Antonio Gramsci: la formación y el pensar crítico como anticuerpos frente al encierro

Por: Hernán Ouviña

 

Antonio Gramsci: la formación y el pensar crítico como anticuerpos frente al encierro

Vivimos tiempos pandémicos, que nos compelen al encierro físico y al aislamiento social. Tiempos de exacerbación de la ultraderecha y de tendencias neofascistas. De militarización de los territorios, debacle económica, colapso ecológico, incertidumbre extrema e intento del quiebre de los lazos comunitarios y las tramas de sociabilidad. Crisis endémica, civilizatoria e integral. Un contexto que, más allá de las evidentes diferencias, se asemeja trágicamente al que vivenció Antonio Gramsci, uno de los intelectuales y militantes marxistas más importantes del siglo XX.

Nacido en 1891 y criado en la enorme isla de Cerdeña, ubicada en el sur campesino de Italia, luego de terminar con dificultades e interrupciones el secundario -y gracias a una beca para estudiantes pobres- se traslada a la industrializada Turín, donde al poco tiempo se suma a las filas del Partido Socialista y a colaborar con diversos periódicos de izquierda, por lo que jamás llega a concluir su carrera universitaria. Tras participar del bienio rojo (1919-1920), un proceso de toma de fábricas y autogestión obrera desplegado en la región del Piamonte, contribuye a fundar en 1921 el Partido Comunista y es enviado a Rusia como delegado de la III Internacional. En esta inmensa escuela a cielo abierto vive casi dos años, conoce a los principales referentes del bolchevismo y también a quien será su compañera, Julia Schucht (con la que tendrá dos hijos). Al ser electo diputado en 1924 y conseguir inmunidad parlamentaria, retorna a Italia y asume la secretaría general del Partido, en un contexto cada vez más represivo y de criminalización de las fuerzas opositoras al fascismo. El tener fueros no impidió que, a finales de 1926, sea detenido por el régimen junto a otros dirigentes comunistas. El fiscal que contribuye a su condena alega que se debe “impedir que este cerebro piense por lo menos por 20 años”. Tras una década de encierro, a lo largo de la cual redacta y pule gran cantidad de apuntes, fallece en 1937, en un casi total aislamiento político y afectivo en una clínica de Roma.

Salvando las distancias temporales y geográficas, la ajetreada vida de Gramsci en Italia brinda ciertas pistas y aprendizajes para enfrentar una coyuntura tan anómala y adversa como la actual. En particular, algunas de las iniciativas que emprendió para lidiar con el aislamiento físico, con la imposibilidad de realizar reuniones presenciales entre camaradas de militancia, o resistir encierros prolongados en la cárcel, devienen interesantes hoy en día para sostener y potenciar proyectos emancipatorios de similar tenor, sin transigir en las convicciones ético-políticas ni claudicar ante tamaño infortunio de un contexto por demás desfavorable como el que tanto a Gramsci como a nosotres nos toca afrontar.

Como es sabido, lejos de ser algo residual o acotado a un lapso específico de su itinerario intelectual, la cuestión pedagógica y formativa resulta el hilo rojo que enhebra buena parte de sus reflexiones y propuestas revolucionarias, tanto juveniles como durante su forzado encierro. Ello es así debido a que, para él, desde sus primeros años de incursión en la militancia socialista y la labor periodística, la pedagogía siempre debía entenderse desde una óptica política, y a la inversa: toda práctica política que pretendiese aspirar a transformar la realidad de raíz, ameritaba ser concebida sí o sí en términos pedagógicos, vale decir, profundamente educativos. Por lo tanto, apuntalar proyectos que fomenten “la elaboración de una conciencia crítica” y una “comunión intelectual” que fortalezca la organización y praxis colectiva de las clases subalternas como sujeto político con capacidad autoemancipatoria, era de acuerdo a Gramsci algo prioritario, más aún en momentos de reflujo de las luchas, contraofensiva derechista o desorientación teórico-estratégica.

Gramsci dinamizó infinidad de propuestas en este sentido, ya que una parte prolongada de su vida transcurrió en condiciones de clandestinidad, reclusión y distancia física de sus seres queridos. Entre ellas, vale la pena rememorar la Escuela de cuadros por correspondencia que crea en pleno auge del fascismo, como su propia vivencia de confinado político, en tanto intelectual-militante que batalla contra el encierro y el aislamiento casi absoluto, desde el pensar crítico y la autoformación permanente.

Si durante sus años de militancia en Turín forja varios espacios educativos y contraculturales al calor de la agudización de la lucha de clases y la politización de vastos sectores obreros y campesinos, que van del Club de Vida Moral, la Asociación de Cultura Socialista, la Escuela nocturna de L’ Ordine Nuovo al Instituto de Cultura Proletaria, la consolidación del fascismo tras la marcha sobre Roma y el parcial reflujo de las luchas lo obligan a innovar y reinventar las formas y modalidades de formación política y estudio, en función de evitar la creciente represión y el clima de semiclandestinidad que se vive en el país. Este delicado contexto -que resiente la posibilidad de que se congreguen gran cantidad de militantes en sedes de la organización y limita el activismo público- lo induce a gestar en 1925 una Escuela de partido por correspondencia.

Gramsci elabora el programa, selecciona materiales de lectura, y planifica la edición y distribución interna de sucesivos fascículos entre las y los camaradas de diversas regiones de Italia. El propósito último de la Escuela es romper el aislamiento y aportar a una organización viva y dinámica, que sostenga sus tramas de vincularidad y garantice la cohesión ideológica, pero cuya unidad o centralización no sea concebida en palabras de Gramsci “de forma excesivamente mecánica”, sino tendiente a que “cada miembro sea un elemento político activo, sea un dirigente”. Por cierto, subyace aquí una pionera concepción de la intelectualidad orgánica, en la medida en que articula la condición de especialista con la capacidad de autodirección colectiva, que desarrollará con mayor detalle en sus Cuadernos de la Cárcel.

Es interesante cómo Gramsci pondera las limitaciones de una metodología de enseñanza y aprendizaje que no contempla instancia presencial alguna y se desenvuelve bajo un formato mediatizado: “el mejor tipo de escuela es sin duda la escuela hablada, no la escuela por correspondencia”, admite. A esta dificultad le suma otra no menor que estriba en la gran cantidad y heterogeneidad de estudiantes que la integran. “Las lecciones son realizadas teniendo presente un tipo medio de alumno que de hecho no existe -advierte-, a no ser como abstracción, y eso confiere a las propias lecciones un carácter un tanto absoluto y abstracto, mecánico en suma, lo que indudablemente no es el carácter propio de una escuela orgánica proletaria”.

Resulta evidente que las circunstancias impuestas por el régimen fascista limitaban enormemente las posibilidades de ensayar prácticas formativas diferentes. En una epístola a su amada Yulca, se lamenta de que “toda reunión descubierta es interrumpida y los compañeros son arrestados y encarcelados durante días”. No obstante, a pesar de estas dificultades, Gramsci apunta a “crear una camada de instructores de partido”, es decir, lograr que quienes se forman en esta Escuela puedan a la vez ir oficiando de formadores del resto de las y los activistas que integran la organización, de manera tal que al menos en pequeños grupos puedan concretar reuniones presenciales con un similar “espíritu de iniciativa”.

“Es preciso que inicialmente los alumnos se reúnan en locales, en grupos de diez o menos todavía y se mezclen entre sí: al principio los instructores deben ser electos por el propio grupo, dentro del criterio de buena voluntad, del tiempo en el partido, de relativa mayor preparación, etc.”, propone Gramsci. Dicho espacio debe tener como centro de gravedad el estudio y análisis de la realidad concreta y las exigencias políticas de las y los trabajadores ante una coyuntura difícil de asir, de manera tal que se contrarreste la tendencia a la dispersión y el aislamiento. En este sentido, concluirá, “toda clase debe recurrir a la explicación práctica de los fenómenos experimentados por los compañeros, ya sea en el campo de la política, la economía y la ideología”.

Esta experiencia resulta intensa pero breve, ya que el posterior encarcelamiento de Gramsci en noviembre de 1926, la criminalización extrema de cualquier tipo de activismo de izquierda y la arremetida final contra los partidos políticos opositores (que terminan siendo ilegalizados), diluyen toda perspectiva de continuidad de la iniciativa. Sin embargo, durante sus años de encierro insistirá en la necesidad de crear y sostener espacios autoformativos que contrarresten las “condiciones de embrutecimiento físico y moral” que supone la cárcel. He aquí un segundo momento destacable y sumamente actual en el itinerario de Gramsci como educador popular.

En la isla de Ustica, ubicada en el sur de Italia, donde es recluido a comienzos de 1927 por algunas semanas, forja nuevamente una Escuela, a la que asisten no solamente presos políticos sino incluso algunos habitantes del lugar. “Gracias a la Escuela -relata en una carta enviada a su amigo Piero Sraffa- evitamos los peligros de la desmoralización, que son muy graves”. Una vez más la formación oficia de certero anticuerpo frente al aislamiento físico, afectivo y político al que se ve sometido. En este espacio, que incluye desde la alfabetización hasta talleres de cultura general, todos resultan “maestros y estudiantes”, y el propio Gramsci admite que a la par que enseña historia y geografía, frecuenta algunos cursos en carácter de ávido aprendiz.

Gramsci permanecerá tan sólo 44 días en la isla, aunque la Escuela tendrá una duración mayor. Uno de los presos políticos que continúa en Ustica, de nombre Giuseppe Berti (con vasta experiencia en la organización de Escuelas de partido en el exilio) le escribe meses más tarde para consultarle acerca de la metodología de enseñanza y la concepción educativa más pertinente, con la intención de sostener en el tiempo y potenciar esta iniciativa autogestiva. Desde Milán, Gramsci le responde en una detallada carta que “una de las actividades más importantes a realizar por parte de los maestros, según mi opinión, sería la de registrar, desarrollar y coordinar las experiencias y las observaciones pedagógicas y didácticas, ya que sólo de semejante trabajo ininterrumpido pueden nacer el tipo de escuela y el tipo de maestro que requiere precisamente ese lugar”.

Luego de resaltar esta necesidad de sistematizar el proyecto y de sugerir que quienes fungen de educadores puedan conformar un “círculo” de autoformación en temas didácticos y pedagógicos, que permita también el intercambio y la socialización de información y conocimientos mutuos, le admite a Berti con un dejo de ironía que “es difícil aconsejarte y darte una serie, como dices tú, de ideas ‘geniales’. Me parece que hay que mandar la genialidad a la ‘fosa’ y que en su lugar se debe aplicar el método de las experiencias más minuciosas y de la autocrítica más imparcial y objetiva”.

Durante su presidio transitorio en el norte del país a la espera de una sentencia firme, Gramsci privilegia la lectura y el estudio, y para no empeorar su frágil estado de salud realiza además ejercicios de gimnasia. En paralelo, continúa apelando a la escritura de cartas como puente de comunicación para burlar el aislamiento, y le envía a su madre unas sentidas líneas donde les expresa lo siguiente: “Carissima mamma, no querría repetirte lo que ya frecuentemente te he escrito para tranquilizarte en cuanto a mis condiciones físicas y morales. Para estar tranquilo yo, querría que tú no te asustaras ni te turbaras demasiado, cualquiera que sea la condena que me pongan. Y que comprendas bien, incluso con el sentimiento, que yo soy un detenido político, que no tengo ni tendré nunca que avergonzarme de esta situación. Que, en el fondo, la detención y la condena las he querido yo mismo en cierto modo, porque nunca he querido abandonar mis opiniones, por las cuales estaría dispuesto a dar la vida, y no sólo a estar en la cárcel. Y que por eso mismo yo no puedo estar sino tranquilo y contento de mí mismo. Querida madre, querría abrazarte muy fuerte para que sintieras cuánto te quiero y cómo me gustaría consolarte de este disgusto que te doy; pero no podía hacer otra cosa. La vida es así, muy dura, los hijos tienen que dar de vez en cuando a sus madres grandes dolores si quieren conservar el honor y la dignidad de los hombres”.

Esta energía vital y estado de ánimo positivo se irá apaciguando poco a poco. A mediados de 1928 es llevado a Roma, donde recibe finalmente una condena de más de 20 años de prisión. Ya con síntomas de deterioro físico y psicológico (que se agravarán año a año) es enviado a la cárcel de Turi, en el sur de Italia. Allí meses más tarde, en 1929, le otorgan el permiso para escribir y contar con una celda individual. Lector voraz e insomne, se apasiona por hojear cuanto tiene a mano, llegando a deglutir “más de un libro por día”, buscando a cómo dé lugar no acostumbrarse a “los días que se suceden iguales e igualmente aburridos”, resistiéndose a ser “un objeto sin voluntad y sin subjetividad frente a la máquina administrativa”.

Pero a pesar de ello, Gramsci dista de ser una persona completamente aislada o ensimismada. Sin el apoyo permanente, acompañamiento y contención de su entorno socio-afectivo (mujeres, ante todo, como su cuñada Tatiana Schucht, pero también otros familiares, amigos y compañeros), sin ese diálogo e interlocución con pensadores clásicos y contemporáneos (de Maquiavelo, Hegel y Marx, a Lenin, Sorel, Bujarin y Croce), ni la constante apelación a la “traducibilidad” e intercambio de lenguajes filosóficos, saberes plebeyos, experiencias insurgentes y procesos populares, no hubiese podido en los años sucesivos redactar sus Cuadernos de la Cárcel y menos aún mantenerse activo, escamoteando el encierro para poder revisar o pulir sus ideas una y otra vez, cual meticuloso e incansable artesano. De ahí que reconozca que le resulta “imposible pensar ‘desinteresadamente’ o estudiar por estudiar. Sólo en contadas ocasiones me he abandonado a alguna línea particular de pensamiento y analizado algo a causa de su interés intrínseco”.

Incluso la ardua y paciente producción de los Cuadernos de la Cárcel -verdadero laboratorio en movimiento, de un pensar crítico inigualable- puede ser interpretada como una experiencia de educación militante en sí misma, en la medida en que Gramsci se concibe como un pedagogo de la praxis que aprende y es educado por la propia realidad histórica italiana, europea y mundial, del mismo modo que por las experiencias revolucionarias precedentes y contemporáneas. Desde esta óptica, los Cuadernos son una reflexión concebida desde una doble derrota (la sufrida a manos del fascismo, sin duda, pero también la que involucra a la tragedia del estalinismo), y como tal, supone un proceso de aprendizaje a partir de una pedagogía de la pregunta, interrogándose en torno a por qué fracasaron, o bien fueron derrotados, los diversos proyectos emancipatorios impulsados en otras latitudes.

Asimismo, sería un error definir al Gramsci entre rejas como un intelectual abocado exclusivamente al ejercicio del pensamiento crítico y la reinvención del marxismo. Desde ya esta es una faceta ineludible y cardinal, que lo hace uno de los revolucionarios más sugerentes en estos tiempos, ya que brinda elementos para entender la complejidad de la dominación y los intrincados mecanismos a través de los cuales se sostiene y apuntala este orden capitalismo, patriarcal y colonial profundamente desigual e injusto. Conceptos como los de hegemonía, bloque histórico, Estado integral, revolución pasiva y crisis orgánica apuntan a dar cuenta de esto. No obstante, las elucubraciones vertidas en sus Cuadernos no agotan en toda su integralidad a la figura de “carne y hueso” que fue Gramsci. Por ello no resulta ocioso recordar aquella sentencia magistral que vuelca en una de sus tantas notas de encierro, en la que denuncia que “los intelectuales creen que saben, pero comprenden muy poco y casi nunca sienten”.

Esta convicción senti-pensante no es algo acotado a su período de reclusión en las cárceles fascistas. Revisitar las etapas precedentes y menos conocidas de su vida, nos aleja de un supuesto Gramsci heroico y frío sabelotodo -un “teórico de la derrota” edulcorado y compatible con ciertos discursos progresistas en boga-, acercándonos a una figura más humana, indisciplinada e integral que, no por ello, pierde estatura histórica. En una de las epístolas escrita en 1924 para su compañera, se interroga angustiado precisamente en torno a este desencuentro que, muchas veces, tiende a existir entre el amor y la apuesta en favor de un proyecto revolucionario: “Cuántas veces me he preguntado si era posible ligarse a una masa cuando no se había querido a nadie, ni siquiera a la propia familia, si era posible amar a una colectividad cuando no se había amado profundamente a criaturas humanas individuales. ¿No iba a tener eso un reflejo en mi vida de militante?, ¿no iba a esterilizar y a reducir a mero hecho intelectual, a puro cálculo matemático, mi cualidad de revolucionario?”.

Algunos intérpretes de la obra gramsciana han apelado a una metáfora sugerente para caracterizar su invariante actitud ante la adversidad: la táctica del agricultor, que durante los meses del gélido invierno prepara sus herramientas para la próxima siembra y cosecha. Apostar a la autoformación en contextos de encierro y aislamiento físico, dotar a la militancia popular de mayores condiciones e instrumentos para el análisis riguroso de la realidad y una intervención certera en ella, de manera creativa y sin ánimo alguno de dogmatismo, resulta fundamental en la construcción de intelectuales orgánicos/as que, al decir de Gramsci, “tengan cabeza y no sólo pulmones y garganta”. Al fin y al cabo, como supo expresar Rosa Luxemburgo, esa otra rebelde con causa que también logró escamotear el encierro y ejercitar la libertad de manera tan radical como los pájaros, “a pesar de la nieve, de las heladas y de la soledad -los herrerillos y yo- creemos en la próxima primavera”.

Fuente: https://desinformemonos.org/antonio-gramsci-la-formacion-y-el-pensar-critico-como-anticuerpos-frente-al-encierro/

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Perú: Los retos de la educación en tiempos de pandemia

Los retos de la educación en tiempos de pandemia

APRENDO EN CASA. Sin clases presenciales los escolares oyen a sus maestros detrás de una pantalla o descargan contenido multimedia. No es fácil. Falta de conectividad o profesores familiarizados con lo digital

Roberth Orihuela Q.

Arequipa

Niños pegados a un ordenador que transmite una clase virtual. Otros escalan los cerros en busca de señal para oír clases difundidas por radio. Así está la educación peruana convertida en un desafío para maestros, padres y estudiantes.

La exministra de Educación Patricia Salas O’Brien hace un balance. ¿Es posible sostener que hay una crisis permanente en el sector? preguntamos. Huelgas de maestros, protestas sociales (Tía María) que obligan a suspender el dictado de clases. Para Salas O’Brien se abusa de la palabra “crisis”. La educación del Perú tiene problemas estructurales que visibilizan en momentos de crisis como la de ahora.

“La huelga de maestros fue hace mucho tiempo. Ya superamos eso. Y el caso de Islay es algo focalizado que afectó a los distritos del valle de Tambo. Debemos concentrarnos en este momento. Estamos en una crisis por el COVID-19, muy distinta con sus propios retos”, responde la exministra.

Salas O’Brien plantea priorizar ahora la salud y bienestar de estudiantes maestros. Y más que enseñanza pura se debe apuntar a la salud emocional. Esto significa no saturar y crear estrés al estudiante y familia.

“El Ministerio de Educación, me parece, ha respondido bien. En tres semanas se creó ‘Aprendo en Casa’ una plataforma bien diseñada. Eso ya es un logro. Demuestra que la crisis no nos ha cogido mal parados”, explica.

Salas advierte que el problema es la conectividad. Falta infraestructura de telecomunicaciones para llegar a todos los rincones del país.

La educación a distancia se realiza en varias modalidades. La principal es la virtual a través de contenidos web disponibles en “Aprendo en Casa”. O también en plataformas de aulas virtuales que los colegios públicos y privados implementan. Después están la televisión y la radio.

Se pensaría que estos dos últimos son los más accesibles. Pero no. Hay noticias de niños escalando cerros con sus mochilas en busca señal.

En las ciudades con acceso a internet no todas las familias tienen una conexión o una computadora. Los equipos celulares no son ideales para el aprendizaje. El factor socioeconómico también influye.

La exministra indica que los gobiernos regionales y el nacional deben enfocar sus esfuerzos para incrementar la infraestructura de telecomunicaciones con internet de banda ancha.

Retos propios

Por su parte la docente universitaria Esperanza Medina señala que los maestros ponen de su parte. Sin embargo, falta que se familiaricen con el uso de las tecnologías virtuales: Aulas virtuales, subir vídeos a Youtube, clases por video llamadas, exposiciones compartidas, hasta un mensaje de voz por whatsapp para explicar una clase, son conceptos que muchos maestros no dominan al 100%.

“Los padres no ven que en esa hora de clase virtual hay por detrás también un buen tiempo de preparación”, agrega Medina.

Por parte de los estudiantes el reto es no desconcentrarse. Medina explica que los estudiantes de años superiores son los que mejor se adaptan a la educación a distancia. Ellos ya conocen las tecnologías. La gran mayoría son “Nativos digitales”.

“Tal vez el mayor reto está en los padres, sobre todo para aquellos que tienen hijos en inicial o los primeros años de primaria”, agrega la exministra Salas O’brien. Estos padres deben acompañar la educación de sus hijos. Conversar mucho con los maestros. Es decir, inmiscuirse pero no para criticar, sino para aportar a una mejor educación.

Aprendamos a adaptarnos

Leon Trahtemberg

Miembro del Consejo Nacional de Educación

La pregunta esencial es: ¿qué significa “aprender” y cuánto de eso es cierto número de horas de clase en un colegio que cumple un currículo tradicional. Y qué significaría “aprender” en un sentido más amplio.

Me pregunto, ¿si acaso este año los alumnos no están aprendiendo mucho, pero de otra manera? Cuando, en el año 2021, los estudiantes regresen a las clases presenciales dispondrán de esas capacidades de adaptación y solvencia en el mundo virtual que les serán tanto o más relevantes para lo que sigue en el siglo XXI que las presenciales.

El contexto del aislamiento físico y social ha forzado a los profesores estudiantes a adquirir una serie de habilidades que les permiten dar un salto cualitativo en las capacidades de aprender e interactuar en el mundo digital globalizado. Que no hubieran adquirido en condiciones normales en la escuela presencial convencional.

Fuente de la Información: https://larepublica.pe/sociedad/2020/05/24/los-retos-de-la-educacion-en-tiempos-de-pandemia-coronavirus-escolares-lrsd/

 

 

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