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Brasil ya no será igual

Por: Emir Sader

Cualquiera que sea el desenlace inmediato de la más profunda y prolongada crisis que el país ha vivido, Brasil no saldrá igual, nunca más será el mismo que fue. Será mejor o peor, pero nunca más el mismo. La crisis devastó la credibilidad de todo el sistema político, liquidó la legitimidad del Congreso, propagó la falta de creencia en el Sistema Judicial e hizo que el pueblo sepa que no basta votar y ganar cuatro elecciones para que el mandato presidencial sea respetado.

En resumen, lo que se creía que el país tenía como República, se terminó. Lo que se difundía que era un sistema político democrático, ya no sobrevivirá. O bien Brasil construye una democracia sólida – para lo cual el Congreso actual, esta Justicia, este monopolio de los medios de comunicación no podrán seguir existiendo como ahora – o el país deja realmente de vivir en democracia.

La derecha brasileña muestra su cara sin eufemismos. Al inicio alegaba que se trataría de un proyecto para “reunificar el país”, supuestamente dividido por los gobiernos del Partido de los Trabajadores (PT). Se valía de la pérdida de popularidad del gobierno Dilma, así como del Congreso más conservador y descalificado que el país ha tenido, como también del rol escandaloso y ya sin ningún pundonor de los viejos medios de comunicación, para destruir la democracia política que hemos tenido y promover un gobierno antidemocrático, antipopular y antinacional.

Muy rápidamente fue posible constatar que se trata simplemente de lo que se denunciaba por toda la región: el proyecto de restauración del modelo fracasado en los años 1990 con Fernando Collor de Mello y Fernando Henrique Cardoso, por un gobierno golpista y minoritario, contra el pueblo, contra la democracia y contra el país.

¿Cómo se va a pronunciar el Supremo Tribunal Federal sobre cualquier tema, si ha callado frente al golpe, puesto en práctica bajo sus narices, presidido en el Senado por su Presidente, que apoya todas las brutales ilegalidades que se practican? ¿De qué sirve una Justicia, un STF, que no está para impedir que un crimen en contra de la democracia sea perpetrado por el Congreso? Lo que hay es un silencio cómplice, mezclado con un vergonzoso aumento del 41% de sus salarios, concedido públicamente – con fotos en los periódicos -, por Eduardo Cunha, el político más corrupto del país, cuya impunidad solo se da por la complicidad de los que deberían punir, así como a tantos otros miembros del gobierno, incluso el presidente interino. Ya no habrá democracia en Brasil sin un Sistema Judicial elegido y controlado por la ciudadanía, con mandatos limitados y poderes circunscritos.

Dilma, dura de matar: con Danny Glover, sollidario

Dilma, con Danny Glover, sollidario

No habrá democracia en Brasil sin un Congreso efectivamente elegido y sin financiamiento privado, sin que represente a los lobbies elegidos por el poder del dinero. Un Congreso democrático tiene que estar fundado en el voto condicionado, por el cual los electores controlen aquellos en quienes han votado y que se comprometan con un programa y con un partido determinado.

En una democracia, todos tienen el derecho a la voz, la opinión pública no puede ser fabricada por algunas familias, que imponen su punto de vista al país, como si pudieran hablar en nombre del país, aun cuando han perdido cuatro elecciones presidenciales consecutivas. Nadie debe perder el derecho a hablar, pero todos deben tener el derecho a expresarse, sino, no se trata de una democracia, sino de la dictadura de una minoría oligárquica.

En una democracia un impostor no podría haber asumido la presidencia, aunque interina, por un golpe e imponer el programa económico derrotado cuatro veces sucesivamente, incluso en dos veces en que ese golpista estuvo en la lista vencedora, con un programa radicalmente opuesto al vencedor. Si ello ocurre, es porque la democracia fue herida de muerte, la voluntad de la mayoría fue desconocida.

Si el golpismo triunfa en el Senado brasileño, será necesario hacer que pague duramente el precio del atentado que está perpetrando. Que sus proyectos fracasen, que la vida de sus componentes se vuelva insoportable, que su banda de ladrones sea víctima de la ingobernabilidad. Que se ocupe y se resista en todos los espacios del gobierno ilegítimo, antidemocrático, antipopular y antinacional.

Es parte indisoluble de la resistencia democrática impedir cualquiera acción en contra de Lula, que representa los anhelos mayoritarios del pueblo brasileño, conforme las mismas encuestas que los golpistas han utilizado para buscar legitimidad popular, apuntan. Esta será la señal de que sobreviven espacios democráticos o no. Si logran blindar de tal forma su gobierno y constitucionalizar el neoliberalismo, habrán enterrado definitivamente cualquier señal de democracia en Brasil. En ese caso ellos tendrán el mismo destino de sus antecesores: serán tumbados, derrotados, execrados y un nuevo tribunal de la verdad los juzgará y los condenará por crimen en contra de la democracia. Serán derrotados por el pueblo, por la democracia, por el país, que construirán una democracia de verdad en Brasil.

Fuente: http://www.surysur.net/brasil-ya-no-sera-igual/

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Todo es igual, ¿nada es mejor?

Por: Emir Sader 
La nueva estrategia de la derecha latinoamericana tiene por objetivo destruir la reputación de los más grandes líderes populares de nuestros países. Dado que no pueden comparar los gobiernos que éstos pusieron en marcha con los llevados a cabo por los gestores neoliberales de turno —porque pierden en todos los campos—, se dedican a intentar mancillar la labor realizada por unos dirigentes que están detrás de los más grandes avances que nuestros países han conocido.

Así, cuando hablamos de Cristina, Lula o Dilma, no hablamos de que son los presidentes que han rescatado a sus respectivos países de las peores crisis de su historia, o de que han sabido disminuir drasticamente la desigualdad, la miseria y la exclusión de sus sociedades, tampoco nos referimos a ellos como los líderes que han defendido y reivindicado la soberanía de dichos países frente al mundo. Lo mismo pasaría con Evo, Correa o Mujica. Para la derecha y sus portavoces, estamos ante dirigentes corruptos, incapaces de gestionar con eficacia los recursos públicos, que han logrado el apoyo popular sirviéndose de un dinero de origen inconfesable.

Así es como la derecha pretende abrir camino para volver a gobernar sin sustos en nuestros países. Sin tener que soportar a los sindicatos o a los movimientos sociales, sin tener que destinar recursos que garanticen los derechos de todos. Tendrían, de nuevo, el Estado en sus manos para promover y reforzar el interés de las minorías ricas, las mismas que habían dejado de poder manejar el Estados y los gobiernos a su gusto.

Las campañas en contra de Cristina, Dilma y Lula solo son posibles porque la derecha sigue manejando el monopolio de los grandes medios y cuenta, además, con la complicidad de la judicatura, que calla frente a las monstruosidades que los gobiernos de derecha hacen, pero se prestan a perseguir sin ninguna prueba a los dirigentes populares. Unos dirigentes cuyo comportamiento resulta inaceptable para la derecha porque ha demostrado que se puede y se debe gobernar para las grandes mayorías en contra de los medios y los partidos de derecha.

La destrucción de la reputación de los líderes populares por parte de los medios y de la judicatura es un proceso de manipulación de la opinión pública como nunca se había conocido en América Latina. Se trata de acumular sospechas sin pruebas con el fin de provocar mecanismos de rechazo de liderazgos con amplio apoyo popular pero que en las capas medias suscitan fuertes resistencias.

Destruir las imágenes de los liderazgos que más han fortalecido a la democracia en nuestros países porque han sabido incorporar a amplias capas del pueblo, antes siempre excluidas y olvidadas por las elites, es un crimen en contra de la democracia. Un crimen perpetrado por aquellos que quieren dirigir gobiernos antipopulares por sus políticas, pero que para ello necesitan denigrar los liderazgos que han hecho exactamente lo opuesto de lo que ellos hacen.

Liderazgos como los de Cristina, Lula, Dilma, Evo, Rafael Correa y Pepe Mujica, entre otros, son patrimonios de la democracia latinoamericana, ya que pertenecen a nuestra historia como dirigentes que han recuperado el prestigio de la política con gobiernos que reconocen los derechos fundamentales de las grandes mayorías, que han proyectado la imagen de nuestro continente en el mundo con políticas soberanas y de integración regional y con todo el Sur del mundo.

Fuente: http://blogs.publico.es/emir-sader/2016/07/19/todo-es-igual-nada-es-mejor/

Fuente de la imagen: http://www.telesurtv.net/news/La-derecha-latinoamericana-sigue-atacando-a-los-gobiernos-progresistas-20160308-0010.html
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¿Década desperdiciada?, ¿para quiénes?

Por: Emir Sader

Después de agotar la posibilidad de caracterizar la situación actual de los gobiernos progresistas latinoamericanos como una situación de “fin de ciclo” —en la línea del fin de la historia, del fin de la oposición derecha/izquierda, del fin de las ideologías y demás supuestas capitulaciones—, surge la idea de que estamos ante una década desperdiciada. Nada del otro mundo ha ocurrido; los gobiernos de Lula, de los Kirchner, del Frente Amplio, de Chávez, de Evo Morales, de Rafael Correa, habrían tirado todos ellos por la borda una situación excepcionalmente favorable para la izquierda, lo que beneficiaría el retorno de la derecha.

Parece claro que no estamos ante un “fin de ciclo” dado que no surge nada superador, tanto por la derecha como por la izquierda. Más bien al contrario; ya sea en Brasil, Argentina o en el resto de países, lo que emerge son procesos de restauración conservadora, de retorno al viejo neoliberalismo de los 90.

Es por esto que se hace necesario intentar descalificar a los gobiernos que han traído a Latinoamérica avances nunca vistos, para lo cual se lanza la idea de que estamos ante una década desperdiciada. Como si las condiciones hubieran sido las mejores posibles y no se hubieran aprovechado. Hablamos de gobiernos que surgieron a contramano de la notable corriente neoliberal que imperaba a nivel global y que, por cierto, todavía subsiste, pese a la profunda crisis internacional del capitalismo. Mientras en el mundo aumentan las desigualdades, la miseria, la pobreza, la exclusión social, la expropiación de derechos, en nuestros países se ha avanzado en una dirección exactamente opuesta. Se ha disminuido mucho la desigualdad en el continente más desigual del mundo. Nuestros países han cambiado mucho su fisionomía respecto a la que era antes, a pesar de los retrocesos a nivel global.

Según las voces aisladas de la extrema izquierda, esto solo se ha podido llevar a cabo gracias a los favorables precios de los productos primarios de exportación. Pero el caso es que antes el precio de esos mismo productos también era elevado y nada de esto había ocurrido, y aun cuando dichos precios han caído, los gobiernos progresistas han mantenido sus políticas sociales.

Por tanto, ¿para quién ha sido una oportunidad desperdiciada? Para los pueblos seguro que no, puesto que ha servido para que luchen y conquisten sus derechos, apoyados por gobiernos que los defendían. Quizá se trata de una oportunidad perdida para la extrema izquierda, pues ha sido incapaz de probar sus tesis de siempre debido a que carecen de apoyo popular.

¿Son los gobiernos progresistas los responsables del retorno de la derecha? Entonces por qué la extrema izquierda, que siempre cree tener razón, no ha sido capaz de fortalecerse aprovechando el debilitamiento de dichos gobiernos progresistas? Simplemente porque no tienen ningún arraigo popular, porque sus argumentos no han cuajado en ningún sector popular, no están al frente de ninguna experiencia de gobierno significativa, ya sea a nivel municipal, provincial o nacional.

En definitiva, hablamos de una década desperdiciada para aquellos que no han aprendido que el desafío fundamental de nuestro tiempo es superar el modelo neoliberal, construir una alternativa concreta, fortalecerla, generar un polo latinoamericano y mundial de superación del neoliberalismo. Aquellos que no aprenden de la historia, desperdician sus enseñanzas y siguen repitiendo lo mismo que decían hace décadas. Nunca tendrán la perspectiva de repetirla porque no la protagonizan nunca.

Fuente: http://blogs.publico.es/emir-sader/2016/07/26/decada-desperdiciada-para-quienes/
Fuente de la Imagen: http://www.contrainjerencia.com/wp-content/uploads/2015/03/5507029571139ead5b8b457a.jpg
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En Brasil se disputa el futuro de América Latina

Con el gobierno de Mauricio Macri se ha roto el eje de los procesos de integración en América Latina, constituido por la alianza entre Brasil y Argentina, que distanciaba el continente de la influencia de EEUU. Con el riesgo de que Brasil también se sume a la tendencia asumida por el gobierno argentino, haciendo que el continente pase a sumarse al predominio mundial del neoliberalismo, que afecta particularmente a Europa, de forma devastadora, entre otras regiones del mundo.
El gobierno de Macri camina para volverse la referencia central del neoliberalismo en América Latina. El gobierno mexicano de Peña Nieto, candidato anterior a servir como modelo de esas políticas en el continente, ha fracaso tempranamente. El estilo empresarial de Sebastián Piñera también ha fracasado en Chile. Álvaro Uribe también se ha desgastado como referencia de la política norteamericana en el continente.

La inesperada victoria de Macri fue rápidamente saludada por Washington como una superación del estilo de confrontación de Cristina Kirchner y recibió rápidamente una visita de Obama, que no se ha cansado de elogiar la política económica de Macri.

La eventual destitución de Dilma Rousseff y el final de la experiencia de gobierno del PT en Brasil, aparece, para la derecha latinoamericana, como lo que sería un viraje histórico. La similitud de las políticas del presidente interino de Brasil con las de Argentina representaría un retorno a lo que esos dos países y prácticamente la totalidad del continente ha vivido en los años 1990, con resultados económicos y sociales desastrosos para todos los países que las han aplicado.

La disputa todavía vigente en Brasil hace que su desenlace sea decisivo para el futuro de toda la región. Si Brasil se suma efectivamente a la corriente hoy representada por Argentina –en la cual están México y Perú, entre otros países -, el continente pasaría a asumir al neoliberalismo como su corriente predominante. Independientemente de lo que ocurra en Venezuela, Ecuador y Bolivia tendrán dificultades para sobrevivir, mientras que el Mercosur, así como Unasur y Celac bajarán su perfil, con la OEA volviendo a recuperar protagonismo en el continente.

Si, al contrario, el interinato de Michel Temer no tiene continuidad y Dilma vuelve a la presidencia o, por alguna otra vía, se convocan nuevas elecciones y la continuidad de los gobiernos progresistas es garantizada, Argentina tendrá en Brasil un contrapunto fuerte en la región, el mismo Macri ya ha demostrado que buscaría una convivencia amistosa con un gobierno con esas características y los otros gobiernos de la región podrían contar con Brasil como aliado.

Son dos destinos muy diferenciados, hasta contrapuestos. El continente podría seguir exhibiendo gobiernos en contravía del neoliberalismo que devasta gran parte del mundo, en un caso. O se sumaría dócilmente y sin protagonismo internacional alguno, como ocurría en la década de 1990.

Por todo ello, los ojos del continente –así como los de EEUU– se vuelven hacia Brasil, escenario de una dura disputa entre el retorno a políticas centradas en el mercado o de una recuperación, continuidad y profundización de las políticas de afirmación de los derechos de todos, con desarrollo económico y distribución de renta. Latinoamérica concluirá así este año crucial con una fisionomía distinta de aquella con que entró en este año: la cara del retroceso neoliberal o la de la disputa de dos modelos contradictorios, con Argentina y Brasil representando esas alternativas.

Fuente: http://www.alainet.org/es/articulo/177832#sthash.FMRaCpjJ.dpuf

Imagen tomada de: http://i1.wp.com/www.celag.org/wp-content/uploads/2016/03/clima-destituyente.jpg?resize=800%2C533

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Argentina y Brasil no aceptan retroceder

Emir Sader

21may 2016

 Emir_Sader_2013_(cropped)Argentina, Brasil y otros países de América Latina han cambiado mucho en este siglo, han cambiado para mejor, son más diversos, menos injustos, más conscientes, incapaces de ceñirse a los espacios que las viejas oligarquías los quieren meter. Los procesos de restauración conservadora que se postulan en Argentina y Brasil plantean retrocesos en términos de derechos de las personas y en el tiempo, y lo hacen en países donde ya no caben estas propuestas, de ahí el recurso a la violencia, arma de los que no tienen razón.

¿Quién puede imaginar que esos países puedan volver a ser gobernados por representantes de los banqueros para los intereses de los bancos? ¿Quién puede imaginar que haya gobiernos que puedan promover el desempleo a rajatabla, sin respetar el derecho de los trabajadores y sin capacidad de organización y de lucha?

¿Cómo puede ser que las viejas oligarquías disfrazadas de nuevas puedan hacer que países como Argentina y Brasil en el siglo XXI sean subsidiarios de las políticas norteamericanas en el continente? ¿Cómo pueden pretender retroceder en el combate a las desigualdades, a la miseria y a la exclusión social, que tanto han avanzado en esos países, a contramano de las tendencias del capitalismo mundial? ¿Cómo pueden pretender hacer de Argentina y Brasil los ejes de los proyectos neoliberales y de los intereses imperiales de Washington en América Latina?

Pero parece que lo creen, por el tipo de gobierno, el tipo de ministros, el tipo de política que anuncian y tratan de poner en práctica. Cambia poco o nada que en un país retomen el gobierno por elecciones y en el otro por un golpe blando. El objetivo es el mismo: retroceder en lo que se ha avanzado en la superación del neoliberalismo.

Pretenden reducir el tamaño del Estado y, sobre todo, de los derechos garantizados por políticas públicas. Buscan abrir el mercado interno y profundizar en los procesos de desindustrialización y desnacionalización de las economías. Reducir los países al tamaño del mercado.

¿Es eso lo que el neoliberalismo, lo que las fuerzas conservadoras proponen en América Latina?  En efecto, es a eso a lo que quieren llegar.

 Buscan políticas externas que desarticulen los procesos de integración regional, abriendo camino hacia el retorno de las viejas fórmulas de subordinación económica, política e ideológica al Imperio. Retorno a lo que fueron las políticas internacionales de nuestros países en la década de 1990 con ningún protagonismo internacional. Países que sólo atraían la atención cuando había procesos de privatización y crisis, para entrar en el primer caso, para huir en el segundo.

¿Quieren hacer retroceder a Argentina y Brasil a las experiencias trágicas que han vivido en los ‘90 y que tantos años y esfuerzos ha costado superar? ¿Que volvamos a políticas que excluyen a la gran mayoría de la población, pero que atienden los intereses de la minoría del país?

Ya no es posible reimponer esos cauces. Nuestras sociedades no lo soportan y las grandes movilizaciones de rechazo de los gobiernos de Mauricio Macri y de Michel Temer lo demuestran. Se puede ganar una elección, en un caso, se puede dar un golpe blando, en el otro, pero eso no basta para construir un gobierno legitimado por el apoyo popular, capaz de dirigir el Estado atendiendo a todos, representando a todos.

Lo que se vive no es el final de los gobiernos que avanzan para superar el neoliberalismo, pero sí un paréntesis, en el que se acumulan más fuerzas, se agregan más sectores populares, se corrigen errores y se adecuan orientaciones. Porque nuestras sociedades no aguantan más ser comandadas por el poder del dinero, han aprendido a saber que la democracia está estrechamente vinculada al derecho de todos. Derechos sociales, derechos políticos, derecho a la palabra.

La segunda década del posneoliberalismo no será la última, sino la preparación de su continuidad, de la superación definitiva del neoliberalismo.

Fuente del artículo: http://blogs.publico.es/emir-sader/2016/05/21/argentina-y-brasil-no-aceptan-retroceder/

Fecha de publicación en OVE: 23 Mayo 2016

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¿La alternativa es la derecha?

Emir Sader

Los gobiernos progresistas latinoamericanos –posneoliberales– siguen ocupando el centro del escenario político del continente. Sus grandes líderes –Lula, Cristina, Evo, Rafael Correa, Mujica, entre otros – siguen siendo las referencias centrales para los pueblos de sus países y para el conjunto de la región.

Los que apuntaban, apresurados, por un “fin de ciclo” – afinados en términos de marketing con la onda de los fines: de la historia, de la política, del Estado, de los partidos, etc., etc. – se dan cuenta que la alternativa a los gobiernos posneoliberales no vendrá de la derecha o de la ultra izquierda. La derecha busca – como Argentina lo demuestra fehacientemente – la restauración del modelo neoliberal, anterior a los gobiernos posneoliberales, que lo han rechazado. La ultra izquierda no tiene ni propuesta, ni fuerza alguna; en ningún país protagoniza las disputas políticas, solo existe en solitarios y dogmáticos artículos.

Los gobiernos posneoliberales ocupan el centro de las disputas políticas, porque el neoliberalismo se ha proyectado como el modelo de hegemonía capitalista en el período histórico actual. La disputa neoliberalismo/antineoliberalismo es la disputa esencial de nuestro tiempo. Quien personifica, como liderazgo, como fuerza política, la lucha por la superación del neoliberalismo, gana ese protagonismo.

Esos liderazgos y las fuerzas que los sostienen son, así, lo más avanzado de que dispone América Latina en la lucha central de nuestro tiempo: la de la construcción de alternativas superadoras del neoliberalismo. Son, al mismo tiempo, victimas privilegiadas de los ataques de la derecha, que tiene en ellos el obstáculo fundamental para reimponer el reino del dinero y de las mercancías, en contra de los derechos de todos.

Esos gobiernos son los que mejores condiciones tienen para garantizar los avances logrados y desarticular los nudos para retomar un proceso de crecimiento con distribución de renta. Dos de esos nudos son fundamentales: la hegemonía del capital financiero y el control de los medios privados de comunicación en la formación de la opinión pública. En otros términos, el monopolio del poder del dinero y el monopolio del poder de la palabra.

La hegemonía del capital financiero y su naturaleza especulativa en la era neoliberal canaliza recursos que la economía productiva necesita para producir riquezas y empleos. En Brasil se calcula que el 15% del PIB es canalizado hacia la intermediación financiera, retirando de la economía productiva recursos fundamentales. Rebajar las tasas de interés y poner impuestos sobre la circulación del capital financiero, son dos de los mecanismos indispensables para quebrar el rol determinan que ese capital predatorio tienen sobre nuestras economías.

Los medios privados de comunicación son un monopolio que cumplen el rol de verdaderos partidos de la derecha y juegan permanentemente la carta de la desestabilización económica y política de los gobiernos progresistas. Sin democratización en la formación de la opinión publica, no habrá democracia efectiva.

La polarización política en los países progresistas se mantiene así entre fuerzas que sostienen el restablecimiento del modelo neoliberal y las que luchas por su superación. La alternativa a los gobiernos posneoliberales sigue siendo la derecha y su proyecto de restauración neoliberal. Esa es la disputa política fundamental en la era neoliberal.

Emir Sader, sociólogo y científico político brasileño, es coordinador del Laboratorio de Políticas Públicas de la Universidad Estadual de Rio de Janeiro (UERJ).

Fuente: http://www.alainet.org/es/articulo/176980

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Las vías abiertas de América Latina

Emir Sader

 

Cuál de las dos vías va a triunfar, es lo que se está decidiendo en este momento en el continente. Las fuerzas democráticas y populares ya no tienen derecho de volver o seguir cometiendo los errores que han cometido y que se siguen cometiendo. Es el destino de nuestros países en toda la primera mitad del siglo XXI lo que se está decidiendo. Conciencia real de los problemas que estamos enfrentando, de las fuerzas con que contamos y con las que podemos contar, de los errores cometidos, capacidad de renovación hacia las nuevas generaciones, hacia las mujeres, hacia las capas populares todavía postergadas, espíritu democrático y capacidad teórica creativa, nos pueden llevar, por la vía democrática y popular de superación de la crisis actual.

Nunca como ahora el futuro de América Latina está tan abierto. Hemos pasado por un momento, especialmente en los años 1990, en que la historia del continente parecía congelada. Se imponía un modelo de forma avasalladora, que pretendía invertir y cerrar ciclos históricos que apuntaban en otra dirección. Ya no más desarrollo económico, sino equilibrio fiscal. Ya no más distribución de renta, sino concentración en manos de los más competentes. Ya no más derecho, sino concurrencia en el mercado. Nunca más Estado, sino empresas.

Se arriesgaron, en medio a consensos que creían fatales, a anunciar el fin de la Historia, que reposaría eternamente en los brazos de la democracia liberal y de la economía capitalista de mercado. Enterradas las alternativas, el capitalismo y el imperialismo podrían rediseñar el poder en el mundo.

América Latina era protagonizada por personajes como Carlos Menem, Alberto Fujimori, Fernando Henrique Cardoso, Carlos Andrés Pérez, Sánchez de Losada, Salinas de Gortari, Lucio Gutiérrez, entre otros, consagrados entonces por la prensa internacional como los “modernizadores”, los “liberalizadores”, los “globalizadores” de nuestras sociedades, al fin salvadas del “populismo”, del “estatismo”, del “nacionalismo”.

Víctima privilegiada de las grandes trasformaciones regresivas ocurridas en el mundo y, en particular, del neoliberalismo, donde ocurrieron más gobiernos y los más radicales, América Latina reaccionó como ya pocos creían posible. Y se ha vuelto la única región del mundo con gobiernos antineoliberales, con procesos de integración regional, con capacidad para revertir las fuertes tendencias a la desigualdad social y al aumento de la pobreza y la miseria en el mundo.

América Latina ganó el derecho de definir su historia a partir de la su capacidad para reaccionar frente al modelo neoliberal y a la globalización. Gracias al liderazgo de dirigentes como Hugo Chávez, Lula, Néstor y Cristina Kirchner, Pepe Mujica, Evo Morales, Rafael Correa, entre otros. Ahora América Latina se enfrenta a los efectores duraderos de la recesión internacional y a articulaciones derechistas internas, generando crisis en varios de nuestros países.

En este momento, en medio de la segunda década del siglo XXI, se puede decir que el futuro del continente está abierto. Nadie puede garantizar que los gobiernos antineoliberales se van a consolidar definitivamente, menos tampoco que los intentos de restauración conservadora se van a imponer.

Las dos vías están abiertas. Lo que se puede decir es que el escenario político latinoamericano será nuevo a partir de ahora. Ya no se contará con precios altos de los productos de exportación, al contrario, la recesión internacional tiende a extenderse. Tampoco será posible que cada país reaccione aisladamente frente a la recesión internacional.

La vía de la restauración está siendo puesta en práctica en Argentina y rápidamente demuestra cómo sus planteamientos profundizan la recesión, el desempleo, el endeudamiento y hasta la misma inflación. Es una vía que recorta los derechos sociales, concentra renta, subordina los intereses del país a los grandes capitales internacionales y a Estados Unidos. Conocemos hacia donde podría conducir esta vía a nuestros países, hemos vivido el auge del neoliberalismo en los años 1990, sabemos que es una vía trágica para nuestros países y para nuestros pueblos.

La otra es la vía de consolidar los extraordinarios avances logrados y avanzar hacia una América Latina todavía más integrada, por el Mercosur, por Unasur, por Celac, más vinculada al destino del Sur del mundo, de los Brics, de su Banco de Desarrollo. Con gobiernos antineoliberales articulando y poniendo en práctica un modelo integrado de desarrollo con distribución de renta, profundizando incesantemente sus mercados internos de consumo de masas, fortaleciendo y democratizando más a sus Estados, con procesos de formación democrática de sus opiniones públicas, contrayendo modelos de superación del neoliberalismo y de construcción de sociedades basadas en el derecho de todos.

Cuál de las dos vías va a triunfar, es lo que se está decidiendo en este momento en el continente. Las fuerzas democráticas y populares ya no tienen derecho de volver o seguir cometiendo los errores que han cometido y que se siguen cometiendo. Es el destino de nuestros países en toda la primera mitad del siglo XXI lo que se está decidiendo. Conciencia real de los problemas que estamos enfrentando, de las fuerzas con que contamos y con las que podemos contar, de los errores cometidos, capacidad de renovación hacia las nuevas generaciones, hacia las mujeres, hacia las capas populares todavía postergadas, espíritu democrático y capacidad teórica creativa, nos pueden llevar, por la vía democrática y popular de superación de la crisis actual.

Las dos vías están abiertas. Las duras peleas actuales es para decidir cuál de las dos se va a imponer

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