Para que la innovación no se vuelva pesadilla

26 de octubre de 2016 / Fuente: http://www.lanacion.com.ar/

Por: Eduardo Levy Yeyati

El avance de las máquinas en el mercado laboral dejará cada vez más trabajadores afuera; obliga a pensar en nuevas formas de protección social que ayuden a atenuar los efectos de la desigualdad tecnológica

Una línea invisible va de la innovación tecnológica a la sustitución del trabajo y de la falta de trabajo a la inequidad. Una línea que amenaza con convertir el sueño de abundancia de la cuarta revolución industrial en una distopía poscapitalista. El recorrido de esta línea invisible es más o menos así.

¿En qué consiste este ahuecamiento? En que si un robot hace por 5 pesos el trabajo que un trabajador de calificación media hace por 10, a este trabajador le quedan dos opciones: trabajar por 5 pesos o dejar su trabajo al robot. De modo que cae el salario o la cantidad de empleos (o ambas cosas) en ocupaciones digitalizables, ahuecando la demanda laboral en este segmento y empobreciendo a la clase media.

Y el proceso se acelera: drones inspectores y robots delivery, médicos digitales y cirujanos mecánicos, traductores y editores online, incluso ciberartistas y cibercompositores. Y no sólo en países desarrollados: por ejemplo, la gran apuesta china para recuperar su ventaja competitiva a medida que agota su arsenal de mano de obra barata es la robotización masiva de sus plantas.

Lo que nos lleva al final de la línea invisible: la implosión del capitalismo. ¿Cómo es esto? Los economistas sabemos desde hace mucho que los ricos consumen relativamente poco. Tienen de más, se saturan, ahorran para la vejez interminable, los hijos, la política, el legado. Por eso, si la economía se vuelve muy desigual, se empacha de ahorros y se estanca: si la empresa no tiene a quien vender lo que produce, no tiene por qué producir.

En un intercambio célebre (y probablemente apócrifo) entre Henry Ford II, dueño de la automotriz Ford, y Walter Reuther, líder de los trabajadores automotrices de los Estados Unidos, Ford decía: «Walter, ¿cómo vas a hacer para que estos robots paguen los aportes al sindicato?», a lo que Reuther contestaba: «John, ¿cómo vas a hacer para estos robots compren tus autos?». Más allá de la humorada, lo cierto es que el mismo sistema capitalista que sustituye empleo con robots necesita que los trabajadores sustituidos sigan consumiendo.

Una respuesta instintiva a este dilema de la abundancia sin empleo sería reducir la jornada laboral. Dividiendo, por ejemplo, cada empleo de 40 horas semanales en dos empleos, cada uno de 20 horas (un argumento similar al de la semana de 35 horas del socialismo francés de los años 80). Pero trabajar media jornada implica ganar medio salario. Por eso, aunque la jornada reducida ayuda a distribuir la menguante demanda de empleo, no termina de resolver el problema de la concentración del ingreso.

De ahí que hoy vuelva a surgir con fuerza, entre tecnólogos y pensadores sombríos, una idea a la vez antigua e innovadora: un ingreso universal que complemente un trabajo de menos horas y menos salario y que atenúe así la desigualdad tecnológica, a la vez que ayuda a sostener la demanda, motor esencial del capitalismo.

La Argentina es tierra particularmente fértil para implementar una propuesta de esta naturaleza, por dos razones, una negativa y otra positiva.

La razón negativa es que atrasamos en dos ejes esenciales: aún no incorporamos mucha tecnología (por lo que su impacto sobre el empleo aún está por sentirse) y tenemos un sistema educativo desactualizado que no está preparado (ni nos está preparando) para el empleo del futuro (ni para el del presente). Es cierto que la educación argentina está en proceso de cambio y que la tecnología puede generar en el futuro productividad y abundancia. Pero incluso una revolución educativa exitosa demorará en dar sus frutos y compensará sólo parcialmente la inequidad tecnológica. Y la distribución de la abundancia que tanto entusiasma en el discurso suele decepcionar en la práctica.

La razón positiva es que no estamos lejos. Un ingreso mínimo universal, el primer paso hacia el ingreso básico, sería la continuidad natural de estos 15 años en los que elevamos nuestro estándar de protección social: la sociedad argentina está preparada para abrazar este nuevo piso. Instrumentalmente, no parece tan difícil: ya contamos con asignación por hijo y pensión universales, y con asignaciones familiares y un seguro de desempleo remozado. Faltaría llenar los huecos (por ejemplo, haciendo que el seguro de desempleo convergiera al ingreso mínimo) y armonizar los programas (para evitar duplicaciones e incentivos perversos). Y, fundamentalmente, faltaría reformar el sistema tributario, para hacerlo más progresivo y extensivo, de modo de asegurar que los ingresos fiscales solventen el ingreso mínimo de manera permanente, ya que de nada sirve asignar anticipadamente recursos con los que aún no contamos.

No será hoy ni mañana; es un camino largo que hay que recorrer con visión y responsabilidad. Pero es un norte: en un futuro no muy lejano, el ingreso universal será un elemento esencial para alcanzar nuestro objetivo de prosperidad compartida.

Fuente artículo: http://www.lanacion.com.ar/1920305-para-que-la-innovacion-no-se-vuelva-pesadilla

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La moral del robot

Por. Eduardo Levy Yeyati

Un tren corre sin frenos. Más adelante hay dos personas atadas a las vías. El tren pasa bajo un puente. En el puente hay una palanca que hace que el tren cambie de vía hacia otra en la que, más adelante, hay una persona atada a la vía. Usted está en el puente, la mano sobre la palanca. Dos por uno. ¿Qué hace?

Ahora hagamos un pequeño cambio: en el puente en vez de una palanca hay un hombre pesado y la única manera de frenar el tren y evitar la muerte de las dos personas es empujar al extraño a las vías. Dos por uno. ¿Qué hace?

La visión utilitaria es clara: vale matar a uno para salvar a dos. Sin embargo, desde el punto de vista moral, el problema no tiene una respuesta única. En el primer caso, la mayoría de las personas (pero no todas) elige accionar la palanca; en el segundo, la mayoría (pero no todos) se niega a empujar al hombre pesado. Y si, en el segundo caso, la pregunta se hace en un idioma extranjero, más personas eligen empujar el hombre: el lenguaje genera un distanciamiento entre fin y medios comparable a la intermediación de la palanca. ¡Y eso que aún no pusimos a nuestro sujeto a decidir arriba del puente y con personas de carne y hueso!

Ahora pasemos al robot o, para darle un aire más inminente, al coche autodirigido. Una persona cruza la calle en rojo y con la vista en su smartphone. Si el coche la esquiva y sube a la vereda, embiste a dos personas que dialogan café de por medio en la vereda de un barcito. Usted es el programador del coche. ¿Qué decisión moral programa en el código?

La primera de las tres leyes de la robótica de Isaac Asimov dice: Un robot no hará daño a un ser humano o, por inacción, permitirá que un ser humano sufra daño.

Si quisiéramos independizar totalmente al coche autodirigido -es decir, si quisiéramos hacerlo verdaderamente auto dirigido-, deberíamos programarlo como un utilitarista, modificando la primera ley de la robótica a algo así como: «Un robot no hará daño a un ser humano salvo que, por inacción, genere daños mayores a otros seres humanos.»

(Es cierto que podríamos poner a un ser humano supervisor que decidiera por el robot. Después de todo, si algo enseña el problema del tren es que para un ser humano es más sencillo dar la orden que ejecutarla. El supervisor miraría a un lado y ordenaría resignado a su coche: «Salva la mayor cantidad de vidas» -aunque al dar la orden al robot, éste entraría en conflicto con la segunda ley de la robótica de Asimov: Un robot debe obedecer las órdenes dadas por los seres humanos, excepto si estas órdenes entrasen en conflicto con la primera ley.)

Dos muertes son estrictamente mayores que una muerte: sacrifico a la persona del smartphone para salvar a dos personas en la vereda. Pero ¿qué pasa si el que cruza es un niño y los libadores de café son dos ancianos? ¿Cómo comparar vidas humanas? Peor aún: la muerte, que es absoluta, no es el único desenlace posible: ¿Cómo comparar daños si la colisión no es fatal?

El código se complica. La moral del robot es inhumana.

El robot reemplaza primero tareas rutinarias; luego, por imitación, tareas más complejas. Pero hay un umbral infranqueable, esencialmente humano, cuando nos aproximamos a las decisiones morales para las que, por definición, el humano no tiene una respuesta cierta e inmutable.

Tal vez allí esté el mayor escollo para la digitalización total, el resquicio último por el que se cuela el protagonismo del ser humano. Nuestra última trinchera.

La intervención humana, que es absoluta, no es el único desenlace posible: tal vez algún día resignemos nuestro pequeño resquicio de humanidad y dejemos las decisiones morales en manos de un robot utilitario y racional.

Fuente: http://www.lanacion.com.ar/1940800-la-moral-del-robot

Imagen: www.khaleejtimes.com/storyimage/KT/20160102/ARTICLE/160109960/AR/0/AR-160109960.jpg&MaxW=780&imageVersion=16by9&NCS_modified=20160102113146

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La docencia es la ocupación que se viene: Una agenda posible

Por Eduardo Levy Yeyati

Cuando hace dos años mi hija me dijo que pensaba cursar las materias didácticas de la carrera de Letras como alternativa laboral, pensé (y le dije) cuánto mejor era apurar el título universitario para usarlo como trampolín a una especialización con futuro, en vez de resignarse a la salida convencional de las carreras sin demanda específica, la modesta docencia, la trinchera del pasado. Consultando con amigos, no fui el único en reaccionar de este modo. Y no podía estar más equivocado.

En relación con el tema del impacto de las tecnologías sobre el empleo, hay esencialmente dos campos: los que dicen que se destruirán unos y se creerán otros, y los que dicen que se destruirán muchos y se crearán pocos. En todo caso, como decía Heráclito, nadie se baña en el mismo río dos veces. La historia no se repite a sí misma. Y ya sea que salgamos empatados o que, más probablemente, haya una pérdida neta de trabajo, la cómoda parcelización educativa en niveles y carreras ya se volvió obsoleta.

En un ya célebre trabajo, dos economistas de Oxford, Frey y Osbourne, estimaron que el 47% de las ocupaciones en EE.UU. eran vulnerables al reemplazo por robots o programas digitales. Replicando el método (un tanto arbitrario y probablemente desactualizado, pero útil como guía cualitativa), un informe del Banco Mundial mostró que el porcentaje es aún mayor en países en desarrollo. En la Argentina, por ejemplo, el número supera el 60%, algo esperable si pensamos que los trabajos más robotizables son aquellos de calificación media y baja y formación rígida y tradicional, precisamente donde se concentra nuestra oferta educativa y laboral. Así, todo indica que por este camino nos espera un lento pero inexorable derrumbe del empleo.

Las nuevas tecnologías jaquean nuestra zona de confort laboral de dos modos: nos obligan a actualizarnos continuamente, y nos obligan a entrenarnos para ser capaces de actualizarnos. Si algo aprendimos de la apertura liberal de los 90 es que es difícil reconvertirse para saltar de un trabajo en un sector en retroceso a otro en un sector en alza. Hoy estamos frente a una situación parecida, por causas distintas. Si nos abrimos a la tecnología, la rotación de empleo no obligará a ser flexibles y abiertos a nuevos entrenamientos. Para esto necesitamos repensar la educación para el trabajo (menos en términos de carreras, más en términos de habilidades) y reeducarnos.

La educación no es solo central a la carrera entre la tecnología y el empleo, sino que es en sí misma una ocupación menos proclive a la digitalización de lo que se esperaba. Estudios recientes muestran que el boom de la educación online, que muchos vieron como el fin del trabajo docente, está lejos de reemplazar al maestro o al profesor: la tasa de abandono es alta y los rendimientos modestos, lo que sugiere que la presencia del docente tiene algo de irreemplazable; mucho más, pensaría, en el primario y secundario o para estudiantes de bajos recursos, donde la enseñanza sale del manual y se vuelve humanidad y arte. Y, con los recursos necesarios, una experiencia extraordinaria.

El tsunami tecnológico no sólo hace más urgente la jerarquización de la educación mediante la jerarquización del docente, también la hace más posible. Después de todo, la combinación de mayor demanda, naturaleza artesanal e inmunidad tecnológica debería asegurarle al docente un mejor salario, y a la docencia una oferta de calidad a medida que los mejores estudiantes se refugien en ella. Que un hijo nos diga que quiere dedicarse a enseñar debería ser motivo de festejo.

Fuente: http://www.lanacion.com.ar/1901558-la-docencia-es-la-ocupacion-que-se-viene

Imagen tomada de: http://www.metro.pr/_internal/gxml!0/r0dc21o2f3vste5s7ezej9x3a10rp3w$3yvsylhlliysy1lwytmn68azscoabw4/179026806.jpeg

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La otra innovación o la imitación en sentido amplio.

América del Sur/Argentina/21.06.2016/Fuente:http://www.lanacion.com.ar/

Eduardo Levy Yeyati

Entonces, ¿qué sería innovación en el contexto local? No Silicon Valley, fetiche que muchos países intentaron importar sin suerte, tal vez porque precisa condiciones especiales de mercado, concentración de conocimiento, financiamiento y escala. O porque este modelo de alto riesgo es un «ganador lleva todo» en el que sólo uno, el mejor o el más grande o el primero, puede ganar. Y en este frente unos pocos países nos llevan ya demasiada ventaja.

La innovación que hace la diferencia suele ser imitación en un sentido más amplio. Como en nuestra industria farmacéutica, basada en gran medida en hacer ingeniería inversa (es decir, descular y replicar) de innovaciones ajenas. O el modelo malbec, fundado en la imitación de métodos extranjeros: la elección de un varietal «exótico» para competir con el vino de corte del terroir europeo, la certificación de calidades diferenciales. La adaptación de procesos, empaques, marcas, modos de comercialización, muchas veces importados de otros países, son todas variedades de la innovación.

Aun en Silicon Valley (ni qué decir en Palermo Valley) el innovador cuentapropista depende de amigos y familiares con capacidad de financiamiento y oferta de repechaje, sin los cuales corre el riesgo de quedar prematuramente desempleado y desalentado, como actor-lavacopas en Hollywood. No es la falta de espíritu emprendedor, sino la escasa inversión en innovación de las empresas argentinas, solas o en asociación con universidades y Estado, lo que amplía nuestra brecha tecnológica. Esta innovaciónmade in Argentina puede que no sea tan glamorosa y motivadora como para emocionar multitudes, pero no por eso es menos urgente para nuestro desarrollo.

Fuente: http://www.lanacion.com.ar/1909900-la-otra-innovacion-o-la-imitacion-en-sentido-amplio

Imagen: 

http://i0.wp.com/otrasvoceseneducacion.org/wp-content/uploads/2016/06/2221636w300.jpg?resize=290%2C290

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