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Cómo descolonizar los libros de texto en África

Por: Laura Feal

La revisión de los manuales escolares en Senegal intenta cambiar la imagen que los africanos tienen de su Historia y su continente.

Los antepasados de los senegaleses ya no son los galos, pero lo fueron durante mucho tiempo. Casi cinco generaciones tras la independencia del país (1960) se educaron con unos libros de texto que parecían salidos de un mal cómic de Asterix y Obelix. En ellos, no solo la lengua, las imágenes y los contenidos estaban desvinculados de la realidad africana, sino que detrás había un tufillo de supremacía occidental que es el que verdaderamente deja huella, el verdaderamente peligroso.

Ya lo dijo en 1984 Cheikh Anta Diop: “El colonizado, o el excolonizado incluso, se parece al esclavo del siglo XIX que, una vez liberado, va hasta el umbral de la puerta y vuelve a casa porque no sabe a dónde ir». El estudio de esta importante figura, padre de la dignidad africana que consiguió demostrar científicamente que la civilización egipcia fue negroafricana, es una de las grandes ausencias en el currículo senegalés aún hoy. Aunque ha sido objeto de reformas, el programa escolar sigue sin romper los lazos con la antigua metrópolis en cuanto a la conformación de un esquema mental basado en la experiencia africana.

«¿Qué puede pasar en la mente de un niño que aprende cosas en la escuela pero que no se aprende a sí mismo, ni sobre su propia historia?», se interrogaron Lefreve y casi 40 personas más venidas de diferentes países africanos y latinoamericanos como Brasil, Colombia o México, donde hay una fuerte presencia de afrodescendientes. Los contextos de las personas de ascendencia africana de los tres continentes (América, Europa y África) ligados en el marco de la trata, la esclavitud y la colonización tienen, por tanto, fuertes lazos en la actualidad, muchas veces deliberadamente ignorados.

“Los libros escolares africanos deberían integrar la afro-diáspora e, inversamente, los americanos y caribeños no tendrían sentido sin insertar una parte de la historia del viejo continente”, explica Lefevre, miembro del Grupo de Estudio y de Investigación Africano e Hispano-Africano (GERAHA). “Uno de los errores de Senegal es mirar demasiado a Europa y no a América Latina, donde llevan dos siglos trabajando la cuestión identitaria, tras la colonización española y portuguesa”, opina el profesor.

El congreso, de vocación muy práctica, concluyó en la conformación de grupos de trabajo para la creación de una base de datos de referentes africanos y afro, y herramientas alternativas para trabajar en las aulas, algo más rápido que la revisión de los libros de texto. “Pese a que estos pueden ser pasos válidos, detrás debe haber un proyecto político: definir qué educación se quiere y qué herramientas se usarán para conseguirlo: algo que Senegal aún no ha hecho”.

En este sentido, Adiara Sy, directora del liceo Ameth Fall, uno de los más importantes y prestigiosos en Saint Louis que cuenta con más de 1.300 estudiantes, también se pronuncia: “Hemos perdido la oportunidad al comienzo de la independencia. El tipo de ciudadano que la escuela ha construido se ha hecho sobre lo que la colonización ha dejado, y no se ha repensado. Ahora es muy difícil volver atrás. El sistema educativo debe construirse sobre valores que vehiculen lo que queremos ser. Pero no es el caso: vamos a golpe de financiador”.

La revisión de los materiales escolares

Primero fueron Mamadou y Bineta, dos simpáticos personajes que, aunque más cercanos al alumnado en nombre y color de piel, seguían transmitiendo conocimientos concebidos desde el Hexágono y sin relación con la sociedad en la que los ya reales Mamadou y Bineta o los Aïcha y Moussa se desarrollaban como ciudadanos.

La juventud senegalesa tiene un imaginario muy limitado de lo que son y de lo que es su cultura

¿Es tan necesario conocer palabras como aspirador o paraguas, o estudiar la Revolución Francesa sin atender a necesidades más útiles como su propia independencia, los tipos de serpientes o los sistemas de regadío en medios áridos? «Aunque hemos vivido tiempos de inadaptación, desde hace una década estamos haciendo esfuerzos por adaptar los manuales escolares a nuestra realidad», explica el inspector departamental del Ministerio de Educación de Saint Louis, M. Dia. «Los libros de texto de primera y segunda etapa revisados ya están disponibles en las escuelas”. Para ello, escritores, investigadores y educadores redactaron los contenidos que después serían validados por un comité científico. A continuación, cada circunscripción selecciona una lista de materiales para sus escuelas que estas eligen para que les sean distribuidos gratuitamente.

Entonces se presentan dos grandes problemáticas. La formación del profesorado para la transmisión de los nuevos contenidos (e incluso la voluntad de estos) y la dependencia externa para el acceso de las escuelas a estos manuales, la mayoría de ellos editados por casas extranjeras.

“Los libros de texto cuestan mucho dinero por lo que el Estado busca socios para acompañar el proceso. El Banco Mundial, la cooperación canadiense, USAID, incluso la JICA japonesa están detrás de ese apoyo, pero siempre hay una intención implícita: hay un poco del país del financiador que se transmite en esos manuales” opina Sy. La editorial francesa Hachette International ostenta actualmente el 85% del mercado de la edición escolar en el África Francófona.

En estos nuevos manuales hay una evidente voluntad de cambio en el contenido pero no todos en el fondo: imágenes de fiestas de cumpleaños, algo lejos del imaginario senegalés que no tiene por costumbre celebrar esta fecha, o el ejercicio de completar un árbol genealógico compuesto tan solo por padres y abuelos en una sociedad caracterizada por la familia extensa, son ejemplos del poco trabajo de cambio de paradigma que hay detrás de algunos libros de texto validados.

La enseñanza en lenguas nacionales

Entre las mayores cuestiones relativas al cambio en el modelo educativo está, sin duda, la introducción de las lenguas maternas. De manera general, y debido en parte a la creación de los Estados-Nación basados en las fronteras de la colonización, los países africanos se caracterizan por una multiplicidad étnica y lingüística. En Senegal hay reconocidas 18 lenguas nacionales, un esfuerzo político que se ha criticado por no describir suficientemente las funciones de estas ni su relación con la única oficial, el francés.

Uno de estos idiomas, el wolof, se ha convertido gradualmente en la de preferencia, hablada en todo el país como primera o segunda opción y asociada, en la representación simbólica de muchos nacionales y extranjeros, como la propia de Senegal. Su impregnación llega hasta el punto de que, aunque la lengua de la administración sea el francés, en los espacios informales se habla extendidamente el wolof.

Los detractores de la utilización de las lenguas nacionales argumentan que éstas no son aptas para transmitir conceptos científicos y técnicos

“Si a un niño de Louga le preguntas dos más dos en francés, piensa, duda y quizás conteste correctamente. Si le preguntas en su lengua materna, no tardará ni un segundo en responder”, suelen decir los defensores de la introducción de las lenguas nacionales en la enseñanza primaria.  ¿Cómo pretender que un niño adquiera las herramientas de base del saber en un idioma que no es el suyo? Los psicopedagogos están de acuerdo en el papel importante que juega la lengua materna en el desarrollo de la persona y la personalidad del niño.

“La introducción de idiomas nacionales es una cuestión que siempre está presente en el Ministerio de Educación, —explica el inspector departamental de Saint Louis—, porque supone una ruptura tremendamente importante. Es un elemento que desarrolla la personalidad y también la diferencia: somos africanos y tenemos nuestras lenguas y nuestra manera de ver el mundo. No es solo un código: hay un arsenal de cultura implícito y esto tiene un impacto. No nos engañemos: somos senegaleses, pero pensamos a la francesa. Hay una alienación».

El cambio no es simple, se necesita una voluntad política. «Ha habido varios intentos: en los ochenta hubo sistemas bilingües en pruebas, pero los padres retiraron a los niños porque tenían miedo de que después no encontraran salidas laborales», explica.

El tema de la comprensión y asimilación del contenido es crucial: «Aquí se enseña en francés como si fuera la lengua materna, y pedagógicamente deberían aprender francés como lengua extranjera, que metodológicamente es distinto», comenta Lefevre.

En Ndiebene, un pueblo al norte de Senegal, el director de la escuela primaria Ousmane Mbaye presenta el proyecto ARED. “Es un experimento que trabaja sobre el bilingüismo, wolof o pular, al mismo tiempo que el francés. La lengua nacional sirve de trampolín para introducir los conocimientos de base y para ir pasando progresivamente al francés. En la evaluación se ha constatado muy buen resultado”.

Los psicopedagogos están de acuerdo en el rol importante que juega la lengua materna en el desarrollo de los niños

Los detractores de la utilización de las lenguas nacionales argumentan que estas no son aptas para transmitir conceptos científicos y técnicos. En respuesta, Cheikh Anta Diop publicó en 1975 un artículo titulado Cómo enraizar la ciencia en África: ejemplos wolof (Senegal), dando una verdadera lección práctica sobre activismo lingüístico.

Construir una imagen de África propia

En paralelo, intelectuales, artistas y movimientos de base siguen presentando iniciativas que contribuyen a desmontar un imaginario que mira fundamentalmente a Occidente que ha sido configurado no solo a partir de la escuela, sino también los medios de comunicación, el turismo o la cooperación, de marcado corte eurocéntrico.

“La cuestión de la identidad está muy presente en la juventud senegalesa, que se siente un poco perdida en este sentido. Muchas veces se reconocen únicamente como negros con cabellos crespos sin darse cuenta de que están reproduciendo estereotipos construidos por las teorías racistas del siglo XIX», explica Fréderique Louveau, profesora de antropología en la UGB. Tienen un imaginario muy limitado de lo que son y de lo que es su cultura, que asocian solamente al peul que pastorea en su pueblo sin reconocer al peul que se va a Estados Unidos, vuelve, introduce cambios en su comunidad, o se instala en la ciudad. La cultura es algo dinámico y cambiante”

El Festicoll, festival coloquio organizado en abril en Saint Louis por el departamento de Civilizaciones, Religiones, Arte y Cultura (CRAC) de la UGB, tuvo por objeto justamente trabajar con la población de la ciudad y a través de la investigación académica pero también del cine, teatro, música y fotos el tema del imaginario cultural desde una perspectiva africana. “No podemos negar la influencia que tienen en la población las imágenes que se proyectan desde fuera sobre el continente”, advierte Louveau.  “Es nuestra labor aprender a deconstruirlas y crear las nuestras propias”. Y en esas estamos.

Fuente: https://elpais.com/elpais/2017/08/23/planeta_futuro/1503488254_926649.html

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Ecologismo a ambos lados de África: “El acaparamiento de tierras es seguir colonizando pero de otra manera»

Africa y Europa, 20 de mayo de 2017. Fuente: EL PAÍS

“El acaparamiento de tierras es seguir colonizando pero de otra manera”. Así de tajante se mostró Mariam Sow en su intervención en el I Foro internacional de activismo, derechos humanos y justicia social de la XXVII edición del Encuentro de Solidaridad con los Pueblos de África y Latinoamérica (ESPAL), celebrado a principios de abril en Gran Canaria. La presidenta del consejo de la Red Internacional Enda Tercer Mundo, que tiene por misión “decir no a la injusticia social, proponer alternativas y pedir a la sociedad civil que tome partido”, habló, sin pelos en la lengua, de que los inversores que acuden a África en busca de terreno “en vez de negociar, más bien roban”. También insistió en que el rechazo a estos métodos tiene que venir desde abajo. “La población local debe estar al frente. Si resiste, no importa qué medios use el Estado, ¡venceremos!”, aseguró.

Wangari Maathai también era muy valiente. Nunca tuvo miedo a decir lo que pensaba y no toleró ninguna opresión. De este modo la recuerda la también keniana Marion Kamau quien, en calidad de representante de la Fundación Wangari Maathai, viajó a Las Palmas para impartir una conferencia sobre su amiga ya fallecida. En 1977, Maathai fundó el Movimiento del Cinturón Verde para buscar formas de mitigar el cambio climático, conservar el medio ambiente y promover el desarrollo comunitario. Con el tiempo, el Green Belt Movement se ha convertido en un enorme proyecto de reforestación en África: solo en Kenia se han plantado más de 10 millones de árboles y más de 47 millones en todo el planeta.

Reivindicación feminista

Pero la de Maathai no era una iniciativa meramente ecologista, sino también uno de los movimientos feministas más eficientes del continente. Toda mujer que se une al programa recibe clases sobre el mundo natural y su preservación. Además, ellas asumen papeles de liderazgo, dirigen viveros y trabajan con silvicultores, planeando e implementando proyectos para la recolección de agua y la seguridad de los alimentos.

Mariam Sow también tiene clara su responsabilidad hacia las mujeres: hay que reforzar sus capacidades para que puedan contribuir por igual. “Desde Enda, hemos aprendido a leer el interés de las mujeres en la lucha campesina. Lo que les interesa es la comunidad: quieren la tierra para sus hijos”. A fin de implicarlas en la batalla, hacen falta “comités paritarios en los pueblos” en los que las féminas puedan hacer valer su voz.

Para que su mensaje llegue hasta ellas y a una población a menudo analfabeta, la líder campesina ha escrito la canción Ma terre, ma vie, que interpretan Bideew Bou Bess, la banda de los hermanos Sall, del norte de Senegal, muy conocidos por utilizar su música para ayudar a promover el cambio social y el desarrollo sostenible.

Cambio climático

Aparte de la propiedad de la tierra y de la soberanía alimentaria “luchamos para que el Estado acepte financiar la agricultura y que el mercado africano esté más protegido” el otro frente de Mariam Sow es el cambio climático. Sobre todo, le preocupa la sequía en el Sahel. “Cada vez hay menos lluvias y, aunque tenemos un curso de agua importante gracias al río Senegal, desde que modificaron las corrientes que regaban los cultivos de sorgo hay que invertir mucho para extraer el agua que hay en el fondo. Y la población no tiene medios suficientes”.

La problemática del líquido elemento también inquietaba a Wangari Maathai. Según su colaboradora y amiga, en la década de los setenta, Maathai concluyó que hacían falta árboles para asegurar el ciclo hídrico. Así, plantar no solo servía para combatir la deforestación, evitar la erosión del suelo o impedir que el desierto del Sáhara siguiera extendiéndose hacia el sur del continente. También vale para hacer frente a las cada vez más frecuentes sequías.

Contra el poder

Al principio de su lucha, el Gobierno keniano no apoyaba a Maathai e, incluso, llegó a atacarla. Pero eso no la detuvo. Cuando su movimiento llevaba más de 20 años en marcha, la activista entró en la escena política de su país, donde llegó a ser viceministra de medio ambiente. Gracias a ella, hoy la Constitución keniana incluye un artículo de protección medioambiental que se aprobó tal y como lo redactó.

“El acaparamiento de tierras es seguir colonizando pero de otra manera”

Hoy las autoridades kenianas tienen muy en cuenta a la fundación que lleva su nombre. Han manifestado un notable interés por fomentar el cuidado por el medio desde la guardería, han creado programas de doctorado y másteres en gestión medioambiental y, en 2016, el presidente Uhuru Kenyatta colocó la primera piedra del futuro instituto Wangari Maathai, financiado en un 100% por el Estado.

Por su parte, la senegalesa Sow se enorgullece de haber llegado a “un consenso con toda la nación y con las autoridades de las seis zonas agrícolas del país”. Un consenso fruto de los talleres organizados con la población, “de los que han salido unos principios básicos que vamos a presentar al Estado para que no salga solo una ley, sino toda una política agraria”. Así, aunque según Sow toda la población senegalesa está sensibilizada, “el Estado a veces cierra sus oídos y solo mira por los intereses de los otros”, queriendo emprender una reforma agraria solo para dar seguridad a los inversores. “Pero no le vamos a dejar hacerla solo”.

Sow termina afirmando que va a seguir en la lucha y que confía en que las cosas pueden cambiar. Por su parte, la Fundación Wangari Maathai tiene la misión de continuar el legado de la que fue conocida como la mujer árbol y aspira a formar líderes valientes, íntegros y responsables con su medio ambiente.

Fuente noticia: http://elpais.com/elpais/2017/05/17/planeta_futuro/1495033530_234332.html

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Subimperialismo I: revisión de un concepto

Claudio Katz

Las características del subimperialismo fueron estudiadas por Marini en su exposición de la teoría de la dependencia. Ese concepto suscitó controversias en la década del 70 y ha sido reconsiderado en los últimos años. ¿Tiene relevancia y utilidad?

FUNDAMENTOS Y OBJECIONES

Marini asignó al subimperialismo una dimensión económica, otra geopolítico-militar y aplicó ambos significados al caso brasileño.

En el primer terreno observó que las inversiones extranjeras habían aumentado la capacidad de producción, generando excedentes invendibles en el mercado interno. Destacó que las empresas multinacionales promovían la colocación de esos sobrantes en los países vecinos y utilizó el nuevo término para describir esa acción compensatoria (Marini, 2008: 151-164).

El subimperialismo retrataba la conversión de una economía latinoamericana dependiente en exportadora de mercancías y capitales. Las firmas contrarrestaban la estrechez del mercado local con ventas en el radio circundante. Esa incursión externa desbordaba la esfera industrial e incluía a las finanzas (Marini, 2007: 54-73).

Marini reformuló una tesis expuesta por Luxemburg a principios del siglo XX. Ese enfoque ilustraba cómo las principales economías europeas afrontaban la adversidad de sus estrechos mercados internos. Señalaba que las potencias contrarrestaban esa limitación con políticas imperialistas de expansión hacia las colonias (Luxemburg, 1968: 158-190).

El teórico de la dependencia retomó esa idea de una salida externa para los desequilibrios de sub-consumo. Pero ubicó el fenómeno en economías de menor porte y le atribuyó una escala más acotada (Marini, 1973: 99-100).

Marini vinculó el segundo sentido del subimperialismo al protagonismo geopolítico de Brasil. Señaló que el principal país de Sudamérica actuaba fuera de sus fronteras con métodos prusianos, para cumplir con un doble papel de gendarme anticomunista y potencia regional autónoma.

Presentó ese rol como un rasgo complementario y funcional de la expansión económica. Destacó que los gobiernos brasileños actuaban en sintonía con el Pentágono siguiendo las reglas de la guerra fría.

El subimperialismo implicaba un perfil represivo pero no meramente subordinado a los dictados del Norte. Las clases dominantes buscaban su propia preeminencia, para garantizar los intereses de las corporaciones instaladas en el país (Marini, 2007: 54-73).

Marini subrayó esta combinación de dependencia, coordinación y autonomía de Brasil, en el período de convulsiones abierto por la revolución cubana. Presentó al subimperialismo como un instrumento de los opresores para sofocar la amenaza revolucionaria. Señaló que operaba en una época signada por disyuntivas entre dos modelos antagónicos: el socialismo y el fascismo.

Otra exponente de la misma teoría ratificó esa caracterización, destacando que el principal propósito de la acción subimperial era impedir la gestación de un escenario pos-capitalista a escala regional (Bambirra, 1986: 177-179).

Pero el concepto fue objetado dentro del campo marxista. Los pensadores próximos a la ortodoxia comunista cuestionaron la revisión de las tesis leninistas y el desconocimiento del rol dominante de las finanzas.

Rechazaron la existencia de un poder subimperial en Brasil, destacando su incompatibilidad con el sometimiento del país a las potencias del Primer Mundo (Fernández; Ocampo, 1974). Los críticos percibieron que Marini tomaba distancia de los viejos diagnósticos sobre el imperialismo y descalificaron esa reconsideración sin evaluar sus fundamentos.

También Cardoso impugnó el nuevo concepto. Cuestionó la consistencia del subimperialismo y señaló que Marini sobrevaloraba las crisis de realización (Martins, 2011: 233-236).

Otro tipo de observaciones planteó un importante teórico marxista que convergió con el dependentismo. No invalidó el subimperialismo, pero sí su aplicación a Brasil. Estimó que, por su elevada subordinación a Estados Unidos, el país sudamericano no alcanzaba ese estatus (Cueva, 2012: 200).

También el principal colega de Marini mantuvo reservas frente a la nueva categoría. Señaló que planteaba un desarrollo posible, pero dudó de su concreción. Observó que un estatus subimperial generaría conflictos indeseados de las clases dominantes con el poder norteamericano (Dos Santos, 1978: 446-447).

EVALUACIÓN DE UN CONCEPTO

Marini replanteó la teoría clásica del imperialismo asimilando distintas actualizaciones. Una reevaluación remarcaba la nueva hegemonía militar de Estados Unidos (Sweezy-Magdoff) y otra subrayaba la atenuación de las confrontaciones bélicas junto al agravamiento de las disputas económicas (Mandel).

El teórico brasileño absorbió esas ideas, junto a la caracterización de un imperialismo colectivo apadrinado por el Pentágono, para gestionar el creciente entrelazamiento internacional del capital (Amin) (Katz, 2011: 33-49).

No sólo fusionó varios elementos de esas miradas (Munck, 1981). También retomó las tesis de otro pensador que subrayaba el nuevo accionar conjunto de las potencias, en desmedro de las viejas contradicciones inter-imperialistas (Thalheimer, 1946).

Bajo esas influencias Marini habló de una novedosa «cooperación hegemónica» entre los centros. Añadió a ese esquema el papel de los países intermedios. Describió la conexión de las potencias subimperiales con los dominadores del planeta.

Su enfoque resaltó el rol de los nuevos centros intermedios de acumulación en la pirámide imperial de posguerra. El análisis de esos países fue su principal objeto de estudio.

Denominó subimperialismo a las semiperiferias estudiadas por la Teoría del Sistema Mundial (Dos Santos, 2009). Indagó la legalidad específica de esas formaciones en la dinámica global (Marini, 2013: 24-26).

El pensador brasileño optó por el término subimperialismo en polémica con otra denominación (satélite privilegiado), que sobrevaloraba la incidencia geopolítica del fenómeno, en desmedro de su impacto económico. La misma objeción formuló contra otra calificación (potencia mediana), que omitía el papel de las empresas multinacionales (Marini, 1991: 31-32).

Con mayor énfasis rechazó la presentación de Brasil como una potencia imperialista. Descartó, además, clasificar al país en el casillero de los imperialismos menores de posguerra (Suiza, Bélgica u Holanda).

Marini situó en el status subimperial a las economías dependientes intermedias, que mantenían relaciones singulares con el imperialismo central. Frente a la errónea identificación del prefijo «sub» con la subordinación a mandatos ajenos, precisó que esa conexión implicaba una combinación del sometimiento con asociación y autonomía.

Señaló que el subimperialismo involucraba a economías en proceso de industrialización, sujetas a los turbulentos efectos del ciclo dependiente. Este modelo fue posteriormente teorizado como un patrón de reproducción de ciertos países subdesarrollados (Osorio, 2012).

En el terreno geopolítico estimó que la acción subimperial implicaba cursos expansionistas, amoldados a la hegemonía mundial de Estados Unidos. Subrayó el papel de los liderazgos regionales asociados a la supremacía del imperialismo norteamericano.

Marini vinculó también la vigencia del subimperialismo al tipo de predominio prevaleciente en la cúspide de las clases dominantes. Destacó la preeminencia alcanzada en Brasil por las empresas industriales y sus socios financieros. Resaltó que ese sector comandaba la expansión al vecindario próximo (Bueno, 2010).

Con esa observación sugirió importantes márgenes de variabilidad del subimperialismo, en función del sector capitalista predominante. Señaló la vigencia de fases cambiantes de ese estatus y planteó que esa modalidad carecía de la estabilidad imperante en las potencias imperiales.

Marini también puntualizó el acceso selectivo a la condición subimperial. Estimó que sólo algunas economías intermedias reunían los requisitos exigidos para alcanzar ese estamento. Ubicó a Brasil pero no a la Argentina en ese lugar.

Para el teórico dependentista un posicionamiento subimperial suponía gran cohesión política de la burguesía en torno a su estado. Entendía que la ausencia de esa homogeneidad, impedía tanto a la Argentina como a México, emular el lugar alcanzado por Brasil. En el primer caso atribuía esa limitación a la prolongada crisis del sistema político y en el segundo a la gran dependencia hacia Estados Unidos (Luce, 2015: 31-32, 37).

Marini precisó que en contextos económicos semejantes el tipo de estado era determinante de la acción subimperial. Con este razonamiento redujo a pocos casos los países con ese tipo de aptitudes. Situó en ese campo a Brasil, Israel, Irán y África del Sur (Luce, 2011).

La teoría de Marini tuvo ciertos precedentes en caracterizaciones de los imperios subsidiarios (España) o relegados (Rusia). Pero fue concebida como un rasgo exclusivo del capitalismo de posguerra. No retrotraía la vigencia del subimperialismo brasileño al siglo XIX. Su concepto contribuyó a superar anacronismos e incentivó un fructífero programa de investigación.

OTRO ESCENARIO

Un análisis actual del subimperialismo debería registrar la diferencia radical que separa al capitalismo del siglo XXI con el vigente en la época de Marini.

Desde los años 80 el modelo keynesiano de posguerra quedó sustituido por un esquema neoliberal de agresión permanente contra trabajadores. La precarización deteriora el salario y el desplazamiento de la industria a Oriente abarata la fuerza de trabajo. El desempleo intensifica la marginalidad urbana y los capitalistas utilizan la informatización para aumentar la rentabilidad, destruyendo empleos y potenciando las desigualdades.

Este contexto difiere del estudiado por Marini. Las economías intermedias que focalizaron su atención continúan cumpliendo un rol clave, pero operan en un nuevo marco de empresas transnacionales, tratados de libre-comercio y finanzas mundializadas.

En comparación a los años 70, los mercados internos de los países intermedios han perdido relevancia frente a la actividad exportadora. La cadena global de producción incrementa, además, las variedades de esas formaciones (Domingues, 2012: 47-55).

En la actualidad se verifican tres modalidades de economías equivalentes a las indagadas por Marini. Algunas semiperiferias con mayor desarrollo precedente mantienen su vieja especialización en exportaciones básicas y una reducida incidencia global (Argentina). Otras se insertaron en procesos mundiales de fabricación sin expandir su influencia regional (Corea del Sur). Un tercer tipo exhibe enorme peso en su zona aledaña con bajo porcentual de PBI per cápita (India).

Estas economías continúan distanciadas de los países nítidamente periféricos (Mozambique, Angola, Bolivia) y de las potencias centrales (Estados Unidos, Alemania, Japón). Se ubican en el lugar investigado por Marini. Pero, a diferencia de la etapa precedente, ha irrumpido una nítida diferenciación al interior de ese segmento, en función de la conexión que cada país ha establecido con la mundialización neoliberal.

También se ha profundizado la brecha entre estructuras económicas semiperiféricas y roles subimperiales. Lo que determina el pasaje del primer estatus al segundo no es la incidencia en la cadena de valor. Países más enlazados a la internacionalización productiva (Corea) o poco integrados a esa red (Argentina) no han modificado sus carencias subimperiales. El potencial divorcio entre ambas situaciones que sugirió Marini ha cobrado nuevas formas.

INTERPRETACIONES ECONÓMICAS

La distinción entre economías intermedias y potencias subimperiales es un dato clave del escenario actual. Esta diferencia fue omitida en las caracterizaciones que extendieron a México o Argentina el papel asignado por Marini a Brasil. Se supuso que la performance subimperial correspondía a naciones latinoamericanas con cierto desarrollo industrial y consiguiente distanciamiento de los países puramente agro-mineros (Bambirra, 1986: 177-179).

Un gran estudioso de la teoría de la dependencia mantiene ese criterio, resaltando la envergadura alcanzada por las empresas multilatinas (Techint, Slim, Cemex) (Osorio, 2009: 219-221). Estima que los bloques regionales y las uniones aduaneras han potenciado la vocación subimperial de todos los estados que albergan ese tipo de compañías (Osorio, 2007). Pero el peso de esas firmas no ubica necesariamente en el mismo casillero subimperial a países con perfiles geopolíticos, militares y estatales muy distintos.

En los últimos años este problema desbordó el ámbito latinoamericano. La aparición del bloque integrado por los BRICS abrió el debate sobre la validez de la categoría subimperial para ese conglomerado.

Autores que valorizan el enfoque de Marini retomaron sus objeciones a la simple caracterización de los integrantes de ese grupo como potencias medianas. Recuerdan las insuficiencias de un mote divulgado por la ciencia política convencional (Bond, 2015: 243-247).

Pero una clasificación de los BRICS en el universo subimperial omitiría la heterogeneidad de ese bloque. Uno de los participantes de esa sociedad -China- ya traspasó el estatus intermedio e ingresó en el núcleo de las economías centrales. Este dato impide situar a todo el alineamiento en el estamento estudiado por Marini.

Esa aplicación afronta además otro inconveniente: los BRICS han establecido una alianza económica sin clara proyección geopolítica. Sus miembros mantienen relaciones muy diferentes con las potencias centrales.

Basta comparar la ligazón de India con Estados Unidos con la establecida por China o Rusia para notar ese abismo. Cada componente del conglomerado actúa en función de sus prioridades regionales y la búsqueda de esa preeminencia mantiene abiertos los potenciales conflictos entre China, India y Rusia.

A diferencia del imperialismo colectivo de la tríada, los BRICS no surgieron en escenarios pos-bélicos para garantizar objetivos estratégicos comunes. Ese grupo emergió para conformar un espacio de negociación dentro de la globalización neoliberal. Es una alianza al interior de esa estructura.

Por esta razón todas las cumbres de los BRICS han girado en torno a iniciativas económicas (bancos, inversiones, uso de monedas) y recrean debates empresariales afines al foro de Davos (García, 2015: 243-247). Este curso ha confirmado que el concepto de subimperio no se extiende a un bloque. Es sólo pertinente para potencias regionales que disputan influencia zonal.

REPLANTEO DE UN ESTATUS

Las formas subimperiales han cambiado en un escenario geopolítico signado por la extinción de la guerra fría. Desapareció el propósito anticomunista primordial que condicionaba todas las relaciones de Estados Unidos con sus socios. Los conflictos entre las clases dominantes se procesan ahora en un marco de negocios globalizados y rediseños de fronteras, que contrastan con el congelado mapa de posguerra.

El viejo contexto de bipolaridad aún vigente en el debut del neoliberalismo (1985-89) fue sucedido por una fase de supremacía unipolar (1989-2008) y otra de multipolaridad (2008-2017).

Pero en períodos tan cambiantes ha persistido un dato ordenador del planteo de Marini: la preponderancia militar estadounidense. La primera potencia mantiene el liderazgo de la gestión imperial concertada, que a mitad del siglo XX sustituyó a las viejas confrontaciones inter-imperialistas.

Esa preeminencia persiste junto a la pérdida de primacía económica norteamericana. El garante del orden capitalista mantiene su función protectora de las clases dominantes del planeta. Ya no tiene capacidad de acción unilateral, pero preserva un gran poder de intervención.

Estados Unidos fija por ejemplo las pautas del club nuclear, que penaliza a quienes intentan acceder en forma autónoma a esos recursos. También dirige las coaliciones de Occidente que perpetran ocupaciones o desplazan gobiernos contestatarios. Las agresiones que Bush consumaba con pretextos banales fueron continuadas con modalidades encubiertas por Obama.

La lógica del subimperialismo se adecúa a ese padrinazgo del Pentágono. Pero adopta un contenido amoldado a los crecientes conflictos por la primacía regional dentro de la mundialización neoliberal.

Esas tensiones no tienen la envergadura mundial que caracterizó a la primera mitad del siglo XX (Panitch, 2015: 62). Presentan una escala acotada que no repite lo ocurrido en el pasado. Tampoco prepara la tercera guerra mundial que erróneamente anticipan algunos autores (Sousa, 2014). Los subimperios actúan para reforzar su primacía, sin involucrar a las grandes potencias en conflagraciones generales.

Otro dato del periodo es la ausencia de proporcionalidad entre la supremacía económica y la hegemonía político-militar. Japón y Alemania se han consolidado como dominantes en el primer terreno y huérfanos en el segundo, mientras que Francia e Inglaterra han protagonizado un curso inverso.

Como en la época de Marini los subimperios actuales son potencias regionales en el plano económico y político-militar y estatal. Deben reunir estas dos condiciones y no sólo una de ellas.

No basta con la presencia de empresas transnacionales (Corea, México, Chile), acciones belicistas sistemáticas (Colombia) o esporádicas incursiones guerreras (Argentina durante Malvinas). Sólo quiénes concentran todos los componentes del perfil subimperial asumen ese rol.

Tal como señaló Marini la denominación corriente de esos países -potencias intermedias- no alcanza para caracterizarlos. Pero son naciones que ubicadas en ese estrato. Ninguna es un típico país del Tercer Mundo.

En la actualidad el aspecto geopolítico-militar es determinante del estatus subimperial. Esa condición exige un grado de autonomía suficiente para remover tableros a favor de las principales clases dominantes de cada zona.

Pero la condición subimperial también requiere mantener la sintonía con la primera potencia. Estos dos rasgos subrayados por Marini (asociación con Estados Unidos y poder propio) han persistido.

La propia denominación de subimperio indica una elevada gravitación de la acción militar. Economías poderosas con reducidos ejércitos quedan excluidas de ese estamento. Por eso los subimperios corresponden, en general, a países que ya desenvolvieron en el pasado un rol militar significativo fuera de sus fronteras.

El ejercicio efectivo de ese poder es incierto por el vulnerable lugar de esos países en la jerarquía global. Los gendarmes regionales están corroídos por agudos desequilibrios, que contrastan con la estabilidad alcanzada por los imperios centrales. Esa fragilidad determina la transitoriedad de los subimperios. Pocos candidatos del espectro posible logran corporizar efectivamente esa condición (Moyo, 2015: 189-192).

CONTROVERTIDAS EXTENSIONES

En nuestra reformulación sólo algunos países -como Turquía o India-cumplen actualmente los requisitos del subimperio. Son economías semiperiféricas con gran desenvolvimiento intermedio, que mantienen una estrecha relación con Estados Unidos y buscan aumentar su predominio regional. El componente geopolítico-militar define un estatus que se ajusta a varios enunciados de la teoría marxista de la dependencia.

Otra interpretación propone una mirada ampliada del subimperialismo, como nuevo determinante de conflictos de gran porte. Este enfoque rechaza el sentido que asignó Marini al concepto. Considera que el crecimiento de posguerra redujo la brecha centro-periferia y facilitó un gran desarrollo de los capitalismos nativos. Estima que esa expansión genera confrontaciones subimperiales, que recrean los clásicos choques inter-imperialistas del pasado (Callinicos, 2001).

Con este abordaje se postuló en la década pasada un listado más extendido de subimperios. En Medio Oriente, Irak, Egipto y Siria fueron añadidos a Turquía e Irán. En Asia, la India fue acompañada de Pakistán y Vietnam y en el continente negro Nigeria se sumó a Sudáfrica. En América Latina, Brasil quedó complementado con Argentina.

En esta interpretación todo país con proyección regional y procesos de acumulación significativos participa del universo subimperial. Esta ampliación del concepto pondera el impacto local del fenómeno. Resalta su gravitación zonal y relativiza las conexiones con la estructura global del imperialismo.

Marini propuso un número inferior de subimperios por la doble impronta que asignaba al fenómeno. Definió esa condición por relaciones de asociación y autonomía con las potencias centrales y por acciones de gendarme regional. Por eso su listado excluía a Irak, Egipto, Siria, Vietnam, Nigeria o Argentina. Su enfoque no magnificaba la presencia de los subimperios y evitaba divorciarlos del orden mundial.

En esa mirada había una implícita distinción entre subimperios potenciales y efectivos. Pakistán y Argentina podían contener pretensiones de ese estatus, pero no lograban consumarlo. Bajo gobiernos dictatoriales ambos países mantenían su estrecha subordinación al Pentágono sin desenvolver estrategias autónomas.

Marini evitaba, además, confundir aspiraciones subimperiales con acciones antiimperialistas. Aunque Vietnam afrontaba serios conflictos con sus vecinos, estuvo involucrado en la principal guerra contra Estados Unidos del continente asiático. Por su parte, Egipto y Siria confrontaban primordialmente con Israel, que era el principal exponente de los intereses norteamericanos en Medio Oriente.

La mirada extendida del subimperio omite estas caracterizaciones indispensables, para ubicar adecuadamente la categoría en cada circunstancia. Además, concibe guerras entre esas formaciones como un rasgo de la época actual. Atribuye ese alcance a los conflictos armados que enfrentaron a Grecia con Turquía, a India con Paquistán y a Irak con Irán. Supone que esas sangrías reemplazan a las conflagraciones entre potencias centrales de la era del imperialismo clásico.

Pero esa comparación es inadecuada no sólo por la diferente magnitud de ambos conflictos. Omite la relación que presentan los choques regionales con el papel rector de Washington. Aunque Irak inició la guerra contra Irán con objetivos propios, esa aventura fue propiciada por Estados Unidos para doblegar al régimen de los Ayatollah.

Los subimperios no repiten las viejas rivalidades inter-imperialistas. Se desenvuelven en un período de extinción de esas conflagraciones. Estados Unidos ya no guerrea con Japón por el control del Pacífico, ni con Alemania por la supremacía en Europa. Coordinan una gestión imperial conjunta y a veces enlazada con la acción de subimperios regionales.

La tesis extendida exagera el poder de las configuraciones intermedias. Olvida que esos países actúan por referencia a un imperialismo colectivo liderado por Estados Unidos. No registra que los conflictos bélicos entre subimperios tienden a quedar acotados por los umbrales que fijan las potencias globales.

Una caracterización sobredimensionada de los subimperios conduce, además, a evaluaciones políticas erróneas. Por asignarle a la Argentina un status subimperial se interpretó la guerra de las Malvinas como una confrontación inter-imperial entre potencias de distinta envergadura (Callinicos, 2001).

Esa mirada omitió que el trasfondo de ese conflicto era la usurpación colonial de una porción del territorio argentino. En Malvinas, no colisionó un imperio maduro con otro en gestación. El colonialismo británico reafirmó su atropello de la soberanía del país sudamericano. La legitimidad de una demanda nacional de Argentina queda diluida en la caracterización subimperial de ese país.

INCOMPRESIÓN DE UNA CATEOGRÍA

Un autor crítico del subimperialismo objeta la sustitución del análisis clasista de la explotación por interpretaciones centradas en la sujeción de países. Cuestiona especialmente la existencia de una regla tripartita de opresión nacional, considerando que es falso imaginar una explotación en cadena de Bolivia por Brasil y de Brasil por Estados Unidos. Afirma que para analizar la tensión entre burguesías por el reparto de plusvalía, no hay ninguna necesidad de recurrir a las categorías del imperialismo (Astarita, 2010: 62-64).

Pero esta mirada atribuye a Marini una tesis que nunca postuló. Jamás supuso que el subimperialismo implicaba mecanismos de explotación entre países. Siempre especificó que las empresas multinacionales lucraban con la extracción de plusvalía a los trabajadores de naciones vecinas a Brasil.

Explicó de qué forma ese proceso obedecía a contradicciones del capitalismo. Señaló que el curso de la acumulación chocaba con límites a la realización del valor, que inducían a los capitalistas a compensar desequilibrios desbordando las fronteras.

Marini tampoco reformuló el esquema tripartito de metrópolis-satélites postulado por Gunder Frank. Desenvolvió una tesis marxista singular, que ha sido malinterpretada por las lecturas antidependentistas (Katz, 2017).

Pero el principal problema de esa crítica al subimperialismo es el desconocimiento del sentido geopolítico-militar del concepto. No capta su relevante papel en la jerarquía global imperante bajo el capitalismo contemporáneo.

El objetor supone que basta con señalar la dinámica agresivo-competitiva de este sistema para comprender su funcionamiento. Pero ignora que esa caracterización es tan sólo el punto de partida del problema. El capitalismo opera a escala mundial y depende de un orden coercitivo que requiere dispositivos imperiales.

Por omitir este dato desconoce cómo el análisis del subimperialismo contribuye a esclarecer las múltiples formas actuales de opresión mundial. Esos dispositivos son indispensables para la reproducción del capitalismo.

El subimperialismo es una categoría de ese orden mundial y su validez proviene de la existencia de guerras y conflictos regionales. Al olvidar esa estructura (o suponer que al economista no le corresponde evaluar ese tema), el crítico empobrece el análisis inaugurado por Marini.

Más que analizar cadenas de exacción del excedente entre economías grandes, medianas y pequeñas, el subimperialismo alude al papel geopolítico de las potencias regionales. Es un concepto esclarecedor de la estructura piramidal de dominadores, socios y vasallos que sostiene al capitalismo

CONTRAPOSICIÓN CON SEMICOLONIA

Algunos autores consideran que el subimperialismo contradice la tradicional contraposición entre el centro y la periferia. Resaltan especialmente el atraso de Brasil y recuerdan su distancia con las potencias centrales. Estiman que el país continúa sometido a una condición semicolonial compartida con Argentina y México (Matos, 2009). Esa visión subraya, de hecho, la persistencia del escenario descripto por los marxistas clásicos a principio del siglo XX.

Pero este abordaje desconoce la obsolescencia del viejo retrato de un puñado de potencias sofocando a indistintas periferias. Ese tipo de dominación imperial fue reemplazada hace mucho tiempo por otras sujeciones. Las tres formas típicas de subordinación de la centuria precedente (colonias, semicolonias y capitalismos dependientes) dieron lugar a variedades más complejas de estratificación, que fueron analizadas por un teórico marxista en los años 70 (Mandel, 1986).

El retraso productivo, el rentismo agrario o la estrechez de los mercados no definen actualmente el estatus semicolonial de un país. Sólo indican brechas de desarrollos o modalidades de inserción internacional. Esa categoría no esclarece si un país es agro-minero o industrial mediano. Tampoco clarifica si alcanzó cierto desenvolvimiento del mercado interno o depende de las exportaciones.

La noción semicolonia retrata un estatus político. Ilustra el grado de autonomía con las principales potencias. En las colonias las autoridades son designadas por las metrópolis y en las semicolonias son digitadas en forma encubierta por los centros.

Las colonias son actualmente marginales y las semicolonias persisten sólo en aquellos países que padecen la subordinación total al Departamento de Estado. Honduras es un ejemplo de ese tipo. Lo mismo ocurre con Haití. Pero ese estatus no rige para Brasil que es ocupante de esa isla. No es lógico colocarlos en el mismo plano, olvidando que el principal país sudamericano es miembro del G 20.

Por el margen de autonomía que tienen sus estados, Brasil, México o Argentina están situados fuera del casillero semicolonial. Esa condición se extinguió en el siglo pasado y no reapareció con la preeminencia de gobiernos afines a Washington. El estado es manejado por clases dominantes locales y no por emisarios de la embajada estadounidense.

Es cierto que la economía brasileña depende de recursos naturales y padece un alto grado de apropiación externa. Pero esos rasgos no definen por sí mismos el posicionamiento del país en el orden global. Hay potencias imperialistas con grandes reservas naturales (Estados Unidos) y otras con significativa extranjerización de su economía (Holanda).

Tampoco las crisis económicas recurrentes determinan la ubicación internacional de cada país. Muchas naciones de la periferia inferior languidecen sin grandes turbulencias periódicas y otras del centro afrontan un alto grado de inestabilidad económica.

Quienes sitúan a Brasil en el universo semicolonial resaltan la brecha de productividad o PBI per cápita, que separa al país de las economías avanzadas. Pero una fractura semejante se verifica con las empobrecidas naciones de la periferia inferior. La distancia con Nicaragua o Mozambique es tan significativa como la existente con Francia o Japón.

Marini justamente indagó el universo del subimperialismo para superar la simplificada ubicación de Brasil en la periferia del planeta. En una conceptualización actualizada de distintas ubicaciones geopolíticas correspondería distinguir a las potencias dominantes de los países que cargan con grados muy diferenciados de dependencia. La subordinación de Honduras contrasta con la autonomía de Brasil.

INCONSISTENCIAS DOGMÁTICAS

La reivindicación del concepto semicolonia en contraposición a la noción de subimperialismo, presupone la total actualidad del diagnóstico expuesto por Lenin sobre el imperialismo. Esa mirada se asemeja a la adoptada por la ortodoxia comunista frente a Marini en los años 70. Ambas desestiman los cambios registrados en la dinámica imperial desde la mitad del siglo XX.

En nuestro libro sobre el imperialismo (Katz, 2011) hemos expuesto una actualización con abordajes semejantes a Marini. Registramos los mismos cambios que el pensador brasileño intuyó en la posguerra en tres planos: la existencia de una mayor integración mundial de los capitales, la ausencia de guerras inter-imperialistas y el rol dominante de Estados Unidos. Resaltamos la gravitación del mismo proceso de «cooperación hegemónica» entre las potencias imperiales. Nuestra revalorización del subimperialismo se apoya en esta coincidente mirada.

Algunos críticos objetan nuestro enfoque con los mismos argumentos que cuestionan la tesis subimperial. Aceptan la vigencia de fuertes tendencias a la convergencia entre capitales de distinto origen nacional, pero subrayan la dinámica contradictoria de ese proceso. Destacan que no se han creado clases dominantes transnacionales despegadas de los viejos estados. Consideran que este marco genera tendencias explosivas que habríamos ignorado. No aclaran, sin embargo, cuál ha sido nuestra omisión (Cri; Marcos, 2014).

Desde el momento que la burguesía no forjó clases y estados mundializados esos desequilibrios saltan a la vista. Los objetores se limitan a exponer las mismas tensiones que registramos nosotros y que a su vez recogemos de otros autores.

Pero su retrato de ese curso es llamativo. Por un lado aceptan la preeminencia de empresas multinacionales y por otra parte postulan su irrelevancia. Resaltan la asociación internacional de capitales y al mismo tiempo subrayan la continuidad de la rivalidad. Con esa dualidad no especifican cuál es la tendencia predominante.

Los objetores entienden que ambos procesos coexisten con la misma fuerza del pasado. Pero en ese caso prevalecería una continuidad del escenario leninista, que ha sido alterado por la mayor integración de los capitales. Ejemplifican la persistencia de las viejas rivalidades, en las disputas que actualmente oponen a Alemania con Estados Unidos por el manejo de las crisis monetarias. Afirman que omitimos esas contradicciones.

Pero nuestro enfoque no desconoce esos choques. Simplemente los contextualiza en un escenario de ausencia de guerras entre potencias. Postulamos que las conflagraciones que inspiraron las tesis de Lenin no se verifican en la actualidad. Por eso nadie vislumbra la repetición de conflictos armados entre Estados Unidos, Francia, Alemania, Japón o Inglaterra.

No queda claro si los críticos opinan lo contrario y pronostican la reaparición de confrontaciones entre los ejércitos que integran la OTAN. En lugar de precisar ese diagnóstico retratan las divergencias suscitadas por las cotizaciones del euro y el dólar. Pero es evidente que esas discrepancias financieras no se equiparan con los choques, que desembocaron en la Primera o Segunda Guerra Mundial.

No alcanza con exponer generalidades sobre las tensiones inter-imperiales. Hay que mensurar su envergadura y potencial desenlace. Por eso señalamos que carecen de corroboración las hipótesis de reiteración de lo ocurrido a comienzo del siglo XX.

La triada ejerce actualmente un chantaje nuclear contra terceros que no extiende a sus miembros. Los conflictos económicos en el seno de esa alianza no se proyectan a la esfera militar. Nadie quiere desarmar el sistema de protección capitalista que controla el Pentágono y una eventual confrontación con Rusia o China, tampoco repetiría los conflictos inter-imperialistas del pasado.

En vez de abordar estos problemas, los objetores se limitan a constatar la existencia de tendencias opuestas. Registran la mayor integración mundial de capitales y al mismo tiempo objetan la disipación de las guerras inter-imperialistas.

Pero con esa exposición de cursos diversos no evalúan las consecuencias de sus propias formulaciones. Si hay mayor entrelazamiento burgués mundial y también idénticas posibilidades de guerras, no se entiende la lógica de la indagación.

Esa inconsistencia deriva de suponer que el capitalismo contemporáneo es un calco del vigente en la centuria pasada. Para conservar la lealtad a la teoría clásica del imperialismo -con datos que modifican ese escenario- crean un nubarrón de oscuridades.

Ese eclecticismo se extiende a la evaluación del rol estadounidense. Los críticos reconocen el abismo de fuerzas militares que separa a la primera potencia de cualquier otro concurrente. Pero no deducen ningún corolario de esa singularidad.

Resaltan el agotamiento del liderazgo norteamericano sin compartir los pronósticos de reemplazo de esa supremacía. Optan por la ambigüedad. Rechazan las teorías del declive y también las tesis de continuidad de la primacía norteamericana.

Con ese posicionamiento repiten lo obvio (Estados Unidos ya no cuenta con la fuerza de posguerra), sin explicar por qué razón el dólar perdura como refugio ante las crisis, las compañías yanquis lideran el desarrollo de la tecnología informática y el Pentágono persiste como pilar de la OTAN.

Para subrayar analogías con el escenario leninista los críticos registran «trazas kaustkianas» en nuestro enfoque, señalando afinidades con el «modelo ultra-imperialista». Estiman que esta visión supone imaginar un «imperio sin desafíos», en la «gestión de un capitalismo estable y fuerte» (Chingo, 2012).

Nuestro texto abunda en datos y evaluaciones de los desequilibrios que genera el imperialismo actual. Una simple lectura de esas caracterizaciones desmiente cualquier impresión de estabilidad del sistema. Pero ordenamos esas contradicciones en la lógica de un sistema económico más internacionalizado y gestionado de manera colectiva bajo el comando estadounidense.

A diferencia de los enfoques dogmáticos, Lenin situaba cada problema en la especificidad de su tiempo. Por eso resaltaba la peculiaridad bélica de los conflictos frente a las expectativas pacifistas de Kautsky. Esta contraposición podría actualizarse contrastando las visiones antiimperialistas, con las ilusiones socialdemócratas en el intervencionismo imperial «humanitario».

En lugar de intentar esa aplicación, los críticos trazan una divisoria entre intérpretes de la crisis (ellos) y teóricos de la estabilidad (nosotros). Esta clasificación carece de sentido.

Para comprender el imperialismo actual hay que asumir riesgos analíticos, reconocer hallazgos y abandonar tesis perimidas. Nuestros objetores soslayan estos compromisos y quedan afectados por el mal que nos achacan: navegar en la ambigüedad. Al reconocer una cosa y lo contrario, no aportan sugerencias sobre la dinámica actual de la opresión imperial y sus complementos subimperiales.

Marini delineó varias ideas para comprender esos procesos. ¿Pero cómo operan en la actualidad? Plantearemos nuestra respuesta en el próximo texto.

16-3-2017.

RESUMEN

Marini asignó al subimperialismo una dimensión económica compensatoria del sub-consumo y otra geopolítico-militar de protagonismo brasileño. Reconsideró la teoría clásica del imperialismo y registró la nueva hegemonía regional de ciertas formaciones intermedias.

La mundialización neoliberal diferencia a esas economías por su lugar en la cadena de valor. El subimperialismo actual no tiene aplicaciones puramente económicas, ni se extiende a bloques de países. Rige para gendarmes asociados y autónomos de Estados Unidos. No se repiten las conflagraciones inter-imperialistas del pasado. Los mecanismos de dominación global se han diversificado y la semicolonia ha perdido relevancia conceptual.

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Fuente del Artículo:

https://www.aporrea.org/ideologia/a243740.html

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La permanente colonización de Sudáfrica

Por: Ricardo Orozco

La nula relevancia que las protestas estudiantiles sudafricanas han encontrado en los medios de comunicación latinoamericanos, más que revelar la evidente subordinación en la que se encuentran los asuntos africanos dentro de la propia periferia global, es un claro indicador de la manera en que se (re)producen los procesos de estructuración racial alrededor del orbe. Y en ese sentido, reflejo de las matrices simbólicas y materiales de sujeción, exclusión y explotación social que la colonialidad mantiene vigentes en el país de Madiba —a pesar de la formal descolonización de las estructuras políticas y económicas del Estado conseguida en la última década del siglo XX.

Las demandas sociales en el plano de la escolarización en la República de Sudáfrica, en particular, y en toda África, en general; no son una suerte de movimiento mainstream motivado por una inercial propensión a seguir a las expresiones de su tipo que en Reino Unido, Corea del Sur, Taiwán, etc., saturaron las agendas mediáticas y el espacio público de las clases medias. Por lo contrario, la protesta social en este terreno es tan añeja como lo es la historia misma de la colonización del continente por parte de los imperialismos occidentales. Y en esta ocasión, tanto como en las anteriores, son —contrario a lo afirmado categóricamente por la BBC, el Financial Times o el New York Times— algo más que la pura reivindicación de su derecho a la libre expresión, que la consecución de colegiaturas justas y asequibles o que la pretensión de construir una democracia basada en el derecho a votar cada cinco años.

Las instituciones de instrucción escolar en Sudáfrica son, como en cualquier otra sociedad producto de la modernidad/colonialidad capitalista, un microcosmos, un espacio-tiempo relativamente reducido en el cual se (re)producen, a menor escala pero con mayor intensidad, sistematización y profundidad todos y cada uno de los rasgos estructurales de la sociedad dentro de la cual se desenvuelven. Así, en las sociedades a las que la modernidad y el capitalismo han fundido en una posición geopolítica periférica, esos rasgos no son otros que los remanentes aún vigentes de las relaciones sociales que habilitaron el sostenimiento de su propia colonización. Es decir, son los atributos sobre los cuales Occidente inventó y forjó un modelo de civilización totalizante, con pretensiones de universalidad ontológica, en la que el progreso de la humanidad se observa en el Norte capitalista, secular y blanco; y el atraso, la barbarie en el Sur negro e indígena. De ahí que #FeesMustFall, la demanda en torno a la cual se aglutina el descontento de la sociedad sudafricana, no sea sólo la exigencia de dar marcha atrás con los incrementos a las colegiaturas. Aun observando el desenvolvimiento de los sudafricanos desde la propia periferia, esta sociedad ha sido contemplada, a lo largo de los años, desde 1994, como el caso paradigmático de éxito en el curso de la descolonización de un cuerpo social: la victoria de Mandela sobre De Klerk, se discurre de manera permanente, es la victoria de una raza y una Nación explotada sobre el colonialismo británico, en particular, y europeo, en general. Sin embargo, lejos de ser el espejo en el cual la periferia global debería de observarse para conocer el camino hacia su propia emancipación, Sudáfrica es un caso más —de tantos— en el que la ilusión de conseguir el progreso occidental a través del reformismo y la mimesis se ha encargado de afirmar que a la modernidad/capitalista se la deconstruye o se muere en el intento.

En efecto, #FeesMustFall es sólo la síntesis que da concreción a demandas más amplias y añejas de una sociedad que, muy a pesar de Mandela y de De Klerk, sigue sumergida en la densidad de una estructura de explotación en la que las Naciones africanas ocupan el último eslabón racial. Así, hoy es el universitario el que a través de la violencia que despliega en sus protestas le recuerda a sus Naciones la historia de hambruna, de guerras, de enfermedades, de asesinatos en masa, de esclavitud y explotación que olvidaron cuando decidieron que replicar la vía occidental hacia la civilización era la mejor forma de reivindicar toda la sangre derramada.

Pero no sólo eso. También es la síntesis por medio de la cual los universitarios sudafricanos le recuerdan a sus Naciones que la finalización del apartheid fue sólo la sustitución formal de unos colonizadores por otros; el remplazo, en los mecanismos de sujeción, exclusión y explotación del blanco europeo por el negro sudafricano. Es el recuerdo vivo de que la promesa de una sociedad más justa, libre de los grilletes del imperialismo británico era posible de alcanzar a través de la sindicalización de los trabajadores, de la estructuración de partidos políticos, y, sobre todo, de la posibilidad de acceder a instrucción escolarizada especializada en las necesidades del mercado.

Y es que en la Sudáfrica postapartheid la sindicalización no fue más que el sometimiento de las masas trabajadoras a las condiciones laborales impuestas por parte de una clase privilegiada, la politización de la población por medio de los esquemas partidistas de Duverger no transitó más allá de la sustitución de una retórica por otra; esta última ajena a cualquier noción de praxis revolucionaria, y la instrucción escolar no fue sino la pura promesa de eliminar, en términos instrumentales, los esquemas de segregación racial imperantes con anterioridad.

De ahí la importancia que tiene para los recientes movimientos estudiantiles en el país romper con los modelos modernistas que miden el éxito, tanto en lo individual como en lo colectivo, por la posesión de un iPhone 7 Plus, una casa en los suburbios, un BMW y un posgrado en administración de negocios. La importancia, asimismo, de exigir cuentas a toda una generación que se dejó cooptar por el reformismo, por la promesa de realizar algunos ajustes formales a la estructura sólo para hacer la explotación de las masas empobrecidas un asunto con mayor esteticidad y corrección política, de cobrar a su propia sociedad la factura que la impasividad ante la devastación causada por el neoliberalismo les ofreció el romántico anhelo de pertenecer al BRICS a costa de mantener los esquemas de desposesión, concentración y acumulación de riqueza.

No es, por ello, fortuito ni voluntarioso el que sean las juventudes universitarias las que pongan en jaque a las promesas que la modernidad capitalista construye sobre la escolarización especialidad. Son ellos los que han experimentado en su cotidianidad la contradicción de responder a cánones, a directrices éticas y civilizatorias pensadas desde la realidad del blanco y clasemediero europeo cuando sus Naciones, dentro de los límites políticos de la estructura estatal de la república, se encuentran devastadas por la marcha insaciable de la acumulación de capital. No es, pues, sólo cuestión del trance cotidiano que la estética que la ética de las universidades impone en el proceso de negar las particularidades de las múltiples expresiones culturales corporizadas; sino de la negación misma de la realidad sudafricana por medio de la (re)producción, en la subjetividad de los educandos, de un estándar de vida extraído de las necesidades productivistas de Occidente y de su privativa posición espacio-temporal en la historia de la humanidad.

En este sentido, más allá de lo redituable que las protestas estudiantiles pidieren redituar en términos pedagógicos, al ser el sistema educativo sudafricano un microcosmos de la sociedad en su conjunto —el espacio-tiempo desde el cual se construye y (re)produce en los sujetos sociales (individuales y colectivos) un comportamiento específico de identificación y militancia con el hecho capitalista—, el solo acto de pugnar porque ese sistema responda a las necesidades materiales y ontológicas de la realidad sudafricana es, en sí mismo, un acto de continuación, radicalización y profundización de la suma de todas las exigencias, presentes y pasadas, de las Naciones racializadas por la colonización europea. Esto es, la renovación de la vigencia de la interminable tarea de descolonizar la existencia del individuo.

Porque aun y cuando las estructuras políticas de su sociedad pueden desenvolverse formalmente en la descolonización administrativa, nulo es el resultado si, como argumentó Sartre en su prólogo a Los Condenados de la Tierra, de Fanon; no se extirpan las mordazas sonoras ni se arranca la marca que la cultura occidental marcó, con hierro candente, en la frente de las élites negras, en general, y del sujeto negro, en particular.

Fuente: https://www.rebelion.org/noticia.php?id=221799

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La enseñanza en África

Por: Kepa Azarloza Goira

Cualquier adolescente europeo que haya completado la enseñanza primaria tendrá una idea, más o menos edulcorada, de lo que supuso la colonización de África por las potencias europeas: saqueo de materias primas, explotación de la mano de obra indígena, asesinatos en masa… Pero la colonización tuvo, y tiene, una gravedad que alcanza más allá de la rapiña de los recursos del suelo del continente africano; y se refiere a la enseñanza programada por lo países colonizadores.

Antes de la colonización, en África existían diferentes formas de educación, dependiendo de cada pueblo o tribu, pero en general se enseñaba a los jóvenes para una integración armónica en la vida social de su comunidad. Obviamente, no existen estadísticas de los resultados de dicha enseñanza, pero el indígena entendió la educación importada de Europa, e impartida principalmente por misiones cristianas y musulmanas, como un elemento cultural alienante, impuesto por el concepto de vida del hombre blanco sobre las tradiciones africanas.

Durante la colonización, las potencias extranjeras occidentalizaron al sector más preparado e influyente de la población autóctona mediante la educación en valores y criterios europeos, así como con la enseñanza de las lenguas de las metrópolis a fin de que la élite local administrara las colonias con mentalidad proeuropea. Por el contrario, al resto de los niños, a los pobres, se les orientó a estudiar materias prácticas, sobre todo agrícolas, y hacia oficios manuales en general.

Dicha política conllevó la presentación de la civilización africana, su cultura y conceptos sociológicos, como una tendencia atrasada y primitiva, que crearon en el indígena complejos que influyeron en la personalidad del africano subsahariano. Las frustraciones en las que viven muchos africanos rompen la cohesión nacional y les alejan de la construcción del Estado y la fuerte emigración hacia otros países son prueba de esta realidad. Aunque resulte increíble, muchos africanos consideran al Estado como una propiedad de las élites que detentan el poder.

La colonización conllevó la presentación de la civilización propia, sus culturas y conceptos sociológicos como una tendencia atrasada y primitiva, lo que creó complejos e influyó en la personalidad del africano

A raíz de la descolonización, los gobiernos nacionales hicieron un gran esfuerzo para escolarizar a todos los niños. Así, entre los años 1960 y 1990 se duplicó la enseñanza primaria. Sin embargo, es criterio generalmente admitido que los intereses de las potencias extranjeras en los recursos del suelo africano promovieron las llamadas “guerras de poca intensidad” con grupos rebeldes armados con financiación extranjera, que forzaron a los gobiernos establecidos a la compra de armas, importante gasto que, sumado al pago de la deuda externa contraída, imposibilitó la atención de aquellos a la educación, alimentación y asistencia sanitaria.

UN EJEMPLO: KENIA En Kenia, actualmente, la enseñanza preescolar y primaria pública da acceso a la mayoría de los niños; enseñanza que también comparten escuelas privadas de misiones religiosas establecidas en el país. Sin embargo, la enseñanza pública a partir de los 14 años (High School) tiene un precio de unos 100.000 KS (1.000 euros) para una renta per cápita de 1.500 euros anuales, lo que imposibilita la escolarización. Es cierto que existen escuelas privadas dirigidas por órdenes religiosas que facilitan esta enseñanza a precios moderados: 25.000 KS (250 euros), pero la realidad es que un alto porcentaje de jóvenes de 14 años no puede continuar sus estudios. El Estado ofrece muy poca enseñanza politécnica y de nuevo son las misiones religiosas las que tratan de cubrir el déficit en alguna medida; pero son muchos los jóvenes que con 14 años quedan descolgados de toda educación.

Un informe reciente sobre las tendencias y retos para el desarrollo de la enseñanza en Sudáfrica y Zimbabue, indicaba que la enseñanza primaria tenía un índice de éxito cercano al 90%. Y la

razón era la utilización de la lengua materna, lo que significa que el niño se comunica en casa, en su entorno y en la escuela en su idioma y ello rompe el esquema de la superioridad de los idiomas occidentales, aunque el informe los admite como un recurso para una vida mejor, pero nunca como clave para el desarrollo integral de la persona. Un taxista de la tribu kikuyu nos confirmaba que sus hijos hablaban la lengua kikuyu en casa y swahili e inglés como segunda y tercera lengua.

ALGUNAS LUCES Pero no todo son sombras, hay también luces de esperanza en África, donde existe una sociedad joven que lejos de seguir esperando que su desarrollo les llegue de fuera, luchan por mejorar sus condiciones de vida basándose en los pocos medios que tienen a su alcance. No son pocas las africanas y africanos que aceptan hacer los sacrificios necesarios para conseguir una vida más digna.

Es reciente (2014), lo acaecido en Burkina Faso, cuando movimientos de jóvenes apoyándose en los avances que brindan las tecnologías de la comunicación, pusieron fuerte oposición a los cambios que propugnaba el dictador presidente Blaise Compaoré, que ante la resistencia callejera, el deterioro social y los riesgos de una guerra civil, tuvo que abandonar el país.

Hace unos días asistíamos a misa en Kakuma, al norte de Kenia, donde hay cuatro campos de refugiados que albergan a unas doscientas mil personas procedentes de once países africanos, y era admirable contemplar dentro de tantísima adversidad una iglesia repleta de jóvenes madres vestidas con ropas de colores vivos y anchos collares turcaneses y con bebés colgando de ellas, cantando y bailando con increíble energía y fé. También hace unos pocos días, en otra ciudad keniata, oíamos al almuecín al atardecer, quien desde el minarete de la mezquita llamaba a sus fieles a la oración y terminaba repitiendo con voz profunda y serena “Alá… Alá… Alá…,” como clamando: Noiz arte jarraituko da Afrika horrela?

Fuente: http://www.deia.com/2016/12/09/opinion/tribuna-abierta/la-ensenanza-en-africa

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La batalla cultural

América del Sur/Venezuela/12 de Agosto de 2016/Autor: Fernando Bossi/Fuente: Aporrea

La lucha contra el imperialismo, en pos de la liberación nacional y social de los países oprimidos, es una tarea que sólo se puede llevar con éxito si se cuenta, entre otras cosas, con la mayor unidad posible de todos los perjudicados con el modelo de dependencia, vale decir, con la unidad del pueblo en lucha por la liberación nacional y social.

Esto significa intentar aislar al máximo al bloque de clases beneficiarias de la condición de país oprimido. Ese bloque explotador, por intereses materiales concretos, no llega –tanto en Venezuela y como en el resto de los países de Nuestra América– a más del 2 ó 3 % de la población. Ahora, por intereses de carácter no material, ya sea por penetración cultural, enajenación, falsa conciencia, colonización ideológica o despolitización, el porcentaje se puede elevar a cifras mayores, hasta llegar –en momentos determinados y bajo circunstancias puntuales– a superar la mayoría. Por ello, la batalla cultural, ideológica, de conciencia, reviste carácter estratégico.

Por un lado la Patria, por otro lado el imperialismo –la «No Patria», la dependencia, el coloniaje–. Esa es la contradicción principal en los países sometidos a la expoliación imperialista. Por eso Chávez, en su oportunidad, señaló claramente: «Los que quieran Patria, vengan conmigo». Polarizaba así la sociedad sobre los dos extremos de la contradicción principal. Sobre estos parámetros es que también se da la batalla cultural.

En estos últimos tiempos, estamos observando, con profunda preocupación, cómo el enemigo principal nos ha venido ganando en este terreno de combate. El triunfo del cipayo Mauricio Macri en Argentina, la derrota electoral del chavismo el 6 de diciembre pasado en Venezuela y el resultado adverso para Evo Morales en el referendo de febrero, son testimonios irrefutables de tal situación. A esto, se suma ahora lo que está aconteciendo en Brasil con la presidenta Dilma Rousseff.

Lo concreto es que vemos, cada vez más, a los pobres en general –trabajadores, pequeña burguesía, campesinos, pueblo liso y llano– adhiriendo activa o pasivamente a quienes, a la hora de la verdad, son sus verdugos. El aparato ideológico y cultural en manos de la oligarquía y el imperialismo sigue haciendo estragos en la conciencia del pueblo.

Para abordar el tema, en una primera aproximación, debemos necesariamente señalar que ese aparato ideológico-cultural trasciende a los medios masivos de comunicación. Esta aclaración es pertinente teniendo en cuenta que, al analizar el tema, muchos investigadores e intelectuales reducen sus apreciaciones estrictamente a la acción perturbadora que irradian los medios de comunicación sobre la conciencia del pueblo.

Compartimos en general el análisis de aquellos investigadores e intelectuales, pero creemos que hay otros elementos que actúan como primer bombardeo destructivo, en una tarea de ablandamiento que facilita que el mensaje enajenante de los medios de comunicación penetre, sin mayores dificultades, en la mente y alma del pueblo, logrando que éste actúe contra sus propios intereses.

La reproducción del sistema de explotación, nacional y social, sólo es posible si un sector amplio de la población –perjudicado por ese mismo sistema–, ignora las verdaderas causas de sus males.

La reproducción de los mecanismos de opresión necesita de dos elementos para poder garantizar su dinámica: 1) Un fuerte aparato represivo y judicial, y 2) Un inteligente y dúctil aparato de irradiación ideológico-cultural capaz de impregnar al conjunto de la sociedad con mensajes alienantes y narcotizantes.

No son únicamente los medios de comunicación masivos quienes colonizan el alma y la mente de los pueblos. Ellos son sólo un eslabón de un proceso más complejo y abarcador, que merece ser estudiado para así tomar real dimensión del problema.

Los medios masivos de comunicación, en la tarea de colonización y enajenación de la conciencia del pueblo, cumplen la tarea de la infantería en una guerra, actúan como fuerza de ocupación. Pero para que esa fuerza de ocupación pueda concretar sus objetivos, previamente se ha tenido que llevar a cabo un trabajo de destrucción de defensas, suministros, logística y focos de resistencia. Ese proceso de destrucción se realiza a través de un bombardeo sistemático, a fin de allanar el camino para que la infantería penetre y conquiste el territorio.

¿Cuál es ese bombardeo sistemático que allana el camino para que el mensaje de los medios masivos de comunicación penetre con facilidad en la conciencia del pueblo? El que se realiza a través del aparato ideológico-cultural que controla la oligarquía y el imperialismo, que comprende y supera ampliamente, a los medios de comunicación.

Hay un sinfín de instrumentos incorporados al aparato ideológico-cultural que son utilizados para realizar la tarea de enajenar y narcotizar a vastos sectores de la población. Se trata de un trabajo previo y permanente, que antecede y permanece durante la acción conquistadora de los medios de comunicación masivos. Entre los más tradicionales, seguramente los más estudiados, se ubican las escuelas, universidades, centros de enseñanza de diversas disciplinas, templos e iglesias, academias, museos, centros culturales, ONGs, salas de exposiciones, editoriales, conservatorios, etcétera. A esto se suma, hoy con más fuerza que nunca, la industria del entretenimiento y la recreación (showbusiness): video-juegos, películas, juguetes, parques temáticos, espectáculos musicales, deportivos, seudo-deportivos, discotecas, etcétera. Dentro de esta artillería pesada, ubicamos a la moda y a la publicidad; como también a la seudo-ciencia, expresada en cultos, sectas, supersticiones, falsas religiones, etcétera. No escapan a esto los juegos de azar, casinos, loterías, tragamonedas, bingos, carreras y tantos otros. Todo esto, complementado con la estimulación de adicciones que alteran conductas como el alcoholismo y la drogadicción.

Pero seguramente uno de los instrumentos más eficaces en esta etapa del proceso de enajenación, sean las costumbres y tradiciones arraigadas durante generaciones enteras, de transmisión familiar, y vinculadas al machismo, el autoritarismo y el conservadurismo.

De allí, de estos lugares, es de donde se dispara, segundo a segundo de la vida, mensajes alienantes y narcotizantes, dirigidos a que el pueblo, o parte del pueblo, actúe de acuerdo a los intereses de los sectores dominantes y contra los suyos propios. Así, el individualismo más recalcitrante, el egoísmo, la frivolidad, el hedonismo, el descompromiso con el prójimo, lo vacuo, la mera apariencia, el machismo, el consumismo, el racismo, la intolerancia, el oportunismo y la sumisión, pasan a ocupar lugares predominantes en la mente y alma del pueblo, llevándolo al camino de la autodestrucción.

A esto, en nuestros países dependientes, se agrega el mensaje vendepatria, antinacional, despreciativo de todo lo nacional o autóctono, que manifiesta abierto desinterés por los hechos heroicos protagonizados por el pueblo en la historia patria, despectivo de sus tradiciones y el folclor, admirador de sólo aquello emanado de los centros de poder, etcétera.

¿Cómo desmontar toda esa perversa maquinaria? ¿Cómo enfrentar ese imponente aparato ideológico-cultural que nos bombardea cotidianamente?

Como hemos visto, ese aparato ideológico-cultural tiene mil bocas de fuego, unas enraizadas desde nuestros orígenes y otras nuevas, renovadas y en constante innovación y superación.

No es simplemente cambiando el contenido, el mensaje, de los medios masivos de comunicación que se destruirá el aparato ideológico-cultural de los sectores explotadores; sino que esto se producirá con una ofensiva integral de las masas explotadas. Con un proceso revolucionario que cuestione desde la raíz todo, y que nada quede sin pasar por la más severa crítica y análisis.

Es al percatarse de esto que el Che planteó la necesidad de construir el hombre nuevo, la mujer nueva. Una nueva cultura basada en el trabajo, la creación y la solidaridad.

Creemos que sin avanzar en ese terreno, el de la construcción de esa nueva cultura, será muy difícil derrotar el orden de la explotación. Y creemos también que es el partido revolucionario el responsable fundamental en la tarea de construcción de esa nueva cultura, ya que su praxis revolucionaria es –o debería ser–, la antítesis de lo que pregona el aparato ideológico-cultural del imperialismo y sus aliados.

El Che y Chávez lo predicaron con el discurso y con el ejemplo. Ahí está una de las claves para salir del laberinto en que nos encontramos.

Fuente: http://www.aporrea.org/actualidad/a227078.html

Fuente de la imagen: http://culturasur.gob.mx/

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Senegal: Global academic collaboration: a new form of colonisation?

África/Senegal/Julio 2016/Autor: Hanne Kirstine Adriansen / Fuente: theconversation.com

Resumen:  La educación superior en África es tan antigua como las pirámides de Egipto. Pero las instituciones más antiguas del continente desaparecieron hace tiempo. El tipo de educación superior que se entrega hoy en África, desde el curriculum a las estructura de los estudios y de las lenguas de instrucción, tiene sus raíces en el colonialismo. Esto ha llevado a muchos a preguntarse si las universidades africanas siguen sufriendo una especie de colonización – de la mente.

Higher education in Africa is as old as the pyramids in Egypt. But the continent’s ancient institutions have long disappeared. The type of higher education that’s delivered in Africa today, from curriculum to degree structure and the languages of instruction, is rooted in colonialism. This has led many to question whether African universities are still suffering from a sort of colonisation – of the mind.

The story of renowned climate change researcher Cheikh Mbow is an example. Mbow was born in Senegal in 1969 and studied there. Looking back at his experiences during his first years of university, Mbow observes: “I knew all about the geography and biology of France but nothing about that of Senegal.”

Mbow also happens to be my friend, and together with one of his colleagues we wrote a book chapter about the production of scientific knowledge in Africa today. The chapter is based on Mbow’s life story – which I’ll return to shortly.

In recent years a new consciousness has emerged about higher education’s historical roots. People are calling strongly for a decolonised academy. This feeds into a broader debate about the role of modern universities.

There’s little doubt that Africa’s universities need to be locally relevant – focusing their teaching and research on local needs. Unavoidably, though, they’re simultaneously expected to internationalise and participate in the heated global higher education competition. Standardisation is the name of the game here. Universities compete to feature on global ranking lists, mimicking each other.

Internationalisation also sees African researchers like Mbow travelling North in search of research environments with better resources. These international collaborations can be hugely beneficial. But all too often it’s organisations, universities and researchers in the global North that call the shots.

So how can the continent’s universities manage the tricky balance between local relevance and internationalisation? How can they participate in international collaboration without being “recolonised” by subjecting themselves to the standards of curriculum and quality derived in the North? How can they avoid collaborative programmes with the North that become mere tick-box exercises that only benefit the Northern researchers and organisations?

International collaboration grows

Over the past 20 years, international interest in African higher education has intensified. Aid agencies in the North have developed policies that are designed to strengthen Africa’s research capacity. Scandinavian countries were among the first to do so: Denmark has the Building Stronger Universities programme. Norway and Sweden have similar collaborative programmes.

Such initiatives are important. Research funding is very limited at African universities. National higher education budgets are quite low, especially compared with universities in the North. In their bid to educate rapidly growing populations, African universities tend to emphasise teaching rather than research. So these institutions rely heavily on external funding for research and depend on support from development agencies via so-called capacity building projects. These projects engage researchers from the North and South in joint activities within teaching and research, ideally to create partnerships based on mutual respect.

Many researchers from universities in the North and South are involved in these collaborative projects, usually as practitioners. Only rarely do we turn these collaborative projects into a research field, turning the microscope on ourselves and our own practice. After participating in a capacity building project in Africa, some colleagues and I became interested in understanding the geography and power of scientific knowledge.

We wanted to know how this power and geography is negotiated through capacity building projects. We also sought to understand whether such projects functioned as quality assurance or a type of neo-imperialism.

Simply put, our research explored whether capacity building and the tendency towards increased international collaboration in higher education is helping or hindering African universities. The answer? Both.

‘Monocultures of the mind’

The problem with such projects is that they might create what Indian activist Vandana Shiva calls “monocultures of the mind”. Shiva argues that these make diversity disappear from perception and consequently from the world. People all end up thinking in the same ways.

International collaboration can cause African universities to become more dependent on the North. Their dependence is on funding; through publication in journals from the North; and through technology that only exists in the North. It also manifests in thinking mainly using concepts and solutions developed in the North.

Another problem is that this international collaboration may draw African universities into the competition fetish that dominates higher education today. This may help them to become globally competitive. But they risk losing their local relevance in the process.

Capacity building projects risk creating Shiva’s monocultures of the mind. But they can also have the opposite effect: they can empower African researchers and help them to become more independent.

Empowerment through capacity building

For Cheikh Mbow, the North represented both an imposed curriculum through colonial heritage and the chance to acquire the skills needed to become an emancipated academic capable of creating new knowledge.

His PhD project explored natural resource management in Senegal “but using methods designed in the global North, in particular from France”. During his project he travelled from Senegal to Denmark and was exposed to another way of behaving. At his home institution, the Université de Cheikh Anta Diop in Dakar, questioning the knowledge and methods of older professors was perceived as misbehaviour. In Denmark he experienced a different system. There he was asked to question what was taken for granted even if it meant questioning older professors.

Paradoxically, the Danish system enabled Mbow to become an independent researcher. He became aware of how knowledge and methods inherited from the North were used in an African context without being questioned.

This is precisely what the African academy – and its societies more broadly – require.

Collaboration to decolonise

I would argue that collaborative projects such as capacity building programmes can be a means to assist African universities in producing contextualised knowledge. These projects can even lead to some sort of decolonisation of the academy if they are based on long-term partnerships, a close understanding of historical, political and geographical context, and not least a common exploration of knowledge diversity.

Fuente de la noticia: https://theconversation.com/global-academic-collaboration-a-new-form-of-colonisation-61382

Fuente de la imagen: https://62e528761d0685343e1c-f3d1b99a743ffa4142d9d7f1978d9686.ssl.cf2.rackcdn.com/files/128962/width926/image-20160701-18306-1fjureg.jpg

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