La escuela postpandémica acumula muchas incógnitas, incrementará desigualdades

Por: Carmelo Marcén

Toca cerrar por unas semanas el escaparate de la ecoescuela abierta, que ha querido llevar a los domicilios de los escolares confinados, al profesorado, una parte de la naturaleza para hacerla perceptible en su relación con las personas: cometido social o asignatura escolar que todavía necesita bastantes empeños. Estos días de julio, muchas escuelas, a un lado y otro del Atlántico, retoman las vacaciones. Pero ahora todo resulta extraño; ni las pausas lectivas se miran como antes. La emergencia sanitaria nos ha roto los ritmos, además de otras muchas cosas. Lo ha hecho en España, pero qué decir de lo que sucede en México, Perú, Ecuador o Brasil por citar solo unos ejemplos de América Central y del Sur.

olvamos al pasado prepandémico. Es incuestionable que los sistemas educativos no estaban preparados para lo que se les ha venido encima, de golpe y con virulencia. El impacto de la COVID-19 ha sido terrible. Cabría haber hecho algo antes. Siquiera, se nos ocurre así de pronto, haber introducido las pandemias como contenido escolar en el tema de salud comunitaria. De esta manera el alumnado hubiese dispuesto de más argumentos para entender lo que sucedía y llevar a cabo una lectura crítica sobre lo que supone disponer o no de acceso a una educación formal continuada. En este cometido, que también se aprende, buena parte del alumnado no valora lo que supone tener a alguien cerca a quien se le puedan preguntar las dudas, que guíe por las sendas que hay que recorrer para aprender a aprender. También se debería reconocer más y mejor lo que significa hacerlo en compañía, de los otros y con los diferentes, en convivencia con quienes sean de círculo próximo de amistades o no. Todo esto, que ya era difícil, se ha roto mucho más con el cierre escolar por la COVID-19.

Hay que lamentar que el sistema de gobernanza mundial no hubiera previsto esta emergencia, no se le ocurría imaginar que la salud global pudiese estar en peligro en algún momento. Sorprende ese despiste pues en 2016, tras el ébola, la OMS había recordado que en 1995 había impulsado una Iniciativa Mundial de Salud Escolar, que entre sus estrategias principales señalaba: la investigación para mejorar los programas de salud escolar, la creación de capacidades para abogar por programas mejorados de salud escolar; el fortalecimiento de las capacidades nacionales y la creación de redes y alianzas para el desarrollo de escuelas promotoras de la salud. Llegó el impacto y se cerraron escuelas por todo el mundo. Asustan los datos del seguimiento pormenorizado que lleva a cabo Unesco. A fecha 28 de junio de 2020 se contabilizaban 109 cierres a escala país, lo cual supone 1.058.897.779 estudiantes afectados (en todos los tramos educativos desde infantil a la universidad), un 60,5 % del total de alumnos matriculados. De ellos más de 37 millones y medio en México, casi 13 millones en Colombia, 14 millones en Argentina, unos 10 millones en Perú, 8 millones en España; por citar solo algunos ejemplos entre los países desde los que se asoman a menudo a El Diario de la Educación.

En estos meses, los cierres han ocasionado graves prejuicios en todo el mundo, más todavía en los países de ingresos medios como es el caso de una buena parte de Latinoamérica. Para entender la dimensión del impacto cabe echar mano a lo que dice Unesco: los aprendizajes se vieron interrumpidos, de forma especial en aquellos estudiantes que no disponen de oportunidades educativas más allá de la escuela; la nutrición saludable, gratuita o con descuentos, que las escuelas proporcionan a muchos niños y jóvenes se vio comprometida; la confusión y el estrés del profesorado y del alumnado no ha podido ser paliada con las transiciones a plataformas de aprendizaje a distancia, en bastantes casos desordenadas y frustrantes; muchas familias no estaban preparadas para la educación a distancia y en el hogar, sin la necesaria formación y con recursos limitados; el cuidado de niños y niñas se ha resentido mucho si los adultos han tenido que trabajar dejándolos solos en los domicilios; la situación ha provocado altos costos económicos en algunas familias o un quebranto laboral; el aumento de las tasas de deserción puede ser una realidad en muchos países; la mayor exposición a la violencia y la explotación por la no asistencia a clase ha aumentado en algunos lugares; las estrategias para medir y validar el aprendizaje se han resentido en casi todos los casos, tanto para el profesorado como para el alumnado y las familias.

El retroceso que conllevarán estos cierres va a ser tremendo. El último informe GEM (Global Education Monitoring) de Unesco pronostica que las ayudas a la educación mundial, que habían alcanzado buenos valores en 2018, van a sufrir un descenso por la COVID-19 cercano al 12 %, lo cual deja inermes a muchos escolares de países con evidentes dificultades educativas. Además, en territorios en los que las desigualdades en ingresos familiares ya alcanzaban valores graves, el virus no ha hecho sino flagelar todavía más a los desfavorecidos, acaso provocarles cicatrices permanentes. Estas heridas serán pésimas acompañantes para retomar los impulsos educativos cuando las circunstancias los permitan. El secretario general de la ONU, António Guterres, avisó en un informe en abril de 2020 de que la emergencia económica y social está provocando una merma considerable de los derechos humanos, por lo que urgen medidas de emergencia para socorrer a sectores y grupos sociales más desprotegidos.

Cuando la emergencia de salud disminuya habrá que renovar la educación colectiva y particular; hacerla más reflexiva. En este proceso, cabría preguntarse si la monotonía escolar dificulta su comprensión organizativa, si no se interioriza la dimensión de la escuela como institución, con sus virtudes y sus defectos. Nos tememos que tampoco queda manifiesto, aquí y en América Latina, ese cometido ecosocial dirigido a ayudar a entender la vida cotidiana y el mundo, circundante o no, en temas como el cambio climático o la pobreza e igualdad de oportunidades, por ejemplo.

Mucho de lo que la escuela y la educación significan, con sus fortalezas y debilidades, se vino abajo, incluso los momentos compartidos en la búsqueda de compromisos sociales y transformadores, que también los hay en muchas ecoescuelas abiertas. La formación on line no fue, no será, la solución universal: no hace fácil la cercanía entre profesorado y alumnado y no está al alcance de muchas familias, menos todavía en los países de ingresos bajos pero también en sectores importantes de los de ingresos medios e incluso altos, tampoco en barrios de las megalópolis. El paisaje educativo tras la pandemia ha perdido nitidez, y debe enfrentarse a graves retos en los cursos venideros.

En fin, feliz descanso. ¡Fuerza renovada cuando se retomen las clases presenciales! Hará falta, pues en un ambiente de recesión global no es extraño que se extienda el pesimismo educativo. Levantarse va a ser laborioso, pero no queda otra solución que intentarlo aunando fuerzas y comprometiendo todos los recursos necesarios.

Fuente: https://eldiariodelaeducacion.com/ecoescuela-abierta/2020/07/24/la-escuela-postpandemica-acumula-muchas-incognitas-incrementara-desigualdades/

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Carmelo Marcén

Carmelo Marcén

Es maestro y geógrafo. Profesor de Ciencias Naturales en el IES “Pilar Lorengar” de Zaragoza.

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