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Tecnología revoluciona aprendizaje de niños autistas

Por: REDEM

La tecnología ha cambiado la vida de Verónica por completo.

“Ha pasado de ser una niña pequeña sin medios para mostrarnos lo que sabía, a ser una niña que tiene un aparato portátil con el que puede reír, jugar y relacionarse”, dice su madre Sam Rospigliosi, de Edimburgo, Escocia.

“Quién sabe, quizás lo use para hablar en los próximos años, en el caso de que nunca aprendar a hablar de nuevo”.

Adentrarse en sus pensamientos

Verónica tiene seis años y sufre un autismo severo. Tiene grandes problemas para aprender y le es enormemente difícil relacionarse socialmente. Perdió su habilidad de hablar a los tres años.

Pero al igual que otros niños como ella, las computadoras de pantalla táctil le han proporcionado una forma de comunicarse.

Aparatos como los iPads se han convertido en un fetiche casi obligatorio para las familias con niños que sufren autismo.

Richard Mills, director del departamento de investigación del Research Autismo y el National Autistic Society, dice que la tecnología nos da la oportunidad de “avanzar un paso más en nuestro entendimiento del autismo”.

“Nos permite adentrarnos en el modo en que el niño piensa”.

“La gente con autismo tiene un tipo distinto de inteligencia. Su memoria visual es fuerte, por lo que las computadoras son muy motivadoras”, señaló.

Aplicaciones

“No esperen milagros. La tecnología puede revolucionar el modo en que los niños con autismo se comunican, pero no en todos los casos”. Richard Mills, director de investigación del National Autistic Society en Reino Unido

Verónica disfrutó mucho al participar en la prueba de una aplicación de iPad llamada FindMe, diseñada por un equipo de investigadores de la Universidad de Edimburgo.

“Cada vez que Verónica respondía correctamente conseguía una ficha, y ella sabía que tenía que conseguir cinco para acceder a la caja de música”, explica su madre.

“Estaba muy motivada respondiendo las preguntas”.

La aplicación está dirigida a niños mayores de 18 meses y tiene como fin que los jugadores se centren en otra gente y sus necesidades, algo bastante difícil para la gente con autismo.

El uso de tecnología con pantalla es crucial, afirma Sue Fletcher-Watshon, psicóloga de la Universidad de Edimburgo que lideró el desarrollo de la aplicación.

“Un ratón y un teclado no son accesibles a los niños más pequeños. Una intervención temprana es crucial en muchos casos severos y los iPads nos han permitido diseñar aplicaciones para los niños más pequeños”, apuntó.

“Las aplicaciones permiten a los niños ensayar habilidades sociales simples una y otra vez”.

Progresos sorprendentes

Mills afirma que quedó sorprendido con el progreso de algunos estudiantes en las escuelas empleando aplicaciones en tabletas con pantalla táctil.

Pero a su vez es cauteloso.

Según él, “distintas aplicaciones funcionarán de forma distinta según las necesidades del niño”.

“Los padres necesitan tomárselo de forma sensible y metódica”.

También recomienda hablar con el personal de la escuela para asegurarse de que cualquier aplicación usada para aprender en casa sea compatible con su programa educativo.

Además, resaltó que los padres deberían restringir siempre la cantidad de tiempo que los niños invierten usando computadores, para asegurarse de que no se obsesionen.

Independencia y confianza

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Este tipo de aplicaciones permiten a los niños con autismo aprender como a ellos les gusta.

 

Pero para Sam el iPad de su hija es un elemento muy positivo que le ha proporcionado conocimiento y aumentado su independencia y confianza en si misma.

Además, le ha generado buena fama entre los otros niños.

Fletcher-Watson achaca el éxito de aplicaciones como ésta al modo en que los niños con autismo les gusta aprender.

“Familia y amigos premian a los niños con sonrisas y comentarios halagadores, pero los niños con autismo no entienden esas reacciones sociales”.

Las computadoras les permiten desarrollar una forma de aprender mucho más motivada que les resulta cómodamente repetitiva”.

Los compañeros de Verónica son todavía muy pequeños para entender las peculiaridades de su hija, cuenta Sam, pero ahora están viendo de lo que es capaz.

“Como dijo un niño pequeño el otro día en el autobús después de ver lo rápido que ella podía completar un puzzle: “¿Porqué no habla? Mira, si es inteligente”.

Siga la sección de tecnología de BBC Mundo a través de @un_mundo_feliz.

Fuente noticia: http://www.redem.org/tecnologia-revoluciona-aprendizaje-de-ninos-autistas/

Fuente imagen: http://www.escuelaenlanube.com/wp-content/uploads/2012/12/13668130-nino-mira-hacia-el-equipo-tablet-pc-ninos-con-la-tableta-aisladas-sobre-fondo-blanco.jpg

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Perspectivas de la educación superior en América Latina: construyendo futuros

Prospects of higher education in Latin America: Building futures

Resumen

La afirmación sobre la importancia que tiene la educación superior en el desarrollo de cualquier sociedad es ya un lugar común en las discusiones políticas y académicas sobre la materia. No obstante, dicha aserción no resuelve la pregunta sobre qué tipo de educación, para qué desarrollo y para qué sociedad; para ello es indispensable reconocer el carácter histórico y político de esa relación.

Con estos supuestos como base, en el siguiente trabajo proponemos una reflexión sobre la situación y las perspectivas de la educación superior en América Latina: se trata de una mirada que esboza un balance sobre los cambios ocurridos en los últimos años, para considerar, a continuación, el actual contexto de la educación superior de la región y los desafíos frente a los cuales deberán generarse nuevas respuestas. Pretendemos sumar un aporte al debate que pone en el centro la pregunta sobre qué educación podemos y debemos promover para construir una sociedad con desarrollo productivo y cultural autónomos, con diálogo y participación en el escenario internacional, con equidad, integración y solidaridad.

Palabras clave: América Latina, Educación superior, Reformas neoliberales, Modelos educativos, Internacionalización, Integración educativa.

Abstract

To assert that higher education is important for the development of any society is yet a common place in the political and academic discussions about the matter. However this affirmation does not resolve the problem of what kind of education, for what kind of development and what kind of society; therefore it is necessary to recognize the historical and political nature of this relationship.

Based on those suppositions, the article proposes a reflection about the current situation and about the prospects of higher education in Latin America: it has to do with a new look that offers a balance of the changes that have been happening during the last few years, in order to consider the current context of higher education in the region and the challenges that make necessary the generation of new answers. The author pretends to add a contribution to the debate that focuses on the question about what kind of education we can and must encourage in order to build up a society that entails autonomous productive and cultural developments with dialogue and participation at international level and with equity, integration and solidarity.

Keywords: Latin America, Higher education, Neoliberal reforms, Educational models, Internationalization, Educational integration.

 

PRESENTACIÓN

La afirmación sobre la importancia clave que tiene la educación superior en el desarrollo de cualquier sociedad es ya un lugar común en las discusiones políticas y académicas sobre la materia. No obstante, en dicha afirmación no es transparente ni unívoco el significado del tipo de desarrollo esperado para cada sociedad, como tampoco lo es el tipo de educación que permitirá promoverlo. En otras palabras, si bien hay consenso entre la estrecha relación entre educación y desarrollo, la pregunta sobre qué educación para qué desarrollo para qué sociedad sigue en pie.

Esto implica reconocer el carácter histórico y político de esa relación: histórico, porque la respuesta a la pregunta sobre qué educación para qué sociedad no ha sido ni puede ser siempre igual; político, porque cualquiera sea la respuesta, la misma siempre debería inscribirse en un proyecto político que piense los problemas de la sociedad en su conjunto.

Por cierto que esta cuestión sobre la relación entre la educación, la política y el desarrollo de la sociedad ha sido objeto de estudio y debate en diversos ámbitos académicos y políticos. La Conferencia Regional de Educación Superior en América Latina y el Caribe, celebrada en 2008 en Cartagena de Indias, reflejó de alguna manera estas preocupaciones al tiempo que sentó las bases para la elaboración de una agenda de trabajo compartida.1 Complementariamente, el trabajo compilado por Ana Lúcia Gazzola y Axel Didriksson, y publicado por IESALC–UNESCO, reunió una serie de ensayos en los cuales las principales problemáticas de la educación superior latinoamericana (calidad, financiamiento, diversificación, impacto de las nuevas tecnologías, relación con la ciencia, etc.) fueron analizadas por especialistas de todo el continente (Gazzola y Didriksson, 2008). Este volumen forma parte, además, de un proyecto permanente de análisis de la educación superior latinoamericana coordinado por IESALC.

Algunos años antes, también a instancias de IESALC, Norberto Fernández Lamarra había desarrollado un estudio regional sobre la educación superior latinoamericana en el cual presentaba una serie de informaciones, diagnósticos y propuestas (Fernández, 2005). Por su parte, Marcela Mollis (2003) compiló una serie de artículos en los cuales, a través del análisis de casos nacionales, se presentaba un balance sobre la implementación de diversas políticas educativas de los años noventa y su impacto en los sistemas universitarios de la región, así como una reflexión sobre algunos de los ejes problemáticos que esas políticas habían creado: la relación con el mercado, la globalización y el financiamiento.

Con estos presupuestos y recorridos bibliográficos como base, en este trabajo proponemos una reflexión sobre la situación y las perspectivas de la educación superior en América Latina: se trata de una mirada que esboza un balance sobre los cambios ocurridos en los últimos años, para considerar, a continuación, el actual contexto de la educación superior de la región y los desafíos frente a los cuales deberán generarse nuevas respuestas. En los años noventa el clima político hegemónico indicaba que los Estados debían limitar su intervención en determinadas áreas en pos de reducir sus gastos y ordenar sus cuentas fiscales; el mercado y la sociedad civil se ocuparían de cubrir aquellos vacíos generados por el corrimiento de la acción estatal. La educación superior fue objeto de estas políticas, en algunos casos con consecuencias positivas y en otras negativas.

El nuevo siglo trajo consigo nuevas coordenadas políticas y varios de los países más importantes de América Latina han recuperado la capacidad, la iniciativa y la legitimidad de sus Estados para volver a intervenir en diversas áreas. Subyace entonces la pregunta de cómo este nuevo contexto político podrá o no incidir en una transformación positiva de la educación superior de la región. Pretendemos sumar un aporte al debate que pone en el centro la pregunta sobre qué educación podemos y debemos promover para construir una sociedad con desarrollo productivo y cultural autónomos, con diálogo y participación en el escenario internacional, con equidad, integración y solidaridad, y con desarrollo sostenible.

 

REFORMAS DE LOS NOVENTAS

El mundo universitario latinoamericano se vio sacudido a partir de los años noventa con la llegada de una batería de reformas. El diagnóstico que justificaba la urgencia del cambio remarcaba los problemas de financiamiento, gestión, organización y rendimiento académico que acusaban las universidades de la región. Por otra parte, este crítico cuadro de la educación superior remitía a problemas más globales que arrastraban los Estados mismos: déficits constantes, gestiones ineficientes, estructuras burocráticas y paquidérmicas, etc. Diversos organismos internacionales, entre ellos el Banco Mundial, se ocuparon de presentar con detalle estos análisis y de indicar las soluciones para transformar a los Estados mismos y, por ende, cambiar la situación de la educación superior del continente.2

La consigna general para comenzar a revertir los problemas era reducir el Estado, tanto en lo que hace a sus estructuras como en sus funciones. El razonamiento indicaba que si el Estado se involucraba menos en determinados temas, eso permitiría un mejor uso de los recursos, una gestión más eficiente, y la posibilidad de que el mercado y/o la sociedad civil —dos actores que fueron vistos como clave de cualquier desarrollo en esos años— tuvieran espacio para generar y aplicar iniciativas propias. En cuanto a la educación superior, se apuntaba a diversificar las fuentes de financiamiento, lo cual podía entenderse de varias maneras: una reducción del peso del presupuesto del Estado a ser compensado por los propios estudiantes a través del arancelamiento de los estudios, la gestión de las propias instituciones para conseguir fondos adicionales, la reestructuración de los modos de organización institucional para reducir costos y/u obtener recursos extras, etc. A su vez, el desarrollo de la educación privada permitiría responder a la creciente demanda, y ofrecer opciones que diversificarían y ampliarían el sistema. Si bien se esperaba que el Estado facilitara el desarrollo de la educación privada y la diversificación del sistema, también se proponía que los mecanismos de evaluación y acreditación —contemplados asimismo en las propuestas de los organismos internacionales— funcionaran como herramientas a través de las cuales asegurar el funcionamiento de todo el sistema educativo.

Estos diagnósticos y recomendaciones eran tan generales que se pretendían aplicar a casi cualquier contexto: en la mirada de los organismos y analistas internacionales América Latina era «una» región, y cada uno de sus países parecía encontrarse en una situación prácticamente igual. Ese razonamiento se aplicaba, consecuentemente, a la situación de sus sistemas educativos. Los diferentes contextos políticos y económicos de cada nación, sus distintas tradiciones educativas y la diversidad en tamaños y características de sus sistemas universitarios parecían disolverse frente al conjunto de reformas propuestas. No obstante, los igualaba el hecho de tener que dar, de manera casi inexorable, una respuesta a la presión internacional para generar transformaciones. Esta mirada homogeneizadora por parte de los organismos internacionales ha sido puntualizada por Rodrigo Arocena al analizar el impacto de las reformas en los sistemas de educación latinoamericanos. El autor señala que para numerosos organismos y grupos Chile era el paradigma de referencia y que «el Banco Mundial procuró convencer de que lo adoptaran como tal a casi todos los gobiernos latinoamericanos, y en muchos casos lo logró» (Arocena, 2004: 915).

No obstante, la puesta en marcha de este programa de reformas creó situaciones casi paradójicas, en parte porque los cambios habían sido diseñados a partir de experiencias realizadas en los sistemas de educación de otras regiones, y en parte porque cada contexto latinoamericano recibió y procesó de distinta manera las indicaciones recibidas. A riesgo de mostrar un cuadro homogéneo, sin los matices nacionales correspondientes, presentaremos algunas de las transformaciones propuestas y aplicadas en los sistemas universitarios latinoamericanos.

Desregular a través de regulaciones

Un modo de entender el achicamiento del Estado fue la desregularización. En el caso de la educación superior, esa idea se tradujo, paradójicamente, en la creación de organismos de información y evaluación y en la aplicación de políticas que requerían, para su puesta en marcha, una activa participación del Estado. La contradicción se daba en dos planos: por un lado, porque los organigramas de los ministerios de educación, en lugar de achicarse, sumaron agencias y procesos; por otro, porque las universidades latinoamericanas, que tradicionalmente se caracterizaban por funcionar con un alto grado de autonomía respecto de los respectivos ministerios, tanto en lo estrictamente académico como en temas políticos o administrativos, pasaron a quedar más relacionadas con el Estado. Paradójicamente también, las disciplinas y las líneas de investigación ya no vinieron prioritariamente dadas por las grandes orientaciones fijadas en los países centrales, sino que los propios Estados estuvieron en condiciones de fijar unas pocas políticas.

De manera general podría considerarse que esta desregulación regulada se puso en marcha a través de tres herramientas que actuaron de manera combinada y potenciada: la promulgación de nuevos marcos legales (leyes, decretos, etc.) para el sistema educativo; la creación de organismos vinculados a la gestión educativa (en particular, agencias de evaluación y acreditación y oficinas estadísticas y de información), y la aplicación de nuevos criterios para el otorgamiento de fondos e incentivos para docentes e instituciones, que en definitiva implicaban un mayor control en el destino y uso de los recursos que el Estado invertía en las universidades.

Nuevos marcos normativos

Argentina, Bolivia y Brasil, por ejemplo, sancionaron a mediados de los noventa nuevas leyes de educación superior: a través de ellas se establecían mecanismos para ordenar los respectivos sistemas universitarios, se creaban agencias de evaluación y acreditación, se indicaban mecanismos de promoción de docentes y mecanismos de financiamiento, entre otros.

En otros países, como Ecuador o Paraguay, las reformas impulsadas no lograron traducirse en un corpus normativo; sin embargo, los efectos de algunas de esas reformas produjeron cambios cuantitativos y cualitativos en los correspondientes sistemas.3

Más allá de los resultados concretos de cada caso, es de resaltar que se intentaba sentar las bases de nuevos ordenamientos normativos que permitieran en algún sentido dar inicio a un nuevo período para las universidades latinoamericanas.

Creación de agencias

La creación de agencias de evaluación y acreditación fue otra iniciativa presente en casi todos los procesos de reforma de los noventa. De alguna manera, era una de las medidas más sintomáticas del sentido con el que el Estado pretendía regular el funcionamiento del sistema universitario: promover la «calidad» —con todas las diversas acepciones que el concepto ha desarrollado en cada contexto— se convirtió en una de las funciones estatales principales. Esto, a su vez, configuró también una nueva representación del Estado: la idea del «Estado evaluador». Estos enunciados tenían sus reveses: por un lado, porque la evaluación y acreditación eran una de las principales recomendaciones de los organismos internacionales, lo cual llevó a muchas resistencias políticas por parte de aquéllos que se oponían a la intervención de esas entidades en la región; por otro, porque en muchos casos se suponía que los resultados de esos procesos de aseguramiento condicionarían el otorgamiento de fondos. Probablemente esas hayan sido las razones por las cuales los sistemas de evaluación y acreditación hayan sido observados con mucha desconfianza en algunas comunidades universitarias.

En efecto, no sin tensiones, en Argentina, Brasil, Colombia, Cuba, Chile, Costa Rica y México, entre otros, se crearon agencias y se implementaron sistemas nacionales de evaluación y acreditación. En cada contexto, cada proceso adquirió rasgos específicos y se articuló de distinta manera; incluso las agencias fueron creadas con potestades, funciones y características diversas. En la mayoría de los casos, no obstante, las políticas de evaluación y acreditación estuvieron más orientadas al problema de la calidad que al de la pertinencia. Es de notar, también, que pese a ser una herramienta diseñada en contextos muy distintos al de Latinoamérica, en algunos países se hizo una apropiación por demás original y exhaustiva de la misma.

Trabajo y tiempo de por medio, y más allá de las particularidades de cada caso, la puesta en práctica de la evaluación y la acreditación y la preocupación por la calidad han permitido que una especie de «cultura de la evaluación» anide en casi todos los sistemas latinoamericanos; ya no se le considera una práctica ajena, impuesta o sólo vinculada al financiamiento, sino una herramienta de mejoramiento de programas, carreras e instituciones (cfr. Villanueva, 2004; 2007).

Agencias de generación y control de la información

Junto con las agencias de evaluación y acreditación, en la mayoría de los países se crearon diversas instancias de generación y control de la información: oficinas de estadísticas, sistemas de relevamiento de información, censos, etc., junto con otras instancias de coordinación y gestión del sistema. Si bien este tipo de insumos existía antes del período considerado, lo cierto es que a partir de mediados de los noventa la información pasó a ocupar un lugar central, sea a instancias de conocer con más profundidad la situación de las universidades o de contar con más datos para la aplicación de las reformas diseñadas. En Argentina se crearon la Secretaría de Políticas Universitarias y el Consejo de Universidades; en Venezuela el Ministerio de Educación Superior, entre otros casos. Brasil, que ya contaba con una densa estructura administrativa, sumó otras nuevas dependencias que continuaron reproduciendo y multiplicando el entrecruzamiento entre las jurisdicciones municipales, estaduales y federales, los ámbitos públicos y los privados, característicos del sistema brasilero.

Fondos concursables

La asignación de fondos extraordinarios a docentes e investigadores no es una práctica novedosa. En América Latina es posible constatar, al menos desde los años cincuenta, la existencia de organismos y agencias públicas encargadas de financiar proyectos de investigación, capacitación, etc. Pero con el programa de reformas iniciado en los noventa los criterios de asignación de esos fondos se vieron modificados: por un lado se crearon, también en este caso, algunos nuevos organismos; por otro, y más importante, se abandonó la carrera burocrática como criterio exclusivo para la adjudicación de los fondos y se implementaron mecanismos vinculados al Nuevo Gerenciamiento Público. En este sentido, comenzó a priorizarse más la cantidad de publicaciones, presentaciones, etc. —vinculando el número con la eficiencia— que los antecedentes y el prestigio anterior logrado por los investigadores.

El Estado también ocupó un lugar clave en este nuevo ordenamiento: era el que poseía los fondos a distribuir, el encargado de establecer los criterios para la selección y quien, finalmente, decidía quién los recibía. En cualquiera de los casos, el Estado seguía teniendo una presencia que condicionaba la producción de conocimientos y la actividad académica en general.

Insuficiencia de presupuesto e incremento de la demanda de estudios superiores

Otro modo de traducir la consigna de reducir el Estado fue disminuir relativamente el presupuesto estatal en áreas ineficientes o en las cuales se suponía que la iniciativa privada y civil podía desempeñarse mejor. Los sistemas universitarios mostraban tener suficientes dificultades como para adecuarse a ese análisis: lo que se discutía básicamente era la «rentabilidad social» que se suponía debía tener la educación superior, esto es, se planteaba el interrogante sobre si lo que el Estado invertía en el sistema universitario volvía de alguna manera en beneficios para la sociedad, o si ellos eran apropiados exclusivamente por los egresados universitarios.

De todos modos, el análisis no debe ser engañoso. Los datos revelan que durante los noventa se incrementaron los fondos otorgados a la educación superior en términos absolutos, no así en términos relativos. Esto es, si se observa la inversión por estudiante, ésta disminuyó (Filmus y Miranda, 1999). La cuestión radica en que, mientras los presupuestos se mantuvieron estables o crecieron moderadamente, la matrícula se incrementó de manera casi exponencial. De parte de los Estados, y tal como recomendaban los organismos internacionales, la solución para resolver ese desfasaje era lograr una gestión más eficiente de los recursos existentes, permitir que las instituciones obtuvieran los fondos adicionales que necesitaran o directamente esperar que el crecimiento de la demanda de estudios fuera atendido a través del mercado, es decir, a través de instituciones privadas.

Algunos datos provistos por diversos organismos permiten clarificar el cuadro que se intenta mostrar:

(Cuadro 1)

Por otra parte, también es de destacar el aumento en la cantidad de instituciones existente, como así también el progresivo avance de la educación privada. Si bien es difícil un relevamiento exhaustivo, dado que en cada país muchas veces las instituciones se clasifican de manera distinta, el investigador Norberto Fernández Lamarra (2005) a partir de diversos informes nacionales, ha concluido que mientras en 1995 existían aproximadamente 812 instituciones universitarias en todo el continente, en 2003 esa cantidad llegaba a más de 1 mil 500. Más de la mitad de ese total de instituciones corresponde a instituciones privadas.

Las consecuencias sociales de estos procesos son evidentes: en una región donde la desigualdad e inequidad en el acceso a determinados bienes y servicios es una marca histórica, el crecimiento de la educación privada en detrimento de la pública ha terminado profundizando la brecha entre quienes pueden acceder a la educación superior y quienes no. Y ello a través de caminos perversos. Esto es, no se trata de que las universidades privadas absorban a los estudiantes de mayores ingresos y las públicas a los más pobres. En varios países de la región, la situación es exactamente la inversa, verbigracia, Brasil, donde el sistema de ingreso hace que los estudiantes provenientes de colegios privados se vean beneficiados para las universidades públicas gratuitas mientras que los sectores más humildes tienden a concurrir a las universidades privadas que son pagas.

Diversificación y diferenciación del sistema

El efecto fue en gran parte el esperado: la matrícula continuó en expansión y fue, en proporción importante, absorbida por la educación privada. Y dicha expansión fue acompañada de un fortísimo proceso de diferenciación institucional. Excepto en Argentina y Uruguay, donde el sistema público sigue siendo de gran peso, en el resto de los países es notable la presencia actual de la educación privada, en lo que se refiere al número de establecimientos, no así tanto en el número de estudiantes, en particular si de las estadísticas exceptuamos a Brasil, que desequilibra los datos pues en esa nación 75 por ciento de la matrícula es absorbida por la enseñanza privada.

(Cuadro 2)

El crecimiento de la matrícula y del número de instituciones, así como la diferenciación del sistema provocó a su vez una diversificación del mismo en varios sentidos: el tipo de institución, las titulaciones ofrecidas, las modalidades de ingreso y egreso, las formas de los cursos, etc. El resultado ha sido la emergencia de un cuadro matizado y de notable dispersión en el que conviven entidades públicas, privadas, laicas y confesionales, autónomas y dependientes, nacionales, provinciales y municipales, orientadas a la investigación y la formación docente, dirigidas sólo a una elite o un público masivo, vinculadas a corporaciones, organizaciones o comunidades específicas, etc. La variedad de casos podría seguir multiplicándose (Landinelli, 2008: 155).

Esto también era un objetivo propuesto en el programa de reformas: se entendía que el modelo universitario tradicional era demasiado rígido y con poca capacidad para responder a los requerimientos de un mercado laboral complejo, y en transformación. Incluso, esta diversificación se presentó como un modo de contrarrestar el problema de la equidad: la universidad existente sólo ofrecía carreras largas y tradicionales, con fuerte orientación hacia las profesiones liberales, en detrimento de otros títulos. Las nuevas instituciones y titulaciones podrían ofrecer sistemas más flexibles y de mayor vinculación con el mercado.

La multiplicación de titulaciones y modalidades de estudio es así otro rasgo característico de los sistemas universitarios de los años noventa: si bien el mundo de la educación superior se vio enriquecido, lo cierto es que también sumó distorsiones y confusión —diversos títulos para una misma carrera, decenas de instituciones dedicadas al mismo tipo de formación, distinta formación para una misma titulación— a un sistema que de por sí era complejo.

La diversificación también se dio verticalmente: el desarrollo de los posgrados aparece como otro dato contundente de la década de los noventa. En este caso el estímulo provino de diversos factores, algunos vinculados con los mismos procesos de reforma, y otros a las tendencias que en general se comenzaban a imponer en los sistemas universitarios del mundo. También influyó la exigencia laboral de contar con calificaciones cada vez más específicas y superiores. El crecimiento de las carreras de posgrado fue notable, entre otras cosas porque, excepto en Brasil, los países de la región no contaban con una tradición al respecto. Durante la década de los noventa se dio un crecimiento exponencial de la matrícula del postgrado, el cual alcanzó la cifra de 31 por ciento interanual entre 1994 y 2000, y en ese año ha representado 4.5 por ciento del total de estudiantes superiores (535,198 estudiantes). Según un estudio reciente, la matrícula actual de los alumnos de posgrado llega a 674,215, sobre una matrícula total de 17 millones de estudiantes.

Tanto la variedad de ofertas de grado —titulaciones y modalidades de cursado— como la ampliación del posgrado contó con una poderosa aliada: la educación virtual, la cual no sólo potenció las posibilidades de la educación a distancia tradicional sino que sumó otras herramientas a los cursos tradicionales. Si bien Latinoamérica sufre aún fuertes limitaciones en este campo —básicamente por los recursos escasos y las dificultades en el acceso a la tecnología que caracteriza a la región— en algunos países se han conseguido desarrollos notables. En un estudio publicado por UDUAL, Claudio Rama (2007) ha analizado no sólo la situación de los posgrados en América Latina sino que ha puesto en relación este desarrollo con los problemas de la sociedad del conocimiento.

Educación globalizada: la educación transnacional y los intentos de integración regional

Otro argumento fuerte en que se apoyaban las recomendaciones vigentes en los noventa era la necesidad de integrar de manera más eficiente a los sistemas educativos nacionales latinoamericanos entre sí y con otros sistemas del resto del mundo. La referencia, en este caso, se apoyaba en dos argumentos: por un lado, la globalización como proceso inexorable que invitaba —en la versión optimista ofrecida por los organismos internacionales— a sumarse a un proyecto de integración, colaboración y complementariedad entre los sistemas educativos del mundo. Por otro lado, en algunos casos ya avanzados los años noventa, se presentaban los acuerdos establecidos entre los países europeos, a partir del proceso de Bolonia, para integrar y/o articular los sistemas educativos del viejo continente.

Esta temática tuvo sus respuestas, no siempre coincidentes con los orígenes de la misma. Por un lado, a partir del MERCOSUR se dio inicio a diversos acuerdos regionales que tendían a facilitar el diálogo y la integración en temas de educación. No obstante, el desarrollo de esta línea se precipitó con el giro político experimentado en los últimos años en la región, y estos acuerdos han decantado en acciones más concretas. Por otro lado, y vinculado más puntualmente al tema de la globalización, la integración se planteó a través de la apertura de posibilidades para la llegada de la educación transnacional. La apertura de sedes extranjeras, el otorgamiento de dobles titulaciones, la realización de programas articulados, han sido algunas de las modalidades a través de las cuales los sistemas locales se han puesto en contacto con instituciones internacionales. También en este caso, la tecnología de las comunicaciones ha potenciado estos desarrollos. El efecto de estos desarrollos no es igual en cada sistema educativo de la región y ha dependido de la situación del propio sistema educativo, así como de las restricciones con las que el Estado lo ha protegido —o no— o el nicho de demanda insatisfecho por las ofertas existentes. Silvie Didou Aupetit (2005) es una de las investigadoras que más ha trabajado sobre estos temas, relevando la situación de la educación trasnacional en muchos de los países latinoamericanos y analizando el impacto y las perspectivas que para los sistemas de educación locales traen consigo estos desarrollos.

En síntesis, algunos de los rasgos característicos del mundo educativo universitario de los noventa tuvieron que ver con una mayor incidencia de los organismos internacionales tanto en el financiamiento (a través de créditos diversos) como en el diseño de las reformas. A su vez, los cambios promovidos apuntaban a desregular los sistemas, diferenciarlos y diversificarlos en su oferta académica y sus modos de financiamiento e incorporarlos al mundo de la educación globalizada. La puesta en marcha de estos cambios generó situaciones contradictorias (creación de organismos de regulación para intentar desregular) y no siempre positivas (insuficiencia del presupuesto estatal en contextos de inequidad social); otras transformaciones todavía están en curso y sus efectos recién están comenzado a decantar (los proyectos de integración regional, por ejemplo).

 

EL NUEVO SIGLO: ¿UN NUEVO HORIZONTE PARA EL CAMBIO?

El cambio de siglo ha traído consigo nuevas condiciones para el mundo universitario latinoamericano; en ese cambio, las transformaciones económicas y políticas de la región son un dato clave.

En efecto, entre 2003 y 2007 las variables económicas de la mayor parte del continente indican un cambio favorable: aumento del producto por habitante, baja en la tasa de desempleo, mejoramiento de los salarios reales. En parte esto se debe a una demanda sostenida de materias primas por parte de los mercados externos, lo cual a su vez ha permitido que las balanzas de pago se equilibren, que se saneen las cuentas públicas y que crezcan los ingresos fiscales. La posibilidad de cancelar pagos internacionales ha permitido una menor dependencia de los organismos financieros mundiales.

Si bien estas modificaciones no alcanzan para revertir las situaciones de desigualdad y dependencia productiva y tecnológica que aún padece la región, son un aliciente en la perspectiva futura.

Por otro lado, también es de notar un cierto cambio en los posicionamientos políticos de los gobiernos: una recuperación del Estado como ejecutor —y no sólo tutor— de políticas públicas que impulsen la economía y atiendan a su vez la problemática social. En este sentido, la educación superior, en particular la pública, ha cobrado nuevamente relevancia no sólo cómo formadora de recursos humanos calificados —de cara al mercado— sino como pieza clave para la implementación de reformas estructurales vinculadas al desarrollo productivo de cada nación.

¿Hacia un nuevo modelo educativo?

En primer lugar, la matrícula de educación superior ha continuado en expansión, tanto en el ámbito público como privado. El crecimiento del número de las instituciones también se ha mantenido en alza, si bien algunos de los mecanismos de evaluación y acreditación y la saturación misma de la oferta han actuado como inhibidores para la creación de nuevas instituciones.

Por otro lado, en algunos países se han puesto en marcha proyectos, impulsados por el Estado, para paliar el problema del acceso diferencial a la educación superior. Es decir, intentar que el crecimiento de la matrícula sea un mecanismo de inclusión social. Por ejemplo, en Brasil, desde 2005 viene implementándose el programa Universidad para Todos: se trata de un programa que concede becas parciales y totales a estudiantes de bajos recursos para realizar cursos en instituciones privadas; a cambio, ofrecen a dichas instituciones exenciones impositivas. A partir de ese año también se han creado diez universidades federales y 49 nuevos campus en las universidades que ya existían en el sistema. Esto permitió ofrecer más vacantes en el sistema público gratuito y enfrentar el problema de las desigualdades regionales. Junto con esto se han establecido cupos de ingreso asegurado para estudiantes provenientes de la educación media pública y para sectores marginados tradicionalmente por cuestiones raciales y étnicas (Peixoto de Lacerda, 2008).

En segundo lugar, y a instancias también de la nueva orientación política de la mayoría de los Estados latinoamericanos, los procesos de integración regional han comenzado a tener efectos concretos en el campo de la educación superior.

Los países integrantes del MERCOSUR desarrollaron en los últimos años un mecanismo experimental de acreditación conjunta de las carreras de Agronomía, Ingeniería y Medicina, el MEXA. El resultado ha sido satisfactorio al punto de que, una vez concluido, se ha iniciado un nuevo proyecto de acreditación conjunta que cubrirá a más cantidad de carreras, involucrará a más agencias, evaluadores, técnicos, etc., y funcionará de manera permanente. Se trata del proyecto ARCU–SUR.

En este caso, dos son las acciones que, iniciadas en los noventa, encuentran un efecto consistente entrada ya la década del 2000: la difusión de las prácticas de evaluación y acreditación y el marco regional como contexto para aplicarlas.

Junto con esto, es de resaltar que los países que no tenían ni leyes ni agencias específicas de evaluación y acreditación, poco a poco, en los últimos años, las han sido sancionando y creando, respectivamente, siendo los últimos Venezuela y Perú, cuyas agencias se han creado en 2008.

También en Centro América es posible rastrear el desarrollo de proyectos de integración; tal es el caso del Consejo Centroamericano de Acreditación, cuyo objetivo es impulsar el mejoramiento de la calidad, la pertinencia y la integración de la educación superior centroamericana, y brindar apoyo para la creación de agencias nacionales o regionales de acreditación. Su función principal es conceder la acreditación y el reconocimiento regional a los organismos de acreditación de la calidad de la educación superior que operen en cada país o en la región centroamericana.

A diferencia de la década del noventa, en la cual la tendencia parecía ser integrarse de manera pasiva al mundo globalizado, esto es, favorecer la relación casi de manera excluyente con los países del primer mundo, las naciones de América Latina vienen realizando importantes esfuerzos para fortalecer los acuerdos regionales y apostando a que la integración continental puede ser el marco de políticas activas —y no sólo defensivas— para beneficio de todos los ciudadanos. La educación superior parece ser —y debería serlo— un área clave para desarrollar estos proyectos.

En tercer lugar, a la luz de los nuevos esquemas de política antes mencionados, el acervo de cuadros altamente calificados adquiere otra dimensión. Tal como se indicó en parágrafos anteriores, el crecimiento de los posgrados debiera estar acompañado por esfuerzos interinstitucionales, así como la conformación de redes que dinamicen el intercambio y la cooperación entre estos cuadros. De este modo, a través de los posgrados se canalizan importantes transformaciones contemporáneas de la educación superior, tales como los esquemas de formación continua, los procesos de movilidad académica, la aparición de nuevas disciplinas y, muy vinculado a este último aspecto, la difusión mundial de las reglas de legitimación académica. Por otra parte, ante el propósito de elevar la dotación de personas formadas en el nivel superior, son relevantes las políticas referidas al posgrado y al fortalecimiento de la formación y actualización de los formadores.

Los peligros que se mantienen

Si bien el panorama futuro presenta signos halagüeños —tales como el crecimiento de la matrícula, la expansión del posgrado, la consolidación de la cultura de la evaluación, el mayor involucramiento del Estado en temas educativos, entre otros— subsisten otros aspectos aún preocupantes.

En primer lugar, es preocupante la erosión del lenguaje referido a la educación superior y su mutación hacia un lenguaje más economicista y de gerenciamiento público. En algunos sectores dirigenciales de las universidades se imponen conceptos tales como «capitalismo académico», «universidad emprendedora», «base de financiamiento discrecional», entre otros. ¿Se trata de resabios de una época en la cual se suponía que las universidades debían gestionarse con ese tipo de criterios, o bien de una nueva avanzada del neoliberalismo educativo? El síntoma está; habrá que esperar para visualizar hacia dónde decanta ese modo de entender el funcionamiento de la educación superior.

Por otro lado está el avance de los propósitos económicos implicados en el desarrollo de la educación transnacional, que se sintetizan en la intención de considerar a la educación como un servicio pasible de ser incorporado a los acuerdos de la Organización Mundial de Comercio. Los países de la región aún no cuentan con suficientes mecanismos legales para contener y controlar ese avance, lo cual facilita la instalación y difusión de instituciones y carreras provenientes del extranjero en detrimento de los sistemas locales. Por otro lado, pone en discusión la definición misma y el sentido de la educación: ¿se trata de un bien público o es una mercancía susceptible de intercambiarse en el mercado mundial sin mayores restricciones?, por fin, ¿educación superior en función de qué proyecto político o de qué intereses económicos?

 

DESAFÍOS A ENFRENTAR Y ALGUNAS PROPUESTAS DE CAMBIO

La educación superior latinoamericana atraviesa un contexto aún incierto en lo que hace a las definiciones políticas y las variables económicas de la región: si bien las declaraciones públicas de las autoridades educativas marcan una renovación en la agenda de problemas y los modos propuestos para resolverlos, este giro es incipiente. A su vez, las condiciones económicas favorables deben aprovecharse de manera efectiva para traducirlas en un mejoramiento de la situación social de las poblaciones de la región. En este sentido, se trata de aplicar políticas que, apoyándose en el crecimiento de las economías, apunten a un desarrollo sostenible para todos los ciudadanos. La educación superior deberá ser objeto pero también sujeto de esas políticas de desarrollo.

Las acciones referidas a la educación superior discurren a través de diversas variables y suponen efectos de distinto tenor. Presentaremos los desafíos que, a nuestro entender, condicionan cualquier rediseño de los sistemas educativos latinoamericanos y algunos de los ejes por los cuales deberían pasar, según nuestro entender, las transformaciones necesarias para enfrentar dichos desafíos. En definitiva, se trata de pensar cómo mejoramos la situación actual de nuestra educación superior de cara al presente y al futuro. Tal como ocurre en otras áreas del desarrollo humano, cualquier cambio aplicado en el contexto de la educación debe pensarse articulando ambas variables, el presente y el futuro: en otras palabras, resolver los problemas que acusa hoy la educación es urgente, pero las respuestas deben contemplar la sociedad del mañana. Aún a riesgo de ser especulativas, las políticas de cambio deben plantearse a sabiendas de que sus efectos se verán de manera concreta en el mediano plazo, cuando los estudiantes de hoy sean profesionales, investigadores, docentes o simplemente —y nada menos— ciudadanos.

La sociedad del conocimiento

Desde hace años se habla del imperio de la «sociedad del conocimiento» como clave para entender gran parte de las características de la época actual. Por cierto que el conocimiento siempre ha sido fundamental en todas las etapas del desarrollo de la humanidad; pero también es cierto que de un tiempo a esta parte el acceso y la aplicación de conocimiento se ha convertido en un plus decisivo a la hora de generar valor agregado en cualquier sistema productivo. A su vez, la rapidez y radicalidad de los cambios que se viven requieren el ejercicio cotidiano de determinados conocimientos y habilidades para poder enfrentarlos y adaptarse a ellos (Pérez Lindo, 1998).

En este contexto, la formación superior pasa a convertirse en una variable clave ante el desafío de la sociedad del conocimiento. Cualquier proyecto de reforma educativa deberá contemplar la necesidad de dotar a los estudiantes de competencias y habilidades flexibles, que puedan aplicarse y reactualizarse a lo largo de su vida y, a su vez, que los haga capaces de cubrir una demanda cada vez más amplia y más diversa.

El desafío de la sociedad del conocimiento se despliega en varios frentes. En primer lugar, si se acepta la importancia clave que tiene la educación superior, frente al aumento y diversificación de la demanda y los niveles de inequidad de la región, la política de educación superior deberá asegurar mecanismos de acceso amplios, que mejoren la articulación entre los niveles educativos y que a su vez reviertan los índices de deserción y prolongación de los estudios. En América Latina, por cada 11 estudiantes sólo uno egresa; en los países desarrollados la relación es de 4 a 1. Es necesario poder atender la diversidad de perfiles sociales y condiciones a partir de las cuales los estudiantes acceden —o no— a la educación superior.

En segundo lugar, la sociedad del conocimiento trae consigo la idea de la educación permanente, lo que supone que la educación es una preparación para la vida. Esto, a su vez, reconoce que la capacidad de aprender es infinita, que no se desarrolla sólo en las instituciones formales ni en determinados ciclos, y que si las características de los oficios y profesiones se modifican constantemente, su ejercicio requiere una constante capacitación.

En este sentido, es necesario aplicar políticas que fortalezcan una visión integral de la educación y que, al mismo tiempo, se presenten con una relativa flexibilidad y apertura para poder incorporar cambios en contenidos y prácticas educativas. La capacitación permanente de los educadores y formadores también es imprescindible.

En tercer lugar, la promoción de acuerdos regionales que atiendan a la integración de la región puede no sólo colaborar en el mejoramiento de las propuestas anteriores sino también fortalecer otros aspectos del sistema educativo de cada país y de la región en general. Esta integración puede facilitar una complementariedad que permita un mejor aprovechamiento de los recursos existentes, que estimule la movilidad y la articulación, sea a través del reconocimiento de títulos y estudios, o del desarrollo conjunto de mecanismos de evaluación y/o acreditación, y de la realización mancomunada de proyectos científicos. Esto último permitirá a su vez el resguardo de los recursos más calificados.

El desafío de las nuevas tecnologías

El avance en el empleo de tecnologías diversas, en particular las referidas a la información y la comunicación digital, es un dato clave del mundo actual y el impacto de estos desarrollos en la educación es y será fundamental. Los sistemas educativos latinoamericanos se enfrentan a este contexto con obstáculos financieros y tecnológicos que les impiden equiparse adecuadamente, pero también sociales que implican que no todos los ciudadanos podrán acceder a la nueva tecnología (Tedesco, 2000).

Como referencia podría considerarse que mientras en Estados Unidos la inversión en nuevas tecnologías representa 5.25 por ciento de su PBI, y en Europa el 2.4 por ciento, en América Latina esa inversión representa sólo 1.38 por ciento (Duriez González, 2007: 6). Por otro lado, las dificultades tecnológicas son aún notables: los costos de conexión, la velocidad a la cual se trasmiten los datos, el equipamiento de los usuarios y las instituciones están por demás rezagados con respecto a los países desarrollados.

Otro dato preocupante de la región es la brecha que se ha abierto entre algunos países en los que se han logrado algunos desarrollos importantes en cuanto a la conectividad y otros en los cuales el problema es la imposibilidad de contar con equipos básicos.

En este sentido, la educación virtual puede ser una herramienta de mucha utilidad para la integración y la inclusión siempre y cuando puedan superarse esas brechas económicas, tecnológicas y sociales. También en este caso, una integración que maximice los esfuerzos en pos del desarrollo tecnológico aplicado a la educación, deberá ser una posibilidad a explorar y explotar. En este punto, la conclusión es similar a la que se arribó en el ítem anterior: la integración regional y las políticas de convergencia podrán facilitar un mejor aprovechamiento de los recursos y, en definitiva, comenzar a superar el rezago en el que se encuentra la inversión tecnológica en el continente.

Junto con esto, deberá iniciarse una profunda reflexión sobre las implicancias didácticas y pedagógicas involucradas en esta modalidad educativa. Si bien corresponde a un debate mucho más amplio que no nos compete en las páginas de este trabajo, no podemos dejar de señalar que no siempre más tecnología es sinónimo de mejor educación y que la incorporación de nuevos recursos tecnológicos no siempre significa un mejoramiento en el modelo de enseñanza–aprendizaje

La organización de las instituciones de educación superior

La matrícula y la cantidad de instituciones ha continuado en expansión en los últimos años; junto con ese crecimiento se ha dado también un aumento de la inversión pública y privada. Sin caer en el discurso eficientista imperante en los años noventa, lo cierto es que un sistema que está en expansión en todas sus dimensiones, requiere necesariamente de una buena organización y gestión. En este caso, no se trata sólo de aprovechar mejor los recursos sino, más importante aún, poder cumplir con la función y el compromiso social que les compete a las instituciones.

En efecto, tal como se indicó en apartados anteriores, las reformas de los años noventa también intentaron reorganizar el funcionamiento de las universidades, pero su resultado no siempre fue el esperado. De hecho, las instituciones siguen acusando importantes problemas en su gestión y gobernabilidad como así también en lo que hace a su relación —siempre puesta en cuestión— con la sociedad. En este sentido, es necesario poner en práctica planes que permitan superar los obstáculos de la gestión de las instituciones de educación superior y, a su vez, fortalecer la coordinación de los esfuerzos llevados a cabo por entidades diversas relacionadas con la educación superior

Las tensiones del mundo globalizado

Tal vez más que en otras coyunturas, la educación superior latinoamericana deberá proyectarse y diseñar sus planes de reforma articulando tres variables de dimensiones distintas y que implican condicionantes y necesidades diversas: lo local, lo regional y lo global.

En primer lugar, es evidente que las políticas que rigen a cualquier sistema de educación se definen en el marco local: y así debe ser. Cada sistema de educación superior debería, ante todo, desarrollarse de cara a su sociedad y a las necesidades más acuciantes de su pueblo. No obstante, más allá del riesgo de terminar creando un sistema aislado, la posibilidad de integrarse en el nivel regional es tanto un desafío como una oportunidad. Desafío porque siempre está el riesgo de quedar bajo la sombra de otro sistema más consolidado; pero tal como hemos planteado para las cuestiones anteriores, también abre la posibilidad de maximizar recursos, mejorar los sistemas y fortalecer la región frente a otras regiones.

Aquí entra la tercera variable: hace tiempo que nuestro continente sabe que la globalización no fue pensada en función de las necesidades y condiciones latinoamericanas y que, por otra parte, se trata de un proceso que avanza inexorablemente, tal como lo demuestra dramáticamente la crisis económica mundial que se desató a fines de 2008. Una región fortalecida y autocentrada puede participar de esa integración mundial en mejores condiciones que cada país por separado.

En este sentido, la existencia de redes y asociaciones constituye un buen punto de apoyo para desplegar los esfuerzos de convergencia regional. En este caso se trata, además, de utilizar esos mecanismos para compartir e intercambiar experiencias, conocimientos y propuestas que pueden adaptarse luego a las necesidades de cada sistema en particular. Por otro lado, sería importante obtener de los organismos internacionales un apoyo más concreto y directo que respalde el fortalecimiento de la educación superior de la región, atendiendo a las especificidades propias sin interferir con recetas que, con ropaje universal, esconden los intereses de los países más poderosos.

Por último, es urgente revisar los marcos jurídicos internacionales referidos a la educación superior. Los cambios que hemos estado enumerando, como así también la necesidad de dotar a los sistemas educativos de herramientas normativas, requieren un intenso trabajo sobre esta materia. La educación transnacional, las modalidades virtuales o el reconocimiento mutuo de titulaciones son temas centrales que deberán ser considerados a la hora de los tratados internacionales.

REFLEXION FINAL

Nuestra exposición intentó reseñar algunas de las transformaciones más destacadas de los años noventa, los cambios iniciados a comienzos del siglo XXI y los desafíos que condicionan a los sistemas educativos de la región. Hemos presentado, además, algunas de las acciones que, según nuestra opinión, permitirían enfrentar esos desafíos.

Los efectos de los cambios educativos son, en general, visibles en el mediano o largo plazo; por eso cualquier reforma planteada hoy debe tener como horizonte un futuro lejano. Por otro lado, esos efectos se corporizan en la sociedad misma, de ahí que ningún cambio puede pensarse de manera aislada de las variables sociales, políticas y económicas de la región.

Fuente:http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0185-26982010000300006

Imagen:http://static.latercera.com/20151230/2234672.jpg

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¿Por qué los maestros no participan en la elaboración del plan decenal de educación?

América del Sur/Colombia/24 de Julio de 2016/Autor: Angel Perez Martínez/Fuente: Dinero.com

La comunidad educativa, las organizaciones del sector educativo, la academia, el sector productivo, el gobierno, y en general la sociedad, lo primero que debería reconocer es la enorme responsabilidad e importancia que tiene para el futuro del país participar y concertar, cada 10 años un Plan Nacional de Desarrollo Educativo. Este hecho debería ser un acontecimiento político (participación y concertación de intereses) y técnico (elaboración sistemática del plan, indicadores y seguimiento) al cual la política pública y el MEN dedican su mayor esfuerzo. El Plan puede llegar a ser un punto de encuentro para esta sociedad fragmentada y sin apuestas comunes.

El artículo 72 de la Ley 115 dejo como responsabilidad del Ministerio de Educación Nacional, MEN, en coordinación con las entidades territoriales, preparar el Plan Decenal de Educación, el cual, según esta norma, tiene el propósito de acercar los planteamientos constitucionales al desarrollo y alcances de la educación de los niños, jóvenes y adultos del país.

Los planteamientos constitucionales son la garantía del derecho a la educación de los colombianos. Luego el Plan Decenal de Educación centrar su acción en el desarrollo constitucional: derecho a la formación integral del joven; acceso al conocimiento, a la ciencia, a la técnica, y a los demás bienes y valores de la cultura; a la formación en derechos humanos, paz y democracia; y en la práctica del trabajo y la recreación, para el mejoramiento cultural, científico, tecnológico y para la protección del ambiente. La Constitución destaca la necesidad que la enseñanza esté a cargo de personas de reconocida idoneidad ética y pedagógica, así como garantizar la profesionalización y dignificación de la actividad docente. Además, determina que los integrantes de los grupos étnicos tendrán derecho a una formación que respete y desarrolle su identidad cultural y que la educación de personas con limitaciones físicas o mentales, o con capacidades excepcionales, son obligaciones especiales del Estado.

Una segunda consideración para el MEN y el sector educativo es reconocer que el Plan Decenal de educación es un hecho político, antes que tecnócrata, aclaro tengo un gran respeto por lo técnico y valoro, aún más, que lo técnico esté vinculado a la toma de decisión de lo público. Sin embargo, propongo que el Plan Decenal se convierte en una gran apuesta política, de pocos temas, que el gobierno acuerde con la sociedad y el sector educativo, y luego llevé al Congreso Nacional para su refrendación (nada impide que el Gobierno transformé el Plan Decenal de Educación en Ley). Bajo este criterio el Plan, si bien mantiene su condición de ser de carácter indicativo, se vuelve de obligatorio cumplimiento, Ley de la República. Además, debe quedar claro que los Planes cuatrienales de desarrollo nacional tienen que vincular de manera obligatoria lo pactado en el Plan Decenal de Educación.

En principio propongo los siguientes temas:

  1. Establecer metas presupuestales que garanticen el crecimiento año a año de los recursos del estado para la educación en los próximos 10 años: La Ministra citada por Revista Semana sostuvo que la meta que nos tenemos que poner es lograr que Colombia invierta por estudiante una cifra de 4.500 dólares al año, “nosotros, con la devaluación, invertimos alrededor de dos millones y medio de pesos, o sea, 800 dólares. En la OCDE el promedio es de 8.400 dólares por estudiante al año. Por ahí comienza la inequidad, apuntó Parody”.
  2. Garantizar la jornada única para por lo menos el 70% de los estudiantes de la educación oficial. La jornada única tiene metas definidas para los años 2025 y 2030
  3. Universalizar los grados de jardín y transición para todos los niños de 4 y 5 años en las escuelas oficiales, la Ley 115 estableció 3 grados de preescolar, pero alcanzar la matrícula para más del 90% de los niños de 5 años en el grado de transición nos demandó más de 10 años
  4. Disminuir la deserción escolar en la educación secundaria, media y superior, una de las más altas de Latinoamérica
  5. Consolidar los programas de formación docente y apoyar el desarrollo de las facultades y programas de educación
  6. Incrementar las coberturas (mínimo 90% de los niños y jóvenes entre 5 y 17 años estudiando) y la calidad de la educación en el sector rural (disminución de brechas).
  7. Construir y poner en funcionamiento por lo menos 6 universidades en los territorios con mayor violencia política y pobreza.
  8. Profesionalizar y mejorar de las condiciones salariales y de bienestar para los docentes. Nada en educación es posible sin la participación de los maestros y el techo de la calidad de la educación lo determina la calidad de sus docentes.
  9. Acordar con los docentes, padres de familia y estudiantes un sistema de evaluación de la calidad de la educación.

El país cuenta con la experiencia de los 2 Planes Decenales de Educación para los periodos de 1996-2005 y 2006-2016 y está en proceso de elaborar el tercero. 10 años en términos de desarrollo educativo son muy importantes: Por ejemplo, el Plan Nacional de Desarrollo del actual gobierno sostiene que “un país se puede transformar radicalmente en 20 años, que es el plazo que toma formar una nueva generación”.

Fuente: http://www.dinero.com/opinion/columnistas/articulo/por-que-maestros-no-participan-en-elaboracion-plan-educacion-por-angel-perez/226015

Fuente de la imagen: https://actualidad.rt.com/actualidad/213894-maestros-gobierno-mexicano-negocian-reforma

 

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Activismo digital en lengua indígena

23 de julio de 2016 / Por: Jenyree Alvarez / Fuente: http://revistaeducacionvirtual.com/

El activismo digital es la participación y organización de los ciudadanos utilizando las TIC para difundir, promover y defender diversas causas civiles, políticas, sociales y culturales, muchas veces buscando un objetivo particular relacionado a las políticas o decisiones de las autoridades. En el activismo, las TIC pueden usarse en su forma más sencilla, para informar; de una segunda manera, para concientizar, denunciar y movilizar a otros ciudadanos y en su función más sofisticada, como herramienta para incidir en políticas públicas.

El activismo digital es un mecanismo poderoso mediante el uso de herramientas tecnológicas como las redes sociales, ha ayudado a dar voz a causas que en los medios de comunicación tradicionales no son muy visibles. El activismo en plataformas digitales ha permitido:

  • Crear nuevas comunidades en espacios virtuales que persiguen causas comunes y se identifican entre sí y comparten los mismos objetivos.
  • Facilitar intercambios, formación de consensos y procesos de coordinación dentro de un grupo, así como la gestión de la información y contactos de manera efectiva. [Una] red social (…) transforma radicalmente las posibilidades de los usuarios, permitiéndoles ser a la vez consumidores y creadores, compartir, reinventar y conformar redes de acción”. Paola Ricaurte (2010)
  • Los actores y sus acciones son interdependientes (no actúan como unidades autónomas). • Los lazos relacionales entre los actores transfieren recursos, tanto materiales como no materiales.
  • Los modelos contemplan estructuras de relaciones como entornos que o bien proporcionan oportunidades, o bien coaccionan la acción individual.
https://globalvoices.org

De allí que, el tema de internet y libertad de expresión de las comunidades indígenas en su lengua materna toma mayor relevancia como pieza fundamental de preservación de estas lenguas, lo cual contribuye a proteger el conocimiento y los conceptos que constituyen frecuentemente expresiones únicas, al mismo tiempo que se resguarda la cultura e identidad de sus hablantes.

Internet ofrece a las comunidades indígenas la posibilidad de expresarse en su propio idioma. Varias cartas recientes de derechos en Internet, como por ejemplo la Carta de Principios y Derechos en Internet y la Carta de la Asociación para el Progreso de las Comunicaciones reconocen este derecho y enfatizan la necesidad de promover y apoyar los esfuerzos hacia una comunidad digital multilingüística con un foco en lenguas indígenas y minoritarias.

«El desafío radica en asegurar no solo el acceso a la información sino también a las herramientas que les permitan crear y compartir contenido multilingüístico».

Generar contenido que asegure la diversidad cultural en línea es el primer paso para ayudar a las comunidades indígenas a tener un rol más activo en la articulación y defensa de políticas relevantes para los derechos de internet, así como la expresión en línea y la inclusión social. A menudo, los grupos indígenas quedan excluídos de los deliberaciones políticas que los afecta directamente. Al fomentar y apoyar su participación digital, las tomas de decisiones podrán ser más inclusivas.

Dentro de las comunidades indígenas en Latinoamérica existe un movimiento emergente en el uso de la tecnología digital para expresarse en sus lenguas nativas. Muchas de estas iniciativas están dirigidas por jóvenes que actúan como “puentes” quienes son guiados por el deseo de generar contenido digital disponible en su propio idioma. Con frecuencia, su activismo digital no es remunerado o no obtiene el reconocimiento debido. Su gratificación es saber que incrementan la presencia de sus lenguas y cultura en Internet y sientan las bases para que las generaciones futuras tengan acceso y la posibilidad de comunicarse.

Estos esfuerzos de base son necesarios para comenzar, pero los cambios en las políticas gubernamentales, internacionales y corporativas son indispensables para lograr un cambio real a nivel social.

Construyendo ciudadanía desde el activismo digital. Disponible en: http://www.alternativasycapacidades.org/sites/default/files/publicacion_file/GuiaDeActivismo%20201403.pdf

Red de Activismo Digital de Lenguas Indígenas. Disponible en: https://rising.globalvoices.org/lenguas/investigacion/

Fuente artículo: http://revistaeducacionvirtual.com/archives/2019

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Lógica femenina, política genuina

Por: Clara Vásquez Junquera.

“Puta barata podemita”, “Cállate, bonita, no tienes ni puta idea”, “Completamente analfabetas”, “Puta y mal follada”. Son ejemplos de los insultos que en los últimos meses han dirigido algunos periodistas y literatos a mujeres con cargos políticos. Este tipo de agresiones se ha dado en numerosas ocasiones. Sólo hay que recordar el famoso “Cada vez que le veo la cara y esos morritos pienso en lo mismo” que se lanzó contra Leire Pajín. Sin embargo, con el compromiso de las listas paritarias y formatos cremallera, que tanta alergia provocan en el Partido Popular, la verborrea machista ha alcanzado niveles alarmantes. Claro, nunca antes en este país habíamos visto tantas mujeres en puestos parlamentarios, alcaldías y listas políticas, y esta mayor presencia parece crispar a algunos.

Pero, ¿qué es lo que pone a estos hombres tan nerviosos, les hace perder los papeles y ofrecernos espectáculos bochornosos? Lo diré sin muchos rodeos: las prácticas de las mujeres gracias al asalto institucional introducen en la política una lógica femenina, es decir, otras formas de hacer, de habitar y de mirar lo común. Se atiende a lo singular; se pone en el centro de la responsabilidad política los cuidados, la cooperación, la empatía y liderazgos más flexibles y compartidos. No hablo de una lógica esencialista, no me malinterpreten, pero es de justicia señalar que históricamente las mujeres se han visto forzadas a poner en valor esas cuestiones. Tampoco se trata, por tanto, de una posición reactiva, refugiada en un afuera ideal. Estas mujeres han entrado en terreno político y están jugando con sus reglas tan bien o tan mal como los hombres, al tiempo que muchas de ellas abren una grieta: la de que en la pelea institucional no se puede eliminar la diferencia y la diversidad.

Me viene a la cabeza Clara Serra, diputada de la Asamblea de Madrid, cuando defiende con agallas lo que el feminismo puede aportar a nuestra sociedad o participa en una charla sobre porno, deseo y feminismo para dialogar y abrir preguntas en vez de ofrecer fórmulas mágicas. O Ada Colau interrumpiendo, estremecida, su intervención porque no encuentra palabras con las que nombrar el horror de los refugiados sirios, para acto seguido reponerse y afirmar con fuerza: “Se puede y se debe tener instituciones a la altura de una ciudadanía generosa que se deja la piel en demostrar que la humanidad y la vida pueden estar en el centro de nuestras ciudades y dejar atrás la especulación, la competitividad y la mentira”.

Estos gestos, y tantos otros, producen fisuras en la narración cerrada con la que hasta ahora nos decían cuál era la forma (machista) de hacer política. Y es que ustedes, señores, se aferran a un sentido totalitario y segregacionista, desde el que quieren marcar qué es ser mujer, e incluso hombre, un único modelo de familia, de amar y relacionarse. Ante la entrada de la alteridad que les interroga y abre espacios nuevos desde los que construir sentidos compartidos, se sienten amenazados y se revuelven como animales heridos para atacar desde sus tribunas públicas. Háganselo mirar o mentalícense, porque la irrupción de la lógica femenina es política genuina, la que la mayoría queremos. Ya lo dijo Teresa Rodríguez: igual, los que no tienen ni puta idea son ellos. O quizás sí, y por eso están desesperados: la política se está feminizando.

*Publicado en eldiario.es, el  8 de junio de 2016

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La apuesta por otros modos posibles de pensar y habitar la vida

Ecoportal

Apostar por la vida es, en el planteo de Enrique Leff, “un giro en la voluntad de dominio sobre la naturaleza y de los otros, hacia la voluntad de poder querer la vida” que implica repensar y refundar nuestra humanidad posible y nuestros modos de morar en el mundo. Una pregunta recorre e inquieta nuestra lectura: ¿Tendremos, como humanidad, la imaginación sociológica para deconstruir la racionalidad insustentable y crear otra racionalidad posible?’

Revisión del libro “La apuesta por la vida. Imaginación sociológica e imaginarios sociales en los territoriosambientales del Sur.” de Enrique Leff (2014)

“(…) demasiada luz ciega. Los pueblos expuestos a la reiteración estereotipada de las imágenes son también pueblos expuestos a desaparecer.” (Didi Huberman, 2014, 14)

Apostar por la vida es, en el planteo de Enrique Leff, “un giro en la voluntad de dominio sobre la naturaleza y de los otros, hacia la voluntad de poder querer la vida” (3) que implica repensar y refundar nuestra humanidad posible y nuestros modos de morar en el mundo. Una pregunta recorre e inquieta nuestra lectura: ¿Tendremos, como humanidad, la imaginación sociológica para deconstruir la racionalidad insustentable y crear otra racionalidad posible?

La crisis ambiental y la muerte entrópica del planeta que habitamos y nos habita son crisis de nuestros modos de producción y de comprensión de conocimiento, crisis de las escisiones fundacionales que irrumpieron con la(s) modernidad(es), los capitalismos y el Iluminismo de la razón. En efecto, nuestra comprensión científica del mundo es deudora de esas modernidades hegemónicas, de esaracionalidad de la modernidad que logró imponerse “desterritorializando otros modos de ser en el mundo.” (12) Para Leff, la crisis ambiental es el signo y el síntoma más fuerte de ese límite de la modernidad. En este sentido, afirma que las ciencias sociales se construyeron “en el olvido de la naturaleza y en la ceguera ambiental” (7). Sin embargo, “la cuestión ambiental no se reabsorbe en el orden de la racionalidad de la modernidad, sino que remite a otro orden de racionalidad, al de una racionalidad ambiental” (15), puesto que la consciencia de esta crisis implica la comprensión del límite de la racionalidad que la ha configurado (224). Esta apuesta por la vida, esta otra racionalidad, abre un nuevo modo de comprensión del mundo y propone un nuevo esquema de las ciencias sociales.

Enrique Leff postula la racionalidad de la modernidad como el modo hegemónico de producir el mundo que capitaliza/mercantiliza y homogeneiza distintas formas de vida. Esta racionalidad científica, económica e instrumental legitima formas de apropiación y de transformación económico-tecnológica de la naturaleza finitizada, devenida en recursos escasos y externalidades del proceso de producción. Esta voluntad de saber y de poder que el conocimiento experto supo construir le ha dado lugar a la existencia de una “racionalidad insustentable” (210). Se trata de una racionalidad indolente, como sostiene Boaventura de Sousa Santos, que domina el mundo por el desperdicio y por la alienación de la experiencia humana.

El conocimiento puesto al servicio de la productividad y la ganancia ha roto la relación del saber con la trama de la vida. (…) convertido en soporte de la razón económica produce el desconocimiento del ser y proscribe la experiencia vivida como fuente del saber (221).

La crisis ambiental es una crisis de la racionalidad de la modernidad, de la razón científica; sin embargo, no es una crisis derivada de la lógica interna del funcionamiento de la ciencia(revoluciones científicas, cambios de paradigmas, descubrimientos científicos) sino que surge como efecto de los patrones de conocimiento, acumulación y objetivación del mundo que formula. En su recorrido histórico por los temas que ocuparon la reflexión y la investigación sociológica en las últimas décadas del siglo XX, Leff destaca la cuestión del orden y del cambio social, del movimiento y del devenir de las sociedades, y marca cómo la sistematización del campo epistemológico no incorpora a la historia reciente de las ciencias sociales la emergencia de las ciencias de la complejidad y de la crisis ambiental, dos hechos fundamentales que irrumpen en el terreno del conocimiento.

La crisis de la razón permitió la apertura y el surgimiento de otros enfoques epistemológicos, de otras “matrices de racionalidad”, la emancipación de los “saberes subyugados por el colonialismo epistemológico del pensamiento eurocéntrico que ha ignorado, inhabilitado y sepultado otras cosmovisiones culturales” (314) y la legitimación de otras experiencias sociales, de otros conocimientos y otras formas de conocer.

Frente a esta racionalidad que marca su límite con la imposibilidad de dar respuestas a la crisis ambiental, la racionalidad ambientalemerge como la posibilidad y la potencia de crear ética, estética y otros modos de habitabilidad del mundo políticamente. Configura y constela territorios epistémicos y ecológicos de vida y sustentabilidad. En este sentido, pretende territorializar “los principios ontológicos del pensamiento posmoderno –la ontología existencial de Heidegger, la ontología de la diferancia de Derrida y la ontología de la diversidad de Deleuze y Guattari en el campo de la ecología política” (25)

Esta racionalidad es crítica respecto de que la modernidad pueda convocarse a la reflexión de sus bases teóricas, éticas e instrumentales. Esta racionalidad sostiene que “la modernización reflexiva es el eterno retorno de lo mismo” (211)

La racionalidad ambiental se presenta, antes que como un paradigma o un modelo axiomático, como un modo de pensar, un pensamiento comprehensivo que territorializa una multiplicidad de “matrices de racionalidad” y se construye en un diálogo de saberes. Esta racionalidad se configura en la emergencia de la complejidad ambiental, complejidad ontológica y epistemológica que abre la posibilidad de pensar y de crear otros modos diversos de habitabilidad del mundo, en la inmanencia negentrópica de la vida, “que no son un retorno a la premodernidad, y que el término posmodernidad no alcanza a conceptualizar.” (20)

Otra sociología ambiental se inscribe en el nuevo esquema de las ciencias sociales que abre esta racionalidad. Es una sociología comprometida con el presente crítico del mundo y con el futuro poco promisorio en términos de sustentabilidad planetaria, que busca re-comprender el mundo actual desde una mirada inquisitiva; “Es un manifiesto de combate a una sociología desconectada de la raíz de la vida y subsumida en el proceso de racionalización de una modernidad insustentable” (34) Se trata de una “sociología emancipatoria” que busca crear nuevos territorios en la heterogénesis de vida y

Propiciar el acontecimiento de lo posible desde la inmanencia de la vida, desde sus potenciales negentrópicos, desde el pensamiento y la acción creativas que fertilizan lo real, desde las solidaridades con los procesos sociales en marcha; desde la recuperación de lo que habiendo surgido, fue sometido por el poder hegemónico de la colonización y globalización del mundo; de lo que ha sido incivilizado: invisibilizado, desvalorizado, marginado por la subyugación de otros saberes (41)

Es una sociología solidaria de las ecologías, de las naturalezas, de las economías, de las culturas, de las racionalidades, de las modernidades, de los saberes.

El pensamiento ambiental crea otro diálogo posible entre disciplinas que trabajan la relación naturaleza / cultura, con lo cual se “abre un nuevo espacio de comprensión sociológica y un desafío epistemológico para dar consistencia a la polisemia conceptual y a las transferencias disciplinarias (…)” (28). En este sentido, Leff sostiene que la epistemología de la sociología ambiental debe distinguir los sentidos de orden, de entropía y de negentropía como conceptos pertenecientes al campo disciplinar de las ciencias naturales para poder construir / territorializar su sentido en el campo de las ciencias sociales. Esta epistemología ambiental no es un principio de exclusión o de legitimación de los modos posibles de cognición del mundo sino que es una apertura a la inteligibilidad y comprensión de diversos modos sociales de producción de conocimientos, de racionalidades y de verdades por venir.

La emergencia de actores sociales “del ambientalismo”, “habitados por el deseo de vida y movilizados por el derecho de ser en el mundo ante la muerte entrópica del planeta” (87), se inscribe en el campo de la ecología política, en el que se configuran estrategias de confrontación y de alianza respecto de visiones, de intereses y de valores distintos y diferentes en torno a la reapropiación social de la naturaleza y a la emergencia y construcción de otra sustentabilidad posible: un movimiento multiclasista con un rol protagónico en la construcción de imaginarios en el que sea posible un futuro sustentable. Surgen, se vuelven visibles y audibles, “nuevas identidades dispersas que se articulan y solidarizan a través de redes sociales poniendo en acto una política de la diferencia en los procesos de reapropiación de la naturaleza, en los que se configuran las nuevas identidades culturales” (295); se trata de un movimiento socioambiental multifacético, multiclasista y complejo.

La racionalidad ambiental territorializa nuevos mundos / modos de vida al abrirse al dialogo de saberes, es ese espacio creado y potencia creadora de verdades (colectivas) por venir. Este emerge del encuentro de imaginarios de la sustentabilidad (imaginarios del Buen Vivir, Suma Quamana, Sumak Kawsay), de racionalidades y de valores que no se cierran sobre lo ya dado, sino que se abren a la creatividad cultural de mundos de vida sustentables por-venir. La racionalidad ambiental acoge el germen de lo nuevo, líneas embrionarias, latencias que existen pero aún no ha encontrado su nombre.

Se trata de una nueva ética política que “dispone al mundo a la fertilización de las diferencias” y de las heterogeneidades. Este diálogo de saberes hace contar como heterogeneidades componibles y disponibles a “saberes en-terrados” y “saberes encarnados”, en proceso de emancipación, que territorializan otra formas de vida (252), así como la emergencia y la potencialidad de lo aún no ha sido, “lo todavía no” y, por tanto, no-nombrado.

Se trataría, como sostiene Georges Didí-Huberman (2009), de hacer aparecer a los pueblos, pese a todo, como las supervivencias de un “saber-luciérnaga” (101) (de los estados de la luz y los estados de la voz), de pequeñas luces, pequeños resplandores pasajeros, intermitentes, intersticiales, danzantes, erráticos, resistentes e insistentes que aparecen como alternativa a tiempos demasiado oscuros o demasiado iluminados, una luz menor con un “fuerte coeficiente de desterritorialización.”(39) “Las supervivencias (…) nos enseñan que la destrucción nunca es absoluta – aunque sea continua (…)” (65)

Enrique Leff sostiene que no hay una sola forma de “vivir bien” o de ejercer la autonomía como praxis emancipadora creadora de lo “radicalmente otro” en la que la naturaleza se vuelve política. Las estrategias de emancipación, el clamor por justicia ambiental y la creatividad para construir mundos alternativos sustentables se convierten en apuestas fundamentales que debemos hacer día a día para seguir viviendo, resistiendo en las trincheras y re-existiendo en nuestros territorios.

*Débora Andrea Cerutti: Centro de Investigaciones de la Facultad de Filosofía y Humanidades “María Saleme de Burnichon” (CIFFyH) – CONICET. debocerutti@hotmail.com ArgentinaMarcela Cecilia Marín: Centro de Investigaciones de la Facultad de Filosofía y Humanidades “María Saleme de Burnichon” (CIFFyH) – CONICET. marcecimarin@gmail.com Argentina
Cita sugerida: Cerutti, D.; Marín, M. (2016). La apuesta por otros modos posibles de pensar y habitar la vida. Cuestiones de Sociología ,14, e011. Recuperado de http://www.cuestionessociologia.fahce.unlp.edu.ar/…
Bibliografía
Leff, Enrique (2014). La apuesta por la vida. Imaginación sociológica e imaginarios sociales en los territorios ambientales del sur. Vozes editora, Mexico.Didí-Huberman, Georges (2009). La supervivencia de las luciérnagas. Abada Editores, Madrid.Didí-Huberman, Georges (2014). Pueblos expuestos, pueblos figurantes. Manantial, Buenos Aires.

Fuente del articulo: http://www.ecoportal.net/Temas-Especiales/Educacion-Ambiental/La-apuesta-por-otros-modos-posibles-de-pensar-y-habitar-la-vida

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Feminización de la Política

Por: Clara Serra Sánchez, Justa Montero, Xulio Ferreiro, Ángela Rodríguez Pam y Silvia L. Gil

Vivimos tiempos de cambio, no solo de las correlaciones de fuerza en las instituciones, sino también de los modos de hacer política: sus estilos, contenidos, agentes y lugares. La irrupción pública de muchas mujeres con protagonismo político, la relevancia de una agenda de contenidos feministas como parte de un proyecto político transformador para todos y todas, junto con formas de hacer que desplazan la figura tradicional del liderazgo vertical, estereotipadamente asumida como “masculino”, han reabierto la vieja pregunta por la “feminización de la política”. ¿Nos sirve este término para pensar en una práctica política a la altura de los retos de los tiempos que corren? Con la intención de abordar estas cuestiones en un formato de diálogo hemos trasladado tres preguntas iguales a cinco personas diferentes en su relación con Podemos. Todas ellas comparten la apuesta por hacer de la mirada feminista una herramienta útil para la política que pone en el centro una transformación profunda del conjunto de la sociedad.

  1. SOBRE EL CONCEPTO. 

Clara Serra

Entiendo que la feminización de la política tiene que ver no sólo con la mayor presencia de las mujeres en la política sino también con la llegada de cuestiones y temas nuevos. Son dos cosas diferentes pero ambas están relacionadas y, por eso, no dejaría de enfatizar que la feminización de la política está ligada a que haya más mujeres en el espacio público. Eso lleva aparejadas consecuencias fundamentales para la política misma; que estemos todos y todas es la manera más eficaz de que estén representados todos los problemas y en una política hecha por hombres han faltado problemas fundamentales. Somos las mujeres las que estamos sobrerrepresentadas en el espacio privado de los cuidados, las que somos más capaces de provocar, con nuestra llegada al espacio público, una transformación de las prioridades políticas. Feminizar la política es traer al debate público y arrojar luz sobre aquellas cuestiones que han permanecido ocultas justamente por haber estado feminizadas, es decir, por haber sido llevadas a cabo por mujeres en la invisibilidad. Eso que hay que traer al centro de las prioridades políticas es la vida y el cuidado de las personas, lo que tiene que ver con las necesidades fundamentales que tenemos todos y todas y que, por lo tanto, no deberían haber estado fuera del conjunto de preocupaciones fundamentales de la política. Feminizar la política es restituir una ausencia que hacía a la política sorda a problemas comunes de todos y de todas.

Creo que con el concepto de feminización conviene tener ciertas cautelas antiesencialistas. Es fundamental que cuando defendamos la feminización de la política nos guardemos de aceptar con ello que hay algo así como una forma de hacer política que les corresponde propiamente a las mujeres. Obviamente no se trata de una cuestión biológica, eso es evidente, pero tendría también cuidado con ligarlo a algo así como una “cultura de las mujeres”. Cuando hablamos de liderazgos femeninos y los ponemos en valor no nos referimos a una forma de liderar que le correspondería a las mujeres, como si se tratara del modo femenino de hacerlo, al lado de otra forma de liderar que sería propia de los hombres. Los liderazgos que se construyen a través de la colaboración no son mejores para las mujeres, son mejores liderazgos sin más. Feminizar la política es quizás más bien des-masculinizarla, y son esas formas viejas de hacer política, formas masculinizadas, las que a veces hacen a los liderazgos incapaces y débiles.

Por otra parte, las mujeres tenemos muchas cosas que aportar cuando feminizamos la política, pero también tenemos aún mucho que reclamar y conquistar dentro de lo que la cultura masculina ha reservado en exclusiva para los hombres. Haríamos muy mal negocio si aceptáramos una distribución de cualidades para la política por la cual nuestras cualidades –la cooperación y la empatía– se debieran a la cultura en la que hemos sido pasivamente educadas como mujeres y, en cambio, las cualidades “masculinas” –la táctica y la estrategia– siguieran reservadas para ellos. Las mujeres que son excelentes políticas lo son no por el paquete cultural que han recibido, no por haber sido educadas así, sino también por sus propias decisiones y elecciones, porque tienen inteligencia política y porque, por ello, saben elegir las formas más eficaces de liderar. Es clave que no regalemos la inteligencia y la estrategia a los hombres mientras reclamamos, para las mujeres, una cultura recibida.

Justa Montero

En los discursos, la feminización de la política tiene distintos significados. El más primario es el que se refiere al objetivo de una mayor presencia de mujeres en las instituciones de representación política. Una acepción que se basa en la excepción (las mujeres) a la regla (los varones), y busca el efecto estético de una corrección política formal que evite el anacronismo que supone, en pleno siglo XXI, las fotos en blanco y negro. Pero no rompe el estereotipo hegemónico del ser mujer, no cambia la ética y por tanto ni introduce cambios en las formas de hacer política ni trasciende a modificar las condiciones de vida de las mujeres.

Frente a esas fotos en blanco y negro salpicadas de algo de color, algunas de esas instituciones nos devuelven hoy otra imagen y apuntan otro discurso. La disputa de significados está servida. Es la imagen de la irrupción de más mujeres y, muy particularmente, de más mujeres jóvenes, que han crecido en entornos más igualitarios que los de sus predecesoras, y están marcadas por la experiencia del 15-M y el impulso de una pasión colectiva por lograr una sociedad justa.
Con ellas el concepto se va ampliando y la feminización de la política define una voluntad de cambiar las formas de practicarla. Formas teñidas de mayor horizontalidad, participativas, colaborativas; valores aprendidos en el trabajo de cuidados que realizan, o en algún movimiento social. Y se abren paso con dificultad frente a las formas de la masculinidad hegemónica: agresiva, impositiva, testosterónica, con disponibilidad absoluta para la política porque son “otras” quienes realizan el trabajo de cuidados y doméstico que lo hace posible.

Así se empieza a entrelazar la estética y la ética, pero no es suficiente. En mi opinión para que la feminización de la política sea útil para los cambios a los que aspiramos, además de que más mujeres y personas LGTBI se incorporen a la política con nuevas formas de hacerla, que seduzcan al resto de mujeres y hombres, requiere otros dos aspectos.

En primer lugar, que provoque un revolcón en los contenidos, porque si la nueva política pone en el centro a las personas y la satisfacción de sus necesidades, tendrá que ser feminista en sus valores, discursos, propuestas y prácticas.

Y en segundo lugar que evite una visión reduccionista de la política que la limita a su acepción institucional e incorpore lo que la ciudadanía organizada y movilizada plantea y propone para disputar la hegemonía social y cultural. Porque las mujeres venimos haciendo política desde prácticas colectivas, como las PAH, el movimiento feminista, ecologista y muchos otros espacios que promueven cambios importantes en las vidas de las personas. Y no es algo nuevo.

Xulio Ferreiro

Feminizar la política es ir mucho más allá de la paridad, mucho más allá de garantizar el acceso en condiciones de igualdad de las mujeres a los espacios de responsabilidad, algo que, por cierto, todavía estamos lejos de conseguir, aunque no dejamos de intentarlo y de buscar nuevos mecanismos —tecnologías democráticas— que lo aseguren. Feminizar la política, cómo no, pasa porque las mujeres dejen de estar sobrerrepresentadas en el trabajo doméstico y los cuidados e invisibilizadas en el poder, pero tiene que ver también con hacer de la política otra cosa. Hacer de la política un lugar para la cooperación y no para la competición, un lugar de complejidad en el que es posible, y deseable, hacer preguntas y pedir ayuda. Feminizar podría significar hacer de la política un verbo, un “hacer juntas”, un organizar juntas la vida en común, y no un atributo calcificado de unos pocos. Hacer de la política algo compatible con la vida, conciliable en el sentido más amplio: con la familia, con el descanso, con la lectura, con las amistades.

Feminizar la política tiene que ver con introducir otras gramáticas en el lenguaje: la de los afectos, las emociones o la empatía. Tiene que ver con producir formas de participación política en las que la escucha activa, y no únicamente el puro decir ensimismado de los más capaces, tenga un lugar preferente. Tiene que ver con tejer otra relación con la palabra. Una política feminizada ha de ser una política que cuide de lo que el escritor Manuel Rivas llama “as voces baixas”, las voces bajas de la historia, que son muchas y muy diferentes entre sí. En todas partes: en las instituciones, en el tercer sector, en tu asociación de vecinas, en nuestras organizaciones políticas. Y tiene que ver, por supuesto, con la construcción de nuevos liderazgos y de otra gestión democrática —esto es vital— de esos liderazgos.

¿El riesgo? Es evidente, a la vista de mi propia respuesta; que nos dejemos llevar por la idealización del concepto, que lo convirtamos en un fetiche y acabemos por perder de vista tanto su potencia transformadora como sus contradicciones. Y que en esa sublimación nos olvidemos de hacer los deberes, claro.

Ángela Rodríguez Pam

Feminizar la política es algo que estamos haciendo con mucho esfuerzo, quizás no con suficiente éxito y no tanto como debiéramos. Feminizar la política tiene que ver con el cambio de paradigma que estamos viviendo en formas, contenidos, voces y horizontes en la política; en definitiva, implica muchas cosas diferentes e incluso, algunas de ellas, contradictorias.

Por un lado feminizar la política es, evidentemente, hacer que más mujeres estemos en los espacios públicos. No sólo se trata de hacer que nuestras organizaciones sean más paritarias, o incluso que haya en sus cargos más mujeres que hombres, sino que las mujeres ocupemos aquellos puestos a los que no hemos tenido acceso a lo largo de la historia, o lo que es lo mismo, que lideremos. Esto último tiene la suficiente potencia y calado como para ser el motor fundamental de ese cambio de paradigma del que hablábamos. Es algo muy simple y brutal: las mujeres no estábamos (lo suficiente) y nuestra presencia (de forma al menos paritaria) se ha convertido en condición sine qua non para que el espacio político que colectivamente ocupemos tenga legitimidad suficiente.

Pero no puede ser solo eso. No cabe duda de que es bueno que ocupemos puestos de visibilidad, como también lo es que haya alcaldesas y secretarias generales, pero no nos podemos quedar ahí. No conviene olvidar, por ejemplo, las lógicas y semánticas que ejercemos en la política —nuestro savoir faire, por decirlo de alguna manera. Tampoco podemos desentendernos de los contenidos de las políticas que queremos llevar a cabo. Ambas están muy relacionadas, pues no cabe duda de que hacer nuestras vidas más vivibles y devolverles dignidad tiene que ver en un plano semántico con feminizarlas, en tanto que asociamos esto último con otorgarle un mayor peso a aspectos como los cuidados, la conciliación o economizar el tiempo. A su vez, este plano semántico se relaciona con otro estético: hablar en un tono de voz maternal, sereno y tranquilo. Los dos anteriores cobran sentido cuando aparece un tercer plano, el de los contenidos, el de las políticas para la igualdad. La cosa se complica cuando asumimos que aquí hay dos o tres planos diferenciados, y es curioso porque son, sobre todo, los hombres quienes últimamente han querido reconocer cosas separables. Para las feministas, feministizar la política consiste en implementar aquellas políticas que son capaces de hacer la vida más vivible. Sin embargo, existe un cierto convencimiento en esto que llamamos nueva política de que feminizar la política tiene que ver, en cierta forma, mucho más y en primer lugar con esos planos semánticos y estéticos comentados, siendo esto lo que desemboca de algún modo en ese tercer plano de contenidos. Resumiendo; por un lado hay quien dice que la irrupción de las mujeres hace que sea posible y necesario hablar de conciliación; por otro, quienes defienden que, debido a que el feminismo se ha convertido ya en un punto de partida inesquivable, más mujeres hacemos política y esto hace que vayan desapareciendo o siendo señaladas como viejas esas masculinas formas en las que gritar y enfadarse tiene que ver con tener razón.

Ahora en los actos de campaña hacemos anti-mítines, hablamos de nuestros hijos y nuestras madres, lloramos y no señalamos al cielo sino que nos agarramos el corazón con la mano. Quizás el mayor riesgo sea pensar que esto es de lo que va feminizar la política. Como feminista, estoy muy de acuerdo en usar feminizar en lugar de feministizar, si es que esto sirve para que todas y todos, populistas e izquierdistas, hombres y mujeres, hablemos mucho de conciliación, igualdad y evitemos que sigan los asesinatos machistas. Pero el riesgo está ahí; pensar que feminizar la política es simplemente algo estético, comunicativo, y que puede no tener que ver con hacer políticas feministas. Y, con todo, este no sería el peor riesgo, aún incluso asumiendo que el término es el que mejor engloba todo eso que es feminizar, en las tripas de los espacios políticos lo masculino sigue muy presente cuando se toman decisiones fuera de los espacios colectivos, que sigue siendo casi siempre. El poder sigue siendo masculino y solitario. Creo, después de todo, que feminizar la política es un relato que hacemos en contraposición a esa vieja política de pocos. Si estamos las mujeres también, estamos todas y todos. Feminizar la política es sobre todo democratizarla.

Silvia L. Gil

La feminización de la política es la extensión de la práctica feminista al conjunto diverso de lo político. Para desentrañar el sentido de esta afirmación, lo primero que debe considerarse es que la práctica no es lo contrario a la teoría, sino un conjunto de saberes, discursos y modos de hacer materializados en situaciones concretas. Una práctica resulta inseparable de los momentos históricos y de las ubicaciones particulares en las que se inscribe. Y lo político no se refiere a lo institucional ni a la representación partidista. Se trata de la expresión de la capacidad humana para modificar las cosas.

En segundo término, su uso debe comprenderse vinculado más al desarrollo de los movimientos feministas –discursos, metodologías, problemáticas– que con una esencia femenina. Lo femenino puede oscurecer contenidos, proyectando una determinada figuración normativa de la Mujer sobre todas las mujeres. No producir nuevas exclusiones pasa por interrogar dichos contenidos, abrir el importante debate sobre cómo una sociedad prefigura lo femenino. ¿Qué imaginarios damos por sentado? ¿Qué cuerpos los encarnan y cuáles no? Los movimientos feministas han tratado de cuestionar esas imposiciones preguntando siempre: ¿Cómo es que una mujer llega a ser lo que es? ¿A través de qué dispositivos de poder y enunciados persistentes logra consolidarse la categoría de lo femenino como si fuese natural?

Por último, no se trata de que haya más mujeres en las instituciones o en los espacios de organización política. No cabe duda de que es importante a nivel simbólico la presencia de mujeres en un mundo dominado por hombres. No debemos dejar de insistir en ello. El hecho de que las regidoras de las dos principales ciudades del país sean mujeres disloca las creencias sobre los papeles asignados, como aquellos por lo que las mujeres deberían mantenerse en el hogar. Sin embargo, esto no puede constituir el epicentro de nuestra imaginación política. Y ello por dos motivos, uno más obvio que otro. Si no existen algo así como valores naturalmente femeninos, y tampoco algo que automáticamente los convierta en buenos, la presencia de mujeres no garantizará per se el cambio. Tenemos infinidad de ejemplos en la política actual de mujeres que se posicionan del lado del poder o que en nombre de determinada feminidad justifican interpretaciones reaccionarias del cuidado –recato, sumisión, vuelta al hogar, doble jornada o incluso aborto–.

Si apelar a valores dados puede ser una trampa, entonces deben ser procurados. Aquí cobra sentido el motivo menos obvio al que nos referíamos: al desencializar la feminización de la política, pasamos de una lógica descriptiva –donde se contabilizan las mujeres presentes o se presuponen cualidades innatas no cuestionadas– a una creativa, donde debemos poner a circular nuevos valores. Pero hacerlo no desde el vacío, sino escuchando, retomando y multiplicando los conocimientos y herramientas que brindan las prácticas feministas, así como los saberes de quienes habitan posiciones de subalternidad.

2. SOBRE LA SITUACIÓN ACTUAL.

Clara Serra

Creo que este último año se ha producido una significativa transformación de las prioridades políticas que ha consistido en poner los problemas cotidianos de la gente real en el centro del debate, también los de las mujeres. Para Podemos ha sido fundamental apostar por hablar de los cuidados desde su comienzo y hemos conseguido hacer que otros partidos nos siguieran en esto, colocando en la agenda política temas como los permisos de paternidad y maternidad, el acceso universal a la educación infantil, la atención a la dependencia, la conciliación laboral y personal o familiar, etc. La perspectiva crítica que el feminismo aporta al análisis social y económico ha vertebrado un discurso y unas propuestas que Podemos ha colocado en el centro y que, además, ha conseguido hacer ganadoras y hegemónicas. A día de hoy, podemos decir que están en la agenda política cuestiones que antes eran completamente invisibles, y eso se debe a una apuesta feminista de Podemos que ha sido capaz de cambiar ya muchas cosas, cosas que tienen difícil vuelta atrás. Siempre he pensado que Podemos era y es una herramienta capaz de transportar cuestiones feministas que han permanecido en el margen hacia el epicentro de la política y que ese debía ser el objetivo estratégico del Área de Igualdad.

Dificultades, por supuesto, seguimos teniendo muchas. Eso sí, creo que a veces nos olvidamos de celebrar los éxitos y lo cierto es que en un camino tan largo y accidentado como el que tenemos por delante las mujeres feministas que queremos cambiar la política no nos podemos permitir no bailar y sonreír cuando tenemos motivos para ello. No podemos dejar de criticar y denunciar los obstáculos y los retrocesos, pero esa denuncia será más efectiva si también sabemos reconocer los logros y celebrar los avances de los que podemos estar orgullosas. La alegría es a veces políticamente más transformadora que el enfado.

Justa Montero

Esos procesos de ida y vuelta, tienen en la situación actual, una enorme potencialidad. La existencia de referentes políticos alternativos, mujeres que llevan el feminismo al espacio público, en posiciones de poder para nombrar, para establecer políticas y prioridades; que defienden de forma valiente, decidida y de corazón la vida digna de las mujeres frente a la violencia machista, frente a la precarización de sus vidas, y la negación del derecho a decidir; que reclaman recomponer su vida fragmentada por esa forma masculina de entender la política, donde lo personal no es político; que huyen de la trampa de la “meritocracia” y reconocen y legitiman a otras mujeres, y la dimensión que introduce el feminismo en la búsqueda de cambios en la situación de todas las mujeres.

Ellas dan legitimidad a los esfuerzos de tantísimas otras mujeres que desde muchos espacios, de forma solidaria y colectiva plantan cara al individualismo atroz del neoliberalismo y al machismo en todas sus manifestaciones.

Y marca también la importancia de las mujeres movilizadas y organizadas, porque no sería posible la presencia de tantas mujeres en los espacios de poder político sin esas experiencias colectivas desde las que se les da autoridad por medio de una perspectiva necesariamente crítica, donde el ser mujer no es una garantía para el “Sí nos representan” si no va acompañada de políticas de transformación.

En el momento actual los riesgos para una feminización de la política son de muy diverso tipo. Uno de los efectos de la involución democrática, de la ofensiva patriarcal que acompaña a las políticas austericidas, es el intento de profundizar y naturalizar las desigualdades entre mujeres y hombres. Es decir, de reasignar valores asociados a la feminidad y masculinidad hegemónica a mujeres y hombres —como si de categorías irreductibles se tratara y prescindiendo de otras identidades—, donde esos valores “femeninos” se identifiquen con procesos de desvalorización y discriminación de las mujeres en lo político, lo social y lo simbólico, siguiendo el proceso inverso con aquellas que definen la masculinidad.

Esto plantea el reto de tener que movernos entre la tensión de rechazar elementos negativos de los valores tipificados como femeninos, por los efectos que tiene en la situación de las mujeres, y resignificar los que tienen una potencialidad positiva para el cambio, que deberían ser generalizables también para los hombres.

Hay otros riesgos en esta feminización, el de la integración por un sistema que ha demostrado fehacientemente su fuerte capacidad para ello, asimilando los aspectos más estéticos y frenando todo lo que apunte a cambios reales para las mujeres.

Y dificultades no faltan porque, pese a los cambios, el machismo está bien presente en la vida política: la condescendencia masculina, propia de quienes no están dispuestos a aceptar a mujeres con voz propia, ni liderazgos femeninos/feministas; la complicidad para invisibilizar la “agencia” de las mujeres (en las instituciones y en los movimientos); el machismo reactivo y violento que desvaloriza y ridiculiza a las mujeres, que las maltrata y que avala la impunidad de todo ello.

Xulio Ferreiro

La feminización de la política está en el código fuente de la revolución democrática en curso. Es tarea de todos y todas, ya lo hacíamos fuera de los ayuntamientos, en los movimientos, en nuestros propios procesos municipalistas, pero son ellas, son algunas de nuestras compañeras, las que están empujando con más fuerza. Y se lo agradezco, porque no es fácil. Cuando accedes a las instituciones como lo hemos hecho nosotros, además de un proyecto político y una emergencia gestionas también una expectativa, un deseo, y ese deseo no está hecho exactamente a tu medida. La sed de cambio es nuestra, en efecto, pero la percepción que la gente tiene de lo que un representante puede y debe hacer, lo que espera de ti a fin de cuentas, es una construcción del adversario. Lo han hecho ellos durante veinte, treinta años en los que no se ha movido una brizna de hierba. Y entonces llegas y dices: ahora lo haremos de otra manera, ya veréis. Muy bien, ¿y mientras tanto? Mientras tanto hay que apañárselas, porque los ayuntamientos no cierran nunca, son la democracia más próxima, la de primera necesidad, 24 horas, siete días a la semana. Eso es lo que no siempre se ve. Para que uno concilie, otro deja de hacerlo. Para liberar horarios que antes también le pertenecían a la política institucional —las comidas, las cenas, el horario en el que tus hijos van al cole, la última franja de la tarde—, hay que maximizar el rendimiento de otros. Ocurre lo mismo en las organizaciones. No siempre es compatible ir rápido con ir lejos. Cuidar las voces bajas, escuchar, como decía antes, a veces exige reducir una o dos marchas. Tengamos paciencia. Estamos haciendo lo que había que hacer. Juntas. Y con alegría.

Ángela Rodríguez Pam

Hay algo que me parece escandalosamente peligroso que es poder llegar a pensar que Soraya Sáenz de Santamaría o Susana Díaz son elementos a tener en consideración a la hora de valorar positivamente el nivel que actualmente tenemos de feminización de la política. La situación de partida era y es lo suficientemente precaria como para que la simple aparición de mujeres hablando de cuestiones de Estado en prime time se considere feminizar la política. Esto aparte de ser un riesgo muy grande, el cual creo que tiene que ver con eso que antes comentaba que feminizar no siempre equivale a feministizar, ofrece una gran oportunidad que es absolutamente ganadora. Son los hombres los que dan ahora también pasos adelante para poner en valor esas semánticas femeninas. Son también los hombres quienes hablan desde lo pequeño y lo cotidiano de lo social. Para mí es un orgullo enorme compartir espacios políticos con hombres que trabajan por los cuidados y la conciliación, a todas luces esto ha generado un discurso que nos hace ganar a todos y todas, pero sobre todo nos ha dado un poco de razón a las feministas cuando decíamos que la igualdad no era sólo cosa de mujeres.

Por supuesto esto tiene sus riesgos. Recuerdo los minutos finales del discurso de Pablo en la Caja Mágica en la campaña de las pasadas elecciones en el que se emocionaba y no podía evitar llorar recordando el sufrimiento que habían supuesto las políticas tristes y corruptas de los últimos años. Recuerdo también que lloré al ver las lágrimas de Ada Colau hablando de su hijo Luca y del poco tiempo que pasaba con él. De hecho, solíamos comentar en campaña hasta qué punto habíamos incorporado las emociones y los cuidados en política; resultaba maravilloso ver cada vez más niños y niñas correteando mientras esperaban a que acabásemos los actos. Fui consciente del gran riesgo que corríamos cuando escuché a mi madre decir que por fin Iglesias no sonaba agresivo. De algún modo siniestro se vinculó la emotividad a la feminidad y esto, a su vez, se convirtió en una máquina de emoción, alegría y votos. Desde luego da que pensar. Por una parte, me niego a asumir que esta es la gran aportación de las mujeres a la construcción de nuevos liderazgos y, por otra, no puedo evitar pensar que cuando veo a Rita Maestre o a Yolanda Díaz brillar, hay algo de eso, mujeres que emocionan.

Silvia L. Gil

La potencia de la feminización de la política radica en dos aspectos. Por una parte, se refiere a una victoria: el feminismo se ha convertido en un lugar más común. Se ha impuesto el prerrequisito de la igualdad, reivindicaciones antes marginales se han hecho ineludibles y los sentidos del ser mujer se han ampliado (expectativas vitales más allá de la familia, cuerpos disidentes que escapan a los marcos convencionales de comprensión del género, incorporación de saberes ligados históricamente a las mujeres y propuestas que se vuelven parada ineludible –por ejemplo, el asunto del cuidado–). Esta extensión del feminismo no se expresa necesariamente en términos de una ideología feminista. Incluso parecería que para que pueda extenderse necesita deshacerse de los aspectos más codificados o identitarios.

Por otra parte, se refiere al desafío de incorporar las lecciones feministas en la política. Cabría preguntarse, por tanto, cuál de tantas lecciones resulta relevante en nuestro tiempo. Y la primera sería hacer de las diferencias un asunto central. En otras palabras, permanecer alerta a los efectos de exclusión producidos por las categorías sexuales, raciales o de clase con las que se maneja una sociedad. La política debe ser una práctica que ensanche constantemente sus fronteras, creando espacios políticos que en lugar de constreñir u homogeneizar habiliten las diferencias. La segunda lección consistiría en poner el cuerpo. Históricamente, la política se ha interpretado más como un discurso que como un afecto en el que los modos de ser –también el género o la sexualidad– se ponen en juego. Es fundamental que los estilos no reproduzcan las figuras masculinizadas dominantes. Tercera: parcialidad e inacabamiento. Los feminismos enseñan al respecto que cabe un hacer no heroico, que, en lugar de impulsar proyectos de emancipación totalizantes –pensables solo desde posiciones desencarnadas– piensa el compromiso en el mundo donde cada individuo o colectividad están enraizados. Esto no significa abandonar el acceso a lo general ni ceder al relativismo; pero sí una crítica a los absolutos y a las posiciones definitivas –tan propicias para las batallas identitarias–. Y cuarta: situar el cuidado en el centro. No se trata de reproducir relaciones de cuidado generadas en la desigualdad –hay que preguntar siempre: cuidar, sí, pero, ¿en qué condiciones: sobre qué interpretaciones culturales del cuidado, desde qué estratificaciones sexuales?–. El cuidado debe entenderse como una palanca para la transformación: el capitalismo globalizado se sostiene sobre cantidades enormes de trabajo invisible organizado según una ideología heteropatriarcal. La economía no puede desmontarse sin desmontar esa ideología.

3. SOBRE EL CAMBIO DESEABLE Y SUS AGENTES. 

Clara Serra

Confío y deseo que el futuro sea la feminización de la política y que ésta sea, como ha dicho Ada Colau, una fuerza imparable. Creo que vendrá de la mano de mujeres, pero no sólo. También de hombres con una manera nueva y diferente de hacer política, convencidos de que eso que llamamos “feminización” es ahora la apuesta ganadora.

Feminizaremos la política si las mujeres estamos más presentes y si las feministas tenemos más protagonismo pero, también, si somos capaces de hacerlo bien. Y es que nosotras también podemos hacerlo mejor o peor, tenemos responsabilidad no solo en los éxitos sino también en los fracasos en el avance de una política feminizada y feminista. Mirando hacia el futuro diría que nos toca a las feministas seguir reflexionando sobre cómo hacer que el feminismo y la transformación que éste es capaz de producir en la política sea un proyecto de mayorías.

Yo tengo claro que Podemos no será mi proyecto si no es feminista, ahora bien, creo que el feminismo tiene muchas cosas que importar de Podemos. Podemos es un proyecto que aspira a ganar y creo que nuestro feminismo debe aspirar también a ganar, allí donde ganar significa ser un proyecto de mayorías que consiga colocarse en el centro y reordenar o rearticular la política desde ese centro. Conseguiremos cambiar la política y feminizarla si hacemos un feminismo ganador. Un feminismo, por ejemplo, que hable para las mayorías y, por tanto, que hable el lenguaje de la mayoría de la gente, que se haga entender, que parta de los consensos sociales y que aspire a transformar el sentido común, pero siempre con un pie en el sentido común existente. Un feminismo estratégico, esto es, que entienda la política como un juego que se da en el tiempo, que debe pensarse en el largo plazo y que está compuesto de diferentes fases, un feminismo que sepa elegir las batallas, que sea consciente de que no se gana todo desde el principio, que no pueden darse todas las batallas juntas, que unas conquistas nos ponen en mejores condiciones para abordar otras que no ganaríamos sin esos pasos previos, que a veces toca renunciar a dar algunas peleas para asegurar posiciones en otros terrenos y que, poco a poco, con inteligencia, con estrategia y con un plan a largo plazo es como podemos ganar. Eso es hacer política. Creo que es fundamental construir un feminismo que no impugne siempre, que no sea siempre en negativo, que no sea destituyente, que no se mantenga siempre en la crítica, que no se regodee en las malas noticias, en las decepciones, en los fracasos, un feminismo que no se aísle del proyecto político general, que no se convierta en algo separado, que no se vuelva un cuerpo extraño con lógicas propias. Necesitamos un feminismo comprometido e implicado en el proyecto de cambio general al que pertenecemos si queremos que sea transversal a dicho proyecto, necesitamos feministas implicadas en el proceso y no aisladas en espacios feministas o corremos el riesgo de ser una pieza marginal de este proceso de cambio. Necesitamos un feminismo imbricado y entrelazado con el discurso, la estrategia política, las apuestas y los retos de Podemos. Sólo si hacemos un “feminismo Podemos” haremos de este un proyecto político feminista.

Por último, necesitamos un feminismo que tome buena nota de algo que siempre ha estado presente en Podemos: no colocarnos allí donde el enemigo nos quiere. Forma parte de eso que entiendo por feminismo ganador; pensar cómo escapar de los clichés, las caricaturas, los encasillamientos, los tópicos en los que el feminismo ha sido colocado. Cómo escapar de esos lugares en los que las inercias colocan a las feministas, inercias del enemigo, sin duda, pero inercias que nos vuelven más impotentes. Escapar de esos lugares comunes donde el enemigo nos quiere colocar pasa por repensarnos con inteligencia, con estrategia, con la mirada larga y con la consciencia de que nuestra tarea es a largo plazo y tiene muchas fases.

Feminizar la política es, para mí, incorporar a la política cosas que han sido ajenas a ella, cosas que tienen que ver con lo que las mujeres somos capaces de traer e incorporar –los cuidados–, cosas que feminizan la política. Ahora bien, no habrá una verdadera revolución en la política si nosotras no entramos en ella de lleno y en plenas condiciones, es decir, con todos los recursos y las herramientas que forman parte inseparablemente del campo político. Feminizar la política pasa, por tanto, por desmasculinizar esas cosas que se nos han negado: la táctica, la estrategia, la inteligencia también son nuestras. Por eso debemos feminizar la política con un feminismo estratégico. Porque no podemos permitirnos no ganar.

Justa Montero

El horizonte de futuro pasa por encontrar una salida a la crisis económica y al régimen político que suponga un cambio radical, profundo del sistema. Urge, por tanto, materializar propuestas que respondan a los problemas globales y a los de la vida cotidiana, capaz de satisfacer el bienestar de las personas.

En estos procesos, las mujeres, las personas LGTBI, las y los inmigrantes, precarizados, afectados por las hipotecas, son parte de los actores y actrices que aportan elementos imprescindibles para esa nueva cultura política tan necesaria. Dan cuerpo a una ciudadanía movilizada y organizada que, confluyendo, impulsa una radicalización de la democracia, obliga a tratar lo que hasta ahora había sido invisibilizado y reclama la universalidad de los derechos desde el respeto a la diversidad y singularidad de las y los sujetos.

Si en este camino la nueva política instala en el centro de su discurso la feminización y, por tanto, se traduce en políticas reales de cambio para las mujeres, se abrirán nuevos horizontes de futuro para todas, lo que supondría una necesaria y extraordinaria manifestación del “Sí se puede”.

Xulio Ferreiro

El virus está inoculado, el proceso de cambio es imparable. Un ejemplo: Ada Colau no tiene vuelta atrás, decida lo que decida hacer Ada con su vida; su contribución, en este sentido, está hecha, y tendrá un recorrido larguísimo que todavía no somos capaces de anticipar con claridad. Como no tienen vuelta atrás las nuevas formas de organización y participación política, aunque unas plataformas desaparezcan y otras cambien de nombre o muten o corrijan su personalidad jurídica en las siguientes elecciones. Amador Fernández-Savater utilizaba una metáfora interesante para referirse a las transformaciones desencadenadas por el 15-M: el clima, el clima 15-M. En efecto, muchos de estos cambios tienen esa naturaleza meteorológica, no siempre visible pero constante, que permea y va calando y conquistando nuevas parcelas del sentido común. Si hacemos los deberes, quien venga detrás de nosotros tendrá que administrar una expectativa distinta a la estamos administrando nosotros. No tendrá que dar explicaciones si un alcalde quiere conciliar la carga de trabajo diaria con llevar e ir a buscar a sus hijos al colegio. Al revés, tendrá que darlas si no lo permite. Y habremos ganado. Otra vez.

Ana Rodríguez Pam

La feminización de la política es ya un hecho, no hay retorno posible en ello, lo dijimos y lo repetiremos hasta que sea una buena anécdota de un pasado peor: nunca más un país sin nosotras. Pero queda camino por recorrer. El horizonte pasa por la naturalización de todo esto. Aún hay feministas a las que les molesta que este movimiento se convierta en mainstream. Yo sólo espero que eso pase cuanto antes y las cosas de verdad cambien hasta tal punto que no sea interesante hacer una entrevista sobre este tema, porque ya lo hayamos ganado para todos y todas. Entre tanto, muchas más alcaldesas, muchas más lideresas, muchos menos gritos, mucha más alegría.

Silvia L. Gil

Cuando la feminización de la política se piensa en estos términos, inmediatamente deja de ser un asunto solo de mujeres –de su presencia, valores o cualidades–: interpela las fronteras de los espacios políticos que creamos, las representaciones de género naturalizadas en una sociedad, las normas sexuales inscritas en los cuerpos, la organización socioeconómica en su conjunto o la ausencia de democracia en el interior de los hogares. Nos encontramos, más que con la extensión de lo femenino, ante una apuesta política indispensable de nuestro tiempo por reconstruir la vida común desde otros criterios ético-políticos.

Por último, cabe preguntar, ¿por qué ahora esta reverberación del feminismo, inconcebible hace solo unos años? Vamos a lanzar una hipótesis: las condiciones actuales del capitalismo exigen algo de los feminismos. Pero no en el sentido de disponer de un ideario programático o de diseño institucional, sino en el de su capacidad para activar una política diferente; que recupera el cuerpo como lugar de resistencia, insiste en la profunda conexión entre poder y sujeto, piensa el cuidado de la vida en toda su diversidad, articula micropolítica con esferas globales, posibilita nuevos protagonismos, expresa las diferencias y piensa la vida común desde ellas.

El colapso civilizatorio lo es también de los valores masculinizados que han ido ligados a una determinada compresión del mundo –desarrollo, progreso, razón, dominio, individualismo–. Experimentamos su agotamiento en los efectos devastadores sobre la vida, y en un día a día más y más insostenible. Los feminismos ensayan visiones alternativas; intuiciones y propuestas tejidas por procesos, diálogos y afectos, movilizados en diferentes niveles para contrarrestar las políticas neoliberales. Necesitamos estas otras miradas. Por ello, más que feminización, quizá se trata de un necesario devenir feminista de la política.

*Tomado de: http://lacircular.info/feminizacion-de-la-politica/

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