Viralidad: Palabras que infectan la percepción de los hechos

Por: Sofía García Bullé

Las palabras que usamos tienen un rol importante en cómo construimos nuestra realidad e interactuamos con ella.

 

Las palabras y el lenguaje, hacen mucho más que sólo nombrar las cosas, dictan la forma en que nos relacionamos con ellas. El cómo elegimos hablar de algo, con qué palabras comunicamos lo que es un objeto o concepto, o la descripción de un evento implica un camino de dos vías. Así como a través del lenguaje definimos nuestra realidad, la forma en que usamos el lenguaje para este propósito define también como percibimos esta realidad.

Lo anterior se vuelve más obvio al ver la manera en que comunicamos y recibimos información durante la presente crisis de salud. Es sin duda revelador que una sola palabra, “viralidad”, presente ambas caras de la moneda, tanto para nombrar esta crisis, como en la forma en que forjamos nuestra realidad alrededor de ella.

La evolución de las palabras “virus” “viral” y “viralidad”

La palabra viralidad, en su primera acepción viene de virus, la palabra en latín para referirse un veneno líquido. La etimología de la palabra nos dice también sobre su semántica, el espectro completo de conceptos que pretende abarcar. Un veneno líquido fluye, se esparce con facilidad, su efecto es agresivo y difícil de detener, en algunos casos fulminante.

Son estas propiedades semánticas las que hicieron perfecta a la palabra virus para describir las patologías que se replican dentro del cuerpo y se esparcen a través del mismo. Desde tiempos antiguos hasta ahora, la definición primaria de virus, es la que nos habla de una condición patológica que se replica dentro del cuerpo de una persona y que podría tener la capacidad de saltar y seguirse replicando en otra.

Hasta aquí hablamos del significado literal y más sólido de la palabra, pero el concepto se complica cuando entra el sentido figurativo, la alegoría y la licencia política. El término virus saltó al mundo de la informática cuando Fred Cohen creó un software que se autoreplicaba y extendía a través de un sistema adhiriéndose a los programas dentro de este como forma de atacar los sistemas de seguridad de computadoras multi usuarios.

Esa fue la primera instancia de democratización de la palabra, cuando dejó de ser exclusiva del ethos médico y científico, y comenzó a colarse en el lenguaje que usamos todos los días.

La acepción que conocemos ahora es producto de la apropiación por parte de una semántica cimentada en la mercadotecnia y el manejo de la información. Richard Dawkins, renombrado biólogo evolucionista, se refiere a los memes (las primeras instancias de contenido viral), como el equivalente del DNA, y habla de su capacidad de replicarse como virus a través de la selección natural ejercida por la cultura que consume el meme. Este modelo de dispersión de la información es crucial para entender la forma en que recibimos los datos que forjan nuestra realidad. Especialmente en crisis de salud.

La información que describe nuestro entorno, no siempre es la más veraz, exacta o cierta, es la que ha sobrevivido la selección de curación de contenidos, algoritmo y replicación a través de la audiencia que comparte determinada pieza de información.

Virus de la desinformación

Los momentos, videos, publicaciones y contenidos virales, así como sus reacciones, ya sea de apoyo o indignación, han sido parte de la cultura desde mucho antes de que existiera el Internet pero el lenguaje que nos ha traído el constante uso de las redes, nos ha hecho incorporar la palabra a nuestro vocabulario diario para describir los contenidos que más impacto tienen, los que más compartimos y forman una imagen colectiva de los hechos alrededor de nosotros.

“Necesitamos pensar diferente sobre nuestro ecosistema de información. Las metáforas que usamos ayudan a formar lo que pensamos acerca de nuestra responsabilidad”.

Los mecanismos que empujan la información hacia nuestras historias, redes y buzones ya no se rigen por popularidad ni veracidad, sino por algoritmos e interés. Estos algoritmos incentivan el contenido con el que los usuarios ya han interactuado previamente. No proporcionan contenido nuevo diferente, solo el mismo que han estado consumiendo.

Esto es potencialmente peligroso cuando la información que se replica atañe a eventos reales, ya que crea cámaras de eco y refuerza el sesgo de confirmación de los usuarios. Al final, nadie es informado de lo que sucede, solo recibimos contenido que confirma lo que ya pensábamos previamente.

Esta información, que puede ser sesgada, incompleta o falsa, se replica dentro de los grupos en los que el algoritmo ya descifró un patrón de contenido de acuerdo al consumo de los usuarios. Así es como se surge y se expande un virus de desinformación.

Whitney Phillips, profesor asistente de comunicación y estudios de retórica en la Universidad de Syracuse, se ha especializado en investigar cómo la información y las ideas extremas son amplificadas para alcanzar públicos cada vez mayores, a través de la cobertura de medios y la publicación de contenidos en redes sociales.

Phillips explica que uno de los mayores peligros del virus de la desinformación es la tendencia que tendemos a pensar a que nosotros no estamos contagiados. Pero cada persona que escribe un contenido basado en información sesgada que ha recibido solo por los algoritmos o cámaras de eco se convierte en un portador del virus, y lo transmite a otro en el momento en que replica el contenido recibido.

Estos usuarios pueden ser asintomáticos en el sentido de que el contenido que comparten no tiene una consecuencia real para ellos, pero eventualmente la información sesgada o falsa tendrá efecto sobre alguien más.

Si se trata de información sobre el COVID-19, por ejemplo, puede pasar que si una persona publica que las reuniones familiares no representan riesgo alguno de contagio, es muy posible que un grupo de personas que hayan recibido la información y hayan decidido tener una reunión familiar, sí sufran de contagio. De la misma forma que una persona puede tener un cuadro asintomático de COVID-19 y otra puede caer gravemente enferma por el mismo virus.

“Necesitamos pensar diferente sobre nuestro ecosistema de información. Las metáforas que usamos ayudan a formar lo que pensamos acerca de nuestra responsabilidad”. Phillips da en el clavo acerca de porqué el uso continuo del término “viralidad” para referirse al manejo de la información presenta un alto riesgo para los mecanismos de desinformación que tenemos hoy en día. Un virus, como mencionamos al principio, es una patología, al usar la palabra lo que describimos es un conjunto de células que se replican sin conciencia ni intención, invadiendo un organismo.

Compartir y manejar información no es una patología, es una decisión por parte de quienes producen la información y la dirigen a las cámaras de eco, así como de quienes la replican. La diferencia entre las células y las personas, es que las personas tienen conciencia, capacidad de aprendizaje y capacidad de pensamiento crítico. El éxito de este “virus de la desinformación”, radica en lo mucho que parecemos olvidar esto.

Fuente e imagen: https://observatorio.tec.mx/edu-news/viralidad-desinformacion

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Sofía García-Bullé

Sofía García-Bullé

Licenciada en Estudios Humanísticos y Sociales, Humanidades y Redacción. Universidad de Monterrey

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