Nota sobre el marxismo necesario y posible A 204 años del natalicio de Marx

Natasha Gómez Velázquez
Facultad de Filosofía e Historia. Universidad de La Habana

“…más grandes todavía, son los problemas conceptuales… Cualquier aproximación crítica al marxismo-leninismo se encuentra por los comunistas, perseguida como una debilidad o una traición. Para muchos de ellos es realmente doloroso participar en tal debate… Pero ¿podemos dejar esto para cuando mejore la situación? Seguramente, no.

Así que el trabajo teórico supone herir la conciencia de muchos compañeros, o quitarles un importante recurso que les ayuda a seguir en la resistencia…” Serguei Kara-Murza, 19941

Existen distintas concepciones marxistas de socialismo y de revolución, que se corresponden con el tipo específico de marxismo que las sustentan.
De hecho, todas las cuestiones relativas al socialismo cubano y sus estrategias, deben ser trazadas a partir de la determinación de un criterio político general sobre el marxismo, un criterio sobre la actitud ante su acumulado teórico y práctico, sus interpretaciones y usos, y sobre la asunción autocrítica de su trayectoria nacional. Pues la relación esencial entre marxismo y socialismo, no reside en formas de socialización, enseñanza, o divulgación, aunque estos sean aspectos que exigen también atención inmediata en Cuba. La unidad entre marxismo y socialismo, se encuentra en la totalidad de la producción de la política revolucionaria.

1 Palabras del científico e intelectual soviético/ruso Serguei Kara-Murza, que trabajó unos años en Cuba, su obra política es reconocida internacionalmente, y su libro Manipulación de la conciencia fue publicado por la Editorial de Ciencias Sociales en 2014. Kara-Murza, Serguei. ¿Qué le ocurrió a la Unión Soviética? Gerónimo de Uztariz, No. 9/10, 1994, p. 27. https://www.google.com/url?q=https//dialnet.uniroja.es/descarga/articulo/4810520.pdf&sa=U&ved=2ahUKEwji_uKcr5n3AhWbRzABHYUMAansQFnoECAkQAg&usg=AOvVaw3g601P74XSjyUIC2VMz_5o

La controvertida historia del recorrido del marxismo en el período revolucionario, incluido su presente; la heterogeneidad de formas declarativas que se recoge en documentos, estrategias, y discursos oficiales2; su eventual expresión ocasional y retórica –con limitaciones para transformarse de manera sistemática y coherente en política real y efectiva-; la conformación de entornos propicios para que a nivel sectorial, se apliquen determinaciones de concepción y funcionamiento autónomas sobre marxismo; su sobrevivencia limitada al trabajo de un reducido grupo de académicos e investigadores; su socialización casi exclusivamente escolar y cuyos efectos no parecen constatables; todo eso, impide que se asuma el marxismo en Cuba de manera “natural” (como dijo el Che), o que determinar un criterio político sobre el marxismo, resulte un imperativo y no una obviedad. Este asunto requiere meditación informada y resolutividad.

Un punto de partida hacia el marxismo necesario y posible, ha de ser el reconocimiento y validación de lo que, acertadamente, norma la Constitución, así como su instrumentalización consciente y orgánica. Eso implica el abandono definitivo de la restricción al tipo específico de marxismo denominado “marxismo-leninismo” (M-L), en favor de una consideración crítica e incorporación de diversidad de referentes marxistas, sus experiencias históricas y actuales.

Eso, si de marxismo se trata, pues ha de ser potenciada la tradición y actualidad del pensamiento cubano patriótico, independentista, y cívico –marxista y no marxista-, que constituye la única fuente de ética e identidad nacional, y además, aporta principios esenciales –de renovada actualidad- para la producción de política. Por otra parte, el marxismo necesario, siempre tendrá entre sus condiciones de posibilidad –y para bien-, a la cultura cubana que lo metaboliza, su contexto, y sus determinaciones. También en este sentido de pilar, el pensamiento y en general la historia de Cuba, realiza una contribución fundamental.

Ni uno ni otro –ni el marxismo ni la tradición nacional-, se renuevan y permanecen vivos, por su valor intrínseco o esencialista. Ambos, deben ser conscientemente cultivados y convertidos en necesarios para ciudadanos y sujetos políticos, así como

2 Para un análisis sistemático de las referencias al marxismo en documentos del PCC y del Estado cubano en años recientes, ver: Regalado, Roberto. ¿Reafirmación del marxismo-leninismo en Cuba? ser actualizados en la acción misma de hacer política. De lo contrario, permanecen solo en dimensión declarativa, escolar, e intelectual, es decir: no viven.

Es cierto que en relación con la política revolucionaria, el camino del marxismo necesario y posible se hace al andar –como todos los marxismos, pues, por definición, son siempre históricos, empíricos, contextuales: no existe marxismo prefabricado, y en ese sentido, Lenin es el mejor ejemplo-; pero antes de emprender ese camino de hacer política, hay que conformarse un juicio sobre los referentes marxistas a emplear, y de manera más radical, verificar la intención realmente marxista. Sin embargo, ¿cómo es posible afirmar una identidad marxista (individual o colectiva) o proyectar estrategias marxistas, sin conocer el marxismo?

Tener registrado enunciados: el marxismo es ciencia; el marxismo es guía para la acción; existen clases sociales en lucha, formaciones económico-sociales, equilibrios y desequilibrios sistemáticos entre fuerzas productivas y relaciones de producción, revoluciones, instituciones Estatales clasistas, plusvalor capitalista, formas de propiedad sobre los medios de producción, contradicciones y leyes de la dialéctica, planificación socialista; construcción del socialismo; el socialismo es superior al capitalismo, etc., tener eso registrado no es conocer el marxismo. Esas proposiciones generales listadas, se mueven únicamente, en el nivel de proposiciones vacías, propias del marxismo de Manual que da convicción y fe –de función movilizativa probada, como bien señalara Gramsci-, pero no contribuye a la realización de un socialismo efectivo. Determinar qué marxismo resulta necesario (el que se adecua a condiciones de posibilidad, y a propósitos concretos del socialismo a realizar), implica un juicio basado en el conocimiento real, que se aprende en el activismo político, en sus debates orgánicos –no formales, ni en la Escuela-, en las exigencias personales y colectivas de ese activismo.

Tomar la opción política por el marxismo, sí involucra un ejercicio de la razón, pero insertado plenamente en ese proceso político. Los sujetos políticos orgánicos, interesados en el marxismo, se encontrarán ante un imperativo de saber, que incluye textos e historias diversas (pues la historia sentenció definitivamente los Manuales de M-L, que reunían “todo el marxismo” y eran ¡tan coherentes, tan sistemáticos!). No hay otra salida: cuando se rechaza la mera declaración “soy marxista” o “somos marxistas”

–declaración “estúpida” diría Fernando Martínez Heredia, que reduce la identidad política a “estandarte”, según diría en otro tiempo Lukács3-, quedamos necesariamente situados ante el pasado y presente del marxismo (su teoría y su historia), para poder verificar identidad y pertenencia, para poder revolucionar con efectividad. Tal ejercicio intelectivo y a la vez político, es un momento necesario del ser marxista: ser marxista, implica leer a Marx (y a otros); como ser martiano, implica leer a Martí y su legado histórico. No se es marxista, ni leninista, ni martiano, repitiendo las frases o incluso, contenidos antológicos, que ya otros seleccionaron como tales.

Sin embargo, el referente del pasado del marxismo, aún en su ineludible dimensión de saber, no puede constituir un atributo de especialistas. Pues el marxismo no se agota en sí mismo, en su expresión cognoscitiva, cuerpo teórico, histórico, y de experiencias acumuladas. Su vocación, realización, y única forma de vida es la arena política. No puede permanecer en gabinetes.

En ese sentido, ha de recordarse que en la época del marxismo clásico (quizás hasta los años 20 del siglo XX), los líderes políticos eran líderes teóricos, conocedores de la teoría y la historia del marxismo, no por interés de ilustración, sino como instrumento de política revolucionaria. En Cuba, se destaca en particular el Che, con sus estudios personales del marxismo –emprendidos desde su temprana juventud a raíz de inquietudes políticas, y que lo acompañaran después-, sus escritos, su paradigmática polémica económica de grandes exigencias teóricas, y su criterio para decidir políticas. Ese camino de contrastación con el marxismo históricamente constituido, que no solo es tránsito identitario, sino de aprendizaje –proporciona instrumentos tácticos, estratégicos, experiencias históricas, conceptuales-, implica también, un juicio crítico sobre ese pasado plural, heterogéneo, contradictorio, dirigido a una decisión política de trascendencia presente.

De manera que toda decisión sobre el marxismo a adoptar, como premisa de la producción de política socialista, ha de ser un acto consciente e informado. No puede ser un acto declarativo o irreflexivo. Pues las palabras pronunciadas o que se pronuncien sobre marxismo y socialismo, cargan el peso de una historia y sus contradicciones, involucran concepciones, posicionamientos ante el pasado, el

3 Martínez Heredia, Fernando. Izquierda y marxismo en Cuba. El corrimiento hacia el rojo. Editorial Letras Cubanas, 2001, p. 113. Lukacs, Georgy. Historia y conciencia de clases. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1970, págs. 58; 99.

presente y el futuro; y resultan decisivas para determinar ¿qué socialismo necesitamos? Ignorar, desconocer, o subvalorar el conocimiento histórico y conceptual del marxismo, en favor de un empirismo absoluto –que se declara “marxista” como medio de legitimación-; o abandonar el marxismo al espacio de sus “especialistas profesionales”: no es una opción. El espacio político que no ocupa el marxismo pensado, es ocupado por el marxismo vulgar, o por políticas “libres de ideología” que sellarían decisiones estratégicas del ¿socialismo?

La decisión consciente y orgánica sobre marxismo y socialismo en Cuba, debe incluir la autocrítica, que ha de precisar lo que no puede ser repetido o debe ser rectificado cuanto antes. La autocrítica es siempre un instrumento proyectivo.
Para que eso ocurra, la situación del marxismo debe ser analizada y debatida en distintos escenarios y niveles. Ese status, de asunto en reflexión, debe ser socializado, pues tratándose de esencias políticas, involucra a todos. Es necesario que a nivel ciudadano y de sujetos políticos, se conozca que el marxismo es debatible, que constituye un imperativo hacerlo, y que su proyección debe ser rectificada.

Sin embargo, los artículos y ensayos que se han generado en los últimos meses, permanecen confinados en espacios intelectuales muy circunscritos, que no inciden en la movilización del criterio, o en la motivación por el conocimiento ya sistematizado de la trayectoria histórica del marxismo en nuestro contexto, o en la consideración crítica y prospectiva de su situación actual. Por otra parte, no puede ser calificado como “debate” lo publicado recientemente, pues todos esos textos convergen en argumentos y en intencionalidad: es necesario un cambio radical. En tanto, las posiciones diferentes –que permanecen en lo pautado por décadas-, aún no presentan sus argumentos. Eso no significa que exista un lado vacío, pues esa posición tradicional, no necesita pronunciarse para ser validada. Lo está a priori, naturalizada. Y tal ausencia de inquietud, parece hoy inamovible.

El reclamo de socialización no es vanidad de intelectuales, ¡es una necesidad política!, pues el marxismo ha sido parte esencial del proyecto de socialismo cubano (en política interna, externa, enseñanza, discurso político, documentos oficiales de todo tipo, etc.). Ese alcance social que ha tenido en Cuba –consagrado en las Constituciones de 1976 y 2019-, impone la necesidad de una consideración que ha de tener igual magnitud.

Serguei Kara-Murza analizaba en 1994 “qué le ocurrió a la Unión Soviética”. Entre los factores concurrentes al derrumbe, incorporó la incidencia del marxismo al uso. Denominó a ese asunto: “el problema clave del análisis teórico”. Es decir, en fecha tan temprana, ya era evidente para el juicio crítico de Kara-Murza, que lo relativo al marxismo -trazado de políticas sobre sus bases, enseñanza, investigación, y divulgación-, no era un asunto menor para la vitalidad misma del socialismo. Y que, por tanto, el socialismo no podía ser negligente, omiso, o formal al respecto.

Pero quizás lo más importante, es su descripción del temor existente respecto al debate crítico sobre marxismo y, por consiguiente, la negación a considerar el asunto. Kara-Murza precisaba que, justamente ese temor, generó una parálisis en el marxismo, lo que se convirtió en una manifestación del derrumbe4

Autocrítica y prospección del marxismo deben ser afrontados sin dilación en Cuba. Ambas dimensiones constituyen aún, asuntos pendientes, pues se ha evitado por casi seis décadas un debate científico (no opinático) y político, que no puede ser postergado más. En ese sentido, sería muy provechoso utilizar el interés renovado en meses recientes –a partir de ciertas condicionantes- sobre la historia, presente y futuro del marxismo. Siempre en el entendido que, esa autocrítica y prospección extraordinarias, deben constituirse en una regularidad.

El marxismo de uso más general en Cuba, ha prescindido de la consideración de importantes referentes teóricos y de experiencias históricas. Incluso, han permanecido fuera de estudio y empleo político sistemático, textos, teoría, y pasajes del marxismo originario, o han sido asimilados de manera formal y unilateral. Aún aquellos referentes de contenido que se declaran e implementan, suelen ser reducidos a la pobreza de la norma vigente, convertida en estilo de pensamiento naturalizado. Porque, las formas disciplinarias que se establecen trazando perímetros de contenido -plenamente identificables-, no son las únicas. Igual de perjudiciales son aquellas –imposibles de reconocer en nosotros mismos-, que generan y entrenan en estilos de pensamiento construidos para la adecuación a lo que es; y no referentes, para la aventura de lo que debe ser.

4 Kara-Murza, Serguei. ¿Qué le ocurrió a la Unión Soviética?, edición citada, p. 27.

Por otra parte, el marxismo desde su origen ha sido metabolizado por épocas, contextos, culturas, tradiciones políticas, ideologías y ciencias; y su diversidad de interpretaciones tiene poderosas y muy complejas relaciones de sinergia que hacen imposible –sencillamente, ¡imposible!-, considerar que se pueda identificar 1 tipo específico de marxismo por su estado de pureza, y ser erigido por eso, como criterio para trazar un perímetro de legitimidad (estéril). Tal cosa, ¡no existe! Existen corrientes marxistas, pero ninguna de ellas, es marxismo en estado “puro” (auténtico, verdadero, científico), ni puede presumir de ortodoxia. En fin, todo el marxismo, aún en sus identidades ambiguas, ha de ser considerado de manera crítica.

El marxismo que necesitamos se encuentra fuera de esos márgenes de contenido y estilos de pensamiento, que resultaron autoimpuestos y trazados de manera particularmente restrictiva, en cuyo perímetro solo quedó el M-L. Sin embargo, ¡no existe argumento lógico ni político para que una revolución renuncie a la apropiación crítica del marxismo todo! Apropiación que siempre se realizará, a partir de la identidad y tradición política, cultural, e histórica que nos define.

A continuación, se enuncian algunas proposiciones del marxismo originario y clásico que deben ser recuperadas para la producción de política socialista, por su potencial revolucionario. No es, por supuesto, una lista exhaustiva. Tampoco son proposiciones de rango absoluto. Son contextuales y deben ser analizadas a partir de su lugar en una totalidad teórica y práctica. El valor que pudieran tener estos enunciados, consiste exclusivamente en ilustrar con ciertos ejemplos, la necesidad de ampliar y enriquecer los referentes teóricos a considerar.

I- Definición marxiana de comunismo como un “movimiento histórico” que genera condiciones para la “auténtica apropiación real de la esencia humana por y para el hombre; … retorno completo del hombre hacia sí mismo como ser social (es decir humano)”. Supone “emancipación”, plenitud propia de una “sociedad nueva” donde se establezca una “asociación en la que el libre desenvolvimiento de cada uno, será la condición del libre desenvolvimiento de todos”; en otras palabras, una “cooperación de trabajadores libres y su propiedad colectiva sobre la tierra y sobre los medios de

producción producidos por el trabajo mismo”. Implica trascender la necesaria “revolución política”, que supone condiciones de dominación.5
Estas definiciones de Marx, son muy distintas a las del marxismo vulgar que las desestimó, sustituyéndolas por una interpretación economicista y estructuralista de modo de producción, fuerzas productivas, relaciones de producción, relaciones de propiedad (a socializar), formación económico-social, revolución, y construcción del socialismo, todo en versión etapista6 (no en clave de revolución permanente, es decir, dialéctica).

Por otra parte, la interpretación del comunismo como emancipación, resulta un concepto de vínculo directo con los de “democracia” y “libertad”, términos que suelen ser considerados propios del liberalismo burgués, por lo que el M-L desestimó esas proposiciones marxianas; además, “democracia” y “libertad” se suponen ya realizadas, una vez que se “toma el poder”, en el día 1 de la revolución. Pero realmente, emancipación, democracia y libertad, tienen un amplio recorrido en el marxismo originario y clásico, y una deuda con su concepción y sabia implementación en la práctica socialista, por lo que su consideración resulta más que pertinente.

Hay que recuperar el estudio directo de la obra de Marx toda, sus Manuscritos económicos y filosóficos de 1844 y su Miseria de la Filosofía (1847); el primero, totalmente ignorado por el M-L, y el segundo, a penas trabajado por ese tipo de marxismo. Leer El capital (1867, tomo 1 preparado por Marx), en una clave que trascienda el economicismo, y que se proyecte también como Lógica (diría Lenin), como Historia, como Filosofía, como Epistemología, como Política. Regresar al Manifiesto comunista (1848), en toda su riqueza teórica, y no solo de acuerdo a la pauta tradicional soviética. Sobre democracia, libertad, y participación, incorporar La revolución rusa (1818) de Rosa Luxemburgo. Uno de los muy contados textos marxistas sobre socialismo. Ensayo siempre actual, y además, inteligente, propositivo, anticipador, hermoso. Pero su autora fue expulsada definitivamente del perímetro de

5 Ver: Marx, Carlos. Manuscritos económicos y filosóficos de 1844. Editorial Pueblo y Educación, La Habana, 1973, p. 107. Marx, Carlos; Engels, Federico. Manifiesto Comunista. Carlos Marx. Federico Engels, Obras Escogidas en dos Tomos. Ediciones en Lenguas Extranjeras, Moscú, T.1, págs. 35; 43. Marx, Carlos. Miseria de la Filosofía. Editorial Progreso, Moscú, 1981, pp. 142-143. Marx, Karl. El capital. Crítica de la Economía Política. Siglo XXI editores, 2009, t. 1, vol., 3, p. 954.

6 Para examinar la peculiar dinámica cubana entre la noción dialéctica de “transición al socialismo” (incluida la “construcción paralela del socialismo y el comunismo” en el segundo lustro de los 60). y la propia del M-L, más bien etapista (fin en sí mismo), de “construcción del socialismo”, ver: Valdés Paz, Juan. La evolución del poder en la revolución cubana. Rosa Luxemburg Stiftung Gesellschaftsanalyse und Politische Bildung e.V., 2018, t. 1, págs. 32; 90-91.

legitimidad del marxismo en 1931, a partir de una carta escrita por Stalin7. En consecuencia, su marxismo fue ignorado por toda la herencia soviética posterior.
II- Según Marx, el “modo de producción…es ya, más bien, un determinado modo de actividad de estos individuos …, de manifestar su vida …de vida de los mismos… Lo que son coincide, … con su producción, tanto en lo que producen como con el modo cómo lo producen”8. Es decir, en la medida en que (re)producimos la realidad “externa” y nuestra existencia física, también (re)producimos lo que somos esencialmente. Y el socialismo -como toda sociedad-, es un modo específico de (re)producirnos nosotros mismos como seres humanos. Esa proposición filosófica de Marx, irreductible a la dimensión económica, encierra importantes consecuencias para la teoría política revolucionaria.

Significa que, para Marx, la sociedad no se constituye de dos realidades independientes, por un lado los seres humanos y sus subjetividades, y por otro, sus resultados y procesos sociales objetivados. Por el contrario, Marx plantea la existencia de una realidad social única, tan objetiva como subjetiva, que precisamente por eso, conforma una totalidad, cuya esencia reside en la “praxis”. Pues esta hace, de la actividad transformadora de la realidad y de los sujetos, un proceso único (no precisamente unificado), o sea, un mismo proceso.

Esa concepción de identidad histórica (y no de dualidad ontológica) –que constituye parte del legado dialéctico de Hegel-, sería retomada posteriormente por Gramsci, quien sintetiza con certeza: “objetivo quiere decir siempre “humanamente objetivo”, lo que puede corresponder en forma exacta a “históricamente subjetivo””9

Antes, en 1923, Georgy Lukács y Karl Korsch (Herbert Marcuse después) habían argumentado que precisamente el planteamiento de esa identidad dialéctica y praxiológica entre lo objetivo y lo subjetivo, esa “coincidencia entre conciencia y realidad”10, que es la única forma de concebir la historia como totalidad; era la premisa

7 Stalin, José. Sobre algunas cuestiones de la historia del bolchevismo. Edición Marxists Internet Archive, 2000. https//www.google.com/url?=https://www.marxists.org/español/stalin/1930s/ sta1931.htm&sa=U&ved=2haUKEwjErcnhnZv3AhUbQjABHRPQALIQFnoECAMQAg&usg=AOvVawOAFUVR_WhzvKdmSTfivE3e

8 Marx, Carlos; Engels, Federico. La Ideología Alemana, Editora Política, La Habana, 1979, p.19.

9 Gramsci, Antonio. El Materialismo Histórico y la filosofía de Benedetto Croce. Obras Escogidas, Tomo I, Edición Revolucionaria, La Habana, 1966, pp.145-146
10 Korsch, Karl. El estado actual del problema Marxismo y filosofía (Anticrítica). Marxismo y filosofía. Editorial Era, México, 1971, p.

68. Korsch, Karl. Marxismo y Filosofía. Edición citada, p. 23. Lukacs, Georgy. Historia y conciencia de clase. Edición citada, págs. 59-60; 65. Ver: Marcuse, Herbert. Razón y revolución. Alianza Editorial, Madrid, 1971, págs. 125; 388. Gómez, Velázquez, Natasha. Lo que ya se dijo del marxismo: a propósito de Karl Korsch. Palabras de Lenin. Conclusiones de hoy. Editorial Félix.

filosófica que le permitía a Marx, explicar la posibilidad de revolución. Pues, la praxis revolucionaria, implica una configuración racional de la realidad, que solo puede ser lograda si, efectivamente, los sujetos y su razón política, son parte constituyente de esa misma realidad a transformar y que se transforma a sí. También por eso, un proceso semejante, moviliza la transformación de los propios sujetos. De ahí que, parafraseando a Marx: lo que los individuos son, coincide con lo que producen y cómo lo hacen; “la esencia humana”, no es otra cosa, que “el conjunto de las relaciones sociales” (¡es lo mismo!); o la definición de la “práctica revolucionaria” como “coincidencia de la modificación de las circunstancias y de la actividad humana” (siempre coincidencia, identidad)11

A diferencia de la concepción específicamente marxiana (que involucra: identidad, totalidad, praxis), se reelaboró desde fines del siglo XIX un marxismo vulgar, cuya concepción dualista era, más bien, propia de la Filosofía tradicional –en parte, anterior a Marx-, propia de la Filosofía precrítica, no praxiológica, y por tanto, rechazada desde 1845 en las conocidas como Tesis sobre Feuerbach (nombre editorial, dado por Engels para su publicación en 1888).

Ese dualismo extemporáneo y ajeno a Marx, es el que, sin embargo, sostuvo y sostiene el M-L. Concibe a los sujetos como una realidad distinta a la del curso objetivo de la sociedad, cada una con lógicas y leyes de existencia propias e independientes. En consecuencia, relega a los sujetos políticos a contemplar pasivamente, el desenvolvimiento de una realidad social otra (por ser objetiva), que transcurre de acuerdo a un curso inexorable (leyes objetivas). De manera que el dualismo que sustentan las proposiciones del M-L, como la del “problema fundamental de la filosofía”, “teoría del reflejo”, “dialéctica objetiva” y “dialéctica subjetiva”, implican, políticamente hablando, la aceptación del mundo tal y como se presenta, y la renuncia a la transformación revolucionaria de la sociedad.

Regresando a la pauta marxiana (de identidad, totalidad y praxis) y su lección revolucionaria: toda determinación social, económica, cultural, y propiamente política,

Varela, La Habana, 2017, pp.66-85.

11 Marx, Carlos. Tesis sobre Feuerbach. Marx, Carlos; Engels, Federico. Obras Escogidas en dos tomos. Edición citada, t. II, p. 427.

es también la medida de lo que somos, y de lo logrado o no en materia de transformación humana y emancipación.
En ese sentido, las contradicciones del socialismo cubano constituyen una manifestación de la actual condición humana de sus ciudadanos. Desigualdades; racismo; depresión económica; “apoliticismo”; oposición; emigración; pérdida de valores; inconsistencia en la determinación, coordinación, y gestión de procesos, etc.; todo eso, junto a los logros conocidos, es lo que somos, en este momento histórico. En rigor conceptual, no existen propiamente descuidos, problemas, disfuncionalidades, pues esas, son también dimensiones constituyentes de una misma realidad. Son más bien contradicciones de esa realidad única (dialéctica) de la que formamos parte y que nos invade. Estas contradicciones no son otra cosa, que lo que somos (in)capaces de ser (no digo “hacer”).

Una consideración de esta proposición marxiana, permitiría comprender que: 1) los “problemas” sociales, no se presentan ni solucionan de manera aislada sino en sistema multidimensional; 2) es en el acto o proceso de cambiar la realidad, que nos transformamos nosotros mismos y nos emancipamos, porque somos parte de esa dimensión única. En ese sentido, el concepto de “intervenir” desde el exterior, el “entorno” social de los sujetos, no constituye precisamente una solución. El concepto revolucionario es aquel que se dirige a generar condiciones para que sean los propios sujetos quienes transformen una realidad que comparten, y por tanto, puedan transformarse a sí mismos; 3) las soluciones radicales no se encuentran precisamente en el orden de las decisiones tecnoeconómicas y burocráticas, ni en el orden de lo factual, sino en el orden humano; 4) naturalizar realidades que se presentan como problemáticas (indiferencia, resignación, inactividad), significa que participamos de ellas.

Entre las lecturas marxianas y marxistas a recuperar, se encuentra La ideología alemana de Marx y Engels (1845-1846)12; Miseria de la Filosofía de Marx (1847); Lukacs en su Historia y conciencia de clase (1923); Karl Korsch, Marxismo y filosofía (1923), y la obra de Gramsci. Textos todos, preteridos o ignorados por el M-L.

12 La versión que conocemos de La Ideología Alemana (pautada por la de Riazanov en 1932), ha sido retada por los estudios hagiográficos, historiográficos, e históricos realizados en décadas recientes: su unidad como texto, orden interno, subtítulos, e incluso autoría han sido reconsiderados.

III – La emancipación no es un objetivo o punto de llegada a alcanzar, una vez que se eliminan las condiciones que la obstaculizan. Esta sería la versión mecanicista y teleológica del “fin de la historia”, que genera inactividad en los sujetos históricos. Tampoco es una condición que se adquiere y permanece para siempre. Para Marx, el proceso de transformación humana, no tiene un límite, pues “toda la historia no es otra cosa que una transformación continua de la naturaleza humana”13. Consideraba también, que no existía una esencia humana esencialista o genérica (“inherente a cada individuo”), que permaneciera idéntica a sí misma y fuera definible a priori. Cualquier característica humana (como la condición emancipatoria), es de naturaleza social, histórica, relacional, concreta, y por tanto, modificable y transitoria14.

La emancipación, desde la perspectiva dialéctica y revolucionaria, es entonces una condición virtual. Lo que existe realmente son seres emancipatorios, más que seres emancipados. En ese sentido, la plenitud se logra en el acto mismo de ejercitar la voluntad emancipatoria: cotidiana (hoy y ahora), proyectiva, e infinita. Es en ese ejercicio, que nos manifestamos como seres emancipados. Por lo que la emancipación, no es una condición definitiva o esencialista que acompaña a pueblos, naciones, clases, o individuos.

Supone además, un proceso individual y colectivo de aprendizaje que solo se logra a través de su práctica y actualización, en batallas políticas infinitas por transformarnos nosotros mismos, a escala macro y micro, contra todo poder, objetivación, cosificación, enajenación, sometimiento, desigualdad.

En consecuencia, el ser emancipado (emancipatorio), no es resultado final de la obra socialista, sino el que se puede manifestar en el proceso de la obra socialista, incluso, en el activismo político revolucionario al interior de la lógica misma del capital. Y si el socialismo existe en medida proporcional a la infinita práctica emancipatoria, nos encontramos entonces ante la noción de una “revolución permanente”.

Sería de interés y necesidad para el socialismo, recuperar aquellas proposiciones marxianas que conciben la historia como un proceso abierto –accesible, por tanto, a la acción política de los sujetos-, no teleológico y menos aún irreversible. Tema que en

13 Marx, Carlos. Miseria de la Filosofía. Edición citada, p. 149.

14 Marx, Carlos. Tesis sobre Feuerbach. Carlos Marx. Federico Engels, Obras Escogidas en dos Tomos, edición citada, T. 2, p. 427.

Cuba, es patrimonio de un reducido grupo de especialistas, pero que constituye hace décadas una tesis de trabajo sistemático entre marxólogos, y que en Nuestra América, es seguida de manera ejemplar por el marxista y político boliviano Álvaro García Linera15. En ese sentido, es necesario desacreditar el relato no dialéctico del fin de la historia, que el M-L presenta coronado con un comunismo de felicidad perpetua (no diferente, por cierto, al reino de los cielos). Hay que estudiar la variedad de caminos teóricos que fueron emprendidos por Marx, uno de ellos, el de la historia como proceso multilineal y abierto.

En un plano más concreto, pero de significado político, ha de ser recuperado el espíritu esencial de la “teoría de la revolución permanente”, que fuera recreada por un grupo de importantes marxistas a inicios del siglo XX16, como Luxemburgo, Kautsky, Parvus, Mehring, y desarrollada de manera espléndida por Trotsky en el contexto de la situación revolucionaria rusa de ese período (su libro homónimo, se editaría posteriormente, en 1930). Sin embargo, todo ese marxismo de la “Segunda Internacional” –incluso el de izquierda, como el de Rosa Luxemburgo-, el previo a 1917 o considerado “no bolchevique”, fue sentenciado a quedar en el olvido, justamente a partir de la definitiva carta de Stalin de 1931 dirigida a la revista Proletárskaia Revolutsia (citada). Para la teoría soviética que seguiría esta pauta, el marxismo quedó prácticamente sin historia, y por tanto, huérfano de importantes herramientas teóricas y prácticas, y carente del aprendizaje que proporciona la experiencia histórica.

A Trotski, apenas se le conoce y estudia. Su sentencia stalinista había llegado antes, en la segunda mitad de los años 20. Se deslegitimó todo su importante desarrollo teórico, y la obra revolucionaria de su vida.
Por extensión, el M-L, en plena formación entonces, tampoco se interesó por la formulación inicial de la “teoría de la revolución permanente”, que provino de los propios Marx y Engels, en su Mensaje del Comité Central a la Liga de los Comunistas

15 Ver, por ejemplo, los “Grundrisse” de Marx; y sus escritos conocidos como Cuadernos etnológicos y Cuaderno Kovalevsky. Esa concepción “multilineal” de la historia, es analizada por García Linera, Álvaro. Introducción al Cuaderno Kovalevsky. La potencia plebeya. CLACSO, 2009, pp. 34-35.

16 Ver: Day, Richard B.; Gaido Daniel. Witnesses to Permanent Revolution: The Documentary Record. Editorial Brill, Leiden, Boston, 2009.

(1850); y que fuera reiterada en el Prólogo que escribieran para la edición rusa de 1882 al Manifiesto Comunista17.
Probablemente, el espíritu de la revolución permanente, tuvo la formulación marxiana más hermosa en El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte (1852), texto abandonado por el M-L a la lectura exclusiva de historiadores, y no al aprendizaje propiamente teórico del marxismo:

“Las revoluciones burguesas… avanzan arrolladoramente de éxito en éxito, sus efectos dramáticos se atropellan, los hombres y las cosas parecen iluminadas por fuegos de artificios, el éxtasis es el espíritu de cada día; pero estas revoluciones son de corta vida, llegan en seguida a su apogeo y una larga depresión se apodera de la sociedad antes de haber aprendido a asimilarse plenamente los resultados de su período impetuoso y agresivo. En cambio, las revoluciones proletarias, como las del siglo XIX, se critican constantemente a sí mismas, se interrumpen constantemente en su propia marcha, vuelven sobre lo que parecía terminado para comenzarlo de nuevo, se burlan concienzuda y cruelmente de las indecisiones, de los lados flojos y de la mezquindad de sus primeros intentos, parece que solo derriban a su adversario para que este saque de la tierra nuevas fuerzas y vuelva a levantarse más gigantesco frente a ellas, retroceden constantemente aterradas ante la enormidad de sus propios fines, hasta que se crea una situación que no permite volverse atrás y las circunstancias mismas gritan: Hic Rhodus, hic salta!”18

IV- No es precisamente emancipación, sino autoemancipación, autoactividad, autoconstitución de los sujetos19: emancipación supone libertad y autonomía, por lo que resulta un contrasentido que otro (grupo, personas, organizaciones, instituciones) por ser “vanguardia”, depositario de la “consciencia política”, o la “sabiduría táctica y estratégica”, nos “emancipe” o produzca política “liberadora” desde nuestra exterioridad, pues eso significa que necesitamos y tenemos tutela. Una emancipación otorgada o concedida por otro, no es emancipación, aunque estemos hablando de políticas para: disminuir desigualdades; proporcionar educación y salud universal;

17 Marx, Carlos; Engels, Federico. Prefacio a la edición rusa de 1882. Obras escogidas en 2 tomos, Edición citada, t. 1, pp. 15-16. Marx, Carlos; Engels, Federico. Mensaje del Comité Central a la Liga de los Comunistas. Ídem., p. 104.
18 Marx, Carlos. El 18 Brumario de Luis Bonaparte. Fundación Federico Engels, Madrid, 2003, pág. 14,
19 Gómez Velázquez, Natasha. De Marx a Rosa Luxemburgo: autoconstitución y autoemancipación del sujeto revolucionario.

Estudios del Desarrollo Social: Cuba y América Latina, Vol. 8, No. 2, Mayo-Agosto, 2020. Acanda, Jorge L. La democracia como autoconstitución de los sujetos. Recerca de pensament i análisis, No. 10, 1998.

garantizar soberanía política, económica, militar; trazar estrategias de desarrollo económico; diseñar un sistema político participativo; etc. Pues supone un sujeto de la política (el decisor, profesor, pensante) y un objeto de la política (la masa pasiva). Dicha situación, “conduce” a “la división de la sociedad en dos partes, una de las cuales está por encima de la sociedad”, y “olvida que … el propio educador, necesita ser educado” (Marx)20.

Si los ciudadanos somos objeto de la política y no sujetos de ella, no nos transformaremos en seres emancipados. Y lo que es peor, ni siquiera nos transformaremos en seres capaces de emanciparnos, porque para esto, se requiere educarnos en la práctica emancipadora propia (individual y colectiva) de la política, aún al precio de nuestros (también) propios errores: es una experiencia de vida propia (no ajena, no reemplazable, no transferible)21. Es asunto de biopolítica.

Los posicionamientos verticales de maestro/alumno, reproducen relaciones de dominación y obediencia, y por tanto, reproducen la lógica del capital y de la dominación, aunque declaremos el socialismo. Además, el socialismo de jerarquías crecientes y fortificadas, erosiona la moral y el humanismo, pues se naturaliza el “escalar” posiciones; genera oportunismo, afirmación complaciente, falsa unanimidad, corrupción.

El socialismo tiene que generar condiciones para el activismo político ciudadano propio (espontáneo, no convocado y no formal) y la producción horizontal de política, pues esta es la única “escuela” posible de emancipación.
En ese sentido, además de las Tesis de Marx sobre Feuerbach –leídas, pero de connotaciones teóricas y políticas, aún insondables-, debe ser recuperado en particular, el marxismo de Luxemburgo, tanto su texto Problemas de organización de la socialdemocracia rusa (1904) como el de La Revolución rusa (1918). Ha de recordarse que Luxemburgo fue sacrificada por el M-L, por desarrollar un marxismo propio que, en

20 Marx, Carlos. Tesis sobre Feuerbach. Edición citada, t. 2, p. 427.

21 Kolontai, Alexandra. La oposición obrera. La oposición obrera en la URSS. Schapire Editor, 1975. www.omegalfa.es Biblioteca Libre, p. 52. Luxemburgo: “el único “sujeto” que merece el papel de director es el “ego” colectivo de la clase obrera. La clase obrera exige el derecho de cometer sus errores y aprender en la dialéctica de la historia”. Luxemburgo, Rosa. Problemas de organización de la clase obrera rusa. Obras Escogidas. Izquierda Revolucionaria, www.marxismo.org, t. 4, p. 135. Ver: Gómez Velázquez, Natasha. Rusia 1920-1921: Los Sindicatos a debate. Se discute algo más… Gómez V., N. y Vilá Blanco, Dolores (coords.). La revolución rusa: teorías y polémicas en presente. Editorial Félix Varela, La Habana, 2019, pp.234-252.

ciertos aspectos, presentó teorías alternativas a las de Lenin (y a las de otros marxistas de la época), y analizó críticamente los planteamientos del líder bolchevique.
Otro marxismo de interés, provino de Alexandra Kolontai, La oposición obrera (1921); Anton Pannekoek, Revolución mundial y táctica comunista (1920) y Los consejos obreros (1936/1947), así como todo el marxismo “consejista” y sindicalista.

V.-Sobre autoemancipación y Estado: pretender un socialismo fuertemente jerarquizado en su institucionalidad de dirección (Partido, Estado, Gobierno, sistema económico, etc.), se opone al Estado socialista pensado por Marx, Engels, y Lenin, quienes lo conciben como “semiestado” en “extinción”, “languideciendo”, que se “adormece”, se convierte en “superfluo”, “innecesario”, “imposible”. Y agregan la necesidad de transformar “el Estado, que está por encima de la sociedad, en un órgano completamente subordinado a ella”. “Dueños… de su propia forma de organización las personas se convierten… en dueños de sí mismos, en hombres libres”22. No por eso, Marx, Engels y Lenin –coincidentes en esos principios-, eran anarquistas23.

El anarquista Bakunin se diferenciaba de Marx en dos aspectos: 1) se oponía a la existencia de toda forma de Estado, pues lo concebía únicamente como órgano de poder e instrumento de sometimiento; 2) consideraba, por tanto, que el Estado debía ser “abolido” el día 1 de la revolución24.

En cambio, para Marx, Engels y Lenin: 1) el Estado es un órgano de poder clasista y de sometimiento, aún en el socialismo; 2) constituye una necesidad histórica: su condición de existencia está relacionada con las clases sociales, surge con ellas, y desaparecerá a través de un proceso progresivo de homogeneidad social, por lo que no puede ser “abolido” por decreto; 3) la revolución debe “destruir” el Estado burgués (¡pero sí,

22 Marx, Carlos. Glosas marginales al Programa del Partido Obrero Alemán. Obras Escogidas en dos tomos. Edición citada, T. 2, p. 24. Engels, F. Anti-Dühring. Ediciones Pueblos Unidos, Uruguay, 1961, págs.341-342; 347. Lenin, V.I. El estado y la revolución. Editora Política, La Habana, 1963, págs. 24; 27, 31, 39.

23 Ver la crítica al anarquismo de 1872 en: Marx, Carlos; Engels, Federico. Las pretendidas escisiones en la Internacional. Obras escogidas en 3 tomos, t. 2, pp. 144-167. https://www.marxists.org/espanol/m-e/oe/pdf/oe3-v3.pdf.
24 Bakunin: “Abolition, dissolution, and moral, political, and economic dismantling of the all-pervasive, regimented, centralized

State, the alter ego of the Church, and as such, the permanent cause of the impoverishment, brutalization, and enslavement of the multitude”. “We… are the enemies of the State and all forms of the statist principle”. “The proletariat seizes the State, it must move at once to abolish immediately… But according to Mr. Marx, the people not only should not abolish the State, but, on the contrary, they must strengthen and enlarge it, and turn it over to the full disposition of their benefactors, guardians, and teachers – the leaders of the Communist party, meaning Mr. Marx and his friends – who will then liberate them in their own way. They will concentrate all administrative power in their own strong hands, because the ignorant people are in need of a strong guardianship;… who will constitute the new privileged political-scientific class”. Bakunin, Mikhail. Revolutionary Catechism (1866); y Statism and Anarchy (1873). Bakunin Archive. M.I.A., s/p.16

destruir! esa forma tradicional, con todas las implicaciones que esto tiene)25; 4) el Estado socialista debe ser un “semiestado”.
En medio de una revolución, la fuente esencial de poder y producción política reside en los sujetos políticos. No en el Estado, sus instrumentos, y sistema representativo (a considerar radicalmente); aunque estos resulten necesarios y estén en funciones. Por tanto, sería engañoso que una revolución considere al “Estado como el botín principal del vencedor”, decía Marx. Esa concepción de la política debe ser transformada, tanto, como las propias instituciones tradicionales de hacer política. Como mínimo, las instituciones en revolución, tienen que ser refuncionalizadas.

Marx, por ejemplo, se referían al “cretinismo parlamentario”, en términos de “enfermedad que aprisiona como por encantamiento a los contagiados en un mundo imaginario, privándoles de todo sentido, de toda memoria, de toda comprensión del rudo mundo exterior; hacía falta padecer este cretinismo parlamentario, para que quienes habían por sus propias manos destruido y tenían necesariamente que destruir, en su lucha con otras clases, todas las condiciones del poder parlamentario, considerasen todavía como triunfos sus triunfos parlamentarios…”26

Y Rosa Luxemburgo denostaba con ironía el conservadurismo de la socialdemocracia alemana (marxista) –en contraste con el revolucionarismo de Lenin y los bolcheviques (también marxistas)-, que en plena situación revolucionaria finalizando la Gran Guerra, se remitía a la “sabiduría doméstica” entrenada, es decir, al uso del “cretinismo parlamentario”. Apuntaba Luxemburgo: “la verdadera dialéctica de las revoluciones, sin embargo, da la espalda a esta sabiduría de topos parlamentarios. El camino no va de la mayoría a la táctica revolucionaria, sino de la táctica revolucionaria a la mayoría”27.

Por la misma época, el marxista holandés Anton Pannekoek, “consejista” (política de consejos obreros generada en las “bases”, “autoactividad de las masas”)-, se refirió al peligro que representaba la relegación de la política en un funcionariado profesional: “el parlamentarismo tiene el efecto contrarrevolucionario de fortalecer la dominación de los dirigentes sobre las masas, … y una tendencia a corromper a esos mismos dirigentes. Cuando la habilidad política personal tiene que compensar las carencias del poder

25 Marx, Carlos. El 18 Brumario de Luis Bonaparte, Edición citada, p. 105.
26 Ídem., p. 78.
27 Luxemburgo, Rosa. La revolución rusa. Obras Escogidas. Edición citada, t. 11, p. 380.

activo de las masas, se desarrolla la pequeña diplomacia; cualesquiera intentos que el partido pueda haber puesto en marcha, tienen que verificar y adquirir una base legal, una posición de poder parlamentario; y de este modo,… la relación entre los medios y los fines se invierte; ya no hay ningún parlamento que sirva como medio hacia el comunismo, sino el comunismo el que se pone en pie como consigna anunciadora para la política parlamentaria”28.

Lenin preveía en El Estado y la revolución de 1917, la necesidad de destruir el Estado burgués. Precisamente, ese texto consiste en una sistematización de las teorías desarrolladas al respecto por el marxismo originario, fundamentalmente. Meses antes, a su llegada de aquel legendario viaje desde Zúrich iniciado en el “tren sellado”, Lenin había pronunciado en el andén de Petrogrado el discurso conocido como “Tesis de abril”, y las palabras inmortales: ¡todo el poder a los soviets! Es decir, a los consejos, no al Gobierno Provisional, y no al Partido. Iniciando 1918, Lenin, Trotsky, y parte de los bolcheviques, disolvieron la naciente Asamblea Constituyente -decisión histórica muy controvertida-, pues este camino conducía a la instauración de una forma de Estado y gobierno tradicional. En cambio, el rostro imaginado por entonces de la “dictadura del proletariado”, era el sistema soviético, es decir, consejista. Al igual que la “comuna” lo había sido antes, para Marx y para Engels.

En fin, el Estado socialista no puede ser la simple inversión del Estado burgués, o sea, el mismo Estado, con otra clase dominante. No. Tiene que ser un Estado estructural y funcionalmente diferente, y que genere las condiciones de su desaparición. Esto se logra, cuando los propios ciudadanos autoorganizados ejercen la política (función que en el Estado tradicional, se considera atributo exclusivo de la institucionalidad), y se educan en su ejercicio 29. No se logró en el “socialismo real”, y el nuestro, tiene que trabajar en eso.

Entre los escritos preteridos de Marx a recuperar en Cuba, debe examinarse Las

luchas de clase en Francia (1850) con su caracterización del Estado proletario, que

28 Pannekoek, Anton. El desarrollo de la revolución mundial y la táctica del comunismo. Contra el nacionalismo, contra el imperialismo y la guerra ¡Revolución proletaria mundial! Ediciones Espartaco internacional, 2005, p. 242. http://www.google.com/url?q=https://lastro.ufsc.br/%3Fpage_id/3D1810&sa=U&ved=2ahUKEwi_oZqP_7v3AhU_mWoFHbl- CYUQFnoECAkQAg&usg=AOvVaw0KKyvVNsFVlkRSkYqqoLbV

29 Luxemburgo: “Lenin dice que el Estado burgués es un instrumento de opresión de la clase trabajadora, el Estado socialista de opresión a la burguesía. En cierta medida, dice, es solamente el Estado capitalista puesto cabeza abajo. Esta concepción simplista deja de lado el punto esencial: el gobierno de la clase burguesa no necesita del entrenamiento y la educación política de toda la masa del pueblo, por lo menos no más allá de determinados límites estrechos. Pero para la dictadura proletaria ése es el elemento vital, el aire sin el cual no puede existir. Luxemburgo, Rosa. La revolución rusa. Edición citada, p. 395.

incluye sufragio universal, elegibilidad y revocabilidad de funcionarios, los consejos obreros como productores directos de política; así como El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte (1852). Lenin, El Estado y la revolución (1917) y sus “Tesis de abril” (1917); además del marxismo recomendado en el punto IV.

VI – Los sujetos políticos revolucionarios, capaces de autoemanciparse y luchar por la emancipación general, no se identifican por su sitio en una estructura económica y política (como absolutiza el M-L). Realmente, eso solo indica –en todo caso- la condición de “clase en sí”, pero no la de “clase para sí”. Por tanto, en el socialismo, los trabajadores no son revolucionarios por trabajar (tampoco por recibir a manera de ilustración, la herencia de tradiciones políticas). No lo son los campesinos, los estudiantes, o los jóvenes, por esa condición.

Para convertirnos en sujetos políticos, en “clase para sí”, capaces de transformar revolucionariamente la realidad y como parte de ella, a nosotros mismos, es necesario un proceso de (auto)constitución política, a través del activismo político y las luchas por emanciparnos.

Para la comprensión de esta perspectiva, resultan útiles los planteamientos de Marx sobre “clase para sí”, que se encuentran por excelencia en Miseria de la Filosofía (1847), con antecedentes en Sobre la cuestión judía (escrito en 1843, publicado en 1844), obras que tampoco han sido de interés para el M-L. También ha de ser examinado el abordaje del tema de la conciencia de clase y las formas de actividad revolucionaria en ¿Qué hacer de Lenin? (1902), pero a la luz de la polémica con Rosa Luxemburgo en Problemas de organización de la socialdemocracia rusa (1904). Merece atención Historia y conciencia de clase (1923) de Lukacs, así como el enfoque clasista y cultural de Gramsci, sobre hegemonía.

VII – En ausencia de autoemancipación y de práctica directa de la política, se genera burocracia y corrupción: hay que limitar y neutralizar el funcionariado profesional, pues su trabajo desplaza la soberanía popular y su práctica emancipatoria. No debemos hacerlo en nombre del mito democrático, tampoco porque genere burocracia, entendida como papeleo, demora, trámite, etc. Sino porque la burocracia profesional tiende a convertirse en un fin en sí mismo, con intereses, relaciones y motivaciones corporativas

y gremiales propias, que se reproducen y perpetúan (Marx y Weber), extraviando el medio y fin revolucionario, y desplazando la política ciudadana.
La primera revolución socialista en la historia se burocratizó en brevísimos años, Lenin sentenció en 1921 que Rusia era un “Estado obrero con una deformación burocrática”30. Otros marxistas, refiriéndose a la naciente Rusia soviética, denunciaron a una “elite” “ávida de poder”, “burócrata” y “corrupta”, con “ambición personal” que “actúa en nombre de la clase”. De manera que este fenómeno, ya fue constatado y analizado por los marxistas respecto al socialismo, por lo que no se debe subestimar, o ser reducido a simple anomalía del sistema.

Se debe reflexionar, por ejemplo, sobre la noción misma de “cuadro profesional” empleada en los socialismos, y que difiere totalmente de la enunciada por Lenin en 1902 con la denominación de “revolucionarios profesionales”31. La noción al uso de “cuadro profesional”, se concibe como “profesión”, empleo, o carrera. Supone dirigir durante toda la vida laboral y casi en cualquier sector. Pero realmente, no existen individuos destinados a ser “dirigentes” y otros a ser “dirigidos”. Esa es una división arbitraria que, además, reproduce determinada forma de dominación, y obstaculiza los fines emancipatorios socialistas. Desempeñarse como “cuadro” en el socialismo, es más bien una responsabilidad y liderazgo ético y de capacidad, a validar constantemente o no, por los ciudadanos (pues no se adquiere de una vez y para siempre, no se aprende en una Escuela); y una aptitud que solo se mantiene activa, cuando se actualiza permanentemente en la experiencia directa y personal de vida ciudadana.

De manera que deben generarse condiciones que faciliten a los propios ciudadanos, la conducción directa de la política. Estimular formas de autogobierno macro, micro, espontáneas y conscientes, institucionales y no institucionales (pues la política no solo es institucional), y la producción horizontal y directa de política ciudadana (en lo político; económico, cultural; educativo; etc.).

Para una comprensión de la problemática relativa a la burocracia socialista, puede ser consultado todo lo escrito por Lenin después de 1920/21; Marx sobre la Comuna de 30 Lenin, Vladimir. Sobre los sindicatos, el momento actual y los errores del camarada Trotski. Obras Completas, Editorial Progreso, 1986, t. 42, p. 214.
31 Lenin, Vladimir. ¿Qué hacer? Problemas candentes de nuestro movimiento. Obras Escogidas en 12 tomos, Editorial Progreso, Moscú, t.2, cap. IV. París y su Critica a la filosofía del derecho del Hegel (1943), donde adelanta la relación Estado, burocracia, sociedad civil. Luxemburgo, Kolontai, y el marxismo “consejista”. A excepción de los textos de Lenin, el resto, son autores y textos a penas leídos en Cuba.

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Pensamiento Crítico. El marxismo en Cuba hoy

Por: Natasha Gómez Velázquez

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Ya no se puede esperar más… [I] Hace mucho tiempo, la comunidad académica y científica cubana se debe a sí misma una reflexión extraordinaria sobre el marxismo. Esa deuda se remonta a la época en que tuvimos conocimiento y conciencia para hacerlo (no siempre fue así); actitud (no estoy segura de que esta condición se […]

Ya no se puede esperar más… [I]

Hace mucho tiempo, la comunidad académica y científica cubana se debe a sí misma una reflexión extraordinaria sobre el marxismo. Esa deuda se remonta a la época en que tuvimos conocimiento y conciencia para hacerlo (no siempre fue así); actitud (no estoy segura de que esta condición se mantenga hoy); y no lo hicimos. Ni la caída del socialismo en la URSS y Europa —que dejó muy comprometido al marxismo—, tuvo fuerza suficiente para convocar a dicha discusión.

La ausencia de debates fundamentales y las características que el marxismo tiene en Cuba, poseen causas que exceden el campo intelectual. Guardan relación con la historia del socialismo y del marxismo, también en nuestro país [2]. La inexistencia de una cultura marxista que permitiera sostener un criterio de selección informado [3]; la familiarización unilateral con la teoría de personas encargadas de su instrumentación educativa desde los 60 [4]; y hasta la urgencia revolucionaria (acompañada de auténtica avidez, entusiasmo, e interés por la teoría), terminaron facilitando la imposición progresiva de la específica versión soviética denominada “marxismo-leninismo” [5], que apaga los espíritus teóricos, y sobre la cual se acumula casi un siglo de críticas (para 1960, esa valoraciones negativas databan de tres décadas y más). No obstante, puede aceptarse que en los inicios, se hizo lo que se pudo…

En la actualidad, reconsiderar el marxismo —su enseñanza, edición, investigación—, no ha de ser un acto coyuntural sino estratégico. Este ejercicio reflexivo, crítico, y proactivo no puede ser postergado más [6]. Paradójicamente, después de los años 90 pareciera que existen actitudes de nihilismo y escepticismo hacia todo el marxismo.

El objetivo no puede consistir en engañarnos: efectuando una exégesis más; sustituyendo aleatoriamente el discurso teórico que se repite por uno “nuevo” o “actualizado” (que cambia el orden de los asuntos o reincorpora los que se pusieron en reposo, empleando el mismo criterio voluntarista); o injertando contenidos ajenos a la preocupación marxista utilizando de manera instrumental su nombre. ¡Y pretender hacer todo esto, sin que medie un verdadero ejercicio intelectual o desde fuera de la ciencia! No. Se trata de preguntarnos: ¿el marxismo corriente es marxismo? Eso obliga a estudios y debates, que no son de un día, lógicamente.

Las premisas de un eventual debate no pueden seguir siendo apriorísticas. Las de siempre: tradición; emoción; facilismo (lo sabido o lo que se cree saber); el discurso vacío (pero que, desde el desconocimiento, se considera correcto); las empatías personales (el llamado aleatorio a especialistas, cuyos criterios o silencios son conocidos y predecibles, y no van a disentir, sino a confirmar); los dogmas; y la norma. Todas estas constituyen actitudes tan interiorizadas, que no las reconocemos como tales y las continuamos reproduciendo. Esas, las confortables premisas de siempre, han negado las condiciones de posibilidad para la vida —no reductible a la condición de existencia— de una auténtica intelectualidad marxista.

La reflexión que corresponde debe ser extraordinaria (en su sentido literal); abierta (por los alcances sociales de este asunto); radical; y fundarse realmente en el conocimiento y la investigación, con teorías y estudios históricos primarios. No es momento de doxa, catarsis, indiferencia, negligencia, enamoramiento facilista que ciega (y convierte a X interpretación de segunda mano, en “piedra filosofal”), o saber vulgar y ordinario. Tampoco puede reducirse a la confirmación del pasado/presente por medio de consultas a los considerados a priori “expertos”, sino de un debate que involucre a especialistas con capacidad y disposición para avanzar (las dos dimensiones, son imprescindibles). El resultado de tales debates ha de expresarse en una transformación efectiva (en sentido marxiano) y no aparente.

Entretanto, el marxismo común continúa siendo el “marxismo-leninismo”, de efectos nocivos para la teoría y la política socialistas, y que se diferencia y opone a la naturaleza crítico-revolucionaria del marxismo y leninismo originarios, y a su más legítima tradición. Una vez más, no por denominarse comúnmente “soviético” (¡y ese no es todo el marxismo soviético! [7]), representa la dignidad de la Revolución bolchevique y sus líderes; no por denominarse “marxismo-leninismo” expresa la teoría y la praxis de Marx, Engels, y Lenin; es más bien todo lo contrario. No por haber autolegitimado el monopolio de los nombres (en época de intrigas, purgas, y pugnas por el poder inmediatamente después de la muerte de Lenin, durante el resto de la década del 20 y los años siguientes), es el único marxismo. Es, una tendencia bien definida —e identificada casi siempre a través de sus errores teóricos y políticos—, al interior de la plural tradición que inicia en Marx. Este es un asunto que el universo marxista diagnosticó, debatió, describió, y superó hace décadas. Hay que ponernos al día. ¿Cómo ser marxista, sin conocer críticamente su teoría e historia, o su presente diverso?

Sin embargo, aún no existe consciencia del carácter necesariamente múltiple, y por tanto, heterogéneo y contradictorio de la tradición marxista, o de que nuestro marxismo intelectual no es El marxismo (porque tal cosa no existe).

Las investigaciones genealógicas recientes —iniciadas en los años 90— sobre la trayectoria del marxismo en Cuba y sus conflictos en los 60, no han logrado un replanteo fundamental de la teoría, una reconstrucción personal y colectiva de los conceptos y su historia, o una consciencia crítica generalizada sobre el marxismo corriente. No han promovido la pasión por volver con ojos propios a Marx y a todo el marxismo clásico de fines del XIX e inicios del XX que ha sido omitido —Luxemburgo, Trotski, Pannekoek, Korsch, Lukacs, y tantos otros—; a las especificidades teóricas de Engels y Lenin; e ir al encuentro de Adorno, Horkheimer, Marcuse, Benjamin, Sartre, Habermas, Althusser (Gramsci está tan de moda que ha entrado en la norma), y a los más contemporáneos aún, que integran el marxismo a políticas de izquierda en Cuba, Latinoamérica y el mundo. En el contexto cubano, las lecturas extemporáneas de algunos de los nombres citados y de otros, pueden resultar inmensamente reveladoras en pleno siglo XXI.

Si lo sugerido pudiera parecer simple “historia” —de la que se puede prescindir—, hay que recordar que el marxismo es su historia. A diferencia de otros discursos, en el marxismo cada concepto, cada praxis, cada libro, solo tiene sentido en relación con su contexto. Además, los nombres citados y otros tantos, no son personajes de reparto (prescindibles) del “verdadero” y “exitoso” marxismo; tampoco fueron siempre, por siempre y para siempre la negación (criticada, “equivocada”, “tergiversada”) del pensamiento de Marx o Lenin; ni su repetición, pues tienen su propia obra; ni siquiera constituyen precisamente su continuidad.

Las contradicciones y polémicas de la historia y el presente del marxismo, no pueden seguirse interpretando según la lógica aristotélica: si un enunciado es verdadero —históricamente “exitoso”—, el otro es falso. La voluntad polémica de ayer y hoy, no obedece a la erudición ni a las características personales de los líderes marxistas. Obedece a la necesidad de definir estrategias políticas, que no pueden contrastarse con ninguna verdad prescrita. En ese sentido, puede decirse que cada uno de esos teóricos y revolucionarios, daba constantemente un salto al vacío. Formados en culturas marxistas (¡no solo!) distintas y con urgencias propias de sus naciones y Partidos, se sentían en igualdad para contender ante la praxis política. Precisando: la capacidad de reflexión personal de la inteligencia militante —entendida como cualidad política—, y la voluntad crítico-polémica, constituyó siempre —ayer y hoy— un signo de vitalidad y no de vergüenza para la tradición marxista.

El marxismo es crítico y contradictorio. Ni lineal, ni positivo, ni siempre y únicamente exitoso. No solo son Marx, Engels y Lenin. Desde los años 90 es de buen gusto incluir a Gramsci, y en época más reciente se menciona a Luxemburgo, sin especificar que la dimensión de su obra solo es comparable a la de Lenin (su coetáneo). Sin embargo, siempre se les sitúa a uno detrás de otro, como “desarrollo” de las tesis del anterior en las “nuevas condiciones”. Pero, No. Es también: Engels distinto a Marx; Lenin diferente de Marx; Lenin igual a Engels y ambos diferentes de Marx. Incluso es Marx versus Marx, hasta resultar difícil de comprender. Al marxismo originario no se le puede adjudicar una razón teórica a priori, porque no se escribió de una vez, tiene inconsecuencias, búsquedas, reconstrucciones, vacíos y problemáticas coyunturales.

De manera que no existe una teoría marxista sobre la organización política, la institucionalidad, la estrategia, el imperialismo, la Revolución, o el materialismo. Debemos considerar la feliz oportunidad de contar con soluciones teóricas diversas a un mismo asunto. Esto no significa que se asuma el marxismo de manera relativista, sino que hay que estudiarlo todo (¡si de estudiar se trata!).

Descuidar, excluir, omitir, o desconocer sistemáticamente una parte significativa de esa producción política, no es un simple error cometido en nombre de la “didáctica” o de que el auditorio no es “especialista”. Eso es falsear el marxismo y su historia. El relato de un marxismo sin vida real solo puede alejar a los potenciales interesados. ¿Será que eso nos ha pasado?

Un obstáculo que no puede ser subestimado, radica en nosotros mismos. Las personas comprometidas con el marxismo en Cuba, hemos sido formadas en el paradigma de ese marxismo de manual que prolonga hasta la actualidad su estatus hegemónico (aunque hoy reciba otros nombres y tenga otro sumario). De manera que cualquier acción de juicio tiene implicaciones epistémicas, existenciales y sociales que se resisten, por definición, al autoexamen crítico. Además, ese tipo específico de marxismo ha generado una actitud de fidelidad, que hace parecer el interés por otras interpretaciones —legítimo y necesario, si se pretende ser intelectual orgánico—, como herejía.

Por otra parte, la práctica teórica mantiene divisiones disciplinares. Aquello que recordaran Lukacs, Korsch, y Gramsci, sobre la esencia originaria del marxismo como teoría unitaria de la revolución, ha quedado fuera de consideración, en favor de una desmembración de contenidos positivos que se expresa por excelencia en la docencia y en nuestras propias formaciones perimetrales [8]. Los “filósofos” no dominamos la “economía política” (¡no se trata de sacar cinco puntos en la Asignatura!) y viceversa. ¿Cómo afirmar entonces que somos marxistas o somos “especialistas” en marxismo, si no poseemos la capacidad sintética —en su sentido teorético— para comprender los fundamentos totalizadores de la obra de Marx?

Una consecuencia de ese marxismo vulgar consiste en la interpretación determinista. Esa tesis en su carácter absoluto y estructural, simplemente no se corresponde con la experiencia histórica de las revoluciones ni del socialismo. También se relegan contenidos histórico-sociales a status de segmento particular de una “concepción del mundo” especulativa, expresada en leyes y categorías en abstracto, que supuestamente sirven para efectuar cualquier análisis y garantizan corrección política. Esta conversión traiciona el legítimo objeto de investigación marxiano: clases, plusvalía, enajenación, Estado, política, capitalismo, modo de producción, praxis, mercancía, ideología, revolución… Estas son las auténticas categorías de Marx.

Otro problema consiste en la presencia de actitudes excluyentes que discriminan sin criterio fundado todo marxismo de autor, porque el “marxismo-leninismo” en particular —por su esencia y génesis— es estandarizado, y desconoció siempre lo que se produjo más allá de sus fronteras intelectuales (también con carácter retroactivo, es decir, antes de abril/mayo de 1924).

Muchos de los nombres omitidos o a los que nos referimos con negligencia, vivieron solo para la idea (¡aunque fuera solo para la idea!) de la Revolución. Resulta necesaria, entonces, una deconstrucción lógica e histórica a la vez, para concretar una definitiva y demorada ruptura con el marxismo sistémico que confunde todo en un solo pensamiento —supuestamente verdadero y siempre exitoso— fundido en monolito falso.

La inconsistente voluntad de saber en que nos encontramos obedece, por ejemplo, a la imposibilidad de disponer de una voluminosa información que se ha generado internacionalmente al interior del marxismo (¡no solo!), y que ha estado por décadas a disposición de las viejas y nuevas izquierdas. En consecuencia, profesores, especialistas y ciudadanos no han podido ir asimilando esos contenidos en tiempo real. La deuda de lecturas es extensa y se sigue acumulando.

Este panorama se hace visible en los escasos foros donde caben los estudios de marxismo en sí. En estos “eventos científicos” se multiplican las presentaciones formales que repiten lo de siempre y lo de casi todos. Falta debate informado y actualizado. A penas se perciben evidencias de investigaciones seguidas y sustentadas con criterio personal.

Además, resulta insuficiente la capacidad integrativa de saberes (dialéctica de historia, política (también a nivel noticioso), economía, filosofía, arte, situación ambiental, avances científicos). Y esa carencia de capital cultural —como decía Pierre Bourdieu— resulta, por definición, incapaz de reconocer su propia condición.

Por otra parte, todavía se reservan espacios de gran convocatoria y amplificación a voces que han probado no tener disposición hacia la reflexión, la crítica y la superación de su propio discurso, construido a la medida de la norma. Cuando se niegan sistemáticamente a incorporar variedad de fuentes históricas y teóricas, y al empleo de recursos hermenéuticos que expongan las posibilidades analíticas y políticas del marxismo —proponiendo, en cambio, tesis de sentido único, simplificado y muy reiterado—, continúan contribuyendo a alejar a otros y a la opinión pública del interés por esa teoría.

Otra fuente de problemas proviene del ejercicio laboral de personas de profesión marxista y no de vocación (y formación) marxista, que se pronuncian desde fuera de la ciencia. Esta zona externa, ajena totalmente a los parámetros de rigor (y de imaginación) de estudio e investigación, se ha legitimado a través de habilitaciones masivas con fines docentes; y además, por medio de la percepción de que ser políticamente correcto califica automáticamente para hablar de marxismo. El marxismo no es tratado como ciencia [9].

Las interrogantes, proposiciones, tendencias, y diversidad histórica y teórica que el marxismo ha generado… lo que constituye esta tradición teórico-política, puede comprenderse únicamente por medio de conocimientos sistematizados y presupuestos intelectuales (me refiero al deber ser de la dimensión científica y académica). Solo una operación de reducción instrumental sucesiva y reiterada en el tiempo, puede sugerir otra cosa.

Y, si de la formación de sujetos políticos se trata, no está de más recordar que desde la propia plataforma marxista (para no ir a Aristóteles), se entiende que la política coincide con el espacio existencial humano. De manera que hacer ciencia o literatura y enseñarla —biología, matemática, arte, comunicación, diseño—, es también hacer política. La educación ideológica —para referirme solo a lo institucional— ocupa todo el espacio escolar. ¿Por qué confinarla a la hora de “marxismo”? Conviene recordar entonces el sentido fundamental —¡y no otro!— de una de las tesis antológicas de la ejemplar Rosa Luxemburgo, relativa a que la Revolución no se aprende en las Escuelas, sino en la vida política activa [10].

En contraste con la prosperidad que exhiben otras áreas del conocimiento en Cuba, casi no parece producirse marxismo en sí. Incluso, prometedoras inteligencias han reencauzado su talento hacia temas y campos más provechosos —en varios sentidos— y prestigiosos —desde la percepción social—, a la vez que resultan ¡menos problemáticos! No obstante, es cierto que puede admitirse la existencia de un trabajo científico desde presupuestos metodológicos, conceptuales, políticos y utópicos marxistas. Sin embargo, más allá de las individualidades, el dominio hegemónico del marxismo vulgar una generación tras otra —con su libro de certezas, omisiones y demarcación de legitimidad— ha terminado por apagar la preocupación teórica. Esa situación no se instaló durante los 90, más bien se prolonga ya por largas décadas.

Generaciones de cubanos viven creyendo que solo hubo tres marxistas. En el mejor de los casos, ciertas nociones de marxismo permanecen en el sentido común en calidad de conocimiento positivo que se da por aprendido después de haber aprobado un examen escolar, o se retienen en el pensamiento como sello de identidad política. Hemos llegado a un punto donde nuestro “problema fundamental” hoy en los ámbitos de la enseñanza, la investigación, la divulgación, y las ediciones —esta última resulta de primerísimo orden—, consistiría en emprender una verdadera arqueología crítica del marxismo corriente.

Pero todo esto era ya sabido en Cuba a fines de los 60, e internacionalmente al término de la década del 20 del siglo XX.

No pretendo ser original…

Notas:

1. El presente texto refiere ciertas cuestiones de naturaleza crítica, especialmente relativas a la enseñanza y a la esfera académica. Se ha seleccionado este enfoque (y no otro, que pudiera resultar más balanceado y posible también de concebir), en el entendido de que solo identificando los problemas, pueden ser superados. Decidí emplear estos minutos y espacio, para pensar, escribir, y hablar, sobre lo que considero que dejamos de hacer y sí se puede hacer. Por otra parte, las intervenciones de otros compañeros en “Dialogar, dialogar”, me motivaron a (re)considerar y precisar algunos asuntos.
2. Ver Bibliografía de la autora sobre el tema, por ejemplo: 2017, “Edición Revolucionaria (R): memoria y nostalgia del saber en Cuba. Entrevista a Rolando Rodríguez, fundador y director de Edición Revolucionaria (4 de febrero de 2016). Revista Estudios de desarrollo social: Cuba y América Latina, FLACSO, Vol. 5, No. 1; 2015-2016, “El marxismo: su difusión y enseñanza darwinista” http://www.filosofía.cu, No. 28, set-junio; 2016, “Marxismo GUIÓN Leninismo”, conferencia para profesores de la Facultad de Filosofía e Historia de la Universidad de La Habana (inédito); 2014, “Definiendo el Pensamiento Crítico”. Revista Temas, La Habana, No. 80; 2006, “La divulgación del marxismo en la revista Pensamiento Crítico”, Marxismo y Revolución, Ciencias Sociales, La Habana; y 2001, “La difusión del marxismo en las publicaciones periódicas cubanas: 1959-1970”, Tesis de Doctorado, Inédita, Universidad de La Habana.
3. Por una parte, antes de 1959 Cuba había estado sometida a propaganda anticomunista, y por otra, el marxismo que llegó a sectores políticos muy localizados, era el que se consideró oficial dentro de la Tercera Internacional, institución definitivamente desfigurada —en sus objetivos, funcionamiento, organización, estrategia y teoría políticas— después de la muerte de Lenin.
4. La masificación de la enseñanza del marxismo por vías institucionales, se inició en diciembre de 1960 con la inauguración de las Escuelas de Instrucción Revolucionaria (EIR), y un poco más tarde, con la Reforma Universitaria de 1962.
5. Cuestión referida también por el Diputado Dr. en Ciencias Filosóficas Miguel Limia David, en la Sesión Plenaria de la Asamblea Nacional (diciembre de 2015, presentado en la Televisión Nacional).
6. El proceso de “perfeccionamiento de la enseñanza del marxismo” en las Universidades cubanas (2015-17), impulsado por el Ministerio de Educación Superior (MES), puede ser una oportunidad para adoptar criterios pedagógicos, fundados en investigaciones y consensuados por medio de debates científicos.
7. Además, la URSS proporcionó a la Revolución Cubana, por décadas, una extraordinaria ayuda de todo tipo que ha de reconocerse y agradecerse. En este sentido, puede recordarse “lo que ha hecho la Unión Soviética por nosotros”. Palabras dichas por Fidel en la circunstancia contradictoria de la crisis de octubre, cuando “surgieron algunas discrepancias”. Informe del Comandante en Jefe Fidel Castro al pueblo de Cuba. Posición de Cuba ante la crisis del Caribe. (Discursos, Declaraciones, Comunicaciones, Cartas y Documentos publicados durante la Crisis). COR, 1962. págs. 71; 73.
8. Me refiero a los graduados de “Filosofía marxista-leninista” (Universidades de La Habana, Santiago de Cuba, y Las Villas); “Economía Política” (esta última especialidad cerró hace muchos años, pero como saber e investigación sólida —no necesariamente como carrera universitaria— ¡cuánta falta nos hace en su proyección educativa y de estrategia social!); y de “Marxismo-leninismo e Historia” en las Escuelas Pedagógicas (perfil que —según se ha dicho en los medios de comunicación nacionales— apenas tiene matrícula). El resto de las personas dedicadas hoy al marxismo fundamentalmente dentro del sistema educativo, y que la sociedad inviste de autoridad para su ejercicio —cuyo número crece, por distintas razones prácticas—, no son graduados de estas carreras.
9. Lenin recuerda y confirma la tesis de Engels: “el socialismo, desde que se ha hecho ciencia, exige que se le trate como tal, es decir, que se le estudie”. En ¿Qué hacer? dedica amplio espacio a destacar la importancia del conocimiento teórico del marxismo frente a las “formas más estrechas de actividad práctica”, y argumenta: la “amplia difusión del marxismo ha ido acompañada de cierto rebajamiento del nivel teórico. Mucha gente, muy poco preparada e incluso sin preparación teórica alguna, se ha adherido al movimiento por su significación práctica y sus éxitos prácticos”. Lenin, 1960, ¿Qué hacer? Obras Escogidas en 3 tomos, Ediciones en Lenguas Extranjeras, Moscú, pp. 143-146.
10. Algunos de los compañeros presentes en el espacio “Dialogar, dialogar”, señalaron que el marxismo es una teoría política obrera, extensible en las condiciones de nuestro país, a los trabajadores y la ciudadanía. Hicieron notar, sin embargo, que el trabajo dialogado de preparación marxista (por tanto, política) con el pueblo, resulta insuficiente. Personalmente, suscribo la idea de que el marxismo tiene que encarnar en las masas (forma parte de su ideología, junto con el pensamiento nacional y latinoamericano, que conforma nuestra plataforma revolucionaria) y que debemos dirigirnos también hacia ese propósito. Hago constar que no por referirme en este texto a la esfera académica, dejo de comprender o compartir ese criterio. Más bien, lo confirmo.

Fuente: https://dialogardialogar.wordpress.com/2017/03/27/el-marxismo-en-cuba-hoy/?fb_action_ids=1297635440292409&fb_action_types=news.publishes

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