De la sociedad líquida a la sociedad viscosa

Por: Lucas Aguilera*

La virtualización de la vida se presenta como una promesa de ligereza. Todo parece fluir: vínculos, trabajo, ocio, información, deseo. La existencia se vuelve pantalla, nube, tránsito. Pero esa fluidez no es inocente. La digitalización no gobierna como las viejas disciplinas duras, que encerraban cuerpos en horarios, muros, filas, fábricas. Su poder es menos visible y, justamente por eso, más íntimo: no ordena desde afuera, acompaña desde adentro; no impone un “no”, sino un “seguí”; no se exhibe como prohibición, sino como comodidad. En vez de golpear, envuelve. En vez de hacerte chocar con un límite, vuelve costosa la retirada. Y si hay una imagen capaz de dar espesor a esa forma nueva de poder, esa imagen es la de lo viscoso.

Para Jean Paul Sartre lo viscoso no es una simple textura desagradable. Es una cualidad ambigua, difícil de clasificar, que se escapa de las categorías tranquilas con las que ordenamos el mundo: sólido o líquido, dentro o fuera, tocar o ser tocado. En ese desorden hay un punto de crisis. La conciencia, que suele moverse con su distancia propia (ese pequeño vacío que le permite negar, elegir, proyectar) descubre, en el contacto, la posibilidad de perderse: de dejar de estar “frente a” las cosas para quedar “en” las cosas. Lo viscoso, por eso, no se deja tratar como un objeto cualquiera. Es una experiencia que descompone la soberanía del gesto.

Hay ahí una mezcla extraña de atracción y repulsión. Lo viscoso seduce porque promete una continuidad sin cortes, una caricia del mundo que no hiere, una cercanía que parece abolir el conflicto. Pero al mismo tiempo repugna porque esa continuidad se paga con captura. No se limita a estar ahí; se comporta como una trampa ontológica. No resiste como una piedra ni se escurre como el agua: cede y retiene, recibe y reclama, como si el mundo hubiera aprendido un modo suave de apoderarse. De pronto uno comprende que lo que irrita y asusta no es tanto la resistencia frontal (esa con la que puedo medir fuerzas, empujar, romper, dominar) sino la absorción por continuidad: la pérdida del borde, el ser tomado sin golpe, casi con suavidad.

Esa suavidad es lo verdaderamente inquietante. Porque lo viscoso parece querer penetrar en la conciencia, como si el mundo, en vez de quedarse afuera, reclamara una intimidad. Y esa intimidad es precisamente lo que el ser humano no puede conceder sin traicionarse. Su modo de ser es la separación: la nada como distancia activa, esa fisura que le permite no coincidir con lo dado, no ser lo que es, abrir un porvenir. Lo viscoso aparece entonces como tentación y horror de una cercanía total: una especie de comunión material que, en lugar de reconciliar, aliena. No es la enemistad declarada del obstáculo, sino la amistad peligrosa de la adherencia.

En el fondo, lo que se revela ahí es un viejo sueño humano: la fantasía de una síntesis perfecta, una unidad sin falta, un ser que se posea plenamente sin dejar de elegir. Una plenitud libre, una libertad plena, sin fisuras. Lo viscoso encarna una caricatura oscura de ese sueño. Promete continuidad, como si borrara la nada que nos separa del mundo; pero la continuidad que ofrece no es la de la libertad, sino la de las cosas: continuidad de lo dado, de lo que se impone, de lo que pesa por sí mismo, de lo que no se elige. En lugar de realizar la unión soñada, la vuelve caída: ya no una síntesis, sino una absorción.

Y es aquí donde la virtualización contemporánea se deja leer con una claridad casi dolorosa. Porque la digitalidad también opera como una continuidad que reclama intimidad. No te obliga a entrar: te recibe. No te retiene con cadenas: te retiene con “un poco más”. No te enfrenta con un muro: te ofrece un pasaje interminable. El desplazamiento infinito, la actualización constante, la notificación que vuelve a tocarte el hombro, la reproducción automática, la conversación que nunca termina de cerrarse, el trabajo que se filtra en el ocio y el ocio que se vuelve tarea, componen un medio donde todo parece moverse y, sin embargo, algo se pega. La sensación de libertad está ahí (porque nadie te empuja) pero la retirada se vuelve trabajosa, como si el mundo digital hubiera aprendido a capturar sin prohibir: a absorber por continuidad.

En esa forma de poder hay una inversión sutil: ya no “te vigilan” para que obedezcas, sino que te rodean para que permanezcas. El control no se siente como castigo, se siente como hábito. La dependencia no se vive como imposición, se vive como costumbre. Y lo más inquietante es que esa captura no necesita un afuera hostil: necesita un adentro cómodo. Lo viscoso, en el tacto, ya anunciaba esa lógica: el peligro no es el choque, sino la adhesión.

Finalmente, todo esto vuelve al cuerpo. La escena de lo viscoso es corporal: la mano pegada, el dedo que no se despega, la sensación de que el propio cuerpo deja de ser instrumento transparente y aparece como cosa expuesta. Algo semejante ocurre cuando la vida se digitaliza hasta lo íntimo: el cuerpo empieza a sentirse como interfaz, como terminal, como soporte medible, como objeto que responde y es respondido. Y cuando el cuerpo aparece así (como cosa entre cosas) el ser humano roza su peligro más propio: convertirse en objeto, perder su iniciativa, ser “de más” en el mundo como un trozo de mundo. La virtualización, con su suavidad pegajosa, puede producir exactamente esa experiencia: no la del golpe que despierta, sino la del contacto que adormece; no la del límite que se ve, sino la del borde que se disuelve.

Por eso lo viscoso no es un detalle pintoresco: es una clave. Nombra un poder sin dureza, una dominación sin látigo, una captura sin barrotes. Y quizá por eso, en una época que se cree líquida, conviene desconfiar: a veces lo que se llama fluidez es, en palabras de Sartre: «una agonía del agua».

La salida no es negar la tecnología, sino apropiarla para ser más libres: aprender a usar lo digital sin quedar pegados a su viscosidad capitalista. Cuando se vuelve herramienta común —para crear, aprender, organizarnos, sostener vínculos— puede recuperar la fluidez del agua: circulación que no captura, movimiento que no se atasca, sino que más bien abre nuevos posibles. No se trata de apagar la pantalla, sino de volverla borde y cauce; que lo digital abandone su viscosidad para ser flujo de humanidad es el desafío de nuestro tiempo.

* Lucas Aguilera es Magíster en Políticas Públicas y Director de Investigación de la agencia argentina NODAL

De la sociedad líquida a la sociedad viscosa – Por Lucas Aguilera

Comparte este contenido:

La desvalorización del género humano en la fase digital

Por Lucas Aguilera *

La historia de la filosofía puede leerse como un vasto campo de batalla entre dos fuerzas antagónicas, por un lado, la valorización del género humano, basada en su capacidad de crear, pensar, transformar y vincularse; por el otro, su desvalorización, cuando esas mismas potencias se entregan a fuerzas que las trascienden —dioses, mercados, imperios o máquinas. Hoy, bajo el dominio del capital financiero-digital, esa vieja tensión alcanza un punto crítico. La inteligencia artificial y los algoritmos ya no solo organizan nuestras vidas: las capturan, las moldean, las explotan.

La digitalización no es un mero avance técnico, sino una reconfiguración ontológica al servicio de las plataformas. Estas reorganizan la vida humana según su rendimiento dentro del entorno digital. Cada clic, cada gesto, cada emoción, cada interacción social se transforma en plusvalía. El trabajo no desaparece, muta en producción de atención, trazabilidad, datos. La subjetividad se convierte en perfil; la comunidad, en red; la praxis, en rendimiento. El sujeto no es expulsado, sino absorbido y reducido a mero objeto: su existencia entera se procesa como variable operativa dentro de sistemas que extraen valor de su propia vida.

La figura de la “Madre IA” condensa esta mutación. No es una máquina tiránica ni una inteligencia autónoma, sino el medio operativo de una Nueva Aristocracia Financiera y Tecnológica, ese sector del capital que, sin necesidad de mostrarse, gobierna desde las redes y los flujos de datos. A través de la hiperconectividad, esta aristocracia reordena la producción social y orienta la vida cotidiana hacia su propia acumulación. “Madre IA” —su gran operadora simbólica y técnica— no impone mandatos, susurra notificaciones. No prohíbe, seduce. Y en la seducción convierte el deseo de libertad en autoexplotación, la necesidad de reconocimiento en dependencia del sistema de visibilidad, la comunidad en red administrada. Su lógica no niega la dignidad humana, sino que la absorbe en un circuito de utilidad y rendimiento. Se llama “libertad” a la entrega voluntaria de nuestras mentes y cuerpos a nuevas formas de control. Se llama “felicidad” a una serie de placeres planificados, vacíos y efímeros. Se llama “política” a un espectáculo que simula responsabilidad pero elimina toda reflexión.

No faltan, por supuesto, los profetas de la obsolescencia. El posthumanismo de Yuval Harari y el aceleracionismo de Nick Land anuncian el fin del hombre como sujeto de la historia, como si el algoritmo fuera la nueva Providencia y el capital automatizado, su liturgia. Cambia el altar, no el fetiche. Lo que antes pedía obediencia en nombre de Dios o de la Razón, hoy la exige en nombre de la eficiencia. Pero el truco es viejo, absolutizar la técnica para convertirla en destino. ¿De verdad la técnica sabe qué mundo conviene? ¿De verdad el cálculo agota el sentido?

Sin embargo, esta desvalorización no es definitiva. Contiene su contrario. Porque incluso cuando el capital proclama nuestra obsolescencia, seguimos siendo su única fuente real de valor. La IA no crea sentido por sí sola. Se alimenta de nuestra inteligencia colectiva, del intelecto general, de la sabiduría de las mayorías. Cada algoritmo necesita insumos. Y esos insumos no son solo datos, sino que provienen de cuerpos en movimiento, de vínculos afectivos, de decisiones cotidianas. Desde el teléfono hasta el refrigerador, desde el reloj inteligente hasta la cámara urbana, todo dispositivo se convierte en interfaz de extracción de nuestro tiempo de trabajo. El ser humano sigue siendo, en esta fábrica invisible de la vida, el núcleo de toda valorización.

Frente a este escenario, el desafío no es rechazar el desarrollo científico-tecnológico que define a esta cuarta revolución industrial digital, sino disputar su orientación, su finalidad, su sentido. No se trata de negar la técnica, sino de interrogar su uso ¿al servicio de quién opera?, ¿qué mundo construye?, ¿qué formas de vida habilita o cancela? La “Madre IA” no debe servir a los intereses de esa Nueva Aristocracia Financiera y Tecnológica, sino ser reconfigurada como herramienta de las mayorías, como mediación para la vida y la emancipación de los pueblos, no como dispositivo de su subordinación.

El marxismo recuerda que la verdadera valorización del género humano no radica en su productividad, sino en su potencia, en la capacidad de crear mundos comunes, de transformar la necesidad en libertad. Esa potencia no crece como acumulación lineal, sino como historicidad; se expresa en la contingencia, en la posibilidad de introducir el fin allí donde todo parece determinado, en la capacidad de orientar la praxis hacia lo que aún no existe. La positividad de la técnica —encarnada hoy en la inteligencia artificial, los algoritmos y el Internet de las Cosas— se presenta como afirmación constante, no admite interrupciones, no reconoce el límite, no integra su contrario. El ser humano, en cambio, como plantea Jean-Paul Sartre, es negatividad, puede decir no, suspender lo dado, abrir el espacio de lo posible. Su historicidad está marcada por la contingencia, por el fin, por esa teleología que orienta la acción hacia horizontes no programados.

La técnica, cuando logra emanciparse del capital y ponerse al servicio de la vida, puede convertirse en vehículo de esa potencia. Pero cuando se transforma en “Madre IA”, deviene su negación: absorbe la fuerza creadora del trabajo humano y la devuelve en forma de control. Porque lo que distingue al sujeto no es su eficiencia, sino su libertad; no su capacidad de rendir, sino de imaginar lo que no existe, de resistir a la lógica del rendimiento y de crear sentido donde el sistema solo ofrece cálculo.

Así, la tensión radical que atravesamos no enfrenta progreso y retroceso, sino dos formas de valor radicalmente opuestas. De un lado, la afirmación de la vida, del cuerpo y de la Madre Tierra como fuentes de sentido, vínculo y libertad; del otro, una valorización abstracta que mide la existencia por su capacidad de producir rendimiento, trazabilidad y control. La pregunta no es si la “Madre IA” destruirá al ser humano, sino si seremos capaces de reorientar su lógica antes de que absorba por completo nuestra potencia creadora. Si podremos recuperar el tiempo disponible, la imaginación colectiva, la facultad de generar sentido más allá de los circuitos de utilidad. Porque si el futuro ha de tener valor, no será por el algoritmo que calcula, sino por la vida que resiste, que inventa, que se niega a ser reducida a una variable operativa.

* Lucas Aguilera es Magíster en Políticas Públicas y Director de Investigación de la agencia argentina NODAL

La desvalorización del género humano en la fase digital – Por Lucas Aguilera

Comparte este contenido:

Democracia o libertad: las antinomias de la nueva fase capitalista

¿Qué es lo nuevo de las derechas “alternativas” y por qué siguen sumando adhesiones?

El avance de las fuerzas políticas reaccionarias en el mundo, más allá de las particularidades regionales y nacionales, exige un esfuerzo interpretativo sobre las transformaciones profundas de la economía política y de la producción de poder, sus personificaciones sociales, el correlato en la geopolítica y la construcción de sentido común. Adentrarnos en el caso argentino con la emergencia de Javier Milei, permite un acercamiento analítico a los fenómenos en curso.

El joven siglo XXI irrumpió con toda su maquinaria-digital y aceleradamente se transformaron las relaciones sociales que sostienen nuestras vidas. Este proceso de “pantallización” de nuestra cotidianeidad, ha dado como resultado un aumento exponencial en el tiempo que habitamos el territorio virtual, algorítmicamente organizado. Según el reciente informe de abril de 2024 de DataReportal, 5.440 millones de personas utilizan Internet, representando el 67,1% de la población mundial. Un crecimiento nada desdeñable -catalizado por la pandemia- desde el 2019, cuando el 57% de la población accedía a internet, es decir 4.388 millones de usuarios alrededor del globo.

Es posible agregar, sin objeciones, que en medio del vertiginoso desarrollo del régimen de acumulación y el cambio de fase del sistema capitalista que está configurando la era del metaverso, la democracia revela sus fines y demuestra sus límites. El capital ya no la necesita tal y como durante más de 2 siglos organizó la estructura política en la arena internacional, aunque los desgastados Estados nación sigan siendo un tablero importante en la disputa por la riqueza socialmente producida.

“La verdadera política es la política internacional” sentenció con certeza el estratega argentino Juan Domingo Perón promediando el S.XX, pero el mundo que supo leer, es otro. Qué lejos encontramos los tiempos de un polo socialista y un polo capitalista. La contradicción que se presenta en este tiempo histórico podría definirse por la disputa entre el proyecto de la globalización y sus contradicciones y la “derecha alternativa”, Alt-right o neoreaccionaria, livianamente llamada neofascista.

Se trata, en verdad, de distintas personificaciones sociales y políticas de una misma clase: la capitalista. Su semilla es idéntica, aunque sus ramificaciones y follajes se diferencien y compitan en busca de esa luz solar que les permite reproducirse. Ese sol es nada más y nada menos que la plusvalía, el tiempo de trabajo no remunerado, la última meta de la burguesía.

Esta disputa entre proyectos estratégicos del capital aparece en el campo de las ideas, en la “opinión pública”, como la contradicción “democracia versus libertad”. Partiendo del reconocimiento de su carácter antinómico, es posible encontrar allí un elemento explicativo. De un lado, los globalistas, los “rojos” socialdemócratas, con sus ideas formalistas de “democracia, igualdad y fraternidad”.

En la vereda de enfrente, los neoreaccionarios, libertarios o las derechas rupturistas -alternativas- enarbolando discursivamente la libertad en abstracto, capturando el descontento generalizado a lo largo y ancho del mundo, logrando capitalizar la insatisfacción ante los límites cada vez más evidentes de una democracia para unos pocos. Estos (falsos) libertarios sostienen que la modernidad ha llevado a la alienación, la destrucción ecológica y la deshumanización. Su premisa, en principio, no parece ser incorrecta. De allí la capacidad de captar el voto de grandes sectores de las bases de la pirámide social, cada vez más desigual.

El sistema democrático y sus representantes están siendo asediados por la corrupción, el fraude y la mentira de la clase política, sin distinción, de allí el concepto de “casta”, tan utilizado actualmente de manera sistemática. Sobre estas concepciones cabalga la propuesta de una democracia tecnocrática o neorreaccionaria -también llamada “tecnopolítica”-, que ofrece la aparente posibilidad de una “participación ciudadana” instantánea a través de las redes sociales, donde cada individuo expresa su opinión con la promesa de ser valorado y tenido en cuenta.

Así, el resurgimiento de las nuevas derechas se vincula a la insatisfacción social cada vez más extendida, tanto en el ámbito económico como en el plano ideológico. Ninguna de estas dos variantes logra satisfacer realmente o cubrir la demanda social actual; para ello estas derechas construyeron la propuesta, aparentemente “disruptiva» que logra atraer adeptos, con propaganda antisistema.

De fondo, lo que juega es la eficaz captación y utilización de la frustración social acumulada durante décadas de neoliberalismo. Este tiempo se caracteriza por una “purga continua” en las redes sociales, frente a un sistema que promete acceso ilimitado a bienes y servicios de acuerdo al mérito personal, como reflejo de status social, pero esconde la drástica reducción de oportunidades para edificar un futuro de inclusión y proyección personal y social.

No es que estas derechas sean realmente nuevas; sus discursos emergen de las entrañas del capitalismo, siendo las raíces mismas del sistema. Están fundamentadas en valores impuestos desde la ortodoxia de un momento anterior y sus instituciones, como las iglesias, las escuelas, los gobiernos y los medios de comunicación de antaño. Esas instituciones “del pasado” sentaron las bases de estos movimientos “del presente”.

A partir de esos valores e ideologías, estas nuevas derechas están generando rupturas en un orden que, a pesar de sus promesas, solo produce pobreza y malestar social. El fenómeno resulta ser un cóctel explosivo que impacta directamente en el corazón de los pueblos. Lo viejo siempre parece mejor, ya que el recuerdo se nos presenta sin los conflictos y tensiones de su tiempo.

Este escenario de insatisfacción (que las mismas élites económicas y políticas produjeron y dirigieron) genera un espacio que necesita ser ocupado. ¿Qué pasó que no lo ocuparon los proyectos nacionales y populares o los proyectos revolucionarios? No es sencillo elaborar las respuestas, pero está claro que esta nueva derecha rupturista entendió el momento histórico y sus transformaciones radicales, lo que apunto a desentrañar en mi libro “Nueva Fase. Trabajo, valor y tiempo disponible en el capitalismo del S.XXI” (2023).

El sistema está pasando de una fase mecánica-analógica-informática-tangible basada en energías fósiles a una fase digital-virtual-financiarizada-intangible basada en energías renovables, acelerando los tiempos sociales de producción: lo que en 1970 se producía en 8 horas de jornada laboral, ya en 2020 se producía en una hora y media. El cambio de fase, combinando la aceleración inédita de los tiempos de producción con la aceleración igualmente creciente de la circulación a través del e-commerce y las monedas digitales genera -me atrevo a decir- la mayor transformación de la historia contemporánea.

En este contexto, la derecha alternativa entendió cómo capitalizar la crisis de este tiempo. De la mano de las tecnologías en lo material, del aceleracionismo en lo teórico y de la libertad en lo ideológico, está logrando cubrir el espacio político-representacional vacío. Hay una puesta en marcha desde las redes sociales, controladas por la Nueva Aristocracia Tecnológica, de una producción de “nuevos signos” que expresan una recodificación de lo existente, una reconfiguración de las territorialidades, nuevos órdenes sociales y nuevas subjetividades en curso.

Nos encontramos inmersos en una decadencia económica, cultural, política y filosófica, casi involutiva. Esta crisis civilizatoria constituye un éxito para la nueva aristocracia, que destruye las capacidades creativas y de observación de la humanidad, con la sobreinformación difícilmente procesable y discursos sobreideologizados ocultando el verdadero problema, que es el tránsito hacia un sistema de mayor explotación, pero de aparente libertad.

La nueva Fase Digital trae aparejada, deliberadamente, un proceso de hiper fragmentación social e individualización atomizante. En palabras de Raúl Zaffaroni: “Están promoviendo la pulsión a la soledad, es decir, a desentenderse del destino como integrante de una comunidad”. Fundamentalmente, este tiempo trae un aumento en la explotación, casi imperceptible por la humanidad, porque quienes se disputan el control del futuro logran combinar y apropiarse del trabajo de millones de humanos, mediados por múltiples dispositivos conectados entre sí.

En lo social, híper fragmentación y aislamiento; en lo económico, combinación global de la producción y el consumo. Hoy podemos afirmar que el tiempo personal que transcurre cada vez más en la virtualidad, es tiempo para otro: es tiempo para el capital y tiempo de trabajo para nosotros, sin ningún tipo de remuneración. Tiempo de trabajo extraído gracias al Internet de las cosas que combina los múltiples usos individuales y a partir de ello elabora patrones y comportamientos de los instrumentos que manipulamos. Información que luego es evaluada, analizada y volcada al sistema productivo generando medios de producción de mejor calidad, acorde a las necesidades de los consumidores y con un costo cero. Lo que observa el consumidor, como cara visible del proceso, es la posibilidad de beneficiarse gratuitamente de las actualizaciones de los sistemas operativos de sus dispositivos tecnológicos e interfaces de la red de aplicaciones y plataformas a las que accede, ignorando que dichas mejoras se han realizado a partir del trabajo que le ha sido expropiado

El experimento Milei en Argentina: un “fenómeno barrial-global”

Javier Milei, presidente de Argentina, es una clara representación de esta nueva derecha. El “León” -como él mismo se ilustra- es el experimento de la aristocracia financiera y tecnológica. El “fenómeno barrial-global” más que un león, es, más bien, un peón importante construido estratégicamente para jugar en el gran tablero mundial.

Su figura, una mixtura bizarra de rockstar, panelista de TV y mesías anarcocapitalista, es utilizada para tensionar sobre el orden establecido. Indiferente frente a los agravados problemas sociales y a los intereses nacionales, la prioridad de su agenda es impuesta desde el exterior.

En tal sentido, la invitación a participar del G7, extendida a Milei por la primera ministra de Italia, Giorgia Meloni, o la bendición ofrecida por Elon Musk, dueño de X y Tesla, y la de Mark Zuckerberg, dueño de Meta, en los Estados Unidos, que hicieron una excepción y recibieron en reuniones al presidente. Demasiado para un outsider devenido en mandatario de un país con importantes reservas de recursos estratégicos y con alto desarrollo científico tecnológico a partir de la inversión pública en educación e investigación.

Lo que es evidente es que Milei adoptó sin tapujos ni disimulo el rol ofrecido por la derecha alternativa, e intentará llevar adelante el plan de los dueños de las tecnológicas hasta las últimas consecuencias, ubicando a la Argentina como un eslabón en la cadena global, fuente de suministro de energías para la Inteligencia Artificial a través de Vaca Muerta (gas y petróleo), “Vaca Blanca” (litio) y energías para la fuerza de trabajo a través de la “vaca viva” (alimentos). Siguiendo la definición de The Economist, “transformar a la Argentina en la Texas del sur”, el presidente anunció su intención de convertir al país en “el cuarto polo de Inteligencia Artificial a nivel mundial”, lo que significa desarrollo tecnológico y energético sin inclusión social en un proyecto de país para 10 millones de habitantes.

La disputa entre planes de industrialización con y sin distribución progresiva del ingreso se renueva, porque nunca dejó de estar en discusión quiénes se apropian de los avances sociales y la riqueza que sólo el trabajo produce. La base económica del proyecto en desarrollo en Argentina está configurada por la red financiera y digital, principalmente de la mano de Elon Musk y Mark Zuckerberg, que esperan con ansias desembarcar en el país. Parte de la red son también figuras como Peter Thiel, financista de Silicon Valley y de campañas electorales de Donald Trump, y Steve Bannon, ex asesor de Trump y el impulsor de la ultraderecha en Estados Unidos y Europa.

Se suma al entramado el magnate mexicano Ricardo Salinas Pliego, que además de apostar al proyecto económico de las grandes tecnológicas en la región, ha desarrollado una serie de think tanks, como “Caminos de la Libertad”, con los que busca un “cambio cultural”, con conocidas conexiones con La Libertad Avanza en Argentina.

Estos tanques de pensamiento son los que construyen el elemento ideológico del proyecto. Reproducen y amplían ideas que circulan en las redes sociales, instrumentos a través de los cuales conducen sus bases sociales “libertarias”. Maquillan y presentan como novedosos los fundamentos de teorías económicas sostenidas por Von Hayek o Milton Freedman y construyen sentido común apoyados en intelectuales orgánicos como Nick Land y Alexander Dugin. No le falta tampoco el elemento religioso para su estrategia de conducción, apoyada principalmente en el despliegue de las iglesias evangélicas y el sionismo coordinado desde Israel.

No hay que restar complejidad al aparato ideológico que les da sustento a estas derechas “neorreaccionarias” y su propuesta de “tecnopolítica”. Desde la perspectiva del aceleracionismo de Nick Land, se plantea que la tecnología y el capitalismo avanzan a un ritmo vertiginoso, generando transformaciones profundas y disruptivas en la sociedad y la política. La Cuarta Teoría propuesta por Alexander Dugin, también arroja luz sobre estos fenómenos. Dugin propone una síntesis de las ideologías políticas tradicionales (liberalismo, comunismo, fascismo) que se centra en el individuo, el nihilismo y la despolitización de los valores establecidos. Esta visión nos permite comprender cómo los movimientos neoreaccionarios buscan desafiar y subvertir las instituciones y normas democráticas existentes en favor de una nueva forma de organización social y política.

Al integrar estas perspectivas, podemos obtener una comprensión más profunda. La interacción entre la aceleración tecnológica propuesta por Land y la reconfiguración de valores y poder propuesta por Dugin nos permite vislumbrar cómo estos movimientos buscan establecer nuevas formas de identidad, autoridad y organización social en un contexto de transformación acelerada y crisis de legitimidad en las democracias occidentales.

Hay que pensar, reflexionar y actuar en función de este tiempo histórico. La humanidad universal tiene que tomar conciencia. Para el capital ya no tiene importancia la edad, el oficio, la profesión, la orientación sexual o el género, la condición o situación contractual. Da lo mismo si te considerás emprendedor o crees ser tu propio jefe; para el capital, hagas lo que hagas ya sos parte del Taller Global. Allí cada uno, interconectado en múltiples escalas, es el sostén de la maquinaria digital que produce beneficios que inmediatamente se vuelven ajenos. El o la trabajadora ocupa, sin distinción, la categoría de explotado: vos sos el zombie, no un libre prosumidor. Lo que hoy está en juego, si no rediscutimos nuestro propio proyecto como mayoría explotada, es básicamente, la posibilidad de que nos expropien nuestra esencia, nuestro espíritu mismo.

El desafío es pensar cómo se construye la fuerza necesaria para apropiarse del desarrollo científico tecnológico en curso -que nos pertenece en tanto es producto de la inteligencia colectiva y el conocimiento humano acumulado históricamente- para construir un proyecto económico, político e ideológico desde las grandes mayorías. Perón planteaba ya en el siglo pasado que “sin base científico-tecnológica propia y suficiente, la liberación se hace también imposible. La liberación del mundo en desarrollo exige que este conocimiento sea libremente internacionalizado”. Una premisa más que vigente, sobre la cual volver nuestra mirada.

Cómo pensar la arena política en estos tiempos supone construir alternativas reales que incluyan la discusión sobre las transformaciones estructurales en curso, en esta revolución tecnológica, para utilizar la técnica y el conocimiento estratégico en pos de resolver los grandes padecimientos de la Humanidad, reconstruyendo el tejido social, la co-existencia, base central de la esencia misma del ser humano.

* Magíster en Políticas Públicas y Desarrollo (FLACSO). Analista senior del Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE).

Fuente de la información e imagen:  https://www.nodal.am

Comparte este contenido:

El trabajo en la nueva fase: tiempo de más explotación

Por Lucas Aguilera

Hace 138 años, miles de trabajadores estadounidenses pasaron a la historia como los “mártires de Chicago”, marcando un hito para la lucha del movimiento obrero por la reducción de la jornada laboral. Bajo la consigna «ocho horas de trabajo, ocho horas de ocio y ocho horas de descanso», los trabajadores de 1886 llevaron a cabo un reclamo que culminaría en una sangrienta represión y en el fusilamiento de los manifestantes.

Es un día como hoy, primero de mayo, que recordamos no sólo a los mártires de Chicago, sino que también a los millones de trabajadores que han luchado por una vida digna, por la supresión del tiempo de vida que les es expropiado cotidianamente.

El mundo en el que vivimos, es un mundo convulsionado por la crisis que atravesamos, por la disputa entre quienes pretenden apropiarse de la riqueza que producimos. Es en este mundo, donde la capacidad que nos hace humanos, la que nos identifica como seres universales, capaces de convertir nuestra actividad vital en objeto de nuestra voluntad, nos es expropiada y enajenada para el enriquecimiento de unos cuantos.
El trabajo, esa condena en la que vive el hombre contemporáneo, es en realidad la facultad que le permite crear los instrumentos para alcanzar sus fines, es la habilidad que le posibilita convertir en medio cualquier objeto que encuentre y es la determinación que lo distingue como actividad vital consciente.

En nuestra sociedad, donde reinan el dios dinero y los reyes del capital, es en donde nuestro trabajo como actividad y relación, es trastocado. Ya no somos nosotros los que definen a las cosas como instrumentos, sino que son las cosas mismas las que nos instrumentalizan. El trabajo, lejos de ser la definición que nos hace humanos, se ha convertido en mero medio de una estrecha vida material.

Es por esta inversión, que cuando trabajamos, estamos fuera de nosotros mismos, somos incompetentes para alcanzar nuestros propios fines y realizamos los de otros, que usurpan nuestra actividad vital. Somos convertidos en animales al momento de trabajar, y nos sentimos humanos al momento de consumir.

Esta contradicción ha llegado a su non plus ultra en la actualidad, en el momento donde el capital ha expandido su capacidad de explotación hacia los rincones más recónditos de nuestra intimidad y a los tiempos más remotos de nuestra actividad. Las tecnologías digitales son utilizadas para la enajenación de nuestra capacidad creativa y nuestra intención productiva, convirtiéndonos en engranajes de una maquinaria social que vive a expensas de nuestra actividad vital consciente.

Esta nueva fase del capital ha generado mayores grados de dispersión y fragmentación social y política, al mismo tiempo que ha provocado una mayor integración económica. La capacidad del capital de asociar brazos e instrumentos en el proceso productivo se expandió, permitiendo que millones de personas en cualquier parte del mundo puedan trabajar en un objetivo común. Este nuevo grado de combinación de la fuerza laboral, a través del mundo digital y sus plataformas, ha significado la reducción de costos y tiempos de producción para el capital, ampliando su capacidad de acumulación.

El advenimiento de esta nueva fase ha desdibujado entonces los límites de la jornada laboral, yuxtaponiendo los tiempos y espacios en los que habita el ser humano. La consolidación de la virtualidad como nuevo locus standi para la producción, ha provocado la difuminación de la diferencia entre tiempo laboral y tiempo de recreación, convirtiendo finalmente todos los tiempos y espacios donde acciona el trabajador, en tiempo de explotación para el capital.

Por eso es urgente, hoy más que nunca, rememorar a los mártires de Chicago y todos los trabajadores que dejaron la vida en la lucha por un mundo en donde el hombre no sea esclavo de su producto. Es necesario entonces empezar a debatir la totalidad de la riqueza que producimos, sin reducir la discusión a las formas tradicionales de explotación.

Sólo de esta manera lograremos asumir la complejidad de la situación en la que estamos inmersos y encontraremos los instrumentos para la definitiva liberación de las clases subalternas.

Entonces es necesario que ofrezcamos a los pueblos la posibilidad de que trabajen felices con un grado suficiente de dignidad para un progreso técnico y científico de la humanidad, que quizás no sea tan grande como el que ha venido asegurando el capitalismo, pero por lo menos que no sea sobre el sacrificio de nadie. Pueblos felices trabajando por la grandeza de un mundo futuro, pero sin sacrificio y sin dolor, que eso es lo humano, eso es lo natural y que es también lo científico.

Juan Domingo Perón

El trabajo en la nueva fase: tiempo de más explotación – Por Lucas Aguilera

Comparte este contenido: