Page 3 of 3
1 2 3

Aprender a vivir y servir

Por: Antonio Pérez Esclarín

n estos días en que estrenamos nuevo año, quiero insistir en que el verdadero objetivo de toda educación, y en consecuencia la tarea esencial de padres y educadores, es enseñar a vivir con autenticidad, a ser dueños de la propia vida, para convertirla en don y servicio a los demás.

La vida es un don maravilloso que nos fue dado graciosamente, como el más sublime de los regalos. Nadie pudo elegir nacer o no nacer, ni tuvo la posibilidad de escoger su forma física, su tamaño, el color de sus ojos, los tipos de su inteligencia. Tampoco pudo seleccionar a sus padres, ni el país donde nacer ni el tiempo histórico. Todos nacimos en una determinada matriz cultural que marca lo que somos y hacemos, lo que pensamos y creemos. Somos hijos de una familia concreta y de un país que debemos conocer, querer y servir. Somos únicos e irrepetibles y debemos asumir la vida con asombro, agradecimiento y humildad.

Nos dieron la vida, pero no nos la dieron hecha. Los seres humanos somos los únicos que podemos inventarnos a nosotros mismos e inventar el mundo. Como repetía Paulo Freire, la educación tiene sentido porque los seres humanos somos proyectos y podemos tener proyectos para el mundo. El futuro no es sólo porvenir, es sobre todo por-hacer. Los seres humanos somos creadores de nosotros mismos; la vida es un viaje y cada uno decide su destino. Podemos vivir dando vida o aplastando la vida. Por ello coexisten los santos y los criminales, personas dispuestas a matar y personas dispuestas a dar la vida por salvar a otros.

Enseñar a vivir plenamente es enseñar a ser libres. Pero la libertad que es autonomía responsable y superación de caprichos y ataduras, se confunde cada vez más con su contrario: la total dependencia, la esclavitud al mercado, los caprichos, las seducciones o las órdenes. Por ello, cuanto más se llenan las personas de cadenas, más libres se sienten.

Hoy hace falta mucho valor para ser libre, para salirse del rebaño y levantarse del egoísmo y la sumisión al vuelo valiente de la autonomía y el servicio. De ahí la necesidad de una educación que forme la voluntad y enseñe el coraje, la constancia, el vencimiento, el sacrificio, valores esenciales para llegar a ser libres.

En un mundo que cada vez más nos va llenando de cadenas, la genuina libertad debe traducirse en liberación, en lucha tenaz contra todas las formas de opresión, dominación y represión. Sólo donde hay libertad, hay disponibilidad para el servicio que ayuda a los demás a romper sus propias ataduras. Ser libre es, en definitiva, vivir para los demás, disponibilidad total para ayudar a cada persona a desarrollar sus potencialidades y lograr su propia autonomía, combatiendo todo tipo de dependencia y sumisión.

Somos libres, en definitiva, para amar, para servir. Toda auténtica vida humana es vida con los otros, es convivencia. La persona humana es imposible e impensable sin el otro. Como decía Albert Camus, “es imposible la felicidad a solas”. Lo propio del ser humano, lo que nos define como personas, es la capacidad de amar, es decir, de relacionarnos con los otros buscando su bien, su felicidad. Por ello, sólo será posible convivir, es decir, vivir con los demás, si aprendemos a vivir para los demás, pues el servicio es la forma más auténtica de expresar el amor. Vivir como un regalo para los demás, vivir sirviendo siempre, vivir combatiendo todo tipo de dominación, manipulación  y explotación, es el medio privilegiado para encontrar la plenitud y la felicidad.

Fuente: http://www.eluniversal.com/noticias/opinion/aprender-vivir-servir_634068

Comparte este contenido:

La inteligencia espiritual

Por Antonio Pérez Esclarin

Durante muchos años, se propició una educación orientada casi exclusivamente al cultivo de la razón, y descuidó por completo la educación del corazón, de los sentimientos, de los valores.  Goleman puso en evidencia el error de esta concepción e insistió en la necesidad de desarrollar la Inteligencia Emocional, que describió como la capacidad de reconocer nuestros propios sentimientos y los ajenos, de motivarnos y manejar bien las emociones.  De hecho, no hay nada más peligroso que una persona inteligente  con un corazón pequeño. Ya esto lo había vislumbrado el Libertador cuando expresó agudamente que “el talento sin moralidad es un azote”, pues  ciertamente, “ciencia sin conciencia es la ruina del alma”.

Pero creo que ha llegado la hora de ir más allá de Goleman y de incluir entre las Inteligencias Múltiples que propuso  Howard Gardner,   la Inteligencia Espiritual que nos es tan necesaria para vivir intensa y felizmente en estos días tan confusos,  superficiales  y  violentos.  La sociedad moderna ha apostado por “lo exterior”, y ha olvidado la interioridad.  Todo nos invita a vivir desde fuera. Todo nos presiona para movernos con prisa y superficialmente. Vivimos en las orillas de la vida, sin valor para adentrarnos en lo profundo. Es necesario conocer el mundo, pero también dentro de cada uno hay un mundo interior que descubrir.  Para ser humana, a nuestra vida le falta una dimensión esencial: la interioridad.

El  enorme desarrollo tecnocientífico no se está traduciendo en desarrollo humano. Los seres humanos hemos  sido capaces de explorar el espacio,  descender a las profundidades  de los océanos, escudriñar los rincones más inhóspitos de la tierra, pero  somos cada vez más incapaces de entrar en nuestra propia interioridad. Llenos de ruidos y de prisas, nos resulta casi imposible estar a solas con nosotros mismos y escuchar las voces profundas de nuestro corazón.

La Inteligencia Espiritual, -que no necesariamente tiene que ver con la religión, pues hay personas muy religiosas con pobre inteligencia espiritual y personas agnósticas y ateas que gozan de una gran inteligencia espiritual-,    nos  impulsa a asumir el misterio y hacernos las preguntas esenciales que pueden darle un norte a la vida personal y, social : “¿quién soy?, ¿de dónde vengo y a dónde voy?, ¿cuál es mi misión en la vida?,  ¿cómo me imagino una persona plena y feliz?, ¿cómo concibo la muerte, cómo me preparo para ella?”

El viaje a la interioridad no es para quedarse encerrado en una contemplación estéril y narcisista de sí mismo, ni evasión o huida de la realidad. Es todo lo contrario. Encontrarse para salir al encuentro fecundo con el otro y con los otros.  Es un viaje a sí mismo para salir de sí mismo, viaje al interior para salir creativamente al exterior. La interioridad no induce a la soledad ni a la nada, sino al encuentro con Dios y desde Él al encuentro con los demás y con todos los seres y cosas, obra de su amor

La Inteligencia Espiritual  conduce  a la sabiduría, que  no consiste en saber muchas cosas, sino en saber utilizar el saber para producir vida. El conocimiento nos informa, la sabiduría nos transforma, nos induce a vivir bien. El conocimiento se expresa en palabras, la sabiduría en la vida.  La sabiduría tiene como fin la felicidad, la vida plena. Sabiduría tiene las mismas raíces que sabor. Sabio es el que sabe disfrutar la vida en lo profundo, el que es capaz de superar la superficialidad y la trivialidad.   Un sabio infeliz es un contrasentido.

Fuente: https://antonioperezesclarin.com/2016/07/18/la-inteligencia-espiritual-2/

Imagen: triskelate.com/wp-content/uploads/2016/04/Inteligencia-Espiritual.jpg

Comparte este contenido:

Desarmar las palabras y los corazones

Por Antonio Perez Esclarín

Hay personas que, si se mordieran la lengua, se envenenarían. Otros muchos confunden el Twitter con una cloaca donde vierten toda su inmundicia. Pareciera que no saben hablar o comunicarse sin insultar y ofender.

Les confieso que me embarga una enorme tristeza cuando entro en algunas redes sociales, cuando escucho algunas declaraciones y discursos, o cuando veo que multitudes corean y aplauden a los que profieren insultos. Lo verdaderamente lamentable es que personas que ejercen altos cargos públicos y deberían ser ejemplo de respeto y educación, nos tienen acostumbrados a un lenguaje procaz, que deseduca.

Sustituir argumentos por ofensas, gritos, amenazas o golpes no sólo demuestra una gran pobreza intelectual sino una pequeñez de espíritu y una verdadera falta de dignidad y de humanismo. La agresión es signo de debilidad moral e intelectual y la violencia es la más triste e inhumana ausencia de pensamiento. Valiente no es el que amenaza, ofende o golpea, sino el que es capaz de dominar su agresividad y no se deja arrastrar o dominar por la conducta de los que ofenden. La violencia deshumaniza al que la ejerce y desata una lógica de violencia siempre mayor. Quien insulta, hiere, y ofende se degrada como persona y no podrá contribuir a construir una sociedad más justa o más humana.

En Venezuela, nos hemos acostumbrado a muchos tipos de violencia, entre ellos, a la violencia verbal. El hablar cotidiano y el hablar político reflejan con demasiada frecuencia la agresividad que habita en el corazón de las personas. De las bocas brota con fluidez un lenguaje duro, implacable y procaz, que confunde brillantez y oratoria con capacidad de ofender y de herir. Y no olvidemos que es muy fácil pasar de la violencia verbal a la violencia física, del insulto al golpe, ya que la experiencia nos demuestra que casi todas las peleas comienzan con insultos.

Nunca llegaremos a la paz ni a la convivencia provocando el desprecio, los insultos y la mutua agresión. ¿Qué paz se podrá hacer entre personas que no se escuchan ni respetan mutuamente sus ideas diferentes? ¿Por qué tenemos que despreciar, ofender y considerar como enemigo a alguien simplemente porque piensa de una forma distinta? ¿Cómo podemos medir quiénes tienen o no verdadero amor a la Patria?

Sólo quienes busquen con espíritu abierto y lucidez fórmulas de convivencia humana y política nos acercarán a la paz. Con posturas dogmáticas y humillantes nunca construiremos un país próspero y justo. Nunca llegaremos a la paz si seguimos introduciendo fanatismo y ofensas, si se coacciona a las personas con graves amenazas e insultos y se busca reducir al silencio al que piensa diferente. Cuando en una sociedad la gente tiene miedo de expresar lo que piensa, se está destruyendo la convivencia democrática y se está negando la dignidad de la persona pues, como nos decía Paulo Freire “nos hacemos personas cuando salimos de la cultura del silencio, somos capaces de decir nuestra propia palabra y dejamos de repetir las que nos ponen en la boca”.

Sólo los que tienen el corazón en paz podrán ser sembradores de paz y contribuirán a gestar un mundo mejor. No construiremos una Venezuela de justicia y de paz si no comenzamos desarmando los corazones y las palabras.

Fuente: https://antonioperezesclarin.com/2016/09/14/1710/

Imagen tomada de: http://www.radiocubana.cu/images/violencia-redes-sociales.jpg

Comparte este contenido:

Por una espiritualidad liberadora

Por Antonio Perez Esclari

vientoLamentablemente, todavía son muy numerosas las personas que están atrapadas en una concepción dualista que opone cuerpo y alma, espíritu y materia, espiritualidad y vida cotidiana. Por lo general,  las personas espirituales son percibidas como aquellas que se dedican  a las actividades religiosas, que se la pasan en la iglesia y en el culto, que se preocupan fundamentalmente por la salvación de su alma.

De ahí que cuando se dice que una persona es muy espiritual, la mayoría piensa  en una persona muy religiosa,  poco ocupada  de los problemas de este mundo. En esta concepción, lamentablemente muy extendida, la espiritualidad tiene muy poco o nada que ver con las actividades cotidianas, como el trabajar, el enseñar, el gobernar, la vida familiar, la sexualidad, la educación de los hijos, la política, la diversión, el ocio.

Estos conceptos de espíritu y espiritualidad como realidades opuestas a lo material, a lo corporal, a lo mundano, provienen de la cultura griega, que hemos asimilado con naturalidad y que ha condicionado toda nuestra visión de lo espiritual. Sin embargo, para  el pensamiento bíblico, espíritu no se opone a materia, ni a cuerpo, sino a maldad,  a  miedo, a muerte.

En hebreo, la palabra espíritu, ruah, significa viento, aliento, hálito.  El espíritu no es otra vida sino lo mejor de la vida, lo que da vigor, sostiene e impulsa la vida. En este contexto semántico, espíritu significa fuerza, acción, libertad. Una persona con espíritu es una persona con fuerza,  con valor. Una persona sin espíritu es una persona acobardada, temerosa, sin coraje.

Por consiguiente, la genuina espiritualidad no es para huir de la realidad, sino para sumergirse en ella y tratar de humanizarla. La espiritualidad no niega la vida, sino que afirma su verdadero sentido  como  relación profunda  consigo mismo, con los demás,  con la naturaleza y con Dios. La espiritualidad  se alimenta de un Dios que sólo busca y quiere una humanidad más justa y más feliz, y tiene como centro y tarea decisiva construir una vida más humana. Buscar el cielo es trabajar por la tierra, trabajar por  un mundo fraternal donde todos puedan vivir con dignidad.

En eso consistió precisamente Pentecostés, la llegada del Espíritu, que se expresó como fuerza y fuego, como don de lenguas donde todos se entendían a pesar de la diversidad; como huracán arrollador, que cambió a unos asustados apóstoles que estaban llenos de miedo y con las puertas trancadas, en unos testigos valientes, llenos de ímpetu y creatividad, que salieron a proclamar con valor y convicción a Jesús Resucitado.  El Espíritu los llenó de valentía, transformó su corazón acobardado, los hizo vencedores del miedo y de la muerte, los convirtió en comunidad misionera, que se lanzó a continuar la misión de Jesús: establecer, aquí en la tierra, el Reino de Dios, la sociedad justa y fraternal, con predilección y cuidado especial de los más necesitados y débiles.

Ojalá que la celebración de este nuevo Pentecostés nos llene de valor para trabajar con vigor   por una salida no violenta a la crisis mediante el diálogo y la negociación para enrumbar de una vez  a Venezuela  por las sendas de la reconciliación, la paz, la productividad y  la prosperidad para todos.

Fuente: https://antonioperezesclarin.com/2016/05/16/por-una-espiritualidad-liberadora/

Imagen de uso publico tomada de: https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/9/92/Espiritualidad_para_el_siglo_XXI.jpg

Comparte este contenido:

Educar para la ciudadanía.

Por Antonio Pérez Esclarín

Una de las funciones esenciales de la escuela es la formación de ciudadanos capaces de asumir sus responsabilidades políticas, es decir, con el bien común. Esto significa aprender a respetar a los que son diferentes ; aprender a razonar, argumentar y defender las propias ideas, pero también a escuchar sin ira ni mala sospecha las ideas distintas a las propias; considerar la diversidad como riqueza, y también desarrollar una profunda sensibilidad social. Al verdadero ciudadano le duelen la pobreza, la miseria, la injusticia, la intolerancia y todo lo que atenta contra los derechos humanos . Y ese dolor se transforma en compromiso para trabajar por una sociedad donde todos podamos vivir con dignidad. Hoy, si somos dignos, debemos indignarnos y convertir la indignación en fuerza que lucha por la dignificación de todos.

Educar es, en definitiva, formar hombres y mujeres plenos, capaces de asumir responsablemente su condición de ciudadanos . El acto de educar es un acto vital de entrega para ayudar a construir o rescatar vidas. Esto va a requerir, entre otras cosas, métodos pedagógicos y didácticos participativos que favorezcan el pensamiento crítico y promuevan la solidaridad y el servicio. Y va a requerir sobre todo, directivos y maestros capacitados y comprometidos con la humanización de nuestra sociedad, que se esfuerzan cada día por ser mejores y hacer mejor su tarea para dar ejemplo con su palabra y con su vida de los valores que quieren sembrar y cosechar en sus alumnos. No olvidemos que los valores se aprenden en el ejercicio diario, y no discurseando sobre ellos. Por ello, la comunidad escolar debe tratar de configurarse como un modelo de la sociedad que pretendemos. En ella el estudiante ha de observar y vivir la tolerancia, el respeto, la solidaridad.

Desgraciadamente, la educación que hoy prevalece no prepara a los educandos para la cooperación, sino para la competencia, fomenta mucho más el individualismo y la sumisión que la solidaridad y la libertad. De ahí que los centros educativos sólo podrán enseñar a amar y construir genuinas democracias si se van estructurando como verdaderas comunidades democráticas , que en lugar de reproducir las desigualdades, las combaten y superan, que promueven el pensamiento crítico y autocrítico más que el adoctrinamiento y la obediencia. Comunidades educativas en las que se aprende porque se vive, se participa, se construyen cooperativamente alternativas a los problemas individuales y colectivos, se fomenta la iniciativa y el respeto, se toleran las discrepancias, se integran las diferentes visiones y propuestas, se respira un ambiente de amistad, colaboración, solidaridad.

Para gestar estas escuelas genuinamente democráticas, hay que comenzar por transformar el papel de los directores y supervisores, que no deben concebirse como funcionarios que atosigan a los educadores con formatos y papeles, y mucho menos como militantes de un partido y defensores de una determinada ideología, sino como expertos en humanidad, que se esfuerzan con su ejemplo en generar un clima de motivación, unión, entusiasmo, ayuda y formación permanente de todo el personal. Para ello, es urgente que asuman el poder no como control o dominación, sino como servicio y entrega.

Publicado originalmente en: http://www.entornointeligente.com/articulo/8445637/VENEZUELA-Educar-para-la-ciudadania-por-Antonio-Perez-Esclarin

Fuente de la imagen: http://hagamosciudadania.blogspot.com/2013/08/educar-para-la-convivencia-democratica.html

Comparte este contenido:
Page 3 of 3
1 2 3