intencionalidad pedagógica contextualizado, donde capitalizar sentipensares diversos y recuperar la amorosidad y la emoción que moviliza situaciones del mundo interno en la interacción consigo y con los otros ya que “no hay acción humana que la funde como tal” sin emoción (Maturana). Hoy erupcionan en nosotrxs las más variadas.

Asimismo, referenciar los modos que cada cultura construye -en su diversidad relacional- el modo de transmitir emociones mediante la gestualidad, expresiones éticas y estéticas, disposiciones corporales que modulan la comunicación social y la imagen corporal.

De allí la importancia de la escucha y disponibilidad adulta a esa dimensión simbólica, las que desde la pedagogía intercultural crítica permiten capitalizar esta coyuntura en el extrañamiento de lo real, impugnando escisiones hegemónicas que se han acomodado en nuestros cuerpos generando representaciones estigmatizantes de la alteridad e instalando inequidades.

En este sentido, la corporalidad humana, fenómeno social y cultural, materia simbólica, objeto de representaciones y de imaginarios, también aloja valoraciones arbitrarias, producto de un consenso histórico y social circunstancial que no se corresponde con la naturaleza misma de cada ser humano y estigmatizan.

Pero, este virus nos hace iguales ante su hostilidad, no hay prestigio autopercibido que proteja de su virulencia. Es un momento histórico donde revisar la matriz simbólica que organiza nuestra percepción del otro, para comprender que la pandemia no distingue etnia, edad, nacionalidad, clase social u otras categorías instalándonos a todos en las mismas condiciones para contagiarnos. Quizás no sucede esto para conservar nuestra salud, en muchas ocasiones estaremos dependiendo de quien sea respetuoso del bien común.

¿Cómo construir estas transformaciones necesarias desde el campo educativo?
Analizando crítica y amorosamente los gestos que nos vinculan y en qué medida sustentan una perspectiva de derechos que refleje un compromiso hacia la real efectivización de todos ellos desde el nacimiento, incluso el derecho a la salud.

Será responsabilidad de todos encarnar las palabras de Freire, nadie se salva solo, nadie
salva a nadie, nos salvamos en comunidad. Así la centralidad de la educación, en su
dimensión política insoslayable, como campo de disputas, como posibilidad de impugnación
de inequidades, como instancia de transformación social donde los educadores gestamos lo
gestante a partir de la voz infantil, entregando un legado respetuoso de la humanidad y de la
naturaleza -como parte de ella- entre cada generación y así, construyendo comunidad.

La voz infantil nos recuerda a cada instante esta necesidad imperante, me invito, les invito a
reponer sus expresiones que nos lo recuerdan cuando vamos a cortar una flor, cuando no
cuidamos nuestro medio ambiente, cuando gritamos, cuando demandan escucha atenta o
nuestra disponibilidad. Quizás así desenvolver nuevos procesos alojando su deseo, emoción
en diálogo con el bagaje antropológico y simbólico que alojan en su excepcionalidad.

Para Kohan, “la humanidad tiene un soma infantil que no lo abandona y que ella no puede
abandonar” (2004: 274). En este ser continentes de la infancia, territorio, sentido y
condición de la experiencia humana, la que erupciona per se en un devenir incesante,
anticipa nuevos comienzos… ¡es vida!

Rita Segato dice que somos emanaciones de nuestros paisajes. Creo que esta es una
oportunidad para reinventar en comunidad paisajes más justos, más humanos, disponibles
amorosamente a cada niño, niña y niñe, quienes portan en su singularidad un impulso vital y
transformador.

También, instancia para revisar el rol de los estados en las economías mundiales y la
implicancia de las políticas neoliberales que entienden -ya lo sabemos- al ser humano como
mercancía y en el caso de las infancias, marcan a lxs niñxs como oportunidad o amenaza
para cumplir sus objetivos.

Hoy intentamos mil maneras de llegar a los otros, y en ellos a los alumnxs y a sus familias
para que ninguno de ellos se “caiga ” de esta comunidad de la que formamos parte, un
entramado que construye conciencia social, que sostiene nuestra corresponsabilidad de
existir.

El sol seca la arcilla y derrite la vela, dice Kant, un mismo hecho -en este caso- global,
devastador y arrasador puede ser una invitación a valorar la vida una vez más y elegir de qué
modo honrarla escuchando infancias, las que portan sin dudas, un impulso vital.

Bibliografía
Kohan, Walter. (2004). Infancia entre educación y filosofía. Barcelona: Laertes
Le Breton, David. Antropología del cuerpo y modernidad. Buenos Aires, Editorial Nueva
Visión. 2002.
McLaren, Peter (1990). Pedagogía crítica, resistencia cultural y la producción del deseo.
Buenos Aires, Aique.
Disponible en http://www.terras.edu.ar/biblioteca/5/PDGA_Mc_Laren_Unidad_7.pdf
Consultado el 10/9/2017
Bs. As, 9 de abril de 2020.
Correo electrónico: ale.casti@hotmail.com

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María Alejandra Castiglioni

María Alejandra Castiglioni

Vice-presidenta OMEP Argentina

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