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Colombia: Lo que no sabemos (y deberíamos tener claro) sobre el retorno a los colegios

América del Sur/Colombia/16-04-2021/Autor(a) y Fuente: www.elespectador.com

A la niñez del país y al cuerpo docente les urge volver a clases presenciales, pero la pelea por las condiciones de seguridad para hacerlo tiene enfrentados a sindicatos, sociedad civil y Ministerio de Educación. La desigualdad y la falta de información son factores determinantes e ignorados en la discusión.

Aunque pocos, hay diagnósticos que nos ayudan a entender el estado de la educación y de los colegios del país. Gracias a la sistematización del Laboratorio de Economía de Educación (LEE) de la Universidad Javeriana, sabemos que hay casi ocho millones de estudiantes y 43.956 sedes educativas oficiales en Colombia, además de otras 10.000 que son privadas. También sabemos que el 90 % de quienes estudian allí pertenecen a estrados 0, 1 y 2, y que el 63 % de los estudiantes de colegios oficiales no tienen computador ni internet en su casa.

Pero no todos los colegios de Colombia son iguales, y aunque para todos los niños, niñas y adolescentes volver al colegio es una urgencia (como ha señalado en varias ocasiones Unicef), hay unos para quienes el asunto es de vital importancia. Por ejemplo, la Coalición contra la vinculación de niños, niñas y jóvenes al conflicto armado en Colombia (Coalico), reportó cuarenta eventos en donde se habían podido reclutar o vincular a grupos armados 190 niños, niñas y adolescentes en el primer semestre de 2020. Otra urgencia es evitar el trabajo infantil, el aumento de la pobreza, el embarazo adolescente y el rezago de lo ganado en materia de educación para las niñas.

La semana pasada, el Ministerio de Salud anunció que será obligatorio que alcaldías y gobernaciones le pidan autorización para cerrar colegios por coronavirus. Esta medida se suma a las ya establecidas para la reapertura de colegios, que va lenta y cada día es más urgente. Pero la cancha está dividida: mientras la Federación Colombiana de Educadores (Fecode) no ve garantías para el regreso, otra facción de académicos, padres de familia y pedagogos piden que se abran los colegios, y la voz de los niños no está por ninguna parte.

Lo que sí está claro es que la educación en Colombia no es solo desigual sino variopinta y, tras trece meses de encierro, aún no hay un diagnóstico general de qué necesita cada institución educativa para volver. Mientras una necesita abrir urgentemente para evitar el reclutamiento, otra necesitará mejorar los baños y el alcantarillado, alguna tendrá recursos propios para abrir (especialmente los privados), otra necesitará más docentes para cumplir con la alternancia sin sobrecargar laboralmente a los que ya están contratados, otros necesitan actualizar su currículo académico. Aunque esto debería estar en manos de las secretarías de Educación departamentales, aún no se ha adelantado en forma (a excepción de las secretarías de Palmira (Valle), el Área Metropolitana del Valle de Aburrá y Bogotá.

Dado que no todos los colegios tienen las mismas condiciones, y que no todas las zonas del país tienen la misma cantidad de casos de coronavirus, una de las propuestas para superar la desigualdad es que se abran los colegios tomando en cuenta los municipios que no tengan altas tasas de contagio. Esta idea fue informada por Silvana Zapata, epidemióloga de la Gobernación de Antioquia y una de las divulgadoras científicas en la pandemia.

La epidemióloga cruzó los datos de 39.276 instituciones educativas (IE) públicas del país con la afectación de COVID-19 por municipio y el porcentaje de ocupación de UCI en cada departamento, y calculó que 9.238 colegios podrían volver a tener actividades presenciales con riesgo bajo o nulo, el 23,5 %. De esos hay 2.387 que no son oficiales y que, se supone, deberían poder gestionar ciertas condiciones para volver, por lo menos en materia de infraestructura.

Aunque quienes exigen que se retorne a clases presenciales acogieron esta propuesta (que no es nueva, sino actualizada con datos más recientes), El Espectador no pudo determinar si alguna facción de la sociedad civil está en contacto con el Ministerio de Educación para discutir estas medidas. Al cierre de esta publicación, Constanza Alarcón, viceministra de Educación Preescolar, Básica y Media, no había respondido a las preguntas que este diario le hizo llegar a través de la jefatura de prensa.

El único contacto con el MEN, hasta donde sabemos, lo tiene la Fecode, que desde que se anunció la reapertura de colegios, en septiembre del año pasado, ha sentado su posición sobre no retornar hasta que “existan las condiciones necesarias”. Esto implica incluir al cuerpo docente y estudiantes como grupo priorizado en el Plan Nacional de Vacunación, que el coronavirus sea incluido como riesgo profesional ante EPS y aseguradoras, que se expida un certificado de comorbilidades para COVID-19, además de las otras peticiones (aprobación de las cesantías para vivienda, nivelación salarial, etc.).

“En las mesas que hemos tenido con el Gobierno propusimos que se hiciera un trabajo en terreno, sede por sede, para verificar que los protocolos funcionen como corresponde y ahí sí dar apertura, pero hay colegios que han comenzado sin tener eso y nadie lo vigila, ni siquiera las secretarías de Salud”, dice Martha Alfonso, vicepresidenta de Fecode.

Estos diálogos también evidencian cierta desigualdad, porque si bien Fecode ha exigido que los docentes sean tenidos en cuenta como personal de primera línea, otros critican que para abrir los colegios no se puede esperar a resolver una deuda histórica con los maestros, el clamor de investigadores en educación (que en muchos casos también son padres y madres con sus hijos en la casa desde hace trece meses) es que se abran los colegios con urgencia y que se garantice lo mejor posible la bioseguridad, pero esta facción no tiene diálogo con el Ministerio. Fecode, por otro lado, tiene manera de hacer presión gubernamental, dado que tiene representantes en prácticamente cada municipio y ha demostrado su capacidad de poner temas en la agenda pública, como con el paro de maestros de 2018, en donde tenían exigencias similares a las de este año (solo que la pandemia se sumó al pliego de peticiones de 2021).

Ni la niñez, ni la infraestructura de jardines y colegios, ni el cuerpo docente da espera, pero estamos en el momento más álgido del tercer pico y las UCI en Medellín o Bogotá están al máximo de su capacidad, ¿entonces qué hacemos?

Por ahora, y hasta donde sabemos, no hay propuestas formalizadas ante el MEN, aunque rectoras y rectoras hacen lo que pueden para mantener las clases sin importar si hay internet, computadores, caminos para llegar al colegio o no. El profesor Arlis Montilla, que enseña en un colegio de Chaparral (Tolima), opina que no puede volver a su colegio porque hay solo tres baños para noventa niñas y dos para noventa niños. “No hay lavamanos buenos y nosotros sacamos el agua de una quebrada que hay detrás del colegio, pero en invierno se crece y queda puro barro, y no tenemos agua. Yo por ahora no volvería. Sigo enviándoles tareas a mis estudiantes por WhatsApp, pero la conexión es pésima y muchos viven metidos en la montaña. Por eso necesitamos plata hasta para las fotocopias y no la hay, no la hemos podido redimir de la Secretaría por problemas administrativos”. De hecho, el MEN destinó $311.000 millones a las secretarías de Educación del país, pero solo el 23 % de esta plata se ha ejecutado.

Otros han tratado de actualizar la información local disponible. Por ejemplo, la Gobernación de Antioquia ya hizo el listado de cuántas sedes educativas de Antioquia no tienen agua, para saber a dónde dirigir los recursos que gira el Fondo de Mitigación de Emergencias (FOME). Por ejemplo, el 49 % de las que están en Urabá y el 18 % de las del Bajo Cauca no tienen acceso al agua. Pero no todas las secretarías tienen este diagnóstico y por eso el giro de dinero a las IES se dificulta. Según el MEN, se han asignado $400.000 millones para adquirir guías, talleres, textos y, en general, material de apoyo pedagógico; también recursos al Programa de Alimentación Escolar para garantizar un complemento alimentario en el período de la educación en casa.

“Desconozco los criterios con los cuales se hace la asignación de recursos, pero debería ser por el tamaño de la matrícula en cada colegio y por las necesidades de cada IES. Lo que me parece sorprendente es que trece meses después de los cierres de colegios aún no tengamos información oficial sobre las adecuaciones que necesita cada sede educativa, de las condiciones precisas en las que están los colegios colombianos”, dice Sandra García, de la Escuela de Gobierno de la Universidad de los Andes, quien es defensora del retorno seguro a las aulas.

Otra apuesta es mejorar la virtualidad en zonas remotas. El Ministerio de Tecnologías y Comunicaciones anunció que les dará conectividad gratuita a 14.745 colegios oficiales hasta el 2031. Según El Tiempo, el proceso de licitación (que ganaron Claro y UT Centros Poblados) levantó algunas críticas en días pasados porque Camilo Ernesto Valencia Suescún, abogado de uno de los proponentes al proyecto Unión Temporal SES Inred, era asesor jurídico del Mintic.

Otra iniciativa consiste en invertir más en los estudiantes y maestros de colegios públicos, que concentran la mayoría del alumnado del país. Según la Secretaría de Educación Distrital de Bogotá, en un colegio privado se invierten entre $20 y $50 millones por niño al año, mientras que en uno público se invierten $3′696.000. Al menos estos son los datos de 2014, la brecha entre las cifras se puede haber acrecentado. De hecho, Colombia no está entre los cinco primeros puestos en inversión del PIB para educación, a pesar de que por primera vez el presupuesto para educación superó al de defensa, en 2019.

Entre otras, tampoco está muy claro de quién sería la responsabilidad de un contagio dentro del aula. En marzo de este año, la Institución Educativa Altos del Rosario, en Sincelejo, fue cerrada por orden de la Secretaría de Educación tras la muerte de una docente por COVID-19. El retorno de los estudiantes a las aulas es voluntario, pero dejar de prestar un servicio educativo no, bien sea porque un colegio pierde sus matrículas y se ve obligado a cerrar o porque es imperativo garantizar la educación básica, primaria y secundaria. Por otro lado, es obligación de cada establecimiento dar estricto cumplimiento a los protocolos de bioseguridad, así que algunas instituciones (por ejemplo la U. de los Andes) han pedido a sus docentes firmar un documento en donde se les exime de responsabilidad por posibles contagios, dado que volver a la presencialidad es voluntad única del docente. Según Fecode, aún no han sido reemplazados los docentes fallecidos por coronavirus, y la sobrecarga laboral de los docentes está afectando su salud mental y su entorno familiar, pero a la fecha no hay diagnósticos ni encuestas que soporten esta obvia realidad. Al preguntarle al Ministerio si existen directrices que eximan al Estado colombiano por posibles contagios a consecuencia del retorno a la presencialidad, no obtuvimos respuesta.

Pero mejoras en la infraestructura y mayor inversión no son la única manera de lograr que la niñez vuelva al colegio y cerrar las brechas que había antes de la pandemia, pero aumentaron. Según Andrés Molano, profesor de la Facultad de Educación de la Universidad de los Andes, “por ahora no hay nadie proponiendo nuevos modelos pedagógicos que puedan garantizar la interacción social, el aprendizaje del cuidado o los afectos. Las escuelas no son solo para enseñar a leer y escribir”.

Las realidades entre los colegios no son iguales y parte del problema, según Molano, es pensar en una solución única. Incluso, lo que consideramos desventajas pueden ser ventajas: “Un colegio rural, aunque no tenga el lavamanos o el acceso al agua potable, tiene la ventaja de la ventilación y los espacios abiertos que un colegio público urbano en Bogotá no necesariamente tiene. Hay que buscar la manera de examinar colegio por colegio. Además, se han cerrado calles enteras para abrir restaurantes, por qué no cerrar calles para hacer clases”.

“El primer paso es preparar a los colegios físicamente, pero más importante es desarrollar el aprendizaje y bienestar emocional perdido por el trauma del encierro. Ese debe ser el debate que nos convoque a quienes trabajamos en el sector educativo. La crisis de aprendizaje será tremenda y para eso hay que desarrollar nuevos modelos educativos y resolverla antes de avanzar”, dice García.

Por ahora, ante nuevos picos y la llegada de nuevas variantes del coronavirus, colegios de Toronto (Canadá) y Francia han decidido volver a cerrar hasta nuevo aviso.

Fuente e Imagen: https://www.elespectador.com/noticias/educacion/regreso-a-clases-lo-que-deberia-saber/

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Educación profesional sube a nuevas alturas en China

Asia/China/16-04-2021/Autor(a) y Fuente: Spanish.xinhuanet.com 

China es el hogar de unos 30,88 millones de estudiantes que adquieren habilidades en 11.300 instituciones de educación profesional, según las estadísticas del Ministerio de Educación.

El ministerio ha aprobado a 27 instituciones que ofrecen educación profesional a nivel de pregrado desde 2019, cuando el Consejo de Estado lanzó un plan para reformar el sistema de educación vocacional.

Entre las 1.349 especializaciones que figuran en un nuevo catálogo de especialidades profesionales publicado por el ministerio este año, 247 son carreras de pregrado, agregó.

El ministerio ha venido trabajando por promover el trato justo a estudiantes que reciben la educación profesional, garantizando que disfruten de igual oportunidad que los de escuelas regulares en términos de inscripción, empleo y ascensos laborales, según un funcionario del ministerio.

Fuente: http://spanish.xinhuanet.com/2021-04/11/c_139872973.htm

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Mundo: Ciclo «El Derecho Humano a la Educación»

Mundo/16-04-2021/Autor(a) y Fuente: Alianza Pedagógica Social Internacional/CLADE/FOVEDE

Hacía la ruta de la  Semana de Acción Mundial por la Educación (SAME) 2021: financiamiento de la educación pública y gratuita frente a la pandemia convocada por la Campaña Latinoamericana por el Derecho a la Educación (CLADE) que será realizada del 26 al 30 de abril. La Alianza Pedagógica Social Internacional conformada por la CEIP-Histórica (Arg), Centro de Estudios MAEEC-CLACSO (Méx), Masa Crítica (Panamá), Kaichuk Mat Dha (Méx), SAVIA (Paraguay), Centro Martin Luther King (Uruguay), Organización Social, Feminista, Pedagogica Mujer-Pueblo-Magisterio CNTE Durango(Méx), EMANCIPACIÓN (Chile), KAVILANDO (Colombia), Universidad de Panamá, CIPCAL (AL), CII-OVE (Vzla), con mención especial a la RED GLOBAL GLOCAL por la Calidad Educativa (AL) y Foro Venezolano por el Derecho a la Educación (FOVEDE); estos últimos pertenecientes a la CLADE.

Invitan a su último foro de esta semana denominado «Derecho Humano a la Educación» con la presencia de Suman Bhattacharjea directora de investigación ASER Centre, India.

El encuentro será el día hoy viernes en los siguientes horarios:

  • 06:00 hrs CT/NI/SV/HN
  • 07:00 hrs Mx Mx/Pan/Perú/Colombia/Ecuador
  • 08:00 hrs Vzla/PR/Bol/Chile
  • 09:00 hrs Uy/Arg/San Pablo/Paraguay
  • 14:00 hrs ESP/FR
  • 17:30 hrs India

Fuente e Imagen: Alianza Pedagógica Social Internacional/CLADE/FOVEDE

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México: “La pandemia dio la oportunidad de recuperar la vida rarámuri”


Por: Patricia Mayorga


 Enclavada entre formaciones rocosas sobre un gran valle, que trazan elefantes gigantes, ranas, monjes, hongos y otras figuras, se encuentra una de las escuelas indígenas más importantes de la Sierra Tarahumara. En el salón de Antonia Barragán Cruz, sus plantas colocadas en masetas ya extrañan a los alumnos, están tristes después de un año de ausencia de las niñas y los niños del kínder.

Sin embargo, la maestra rarámuri de la comunidad de San Ignacio de Arareco, ha entendido la gran oportunidad que les trajo la pandemia de Covid-19 para fomentar en sus alumnos y sus familias, la recuperación del sentido de comunidad, de sus leyendas e historias, y de vivir en la Sierra Tarahumara.

Localizada en el municipio de Bocoyna, San Ignacio de Arereco es de los puntos turísticos más importantes del estado de Chihuahua. Sus habitantes, que casi en su totalidad son indígenas, son grandes artesanos, su principal fuente de ingresos.

A unos 20 minutos del poblado de Creel, la comunidad recibe a miles de turistas cada año, que llegaban sobre todo desde Estados Unidos y de Europa, hasta que se instaló la pandemia. Desde hace décadas y de manera paulatina, las familias rarámuri dejaron de lado la agricultura y ganadería como una de sus principales actividades.

La comunidad se hace cargo del resguardo del lago de Arareco, uno de los atractivos más visitados en la sierra.

“Con lo de la pandemia, ver más al niño en su casa, ver más en su contexto, en el espacio en el que él vive y nosotros como maestros también, porque a los maestros nos forman para dar clases dentro de un salón, no es mucho de comunidad desde casa, desde la raíz donde el niño está creciendo”, reflexiona la maestra Antonia Barragán.

Las clases en el jardín de niños de Arareco las dan en dos lenguas: rarámuri y español. Aunque es un poblado indígena, este año tiene entre sus alumnos a dos niños mestizos. Pero de los niños rarámuri, algunos no son bilingües, hay quienes hablan sólo español o sólo rarámuri.

Foto: Patricia Mayorga

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Antonia Barragán fue formada por padres docentes. Es originaria del municipio de Guachochi. Su mamá fue maestra en comunidades del mismo municipio y su papá, en el municipio de Batopilas. Ahora tiene un doctorado en Educación.

“Me enamoré de la docencia por mi mamá. Me gusta ver cómo aprenden los niños, cómo van creciendo y en qué les puedo ir apoyando, guiando. Me gusta preescolar por los niños chiquitos, es como una planta que va brotando, que va saliendo, ves cómo crece”.

Crítica del sistema educativo mestizo que han impuesto en la Sierra Tarahumara, opina: “Trabajamos con el plan nacional y vienen muchas cosas que están descontextualizadas. Sirve, pero cuando se dan las clases se tienen que dar de otras maneras, contextualizar”.

La pandemia puso en evidencia al sistema educativo en su tierra, como en otras partes del mundo.

El 23 de marzo del año pasado, las autoridades municipales les anunciaron el cierre de las escuelas y que las clases se darían a distancia.

A diferencia de otras comunidades más aisladas en municipios de la Tarahumara, Bocoyna es un municipio que tiene mayor conectividad, son radioescuchas principalmente. Hay otras poblaciones a donde es difícil llegar y la única forma de que la niñez acuda a la escuela, es en internados, donde duermen y les dan alimento toda la semana. Pero ahora están cerrados.

Las alumnas y los alumnos de las cuatro étnicas de la Sierra Tarahumara (rarámuri o tarahumaras, ódami o tepehuanes, warijíos y pimas), viven a kilómetros de distancia. Se caracterizan porque las familias están a grandes distancias unas de otras. Son seminómadas y grandes corredores. Rarámuri significa pies ligeros.

En temporadas normales de clases, hay niñas y niños que sólo acuden dos o tres días a la escuela, por la distancia. Desde hace tres años el albergue está cerrado por falta de apoyo para pagar al personal de cocina. La señal de internet no llega a todas las casas y la mayoría no tiene recursos para rentarlo.

La forma en que trabaja el magisterio con la población indígena, menonita y migrante, es con cuadernillos y guías que realizan los mismos maestros. En el caso de la Tarahumara, también cuentan con la radio comunitaria XETAR La voz de la sierra, con sede en Guachochi, en donde les transmiten clases.

En la región operan 18 asesores técnicos pedagógicos de educación indígena que se encargan de diseñar los cuadernillos para preescolar y primaria. Ellos entregan el material en lugares estratégicos para las comunidades y 10 jefes se sectores distribuidos en la Tarahumara, se encargan de la distribución”, de acuerdo con Rafael González Valdez, jefe del departamento de Educación Indígena de los Servicios Estatales del Estado de Chihuahua (SEECH).

Foto: Patricia Mayorga

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El bombardeo de noticias que prohibían la salida de las viviendas, que invitaban a asilarse porque un bicho peligroso acechaba al mundo, generó incertidumbre y miedo en las poblaciones indígenas cercanas a las poblaciones más urbanizadas.

“Les dije que no tuvieran miedo, que el miedo hacía que nos enfermáramos tal vez de eso o tal vez nos íbamos a enfermar de otra cosa por el miedo. Que el miedo no nos iba a hacer fuertes, que nosotros teníamos mucho espacio cómo curarnos, otras maneras de curarnos”, recuerda Antonia Barragán.

Ahora dice, los papás están muy tranquilos. En el kínder de San Ignacio de Arareco trabajan tres maestras, quienes se han organizado para manejar ese miedo y aprovechar la oportunidad que les trajo la pandemia.

“Nos decían (los padres de familia) que pasó una camioneta diciendo, con bocinas, que no saliéramos de dentro de la casa, que nos quedáramos adentro. Les decíamos que nosotros acá en la sierra, las casas están muy dispersas, hay mucho espacio donde moverse.

“Ellos (los mestizos o chabochis) tenían miedo de salir, que porque les iba a pegar el aire y se iban a enfermar y le decíamos: ‘no, no estamos como en la ciudad. Les explicamos cómo vivían en la ciudad, que ellos viven con las casas pegadas. Porque aquí nos reunimos afuera, pero nos sentamos así separados. Y les decíamos: ‘ellos tienen un patio muy chiquito y por eso ellos no pueden salir. Nosotros sí podemos salir al campo, ir a traer leña, ir a traer plantas, consumir los alimentos que hay en la comunidad: lo quelites, los nopales, las tunas…”.

Las tres maestras van cada semana o cada quince días a las casas de los 63 alumnos de la escuela, a pesar de la dispersión en la que se encuentran. Antonia tiene 19 estudiantes. El año pasado, cuando inició la pandemia, daba clases en tercer grado y este ciclo escolar, a los de primero.

Las actividades escolares salieron también de las aulas. Ahora las clases son más prácticas. Aunque la maestra Antonia incluye en el programa escolar el ciclo de cosechas y las estaciones del año de manera más práctica para que sus alumnos no olviden para qué sirven las plantas que les rodean, ahora, la mayor carga de las clases es en el campo.

Iniciaron con el cuadernillo, pero observaron que la carga mayor era pintar, dibujar y escribir. “Entonces empezamos, pensando en lo de la pandemia y de que mucha gente ya no tenía comida, para que pensaran que en casa también pueden tener un poquito de trabajo. Con que siembren una cebollita o dos, hicimos actividades que sirvieran para ellos, para pensar en eso”.

Fue difícil cuando comenzaron las clases de la mano de las familias, porque muchos padres de familia no saben escribir ni leer. Se apoyaban principalmente en los hermanos y hermanas mayores u otro familiar.

“En su casa yo los he visto muy tranquilos, están viviendo la vida del rarámuri. Nosotras estamos trabajando con los papás, les estamos explicando que en casa hay mucho qué aprender. Por ejemplo, de los niños que no hablan una lengua, que les enseñen la otra, así palabritas, con ejercicios que nosotros les mandamos. Por ejemplo, cómo se dice conejo en tarahumar, cómo se dice en español, cómo se dice manzana. Por ejemplo, contar sus animales que tienen, contar chivas, vacas, gallinas, marranos”, comparte Antonia.

Foto: Raúl Fernando Pérez

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Uno de los estudiantes rarámuri le pidió a su abuelo que le ayudara con la tarea que le tocaba hacer: una leyenda. El abuelo la escribió en español y rarámuri:

El Zopilote y el cuerdo, es el título de la leyenda:

“Cuento del pelón, como sopilote era muy preguntón, que porqué se miraba tan bonito y brillaba. Y el cuervo le contestó que se había bañado con maguey y el sopitole se bañó con maguey y quedó pelón, por andar preguntando y quedó pelón”.

El niño estaba feliz, recuerda Antonia. “Y me decían: ‘qué bueno que pusiste al abuelo’”.

Mientras hojea los cuadernillos de sus alumnos, detalla las tareas que han hecho:

“Aquí fue mencionar cada palabra en rarámuri y en español. Vienen a revisarla su papá, su mamá o alguien de la familia. Al principió sólo venían las mamás, yo les decía que los niños también eran de papá, ahora empiezan a venir papás o alguien de la familia. Les digo que cuando viene mamá o cuando viene papá, los niños se ponen muy contentos y les dan fuerza a los niños para que ellos aprendan mejor”.

En otra actividad, realizaron caminos con estambre para cumplir con los ejercicios de escritura. Un integrante de la familia les trazó el camino y los niños lo seguían con el estambre

Las niñas y niños ayudan más en el quehacer de la casa, en el pastoreo que ha sido actividad de la niñez por años. “Como en la escuela les enseñamos a contar, que les enseñen a contar allá, escribir el nombre de algún animal, dibujarlo, pintarlo, inventar un cuento sobre ello. Sobre la cultura, sobre los mitos, leyendas, o sea cosas que ellos les pueden platicar más de viva voz de la comunidad y que nosotros no estemos reproduciendo para todos los niños. Que les platiquen sobre su familia, que el abuelo les platique alguna historia, algún cuento, alguna leyenda”.

Antonia comenta que ha sido gratificante porque los mismos estudiantes le cuentan emocionados cómo les ha ido. Le comentan cómo el abuelo les platica más historias que antes, conocen más su entorno.

Han elaborado dibujos sobre el coronavirus, han escrito en español y rarámuri sobre la enfermedad y cómo la están viviendo.

“Aquí la actividad fue ‘celebrando en casa la patria, sobre las plantas medicinales hablamos. Decían: ¿cómo nos vamos a curar? Y les decía: ‘ya no utilizamos las plantas medicinales, ahora hay que verlas. Yo todos los años trabajo las plantas medicinales, hay quien las usaba y quien no”.

Han realizado trabajos en campo con los papás y en el cuadernillo, sobre el maíz, por qué lo siembran y para qué.

“Muchas familias aquí se dedican a la artesanía y no siembran por eso (…) Unos decían ya tenían años sin sembrar maíz. Nosotros les decíamos: ‘miren, no sabemos cómo estamos en el mundo, no tenemos qué esperar de fuera para poder comer. Tenemos todo aquí, o sea y hemos dejado muchas cosas, lo de las plantas medicinales también les platicaban mucho que ya no tomábamos los tés que hay aquí en la comunidad. Los andamos pisando y ya ni las conocemos”.

Desarrollaron también el proyecto de la cebolla. Junto con sus familias sembraron sus cebollitas, otros zanahoria, según lo que cada uno pudiera sembrar.

Foto: Raúl Fernando Pérez

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La pandemia les ha dado más espacios para platicar desde el miedo hasta la riqueza que tienen a su alrededor y las ventajas que les da una cultura que ha vivido en aislamiento históricamente.

“El rarámuri no tiene miedo a morir, pero como que los medios de comunicación sí les inculcaron mucho miedo. Hasta les hablábamos de las energías de las personas. Nosotros tenemos mucho miedo y viene otra persona con mucho miedo y pues ahí vamos aumentando los miedos. Lo que nosotros podemos hacer es irnos al cerro, ir a tener contacto con la naturaleza porque de esa manera nos cargamos de energías y de esa manera nos curamos también. A veces no aprovechamos esas cosas”.

Uno de los rumores más fuertes al inicio de la pandemia, fue que seguía la guerra por el agua y les generaba más miedo. Las maestras aprovecharon el tema.

“Bueno, entonces nosotros como comunidad hay que cuidar el agua, ya no sabemos cuidar el agua como antes, ya no le hacemos su ceremonia, ya tiramos basura por todos lados. La basura hace que el agua se vaya y así, fuimos fomentando que les comenten a sus hijos los mitos y leyendas sobre los fenómenos naturales.

“Y de todo eso decían: ‘es que ya no les decimos nada a los hijos sobre eso’ Pues ahora es el tiempo, ahora los tienen en su casa. Lo dejaron de hacer porque la dinámica de vida ya es diferente, porque como que se han desconectado un poquito de la tierra, de su familia, se han dedicado más al comercio muchas familias”.

Para las maestras tampoco ha sido fácil. Desde que inició la pandemia no han tenido vacaciones porque están pendientes de la comunidad. Sienten que no han trabajado lo suficiente, pero al mismo tiempo están cansadas.

“A mí me gusta mucho caminar, es una de las ventajas que digo: ‘qué suave’. Como maestros estamos formados para dar clases fuera, siempre estamos pensando cómo voy a enseñar matemáticas, lenguaje y comunicación, cómo voy a dar educación física. Ahora se dar todas las materias en las casas, enfocadas a la vida comunitaria y familiar. Eso es favorable para nosotros”, dice Antonia.

Mientras platica, rodeada en su salón de clases y rodeada de los imponentes paisajes de la Sierra Tarahumara, comparte que hasta que aceptó la entrevista y comenzó a revisar su material, se percató que el salón de clases se quedó intacto desde hace un año.

“Termina ciclo y yo quito todo el material. Se quedó como en pausa. Ahí se quedó así. Por ejemplo, el árbol en estos días los trabajo, primero haciendo el árbol con ramas sin hojas, luego las hojas y las flores y durante el ciclo escolar lo vamos trabajando conforme lo van viviendo y observando.

“Me dio mucha tristeza, me dio como que… y luego veo cuando vengo al salón, si veo a las plantas tristes, a mí me gustan mucho las plantas, hasta las mamás dicen: ‘¿maestra, cómo están sus plantas?’ Mire, si están tristes y ellas también comentan. Generalmente están bien alegres”.

Quedaron los nombres de los niños de tercer grado en cartulinas sobre la pared, quedaron sus fechas de nacimiento.

Foto: Raúl Fernando Pérez
Fuente e imagen: desinformemonos

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Suiza: Demandas del movimiento sindical al Foro sobre Financiación del Desarrollo de la ONU

La Confederación Sindical Internacional (CSI) ha hecho públicas sus demandas al Foro del Consejo Económico y Social de las Naciones Unidas (ECOSOC) sobre Financiación del Desarrollo (FDD) con vistas a lograr una recuperación y resiliencia de la economía en el futuro.

El evento reúne a jefes de Estado y de Gobierno, ministros y funcionarios de alto nivel. Considerará posibles soluciones sobre financiación para una recuperación de la COVID-19 y con vistas al desarrollo sostenible de aquí a 2030.

En el informe ‘Financiar la recuperación y construir la economía del futuro’, la CSI reclama que un Nuevo Contrato Social y los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) figuren como elementos centrales en la planificación económica post-pandemia, con:

  • inversión en creación de empleo;
  • empleos respetuosos con el clima;
  • ampliar la protección social universal; y
  • apoyar el papel de los interlocutores sociales para conformar medidas sostenibles para la recuperación y la resiliencia.

Empleos decentes, respetuosos con el clima

Sharan Burrow, secretaria general de la CSI, declaró: “El apoyo al empleo debería seguir revirtiendo las consecuencias económicas y sociales de la crisis hasta que se derrote la pandemia.

“Necesitamos un acceso universal a pruebas, tratamiento y vacunas. Necesitamos estrategias y políticas públicas que garanticen la creación de empleos decentes y respetuosos con el clima, acompañados de medidas justas de transición con el fin de garantizar que nadie se quede atrás en los procesos de transformación industrial”.

Las medidas de recuperación y resiliencia deberían financiarse mediante:

  • el alivio de la deuda y el aumento de la ayuda pública para el desarrollo destinada a los países en desarrollo, que les permita gestionar las respuestas a las crisis;
  • esfuerzos de movilización de recursos a través de una fiscalidad progresiva a nivel nacional, que se complemente con el fortalecimiento de la cooperación internacional para poner fin a la evasión fiscal y los flujos financieros ilícitos, tales como un piso impositivo mínimo para todas las corporaciones empresariales, un impuesto sobre los multimillonarios o sobre el patrimonio y una tasa sobre las transacciones financieras.

“La respuesta a la crisis ha de apoyarse en la implicación de los interlocutores sociales para recobrar la confianza en las instituciones y contribuir a establecer políticas equitativas.

Necesitamos un nuevo modelo de gobernanza mundial para corregir los actuales desequilibrios de poder y la desigual distribución de riqueza a nivel internacional. Un sistema multilateral realmente inclusivo, donde se tenga en cuenta a los interlocutores sociales y éstos tengan voz, podría marcar la diferencia y allanar el camino hacia la resiliencia global”, añadió Sharan Burrow.

Fuente e imagen: pressenza

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México: Secuestran a dos defensores de derechos humanos del Frayba

Dos integrantes del Centro de Derechos Humanos Fray Bartolomé de Las Casas, A. C. (Frayba), Lázaro Sánchez Gutiérrez y Victórico Gálvez Pérez, fueron privados de su libertad el 12 de abril y hasta ahora están desaparecidos, informó el centro de derechos humanos.

Denunció también que las autoridades estatales y federales tienen conocimiento de los hechos y hasta ahora no han dado información clara sobre la situación.

Los defensores de derechos humanos fueron secuestrados aproximadamente a las 7:00 horas durante su traslado de las oficinas del Frayba a la Ciudad de Palenque, Chiapas para reunirse con integrantes de la organización Pueblos Autónomos por la Defensa de los Usos y Costumbres (PADUC) y familiares de presos.

El Frayba informó que la noche del 12 de abril Sánchez Gutiérrez efectuó una llamada a sus familiares desde un número desconocido para indicar que se encontraba con su compañero Gálvez Pérez en buen estado en la localidad de San Felipe, cerca de Kuxulka, municipio de Ocosingo y para pedir que alguno de sus familiares llevara una cantidad de dinero la mañana de hoy.

El centro de derechos humanos manifestó su preocupación y su condena a los actos de intimidación, agresión y secuestro que ocurren en un ambiente de criminalización a defensores de derechos humanos en México. Demandó que el Estado mexicano efectúe una investigación exhaustiva e imparcial de la privación arbitraria de la libertad de Lázaro Sánchez y Victórico Gálvez para garantizar su vida, libertad, seguridad e integridad.

El Frayba hizo un llamado a la solidaridad nacional e internacional para firmar la petición urgente y escribirle a las autoridades mexicanas a fin de que se comprometan a implementar medidas de seguridad para el ejercicio de defensa de derechos humanos.

Fuente e imagen: desinformemonos

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