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Los pétalos de las flores

Por: Ilka Oliva-Corado

Capitalino se sienta bajo la sombra de un árbol de lilacs mientras sale el próximo carro del lavado automático, su trabajo es secar los automóviles con una toalla húmeda. Apenas son las tres de la tarde, trabaja doce horas diarias, de siete de la mañana a siete de la noche, de lunes a domingo, labor que lleva realizando veintiún años. El aroma de las lilacs en primavera lo hace viajar en el tiempo, aunque no es una flor que crece en su natal cantón La Magdalena, Chalchuapa, Santa Ana, El Salvador, este lo lleva a su infancia y al recuerdo del jardín de su madre lleno de flores y hierbas aromáticas. Ese árbol de lilacs es para Capitalino un refugio no sólo para los días de sol, sino también para su alma.

Tiene reumas en las manos debido al cambio de temperatura constante y de las toallas que usa en el trabajo, en invierno está con temperaturas bajo cero y las toallas a punto de congelación le entumen las manos, en verano el calor es insoportable y el sudor le escurre en todo el cuerpo, pero con todo y todo piensa Capitalino que está mejor ahí incluso siendo indocumentado que trabajando en el corte de caña como creció. Porque en el corte de caña, recuerda que era tratado peor que un animal de carga, ahí se le molieron los brazos y la espalda de tanto trabajar encorvado cortando las varas con machete. Los tercios se los echaba sobre los hombros y las tunas le zanjearon la piel.

No es beneficiario del Estatus de Protección Temporal que da Estados Unidos a salvadoreños porque cuando entró de indocumentado por el lado del río Bravo lo agarró la migra y le dieron cita para ir a corte y por temor él nunca fue y no pudo arreglar su situación legal en el país. Tampoco conduce para que no lo pare la policía y se percate que tiene una cita pendiente en la corte y lo deporten. Por eso siempre maneja bicicleta, sin importar el clima. Total, Capitalino no tiene vida, él va de su casa al trabajo y del trabajo a la casa. Renta en el sótano de una casa con 13 hombres más, todos indocumentados, duerme en donde encuentre espacio cuando llega de trabajar y no tiene más pertenencias que un colchón y cuatro mudas de ropa.

Capitalino no es un hombre común, los pétalos de las flores los compara con los labios de los hombres que quisiera besar y de los que se ha enamorado en silencio. En su cantón siempre tuvo que actuar, fingir ser otra persona, desde niño y eso profundizó su timidez. Hasta que el amor le llegó sin avisar y se enamoró perdidamente de otro trabajador de la finca, que cuando Capitalino se armó de valor y tímidamente se acercó y rozó su mano una tarde que se bañaban todos en el río, este lo molió a puñetazos y lo humilló frente a los demás. Al enterarse, su familia lo echó de su casa. Después de pensar en suicidarse Capitalino decidió emigrar, entonces se fue sin dinero y sin coyote, un tractorista de la finca lo recomendó con los traileros que llevaban la caña a distintos puntos del país y estos los recomendaron con otros y así llegó a la frontera con Estados Unidos.

Tiene 44 años y nunca ha besado la boca de un hombre, los compañeros del trabajo le dicen que si está loco o qué, porque acaricia con tanta delicadeza los pétalos de las flores, pero no saben que para Capitalino esos pétalos son la única ternura que ha tenido en su vida.

Capitalino también ahí tiene que fingir ser quien no es, porque no tiene ni el estatus social, ni la economía y porque está marcado por el estigma. Porque quién en su sano juicio quisiera besar los labios de un limpiador de carros, indocumentado. Eso, Capitalino sólo se lo ha confesado a los pétalos de las lilacs con los que conversa en primavera, confía plenamente porque sabe que ellas jamás lo delatarían, porque las flores no tienen la maldad ni los prejuicios de la humanidad.

Ilka Oliva-Corado. @ilkaolivacorado
Fuente: Crónicas de una Inquilina

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Estados Unidos: La labor de Silvestre

La labor de Silvestre

Ilka Oliva Corado

Fuentes: Rebelión

Crónica de un inmigrante en Estados Unidos, en el Día de los Trabajadores.

Enciende la máquina para cortar grama, Silvestre se siente como subido en un tractor porque es una podadora industrial, en su vida se había subido en una máquina así, pero en Estados Unidos le ha tocado hacer trabajos que nada han tenido que ver con su labor de maestro panadero en su natal Nayarit.

Trabaja como jardinero, está encargado de una máquina industrial por los 20 años que tiene de experiencia, a los nuevos los ponen a soplar la grama cortada con unas máquinas que se cuelgan en los hombros y a cortar grama con máquinas manuales, todos terminan oliendo a gasolina al terminar la jornada, porque esas máquinas unas necesitan gasolina y otras diésel.

Silvestre se coloca los lentes para cubrir sus ojos de cualquier objeto que pueda volar por los aires, muchas veces son astillas de ramas que están escondidas entre la grama y la máquina las hace pozoles. En donde vive cuando cortan los árboles los muelen para hacer una especie de aserrín que le echan al pie de las plantas y para la curiosidad de Silvestre hasta lo pintan de colores. En su pueblo natal los pobladores le piden perdón al árbol que van a cortar y le dicen que es porque lo necesitan para hacerlo leña para hacer fuego, pero siempre plantan otro pequeño para que el bosque no se termine.

Silvestre trabaja largas jornadas que en verano son interminables y finaliza con insolación, la espalda molida y la piel reventada por el sol por más manga larga que use y bloqueador que se ponga.  En primavera y otoño tiene que lidiar con el frío, la lluvia helada que cae como granizada y las nevadas que aparecen de pronto. Labora de lunes a domingo, entra antes de que salga el sol y termina cuando el sol ya se ha ocultado, pero todas las noches sin falta llama a su esposa y a sus hijos que están en Nayarit, pienso regresar el día que haya terminado de construir su casa y ahorrado para poner un negocio.

Se coloca los guantes, es un día de lluvia de chipi chipi, se puso doble suéter y chompa impermeable. Comienza a cortar grama, desde su cálido Nayarit le llega el aroma de los árboles de nances y mangos maduros cayendo uno tras otro en el suelo, es Primero de Mayo,  el Día Internacional de los Trabajadores.

Blog de la autora:  https://cronicasdeunainquilina.com

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes

Fuente de la Información: https://rebelion.org/la-labor-de-silvestre/

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En cualquier lugar del mundo

Por Ilka Oliva Corado

Se irán para el norte con un grupo de amigos, sin pagar coyote porque no tienen dinero…

La alarma del reloj despertador repica una y otra vez, Cheyo la voltea a ver de reojo, cansado, quiere seguir durmiendo, hace apenas tres horas llegó a su cuarto ha trabajado todo el día quiere dormir, sólo dormir, pero hace años que no duerme más de cuatro horas y no porque no quiera si no porque no puede, el ritmo de trabajo no se lo permite.

Los dolores en la espalda le han hecho mella y el dolor de muelas le martilla toda la cabeza, apenas puede masticar y cada vez que hace esfuerzo para echarse un bulto sobre la espalda siente como si le clavaran una aguja en las muelas. Tiene varios agujeros negros porque están podridas le dijo Jerónima, la muchacha que trabaja en unos de los comedores echando tortillas, como él ella también es migrante en la ciudad de Guatemala, llegó desde Quetzaltenango, de 13 años a trabajar en el servicio doméstico y él a los 11 a lustrar zapatos, pero desde hace cinco trabaja cargando bultos le va mejor ahí, le pagan más pero su espalda lo resiente y un dolor en el tobillo derecho que lo hace cojear por ratos.

Cheyo es originario de Rabinal, Baja Verapaz, Guatemala, es el mayor de nueve hermanos, su padre trabaja de jornalero en la siembra de manía y en la cosecha de anonas cuando llega la temporada, también siembra milpa, frijol y ayotes en el terreno que alquila anualmente y paga con la mitad de su cosecha de maíz. Su madre vende tamalitos de frijol y atoles en el mercado de Rabinal, también lava ropa ajena y cuando puede teje perrajes que termina vendiendo a los turistas por la mitad del precio, de tanta rebaja que le piden, siempre dice que es mejor algo a nada pues ella es  la de la necesidad.

En la capital estaba un tío, hermano de su mamá que trabajaba de guardia de seguridad privada y alquilaba un cuarto en las cercanías del mercado La Terminal, fue él quien se lo llevó para que comenzara a trabajar para que ayudara a sus padres en la crianza de sus hermanos, de la misma forma en que hicieron ellos con sus hermanos pequeños, es tu suerte, así nos toca a los hermanos mayores, le dijo. El viaje fue trajinado, vomitó en varias ocasiones porque el humo de la camioneta era tan ajeno al olor del monte donde creció, nunca se había subido en un autobús ni viajado tan lejos. Su mamá le echó envueltos en un perraje varios tamalitos de frijol y en un bote de galón de aceite le puso atol de tres cocimientos, también le dio una botellita de Agua Florida que tenía usada, por si le daba dolor de cabeza o tuviera frío en la noche que se echara en los pies y el pecho. Lo abrazó llorando y le echó la bendición, su papá sólo le dio la mano y se dijo que ya era hora que se hiciera hombrecito y que su ayuda económica era muy necesaria en la casa.

Cuando llegó a la capital se encontró en la habitación a cuatro hombres más, todos del interior del país, compañeros de trabajo de su tío, dormían sobre petates. Sobre una mesa de pino encontró una estufa de cuatro hornillas, eléctrica, una fridera, una olla, una botella de aceite casi por terminarse y un bote de café. En el suelo en una esquina sobre un bloque se cemento, cuatro pailas y cuatro tazas, el mismo número de cubiertos y un pedazo de manta. Colgados de una bolsa plástica de una de las vigas del techo varios rollos de papel higiénico y pedazos de papel periódico. Colgando sobre la pared un calendario de una mujer en traje de baño.

El tío lo presentó con los demás que le dieron una cálida bienvenida y se arrinconó sobre uno de los petates para que también se acostara, al otro día lo llevó a presentar con el grupo de niños que lustraban zapatos en la zona, la caja y el material se la vendió uno de los señores que arreglan zapatos por el lado de la repollera. Así fue como Cheyo conoció la capital, el humo de las camionetas y el bullicio que comenzaba a las dos de la madrugada cuando llegaban los primeros camiones desde distintos puntos del país a dejar y a comprar mercadería.

Del genocidio jamás escuchó hablar a sus papás, fue su tío quien le contó que a la mitad de su aldea la habían desparecido y a la gente de otras aldeas la habían masacrado cuando él y su mamá eran niños, le advirtió que tuviera cuidado con la gente de la capital porque no eran igual que ellos y que  estaban ahí no porque quisieran sino por necesidad. Le dijo que no se igualara a ellos y que mantuviera su idioma costara lo que costara, porque era herencia de sus abuelos.  También le dijo que tenía que inscribirse en la escuela nocturna para seguir estudiando y Cheyo lo hizo entusiasmado, ahí conoció muchos amigos que también habían llegado de otros lugares del país, muchos hablaban otros idiomas que él no conocía y entre todos a como podían intentaban hablar español para no quedarse atrás en las clases.  Entre lustradores de zapatos, cargadores de bultos, tortilleras, cocineras, ayudantes de vendedores, ayudantes de zapateros, guardias de seguridad privada, albañiles, panaderos y trabajadoras sexuales de la línea Cheyo encontró calor humano en la gran urbe que era ajena totalmente a sus sentimientos y a sus necesidades.

Los únicos ruines ahí eran los que iban a comprar y que le gritaban como si a un chucho estuvieran espantando cuando necesitaban que les lustrara los zapatos, así le contaba a su amiga Jerónima. Con Jerónima iban al parque central cuando podían a dar una vuelta por la plaza y a comerse un helado, juntos descubrieron que ahí era el punto de encuentro de muchos como ellos que también habían llegado del interior del país, que también eran indígenas y que también como ellos no se hallaban, que los trababan muy mal los capitalinos mestizos en sus trabajos y en la calle.

Un  amigo que cargaba bultos  lo animó a dejar de lustrar zapatos y a trabajar como él, sólo tenía que hacer una carreta de tablas de madera, conseguir un lazo doble y unos dos costales o un su pedazo de poncho para ponerse en la espalda, no requería tanta inversión, estaba joven y fuerte, por lo demás los mismos clientes lo iban a buscar,  unos con un silbido, otros con un grito, pero se acercarían a solicitar su ayuda, le dijo cuánto cobrar por viaje dependiendo la distancia y el peso y así fue como Cheyo dejó de lustrar zapatos para cargar bultos.

Trabajó lustrando zapatos 6 años, a los 17 comenzó a cargar bultos, tiene 22 y la mitad de su vida  en la capital, en un sobre le envía dinero cada dos semanas a sus papás con los pilotos de las camionetas que van hacia su pueblo, está cursando el bachillerato en la escuela nocturna, ve en Jerónima  la belleza de las matas de anís y manzanilla, cada vez que se le acerca siente que el corazón se le va a salir por la boca, Jerónima tiene el alma de las aves del monte donde pasó su infancia: libre. Y él quiere saber qué es la libertad.

Jerónima que está decidida a irse para el norte, porque tiene dos hijos qué criar. Fue abusada a los 12 años por uno de los  hermanos de la iglesia que la dejó embarazada de gemelos, sus padres la enviaron a la capital a trabajar para que los pudiera criar y ellos los cuidarían, siguen asistiendo a la misma iglesia y perdonaron al hermano que les dijo que no sabía qué le sucedió, que fue el demonio que lo hizo hacer eso, sus padres pensaron que parte de la culpa la tuvo ella por empezar a desarrollar tan rápido y que su cuerpo distraía a los hermanos de la iglesia.

A diferencia de Cheyo, Jerónima con lo único que sueña es con llegar a Estados Unidos y poder juntar dinero para mandar a traerlos, Cheyo quiere saber cómo sería vivir de otra manera, sin cargar bultos, sin que le griten, sin que lo menosprecien, sin que se burlen cuando habla español, quiere saber cómo sería tener dinero para comprarse un pedazo de pastel o un par de zapatos. ¿Cómo sería poder enviar dólares para que sus padres construyan una casa y sus hermanos vayan a la universidad?  Que tengan un refrigerador donde guardar la comida y un amueblado de sala para que descansen su espalda, le encantaría enviarles dinero para que compren camas y dejen de dormir en hamacas. Componerse esas muelas para que dejen de dolerle.

Son las 3 de la madrugada y suena el reloj despertador, en una de las pensiones cercanas a la línea del tren lo espera Jerónima, se irán para el norte con un grupo de amigos, sin pagar coyote porque no tienen dinero y tampoco conocen el camino, pero no les aflige, porque si de niños sobrevivieron a la ingratitud de la capital en su país, saben que de adultos podrán sobrevivir en cualquier lugar del mundo.

Blog de la autora: https://cronicasdeunainquilina.com

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La nostalgia de Hilarión

Por: Ilka Oliva Corado
Como tantos inmigrantes, él nunca le ha contado a su familia que renta un espacio en un sótano de una casa en donde viven quince indocumentados más.

Salió del segundo turno a las tres de la tarde, ha trabajado de 5 a 10 de la mañana en una mueblería cortando madera y de 11 de la mañana a las 3 de la tarde el segundo turno, limpiando oficinas.  En su camino para el tercer turno donde trabaja de ayudante de mesero en un restaurante libanés se detiene en un supermercado mexicano para enviar su remesa semanal a su familia en San Sebastián, Retalhuleu, Guatemala, es domingo en donde vive todos los días de la semana los trabaja por igual.

Una enorme fila lo espera en el supermercado, siempre hay gente enviando remesas a cualquier hora cualquier día de la semana, siempre está el volumen del radio a todo lo que da con música mexicana, huele a carne frita, a pocos pasos hay otra fila esperando comprar los tacos de carne de coche que son la especialidad de la casa. Ve apiladas las cajas de aguacate maduro que se irán en un santiamén, es lo que más compra la gente los fines de semana  y los  tamales en bolsa que venden maleteados, también maleteadas venden las hojas de nopal, cosa que nunca deja de asombrarlo pues en Guatemala no se comen, las vio una vez que fue a Zacapa, enormes plantas de cactus que nadie tocaba y resulta que en donde está los mexicanos los compran como quien compra un rimero de tortillas o una bolsa de pan, parecieran el conqué y no un acompañamiento en el plato de comida.

Al principio, de recién llegado a Hilarión le llamaba la atención que la gente ponía remesas, recargaba tarjetas de teléfono en sus países de origen, cambiaban sus cheques y dejaban hasta el último centavo entre el supermercado y la licorería de al lado, nunca imaginó que pasarían tantos años y que él haría una rutina tan similar a la de esas personas que vio cuando recién llegó a ese lugar donde neva en   la época en la que los árboles de mango están a todo lo que dan en su pueblo natal.

Hilarión emigró cuando recién cumplió 17 años, con tres hijos por mantener dejó a su esposa y a los niños en casa de sus suegros y prometió regresar en dos años, si le iba bien y llevar dinero para comenzar un negocio, han pasado 25 años desde entonces, le falta por graduar de la universidad al último de sus hijos y al último de sus hermanos, no piensa regresarse hasta que lo logre.  En Guatemala trabajaba en las fincas de caña de azúcar, si le revisaran el cuerpo todavía le encontrarían  en la piel las tunas de la caña que como espinas se entierran hasta lo más profundo, en esas fincas se pasó la infancia y la adolescencia trabajando con sus papás y sus tíos, durmiendo en galeras y comiendo una vez al día, ganando  sólo para el pasaje de ida y vuelta a su pueblo,  no sabe leer ni escribir porque la escuela nunca fue una opción para la pobreza de su familia, tenía que ayudar a sus papás en la crianza de sus hermanos pequeños.  Se ha dado cuenta que en la fila esperando para enviar sus remesas hay tantos como él, a cargo de papás, abuelos, hermanos pequeños e hijos, cuando conversa con ellos resultan con historias similares, no importa de qué lugar de Latinoamérica lleguen, ahí hay hasta bisnietos de los braceros.

Hilarión se enteró de la existencia de los braceros cuando un día hace varios años se fue a tomar unas cervezas con un joven después de que ambos enviaron sus remesas, su bisabuelo había sido bracero. No era el único con una carga familiar en la espalda, era la mayoría de migrantes indocumentados, por eso es que no se regresaban en dos años como pensaron al principio. Como él también cargan fotos de los hijos y en sus teléfonos celulares, no los vieron crecer, pero lograron criarlos con el envío de remesas. Y también conoció en el transcurso de los años a tantos que nunca han contado a sus familias en sus países de origen cómo viven realmente en Estados Unidos, él nunca le ha contado a su familia que renta un espacio en un sótano de una casa en donde viven quince indocumentados más.

Hilarión sale del supermercado, ese día no ha estado tan frío, el sol se ha dejado ver por momentos y las temperaturas no son tan deprimentes y desesperantes, respira el aire fresco que por un segundo le llevó el aroma del corozo y de los mangos tiernos de los árboles en su natal San Sebastián, se pregunta mientras conduce hacia su tercer trabajo si los otros migrantes también extrañarán como él cuando el sol se asoma entre el cielo plomizo el invierno estadounidense.

Blog de la autora: https://cronicasdeunainquilina.com

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Porque arrieros somos…

Por Ilka Oliva Corado

¿Qué gobierno democrático latinoamericano les dirá “mi casa es su casa” a los migrantes haitianos? ¿Cuál es pues el humanismo de los grandes defensores de la memoria histórica latinoamericana ahora que sus hermanos haitianos los necesitan?

En Guatemala, por ejemplo, un pequeño potrero donde pululan racistas, clasistas, xenófobos, homofóbicos y corruptos, ser negro es peor que ser indígena, el negro está en el último lugar no sólo de las clases sociales, también de los derechos humanos. Nadie quiere tener un amigo negro, un empleador negro, un docente negro, una esposa negra, hijos negros. Y aunque parezca increíble porque los pueblos indígenas también han sido explotados y excluidos, estos tampoco quieren relacionarse con los negros, no jodan, ¡sería el acabose!

Los negros solo sirven para una cosa, mueren por tener un amante negro, pero jamás tendrían una esposa negra mucho menos hijos negros y con esto no hablo solo de Guatemala, esto es a nivel mundial, pero en la Latinoamérica de mente colonizada es algo muy visible.

Mucho se habla de ser negro en Estados Unidos, porque claro, hay que darle palo a Estados Unidos por donde se pueda ya que nosotros somos incapaces de enfrentarnos  al espejo y ver lo racistas que somos, es mejor siempre echarle la culpa a otro.  Nosotros, canallas, callamos lo que es ser negro en Latinoamérica, que lo cuenten las comunidades afros de Colombia y la pobreza a la que han sido sometidas durante décadas, a la violencia, las desapariciones forzadas y el robo de tierra descarado del gobierno que los obliga a la peregrinación. Que lo cuenten las favelas en Brasil no sólo en tiempos de Bolsonaro. Carolina Maria de Jesus tuvo las agallas de relatar cómo es vivir en la favela y ser sometido a la pobreza y exclusión, hoy en día las imágenes hablan por sí mismas y aún así no hay reacción.

Imágenes, si así tratan a los migrantes en las fronteras cuando hay cámaras imaginemos lo que hacen con ellos cuando nadie los está viendo para denunciarlos, no me refiero sólo a Estados Unidos, que no lo estoy defendiendo sólo trato de exponer que nosotros los grandes humanistas latinoamericanos también tenemos una doble moral de cuero grueso y utilizamos a nuestra conveniencia el lomo reventado del indocumentado cuando de sacarle ventaja se trata. Porque quién se ha preguntado cómo se llama el joven que recibe el amague del látigo del agente de La Patrulla Fronteriza, ¿si tiene familia?, ¿qué lo llevó a dejar su país y llegar hasta Texas?, ¿cómo fue su recorrido?, ¿por qué no encontró refugio en ningún país latinoamericano? Sólo expusimos el machón negro que entre más oscuro mejor y le arrancamos de tajo la identidad y dejamos la imagen clara del hombre blanco con el látigo, ahí milagrosamente se nos refrescó la memoria y resultamos conocedores de la historia de opresión de los negros en Estados Unidos, ¡pero oh dolor, no la de los afros en Latinoamérica!

Porque ahí nomás en República Dominicana, país de prietos que se creen caucásicos como el resto de Latinoamérica, por supuesto, en 2013 en tiempos de un gobierno humanista a los hijos de haitianos indocumentados nacidos en el país se les quitó la nacionalidad dominicana, fueron más de 250 mil que quedaron en el limbo. Ahí no brincó la Latinoamérica humanista, hasta cuando lo quiso hacer Trump en Estados Unidos. ¿Doble moral acaso o desmemoria?

Pero volviendo al tema migratorio, en México, en agosto, el director de una Estación Migratoria en Tapachula ( del Instituto Nacional de Migración) fue captado pateando en la cabeza a un migrante que viajaba con la caravana de centroamericanos que buscaban llegar a Estados Unidos. López Obrador salió diciendo que ya había sido removido de su cargo cuando por ahí se filtró la foto. Pero en Latinoamérica no se le dio palo a AMLO por esa imagen desgarradora, ni  por las políticas de su gobierno en asuntos de migrantes indocumentados, que en realidad no han variado mucho en comparación con los gobiernos neoliberales de años anteriores. Mientras en Texas se les cerraban las puertas a los migrantes haitianos, del lado de México sobrevolaba un helicóptero y eran atrapados por costaladas para ser deportados en calienta a su país de origen. Pero la imagen de las docenas de autobuses en Coahuila a solo metros del campamento no fue expuesta, porque pues, se trata del “hermano” López Obrador que en la reunión de la Celac dijo a los participantes, (donde cabe rescatar con un aplauso de pie la participación de Cuba y Venezuela, porque las cosas no son en blanco y negro) que “México es casa de todos”. Menos de los migrantes indocumentados, claro está.

En fin, mientras palabras van y palabras vienen, son mundos de haitianos atravesando Latinoamérica, ¿qué gobierno humanista que denuncia el neoliberalismo y la política externa de Estados Unidos les dirá que en su país tienen las puertas abiertas para que tengan casa, trabajo y paz? Que eso es lo que llegan buscando a Estados Unidos los migrantes indocumentados sin importar su color. ¿Qué gobierno democrático latinoamericano les dirá que “mi casa es su casa” a esos negros de los que se sienten tan orgullosos cuando hablan de la Haití valiente que se paró para eliminar la esclavitud?

¿O somos de los cretinos que tiran la piedra y esconden la mano? ¿En dónde está la devoción al Che Guevara, a Martí, a Chávez, a Monseñor Romero, a Evita, a Jacobo Árbenz, a Salvador Allende, Perón, a Las Adelitas, a Emiliano Zapata, a Mariátegui, ¿a Sandino?, ¿al Fidel del que tanto campaneo hacen? ¿Cuál es pues el humanismo de los grandes defensores de la memoria histórica latinoamericana ahora que sus hermanos haitianos los necesitan? ¿O existen sólo cuando Estados Unidos los violenta en la frontera? No se trata sólo de abrir las fronteras para que pasen, eso es lavarse las manos, se trata de involucrase, ofrecerles un lugar para vivir, trabajo y derechos.

Porque arrieros somos y un día ojalá así sea, la sangre haitiana de la Mamá África florezca en cada rincón de la Latinoamérica racista que hoy le voltea la espalda y el creolé lo hablen con orgullo los descendientes de quienes hoy son humillados en las calles polvorientas de la América Latina de mente colonizada.

Fuente: https://rebelion.org/porque-arrieros-somos/

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Verdades ocultas

Por Carolina Vásquez Araya

El mundo secreto de la impunidad por abuso sexual contra niños, niñas y adolescentes.


La violencia implícita en el acercamiento de carácter sexual hacia un niño o una niña es algo que la sociedad adulta todavía no alcanza a comprender. Es como si aquellos hombres y mujeres que alguna vez sufrieron el acoso o la violación en carne propia hubieran enterrado la experiencia en un sitio tan remoto de sus memorias, como para haber borrado incluso su capacidad de empatía hacia quienes lo han experimentado después. Durante siglos, la tragedia oculta de esos crímenes ha sido el secreto mejor guardado y sus víctimas, aún cuando pueden contarse a nivel de un buen porcentaje de la población infantil, han debido enfrentar el silencio y la negación, o el castigo por tener el valor de denunciar.

He pasado muchas décadas vinculada a medios de comunicación escrita como para haber visto en primera fila cómo los reportajes y artículos de fondo relacionados con la violencia extrema hacia mujeres, niñas y niños han tenido que entrar a codazos en las salas de redacción. Un acercamiento consciente y con carácter analítico y preventivo parece haber sido considerado marginal frente a la coyuntura política, la economía e incluso el deporte; y, cuando se asume su importancia, rara vez se presenta en las primeras cinco páginas. Cuando comencé a darle prioridad en mis columnas, alguien del medio en donde las publicaba me dijo que esos no eran temas relevantes, eran “temas de mujeres”.

Al revisar estadísticas de agresión y abuso sexual es fácil comprender, entonces, por qué las víctimas deciden no denunciar y cómo desde ese momento comienza a funcionar el mecanismo de la negación. Lo primero que surge en una víctima de violación es la vergüenza -propia y de su entorno cercano- y han pasado siglos antes de que esa puerta se abriera para dejar constancia de este aberrante tipo de violencia. Sin embargo, aun cuando los textos jurídicos han incluido en sus códigos estos crímenes -después de fuertes y prolongadas luchas de quienes han creído en la igualdad de derechos entre personas de distinto sexo- todavía no existe una actitud decidida para atacarlos y castigar con firmeza a sus perpetradores, porque tampoco se ha desarrollado un criterio de justicia a nivel institucional.

De este modo, la niñez nace sin derechos. En términos generales, se encuentra sujeta -sin paliativo alguno- a la decisión y la autoridad de quienes les aventajan en edad. Sus padres, tíos, hermanos, maestros, sacerdotes, pastores, vecinos y quienquiera les puedan imponer su voluntad es un posible ejecutor de uno de los crímenes más impactantes y destructivos contra la niñez. Carente, esta, de la capacidad de defenderse frente a quien le supere en fuerza y credibilidad, se encuentra muchas veces, y en todos los ámbitos sociales y culturales, a merced de sus victimarios.

La huella del abuso sexual en la mente de una niña o un niño en pleno proceso de desarrollo ocasiona un daño severo que se mantiene por el resto de su vida. Esa experiencia traumática, la cual muchas veces se repite durante largo tiempo sin posibilidad de resistencia por parte de quien la sufre, persiste en forma de rechazo, miedo y vergüenza, además de tener un impacto severo en la vida sexual y la visión de sí misma. El daño permea las relaciones humanas a un nivel tan profundo como persistente y solo esa cauda debería ser suficiente motivo para dar a la violencia sexual contra niñas, niños y adolescentes, una prioridad absoluta en la prevención, investigación y correcta administración de justicia.

Las verdades ocultas en ese mundo siniestro y extendido en todos los ámbitos -el abuso sexual contra la niñez- son el germen de sociedades incapaces de sostener sus valores, de sociedades trastornadas por un sistema patriarcal fuerte y poderoso que las sume en el dolor y la injusticia y cuyos códigos han sido elaborados en función de un poder adulto cargado de misoginia y desprecio por este sector fundamental de la comunidad humana.

No existirá entorno seguro para la niñez, en tanto no sea objeto del respeto que merece.

Fuente: https://rebelion.org/verdades-ocultas/

 

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El arte es del pueblo, el pueblo es el arte

Por: Ilka Oliva Corado

El 4 de agosto se inauguró en Venezuela, la Bienal del Sur, Pueblos en Resistencia. Esta Bienal cuenta con la participación de 127 artistas de 26 países y tengo el enorme privilegio de estar participando con una de mis pinturas. De la serie Mi familia, el título de la pintura es “A la arada”. Óleo sobre lienzo.

Para mí es una enorme alegría tener esta oportunidad, porque pinto de corazón, desconozco de técnicas, de estilos, del lenguaje de los colores, pinto porque desde niña es lo que soñé hacer pero por mis circunstancias de vida ha sido hasta en mi edad adulta que he podido hacerlo, recién hace apenas unos años. Y participar en esta Bienal es un regalo de la vida para alegrar mi corazón y llenar de regocijo a mi espíritu.

Escribo esta nota para agradecer a quienes optaron por dar esta oportunidad a mi pintura, pero sobre  todo a un niño vendedor de dulces de papaya que creó políticas de inclusión para que personas como yo podamos participar en una Bienal. Digo personas como yo, obreras, con la ilusión de aprender, que tal vez no conozcamos de técnicas y del conocimiento teórico  y contemos con  la experiencia de años en el arte, pero que pintamos con la esencia de la vida que es la resistencia en las circunstancias adversas del día a día; individualmente y como pueblo.

Es para mí un enorme privilegio poder participar en esta Bienal como migrante, como obrera y sobre todo, como una niña que también como el gran Niño Arañero creció vendiendo helados en un mercado. Por eso me siento honrada, porque mi participación en esta Bienal es producto de su visión, de su entrega, de su ímpetu para que el pueblo goce y participe en eventos culturales que durante décadas fueron tomados por las oligarquías. Porque nosotros somos el arte mismo, con nuestros colores, con nuestra voz, con nuestra lucha, con el trabajo de nuestras manos en las maquiladoras, en los campos de cultivo, en la construcción, arreglando zapatos, limpiando casas, con nuestros pies que hacen caminos nuevos, con nuestro pecho que canta a la luz de un nuevo día. Con nuestra espalda que carga la historia de lucha y resistencia. Con nuestra mente que crea, que analiza y con nuestro cuerpo que se moviliza cuando se trata de defender la dignidad. Sí, el arte es del pueblo, el pueblo es el arte.

Un saludo y mi agradecimiento a todo el equipo que conforma la Bienal de Sur, Pueblos en Resistencia, han alegrado mi espíritu latinoamericano. Y mucho más de saber que la pintura que participa es una de mis cabritas, que son mi familia, el amor, la ternura, con las que crecí saltando los tapiales y los montes.

El mismo día de la Bienal me fui a celebrar dando una vuelta en bicicleta, porque las alegrías se celebran y las mujeres obreras debemos celebrarlas mucho más, como un acto de amor propio, como el ejercicio de regar una plantita para que florezca. Como un acto de resistencia.

Fuente de la información:  Crónicas de una Inquilina

Editorial: https://ilkaeditorial.com

Fotografía: Ilka Oliva Corado.

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