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Las mujeres y la guerra: la historia no contada

Diez periodistas feministas reivindican la entereza de sus abuelas durante la guerra civil y la posguerra en el libro ‘Nietas de la memoria’.

“La gente anónima es, a mi parecer, la verdadera protagonista de la Historia”, dice Carolina Pecharromán, periodista de TVE y una de las 10 autoras que firman Nietas de la memoria (editado por Bala Perdida), un libro de relatos inspirado en las vivencias de sus abuelas durante la guerra civil española y la posguerra. La idea de reunir los recuerdos de sus mayores surgió en el colectivo Las Periodistas Paramos al calor de las manifestaciones feministas del 8 de marzo de 2018.

Aquella movilización sin precedentes, que ocupó las portadas de periódicos de todo el mundo, llevó a varias profesionales de la información a reflexionar sobre las raíces de su reivindicación. Y allí estaban ellas. Allí estaban las abuelas, que vivieron la contienda siendo niñas o adolescentes, y las bisabuelas, “mujeres fuertes, valientes y desconocidas que sacaron adelante a sus familias sin ayuda ni reconocimiento, viviendo situaciones dramáticas que ellas no ocasionaron ni decidieron”, como dice María Grijelmo en su relato. Aunque decir “mujeres fuertes”, añade la periodista, “es una redundancia”.

“Los recuerdos que las autoras nos transmiten de sus abuelas nos introducen en la memoria del vacío y el silencio de aquellas mujeres a las que les ha sido robada su historia”, escribe en el prólogo del libro Carmen Sarmiento, periodista como ellas, corresponsal de guerra pionera en España y feminista militante en una época en la que todo eso de los derechos de la mujer sonaba a extravagancia. Además del golpe de Estado de 1936, de los movimientos militares, de las batallas estratégicas, de la sangre derramada en el frente, estaban también estas mujeres en la retaguardia, tratando de esquivar el hambre y de sobrevivir a una represión salvaje. Solas (porque sus maridos estaban en el frente, en la cárcel, huidos o enterrados en una cuneta), estas mujeres hicieron de todo para poner a salvo a sus hijos e hijas y para que no les faltara lo mínimo: alimento y cariño.

Todas las familias españolas (o al menos la mitad de ellas) podrían contar historias similares. Sin embargo, en todas (o en casi todas) se extendió un manto de silencio sobre aquellos acontecimientos. Se callaron, apretaron los dientes y trataron de seguir viviendo como pudieron los siguientes 36 años de dictadura. E incluso más. Las abuelas no solían hablar de aquello ni siquiera cuando llegó la democracia.

“Las cicatrices siguen ahí y todavía duelen”, dice la protagonista de Vidámia, el relato escrito por la periodista de Canal 9 Isabel Donet. “Las mentiras y los silencios son también memoria. Memoria de una dictadura que murió en la cama”, escribe, por su parte, Carmen Freixa. Es un sentimiento en el que abunda Flores de papel, el relato de Sara Plaza Casares. “El miedo de María no se cura –escribe–. Un miedo que revive cada vez que su hija o alguna de sus nietas se va a una manifestación, participa en alguna asamblea o trae a casa algún panfleto”. “Hasta pone velas a la Virgen”, confirma la autora a La Marea. “No os signifiquéis, nos dice siempre. Ella nunca podrá olvidar que su padre murió en la cárcel precisamente por eso, por pertenecer a la CNT y significarse. Por eso no le gusta que se hable de política en casa. Ese miedo no se va. Pero las vivencias personales sí que las cuenta. Además, yo soy muy preguntona y desde muy pequeñita siempre le he estado preguntando cosas a mi abuela”.

También por “significarse” perdió a su hermano la abuela de Concha San Francisco, otra de las autoras de Nietas de la memoria. Baltasar, que así se llamaba, trabajaba con ella en la chocolatería de Casaseca de las Chanas (Zamora) y pertenecía a Izquierda Republicana. Vendía el género por toda la provincia y era asiduo del café Iberia, en la capital, donde participaba abiertamente en las tertulias políticas. Fue detenido, torturado y fusilado en agosto de 1936. Lo mismo le ocurrió a una de las propietarias del café, Amparo, a la sazón esposa del escritor Ramón J. Sender, a la que ejecutaron a pesar de estar criando a su hija pequeña.

Las razones del libro

Sara Plaza, implicada desde hace años en el activismo vecinal, la defensa del medio ambiente y el antirracismo, lleva sus inquietudes sociales a las páginas de El Salto, la publicación en la que colabora desde hace años. Cuando este proyecto empezó a tomar forma en el chat de Telegram de Las Periodistas Paramos, no lo dudó. Este libro de memorias era necesario. “La Historia está escrita por los vencedores y, además, por los hombres. Conocemos la Historia a través de las vivencias de los militares o de los guerrilleros, pero nadie se ha ocupado de lo que estaban haciendo en ese momento las mujeres, cómo batallaron desde otro lado, desde otra trinchera”, explica.

Esa “otra trinchera” podía estar en la ciudad, refugiadas en los túneles del Metro durante los bombardeos, o en el campo, expuestas a una delación envidiosa y a unos castigos inhumanos. Isa Gaspar Calero cuenta en su relato la represión vivida en Extremadura, donde el falangista Juan Yagüe se ganó su ascenso militar y el apelativo de El carnicero de Badajoz.

En apenas un día asesinó a 4.000 personas en esa ciudad. En Villafranca de los Barros, donde transcurrieron los hechos narrados por Gaspar Calero, los asesinatos se sucedían puerta por puerta. El primo de su abuela, un chico en la flor de su juventud, fue degollado tras ser señalado, falsamente, como izquierdista. En realidad, su delator estaba celoso: decía que “le había quitado a la novia”. La maestra del pueblo, socialista y ugetista, también fue detenida y asesinada por “uno de los los peores delitos de la época: educar a sus alumnas y alumnos en libertad”. La escasez de alimentos se extendió con la guerra. Algunos murieron de hambre. Y por si fuera poco, la violencia contra las mujeres se multiplicó. “Era habitual que los soldados entrasen en las casas y violasen a las mujeres (…). Un padecimiento que no acaba con el acto en sí, pues ser violadas era un estigma que las acompañaba para siempre. (…) Hubo muchos niños sin padre, se les conocía como los niños de la guerra”.

La violencia era física pero también cultural. En aquellos años, el único futuro al que podían acceder las mujeres pasaba por tener un buen matrimonio. “Las mujeres éramos seres al servicio de los padres, luego de los maridos, y luego de los hijos”, escribe María Grijelmo.

Las niñas y el hambre

Las protagonistas de este libro asistieron a estas atrocidades siendo niñas. Y muchas crecieron de golpe. El trabajo infantil, en esa época, era algo completamente normalizado. “Mis abuelos eran de pueblo –cuenta Sara Plaza–, así que mi padre y mis tíos estaban labrando la tierra desde los siete años. Y en el libro hay muchas historias de mujeres que con apenas 12 años se van a servir a casas de gente rica. Marian Álvarez, por ejemplo, cuenta cómo a su abuela Angelines la sacan de su pueblecito de León y la mandan a servir a Bilbao. La madre de Cristina Prieto Sánchez, otra de las autoras, era de Madrid y casi se podría decir que tuvo la suerte de ir al colegio hasta los 14 años. A esa edad entró a trabajar en un taller de costura, donde empezó desde lo más bajo, “mojando sargas para planchar y entregando a domicilio los vestidos de las clientas más exclusivas”. Las propinas que recibía las transformaba rápidamente en “un pastel o un cucurucho de almendras. El hambre, siempre el hambre”.

“Mis abuelos vivieron la guerra siendo unos niños. Ellos veían cosas y aún hoy las cuentan como si fueran niños, desde aquella perspectiva infantil”, explica Sara Plaza. “Mi abuelo habla mucho de la época del racionamiento y cuenta cómo robaba comida o cómo durante la guerra les caía pan desde los aviones [una de las tácticas de Franco para mellar la moral de los hambrientos resistentes de Madrid] y los mayores les decían a los niños: ‘¡No os lo comáis, que puede estar envenenado!”.

Uno de los textos más conmovedores del libro es el que firma Noemí San Juan Martínez, periodista de Aragón TV. En él recrea la correspondencia que Benita y Lola, madre e hija respectivamente, mantienen entre Bilbao y Vera de Moncayo sin saber si esas cartas están llegando realmente a su destino. Lola es una niña a la que mandan a casa de sus tíos en Bilbao por motivos de salud. Allí le pilla la guerra, lo que la mantendrá separada de su familia durante tres años. En ese tiempo será evacuada varias veces, por tierra y por mar, y pasará por distintas localidades de Francia y Cataluña. Pero no dejará de escribir a su madre en ningún momento.

El bloqueo de las comunicaciones, sin embargo, le impedirá conocer las desgarradoras circunstancias por las que está pasando su familia en Aragón. “Mi bisabuela Vicenta también tuvo la posibilidad, en varias ocasiones, de mandar a sus hijos al exterior para ponerlos a salvo”, detalla Sara Plaza. “Había camiones que los llevaban a Valencia y desde ahí embarcaban para el extranjero. La última vez estuvo a punto de hacerlo. Llegó hasta el camión e iba a subirlos, pero en el último momento se arrepintió. Dijo: ‘No, no, no. Mis hijos tienen que seguir conmigo”.

Los hijos en aquella época eran material altamente sensible. Morían a raudales, lo mismo que sus madres durante el parto. En el libro se relatan numerosos episodios relacionados con las enfermedades que entonces sufrían los niños. La misma hija de Vicenta, María, “sufrió lo que hoy se llama violencia obstétrica. Tras una cesárea la apartaron de su hijo, Paquito, que era el primero. Solo podía verlo una hora al día, que es cuando le daba de mamar. Hoy eso sería impensable. Después de comer se lo llevaban a la incubadora, donde permanecía sin vigilancia. Y allí vomitaba todo lo que había comido. Paquito murió de deshidratación al poco de darle el alta”.

Todas estas mujeres han sido heroicas protagonistas de nuestra intrahistoria. Pero la Historia, con mayúsculas, las obvió. Sus recuerdos, sin embargo, han viajado de generación en generación. Es muy significativo que sigan hoy tan vivos, tan a flor de piel, casi 90 años después. “Eso, lo que nos dice, es que no hemos cerrado esas heridas. Porque ni hay verdad, ni hay justicia, ni hay reparación”, afirma Plaza. “En España se cerró en falso la dictadura, tuvimos una falsa transición y tenemos una falsa democracia en la que los culpables no han pagado por sus delitos, las víctimas siguen enterradas en cunetas y la historia sigue estando escrita por los vencedores. Ojalá la Ley de Memoria Histórica pueda tener, por fin, la financiación suficiente para resarcir ese daño y no tengamos que seguir luchando contra el tiempo. Porque ya queda muy poca gente de esa generación. Se nos están muriendo”.

Fuente: https://www.lamarea.com/2020/09/11/las-mujeres-y-la-guerra-la-historia-no-contada/

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Canadá: Cómo las mujeres indígenas se curan a través del arte

Por: Sabrina Velandia

En Canadá, las mujeres indígenas sufren altos índices de violencia.

En 2002, quienes paseaban por el barrio de Downtown East Side en Vancouver, pudieron ver que Rebecca Belmore, del pueblo indígena anishinaabe, había clavado su largo vestido rojo a un poste de teléfono. Luchaba por liberarse, y una vez liberada, con su vestido colgando en añicos y su ropa interior expuesta, leyó en silencio los nombres de las mujeres desaparecidas que tenía escritos en el brazo. Concluyó su actuación gritando los nombres uno por uno.

Belmore es una artista multidisciplinaria, y esto es parte de su obra llamada “Vigil” (Vigilia); a través de la cual rinde homenaje a las vidas de las mujeres indígenas muertas o desaparecidas de las calles de Vancouver. Ella quiere “que todas las mujeres sepan que no las han olvidado: que se evoca su espíritu y que se les da vida por el poder de nombrarlas”.

La actuación, que ahora se muestra en vídeo en las exposiciones de Belmore, puede sorprender a los observadores distraídos pero lo cierto es que en Canadá, que suele estar en lo alto de las listas que califican la calidad de vida global, las mujeres indígenas sufren altos índices de violencia. En 2014, la Real Policía Montada de Canadá confirmó que 1017 mujeres indígenas han sido asesinadas y que otras 164 han desaparecido desde 1980, a pesar de que las mujeres indígenas solo constituyen el 4.3 % de la población femenina del país.

“Vigilia” de la artista Rebecca Belmore. Foto del autora en la exposición “Rebecca Belmore: Facing the Monumental”, Museo de Arte Contemporáneo de Montreal, 2019.

En un estudio de la Asociación de Mujeres Nativas de Canadá (NWAC en inglés) se ha comprobado que las mujeres indígenas tienen tres veces más probabilidades que las no indígenas de ser asesinadas por un desconocido (16.5 %), un conocido (17 %) y por su pareja (23 %).

Ese estudio llega a la conclusión de  que esas mujeres experimentan la violencia por parte de delincuentes indígenas y no indígena, mayoritariamente hombres. También revela que solo el 53 % de estos casos de asesinatos han resultado en acusaciones de homicidio, muy por debajo del 84 % de la tasa nacional de homicidios del país.

La asociación Mujeres Nativas de Quebec (QNW, en inglés) ha afirmado que, antes de la llegada de los europeos, las mujeres indígenas desempeñaban un rol esencial en la salud, espiritualidad, educación, economía y política de sus comunidades. Todo esto cambió drásticamente con la imposición de las políticas del “patriarcado europeo” que han continuado hasta hoy.

Según investigadores de varias universidades canadienses, como Marie-Pierre Bousquet y Sigfrid Tremblay, las políticas sistemáticas colonialistas impuestas por el Gobierno federal del país han tratado de asimilar a los pueblos indígenas al estilo de vida eurocanadiense, lo que erosiona su cultura e identidad nativas.

Un ejemplo de esas políticas es la Ley de Indios, vigente desde 1876, que dicta cómo el Gobierno federal se pronuncia sobre las cuestiones relacionadas con estos pueblos. Originalmente, el objetivo era su progresiva extinción de Canadá. El antropólogo Pierre Lepage dice que esta ley todavía afecta a su capacidad jurídica y socava su autonomía.

La QNW lo  llama “ideología de la supresión” que comenzó con la “progresiva expropiación de los territorios” de las mujeres indígenas y las obligó a ir “de pérdida en pérdida” de recursos, autonomía, identidad y cultura.

Para esta organización, entre las consecuencias del colonialismo figura el contexto socioeconómico desfavorable en el que viven las mujeres indígenas hoy en día, lo que, a su vez, hace que aumenten los riesgos para su propia existencia. Es más, la violencia contra esas mujeres en Canadá se ha calificado de genocidio.

Para vencer su sufrimiento, las mujeres indígenas han denunciado y resistido a un sistema colonizador, racista y machista. Lento pero seguro, el arte se ha convertido en una valiosa herramienta para la expresión y para la catarsis, y les permite reclamar una versión alternativa, incisiva y desgarradora de su historia, y aceptar el papel de la sociedad también en sus desafíos actuales. Aquí están algunas de sus expresiones artísticas más conmovedoras:

“1181” de Rebecca Belmore (2014)

Belmore clavó los 1181 clavos en el tocón de un árbol, cada uno representa un caso de asesinato o desaparición de una mujer indígena registrado por las estadísticas de la Policía.

“Mil ciento ochenta y uno” de la artista Rebecca Belmore. Foto de la autora en la exposición “Rebecca Belmore: Facing the Monumental“, Museo de Arte Contemporaneo de Montreal, 2019.

“Flecos” de Rebecca Belmore (2007)

La obra es una foto de una mujer medio desnuda tumbada de lado, de espaldas a la cámara, en la que se ve una cicatriz cosida que va desde el hombro hasta abajo, y de la que salen  perlas rojas, símbolo de la sangre.

 

Rebecca Belmore, Fringe, Cibachrome transparencia en caja de luz fluorescente. Vista de la instalación, Remai Modern 2019.

Rebecca Belmore: Frente al Monumental está a la vista hasta el 5 de mayo en el Remai Modern.

Únete a una visita guiada gratuita de la exposición este fin de semana a la 1 p.m. el sábado y domingo.

Facing the Monumental está organizado por la Galería de Arte de Ontario y curado por Wanda Nanibush, Curadora de Arte Indígena.

Belmore dice de la pieza “es el cuerpo que no desaparece”. En su trabajo, suele dibujar el cuerpo femenino con cicatrices curadas, como las que llevan muchos supervivientes, para demostrar la resistencia de las mujeres indígenas.

“Caminando con nuestras hermanas” de Christi Belcourt (2012-actualmente)

La artista Christi Belcourtmétis (o francomestizos), raza mestiza (blanco-indígena), realizó una instalación en la que puso en el suelo 1763 pares de palas de mocasines, bordadas con abalorios. Cada una representa a una mujer desaparecida o asesinada, y los niños que nunca regresaron a casa de las escuelas residenciales, responsables de la separación sistémica de los niños indígenas de sus familias y su cultura.

 

“Projecto REDress” de Jamie Black (2011)

Está instalación implicó la recolección de 600 vestidos rojos, color que simboliza la protección contra la violencia, a través de donaciones de la comunidad. Black, artista metís como Belcourt, quería que la obra fuera una respuesta estética a la violencia contra la mujer. A través de la ausencia de cuerpos femeninos que deberían llevar los vestidos crea un recordatorio visual del gran número de mujeres que ya no están.

Imágenes del proyecto “ReDress”. La foto a la izquierda es de Jamie Black, la de derecha es de Sarah Crawley. Utilizadas con autorización.

“Las tres Gracias” de Kent Monkman (2014)

Monkman, artista cree-irlandés, es conocido por crear una fuerte crítica visual que incorpora versiones alternativas de la narrativa dominante del colonialismo, todo ello desde una perspectiva personal e indígena.

Mediante la ironía, Monkman denuncia la violencia contra mujeres indígenas, incluso la explotación sexual y el prejuicio contra quienes trabajan en la industria del sexo. Por ejemplo, su cuadro “Desayuno en el césped” muestra unas prostitutas desnudas tumbadas frente de un hotel en Winnipeg, provincia donde el 70-80 % de la prostitución callejera está constituido por mujeres indígenas.

En su versión de “Las tres Gracias” de Rubens, las diosas del encanto, la belleza y la creatividad están representadas por tres mujeres indígenas con cuerpos diferentes. Con esta pieza, Monkman rinde homenaje a las “hermanas desaparecidas y muertas”; como él mismo dijo “En Canadá, hay mucha violencia contra la mujer indígena […] son más de 1300 las desaparecidas y muertas”.

Como crítico abierto de la falta de comprensión de la sociedad mayoritaria sobre los pueblos indígenas, Monkman también lucha por destacar el poder de la feminidad de las mujeres indígenas, que es muy respetada en la tradición indígena.

 

Cada año en este día, recordamos a nuestras hermanas desaparecidas y asesinadas.

Nuestros parientes en las tierras no cedidas de wet’suwet’en colgaron vestidos rojos para sostener los espíritus de los miles que se han perdido, pero que nunca fueron olvidados. Su campamento fue invadido ilegalmente y los vestidos fueron derribados. Pero recordamos a nuestras hermanas, hijos, hijas, madres, parejas, tías, amigos y abuelas. Los recordamos siempre.

Los unist’ot’en no consienten que haya campos de trabajo industrial en sus territorios. Estos campos de hombres aumentan la violencia contra nuestras hermanas en todas nuestras tierras.

Quenes protegen a sus hermanas también protegen la tierra. Lo hacen con amor, Sâkihiwêwin. Lo hacen por todos nosotros.
– Srta. Jefe Águila Testickle

El arte indígena es una terapia para el sufrimiento individual y colectivo. Según la Comisión de la Salud y Servicios Sociales, promueve la resistencia y surte un efecto positivo en la identidad, autoestima, bienestar emocional y salud mental y física. El arte como herramienta educativa también podría servir para que el Gobierno canadiense se responsabilice por sus políticas y promover un autentico proceso de reconciliación.

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Alberto Croce: Presentación en reunión extraordinaria del Comité Directivo Regional de Educación 2030 – UNESCO, como representante de la CLADE

Presentación en reunión extraordinaria del Comité Directivo Regional de Educación 2030 – UNESCO, como representante de la CLADE

23-9-2020.

Fuente: https://albertocesarcroce.wordpress.com/2020/09/23/situacion-regional-educativa-y-exigencias-en-tiempos-de-pandemia/

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Brasil: Plataforma Sindical Anticapitalista _ Boletim Nacional #TRÊS | 25/9/20

A NECROPOLÍTICA DO RJ QUER COMETER UM GENOCÍDIO E OS EDUCADORES SERÃO O CARRASCOS!*
     _por Felipe Duque_
“Endividamentos do Estado”, “combate a violência”, “ajuste fiscal” e outras falácias, para legitimar uma ofensiva aos servidores públicos.  🔗bit.ly/3068R94
😡 *EM UMA SÓ VOZ: NÃO À INTERVENÇÃO! POR DEMOCRACIA E AUTONOMIA NA UFRGS*
     _Maria Glória Souza, Ricardo Souza e Rui Muniz_
Acontece na UFRGS uma intervenção política do Governo de Bolsonaro, sustentada pela legalidade e se justificando pela legitimidade de escolha em uma lista tríplice.  🔗bit.ly/2G8JEDQ
😷 *RETORNO ÀS AULAS PRESENCIAIS, A INVISIBILIDADE DOCENTE E O DESPROJETO DE EDUCAÇÃO DE ZEMA*
     _por Sara Azevedo_
Questionamentos como um sinal de alerta a toda a categoria. É necessário lutar contra um retorno sem planejamento que coloque vidas em risco.  🔗bit.ly/306FkMS
✊🏿 *NOTA DO FÓRUM DE OPOSIÇÕES DA APEOESP*
     _por Oposição Unificada_
A reabertura das escolas durante a pandemia é inaceitável. Se Dória/Rissielli insistirem, nossa posição é inegociável: organizaremos a *GREVE PELA VIDA!*  🔗bit.ly/2G94D9C
ℹ️ *INFORME DA SETORIAL SINDICAL E POPULAR DO PSOL*
     _por Danilo Serafim_
Informe da reunião do dia 18 de setembro, da coordenação provisória do setorial.  📄bit.ly/330UlBG
🌎 *CONGRESSO MUNDIAL*
_Congresso Mundial de Educacíon Pública y Contra el Neoliberalismo Educativo_, nos dias 26 e 27 de setembro, on line.
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Mujeres tienen poca representación en el campo de las ciencias, dice ONU Mujeres

ONU Mujeres dice es necesario abrir más espacios de trabajo para las féminas.

Si bien en las últimas décadas se han logrado notables avances en cuanto a la participación de la mujer en el campo de la investigación, a nivel global todavía existe un número muy reducido de investigadoras mujeres en el campo de las ciencias, según el informe que publicó recientemente ONU Mujeres denominado «Las mujeres en ciencias, tecnología, ingeniería y matemáticas en América latina y El Caribe».

El documento señala que de acuerdo a datos del Instituto de Estadística de la UNESCO hasta julio de 2019 la participación promedio de la féminas en este sector era de 29,3%.

“De cara a algunos principales desafíos del futuro, como la mejora de la salud hasta la lucha contra el cambio climático, será preciso emplear todo el talento existente. En este sentido, la igualdad de género en ciencias, tecnología, ingeniería y matemáticas es clave para alcanzar cada uno de los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de la Agenda 2030”, resalta el informe.

Otro dato relevante es que sólo el 3% de los Premios Nobel en ciencias ha sido otorgado a mujeres. En los campos de las ciencias, tecnología, ingeniería y matemáticas esta brecha resulta evidente incluso en el nivel de la educación superior: solo el 35% de los estudiantes de carreras y programas en estos campos son mujeres.

A nivel mundial sólo el 22% de los profesionales que trabajan en el ámbito de la inteligencia artificial son mujeres, indica el informe de ONU Mujeres.

Fuente: https://www.vostv.com.ni/actualidad/14812-mujeres-tienen-poca-representacion-en-el-campo-de/

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Las protestas en Colombia abandonan la cuarentena

En Colombia, las protestas han salido de la cuarentena. Y ya muestran su nueva normalidad: el lunes pasado, en una jornada nacional avisada con antelación por el Comité Nacional de Paro, conformado, entre otros, por centrales obreras, colectivos de jóvenes, maestros y pensionados, el país volvió a marchar.

La convocatoria, temida por los gobiernos locales y el nacional luego de los violentos hechos del pasado 9 y 10 de septiembre principalmente en Bogotá, aunque también con impacto en otras ciudades, para sorpresa del país transcurrió en casi total calma, si se la compara con lo sucedido a principios del mes tras el asesinato de Javier Ordoñez a manos de policías, conformando un caso más de exceso de la fuerza pública que desembocó en dos días de violencia, muerte y caos que no se veían en la ciudad desde hacía décadas.

El saldo, 13 muertos, 202 civiles heridos –buena parte de ellos por la propia fuerza pública, como está en investigación-, 194 policías heridos y la destrucción de estaciones de policía en diferentes partes de la ciudad, en especial en las zonas más populares, además de comercio, transporte público y hasta las fachadas de casas en zonas residenciales. Y, ante todo, un rechazo generalizado en el país por los abusos de la fuerza pública y su comportamiento vandálico, pero también un repudio a la violencia de grupos de vándalos que se infiltran para arrasar con todo.

Por eso, las marchas de 21S –como se denominaron- parecían generar mayor atención por lo que podría suceder que por las demandas al gobierno nacional que llegaban nuevamente a la calle. Cabe recordar que el pasado mes de noviembre el país vivó una serie de marchas de protesta por el asesinato de líderes sociales, el incumplimiento del Acuerdo de Paz y por reivindicaciones salariales y sociales estancadas o afectadas por la reforma tributaria y pensional propuesta por el gobierno de Iván Duque.

Todo quedó congelado con el fin de año, unas mesas de diálogo instaladas para tratar cada tema y la llegada del Covid-19, lo que le pudo dar tiempo para avanzar al gobierno y concretar resultados que disminuyeran la presión desde ese flanco. Pero, por el contrario, la pandemia trajo un impacto económico que se suma a los reclamos previos, el asesinato de líderes sociales no ha tenido respiro y el número de masacres ha aumentado de manera pavorosa.

El cuadro clínico de la salud económica y social del país luce hoy más riesgoso que el virus. De ahí las nuevas protestas, a las que se suman las exigencias para la reforma de la policía y los métodos de represión utilizados para sofocar la legítima protesta social. La propia Corte Suprema de Justicia, en respuesta a una tutela presentada en abril pasado por ciudadanos y facultades de derecho de prestigiosas universidades del país por los excesos de la fuerza pública durante las marchas de noviembre de 2019, sentenció el martes que los escuadrones antidisturbios deben dejar de usar la escopeta calibre 12, entre otros esquemas, hasta tanto no se revisen protocolos y garantías en su uso.

El gobierno respondió con su determinación de llevar la sentencia a la Corte Constitucional para su revisión. En todo caso, las marchas seguirán su curso amparadas por esta sentencia que los expertos y defensores de derechos humanos colombianos e internacionales consideran crucial para el ejercicio de la protesta social, a la que cada día más se le trata de poner el rótulo de acciones de grupos subversivos o similares para cuestionarla o sofocarla con métodos muy distantes de los derechos constitucionales. El debate, entonces, ya no solo dará en las calles sino en los estrados.

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Aborto en El Salvador: el caso de Cindy Erazo y qué supone su liberación para otras 18 mujeres condenadas por la estricta ley contra la interrupción del embarazo

Cindy Erazo salió en libertad condicional este martes luego de pasar seis años en una cárcel de El Salvador acusada de homicidio agravado por dar a luz a un bebé muerto.

El parto ocurrió en agosto de 2014, luego de que Erazo sufriera una emergencia obstétrica en un centro comercial de San Salvador, la capital del país. La joven fue detenida en el mismo local.

El embarazo tenía ocho meses y una semana de gestación.

Erazo, ahora de 29 años, fue condenada a 30 años de cárcel en 2015. Pero su sentencia fue apelada en 2016 y reducida a 10 años.

En 2019 recibió el beneficio de salir de la cárcel un día a la semana para visitar a su familia y a su hijo de 10 años.

Fuente: https://www.bbc.com/mundo/noticias-america-latina-54272238

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