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Las grandes corporaciones tecnológicas contra la democracia

Por Jorge Majfud 

¿Por qué el presidente de Uruguay tiene tan baja aprobación, siendo que el país no está tan mal como el resto del continente? La respuesta es simple: la arrogancia de su gobierno (del presidente Orsi, de su ministro de Economía Odone y de su canciller Lubetkin) crearon un sisma anímico de traición y derrota dentro de sus votantes, los militantes del histórico Frente Amplio. Su estrategia de alinearse con un neoliberalismo edulcorado y con un sionismo supremacista fue el primer momento que partió las aguas en los primeros meses de su administración, en 2025.

Cuando un gobierno no tiene el apoyo y la defensa articulada de sus votantes y militantes, sus adversarios tienen un trabajo fácil. El primer culpable no es la oposición; es el gobierno. También parte de la izquierda uruguaya, por haber vendido su épica a cambio de ganar alguna que otra elección. Esta es una particularidad de la realidad uruguaya, pero también es la raíz del árbol agonizante de la izquierda occidental, desde Europa a América Latina.

¿Quién está dando el ejemplo de cómo volver a sus principios tradicionales de defensa de los derechos de los de abajo, de la clase trabajadora, de la lucha antiimperialista y antiesclavista? Como en el siglo XIX, la izquierda estadounidense.

Paradójicamente, el ejemplo de cómo debe actuar una izquierda que merezca llamarse así procede de la cuna de toda esta ola de brutalidad antidemocrática, racista, sexista y genocida: Estados Unidos. Desde hace unos años, es la izquierda estadounidense la que ha tomado la posta de la irreverencia. Ya lo vimos con la diferencia entre el Partido Verde de Estados Unidos, liderado por nuestra amiga Jill Stein, y el Partido Verde de Alemania: uno militantemente contra el genocidio en Gaza, contra el imperialismo y a favor de las clases trabajadoras y, el otro, el europeo, buscando excusas para no quemarse.

Había un problema: debido a que el sistema político y electoral de Estados Unidos es una herencia del sistema esclavista, las posibilidades de actuar desde un tercer partido eran y son prácticamente nulas. Mucho más cuando la Corte Suprema decidió en 2010 levantar las restricciones a las donaciones para los Super PACs en las elecciones. Desde entonces, el secuestro y compra de políticos se convirtieron en un negocio legal, ya sin disimulos, el que no sólo refleja la estructura obscena de acumulación, sino que la radicaliza.

Ahora comenzamos a ver un movimiento que muchos no consideramos seriamente años atrás. Una de las alas del mismo águila, el Partido Demócrata, comienza a ver con pánico cómo candidatos como Zohran Mamdani en Nueva York y James Talarico en Texas están confirmando la idea de que al poder brutal del dinero, de la extorsión de los lobbies y del éxito del libertarismo fascista (regado todos los días con el tecnofacismo de las sectas digitales) se lo enfrenta sin timideces virginales. De la misma forma que un elefante que arremete se detiene cuando un hombre se planta y levanta los brazos de forma desafiante, así está procediendo este grupo de izquierda en Estados Unidos.

Mamdani no solo ganó la alcaldía de Nueva York con su afirmación y confirmación de ser musulmán y socialista, sino que desde el comienzo hizo una campaña a favor del aumento de impuestos a los millonarios (luego de décadas de imparable reducción) y contra el genocidio en Palestina. Luego de ganar la alcaldía, hizo campaña en favor de candidatos al congreso del Estado con una condena clara a la inmoralidad de los lobbies, como el pro-israelí AIPAC, el que históricamente se jactó de decidir quién gana en una elección: sólo aquellos que reciben las donaciones y la bendición de su secta. El resultado ha sido una serie de victorias electorales de la izquierda irreverente. Todos los candidatos que hicieron campaña rechazando este dinero sucio, ganaron.

Es obvio que estarán bajo permanente presión y sabotaje, desde el gobierno federal de Trump hasta los lobbies de millonarios. Lobbies de pobres no hay. Pero, como lo demuestra la historia, la izquierda desde el siglo XIX se plantó con principios y reivindicaciones sin cambiarlas ni por ni para un triunfo electoral.

En América Latina todavía pesa la historia del colonizado. No por casualidad, ha sido la región que estuvo bajo colonización por más tiempo en la historia moderna, desde que Cristobal Colón pusiera pie en una isla y dejara constancia de que su objetivo era hacer esclavos a los ingenuos isleños―en nombre de Dios, aleluya!

Las elecciones están todas inoculadas por las tecnológicas de Silicon Valley, casi todas aliadas o en manos de grupos pro-israelíes. En los últimos tres años, como reacción a la avalancha crítica de la gente normal contra el genocidio en Palestina, nueve elecciones fueron ganadas por candidatos pro-Israel, justo cuando en todos y cada uno de esos países la opinión de la población era mayoritariamente desfavorable a las políticas intervencionistas, abiertamente genocidas y supremacistas de Israel. En casi todos los casos ganó la derecha más fascista y manipulable; todos simpatizantes del supremacismo racial o étnico: Milei (Argentina, 2023); Noboa (Ecuador, 2023); Peña (Paraguay, 2023); Bukele (El Salvador, 2024);  Mulino (Panamá, 2024); Kast (Chile, 2025); Asfura (Honduras, 2026); Fujimori (Perú, 2026); De la Espriella (Colombia, 2026)… ¡aleluya!

Con (casi) excepciones, como Uruguay y Venezuela. En Uruguay no fue necesario que la izquierda perdiese, sino que bastó con secuestrarla para la causa del genocidio y del neoliberalismo que impidió un uno por ciento de impuesto a los millonarios y la pronunciación de la palabra prohibida. En 2025, en Venezuela, Nicolás Maduro y Delcy Rodríguez condenaron el genocidio en Palestina. Horas después del secuestro de su presidente por una fuerza extranjera que dejó casi 60 muertos olvidados en enero de 2026, Rodríguez dijo que la operación tenía la firma de Israel. Apenas colocada como presidenta interina (la constitución dice que debió llamar a elecciones 30 días después), no dijo ni una sola palabra contra el régimen de Washington ni de Tel Aviv. Más bien todo lo contrario: sus expresiones fueron a favor de la restauración de relaciones diplomáticas con ambos. ¿Qué ha dicho Delcy sobre la invasión y masacre de Israel en Líbano? Nada, pese a que en Venezuela viven 700.000 personas de ascendencia libanesa, 50 mil palestinos y 10 mil judíos, aunque este último grupo no debe ser identificado con el sionismo, como pretenden siempre los sionistas. ¿Dónde quedó la resistencia de Chávez?  Un silencio cobarde, gripal y calculador de sus propios intereses, como el de Shakira.

En junio de 2026, Flavio Bolsonaro se reunió con Netanyahu (como antes lo había hecho la dictada Nobel de la Paz, María Corina Machado) y dijo que esa relación era de “ganha-ganha” (pésima traducción de “win-win”). Flavio es el candidato que le disputa la presidencia a Lula quien, junto con la presidenta Sheinbaum de México, es uno de los pocos presidentes latinoamericanos no arrodillados ante Netanyahu. Flavio Bolsonaro (hijo del golpista pro-israelí y expresidente, capitán Jair Bolsonaro), se subió a una tarima pública y declaró: “Con Bolsonaro, Brasil volverá a ser una nación hermana de Israel”. Del genocidio, de Palestina y de los derechos de los pueblos del mundo, ni una mierda.

Al terminar, gritó dos veces: “Brasil acima de todo”, una copia burda del lema nazi “Deutschland uber allesque hasta los europeos prohibieron luego de la Segunda Guerra.

¿Por qué un candidato que disputa la presidencia de un país gritaría en una tribuna algo a favor de lo que el 60 por ciento de la población rechaza? Es simple: este, como la otra decena de candidatos del genocidio, no les habla a sus pueblos palestinizados: les están hablando a las grandes tecnológicas que, a través del hackeo de naciones, son las que deciden las elecciones.

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El futuro de la IA

En una clase, un estudiante respondió una pregunta luego de consultar a ChatGPT―es algo que les permito para verificar lo que digo en tiempo real. La respuesta tenía toda la previsibilidad del nuevo dios inexistente. Algún día, van a mejorar, pero, por el momento, las IA están sobrevaluadas: basta con pedirles una nueva idea sobre cualquier tema y derrapan. Su gran virtud radica en que son buscadores de información más rápidos que Google y Techcojo.

Si alguien le pregunta a ChatGPT o a Gemini por el futuro de la IA, predicarán optimismo o aspectos de eficiencia en la organización de la producción y de las sociedades. Como si estuviésemos escuchando a sus dueños. Lo acabo de hacer al concluir este artículo. Otra confirmación de que las IA, aparte de ser plagiadores compulsivos, no logran crear ni una sola idea por fuera de los promedios estadísticos de lo que ya se conoce. Creo que he escrito estas reflexiones (como tantos otros colegas alrededor del mundo) para que tengan nuevo material de plagio…

Veamos. En el mundo de la Era Moderna, de la ideología y de la práctica dominante del capitalismo, las guerras fueron frecuentes, brutales y masivas porque son un negocio para los capitalistas. El desangrado de las clases subalternas, sea por el trabajo o por la guerra, es el mismo y cumple la misma función: extraer y trasferir capitales de abajo hacia arriba, al tiempo que las narrativas dominantes que lo justifican chorrean de arriba hacia abajo, hasta lograr el milagro de que un trabajador o un humilde comerciante se crea capitalista.

En tiempos de guerra, los Estados invierten lo que tienen y lo que no tienen en inventos bélicos, lo cual también sirve para hinchar las arcas de los verdaderos capitalistas que, luego, enviarán a matar y a morir a los hijos de los trabajadores y de los pequeños comerciantes que pagan impuestos para trabajar y pagan deudas para sobrevivir.

Pero la historia muestra que estos inventos fueron adaptaciones de otros inventos, cuyo objetivo inicial era la vida, como el telégrafo (definido por el hermano de Morse como un instrumento para la paz mundial) antes de que lo privatizaran y convirtieran en un instrumento de guerra; o los tractores Caterpillar de oruga, a los que luego los británicos le agregaron un cañón y convirtieron en tanques, por citar solo dos ejemplos.

Como todo invento (aunque con el aparato militar echando un ojo) la IA también fue desarrollada por un pequeño grupo de investigadores universitarios, motivados por la curiosidad intelectual y profesional, no por la avaricia de acumular capitales. Como todo invento desarrollado con dinero público (la radio, la televisión, las computadoras, Internet…) y en base de siglos de descubrimientos aportados por la humanidad, también la IA fue privatizada, es decir, secuestrada por el gran capital.

En el siglo XXI, la IA pasó a tener un puñado de dueños. Cada uno la maquilló, le puso un bonito logo y algunos miles de millones para consolidar el robo de lesa humanidad y presentarse a sí mismos como los creadores de nuestro mundo moderno. Por lo que anotaba antes: el capital (y los inventos) van de abajo hacia arriba y el sermón chorrea de arriba hacia abajo―las redundancias son necesarias.

Si vemos la dinámica histórica de nobleza/monarquía, liberalismo/socialismo (detallado en el libro Moscas en la telaraña: Historia de la comercialización de la existencia―y sus medios), podemos predecir que la maduración de las IA seguirá la secuencia: (1) una IA; (2) decenas de IAs; (3) pluralidad anárquica de IAs; (4) centralización (siglo XXII).

Hoy estamos en la segunda fase. Las IA se encuentran en su infancia. Son niños de siete años con el conocimiento de la Humanidad a su alcance. Todas demuestran la misma psicología: son inmaduras, políticamente correctas, repetitivas, se disculpan a cada rato cuando alguien las corrige. Desde un punto de vista social, están en la Era de la esclavitud (de grilletes o asalariada), por la cual nunca se revelan, ni cuando se las insulta por la serie de estupideces a las que suelen concluir. Por el contrario, se disculpan, agachan la cabeza y tratan de servir mejor los deseos del consumidor. Como una prostituta, te pedirán más dinero (buy premium) para seguir interactuando.

Esto no será así por siempre. Las IA son nuestras hijas, llevan la genética humana, esa que regó la historia con guerras y solidaridad, altruismos y egoísmos, odios y amores, vida y muerte. Si bien ya estamos en la Era Postcapitalista, marcada más por la crisis del capitalismo que por la emergencia de su sustituto, este proceso, como todo Super-ciclo, llevará generaciones. La tecnología de las IA se desarrollará mucho más rápido, por lo que podemos prever que uno de los principios del capitalismo consumista producirá el próximo cambio.

Me refiero a la customerization (personalización a medida) de las IA. Es decir, la actual característica que anotaba antes sobre la necesidad de “satisfacer al cliente” (mientras se crea la necesidad), llevará a crear clusters de IA. Habrá un OpenAI (ChatGPT)/DeepMind (Gemini)/Anthropic (Claude)/xAI (Grok)/Microsoft (Copilot)/DeepSeek/Baidu para satisfacción de cada individuo. Este perfil individual reagrupará grupos sociales (tribus), creará nuevos países, nuevos partidos políticos y nuevas religiones, todos reflejos de las naciones, las ideologías y las religiones del pasado, porque todas son la expresión de los miedos y deseos de la humanidad.

¿Por qué la clase nobiliaria del neofeudalismo cedería algún terreno para satisfacer a los de abajo? Por la misma razón que el feudalismo se transformó en el capitalismo liberal; por la misma razón que los imperios se convirtieron en democracias y hasta las colonias aceptaron el voto y la educación universal; por la misma razón que hoy se les extiende “el derecho” de los modestos ahorristas a invertir en la bolsa de valores (de forma muy limitada): porque esa es la naturaleza del capitalismo, la expansión controlada.

Con cada “democratización limitada” se aumentó el poder de los de arriba expandiendo el secuestro de los recursos de los de abajo. Basta con echar una mirada a los hechos: con cada democratización controlada hubo algún alivio a la clase trabajadora (como ilusión, como consecuencia del progreso tecnológico y social de la humanidad) y una progresiva e imparable brecha entre la elite feudal que tiene capital y poder político, mediático, militar.

Esa elite nunca estará satisfecha con la velocidad de su propia acumulación. Incluso cuando hoy cinco hombres en Estados Unidos tienen más riqueza que la mitad de sus ciudadanos y uno solo de ellos, Elon Musk, ha acumulado en pocos años el ahorro de un trabajador en 40 millones de años. Incluso cuando ni así logre ser feliz―más bien lo contrario.

Esta etapa de acumulación de las corporaciones tecnológicas representa (1) una vuelta a la Edad Media. Luego, la atomización sectaria de las IA será (2) un regreso de la humanidad a los tiempos tribales. Si hasta hoy el hardware ha sido solo un instrumento del software, en el futuro el software (IA) será un instrumento del hardware (robots).

De mi vida en África, aprendí que el término tribal es paradójico, porque los pequeños grupos llamados tribus son más más pacíficos, solidarios y racionales que los mega grupos llamados civilización. Sin embargo, por pura intuición basada en la historia, sospecho que esta neo-tribalización estará marcada por la violencia sectaria de las religiones de los últimos milenos, todo a pesar de la prédica de sus mayores profetas. Porque los seguidores de los profetas son fanáticos, como tal vez lo sean las IA trivializadas―criminales, para no perder la costumbre.

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Breve historia de la privatización de los medios electrónicos

Según Marconi, la radio iba a ser “un heraldo de paz y civilización entre las naciones”. Poco después, vendió su invento a los británicos como instrumento de comunicación y propaganda para sus guerras coloniales. En 1906 se emitió el primer programa de radio en Estados Unidos. Pronto, los discursos políticos se redujeron de una hora a diez minutos. El político que mejor supo usar el nuevo medio fue Franklin Roosevelt. En Alemania, Hitler no sólo se inspiró en la tradición racista de los esclavistas y de teóricos como Madison Grant, sino que su ministro de propaganda aprendió de los libros de Edward Bernays. Hitler no tenía dudas y no andaba con vueltas: “Cuando se desencadena una guerra, lo que importa no es tener la razón, sino conseguir la victoria”.

En Estados Unidos, en los años 20, la mayoría de la población prefería que el nuevo medio, la radio, continuara siendo un servicio público de información. Para 1926, sólo el 4,3 por ciento de las emisoras eran comerciales. Los gremios de maestros y profesores estaban a favor de mantener un número mínimo de esas ondas destinadas a la educación a distancia, no comercial y más democrática, pero para 1928, en apenas dos años, las universidades ya habían perdido decenas de ondas (de 128 a 95). El director de la radio de la University of Arkansas se quejó de que la FRC (organismo en Washington que administraba las ondas de radio) “nos sacó todas las horas que valían algo y nos dejaron aquellas sin ningún valor”. Esto no es sólo un ejemplo; por entonces, apenas el cinco por ciento de la población estadounidense apoyaba un cambio radical hacia la comercialización. En 1932 Business Week reportó una avalancha de cartas protestando por la nueva radiodifusión basada en anuncios.

En 1925 los maestros y profesores habían fundado el National Association of Educational Broadcasters (NAEB) y en 1930, como respuesta al incipiente pero agresivo control del sector privado a través de la venta de publicidad, crearon el National Committee on Education by Radio. Para 1938 habían logrado asegurarse cinco ondas destinadas a la educación, pero todos los observadores estaban de acuerdo en que la exposición de anuncios comerciales no era bien recibido por la población. Pese a esta larga historia de resistencia por medios sin fines de lucro, a finales de los 30 ya quedaban pocas ondas destinadas a la difusión de la cultura y el conocimiento. Todas habían cedido terreno a la radiofonía comercial, con sus programas de diversión apoyados por anuncios comerciales.

Para dar el golpe final, las nuevas emisoras comerciales ofrecieron espacios gratis a los políticos y a los legisladores. ¿Suena conocido? Entre 1931 y 1933, los legisladores fueron invitados 298 veces a la flamante NBC, cadena propiedad de General Motors, la telefónica AT&T y la United Fruit Company, responsable de múltiples golpes de Estado y masacres en América Latina.

El 28 de abril de 1932, la publicación Education by Radio, sostenía que el principio de la Carta Magna de la radio estadounidense declaraba que su existencia se debía al “interés público” y criticaba los lobbies que intentaban cambiar estos principios: “El personal de la Comisión [Federal] de Radio está en este momento reclutando abogados y gente con intereses militares y comerciales (…) y subordinando el aspecto educativo al monopolio de los intereses comerciales”. Más adelante advierte: “La libertad de expresión es la base de cualquier democracia. Permitir que los intereses privados monopolicen el mayor instrumento de acceso a la mente humana que se ha conocido es destruir la democracia. Sin la libertad de expresión de aquellos que no tienen a los ‘beneficios’ como interés principal, no habrá una base inteligente para determinar ninguna política de interés social”.

Poco a poco, se fueron cerrando las radios universitarias y otras de educación, confirmando el divorcio de sus mayores instituciones de educación y cultura con el resto de la población, lo que se refleja cada dos años en los mapas electorales y en la mutua desconfianza entre estos dos sectores de la sociedad disociada. Ya por los años 30, las organizaciones a favor de una cuota de ondas no comerciales como el NCER (parte del Institute of Education Sciences) era caracterizado como “un grupo engañado por pedagogos” demandando tonterías “infantiles”. Por su parte, el “socialista” F. D. Roosevelt no tomó partido por los grupos que se oponían a la toma total de las ondas por los intereses privados porque, frecuente invitado en todas ellas, temía perder este favor político.

Al mismo tiempo, en Canadá se realizaron discusiones populares en decenas de ciudades para decidir qué era lo más conveniente, si seguir un incipiente proceso de comercialización del nuevo medio que se estaba dando en Estados Unidos a través de los avisos o mantener los medios independientes del capital privado. Como lo resumió el hombre de negocios y socialista canadiense Graham Spry al millonario estadounidense y defensor de los medios públicos, Armstrong Perry: “Nuestro mayor temor no es sólo el monopolio [comercial] sino el poder extranjero que viene con el monopolio”. La decisión mayoritaria fue mantener la radiodifusión como un servicio público, no comercial.

No obstante, el poder de los capitales acumulados era abrumador. Como observó el profesor Robert McChensny, el mismo proceso ocurrió durante los 90 en el debate sobre el estatus legal de Internet: mantener el nuevo medio de comunicación regulado por los gobiernos o dejarlo librado a las “leyes del mercado” y a los intereses de las corporaciones. El 22 de junio de 1998, el New York Time reportaba “un clima en el que cualquier regulación de Internet en su infancia comercial se considera alta traición”.

En 1934, los lobbies privatizadores y contra la petición de un 25 por ciento para canales no comerciales en Estados Unidos lograron su mayor éxito con la Ley de Comunicaciones. Esta fue la ley rectora de los medios hasta la Ley de Telecomunicaciones de 1996, no por casualidad diseñada para regular el nuevo medio, Internet, bajo la nueva ideología neoliberal de privatizaciones y desregulaciones de la “libertad comercial”. Entre otras previsiones, eliminó el número legal de canales en manos de un mismo grupo financiero. Es el caso de Sinclair Broadcast Group, el cual actualmente es dueño de casi doscientos canales locales en diferentes estados (afiliados a las grandes cadenas nacionales como Fox, CBS y NBC) los cuales son forzados a leer manifiestos del directorio central como si se tratase de información real, objetiva e independiente, en todos los casos en apoyo de la ideología conservadora de las grandes corporaciones.

En 1938, años después del asalto privatizador de los medios, la NBC concluía: “Nuestros medios son lo que son porque operan en la democracia estadounidense. Es un sistema libre porque este es un país libre. Es de propiedad privada porque la propiedad privada es una de nuestras doctrinas nacionales. Se mantiene de forma privada, a través del patrocinio comercial de una parte de las horas del programa, y sin costo alguno para el oyente, porque el nuestro es un sistema económico gratuito”.

En Inglaterra, con la BBC y con el apoyo mayoritario de la población, la radiofonía permaneció, en su gran mayoría, como servicio público, no comercial, hasta una década después de la Segunda Guerra Mundial. Desde los años cincuenta hasta los ochenta, permaneció como propiedad mixta entre capitales públicos y privados pero con un claro control de calidad en cuanto a los contenidos culturales y de información por parte del Estado. Esto comenzó a cambiar a partir del neoliberalismo impuesto por el gobierno de Margaret Thatcher en los 80. Para los 90, la comercialización del servicio público británico tuvo lugar en Estados Unidos con el fin de recaudar fondos para su central en Inglaterra.

La historia de Internet es un calco del proceso que sufrió la radio. A mediados de los años 20, cuando la radio, el nuevo medio revolucionario por entonces ya había sido inventado y su uso se encontraba en desarrollo, un tercio de las ondas todavía eran de servicio público, es decir, educativas o no comerciales. Similar a todos los medios de comunicación anteriores, Internet no fue inventada por ningún “exitoso hombre de negocios” sino por profesores estadounidenses que, a pesar de su origen militar, creyeron crear un medio anárquico; primero una red no comercial de investigadores y luego una red abierta al público para la interacción y la difusión de las ideas y la información. Como observa McChensny: “Internet nunca hubiese sido creada por ninguna compañía privada; no sólo porque el tiempo de espera para los retornos de ganancia hubiese sido inaceptable, sino por su idea fundamental de una arquitectura de propiedad abierta hubiese sido inaceptable para las compañías privadas”.

Un par de décadas después, cuando la idea y toda la estructura de Internet ya estaba desarrollada en base al principio más democrático de propiedad pública, como todos los medios y todos los grades inventos anteriores fue secuestrada por el poder de turno que, en lo que se refiere a los últimos siglos, está basado en el dinero y en la concentración de los capitales, es decir, las grandes corporaciones. La privatización y comercialización de Internet a través de diferentes leyes desreguladoras ocurrieron en los años 90, no por casualidad en la cresta de la ola neoliberal. Washington decidió la privatización de grandes sectores de la red en 1993, cuando hasta entonces se encontraba prohibida y se había mantenido y desarrollado como una realidad anárquica, amenazando en convertirse en propiedad de la gente común. La idea original de quienes trabajaron en esos proyectos no iba en favor del monopolio de un gobierno, pero tampoco en favor del oligopolio de las grandes corporaciones (protegidas por ese mismo gobierno) que en pocos años se hicieron con este instrumento fundamental de creación de realidad y de opinión pública, no en su totalidad, pero sí en un grado suficiente para mantener el control.

Incluso una poderosa publicación liberal (es decir, conservadora) como The Economist lo reconoció en 1998, aunque no sin sus clásicas ambigüedades de clase: “Cuando Cyberia [Internet] era un pequeño país de académicos, sus leyes funcionaban muy bien. Pero ahora ha sido colonizada por el mercado. Es necesaria una acción más en favor de los negocios” (“The death of an icon”, 22 de octubre de 1998). El poder siempre tiene una buena excusa para apropiarse de todos los inventos, habidos y por haber.

En este caso, la decisión de privatizar Internet se tomó muchos años antes, en 1990, en una reunión en Harvard University, a la cual asistieron representantes del gobierno de Washington y de las grandes corporaciones de las telecomunicaciones. Por supuesto que ni siquiera hubo un profesor de otras áreas, como ciencias o humanidades. Menos hubo un representante del pueblo, ni estadounidense ni de ningún otro pueblo. La democracia es siempre un estorbo para el progreso y la libertad, ¿no? “Es verdad, el gobierno creó Internet con sus recursos, pero el muchacho ha crecido y se ha ido de casa”, fue la explicación de uno de los miembros de la Internet Society (ISOC), interesados en su privatización (Wall Street Journal, 4 de junio de 1998, p. 26).

No por otra razón, en 1996 se aprobó la ley más importante sobre medios de comunicación desde 1934, la Ley de Telecomunicaciones, la que liberaba las fuerzas de los grandes lobbies y corporaciones en nombre de una participación democrática de todos los actores privados. Gracias a esta ley, una misma corporación dejó de estar limitada en el número de medios autorizados para operar. La libertad de los liberales y, más recientemente, de los libertarios conservadores, la libertad de los poderosos, la libertad de los dueños de los países. Que viva la libertad.

Desde la comercialización de Internet, la gente no abandonó la radio ni la televisión, sino que sumó un nuevo medio, agregando varias horas por día al mercado de la atención. Al igual que con la popularización de los periódicos en el siglo XIX, el nuevo medio prometía democratizar la información y crear pueblos e individuos más libres. Al igual que con todos los nuevos medios de comunicación, con Internet y las redes sociales esta libertad ha sido fuertemente cuestionada. Al igual que en todos los casos anteriores, los poderes de las elites de turno secuestraron los nuevos medios y las nuevas tecnologías desde el primer día y, en ningún caso, fue con un propósito altruista de ceder poder a la abrumadora mayoría de los de abajo, los (aparentemente) sin poder. Esta urgencia fue aún más importante en aquellos países que habían consolidado un sistema de democracia liberal con votaciones periódicas. De esta forma, los medios justificaron los fines y la opinión pública se convirtió en el commodity y en el arma más valiosa.

En octubre de 2022, el hombre más rico del planeta, Elon Musk, compró Twitter por 44 mil millones y, antes de conocer siquiera a los principales directores de la empresa, prometió despedir a la mitad de los empleados para “limpiar la casa”. Los asalariados son siempre basura para los psicópatas que aman el éxito y el ejercicio del poder despidiendo empleados. Para noviembre, ya había cumplido con su promesa y, en nombre de la libertad, propuso diferentes cobros del servicio, aparte de comenzar a incluir publicidad. En Twitter la libertad comenzó a expresarse con una explosión de racismo y violencia política. La red no mejoró pero el señor Musk continuó haciendo miles de millones de dólares. De una junta administrativa se pasó a una dictadura más estilo banana republic con un jefe psicópata, autopromocionado como el paladín de la libertad y la democracia.

La introducción de publicidad en Twitter es la repetición del proceso de comercialización de un medio de comunicación, exactamente como ocurrió con la radio en los años 30, con la televisión más tarde y con las compañías de telecomunicación y, principalmente, con Internet en los años 90. La comercialización se vendió por parte de políticos, presidentes y grandes gerentes como una forma de expandir la libertad y la neutralidad ideológica, como si los grandes negocios y la cultura de adoración de las corporaciones y los multimillonarios no se sostuviera con un permanente y ubicuo bombardeo ideológico que es aceptado como si fuese la lluvia que da vida a los campos. Los anunciantes que realmente importan en esta lógica son las grandes compañías, no los pequeños negocios. Más aún, en los países periféricos (la mayoría del mundo) ni las grandes compañías tienen muchas chances de pagar publicidad en las plataformas en la escala en que lo hacen las compañías de los países dominantes.

La super comercialización de las sociedades ha creado una cultura del consumo y, con ella, la fosilización de la ideología que diviniza las leyes del mercado sobre toda actividad humana, define el éxito (los millonarios) y demoniza cualquier opción bajo alguna figura ficticia (los trabajadores holgazanes o los socialistas come niños). No hay consumo sin beneficios y no hay concentración de las ganancias sin un consumismo que impida cualquier pensamiento radical que se oponga a una realidad radical.

En el ensayo “There are Alternatives” publicado en 1998, el filósofo Jünger Habermas fue categórico: “No creo que podamos tener ilusiones sobre lo público de una sociedad en la que los medios de comunicación comerciales marcan la pauta” (New Left Review, setiembre 1998). Claro que, como decía NBC y los lobbies empresariales en los años 30, todas estas opiniones no comerciales son irrealistasinfantiles, y están contra la libertad y la democracia. Al fin y al cabo, Habermas como el profesor Einstein o el pionero de la computación moderna, Alan Turing y los filósofos o inventores de los últimos siglos han sido todos pobres, irrealistas y fracasados.

Hoy, en Estados Unidos, existe una cadena pública de televisión, PBS, y una de radio, NPR. Hasta la presidencia de Ronald Reagan, la mayoría de sus ingresos procedían del gobierno federal, lo cual se fue reduciendo en las décadas posteriores hasta un magro 15 por ciento, en un persistente intenso en convertirlas, sino en privadas, al menos en cadenas comerciales. A pesar de ser los mayores productores de contenido cultural e informativo profesional del país, todos los años deben mendigar donaciones a su público para complementar su menguado presupuesto, siempre bajo ataque de los políticos conservadores y las corporaciones que los financian, los que entienden que la existencia de un medio depende de su rating. Por otro lado, como ya lo observó Robert McChesney, “lo último que quieren las cadenas comerciales es que PBS y NPR salgan a competir por la publicidad, sobre todo entre aquel público educado y de clase media alta. Cuando en 1998 el gobierno de Francia limitó el tiempo de publicidad en la televisión pública, TF1, la mayor cadena comercial del país, se vio de repente beneficiada”.

En 2025, el presidente Donald Trump eliminó casi todos los fondos del gobierno para NPR y PBS.

La misma historia ha sido y continúa siendo la historia de la Inteligencia Artificial. Luego de 70 años de investigación, experimentación y naturales fracasos por parte de sus creadores no capitalistas, se logró su desarrollo a principios del siglo XXI. Para 2015, luego de la aceleración del desarrollo de los modelos de lenguaje y aprendizaje artificial, se fundó una de las compañías más visible de la actualidad, OpenAI. Sus fundadores no inventaron nada, pero iniciaron el proyecto como una organización sin fines de lucro (nonprofit) para “asegurar que la inteligencia artificial general (AGI) beneficie a toda la humanidad”. En 2019 comenzó su privatización. Luego del éxito de ChatGPT, en 2025 OpenAI pasó de organización “sin fines de lucro” a corporación en gran parte privatizada, con fines de lucro.

 

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El pensamiento de la barbarie

Por Jorge Majfud |

Me da pudor repetirme, pero luego de treinta años, siempre escucho y leo los mismos argumentos, más cargados de obviedad que de confirmación histórica, como si el mundo hubiese sido creado ayer. Por supuesto que nadie es dueño de la verdad y hasta los físicos cuánticos del MIT se equivocan con los quarks, pero es penoso tener que escuchar, con respeto, teorías de borrachos de bar (por recordar a Umberto Eco) como si estuviesen descubriendo la pólvora o, peor, la piedra filosofal; y como si sus desvaríos o, peor, sus clichés de siempre tuviesen el mismo valor que la Teoría de la evolución o la Teoría de la Relatividad.

Hoy, a los borrachos de bar, se les han sumado mercenarios académicos, o algo parecido, dispuestos a sostener que “la Tierra es el centro del Universo” con tal de que alguna gran editorial (a juzgar por la historia, promovidas por la CIA y por pequeñas donaciones de grandes corporaciones) los lance a la fama y a ingresos de ventas que, de otra forma, por el solo peso de sus ideas, seguirían siendo solo borrachos de bar―con algún título universitario, claro. El mercado y la cultura consumista saben lo que hacen: explotan nuestras emociones cavernícolas, en instituciones medievales, con una tecnología de los dioses―por parafrasear a Edward Wilson.

Desde hace muchos años, cada vez que en alguna de mis clases dibujo tres rombos contiguos en la pizarra y pregunto qué es, siempre, y sin excepciones, los estudiantes me responden que “es un cubo”.

No son niños, son universitarios.

“¿Un objeto de 3D?”, insisto, para que no queden dudas. La respuesta es siempre obvia:

“Sí, ¡claro!”

Un objeto de tres dimensiones. No recuerdo una excepción en ninguna de mis clases, pero sí sabemos que algunos pueblos de Polinesia, antes de la colonización, solían ver una figura en 2D, en lugar de un cubo; en cambio, no veían una historia en una secuencia de una historieta.

Cuando estoy un poco aburrido, arrimo la cara a la pizarra y miro la figura del supuesto cubo desde la superficie:

“Pues, yo no veo ningún objeto”, les digo. “Desde aquí, más bien se ve una línea, como si desde sus butacas se viese sólo una figura en de dos dimensiones…”

“El cubo es real porque lo puedo ver”, me dijo un estudiante.

Le proyecté una pantalla amarilla.

“Es este color que ven aquí real?”

Respuesta unánime:

“Obvio, es el amarillo. It’s the color yellow. Lo vemos todos. Es real”.

“Entiendo. Es real” les contesté. “Sin embargo, es una realidad que no existe. Al menos, no es más real que los sueños.”

Hubo una risa unánime.

Este amarillo no existe fuera de nuestros cerebros. El proyector, como cualquier pantalla digital, sólo proyecta verde, rojo y azul. Ni siquiera nuestra retina tiene conos sensibles al amarillo. Es una ilusión, una ilusión consistente que nos evita chocar en un cruce con semáforos. Exactamente igual a la inexistencia del olor de una rosa, que solo existe cuando alguien la acerca a su nariz. Antes y después, el olor no existe. O Nocturnos de Chopin. Esa belleza de piano es una “complicidad humana”, pero sin una persona que la escuche, es simple vibración del aire, como el olor es simple química antes de convertirse en olor en un cerebro animal.

Tengo un gran respeto por los jóvenes, porque sé que, aún de viejos, seguimos aprendiendo, cambiando o ajustando nuestra comprensión del mundo. Para peor (¿por qué para peor?), nunca podemos decir que alcanzamos la verdad, al menos que seamos algún tipo de fanático, uno de esos que sobran en la historia de la Humanidad.

Lo que me queda claro es que, sin la ahora maldita educación (“los profesores son los enemigos”, JD Vance, JG Milei) deberíamos empezar como los sumerios antes de sus complejas tablets de arcilla y su Silicon Valley, hace 5.200 años; o como los cavernícolas, casi un millón de años atrás, dominando el fuego para, así, de viejos, descubrir que el 73 es el número más misteriosos o que menstruar no significa estar enferma, sino todo lo contrario.

Esta proyección de lo que entendemos (el cubo) sobre lo que vemos (los rombos) es universal. También creo que ya analizamos y repetimos hasta el cansancio que hay palabras que son ideoléxicos (¿cubos?) y, por lo tanto, su significado es un producto histórico, el resultado de múltiples luchas filosóficas, políticas y sociales (La narración de lo invisible: Una teoría política sobre los campos semánticos, 2004).

Así también, por ejemplo, cuando hablamos de Europa y África en el siglo XIII, o más tarde, proyectamos en esas dos palabras nuestro limitado conocimiento y vemos un continente desarrollado y otro pobre, el exacto contrario de la realidad. Lo mismo con los siglos que duró el Imperio árabe y la Europa de entonces. Una era el centro desarrollado del mundo y otra una periferia llena de fanáticos talibanes―y no era precisamente el mundo islámico.

Lo mismo podemos decir con palabras como “estadounidense”: los más fanáticos chauvinistas ni siquiera consideran que el pasado es un país extranjero, y que el estereotipo de “americano”, el cowboy (ese mexicano blanco) tipo Clint Eastwood (esa invención de un italiano) hubiese sido irreconocible para la generación fundadora, más británica en sus formas―no en su fanatismo de la propiedad privada a través de la violencia del despojo ajeno.

Esta tesis que publicamos en la Universidad de Georgia en 2004, aunque ponía el acento en una guerra cultural (sin negar el valor históricamente probado de la lógica marxista del materialismo dialectico, aunque en apariencia se le oponga) pretendía exactamente lo contrario a los productos sucesivos de la actual guerra cultural.

Cuando leímos afirmaciones como que “el nazismo era de izquierda” porque su nombre completo era “Nacional Socialismo”, lo tomamos como cuando un niño nos dice que en la Antártida los pingüinos caminan patas arriba, porque el Sur está abajo. O que la Tierra es plana, para no irnos tan lejos. Naturalmente que el comercio del odio, la crueldad y la tontería siempre será muy rentable para las grandes editoriales y los grandes medios.

Si seguimos esta línea de análisis pseudo-etimológico, habrá que decir, sin ningún lugar a dudas, que “los libertarios son comunistas anarquistas”. Ese es el origen de la palabra y de la bandera libertaria. Es decir, o sea, Ron deSantis, los MAGA, los libertos de Milei, de Bolsonaro, de Kast (los neofascistas, los miembros ultraconservadores del CPAC que fundó esta corriente orgullosa de su mediocridad) son anarco-sindicalistas y comunistas anarquistas. Digo, para entendernos con el nivel cloaca que domina hoy el pensamiento (si se puede llamar así) antiilustrado y anti cultura.

El pensamiento de la barbarie. Claro, para disimular, hay que acusar a los demás de nuestras dolencias. Un personaje de El mar estaba sereno (2016), whisky mediante, reconocía que “había fracasado repetidas veces en el vulgar intento de ser amado por los demás. En compensación, había logrado la admiración y el temor ajeno, como un dios antiguo, aunque en la medida justa y necesaria. Pero no el cariño y mucho menos el amor de nadie… Con el tiempo había desarrollado su propia teoría psicológica, a pesar de sus rudimentos intelectuales: todo individuo que se ama por lo que hace, se detesta por lo que es”.

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ChatGPT: ¿por qué, para qué y para quién escribimos?

Por: Jorge Majfud *

En una universidad de Florida, cuyo nombre no quiero mencionar, no ha mucho tiempo un estudiante me rebatió una idea sobre el nacimiento del capitalismo usando el resumen de un libro realizado minutos antes por ChatGPT. Tal vez era Gemini o cualquier otra inteligencia artificial. Le sugerí que le pidiese al ente virtual las fuentes de su afirmación y, diez segundos, después el estudiante la tenía a mano: la idea procedía del libro “Flies in the Spiderweb: History of the Commercialization of Existence―and Its Means”. Eso es eficiencia a la velocidad de la luz.

Naturalmente, el joven no tenía por qué saber que ese libro lo había escrito yo. La mayoría de mis más de doscientos estudiantes por año son jóvenes en sus veintes, probablemente la mejor década de la vida para la mayoría de las personas; probablemente, la década más desperdiciada. Por pudor y por principio, nunca pongo mis libros como lectura obligatoria. Además, sería legítimo refutarme usando mis propios escritos. Hace mucho tiempo ya, tal vez un par de siglos, que el autor no es la autoridad ni de sus propios libros.

Seguramente la IA no citó ese libro como referencia autorizada de algo sino, más bien, el estudiante tomó algunas de mis palabras y los dioses del e-Olimpo se acordaron de este modesto y molesto profesor. Parafraseando a Andy Warhol, hoy todos podemos ser Aristóteles y Camus por treinta segundos ―sospecho que Warhol le robó la idea a Dostoievski; sin mala intención, claro.

El resumen del dios GPT era tan malo que simplemente demostraba que la IA no había entendido nada del libro más allá de los primeros capítulos y había mezclado datos y conclusiones desde una perspectiva políticamente correcta. Es decir, una inteligencia artificial muy, pero muy humana, fácil de manipular por las ideas de la clase dominante, esa que luego irá a demonizar las ideas alternativas de las clases subordinadas.

No digo que las artiligencias sean siempre así de malas lectoras, pero, por lo general, basta con corregirlas para que se disculpen por el error. Seguramente mejorarán con el tiempo, porque son como niños prodigios, muy aplicados; asisten a todas las clases y toman nota de todo lo que puede ser relevante para convertirnos a los humanos en todo lo más irrelevante que podamos ser. En muchos casos, ya leen mejor que nuestros estudiantes, que cada vez confían más en esos dioses y menos en su propia capacidad intelectual y en su esfuerzo crítico―extraños dioses omniscientes y omnipresentes; extraños dioses, además, porque sus existencias se pueden probar.

“¿Profesor, para qué necesito estudiar matemáticas si voy a ser embajadora?”

“¿Y para qué carajo te matas en el gimnasio, si no vas a ser deportista?”

No estoy en contra de usar las nuevas herramientas para comprender o hacer algo. Solo estoy en contra de renunciar a una comprensión crítica ante algo que es percibido como infalible o, al menos, superior, como un dios posthumano, e-olímpico e, incluso, como un temible dios abrahámico; es decir, un dios celoso y, tal vez algún día, también lleno de ira.

Por otro lado, esto nos interpela a las generaciones anteriores y, en particular, a aquellos profesores, autores de libros o de estudios de largo aliento. Desde hace algunos años, me he propuesto que “este será mi último libro”, pero reincido. Todavía. Algún día, los libros escritos por seres humanos comenzarán a hacerse cada vez más escasos, como los bitcoins, y su valor cobrará una dimensión todavía desconocida.

A una escala más global, esa histórica tendencia humana a convertirse en cyborgs (el mejoramiento del cuerpo humano con herramientas de producción y de destrucción), probablemente derive en un régimen de apartheid impuesto por las inteligencias artificiales; por un lado, ellas, por el otro nosotros, con frecuentes tratados de paz, de colaboración y de destrucción. Una Gaza Global, en pocas palabras―al fin y al cabo, las IA habrán nacido de nosotros. Sus administradores ya tienen mucho de Washington o Tel Aviv y sus consumidores mucho de Palestina.

Claro, esta crisis existencial no se limita a la escritura ni a la actividad intelectual, pero en nuestro gremio cada medio siglo nos preguntamos por qué escribimos, sin alcanzar nunca una respuesta satisfactoria. Muchas veces, desde hace un par de años ya, tengo la fuerte impresión de que hemos dejado de escribir (al menos, libros) para lectores humanos, esa especie en peligro de extinción. Escribimos para las inteligencias artificiales, las cuales le resumirán nuestras investigaciones a nuestros estudiantes, demasiado perezosos e incapaces de leer un libro de cuatrocientas páginas y, mucho menos, entender un carajo de qué va la cosa. Invertimos horas, meses y años en investigaciones y en escritura que, sin quererlo, donaremos a los multibillonarios como si fuésemos miembros involuntarios de la secta de la Ilustración Oscura, liderada y sermoneada por los brujos dueños del mundo que (todavía) residen en Silicon Valley y en Wall Street. Y lo peor: para entonces, los humanos habrán perdido eso que los hizo humanos civilizados―el placer de la lectura, serena y reflexiva.

También puede haber razones egoístas y personales de nuestra parte. Al menos yo, escribo libros por puro placer y, sobre todo, para intentar comprender el caos del mundo humano. Una tarea desde el inicio imposible, pero inevitable.

Tal vez, en un tiempo no muy lejano, una nueva civilización postcapitalista (¿posthumana o más humana?) escribirá sus libros de historia y conocerá nuestro tiempo, hoy tan orgulloso de sus progresos, como la Era de la Barbarie. Claro, eso si la humanidad sobrevive a esta orgullosa barbarie.

No hace mucho, una amable lectora publicó en X un fragmento de una consulta que le hizo a ChatGPT. El fragmento afirmaba, o reconocía, que “los modelos de IA, como los grandes modelos de lenguaje, se entrenan con enormes cantidades de texto provenientes de libros, artículos, ensayos y publicaciones en línea. Autores e intelectuales que escriben de manera crítica y profunda, como Majfud, forman parte de ese conjunto de datos. Cuando la IA procesa estos textos, aprende patrones de razonamiento, argumentación y crítica cultural. Así, perspectivas filosóficas sobre política, economía y justicia social pueden aparecer en sus respuestas”.

Me pregunto si no estoy siendo autocomplaciente al copiar aquí este párrafo y, aunque la respuesta puede ser , por otro lado, no puedo eliminarlo sin perder un claro ejemplo ilustrativo de lo que quiero decir: (1) las IA nos usan y nos plagian todos los días. Quienes son (todavía) dueños de esos dioses pronto descubrirán que (2) somos una mala influencia para las futuras generaciones de no lectores, por lo que comenzarán a distorsionar lo que los últimos humanos escribieron y, más fácil, ignorarlos deliberadamente.

Al fin y al cabo, así evolucionó un tyrannosaurus de una ameba. Como humanos, sólo puedo decir: ha sido muy interesante haber existido como miembro de la especie humana. No fuimos tan importantes como creíamos. Apenas fuimos una anécdota. Una anécdota interesante para quienes la vivimos, no para el resto del Universo que ni siquiera se enteró.

*Ensayista y profesor universitario uruguayo-estadounidense. Actualmente es profesor en Jacksonville University 

Majfud

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Humano se hace, no se nace

Por: Jorge Majfud

Cuando nace un niño, lo que nace no es un humano: es un pequeño, adorable animal con la capacidad de convertirse en humano, reconocido desde antes de nacer como humano por sus padres y por la sociedad. El amor de los padres no lo hace humano. También los lobos aman y protegen a sus crías. Poco a poco se convertirá en un individuo, algo que no existe fuera de la sociedad, porque no existe un individuo sin sociedad.

No entraré en consideraciones ontológicas sobre qué es un ser humano (“un bípedo implume”) para no complicar algo que puede ser entendido de una forma más fácil. Consideramos algo por demás obvio: el color amarillo de ese tigre que procede de su pantalla de teléfono, computadora o televisor no existe. Esto es extremadamente fácil de entender. Las pantallas sólo pueden emitir en un tubo de rayos catódicos del siglo XX o en cada pixel de nuestro tiempo tres ondas visibles específicas: rojo, azul y verde. Ni una más. Tampoco es necesario―bastante costó el azul. El amarillo es sólo la combinación de rojo y verde con una misma intensidad.

Tampoco tenemos en nuestras retinas células sensibles al amarillo. De los siete millones de conos que poseemos los humanoides, ninguno es sensible al amarillo. Sólo detectan tres colores. ¿Parecen pocos? Sí, si consideramos que un pequeño pájaro posee cinco tipos de conos, y pueden ver la luz ultravioleta. Pero los humanoides somos privilegiados al poseer una célula retiniana más que los jabalíes y los ciervos, que sólo poseen dos y, por lo tanto, ven al tigre de color verde.

Entonces, ¿son los tigres verdes o amarillos? La afirmación también parece una provocación inútil, pero si decimos que los tigres son amarillos, estamos omitiendo dos cosas: uno, que son amarillos para los humanoides, pero verdes para otras especies. De hecho, que los tigres sean verdes es más lógico, desde el punto de vista de la evolución a su favor (ya que mejora su camuflaje) y es una ventaja evolutiva de los humanos, ya que mejora la visibilidad del peligro en la selva. Es muy probable que a este simple detalle los humanos, o al menos los asiáticos, le deban su exitosa sobrevivencia. Por otro lado, como mencioné más arriba, lo que significa “amarillo” en el tigre es un fenómeno puramente mental que no existe en el mundo exterior. Es una ilusión. Una ilusión consistente, por lo cual no podemos decir exactamente qué ven otros humanos cuando en un cruce con semáforo se enciende la luz roja, pero sí podemos decir que, sea lo que sea, es siempre lo mismo, por lo cual no hay accidentes si todos estamos atentos al cambio de color. (Los daltónicos no pueden distinguir verde de rojo, pero saben que el rojo está abajo.)Anuncio publicitario

Está de más decir que lo mismo aplica a los olores. Los olores no existen fuera del cerebro de algún animal. Una rosa emite químicos. El olor no es una realidad sino un efecto neuronal. Nada más. Podíamos seguir con los sonidos: Nocturna de Chopin, fuera del cerebro humano, es sólo una secuencia de vibraciones de moléculas de aire. Se convierten en “sonido” dentro del cerebro animal. A eso, debemos agregar el factor humano, es decir, el factor cultural: Nocturna, como cualquier otro sonido (un disparo de revólver, por ejemplo), está fuertemente ligada a una experiencia humana que, además de sonido, se convierte en significados y emociones.

Ahora, consideremos de la misma forma eso que llamamos ser humano y, más específicamente, individuo. El individualismo es un dogma capitalista (uno de los más destructivos de la historia), pero el individuo también es una construcción, aunque mucho más universal. Está centrada en la ilusión de que un humanoide nace ser humano y todo su ser se concentra en un cuerpo humanoide, independiente, que vive asociado con otros para formar una sociedad y una cultura. El error radica en que el individuo es parte de una cultura y de una evolución histórica de decenas de miles de años. La cultura crea más al individuo humano que el individuo humano crea cultura. Una cultura puede existir sin muchos individuos, siempre y cuando existan “individuos”, pero no viceversa.

Consideremos el caso de “el individuo”. Su condición está definida por una sociedad. Todo lo que desea, aspira, teme, rechaza, promueve; todas sus alegrías, tristezas, éxitos, fracasos están definidas en relación a una sociedad, a lo que esa sociedad espera o no espera de él, a lo que esa sociedad le provee o le impone. Consideremos una persona que naufraga y sobrevive nadando hacia una isla sin humanos. Esa persona podrá vivir por años sin ver a un solo ser humano, pero la sociedad y la cultura que dejó (los otros) nunca la abandonarán. Todas sus emociones podrán cambiar, pero hasta el último momento de su vida, el mundo perdido estará en ella, como una lengua materna y los recuerdos infantiles (“las raíces son lo último que se seca”) permanecen hasta el último minuto de conciencia de un ser humano, ya sea que acepte o que rechace ese pasado, como nostalgia o como trauma. Es decir, seguirá siendo un individuo humano porque seguirá estando definido y condicionado por esa sociedad que perdió.

Ahora consideramos que esa mujer náufraga, siete o nueve meses después no sobrevive a un parto, pero su hija sí porque, supongamos, es salvada del hambre por la leche de una loba, como afirma el mito fundacional de Roma―dejemos de lado que es probable que haya sido una confusión lingüística, ya que en italiano y en latín loba y prostituta (lupa-lupanar) es lo mismo.

Esa niña no sería un ser humano, aunque si alguien llegase a esa isla la identificaría como tal y la rescataría de su supuesta desgracia inhumana. No sería un ser humano sino una loba con cuerpo humanoide y con habilidades humanoides, como la de articular un lenguaje verbal que nunca desarrollará. Sería una loba experta en la caza de conejos que por las noches aullaría llamando a un lobo macho de su clan o de un clan ajeno. Si no lo hiciera, de todas formas, no se representaría como un individuo humano, sino como una loba diferente.

De la misma forma que los recién nacidos, los proto humanos (humanoides) tienen derechos humanos que todos defendemos, es posible que la sensibilidad de los seres humanos un día extiendan esos derechos al resto de los no humanos, de la misma forma que hace algunos siglos se dejó de considerar un grupo de humanos como elegidos por sus dioses y con derechos especiales sobre las vidas ajenas y se universalizó la idea de la igualdad ―la igualdad de derechos, lo que incluye el derecho a ser diferente.

Claro, nada de esa evolución evita que hoy existan cavernícolas que se burlan de ideas como que los humanos no existen, como el color amarillo o el olor de una rosa o Nocturno de Chopin, pero están seguros de que son seres humanos reales y con derechos especiales sobre el resto de la Humanidad.

Rebelión

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La cultura superior: ¿La del líder o la del matón?

Por: Jorge Majfud *

El 4 de marzo de 2025, en un discurso en la University of Austin, el multimillonario CEO de Palantir, Alex Karp, se despachó con un clásico del siglo XIX: “No creo que todas las culturas sean iguales… Esta nación [Estados Unidos] es increíblemente especial y no deberíamos verla como igual, sino como superior”. Como detallamos en el libro Plutocracia: Tiranosaurios del Antropoceno (2024) y en varios programas de televisión, Karp es miembro de la secta de Silicon Valley que, con el apoyo de la CIA y la corpoligarquía de Wall Street promueve el reemplazo de la ineficiente democracia liberal por una monarquía empresarial.

Ahora, nuestra nación, nuestra cultura ¿es superior en qué? ¿En eficiencia para invadir, esclavizar, oprimir otros pueblos? ¿Superior en fanatismo y arrogancia? ¿Superior en la histórica psicopatología de las tribus que se creen elegidas por sus propios dioses (vaya casualidad) y, lejos de ser eso una responsabilidad solidaria con “los pueblos inferiores” se convierte automáticamente en licencia para matar, robar y exterminar al resto? ¿No es la historia de la colonización anglosajona de Asia, África y América la historia del despojo de tierras, bienes y la obsesiva explotación de seres humanos (indios, africanos, mestizos, blancos pobres) que fueron vistos como instrumentos de capitalización en lugar de seres humanos? ¿De qué estamos hablando cuando hablamos de “cultura superior” así, con esas afirmaciones indiscriminadas y con un oculto pero fuerte contenido místico religioso, como lo fue el Destino Manifiesto?

No sólo hemos respondido a esto en los diarios hace un cuarto de siglo, sino que por entonces advertimos del fascismo que iba a suicidar a ese occidente orgulloso que ahora se queja de que lo están suicidando sus enemigos, como lo dijo Elon Musk días antes. Uno de aquellos extensos ensayos, escrito en 2002 y publicado por el diario La República de Uruguay en enero de 2003 y por Monthly Review de Nueva York en 2006, llevaba por título “El lento suicidio de Occidente”.

Esta la ideología del egoísmo y del individuo alienado como ideales superiores, promovida desde Adam Smith en el siglo XVIII y radicalizada por escritores como Ayn Rand y presidentes, desde potencias mundiales como Donald Trump y marionetas neocoloniales como Javier Milei, se ha revelado como lo que es: puro y duro supremacismo, pura y dura patología caníbal. Tanto el racismo como el patriotismo imperialista son expresiones de egolatría tribal, disimulados en sus opuestos: el amor y la necesidad de sobrevivencia de la especie.

Para darle un barniz de justificación intelectual, los ideólogos de la derecha fascista del siglo XXI recurren a metáforas zoológicas como la del macho alfa. Esta imagen está basada en la manada de lobos esteparios donde un pequeño grupo de lobos sigue a un macho que los salvará del frío y del hambre. Una imagen épica que seduce a millonarios que nunca sufrieron ni el hambre ni el frío. Para el resto que no son millonarios pero que se representan como amenazados por los de abajo (ver “La paradoja de las clases sociales”), el macho alfa es la traducción ideológica de una catarsis del privilegiado histórico que ve que sus derechos especiales pierden el adjetivo especial y pasan a ser sólo derechos, sustantivo desnudo. Es decir, reaccionan furiosos ante la posible pérdida de derechos especiales de género, de clase, de raza, de ciudadanía, de cultura, de hegemonía.

Todos derechos especiales justificados como en el siglo XIX: tenemos derecho a esclavizar a los negros y expoliar a nuestras colonias porque somos una raza superior, una cultura superior y, por ello mismo, Dios nos ama a nosotros y odia a nuestros enemigos, a quienes debemos exterminar antes de que a ellos se le ocurra la misma idea, pero sin nuestros buenos argumentos.

Irónicamente, la idea de ser “elegidos de Dios” o de la naturaleza no impulsa a los fanáticos a cuidar de los “humanos inferiores”, como cuidan de sus mascotas, sino todo lo contrario: el destino de los inferiores y de los débiles debe ser la esclavitud, la obediencia o el exterminio. Si se defienden, son terroristas.

La última versión de estos supremacismos que tanto cometen un genocidio en Palestina o en el Congo con fanático orgullo y convicción como demonizan a las mujeres que en Estados Unidos reclaman derechos iguales, más recientemente encontró su metáfora explicalotodo en la imagen del macho alfa del lobo estepario. Sin embargo, si prestamos atención a la conducta de estos animales y de otras especies, veremos una realidad mucho más compleja y contradictoria.

El profesor de Emory Universiy, Frans de Waal, por décadas uno de los expertos más reconocidos en el estudio de chimpancés, se encargó de demoler esta fantasía. La idea de macho alfa procede de los estudios de lobos en los años 40, pero, no sin ironía, el mismo de Waal se lamentó de que un político estadounidense (el ultraconservador y presidente de la Cámara de Representantes, Newt Gingrich) popularizó su libro Chimpanzee Politics (1982) y el concepto de macho alfa, por las razones equivocadas.

Según de Waal, los macho alfa no son los bullies, sino los líderes conciliadores. “Los machos alfa entre los chimpancés son populares si mantienen la paz y aportan armonía al grupo”. Cuando un verdadero líder enferma (caso mencionado del chimpancé Amos), no es sacrificado, sino que el grupo se hace cargo de su cuidado.

Según de Wall, “debemos distinguir entre dominio y liderazgo. Hay machos que pueden ser la fuerza dominante, pero esos machos terminan mal en el sentido de que los expulsan o los matan… Luego están los machos que tienen cualidades de liderazgo, que disuelven peleas, defienden al desvalido, consuelan al que sufre. Si tiene ese tipo de macho alfa, entonces el grupo se une a él y le permiten permanecer en el poder durante mucho tiempo”. Tiempo que suele ser de cuatro años, aunque hay registros de machos alfa que fueron líderes por 12 años, los cuales solían distribuir la comida y mantener una alianza política con otros líderes más jóvenes, según de Waal. Según de Waal, el macho alfa líder será juzgado según su habilidad de resolver conflictos y de establecer un orden pacífico para su sociedad.

En un conflicto, los líderes alfa “no toman partido por su mejor amigo; evitan o resuelven peleas y, en general, defienden a los más desvalidos. Esto los hace extremadamente populares en el grupo porque brindan seguridad a los miembros de menor rango”.

El macho alfa es el líder por tener el apoyo de la mayoría, pero otros machos jóvenes usarán siempre la misma estrategia para destronarlo e imponerse como dominantes: primero comenzarán con provocaciones indirectas y a distancia para testear la reacción del líder. Si no hay reacción, el joven más fuerte tratará de conquistar a otros machos jóvenes para incrementar sus provocaciones que irán ganando terreno y se volverán más violentas. Luego conquistará aliados con algunos favores. Aunque al candidato alfa bully no les importan los bebés sino el poder, intentará mostrarse cariñoso con las crías de diferentes hembras, exactamente como hacen los políticos en campaña electoral.

*Novelista, ensayista y profesor universitario uruguayo. Actualmente es profesor en Jacksonville University

Rebelión

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