Mujeres y niños en los campos de refugiados yemeníes pagan el precio de la guerra

Durante casi siete años, la guerra civil de Yemen ha dejado 233.000 personas muertas y el 80% de la población se ha vuelto dependiente de la ayuda para sobrevivir.

Cientos de miles de mujeres y niños que han sido desplazados debido a la guerra de siete años en Yemen y se han refugiado en campos de refugiados luchan por sobrevivir en condiciones difíciles.

El Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados dijo recientemente que la guerra ha desplazado a 4 millones de personas, en su mayoría mujeres y niños, de los cuales el 64% no tiene ingresos.

«Me mudé para vivir en cuatro campamentos durante seis años, antes de terminar en el campamento de al-Barakani en la provincia de Taiz [suroeste]», dijo Jawhara al-Rai a la Agencia Anadolu.

«No hay vida real en el campo. Casi muero de la tristeza porque no hay necesidades básicas cubiertas o ayuda. La temporada de lluvias se ha convertido en una pesadilla para todos los desplazados en los campos. Todo aquí se moja, incluso el trigo y la leña, y la vida se convierte en una tragedia», dijo Al-Rai.

La temporada de lluvias comienza desde mediados de abril hasta agosto y decenas de miles de personas, en su mayoría desplazadas, ya se han visto afectadas, según un informe de la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de las Naciones Unidas en Yemen.

«Vivimos, dormimos, comemos y cocinamos en esta carpa mojada por la lluvia, sin mantas, camas ni calentadores», dijo al-Rai mientras abrazaba a su bebé que lloraba.

Huda al-Dinani, que vive en el mismo campamento, le contó a la Agencia Anadolu su preocupación por la falta de asistencia. «Hemos sido desplazados a este campamento durante meses, y desde entonces ninguna organización se ha puesto en contacto con nosotros para brindarnos ayuda o asistencia».

«No recibimos carpas, comida ni enseres excepto de un benefactor que nos entrega una bolsa de harina todos los meses», aseguró al-Dinani mientras permanecía junto a sus tres hijos.

«Esta trágica situación nos obligó a mendigar en los mercados para seguir viviendo», confirmó a Al-Dinani, mientras señaló lo que una mujer sentada frente a un lugar para cocinar estaba haciendo. Cocinaba agua con harina para asemejar un aseed, un manjar yemení hecho con pescado seco servido con queso local y una ensalada fresca.

«Cuando nos enfermamos, no vamos al médico ni recibimos tratamiento. Sufrimos de hambre, enfermedades y pobreza», agregó al-Dinani.

Además, contó que hay una propagación de serpientes. “Hace unos días matamos a una serpiente frente a la carpa. Tenía miedo por mis hijos porque una mordedura venenosa terminaría con sus vidas en minutos».

Dos millones de desplazados

El periodista yemení Afaf al-Abara dijo que las condiciones de los desplazados en Yemen son muy difíciles, especialmente para las mujeres y los niños.

«Hay muchas mujeres que están pasando por la terrible experiencia del hambre y las enfermedades, mientras que otras han muerto debido a partos difíciles por la falta de servicios de salud o la propagación de enfermedades», dijo a la Agencia Anadolu.

«Hay alrededor de 2 millones de mujeres yemeníes desplazadas, que sufren la amargura y crueldad de la experiencia del desplazamiento, y viven con la esperanza de que la guerra termine y regresar a sus hogares», aseguró Al-Abara.

Durante casi siete años, Yemen ha sido testigo de una guerra que ha dejado 233.000 personas muertas y el 80% de la población de 30 millones se ha vuelto dependiente de la ayuda para sobrevivir, en la peor crisis humanitaria del mundo, según la ONU.

El conflicto se ha agravado desde marzo de 2015, cuando una coalición árabe liderada por la vecina Arabia Saudita llevó a cabo operaciones militares en apoyo de las fuerzas gubernamentales, frente a los hutíes respaldados por Irán, que controlan varias gobernaciones, incluida la capital, Saná.

Fuente: https://www.aa.com.tr/es/mundo/mujeres-y-ni%C3%B1os-en-los-campos-de-refugiados-yemen%C3%ADes-pagan-el-precio-de-la-guerra/2277812#

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Sacar a los niños de la cantera

Por: Chema Caballero

Un proyecto español busca ayudar a los niños que trabajan en las minas de Benín y escolarizarlos, además de favorecer el acceso al agua limpia de la población

Tic, tic, tic, toc, tic, tic, tic, toc… Es la música de fondo que se escucha, desde antes de que salga el sol hasta su puesta, en Tchachegou, una ciudad en el centro de Benín, a unos 250 kilómetros al norte de Cotonú. El ruido procede de las canteras donde cientos de mujeres y niños, refugiados bajo la sombra que ofrecen los pocos árboles que allí quedan, rompen diariamente enormes piedras de granito hasta convertirlas en grava que luego, lejos de allí, será utilizada para hacer hormigón. ¿Y los hombres? Están arriba en la montaña, donde intentan desgajar las grandes rocas. Para ello aplican fuego y meten cuñas de madera entre las rendijas para hacer saltar trozos que puedan ser trasladados hasta donde se encuentra el resto de la familia. Es un trabajo peligroso, porque muchas veces las piedras saltan sin avisar hiriendo a los que están cerca.

La familia Madougou trabaja sin descanso bajo un grupo de mangos. El hijo mayor, de 15 años, y su hermana de 13 levantan pesadas mazas por encima de sus cabezas y las dejan caer, con gran precisión, sobre un montón de piedras contenido dentro de un viejo neumático de camión para evitar, dentro de lo posible, que salten lascas y puedan lastimar a algunos de los que allí se encuentran. De vez en cuando, para que descasen, alguno de los hermanos más pequeños les da el relevo. La madre y una tía transportan sobre sus cabezas capazos metálicos con la grava y la depositan cerca de alguno de los caminos por donde los camiones que vienen a comprarla acceden. Pagan el equivalente a 150 euros por 10.000 metros cúbicos de grava. Ninguna familia puede, por sí sola, llenar uno. Tres o cuatro familias, si son grandes como la de los Madougou, ponen en común el trabajo de todo un mes y se reparten la ganancia. También son muchas las mujeres solas, a veces ayudadas por niños de no más de siete u ocho años, con el hijo más pequeño atado a la espalda o acostado sobre unos trapos junto a ella, que sentadas en el suelo, con un martillo pequeño rompen las grandes piedras. Pasan todo un día de trabajo para conseguir uno o dos capazos de grava solamente.

Las personas que se mueven por esta cantera a cielo abierto están expuestas a diversas enfermedades. La más peligrosa es posiblemente la silicosis, afección pulmonar incurable causada por la inhalación de polvo que contiene sílice cristalino. A pesar de todos los esfuerzos de prevención de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Organización Internacional del Trabajo (OIT), la silicosis todavía afecta a decenas de millones de trabajadores y mata a miles de personas cada año en todo el mundo. Esta enfermedad, con su potencial de causar discapacidad física progresiva y permanente, todavía es una de las dolencias profesionales más importantes del planeta, según la OMS.

Suministro de agua limpia a las clases de la escuela de Tchatchegou.ver fotogalería
Suministro de agua limpia a las clases de la escuela de Tchatchegou. C. C.

Con el auge de la construcción que experimenta la inmensa mayoría de las ciudades africanas, la demanda de grava ha crecido y las minas a cielo abierto se multiplican por todos los países y, también, en Benín.

Las mujeres y los niños son los más afectados por este problema en este pequeño país, según un estudio llevado a cabo en 2014 y publicado en el Bulletin de la Recherche Agronomique du Bénin (BRAB). También especifica que la población que sufre este problema es relativamente joven, en torno a los 25 años. Estas personas son, en su mayoría, analfabetas o con muy bajo nivel de educación, que han encontrado en las canteras su único medio de subsistencia. Además, no utilizan ninguna medida de prevención laboral por lo que los accidentes son también muy frecuentes.

Cuidar a los más pequeños

Los niños son los que más sufren esta situación. Además de aquellos que desde muy jóvenes se ven forzados a trabajar en las canteras picando piedras para ayudar a sus familias, están los más pequeños, los bebés, muchos de ellos cuidados por hermanos un poco más mayores o atados a la espaldas de sus madres o que descansan cerca de ellas. Ellos también inhalan las partículas de sílice que surgen de la ruptura de las rocas y que llegan a sus pulmones, lo que provoca la muerte de muchos de ellos.

El centro de salud del pueblo no cuenta con estadísticas precisas, pero su encargado precisa que la mortalidad infantil por enfermedades relacionadas con las vías respiratorias y los pulmones es inmensamente más alta que en otras partes del país.

Fue esta realidad de los niños forzados a trabajar en la cantera y la de aquellos más jóvenes obligados a respirar el polvo maligno, lo que movió a la ONG española Mensajeros de la Paz a desarrollar un programa integral en la zona que, en una primera fase, tiene que ver con la protección de los menores, su escolarización y el acceso a agua limpia.

Uno de sus mayores logros ha sido conseguir la escolarización de 280 niñas y niños en la escuela de Tchachegou. No están todos los que deberían, todavía muchos menores pican piedra. Por eso la sensibilización de las familias es muy importante. “Hay que hacerles entender que el lugar de los niños es la escuela y mostrarles los peligros a los que exponen a sus hijos al obligarles a trabajar en las canteras. Pero se requiere mucha paciencia y tiempo para que poco a poco cambie la mentalidad”, comenta Florent Rama Yao Koudoro, director de los proyectos en Benín. Es difícil determinar el porcentaje de niños no escolarizados en la zona, pero “es muy bajo, basta con ver que hay más niños en la cantera que en la escuela”, añade.

“Va a ser mucho más complicado convencer a las madres para que lleven a sus hijos a la guardería”, afirma Koudoro. No muy lejos de la escuela primaria un grupo de obreros trabaja en el nuevo edificio que acogerá a los más pequeños a partir del próximo septiembre. “La idea es que las madres dejen aquí a sus hijos para evitar la exposición al polvo de la cantera. Los niños estarán cuidados y, además comenzarán sus estudios”. Piensa Koudoro que va a ser una labor muy difícil conseguir este objetivo, pero no ceja en su intento de impedir que los menores respiren el silicio. “Hemos empezado la campaña de sensibilización para que cuando llegue septiembre las madres estén concienciadas. Tenemos muchas ilusiones puestas en este proyecto. Será un paso muy importante para mejorar la salud de los más pequeños”, explica el director del programas.

El otro problema al que hacer frente es el de la escasez de agua limpia en la zona debido a la degeneración medioambiental que significa la destrucción de la montaña y sus bosques por los canteros. Además, las aguas están contaminadas porque el polvo de silicio también llega hasta ellas, y no son aptas para el consumo humano. Muchas mujeres y niñas tenían que ir lejos en busca de la que se consumía en sus casas. Eso implicaba cruzar la carretera nacional por donde coches, camiones y motos circulan a gran velocidad. “Eran muchos los que morían atropellados cuando iban a buscar el agua”, comenta Mousa Akougbe jefe del pueblo.

Se han construido dos redes de distribución de agua con dos depósitos en altura, en las colinas. Hasta ellos se bombea el agua desde pozos limpios. Desde allí se envía a las diferentes fuentes distribuidas por las distintas localidades de la zona. Se han constituido unos comités de gestión, un grupo de personas que se encarga de su buen uso y mantenimiento. También abren y cierran las fuentes en horarios determinados, y las mantienen limpias. Además cobran la pequeña contribución monetaria que los ciudadanos hacen para el funcionamiento de todo el sistema. “Entre Tchachegou y la ciudad vecina de Sokponta, más los pueblos que dependen de ellas, el agua limpia llega a más de 15.000 personas”, asegura Koudoro.

Este año, gracias a la carrera solidaria organizada en los Colegios Valle de Madrid dentro de su Semana de la Solidaridad y con el apoyo de la Fundación Salvador Soler, la organización ha ampliado el proyecto para garantizar que la escuela de Tchatchegou se convierta en una escuela saludable con del acceso a agua limpia a través de fuentes y un saneamiento básico y digno mediante la construcción de unas letrinas en el propio recinto.

La cantera es una fuente de enfermedades y de deterioro del medioambiente, pero es la forma de subsistencia que han encontrado los habitantes de estos pueblos, por lo que la solución no pasa por cerrarla de golpe. “Habría que encontrar alternativas a ese trabajo para que las familias pudieran abandonarlo sin que sus ingresos desciendan, pero no es fácil por ahora. Así que nos centramos, en un primer momento, en la educación, la salud y el agua limpia. Luego, poco a poco, veremos qué otras programas podemos implementar para mejorar la vida de estas personas”, comenta Koudoro.

Imagen tomada de: https://ep01.epimg.net/elpais/imagenes/2019/04/23/planeta_futuro/1556020053_492467_1556020696_noticia_normal.jpg

Fuente: https://elpais.com/elpais/2019/04/23/planeta_futuro/1556020053_492467.html

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ACNUR pide 296 millones de dólares para asistir a refugiados de Burundi

África/Burundi/17 Enero 2019/Fuente: La Vanguardia

La Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) lanzó hoy una petición para conseguir este año 296 millones de dólares con el fin de asistir a 345.000 refugiados de Burundi desplazados en países vecinos y con problemas de acceso a necesidades básicas.

Estos refugiados, huidos de Burundi por la inestabilidad política que atraviesa desde 2015, se han asentado en Tanzania, la República Democrática del Congo (RDC), Uganda y Ruanda, y su situación es una de las más olvidadas y con más problemas de financiación globalmente, destacó en rueda de prensa el portavoz de la ACNUR Charlie Yaxley.

«Los niños, que componen más de la mitad de esta población refugiada se llevan la peor parte», destacó Yaxley, que señaló que mujeres y niñas sufren altos niveles de explotación, violencia sexual y de género.

Viviendas sin las adecuadas condiciones de salubridad, aulas masificadas para los niños que tienen acceso a la educación, falta de acceso a medicinas o reducciones en las raciones alimentarias (impuestas por las autoridades en RDC, Tanzania y Uganda) son algunos de los problemas que atenazan a estos refugiados.

El portavoz subrayó que cierta estabilización en Burundi ha permitido que 57.000 refugiados hayan regresado al país desde mediados de 2017, aunque persisten problemas de seguridad y dudas sobre la situación de los derechos humanos, y como media unas 300 personas siguen huyendo cada día de la nación africana.

La ACNUR subraya que las condiciones no son aún las suficientes para promover un retorno generalizado de las poblaciones desplazadas, aunque asiste a aquellos que desean volver de forma voluntaria y urge a los gobiernos de la zona a «garantizar que ninguno regresa contra su voluntad», recordó Yaxley.

El pasado año la agencia solicitó una partida superior para estos refugiados, por valor de 391 millones de dólares, pero sólo consiguió un 35 % de esa cantidad, por lo que para 2019 urge a la comunidad internacional a adoptar un mayor compromiso.

Burundi sufre una alta inestabilidad política y social desde la oleada de protestas desatada en abril de 2015, cuando el presidente, Pierre Nkurunziza, anunció que se presentaría por tercera vez consecutiva a las elecciones, algo prohibido que violaba los acuerdos que acabaron con una larga guerra civil en 2005.

Fuente: https://www.lavanguardia.com/politica/20190115/454156193304/acnur-pide-296-millones-de-dolares-para-asistir-a-refugiados-de-burundi.html

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