La universidad científica y los círculos infantiles

 Luis A. Montero Cabrera

Es bien conocido que las economías nacionales solventes de este mundo actual sostienen una buena parte de su riqueza en ofertar mercancías intangibles pero exclusivas: conocimientos, información especializada, saber hacer. Cuando las mercancías “procedimiento”, “invento” y “saber hacer” entran en el mercado, casi siempre en forma de los llamados servicios, suelen ser mucho más caras que el oro. Esto se debe a que solo unos pocos las pueden ofertar, que son los que han cultivado el saber, la creación y la iniciativa con el conocimiento.

El país más rico del mundo actual exhibe un 79 % de su producto interno bruto basado en los servicios. Y cada vez tiene menos chimeneas de industrias que producen objetos. Estas se están trasladando lenta y sistemáticamente a otros países sin mermar para nada la riqueza del país que crea el saber originario.

Uno de los rasgos distintivos de una universidad científica es su capacidad ilimitada de producción de conocimientos. La universidad cubana de la reforma de 1962 se concibió como tal. Gracias a ello y a un visionario como Fidel nuestras universidades y sus centros de investigaciones han sido el semillero de muchos de los principales logros científicos de la Revolución en su debido tiempo, desde la alimentación animal hasta la biotecnología, pasando por la producción de computadoras.

Por otra parte, durante los años 60, 70 y 80 del pasado siglo, y probablemente ahora mismo también, nuestros círculos infantiles han sido una joya de la Revolución Cubana. Estas instituciones para los cubanos más nuevos son la forja de personalidades y también matriz indispensable de ciudadanos de alta calificación que se forman desde el rasgado y la modelación con plastilina. Las familias de los trabajadores les han confiado a sus hijos hasta que pueden ir a la escuela primaria. La gestión de estas instituciones se ha llevado por personal muy especializado.

En aquellas décadas podían ingresar desde que eran lactantes y tenían todas las delicadas atenciones que requerían a esas edades. Los padres pagábamos una cuota proporcional a nuestros ingresos, pero los niños recibían todos absolutamente la misma atención, independientemente de ello. La gestión económica de esas instituciones no dependía ni debe depender de sus ingresos. Esto respondía y correctamente sigue respondiendo a una estructura administrativa adecuada a actividades de esa índole.

Todas las instituciones educacionales socialistas deben preservar este principio elemental de los derechos humanos y la justicia social.

La forma de gestión económica actual en nuestro país de las universidades que son fábricas de conocedores, y también de conocimientos, de “saber hacer”, de invenciones, presenta conformaciones conceptuales básicas que no se diferencian esencialmente de las de un círculo infantil.

Es muy justo que la educación que reciben nuestros jóvenes en la llamada educación superior no dependa para nada de las posibilidades económicas de sus familias, que sea igualitaria y de altísima calidad para todos, igual que en el círculo infantil. Eso solo lo puede garantizar el presupuesto del estado.

Sin embargo, la complejísima gestión de una universidad científica es muy singular. Comprende desde la organización de aulas y profesores hasta la alimentación de miles de estudiantes y trabajadores. Pasa también por el funcionamiento de sofisticados laboratorios y grupos de trabajo donde se crean los nuevos saberes a través de la ciencia, la tecnología y la innovación. Muchas veces implica relaciones contractuales con empresas nacionales y extranjeras.

El financiamiento de tan múltiples actividades no puede ser eficiente ni proactivo si solo depende de una fuente, aunque se trate de un estado muy solvente el que suministre su presupuesto. Tampoco es correcto que los ingresos económicos producto de su gestión no se puedan emplear en mejorarla y en premiar a los que más han trabajado por ello.

La experiencia mundial de las universidades exitosas expresa claramente esta verdad. El peligro de que fuentes ajenas de fondos puedan afectar o parcializar la formación de los estudiantes se minimiza y elimina con salvaguardas éticas que están muy bien establecidas legalmente.

La organización económica actual de nuestro país está en proceso de actualización según un mandato del pueblo de Cuba, muy bien consultado, y plasmado en los acuerdos del Partido Comunista. Estamos gracias a ello en las condiciones de reformar esencialmente la gestión económica de nuestras universidades científicas convirtiéndolas en entidades capaces de administrar sus propios fondos.

Estos se deben componer esencialmente por el indispensable presupuesto estatal, garante de su servicio a toda la sociedad. Sin embargo, pueden comprender otras fuentes de ingresos, como los servicios de propiedad intelectual, las tareas científicas y tecnológicas que se contraten con otras entidades externas, las donaciones de antiguos alumnos y muchas otras, tan variadas como lo es la propia naturaleza de un centro de estudios superiores e investigación.

Las formas de gestión económica que pueden adoptarse para una universidad no son las de una empresa, ni las de una unidad presupuestada, ni las de una “unidad presupuestada de tratamiento especial”. No cabe en ningún molde preestablecido para otras instituciones. Se trataría siempre de un esquema propio con ciertos límites como puede ser el de que no puede repartir dividendos entre sus gestores ni favorecer especialmente a alguien por el concepto de sus donaciones. Probablemente también de algunos otros. Pero resulta evidente que nuestras universidades científicas no pueden gozar de la simplicidad de gestión económica que tiene un circulo infantil, ni seguir las reglas de acción que gobiernan una empresa comercial.

La principal ventaja que tendría la aplicación de medidas que transformarían las formas de gestión de las universidades cubanas en organizaciones sin fines de lucro, con mayor independencia de gestión financiera, es que pueden hacerse con relativa inmediatez a partir de disposiciones que se tomen por las autoridades económicas del país.

Las cuentas bancarias, los aparatos de administración económica y los de control y supervisión pueden adaptarse perfectamente a este tipo de gestión y sobre la marcha irse perfeccionando a partir de las experiencias que se vayan adquiriendo en nuestras condiciones.

Los beneficios económicos y sociales de tales medidas pueden ser cuantiosos. ¿Innovamos para la gestión económica universitaria en un socialismo verdaderamente próspero y sostenible? Las mejores y más independientes del bloqueo de nuestras riquezas son la sabiduría y la creatividad ¿No es este el momento preciso en el que debemos reforzar todo lo que sea basado en ellas?

Fuente del articulo:http://www.cubadebate.cu/opinion/2017/10/21/la-universidad-cientifica-y-los-circulos-infantiles/#.Wf6ItmjWzIU

Fuente de la imagen: http://media.cubadebate.cu/wp-content/uploads/2016/09/Universidad-escuela-Cuba.j

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Luis A. Montero Cabrera

Doctor en Ciencias Químicas y miembro Titular de la Academia de Ciencias de Cuba.

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