Puntos que destacan, aumento de matrícula y mayor acceso de mujeres a educación superior.
La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) realizó un trabajo de investigación sobre la educación superior en México durante aproximadamente dos años. Los resultados de dicho estudio los dio a conocer Paulo Santiago, jefe de la División de Asesoramiento e Implementación de Políticas (PAI) en la Dirección de Educación y Habilidades de la OCDE, durante el marco del 6° Congreso Internacional de Innovación Educativa (CIIE) 2019.
La investigación tuvo como objetivo poder asesorar al Gobierno Mexicano en el desarrollo de sus políticas educativas. Sobre el contexto de la educación en México, comentó que a través de la realización de la prueba del Programa para la Evaluación Internacional de los Estudiantes (PISA, por sus siglas en inglés), la cual evalúa a alumnos de 15 años en más de 80 países, se reflejó que los estudiantes mexicanos no están bien posicionados frente al panorama mundial.
“México, dentro de los países de América Latina está bastante bien ubicado pero dentro del contexto mundial se tiene cierta debilidad en términos de comprensión lectora”, explicó Santiago.
De la misma manera, el resultado que arrojó el Programa para la Evaluación Internacional de las Competencias de Adultos (PIAAC por sus siglas en inglés), enfocado en personas de 16 a 65 años inmersas en el mercado laboral, fue que el 60% del sector de trabajadores del país obtuvieron un nivel bajo en pruebas de lectura y aritmética en comparación con los países dentro dicha investigación.
El aspecto sobre la situación de la educación superior arrojó datos interesantes. “La matrícula ha crecido mucho, entre 2000 y 2017 prácticamente ha doblado la matrícula en México. Es un logro significativo y se puede ver en el logro de las diferentes generaciones”, mencionó el jefe de la PAI. Las nuevas generaciones, entre 25 y 34 años, incrementaron la terminación de estudios de nivel superior y la población con un título terciario en el país se ha expandido en la última década. Sin embargo, es un progreso lento en comparación con otros países de América Latina, como lo aseveró el conferencista.
“Otro logro importante es el hecho que México ha alcanzado la equidad de género en la población con un título de educación superior. Cuando miramos dos generaciones, la generación 55 a 64 y la generación 25 a 34, vemos que hay una gran evolución en términos de grado académico entre las mujeres. Ahora para la generación más joven, el número de mujeres con un título de educación superior ya es mayor”.
Asimismo, rectificó que no se ha avanzado en la última década en el aumento de calificaciones terciarias avanzadas en la población por lo que pocos estudiantes toman programas de estudios de maestría o doctorado.
“Todavía vale la pena tener un título de educación superior, hay muchas ventajas comparadas con el hecho que no se tenga”. Aunque, en el país, las tasas de desempleados con ya un título de educación superior son más altas que el promedio.
El que México sea el país con la población más joven dentro de la OCDE, la cual pondera entre los 0 y 24 años, es un factor determinante para también se encuentre dentro de los niveles más altos de desigualdad de ingresos. Aun así, los estudiantes mexicanos tienen fuertes ambiciones en alcanzar educación superior, es decir, poder ingresar a la universidad.
A pesar de que las marchas contra el presidente Sebastián Piñera no son tan masivas e intensas como hace unas semanas, miles de ciudadanos siguen en las calles exigiendo una mejor calidad de vida y una reforma constitucional que priorice la salud y sistema de pensiones.
La crisis social en Chile estalló hace dos meses y desde entonces, mantiene al gobierno de Sebastián Piñera contra las cuerdas, pese a que en los últimos días no se han reportado enfrentamientos de gran magnitud como en el principio.
Desde el 18 de octubre, en que el mandatario ordenó el incremento del alza de pasajes en el Metro de Santiago, miles de ciudadanos tomaron las calles en diversos puntos del país para exigir una mejora en la calidad de vida.
El rechazo al sistema económico neoliberal instalado por el presidente Piñera es el punto álgido de su agenda, sumado al descontento por el sistema de pensiones que afecta a los adultos mayores, la salud y educación pública, informa El Espectador.
Población insatisfecha por las soluciones de Piñera ante la crisis
“El Gobierno sigue sin entender lo que demandan los manifestantes, nos da bonos y migajas para amortiguar las protestas”, contó a EFE la universitaria Francisca Videla, de 21 años.
Y es que, pese a las medidas tomadas por Sebastián Piñera y la reducción de los enfrentamientos en las calles, la población sigue inconforme con el panorama de su país.
“Es natural que después de dos meses, con las vacaciones de Navidad y las altas temperaturas del verano las marchas bajen de intensidad, pero eso no significa que se haya vuelto a la supuesta normalidad de antes del 18 de octubre”, añade el sociólogo Octavio Avendaño.
Plebiscito en Chile para nueva Constitución
Cabe resaltar que Chile se encamina a una nueva Constitución Política, debido a la presión social. Es por ello que los diputados aprobaron el proyecto para la reformarla, con un plebiscito que se realizará el 26 de abril del 2020.
El domingo 15, poco más de 2 millones de personas de 225 comunas participaron de un plebiscito ciudadano no vinculante, el cual dejó como resultado que el 92.4% quiere una nueva Carta Magna en donde se priorice la reforma de pensiones, salud y educación.
Derechos humanos vulnerados
Al menos 24 personas murieron tras las protestas en Chile y miles quedaron heridas, lo que llamó la atención de organismos internacionales ante la violación de derechos humanos.
Sebastián Piñera, cuya aprobación cayó al 13%, reconoció que las fuerzas del orden cometieron abusos puntuales, pero negó que aborden con férrea agresividad a todos los manifestantes.
“Las señales que ha mandado el presidente parecen una provocación más que una solución. Hasta que no se solucione la crisis de derechos humanos, va a haber agitación en la calle”, concluye la investigadora Sofía Donoso.
La lectura abre las ventanas de la imaginación y la creatividad: Hoy les traemos este clásicos de Navidad para toda la familia.
Narra este cuento la aventura de un piloto que se encuentra accidentado con su avión en el Desierto del Sahara. Allí tiene un maravilloso encuentro con El Principito que viene de otro planeta. Juntos emprenden diálogo y aventuras en medio de planteamientos y puntos de vista de mucha profundidad.
Su lectura atrapará la atención de grandes y chicos.
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En los más diversos contextos geográficos, múltiples factores configuran un patrón que vincula de manera compleja a pueblos indígenas y pobreza. Las comunidades indígenas no tienen las mismas oportunidades de empleo y acceso a servicios públicos, protección de la salud, cultura y administración de justicia que otros grupos sociales. Tanto en países desarrollados como no desarrollados, este patrón ha sido históricamente construido por factores políticos, económicos, sociales, militares y ambientales, que articularon experiencias cualitativas y cuantitativas de privación material, jurídica y simbólica y de reproducción de relaciones de desventaja. ¿Cuáles son las causas o condicionantes que generan la correlación entre pueblos indígenas y pobreza? Las posibles respuestas se relacionan con las condiciones histórico-políticas que desvincularon a los pueblos indígenas del control de sus territorios, sometiéndolos a condiciones de pobreza, y relegándolos a los márgenes de la sociedad o excluyéndolos. Frente a esa situación, sus reacciones políticas se traducen en reclamos de autonomía, autodeterminación y/o reformulación de sus relaciones con el Estado. En respuesta directa a las situaciones de desventaja que padecen, la reivindicación de los derechos territoriales constituye una plataforma común de los movimientos indígenas a nivel internacional. La territorialidad se transforma así en un aspecto fundamental del debate contemporáneo acerca de la libre determinación de estos pueblos y la pobreza. El control del territorio ha sido medular en la construcción histórica de cualquier forma de Estado conocida, y generalmente se ejerció expropiando los derechos históricos de los habitantes originarios. La cuestión de la autodeterminación emerge por ende como un aspecto central para enfrentar el desafío socio-económico de la reducción de la pobreza en los pueblos indígenas.
Autores (as): Alberto Cimadamore. Robyn Eversole. John Andrew McNeish. [Coordinadores].
Pablo Alarcón-Cháires. A. Carolina Borda Niño. Darío J. Mejía Montalvo. Siri Damman. Adrián González Romo. Benito Ramírez Valverde. Alfonso Macias Laylle. Néstor G. Estrella Chulín. Héctor Javier Sánchez-Pérez. Guadalupe Vargas Morales. Josep María Jansá. Louise Humpage. Robyn Eversole. Leon Ridgeway. David Mercer. Christian Jakob Burmeister Hicks. Ánde Somby. Indra Overland. Don McCaskill. Jeff Rutherford. Stephen Cornell. Scott Simo. [Autores de Capítulo]
¿Eres pobre porque eres de letras o eres de letras porque eres pobre?
“El que vale, vale, y el que no, a letras”. El prejuicioso adagio ha acompañado a millones de españoles que durante las nieblas existenciales de la adolescencia optaron por las humanidades o las ciencias sociales en el instituto. Como el que esto firma, al que sus profesores intentaron disuadir de hacerlo porque les parecía que era un desperdicio que no explotase su supuesto talento matemático. La letra pequeña del contrato, un futuro más fácil y exitoso si cursaba una carrera de ciencias.
Este tópico abstracto toma forma concreta en la edad adulta, donde los trabajos mejor remunerados suelen pertenecer al ámbito de las ciencias, como muestra el estudio ‘Inserción laboral de los egresados universitarios‘, que en su última edición sitúa en los primeros puestos medicina, varias ingenierías (aeronáutica, organización industrial, tecnologías industriales y de computadores) o desarrollo de ‘software’.
Las 10 carreras mejor pagadas
Base de cotización (en euros) de los egresados en el curso 2013/2014 (hasta 30 años de edad)
Lo que el cliché sugiere es que el criterio para la elección de los estudiantes es la mera habilidad. Una discriminación por inteligencia. Pero hay muchos más factores en juego a la hora de seleccionar un futuro educativo que condicionará el laboral. Nos encontramos ante el dilema educativo del huevo o la gallina: no solo los estudiantes de letras o humanidades suelen ganar menos en sus empleos, sino que las clases bajas suelen decantarse por carreras de letras. Lo que, como señalaba el informe ‘Vía universitaria‘, aumenta el riesgo de segregación por origen socioeconómico.
“La diferenciación horizontal por especialidad es un factor muy relevante que se traduce en una empleabilidad y trayectoria salarial muy distinta según sea la especialidad del título”, recuerda Xavier Martínez-Celorrio, profesor de Sociología de la Educación en la Universidad de Barcelona. “Por regla general, en todos los países, los titulados en humanidades y artes tienen peores salarios y trayectorias respecto a los titulados en ingenierías o empresariales. No es nada nuevo”.
Los hijos de los padres sin estudios tienen 15 veces menos probabilidades de titularse en ingenierías que los hijos con padres universitarios
La pregunta del millón, por lo tanto, es ¿por qué las clases bajas, cuando estudian, se decantan por profesiones peor remuneradas, en lugar de aquellas que en principio les permitirían ascender socialmente? Y al mismo tiempo, ¿por qué los hijos de las familias más privilegiadas, y que en teoría podrían permitirse más riesgos económicos y vocacionales, siguen decantándose por titulaciones de ciencias, empresariales e ingeniería?
Lo material: una cuestión de riesgo
Para responder la pregunta, resulta útil ampliar la imagen y recordar que, como afirmaba la OCDE, en España hay muy poca movilidad intergeneracional ascendente entre los hijos de padres con bajo nivel educativo. El dato que proporciona Martínez-Celorrio es contundente. “Los hijos de los padres sin estudios tienen 15 veces menos probabilidades de titularse en ingenierías que los hijos con padres universitarios”. Él mismo mostró en un estudio llamado ‘Crisi, trayectòries sociales i educació‘ cómo las clases obreras y populares están infrarrepresentadas en la educación terciaria, excepto en humanidades y ciencias de la educación.
Orígenes sociales y trayectorias en la educación terciaria
Según el origen de los padres
En otras palabras, las decisiones educativas de las familias con menos recursos están determinadas por la cautela, como explica Delia Langa, profesora de Sociología de la Universidad de Jaén, que ha estudiado cómo se originan las elecciones universitarias. Eso explica no solo que las clases bajas acudan en menor número a la universidad, sino que a la hora de seleccionar una carrera u otra tienen más en cuenta los costes y beneficios. “Por eso en aquellas carreras más largas o difíciles, al ser más costosas, están menos presentes que las clases más altas”, recuerda la profesora.
Es lo que ocurre con las ingenierías, las carreras en las que más tiempo se invierte, lo que genera una criba entre aquellos alumnos que, ante la posibilidad de tener que invertir un año más, prefieren decantarse por otros estudios. “Ante la dificultad de las carreras, en las que se puede suspender y perder la beca o pagar una matrícula más cara, el alumnado de orígenes populares tiende a elegir carreras con menos suspensos”, se muestra de acuerdo el sociólogo José Saturnino Martínez, de la Universidad de La Laguna. Martínez-Celorrio recuerda que, además, algunas especialidades como las ingenierías suelen alargarse artificialmente “por interés corporativo de profesionales colegiadas que prefieren una escasez de titulados para que no bajen sus tarifas de mercado”. Algo denunciado por el credencialismo de Randall Collins.
El aumento de las tasas y la caída de las becas han provocado que las familias pobres calculen más los riesgos antes de apuntarse a una carrera
La dificultad de las ciencias sí es, por lo tanto, un factor discriminador, pero no tanto por una cuestión de incapacidad como de riesgo. Como recuerda Langa, los estudiantes muy buenos suelen decantarse por carreras más difíciles, ya provengan de la clase baja o de la alta. Pero si el estudiante no es tan bueno, y si proviene de una familia con menos recursos, probablemente se lo piense dos veces antes de matricularse en una ingeniería. En las clases más altas, “las aspiraciones y expectativas no dependen tanto de la trayectoria académica previa”.
Una dinámica material agudizada desde la crisis, cuando el precio de las tasas de matriculación aumentó y las becas se redujeron, como argumenta Langa. Una situación que ha afinado el cálculo de coste-beneficio de las familias menos privilegiadas. “Esto presiona más a los que necesitan becas, a las clases populares, que ya se exigían más para venir a la universidad”. La socióloga no tiene duda que esta clase de medidas no tienen otro objetivo que reajustar el cierre social universitariocerrando las puertas a las clases populares.
Como recuerda Sergio Andrés Cabello, de la Universidad de La Rioja, los recursos materiales decisivos pueden ser tan sencillos como el acceso a clases particulares o extraescolares. “Por ejemplo, una persona con menos recursos tal vez no pueda acceder a un apoyo de Matemáticas a través de clases particulares o no puede ir a unas clases extraescolares de Robótica”, explica.
Lo vocacional: ¿y si ellos quieren?
No hay que perder de vista que frente a la motivación instrumental se encuentra la expresiva, es decir, la elección de carrera por vocación, que, por lo general, es la que se cuenta en voz alta. Si bien esto es algo común en todas las carreras, recuerda Cabello, lo es aún más en las de letras y humanidades, lo que puede llevar a pensar que más que conformismo con los estudios a los que uno ha llegado tras descartar las de ciencias, existe un auténtico deseo entre las clases bajas de elegir letras.
Es posible rastrear el origen de dicho deseo en la reputación social que la cultura tuvo en la sociedad española como reacción al elitismo universitario, especialmente durante el tardofranquismo y la primera democracia. “Las clases populares, en el pasado y vinculado a la movilidad social, podían elegir carreras de letras y humanidades por una cuestión de estatus”, recuerda Cabello. “La cultura, vinculada a la universidad, era un bien a alcanzar y podía llevarse a cabo mediante una carrera de letras que también se vinculaba al acceso a determinados puestos de trabajo, como los cuerpos docentes”
Una vez que la universidad se democratizó y ofreció la posibilidad de estudiar a más capas sociales, la situación cambió y las carreras de letras perdieron su empuje entre los sectores más pobres e la sociedad. Las razones, “la transformación del mercado de trabajo, la menor salida de estas carreras o la tecnocratización del mundo”, valora el profesor de la Universidad de La Rioja. También, “el lamentable desprestigio de las carreras de letras”. Lo que ha provocado que las carreras relacionadas con la educación como Magisterio o Educación Infantil figuren entre las que tienen una nota de corte más baja.
Algunos se decantan por Trabajo Social “por vocación de ayudar”, pero otros adoptan una visión más pragmática y optan por una FP
¿Es posible que las clases bajas se acerquen a las carreras de letras por conciencia social, como se ha planteado en alguna ocasión? El propio Cabello concede que en una de sus investigaciones más recientes se ha encontrado con estudiantes de entornos vulnerables o desfavorecidos que han estudiado Educación o Trabajo Social “por una vocación de ayudar a personas en esa situación”. Aunque también se aplica en el sentido inverso. Otros han decidido decantarse por Formaciones Profesionales de Grado Medio o Superior “con una visión más pragmática”.
“Conocemos casos a través de trabajos de investigación con docentes de Secundaria y Bachillerato, de chicos y chicas que quieren hacer una carrera de Bellas Artes, por ejemplo, y sus padres no quieren que las hagan porque no les ven salida”, prosigue. “No es algo infrecuente e imagina cómo se tiene que sentir ese chico o chica que quiere hacer una cosa y le ‘mandan’ a otra”.
El círculo del capital social
Se pone de manifiesto que ni la universidad española es tan equitativa como pretende ni la meritocracia es tal. Esta suele obviar, por ejemplo, la influencia del capital cultural que varía según la clase social a la hora de tomar una decisión. Como explica Saturnino Martínez, la alta nota de corte que se exige en carreras como Medicina provoca que “el alumnado de orígenes populares, debido a su falta de capital cultural en el hogar, obtenga notas más bajas”.
El capital cultural funciona en ambos sentidos. No solo impide que los estudiantes más pobres obtengan la nota necesaria para entrar en las carreras más solicitadas –este año, Medicina se llevó la palma en casi todas las universidades–, sino que favorece el efecto contagio entre las clases más adineradas, que terminan conformando reyes de apoyo.
“La concentración de los alumnos de clase media en los estudios de ingeniería, ciencias y empresariales provoca un efecto compañero (‘peer effect’) que acumula capital social añadido”, recuerda Martínez-Celorrio. Es un factor que inclina la balanza de las mejores familias a estudiar lo mismo que sus vecinos, porque eso les permite aprovechar “contactos y redes personales, reforzando sus ventajas de partida”. ¿Recuerdan el tópico novelístico del hijo de aristócrata díscolo que se niega a estudiar lo que sus padres le recomiendan para dedicarse a las artes ante el horror paterno?
“El que vale, vale, y el que no, a letras”. El prejuicioso adagio ha acompañado a millones de españoles que durante las nieblas existenciales de la adolescencia optaron por las humanidades o las ciencias sociales en el instituto. Como el que esto firma, al que sus profesores intentaron disuadir de hacerlo porque les parecía que era un desperdicio que no explotase su supuesto talento matemático. La letra pequeña del contrato, un futuro más fácil y exitoso si cursaba una carrera de ciencias.
Este tópico abstracto toma forma concreta en la edad adulta, donde los trabajos mejor remunerados suelen pertenecer al ámbito de las ciencias, como muestra el estudio ‘Inserción laboral de los egresados universitarios‘, que en su última edición sitúa en los primeros puestos medicina, varias ingenierías (aeronáutica, organización industrial, tecnologías industriales y de computadores) o desarrollo de ‘software’.
Lo que el cliché sugiere es que el criterio para la elección de los estudiantes es la mera habilidad. Una discriminación por inteligencia. Pero hay muchos más factores en juego a la hora de seleccionar un futuro educativo que condicionará el laboral. Nos encontramos ante el dilema educativo del huevo o la gallina: no solo los estudiantes de letras o humanidades suelen ganar menos en sus empleos, sino que las clases bajas suelen decantarse por carreras de letras. Lo que, como señalaba el informe ‘Vía universitaria‘, aumenta el riesgo de segregación por origen socioeconómico.
“La diferenciación horizontal por especialidad es un factor muy relevante que se traduce en una empleabilidad y trayectoria salarial muy distinta según sea la especialidad del título”, recuerda Xavier Martínez-Celorrio, profesor de Sociología de la Educación en la Universidad de Barcelona. “Por regla general, en todos los países, los titulados en humanidades y artes tienen peores salarios y trayectorias respecto a los titulados en ingenierías o empresariales. No es nada nuevo”.
Los hijos de los padres sin estudios tienen 15 veces menos probabilidades de titularse en ingenierías que los hijos con padres universitarios
La pregunta del millón, por lo tanto, es ¿por qué las clases bajas, cuando estudian, se decantan por profesiones peor remuneradas, en lugar de aquellas que en principio les permitirían ascender socialmente? Y al mismo tiempo, ¿por qué los hijos de las familias más privilegiadas, y que en teoría podrían permitirse más riesgos económicos y vocacionales, siguen decantándose por titulaciones de ciencias, empresariales e ingeniería?
Lo material: una cuestión de riesgo
Para responder la pregunta, resulta útil ampliar la imagen y recordar que, como afirmaba la OCDE, en España hay muy poca movilidad intergeneracional ascendente entre los hijos de padres con bajo nivel educativo. El dato que proporciona Martínez-Celorrio es contundente. “Los hijos de los padres sin estudios tienen 15 veces menos probabilidades de titularse en ingenierías que los hijos con padres universitarios”. Él mismo mostró en un estudio llamado ‘Crisi, trayectòries sociales i educació‘ cómo las clases obreras y populares están infrarrepresentadas en la educación terciaria, excepto en humanidades y ciencias de la educación.
En otras palabras, las decisiones educativas de las familias con menos recursos están determinadas por la cautela, como explica Delia Langa, profesora de Sociología de la Universidad de Jaén, que ha estudiado cómo se originan las elecciones universitarias. Eso explica no solo que las clases bajas acudan en menor número a la universidad, sino que a la hora de seleccionar una carrera u otra tienen más en cuenta los costes y beneficios. “Por eso en aquellas carreras más largas o difíciles, al ser más costosas, están menos presentes que las clases más altas”, recuerda la profesora.
Es lo que ocurre con las ingenierías, las carreras en las que más tiempo se invierte, lo que genera una criba entre aquellos alumnos que, ante la posibilidad de tener que invertir un año más, prefieren decantarse por otros estudios. “Ante la dificultad de las carreras, en las que se puede suspender y perder la beca o pagar una matrícula más cara, el alumnado de orígenes populares tiende a elegir carreras con menos suspensos”, se muestra de acuerdo el sociólogo José Saturnino Martínez, de la Universidad de La Laguna. Martínez-Celorrio recuerda que, además, algunas especialidades como las ingenierías suelen alargarse artificialmente “por interés corporativo de profesionales colegiadas que prefieren una escasez de titulados para que no bajen sus tarifas de mercado”. Algo denunciado por el credencialismo de Randall Collins.
El aumento de las tasas y la caída de las becas han provocado que las familias pobres calculen más los riesgos antes de apuntarse a una carrera
La dificultad de las ciencias sí es, por lo tanto, un factor discriminador, pero no tanto por una cuestión de incapacidad como de riesgo. Como recuerda Langa, los estudiantes muy buenos suelen decantarse por carreras más difíciles, ya provengan de la clase baja o de la alta. Pero si el estudiante no es tan bueno, y si proviene de una familia con menos recursos, probablemente se lo piense dos veces antes de matricularse en una ingeniería. En las clases más altas, “las aspiraciones y expectativas no dependen tanto de la trayectoria académica previa”.
Una dinámica material agudizada desde la crisis, cuando el precio de las tasas de matriculación aumentó y las becas se redujeron, como argumenta Langa. Una situación que ha afinado el cálculo de coste-beneficio de las familias menos privilegiadas. “Esto presiona más a los que necesitan becas, a las clases populares, que ya se exigían más para venir a la universidad”. La socióloga no tiene duda que esta clase de medidas no tienen otro objetivo que reajustar el cierre social universitariocerrando las puertas a las clases populares.
Como recuerda Sergio Andrés Cabello, de la Universidad de La Rioja, los recursos materiales decisivos pueden ser tan sencillos como el acceso a clases particulares o extraescolares. “Por ejemplo, una persona con menos recursos tal vez no pueda acceder a un apoyo de Matemáticas a través de clases particulares o no puede ir a unas clases extraescolares de Robótica”, explica.
Lo vocacional: ¿y si ellos quieren?
No hay que perder de vista que frente a la motivación instrumental se encuentra la expresiva, es decir, la elección de carrera por vocación, que, por lo general, es la que se cuenta en voz alta. Si bien esto es algo común en todas las carreras, recuerda Cabello, lo es aún más en las de letras y humanidades, lo que puede llevar a pensar que más que conformismo con los estudios a los que uno ha llegado tras descartar las de ciencias, existe un auténtico deseo entre las clases bajas de elegir letras.
Es posible rastrear el origen de dicho deseo en la reputación social que la cultura tuvo en la sociedad española como reacción al elitismo universitario, especialmente durante el tardofranquismo y la primera democracia. “Las clases populares, en el pasado y vinculado a la movilidad social, podían elegir carreras de letras y humanidades por una cuestión de estatus”, recuerda Cabello. “La cultura, vinculada a la universidad, era un bien a alcanzar y podía llevarse a cabo mediante una carrera de letras que también se vinculaba al acceso a determinados puestos de trabajo, como los cuerpos docentes”.
Una vez que la universidad se democratizó y ofreció la posibilidad de estudiar a más capas sociales, la situación cambió y las carreras de letras perdieron su empuje entre los sectores más pobres e la sociedad. Las razones, “la transformación del mercado de trabajo, la menor salida de estas carreras o la tecnocratización del mundo”, valora el profesor de la Universidad de La Rioja. También, “el lamentable desprestigio de las carreras de letras”. Lo que ha provocado que las carreras relacionadas con la educación como Magisterio o Educación Infantil figuren entre las que tienen una nota de corte más baja.
Algunos se decantan por Trabajo Social “por vocación de ayudar”, pero otros adoptan una visión más pragmática y optan por una FP
¿Es posible que las clases bajas se acerquen a las carreras de letras por conciencia social, como se ha planteado en alguna ocasión? El propio Cabello concede que en una de sus investigaciones más recientes se ha encontrado con estudiantes de entornos vulnerables o desfavorecidos que han estudiado Educación o Trabajo Social “por una vocación de ayudar a personas en esa situación”. Aunque también se aplica en el sentido inverso. Otros han decidido decantarse por Formaciones Profesionales de Grado Medio o Superior “con una visión más pragmática”.
“Conocemos casos a través de trabajos de investigación con docentes de Secundaria y Bachillerato, de chicos y chicas que quieren hacer una carrera de Bellas Artes, por ejemplo, y sus padres no quieren que las hagan porque no les ven salida”, prosigue. “No es algo infrecuente e imagina cómo se tiene que sentir ese chico o chica que quiere hacer una cosa y le ‘mandan’ a otra”.
El círculo del capital social
Se pone de manifiesto que ni la universidad española es tan equitativa como pretende ni la meritocracia es tal. Esta suele obviar, por ejemplo, la influencia del capital cultural que varía según la clase social a la hora de tomar una decisión. Como explica Saturnino Martínez, la alta nota de corte que se exige en carreras como Medicina provoca que “el alumnado de orígenes populares, debido a su falta de capital cultural en el hogar, obtenga notas más bajas”.
¿Son libres nuestras elecciones? (Reuters)
El capital cultural funciona en ambos sentidos. No solo impide que los estudiantes más pobres obtengan la nota necesaria para entrar en las carreras más solicitadas –este año, Medicina se llevó la palma en casi todas las universidades–, sino que favorece el efecto contagio entre las clases más adineradas, que terminan conformando reyes de apoyo.
“La concentración de los alumnos de clase media en los estudios de ingeniería, ciencias y empresariales provoca un efecto compañero (‘peer effect’) que acumula capital social añadido”, recuerda Martínez-Celorrio. Es un factor que inclina la balanza de las mejores familias a estudiar lo mismo que sus vecinos, porque eso les permite aprovechar “contactos y redes personales, reforzando sus ventajas de partida”. ¿Recuerdan el tópico novelístico del hijo de aristócrata díscolo que se niega a estudiar lo que sus padres le recomiendan para dedicarse a las artes ante el horror paterno?
Así que, quizá, más que el huevo y la gallina, nos encontramos ante la pescadilla que se muerde la cola. Un círculo vicioso en el que, más allá de la vocación, las familias más pobres prefieren apostar por tener una carrera, sea cual sea, por el prestigio y contrastado poder protector ante el desempleo de los estudios superiores, pero también porque en determinados ámbitos, como en empresariales, ya tienen mucho terreno perdido de antemano
Aunque hayan cursado la misma carrera, las clases medias y altas tienen ventajas añadidas por sus contactos y redes personales
Es el efecto Mateo, es decir, el rico se hace más rico y el pobre, más pobre. Trasladado al ámbito educativo, “a igualdad de titulación superior y de especialidad, los hijos de las clases medias profesionales tienen ventajas añadidas y logran mejores empleos y salarios”. Porque no solo disponen por su posición de contactos o redes personales inaccesibles para otras clases sociales, sino también “competencias sociales y ‘soft skills’ clave para saberse desenvolver y obtener un mayor rendimiento del título”.
Es imposible hablar de reproducción social sin hablar del sociólogo Pierre Bourdieu. “Hay muchas personas de un estrato social alto que no conciben que sus hijos no vayan a la universidad, y que no hagan determinadas carreras, que son generalmente las de ciencias y las más técnicas, por ser consideradas con más salidas profesionales”, explica Sergio Cabello. “En definitiva, hay unas expectativas familiares que son claras, unas expectativas en relación a los estudios que tienen que desarrollar sus hijos”. Expectativas que, como agua fina, calan en las decisiones aparentemente libres de los niños.
Un laberinto sin salida
España es uno de los países con más deberes pendientes en lo que se refiere a equidad educativa, y eso se refleja tanto en el origen social de los universitarios como en sus elecciones estudiantiles, también en cuestión de género. En nuestro país, sigue habiendo muchas titulaciones masculinizadas como las ingenierías o arquitectura, mientras que las mujeres suelen decantarse por las Ciencias de la Salud o la Educación Infantil. Esta última muestra a la perfección la diferencia social oculta entre carreras. Si un 60% de los alumnos de Medicina tiene padres universitarios, en Educación el porcentaje es tan solo del 20%.
Esto ha provocado que organismos como la OCDE se hayan referido a la “trampa intergeneracional de España” en la que los hijos suelen reproducir los comportamientos de los padres, lo que, como la institución contaba en ‘Panorama de la Educación’, es la raíz de los “altos niveles de desigualdad de ingresos dentro de país”. No se trata tan solo que los hijos de obreros y clases populares no vayan a la universidad, sino que cuando lo hacen, varios factores les expulsan de las titulaciones que les garantizarían un sueldo mayor o una posición social más alta.
¿Y qué se está haciendo? Pues no mucho, como recuerda Martínez-Celorrio. En la universidad española no se han desarrollado políticas compensatorias que apoyen a las primeras generaciones de familias modestas e inmigrantes. “Ninguna universidad española tiene planes de apoyo para acompañar y tutorizar la carrera de universitarios de primera generación”, concluye Celorrio. “Algo que sí se hace en otros países que invierten mucho más en educación y en equidad social y de género”.
La diferencia al acceso universitario entre clases sociales es una de las razones que explican la desigualdad de ingresos en España
Tampoco en los institutos, porque las políticas de orientación educativa y profesional suelen ser débiles y llevadas a cabo por “profesores muy poco conocedores del mercado de trabajo, incapaces de superar el género de las profesiones (masculinas/femeninas) y el sesgo social de optar por ciencias o letras”, como explica el profesor de la Universidad de Barcelona. Dicho de otra forma, aún son víctimas del “el que vale, vale, y el que no…”.
Fuente de la Información: https://www.elconfidencial.com/economia/2019-12-20/empleo-pobre-letras-letras-pobre_2381108/
Argentina: la rectora Delfina Veiravé asume la presidencia del Consejo Interuniversitario Nacional
La rectora de la Universidad Nacional del Nordeste, Delfina Veiravé, asumió la presidencia del Consejo Interuniversitario Nacional (CIN) en reemplazo de Jaime Perczyk, quien fue designado como Secretario de Políticas Universitarias (SPU) del Ministerio de Educación de la Nación, en el marco del cambio de gobierno que se produjo en los últimos días en el país.
El presupuesto para las universidades argentinas y el aporte que las mismas podrán hacer al Consejo Federal Argentina contra el Hambre son dos de los importantes temas en la agenda de trabajo del organismo, que nuclea a unas 66 instituciones de educación superior.
“Es un honor y una gran responsabilidad”, aseguró Veiravé en diálogo con Radio UNNE 99.7 mhz, en relación al cargo que ocupa a partir del corrimiento que se produce, tal como lo dispone el Artículo Nº 22 inciso b) del Estatuto del Consejo.
La rectora de la UNNE se desempeñará en este cargo hasta el próximo plenario de rectoras y rectores que se realizaría en marzo del año entrante, cuando se realicen la elección de las próximas autoridades.
Veiravé asumió con “las mejores expectativas de cómo podamos trabajar en el futuro con la SPU”, dijo también en alusión al hecho de que una persona del ámbito universitario, como lo es el Rector de la Universidad de Hurlingham ocupe tan importante espacio dentro de la cartera educativa nacional. “La mayoría de los rectores está con una opinión muy favorable con respecto a quien hoy está ocupando la SPU”, aseguró. “Porque conoce el sistema, es rector de una universidad nacional y ha tenido ya responsabilidades en ese sentido en el Consejo”, explicó.
En comunicación con el programa “La Tarde nos Unne”, destacó también la ventaja que ello constituye, “porque conoce los problemas, los lineamientos de trabajos que se han estado llevando adelante en el CIN”, principalmente. “Esperamos, y así va a ser, que el CIN junto a la SPU, puedan trabajar coordinadamente, articulando también las políticas del sistema universitario y atendiendo las demandas que las universidades tienen, tanto públicas como privadas”, agregó.
Fuente de la Información: https://www.nodal.am/2019/12/argentina-la-rectora-delfina-veirave-asume-la-presidencia-del-consejo-interuniversitario-nacional/
América del Sur se incorporó con derecho de ciudadanía a la oleada de levantamientos populares que recorre el mundo y que, sin distinción entre países centrales y periféricos, ha puesto en el centro el cuestionamiento a la herencia de 40 años de neoliberalismo. Con la rebelión en Chile, que ya lleva más de un mes, se ha transformado en uno de los epicentros de estas convulsiones políticas y sociales.
De un panorama que venía signado por la pasividad relativa de las masas y el predominio de los gobiernos de la derecha regional alineados con Trump luego del agotamiento del ciclo de los gobiernos posneoliberales, la situación dio un viraje brusco con la irrupción en escena de un actor que nadie esperaba. En solo un mes hemos visto dos levantamientos populares –Ecuador y Chile (aún en curso)– y un golpe de Estado casi clásico en Bolivia contra Evo Morales que desató una dura resistencia obrera, campesina, indígena y popular en El Alto y Cochabamba. Y más recientemente una huelga general intermitente en Colombia que está poniendo contra las cuerdas al gobierno derechista de Iván Duque.
Más allá de las particularidades nacionales, esta nueva oleada de lucha de clases, y su refracción latinoamericana, se desarrolla sobre el sustrato común de las condiciones creadas por la crisis capitalista de 2008, que dejó al descubierto una profunda polarización social y política heredada de las décadas de la globalización y sentenció el fin de la prolongada hegemonía neoliberal.
En América Latina la crisis llegó con fuerza entre 2011-2014 con el agotamiento del superciclo de las materias primas, que había sido el principal lubricante de los “gobiernos posneoliberales”. La economía entró en recesión en 2015-16 y desde entonces se mantiene en niveles de estancamiento, con algunas excepciones. Durante estos años la oscilación pendular de la política continental fue hacia la derecha. Piñera en Chile, Macri en Argentina, Duque en Colombia, Kuczynski en Perú, Abdo en Paraguay y, por si faltara algo, Temer/Bolsonaro en Brasil; todos gobiernos alineados con Trump, alimentaron la ilusión de un recambio relativamente ordenado de signo político que permitiera avanzar en (contra) reformas pendientes, en particular las reformas jubilatoria y laboral, cada vez más vitales para los capitalistas en épocas de vacas flacas.
Pero a diferencia de los gobiernos alineados con el Consenso de Washington de la década de 1990, estos nuevos gobiernos de derecha no lograron asentar una hegemonía relativamente estable. Y encontraron un entorno global adverso –tendencias nacionalistas en auge en Estados Unidos y otras potencias, guerras comerciales, inestabilidad geopolítica– para su orientación regida por el libre mercado.
Aunque la economía no explica todo –las situaciones más radicalizadas se dan en Chile y Bolivia que todavía crecen–, tiene un peso decisivo. Las perspectivas más generales de desaceleración con tendencias recesivas en el marco de la guerra comercial entre Estados Unidos y China son un factor determinante: el crecimiento promedio de la región pasó de 4 % anual entre 2004 y 2011, a 0.2 % que prevé el FMI en su último informe para 2019. Esto antes de que estallaran las protestas en Chile y Colombia. Con las tres principales economías con serios problemas –México y Brasil con un crecimiento vegetativo, y Argentina en una prolongada y profunda recesión y con una deuda impagable–, el panorama regional luce sombrío, incluso algunos ya auguran una “segunda década perdida”.
La política imperialista ofensiva de Trump hacia América Latina, que volvió discursivamente a la doctrina Monroe aunque sin la fuerza que tuvo el imperialismo en el momento alto de su hegemonía, oscila al ritmo de la campaña electoral norteamericana en la que el presidente se juega su reelección. Esto suma un elemento de inestabilidad. En esa lógica electoral habría que leer algunas decisiones políticas como la suba de aranceles a las importaciones del acero y el aluminio para Brasil y Argentina, que están dirigidas a retener el núcleo duro de su base electoral. En esta categoría entraría incluso el intento de golpe de Estado en Venezuela promovido por la derecha republicana de Florida que busca hacer la diferencia en el electorado del gusanaje latino.
En el cóctel explosivo latinoamericano se misturan en proporciones variables ingredientes de distinta densidad, como la persistente desigualdad en sentido amplio (es decir, no solo económica), la frustración de expectativas de capas medias y de sectores asalariados que apenas salieron de la pobreza en el ciclo anterior pero temen la recaída por su posición precaria, la percepción de que la clase política trabaja siempre para los ricos, o directamente el ajuste fondomonetarista puro y duro que como en Ecuador.
Esta “globalización del descontento” aún no configura un ascenso obrero de conjunto y por eso mismo tampoco ha abierto una dinámica revolucionaria clara, pero por la potencia de los motores que la pusieron en marcha, difícilmente se agote en sus primeras etapas sin dejar consecuencias políticas duraderas.
Las tendencias
En solo días las acciones de masas deslegitimaron las grandes certezas capitalistas de las últimas décadas, como el éxito del “modelo chileno” o el “fin de la lucha de clases”. Esta es la magia de los procesos que superan los estrechos marcos corporativos y rutinarios y ponen en cuestión el orden establecido. Sin embargo, unilateralizar el elemento de la lucha puede dar la idea equivocada que hay en acto una única tendencia, que mecánicamente traduciría la acción de calles en un giro hacia izquierda.
Para pasar de la descripción a la teorización, la “primavera latinoamericana” es producto de que las tendencias a las crisis orgánicas han dado un salto en calidad y con ellas también las acciones de masas y las respuestas de las clases dominantes, que en algunos casos tienden a los extremos.
Lo más novedoso es sin dudas la tendencia a izquierda puesta en movimiento por las masas explotadas y oprimidas que han pasado de la pasividad a la actividad; en un “todo aún caótico” –según la clásica definición de Gramsci– han tomado las calles con un grado de radicalidad que no se veía desde el ascenso anterior que puso fin a los gobiernos neoliberales a principios de los 2000.
Los procesos más avanzados de esta tendencia son las jornadas revolucionarias que pusieron en jaque al gobierno de Lenin Moreno en Ecuador, la emergencia de la lucha de clases en Chile, que tuvo su punto más alto en el paro general del 12 de noviembre, y la heroica resistencia contra el golpe en Bolivia, en particular en El Alto y Cochabamba, que tuvo como emblema el bloqueo a la planta de combustible en Senkata, un punto estratégico que dejó desabastecida a La Paz y que de profundizarse tenía el potencial de tomar una dinámica similar a la “guerra del gas” de 2003. Como veremos más adelante, que no se hayan desarrollado estos elementos revolucionarios es responsabilidad de las direcciones reformistas y/o populistas que actuaron conscientemente para evitar esta perspectiva.
Esta emergencia de los explotados enfrenta una tendencia reaccionaria que muestra la creciente disposición de las clases dominantes, o sus fracciones más decididas, para echar mano a las “soluciones de fuerza”. El cesarismo no es nuevo, de hecho es lo que viene acompañando al ciclo de los gobiernos de derecha, con hitos como el “golpe institucional” contra Dilma Rousseff en Brasil, basado en la utilización de la justicia como árbitro, legitimado en las clases medias reaccionarias, como mostró la operación Lava Jato. Esta tendencia ha dado un salto primero con la llegada de Bolsonaro al gobierno en Brasil. Y más en general con la gravitación creciente de las fuerzas armadas en nuestro continente.
En este sentido va el asentamiento progresivo del golpe en Bolivia, donde ya se perfila la candidatura de Luis Camacho, el “Bolsonaro boliviano”. Aunque la situación aún es precaria e inestable, la derecha más rancia y racista apoyada por la policía, las fuerzas armadas y la iglesia buscará transformar su victoria política en fuerza estatal, imponer un programa neoliberal y barrer las conquistas de los pueblos originarios.
El avance de la ofensiva antiobrera en Brasil iniciada con Temer y continuada con Bolsonaro refuerza los elementos reaccionarios en la región. La aprobación en el Congreso de dos contrarreformas clave para el plan neoliberal de Guedes y la patronal brasilera –la reforma jubilatoria y la reforma laboral con tintes esclavistas– sin que los grandes sindicatos hayan llamado a la menor lucha de resistencia, no puede pasar inadvertido. La liberación de Lula y la suspensión de las otras dos reformas pendientes –la administrativa para achicar el Estado y la tributaria– para después de las elecciones de 2020 no revierten esta tendencia.
El cuadro se completa con el triunfo ajustado de Lacalle Pou en Uruguay, al frente de una coalición de gobierno que incluye formaciones de extrema derecha como Cabildo Abierto, y que más allá del impacto sobre todo simbólico, sumará a otro país de la región alineado sin matices con la política imperialista.
En síntesis, lo que mejor define la situación es la polarización, con una relación de fuerzas entre las clases que aún está indefinida.
Las perspectivas
Estamos asistiendo a las primeras manifestaciones de una lucha de clases inédita en las últimas décadas, acciones en las que se aceleran la experiencia de la clase obrera y los explotados con sus direcciones políticas, las clases dominantes y sus Estados. Pero la irrupción de la lucha de clases por sí misma no garantiza la evolución en sentido revolucionario de estos procesos. Ni tampoco su resultado.
Una vez más, las direcciones reformistas y populistas juegan el rol de legitimar “por izquierda” los desvíos y contener la lucha en los marcos de la miseria de lo “posible”.
En Ecuador, la Conaie que hegemonizó la calle y las negociaciones con el “palacio”, se negó a luchar por la caída del gobierno de Lenín Moreno y llamó a retroceder ante el primer triunfo de la movilización que fue el retroceso del aumento del combustible.
En Chile, Piñera se sostiene con una combinación de desvío y represión, que sería inviable sin la colaboración activa de las direcciones reformistas del movimiento de masas. Sectores del Frente Amplio han participado de la escandalosa “cocina parlamentaria” con los partidos del régimen, incluida la derecha pinochetista, para convocar a un proceso constituyente amañando y antidemocrático. Varios de sus diputados han dado una muestra más de “responsabilidad” ante el Estado burgués y las patronales votando la ley antiprotestas que transforma a cualquier lucha en un delito. El Partido Comunista también jugó su rol apaciguador: se encargó de que el paro general del 12 de noviembre, que marcó la entrada de batallones decisivos de la clase obrera a la lucha, no tuviera continuidad, lo que hubiera implicado organizar la huelga general política para hacer realidad la demanda de millones que en las calles gritaban “Fuera Piñera”. A pesar de esto el proceso aún tiene final abierto, como muestran los cientos de miles que se siguen movilizando.
En Bolivia, mientras la dirección de la COB que había sido aliada del gobierno de Evo Morales se pasaba al golpismo, la traición del MAS fue clave para desarticular la lucha contra el golpe que amenazaba con tomar una dinámica revolucionaria. Mientras desde su exilio en México Evo Morales enviaba mensajes contradictorios, en el terreno una mayoría de la dirección masista reconoció al gobierno usurpador y asesino de Añez, que cuenta en su haber con los muertos de Senkata y Cochabamba.
La gran lección que se reactualiza con los levantamientos en curso es que los que agitan que para conjurar al fantasma de la “bolsonarización” regional el camino no es profundizar los elementos revolucionarios de la situación, sino conformarse con el “malmenorismo” pasivizando al movimiento de masas, terminan facilitándole la tarea a la derecha para avanzar con su programa reaccionario. Así pasó el golpe institucional en Brasil, sin que la CUT y el PT convocaran a una lucha seria para derrotarlo. Así pasó el golpe en Bolivia. Y así pasaron los ajustes de Macri en Argentina, después de la violenta protesta contra la reforma jubilatoria en diciembre de 2017 que el peronismo y la burocracia sindical canalizaron hacia las elecciones presidenciales de 2019 y ahora alentando expectativas en el gobierno de Alberto Fernández.
En otras notas venimos discutiendo los aspectos estratégicos para pasar de la “revuelta” a la “revolución”, es decir, de la protesta ciudadana a la intervención de la clase obrera como articulador de la alianza de los explotados. En Chile, experiencias como el Comité de Emergencia y Resguardo de Antofagasta, una instancia de autoorganización democrática que coordina los diversos sectores que participan en la lucha, son ejemplos que pueden generalizarse si, como es probable, la clase obrera entra a la lucha con sus demandas, contra el despotismo patronal y la precarización, que son en última instancia las bases en las que se sustenta el pretendido “milagro” del neoliberalismo chileno.
La huelga general que paraliza Francia contra la reforma jubilatoria de Macron reactualiza nuestra apuesta a la emergencia de la clase obrera, y en particular de sus sectores que ostentan posiciones estratégicas como los trabajadores del transporte, y a las experiencias de coordinación y autoorganización que puedan abrir dinámicas más clásicas de revolución. No se trata de una espera pasiva, sino de construir partidos revolucionarios que creen las condiciones y levanten un programa para esa perspectiva.
Fuente de la Información: https://www.laizquierdadiario.com/A-donde-va-la-Primavera-latinoamericana
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