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La violencia y el crimen organizado como acumulación de capital por despojo

La violencia consustancial al crimen organizado no es como en las películas que retratan el comportamiento de mafiosos que se enfrentan entre ellos o con las autoridades policiales.

Esa violencia criminal, que a su vez es un engranaje del capitalismo, tiene como finalidad el expolio de territorios y la expansión de mercados ilegales y legales, sobre la base de prácticas y mecanismos de despojo premeditado y controlado, donde lo mismo concurren organizaciones criminales, bases sociales de éstas, empresas formales y agentes del aparato de Estado. Se trata de un sofisticado sistema que combina la explotación laboral ilegal, el secuestro de jóvenes para ingresarlos en las empresas criminales como mano de obra impaga, la exploración y saqueo de territorios depositarios de recursos naturales, el desplazamiento forzado de comunidades enteras para ejecutar a sus anchas el punto anterior, entre otras prácticas desestructurantes de la vida social.

La violencia criminal –y el crimen organizado en general– no es natural ni ahistórica; tampoco es una anomalía exógena al capitalismo. Es parte de sus mecanismos de valorización y acumulación del capital. Es parte del engranaje propio del ciclo económico. Cruzan sus empresas criminales todos los momentos del proceso económico: desde la producción de mercancías y servicios ilícitos, hasta la circulación y consumo global de las mismas; especialmente de las drogas. Al tiempo que lo ilícito se interrelaciona con mercancías legales que deambulan por los mercados formales. El blanqueo de activos de procedencia ilícita, la reinversión en actividades lícitas y el consumo y el derroche suntuarios completan esa dinámica de gestación de ganancias.

A su vez, el supuesto combate de la violencia criminal es parte de la justificación que esgrimen los Estados para realizar importantes inversiones de gasto público en armamento y en estrategias y logísticas que le dan forma a los procesos de militarización. Con ello, el Estado se erige en un gran consumidor de la industria armamentista que, de igual modo, dinamiza el ciclo económico y lo aleja de sus fases de crisis.

El carácter sistémico de la economía criminal supone en todo momento procesos de acumulación y apropiación por despojo. Desde el cultivo de materias primas para los narcóticos; el trasiego de insumos para la elaboración de drogas sintéticas; la explotación de fuerza de trabajo cuasi-esclavizada en ambas labores; el transporte y comercialización de esos narcóticos; hasta el control de actividades como el tráfico de personas; la extorsión; la explotación de metales preciosos como el oro y la plata; la copia o piratería de ropa, música o video; el cobro de derecho de piso, entre otras. Lo que se observa en este ciclo del capital criminal es una diversificación de actividades ilícitas, que se cierra con el papel activo del sistema bancario y de los mercados financieros que atraen los recursos de procedencia ilícita.

La cadena de valor de la economía criminal supone también la lucha letal entre empresas criminales –cada una respaldada por distintos agentes del aparato de Estado– que se disputan el control de mercados y territorios. Pero esas empresas solo son una fracción del conjunto de esa economía criminal. El sistema de esta economía criminal se completa con amplios segmentos del capital formal sea agropecuario, industrial, comercial o bancario/financiero. En ese sistema ciertos segmentos del aparato de Estado ejercen de manera meta-constitucional la regulación y el reparto del territorio, al tiempo que participan de las ganancias del vasto negocio criminal.

La moralidad instituida por los Estados a través de la ley hace de las drogas una economía ilegal y justo por ello el encarecimiento de sus bienes y servicios desproporciona los precios, y hace de la apropiación y acumulación por despojo una constante en ese encarecimiento. De ahí que el Estado no solo afianza a la economía criminal, sino que la dota de una institucionalidad para que opere como sistema y no se detengan sus ilícitos procesos de acumulación de capital.

Esa cadena de valor de la economía criminal es, en esencia, trasnacional y aprovecha los amplios resquicios que le abren los procesos de globalización. Ni se reduce a su fase de narco-tráfico ni se circunscribe a la escala estrictamente nacional como lo presentan con regularidad los mass media, enfatizando en la personificación del fenómeno a través del capo de las drogas como un individuo marginal del sistema, un campesino venido a más por su audacia para destacar en el mundo criminal. Más aún: la economía criminal se caracteriza por una división internacional del trabajo, regida por un rol subordinado de economías subdesarrolladas como México, Colombia, entre otras, que ocupan el eslabón más frágil de la cadena de valor y desde ellas se aporta la sangre y la muerte, al tiempo que se transfieren excedentes a las redes operativas y logísticas ilícitas del norte del mundo y, particularmente, a los mercados bancarios/financieros de Wall Street y de la City de Londres, e incluso a los paraísos fiscales. En medio de ello, existen nodos territoriales también transnacionales por donde transitan las mercancías ilícitas, y que fungen como plataformas exportadores hacia los centros globales de consumo final.

En el sur del mundo esta división internacional del trabajo criminal consolida fases como el diseño, cultivo de amapola, coca o marihuana, procesamiento y manufactura de sustancias químico/psicotrópicas (fase de producción), el transporte por distintos países, hasta llegar a la fase de intercambio o comercialización y consumo en las ciudades de prácticamente todo el mundo, pero enfáticamente de Europa y los Estados Unidos. En tanto que la distribución de ganancias tiene como epicentro los bancos y mercados financieros, para completar el ciclo del capital criminal la reinversión en el aparato productivo –legal e ilegal– tanto del norte como del sur del mundo a través del blanqueo de dinero y el consumo improductivo. En toda esa dinámica del proceso económico criminal es fundamental la mano de obra calificada y especializada en asuntos jurídicos, contables, financieros e, incluso, en el procesamiento químico para la elaboración de drogas sintéticas (allí participan ingenieros, químicos, farmacólogos, etc.).

La lógica del despojo se extiende a comunidades e individuos que son presas de la violencia criminal y de los escuadrones paramilitares empleados por empresas formales como las mineras y energéticas para abrir senderos de explotación de la naturaleza y de acumulación de capital en aquellos territorios dotados de esos recursos naturales ambicionados por ellas. Esa economía del despojo, que destierra comunidades enteras en países como México, Colombia, Perú, entre otros, apunta a recursos minerales como el oro, la plata, al litio o incluso a los llamados minerales de tierras raras, que son fundamentales para reproducir el eje de acumulación de capital cimentado en las tecnologías de punta de la economía informacional.

La violencia criminal se combina con la alienación de la vida entre esas comunidades e individuos. El despojo se extiende a campesinos que son obligados a cultivar la materia prima de las drogas; de igual manera existe una apropiación ilegal de sus tierras cuando se les excluye  y desplaza de sus territorios a esos campesinos sujetos a regímenes de propiedad comunal o ejidal. A ello contribuye la caída de los precios de los productos básicos y el abandono del campo desde el Estado al no destinar políticas agrícolas que apoyen a esa clase campesina depauperada.

A grandes rasgos, el desafío principal que tienen tanto el periodismo de investigación como las ciencias sociales consiste en trascender las narrativas maniqueas que sitúan el acento en el campo de las drogas y en sus labores de tráfico. Se trata de posicionar la mirada en el conjunto de la economía criminal y de sus circuitos que en la realidad muestran una relación orgánica. Las miradas fragmentarias en poco o nada contribuyen a la comprensión de la complejidad del fenómeno criminal y en el papel constante que desempeña el despojo en la acumulación de capital. Es urgente, en distintos frentes de análisis, trabajar a fondo en esa lógica del comportamiento y dinámica de esa economía criminal y clandestina de la muerte.

Isaac Enríquez Pérez. Académico en la Universidad Autónoma de Zacatecas, escritor y autor del libro “La gran reclusión y los vericuetos sociohistóricos del coronavirus. Miedo, dispositivos de poder, tergiversación semántica y escenarios prospectivo”. Twitter: @isaacepunam

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Economía: El crimen organizado y el sitiamiento psico-cognitivo-territorial como encubrimiento de las estructuras de poder

El crimen organizado y el sitiamiento psico-cognitivo-territorial como encubrimiento de las estructuras de poder

Isaac Enríquez Pérez

El crimen organizado no es una anomalía del capitalismo ni una distorsión o una desviación del orden social. Es parte consustancial de ambos, los estimula y los reproduce en sus fundamentos.

Por un lado, la violencia criminal no es ajena a los procesos de acumulación de capital; los lubrica y los provee de vastas ganancias de procedencia ilícita. Por otro, con la violencia criminal se instaura un orden social fundado en el miedo, el control de territorios y poblaciones y en el sitiamiento de la conciencia a través de narrativas reduccionistas donde se asume que los criminales son patologías ajenas al sistema y que lo corrompen e, incluso, lo someten. Sin esa violencia criminal no existiría razón de ser, ni legitimidad alguna para los aparatos coercitivos y militares de no pocos estados.

El crimen organizado es la manifestación más incisiva y letal de un patrón de acumulación rentista, extractivista y depredador, fundamentado en la desigualdad y la pauperización social. El crimen organizado es la estructura paramilitar del capitalismo para ocupar territorios dotados de recursos naturales y despojar a comunidades. Es parte de la cadena de valor transnacional que vincula la ilegalidad con las redes financieras globales. Su estructura organizacional es sofisticadamente diversificada y con cadenas de mando precisas y centralizadas en sus decisiones estratégicas. No solo es la producción, trasiego y comercialización de drogas, sino que la criminalidad extiende sus brazos a metales preciosos como el oro y la plata, a la extorsión, al tráfico sexual, a los hidrocarburos, al secuestro, a las maderas preciosas, a la piratería audiovisual y de ropa, y a un sinfín de giros, que en conjunto no operan por fuera del sistema económico, sino que son parte del mismo engranaje que lubrica a la economía mundial y, principalmente, a los bancos, los mercados de valores, las criptomonedas, los servicios turísticos, al sector inmobiliario, entre otras actividades.

Quienes son señalados como criminales –el estereotipo del narcotraficante, por ejemplo– por los gobiernos o los mass media solo son la cara visible de una compleja estructura de poder, dominación y riqueza que les usa como chivos expiatorios funcionales para encubrir a sus verdaderos beneficiarios. Son los capataces del cortijo, que operan las facetas operativas y logísticas de la criminalidad a escala local y/o regional. Sin embargo, el know how, el conocimiento especializado y profesional, proviene de otras ramas de esa sofisticada división técnica del trabajo criminal: banqueros, agentes financieros, despachos jurídicos, notariales y contables, desertores de las fuerzas armadas, empresas privadas dedicadas al armamento, facciones de los aparatos coercitivos y securitarios de no pocos Estados, entre otros. Las propias estrategias oficiales de “lucha contra las drogas” alimentan ese know how y esa capacidad cognitiva volcada a la economía criminal y clandestina.

El control territorial y de las poblaciones solo es posible a través de la violencia rentabilizada y mercantilizada que opera a partir de la acumulación por despojo y destierro. Se trata de un sitiamiento psico/cognitivo/territorial que se extiende a recursos naturales, fuerza de trabajo, vías de comunicación, e instituciones raptadas desde adentro. Los mecanismos de control comienzan por la mente de los individuos y se afianzan con una narrativa que estigmatiza y estereotipa a las organizaciones criminales como una anomalía ajena al sistema económico y político. Se construyen significaciones para normalizar al mundo criminal y a sus líderes locales o regionales; en tanto que la misma desigualdad y pobreza perfila a los ejércitos de sicarios, mercenarios y demás operadores de la logística criminal. Cuando ese control se extiende por el territorio, el poder criminal no solo copa los espacios públicos, sino también los imaginarios sociales y los simbolismos vinculados a ese territorio, en el cual también se disputan esas significaciones y se proyectan los mensajes enviados desde las prácticas de violencia. De ahí el poder político del crimen organizado que, en última instancia, radica en el gobierno de las mentes a través de la sensación de miedo y muerte.

Cuando el mensaje se estructura a través de coches-bomba, vehículos y establecimientos comerciales incendiados, obstrucción o bloqueo de caminos, o ejecuciones sumarias, se agotó toda posibilidad de civilización dada por las instituciones formales. No es que el Estado sea fallido o se encuentre rebasado por la criminalidad, sino que está capturado desde adentro, y quienes lo capturan son quienes, en realidad, controlan la estructura criminal y la rentabilidad de sus actividades ilícitas. Es el orden del caos: la violencia criminal en última instancia es controlada y dirigida (https://shre.ink/AoPf). Es parte de un andamiaje de poder y de un modelo económico rentista y desigual.

Las organizaciones criminales, a su vez, generan mecanismos de legitimidad y arraigo en las comunidades pauperizadas. En tanto organizaciones paramilitares se les consiente la configuración de una para-institucionalidad auspiciada por la ausencia premeditada del Estado. Es un brazo armado que lo mismo reprime resistencias sociales, que destronca la cohesión social en las comunidades y la autogestión de éstas para con los recursos naturales. Son, a su vez, franquicias de empresas privadas interesadas en esos recursos naturales como el litio, el oro, la plata, el gas natural, los recursos hídricos; así como en el control de rutas comerciales y en una configuración del territorio de acuerdo a los circuitos ilegales transnacionales. Mientras la narrativa enfatice en una dinámica de “policías y ladrones”, las significaciones y la semiótica del poder encubrirá esos y otros intereses creados vinculados a la producción y tráfico de armas y al blanqueo de recursos de procedencia ilícita.

La necroeconomía es parte consustancial de la geopolítica y geoeconomía del capital. Sin el ingrediente de la muerte y de la violencia criminal no es posible configurar y perpetuar constelaciones globales de poder. Solo que en la división internacional del trabajo criminal son sociedades subdesarrolladas como México y Colombia las que aportan la sangre y los cuerpos desaparecidos –principalmente de jóvenes– mientras el norte del mundo se erige en un pozo sin fondo del consumismo de insumos, bienes y servicios ilícitos. Se trata de un proceso de criminalización de la pobreza como parte del sustento de ese sofisticado andamiaje global de acumulación de capital.

Lo que subyace detrás del crimen organizado es la creciente conflictividad y desigualdad social de las sociedades contemporáneas. Sintetiza las contradicciones profundas de un capitalismo expoliador y fundamentado en la violencia. El crimen organizado es la expresión más acabada de la lógica desbocada y destructiva del mercado, de la mercantilización extrema de la vida social, y de su desmedido afán de lucro y ganancia que desestructura el sentido de comunidad. La simbólica y los rituales propios del crimen organizado remiten a la teología del individualismo hedonista. Si no se exalta al individuo y sus afanes y pulsiones más profundas, no existiría margen de legitimidad. Figuras de capos como Pablo Escobar Gaviria y Joaquín Guzmán Loera son una representación de esa exaltación del individualismo digna de imitar para no pocos. Se trata de mitos y rituales vinculados a la violencia criminal, cuya vitalidad de esta narrativa radica en socavar la acción colectiva, la cohesión social e, incluso, la seguridad emocional de los ciudadanos. En última instancia, esos mitos fundantes de la violencia criminal funcionan como cortinas de humo de las profundas estructuras de poder. Son alfiles desechables, y otros surgirán para reemplazarlos en sus capacidades logísticas.

La disputa, entonces, es en el terreno de las significaciones. Si estas no son subvertidas con la palabra y el análisis riguroso, las estructuras de poder tenderán a perpetuarse, ataviadas por ese sitiamiento psico/cognitivo/territorial y por esa exaltación del individualismo. El pensamiento crítico podría ofrecer brújula a esa labor descomunal obstruida por el poder de los mass media y de las redes sociodigitales.

Isaac Enríquez Pérez. Académico en la Universidad Autónoma de Zacatecas, escritor y autor del libro “La gran reclusión y los vericuetos sociohistóricos del coronavirus. Miedo, dispositivos de poder, tergiversación semántica y escenarios prospectivos”. Twitter: @isaacepunam

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Fuente de la Información: https://rebelion.org/el-crimen-organizado-y-el-sitiamiento-psico-cognitivo-territorial-como-encubrimiento-de-las-estructuras-de-poder/

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México y los pendientes de la «Cuarta Transformación»: a tres años de su ascenso

Por:  Isaac Enríquez Pérez

Trastocar las estructuras de riqueza y las ancestrales desigualdades que benefician a las oligarquías empresariales y a las clases políticas rentistas, es aún hoy día uno de los grandes pendientes que no es abordado por la llamada «Cuarta Transformación».

Materializar un cambio de régimen no solo es una tarea monumental, sino que precisa de sagacidad y tacto para propiciar la cercanía de una enorme constelación de fuerzas socioeconómicas para con el proyecto político que lo prefigura. Por no decir que dichas fuerzas estarían sujetas a la urgencia de ceder en sus intereses creados. Un cambio de régimen supone reconfigurar profundamente las instituciones de una república y crear otras nuevas que apuntalen el discurso político y ventilen, con nuevos aires, el panorama y las prácticas de la nación en cuestión. Si queremos ser más ambiciosos aún, un cambio de régimen amerita transformar a fondo las estructuras propias del patrón de acumulación y trastocar las desigualdades y conflictividades que subyacen en esa sociedad en cuestión.
En el caso de México, país con hondas y ancestrales desigualdades, pese a los cambios electorales del 2018 que redundaron en el relevo de las élites políticas, la nación continúa sitiada por la inoperancia y postración del Estado y por las estériles disputas de esos grupos hegemónicos en torno a su depredación y privatización. Sin un proyecto de nación más o menos configurado, México deambula en medio del extravío, el desconcierto y la banal y superficial polarización.

Sin renunciar al modelo económico inspirado en el fundamentalismo de mercado, el actual gobierno de México, a tres años de su ascenso, se muestra titubeante e incapaz de impulsar cambios que no sean meramente cosméticos. No solo es incapaz de hacer valer a plenitud la bandera anticorrupción con la cual más de 30 millones de Mexicanos le brindaron sus preferencias electorales, sino que ésta se desvanece conforme el cerco mediático escala ataques descontextualizados y desvía la atención respecto a los graves problemas estructurales. Más todavía: por el tipo de política económica privilegiada prevalece aún el estancamiento estabilizador.

El de Andrés Manuel López Obrador es un gobierno si bien con amplias dosis de legitimidad popular, es también asediado por la falta de cohesión entre las élites políticas y empresariales. Que desde el Estado no se ejerza la hegemonía sobre los poderes fácticos es un síntoma más de la supeditación de aquel a los designios del mercado y del carácter disruptivo de la economía criminal. Más aún, el desmonte del Estado desarrollista desde la década de los ochenta fue directamente proporcional al ascenso de intereses creados que desdibujaron toda posibilidad de articular un proyecto de nación sobre la base del mercado interno. Desde entonces la postración de ese Estado.

En este escenario, la autodenominada «Cuarta Transformación» es la bocanada de aire que las estructuras de poder, riqueza y dominación necesitaban para restablecer los márgenes de legitimidad erosionada con la transnacionalización de la economía y la pauperización social derivada de sus contradicciones. Este movimiento político es parte de la ficción de la ideología de la democracia, que tiene como principal contradicción la exacerbación del subdesarrollo de México, del sacrificio de las clases medias y la cancelación de las posibilidades de bienestar de las mayorías.

Y aquí logramos situar el primer pendiente de la llamada «Cuarta Transformación». La emergencia de nuevas desigualdades y conflictividades –y más en el concierto del colapso pandémico– eclipsa toda posibilidad de cambio de régimen. La sola transferencia de apoyos monetarios a amplios sectores populares como parte de la política neo-asistencialista no resuelve por sí sólo el abanico de problemáticas que se desdoblan desde una estructura social densamente estratificada y excluyente. Esto es, la llamada «Cuarta Transformación» es incapaz por sí misma de revertir una estructura desigual de riqueza signada por el rentismo, el neo-extractivismo y la super-explotación de la fuerza de trabajo. El mandatario mexicano alardea del incremento record de las remesas, que para el caso del año 2021 alcanzaron los 52 743 millones dólares (equivalente al 4,1 % del PIB). Sin embargo, las remesas son el símbolo de la exclusión social mexicana y del fracaso de un modelo económico que, entre otras cosas, apostó por el abandono del campo.

Más aún, instalados en el sinsentido de la confrontación facciosa, se pierde de vista el ascenso de las nuevas desigualdades y de la exclusión social. Las nuevas formas de explotación se diluyen con una falsa «grieta» en la sociedad mexicana bifurcada por la dicotomía chairo/fifí, moreno/prianista. Es un falso y superficial debate que conviene a todos los involucrados: las oligarquías se benefician de esa polarización aparente al continuar incuestionados e intocados sus privilegios y al no sujetarles a una reforma fiscal progresiva. Beneficia también a la partidocracia de distinto signo ideológico que extraviada en el callejón de la ausencia de propuesta de cambio verdadero, aprovecha la confrontación para reivindicarse y encontrar una razón de ser. Por un lado, las oposiciones se resisten a su erosión total al enfocar sus dardos al actual Presidente. Por otro, el Presidente y su partido viven de la eterna culpa endilgada al pasado y a la «larga noche neo-liberal» sin salir de ella y solo retocarla. Mientras el patrón de acumulación imperante permanezca incuestionado, toda supuesta polarización será falaz y superficial.

En suma, trastocar las estructuras de riqueza y las ancestrales desigualdades que benefician a las oligarquías empresariales y a las clases políticas rentistas, es aún hoy día uno de los grandes pendientes –si no es que el principal– que no es abordado por la llamada «Cuarta Transformación». Y ello se evidencia con el hecho constatable de que los megamillonaríos mexicanos aumentaron su riqueza alrededor del 30% en tiempos de pandemia.

Un segundo pendiente relacionado con lo anterior es el relativo al obsequioso oficio de la «Cuarta Transformación» respecto a las oligarquías y las grandes fortunas, y que consiste en evadir la posibilidad de emprender una reforma fiscal. Timorato ante el energúmeno que pudiese despertarse entre la clase empresarial y rentista, el gobierno de México desistió hasta este momento de adoptar un régimen fiscal progresivo que grave a las grandes fortunas. No se trata solo de gravar proporcionalmente a las empresas –que en última instancia transfieren los impuestos al consumidor final–, sino que se trata de gravar al que más tiene y no solo a las clases medias. Evitar la evasión y el fraude fiscal es un imperativo; lo mismo que colocar la lupa del fisco en los paraísos fiscales donde radican fortunas mexicanas y en los mercados de valores. Además, sin un sistema regulatorio sobre la banca comercial que suprima comisiones que recaen sobre los usuarios de clases medias y empobrecidas, el poder de mercado de estas entidades privadas no será erosionado.

A su vez, la llamada «Cuarta Transformación» evade toda posibilidad de promover el federalismo fiscal; al tiempo que elude la reforma administrativa en las escalas municipales y estatales. Lo que también se experimenta es una debilidad estructural en los ingresos de la federación por la restricción en los ingresos petroleros. Sin un socavamiento de la dependencia petrolera en las exportaciones mexicanas y en los ingresos fiscales toda posibilidad de (re)construir un proyecto de nación sobre bases endógenas tenderá a diluirse.

Las entidades federativas y los municipios no hacen un mayor esfuerzo recaudatorio, y eso los reduce a la dependencia de las transferencias federales. En una actitud acomodaticia y de falso confort, lo mismo el gobierno federal renuncia a la posibilidad de estimular la corresponsabilidad fiscal en esas escalas locales de gobierno.

Alrededor de la mitad de los municipios se encuentra en riesgo de quiebra técnica (es decir, no tienen capacidad de liquidar gastos operativos y nóminas). Elevadas a agencias de colocación laboral trianual, los municipios son asfixiados por la expansión de sus burocracias inoperantes y disfuncionales. Más todavía: el grueso de los municipios de México son incapaces de cobrar el predial y de hacerse con recursos propios. El predial, en general, no se paga; solo 200 municipios lo cobran con eficacia. Lo mismo que otros impuestos. Pero ese no es el gran problema con las entidades federativas y los municipios, pues no se ejerce la rendición de cuentas respecto a estos y otros nuevos impuestos. Es también una situación de descontento por parte de la misma ciudadanía que no mira sus impuestos traducidos en servicios públicos eficaces y oportunos.

El otro nudo problemático soslayado por la llamada «Cuarta Transformación» y que impide un cambio de régimen es la persistente debilidad del Estado de derecho y la generalizada crisis institucional. Maniatado por las herencias del pasado, el gobierno es incapaz de emprender una reforma del Estado  y de re-diseñar una nueva Constitución Política. Y más allá de ello, no es capaz de hacer valer el imperio de la ley y de someter a los poderes fácticos. Si no se aprovecha la legitimidad ganada en las urnas para promover un nuevo pacto social que redunde en una nueva Carta Magna, entonces la estructura jurídica del Estado será un andamiaje desfasado, desfigurado y vaciado de contenido.

Así como no es trastocado el patrón de acumulación, tampoco lo es el régimen de burocracias y tecnocracias doradas que, inmersas en la autonomía, encubren sus intereses y voracidades. La duplicación de funciones e instituciones, la inoperancia e ilegitimidad son signos de entidades del sector público que solo absorben recursos públicos y ofrecen resultados dudosos. Tal vez el Instituto Nacional Electoral (INE) sea el ejemplo paradigmático de este tipo de entidades autónomas que requieren intervención quirúrgica como uno más de los pendientes de la «Cuarta Transformación».

Un último gran pendiente del actual gobierno de México que nos atrevemos a esbozar es el referido a la insolencia y estrangulamiento financieros de más de una docena de universidades públicas locales. Asediadas por la austeridad fiscal, los malos manejos internos y el gigantismo burocrático, la salida a la crisis de estas universidades no consiste en ignorarla ni en evadir el trasfondo del problema desde el gobierno federal. Tampoco la solución es crear, así sin más y regidos por la obsesión del cero rechazo de aspirantes, una red de 100 nuevos campus universitarios (Universidades para el Bienestar Benito Juárez García) que corren el riesgo de reproducir los vicios del sistema universitario nacional. Considerando el crucial papel de esas universidades estatales en la identidad local, y que se encuentran estranguladas, precisan de su rescate no solo financiero, sino sobre todo de su rescate académico, más allá de la ficción de la autonomía de las mismas. Si la llamada «Cuarta Transformación» no impulsa procesos de autorreflexión y autotransformación en estas organizaciones universitarias, se acrecentará la deuda social con las juventudes mexicanas y sus posibilidades de inclusión y movilidad social.

Son estos algunos puntos de reflexión que pueden obligar a un análisis más amplio a tres años del ascenso del actual gobierno mexicano. Romper con la falaz confrontación supone ir más allá de lo superficial y los marasmos mediáticos que interesadamente mantienen al país en esa ruta sin salida y sin sentido de la polarización. El problema es de fondo, y se extiende a la urgencia de pensar el desarrollo con cabeza propia  y sobre principios nacionalistas que sitúen en el centro las nuevas formas de la desigualdad y la explotación en un México cada vez más fragmentado.

Fuente de la información e imagen: https://www.alainet.org
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Edgar Morin, 100 años de vida, aventura y pensamiento

Buscamos un conocimiento que traduzca la complejidad  de lo que se llama lo real, que respete la existencia de los seres y el misterio de las cosas, e incorpore el principio de su propio conocimiento. Necesitamos un conocimiento cuya explicación no sea mutilación y cuya acción no sea manipulación. Plantear el problema de un «método” nuevo. (Edgar Morin). 

El pensador francés Edgar Morin –originalmente llamado Edgar Nahoum– (n. 1921) cumplió 100 años de vida el pasado 8 de julio. Y con ello alcanzó su plenitud una prolífica obra de corte interdisciplinario que escapa al rótulo, al encasillamiento y la moda característicos del mundo académico y de la difusión del conocimiento. Desde una perspectiva erudita y una profunda vocación por el conocimiento y el saber, Morin aprendió a desplegar su pensamiento en libertad, siguiendo en todo momento las dinámicas históricas del todo y sin extraviarse entre el caudaloso, coyuntural e inmediatista río de las partes o elementos componentes.

Colocando su énfasis en lo inesperado y en lo incierto del mundo contemporáneo, Morin levantó el vuelo de su imaginación creadora para elevarse con sagacidad y perspectiva sobre el bosque y evitar extraviarse entre un puñado de árboles. Incapaz de compartimentalizar el rigor de su pensamiento respecto a la ética y lo cotidiano, Morin aprendió a vivir y a tomar el pulso a los acontecimientos convulsos, a las contradicciones y a las crisis del siglo XX y de las primeras dos décadas del siglo XXI –no olvidar que nació muerto, estrangulado por el cordón umbilical e introducido a la vida a través de las bofetadas del médico, y que fue parte de la Resistencia francesa durante la Segunda Gran Guerra. Esa tensión está presente y se observa en sus sesenta libros escritos que afrontan el desafío de unir teóricamente al ser humano biológico con el ser humano histórico/cultural.

Heredero del pensamiento de Heráclito de Éfeso, Georg Hegel, Karl Marx, Fiodor Dostoievsky y de Gaston Bachelard, Edgar Morin contrasta el mundo de las ideas con las contradicciones del mundo fenoménico; al tiempo que es capaz de experimentar en su vida y cuestionar las contradicciones y el antagonismo. El escepticismo es la impronta del pensamiento de Morin; en tanto que el deseo de aventura y la interrogante incisiva son sus principales armas para construir sentido ante sus desafíos intelectuales y de vida.

Capaz de desplegar las raíces más profundas del pensamiento crítico, Morin apuesta por la convergencia de los conocimientos y saberes en lugar de su fragmentación y dogmatismo. Solo con esa apertura de pensamiento es posible enfrentar la gran aventura de la vida individual, de las naciones y de la humanidad misma. Desde su pensamiento aboga por gestar y cultivar una capacidad de desplegar la resiliencia y la esperanza para adaptarse a esa incesante incertidumbre.

Su propuesta del pensamiento de la complejidad es un llamado a no separar lo inseparable y que convive entrelazadamente en el mundo fenoménico. Ante la “crisis de la inteligencia”, que evidencia los fallos y limitaciones del pensamiento y del conocimiento en momentos de crisis sistémica, Morin urge a brindar respuestas ante las incertidumbres y los distintos colapsos que enfrenta la humanidad, asumiendo que el devenir no está escrito, sino que está por escribirse.

En su obra remarca la paradoja entre realidad como totalidad, conocimiento y ultra-especialización, enfatizando en lo diverso y en lo entretejido que caracteriza a esa realidad. Entre los temas de Morin –con los cuales pretende dar salida a esta paradoja– destacan la vida y la muerte, la estructura del pensamiento, las relaciones humanas, el amor, la sabiduría, el cine, el futuro, la praxis política, la globalización, la educación, la epistemología, la filosofía, la sociología, entre otros. Su vocación como pensador está preñada por la provocación a través de sus ideas, por abrir nuevos horizontes de pensamiento y por aceptar la naturaleza de lo incierto. Sin esa incertidumbre y su asimilación, el razonamiento y la acción social pierden fuerza y vigencia.

Entonces, para Edgar Morin un sistema complejo es un entretejido conformado por la interrelación y heterogeneidad de sus partes constitutivas y que condensa la unidad y, a su vez, lo múltiple y lo diverso. Esa interrelación supone decisiones, concepciones, idiosincrasias, acciones, acontecimientos, interacciones, materialidad, espiritualidad, azar, transformación permanente, desorden y ambigüedad. Se trata de una perspectiva sistémica anclada en un humanismo crítico refinado que ofrece un conocimiento de corte enciclopédico e integrador.

Su obra no solo es una luz epistemológica en la relación no siempre tersa entre las ciencias y las humanidades y ante el carácter obtuso de ambas al darse la espalda mutuamente, sino que también es un camino para incidir en la vida pública (diría Morin que se trata de “regenerar la política, humanizar a la sociedad y regenerar el humanismo”). Es también una perspectiva para orientarnos en el mundo, en sus problemáticas y en sus contradicciones a partir de la noción de que la realidad es una totalidad interrelacionada, antagónica y diversa. No solo los objetos de estudio abordados desde el conocimiento sistemático son complejos; lo son también los problemas públicos y la vida en sociedad. De ahí que ameriten de una perspectiva totalizadora para atenderlos y acercarnos a sus posibles soluciones. Todo problema público –y la sociedad misma– es –o tiene implicaciones o aristas entreveradas referidas a lo– económico/material, político, ideológico, jurídico, simbólico/cultural, institucional, psicológico, neurológico, etc. Lo económico es jurídico, es político, es ideológico y cultural; pero también lo jurídico está condicionado por la praxis económica y por la identidad y las idiosincrasias de las sociedades, y así sucesivamente. Y, por tanto, toda toma de decisiones y agenda pública tiene que fundamentarse en una perspectiva totalizadora que no obvie esas distintas aristas. Más urgente esa postura de cara a la crisis de la política como praxis transformadora (https://bit.ly/2OdSmBL) y de cara a la ignorancia tecnologizada (https://bit.ly/2BMr039). Un ejemplo de lo anterior sería la pandemia, en tanto hecho social total que amerita abordarse como una crisis sistémica y societal sintetizadora de múltiples y multidimensionales crisis y colapsos civilizatorios (https://bit.ly/3l9rJfX). No basta con reducirla a un fenómeno estrictamente sanitario, sino que resulta urgente abrir la mirada a sus múltiples horizontes  Para remontar las cegueras que este túnel pandémico nos impone, necesitamos echar mano de la luz que brinda el pensamiento y la obra de eruditos como Edgar Morin.

Fuente: https://rebelion.org/edgar-morin-100-anos-de-vida-aventura-y-pensamiento/

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La crisis del capitalismo y el extravío ideológico en la praxis política

Por:  Isaac Enríquez Pérez

Succionar y vaciar a la política como praxis transformadora de la realidad social es la evidencia más contundente del triunfo incuestionable del individualismo hedonista (https://bit.ly/2QIhEMG), pero ello no es un cuadro completo si no observamos el destierro de los debates éticos e ideológicos en el espacio público; así como la carencia de respuestas de cara a la crisis global del capitalismo y a las promesas incumplidas del liberalismo en tanto fundamento del proceso civilizatorio iniciado dos siglos atrás.

 

La crisis del capitalismo es económico/financiera al acentuarse –salvo la excepción de China y pese al incremento de las ganancias y de las reservas en dinero que no es re-invertido por parte de las grandes corporaciones– el estancamiento de la economía mundial y la sobre-saturación de los mercados internacionales; así como al afianzarse un patrón neo-extractivista, rentista, ambientalmente depredador y concentrador de la riqueza. Es también una crisis política al exacerbarse el colapso de legitimidad de los Estados y al agotarse la misma hegemonía legitimada y consentida del capitalismo. Es también una crisis societal al recrudecerse la desigualdad extrema global y las conflictividades que ello genera y que termina por poner en entredicho la estabilidad de las estructuras de poder, riqueza y dominación: a lo largo de la segunda década del siglo XXI, el 1 % de la población mundial controló más del 50% de la riqueza mundial, en tanto que el 80% de los pobres solo logró acaparar el 5% de lo producido y distribuido. Este dato, en sí mismo, evidencia las ausencias y la inoperación de los Estados de cara al afán de lucro y ganancia disfrazado, sin fundamento, de libertad individual y de mano invisible del mercado.

 

Con la pandemia del Covid-19 se aceleró esa crisis sistémica y ecosocietal que condensa el crónico estancamiento del capitalismo, las recurrentes crisis económico/financieras, la decadencia de la hegemonía norteamericana, el agotamiento de un patrón energético/tecnológico, y el mismo colapso civilizatorio (https://bit.ly/3l9rJfX). Y ante ello, la vida pública y el ejercicio de la praxis política fueron socavados y vaciados de sustancia en aras de resolver los múltiples problemas públicos. Monotematizada la pandemia al reducirla mediáticamente a un asunto meramente sanitario y coyuntural, se pierde de vista su sentido como hecho social total (https://bit.ly/3kAjxVA) y su carácter red de sistemas complejos (https://bit.ly/3j7iwmV). Ante ello, la praxis política se muestra postrada, inoperante e incapaz de brindar respuestas y de facilitar la comprensión cabal de cara a las múltiples problemáticas que se entrelazan con la crisis epidemiológica global.

 

La erosión del pensamiento utópico, entendido como capacidad para imaginar el futuro y edificar alternativas de sociedad (https://bit.ly/30kbnsV), así como el mismo abandono de la política en tanto escenario para la formación de cuadros y para la construcción de respuestas relativas a la génesis de los problemas públicos, explican el extravío ideológico de las élites. La caída del Muro de Berlín fue lapidaria al respecto al instaurar la resignación y el fin de la historia proclamado por Francis Fukuyama. 1989 significó no solo una reconfiguración geopolítica y geoeconómica, sino también la pérdida de referentes ideológicos y el arribo del capitalismo como fatalidad incuestionable, eterna e inmutable. De allí su distancia con el año de 1789 y con los valores que se condensaron en la llamada Revolución Francesa y en el proceso de occidentalización que ésta perfiló. El fundamentalismo de mercado ensayado en las siguientes décadas no hizo más que llevar a sus últimas consecuencias la postración y captura del Estado, su carácter inoperante y sus múltiples ausencias que conducen a una orfandad ciudadana.

 

El extravío ideológico que experimentan los tomadores de decisiones y quienes aspiran a un cargo público desde los sistemas de partidos, se explica por la despolitización y desciudadanización de las sociedades contemporáneas, así como por la adopción de un pragmatismo a ultranza que exacerba el individualismo hedonista, la lapidación de la palabra (https://bit.ly/3aDAs7x) y la consecuente entronización de la imagen y las emociones pulsivas en las redes sociodigitales.

 

Más que el apego a una ideología por parte de la clase política y de sus facciones, seguidores y votantes, lo que se despliega es el ascenso irrestricto del sectarismo pulsivo que perfila una aparente polarización de las sociedades a partir de la instigación del odio, la estigmatización, la denostación y el ninguneo “de el otro” que siente –más no piensa– diferente. Esa sociedad de los extremos (https://bit.ly/3oWfhlT) es una forma de inmovilizar al votante y de conducirlo por senderos propios de los dispositivos de control de la mente, la cuerpo y la conciencia. La polarización es falsa o aparente porque ninguna de las posturas encontradas plantea salir de los círculos viciosos del capitalismo genocida en las sociedades contemporáneas. El objetivo del enfrentamiento y de la “grieta” es la burda defensa de intereses creados y la alianza con poderes fácticos.

 

Ni demócratas y trumpistas republicanos, ni europeístas y nacionalistas, ni peronistas y antiperonistas, ni chavistas y antichavistas, ni morenistas y antilopezobradoristas, ni ninguna otra dicotomía se rige por un sistema ideológico cohesionado y dotado de fundamentos filosóficos y éticos sólidos. Más bien, instalados en ese pragmatismo ramplón y sin referentes, despliegan una narrativa dicotómica, del “ellos y nosotros”, de blanco y negro, apelando a los instintos y no a la razón del votante. El miedo y las posturas mesiánicas del “rescate” juegan un papel crucial en ello, relegando a los confines del olvido y la desmemoria toda posibilidad de comprender a cabalidad el origen de los flagelos sociales y de desprenderse de los parámetros del patrón de acumulación imperante, y que es una de las principales causas de el malestar en la política y con la política (https://bit.ly/2ZKkZgg).

 

Entonces, si el sectarismo priva por encima de la diversidad ideológica, el debate razonado y la propuesta meditada, el atrincheramiento en alguna postura se hace a partir del predominio de intereses creados regidos por la mezquindad –en el caso de las élites– y de la ausencia del pensamiento crítico entre un electorado desinformado y que reproduce esos esquemas de odio transmitidos desde la televisión y las redes sociodigitales. La política como un espectáculo y parodia (https://bit.ly/3fOUa2F), y como un ramplón mercadeo (https://bit.ly/33ZaKWR) que privilegia la difusión de ilusiones y estafas (https://bit.ly/3vx7tt3), hace el resto para sepultar los referentes ideológicos y éticos que le darían forma a la cultura ciudadana y al ejercicio pleno de derechos políticos.

 

Más aún, mientras persista esa sociedad de los extremos y la ausencia de mínimos consensos, el extravío ideológico de las élites políticas y empresariales aleja toda posibilidad de construcción de renovados pactos sociales orientados a trascender la crisis del capitalismo y sus distintas manifestaciones –incluso aquellas impuestas por el mismo consenso pandémico. Si las sociedades contemporáneas continúan estancadas en ello, entonces la era del desencanto y la desilusión persistirá por tiempo ilimitado a la par del recrudecimiento de los lacerantes sociales.

 

La lucha del poder por el poder se impone como criterio de actuación en el escenario público y las rivalidades no son ideológicas, sino regidas por intereses sectarios de grupos sin escrúpulos que no les importa el civismo ni la solución de los problemas que enfrenta cotidianamente el ciudadano de a pie. Importa gestionar esos problemas, construir clientelas controlables, y evitar que la inestabilidad ponga en predicamento el patrón de acumulación. Importan los arreglos con los poderes fácticos, pero no remontar el sentido de la exclusión del ciudadano respecto a las decisiones que impactan en la dinámica de las sociedades.

 

La construcción de ideas en o para el debate público es fundamental más allá de los cascarones vacíos y retóricos que representan nociones como democracia, progreso, libertad económica, entre otras. De ahí la relevancia de remontar la resignación y de reivindicar el pensamiento utópico para pensar en el futuro y en el retorno a la política como praxis para la construcción de consensos y no para estimular pulsivamente la polarización.

 

Fuente de la información e imagen:    www.alainet.org
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Felicidad, individualismo hedonista y enfermedades mentales en la era pandémica

Felicidad, individualismo hedonista y enfermedades mentales en la era pandémica

Las posibilidades de realización individual y de alcanzar lo que se desea, en su versión contemporánea, se anclan a la ilusión etnocéntrica del progreso y a sus facetas materiales derivadas de un ascenso lineal y meritocrático dado por el trabajo duro en condiciones de supuesta igualdad de oportunidades. Es una aspiración innata en el ser humano, pero no siempre realizable debido a las contradicciones que subyacen en las formas de organizar la vida en las sociedades.

Aunque los deseos de mejora y satisfacción están presentes en la historia de la humanidad, lo específico de la noción de felicidad en los tiempos actuales es que se posiciona como una mercancía rentable relacionada con la prosperidad material y como un instrumento ideológico que, por un lado, justifica los lacerantes sociales derivados del fundamentalismo de mercado y de su régimen de explotación y, por otro, amplía los márgenes del social-conformismo y la despolitización y desciudadanización de la sociedad que evidencia una de las facetas del colapso civilizatorio contemporáneo (https://bit.ly/2OdSmBL). Entonces la esquizofrenia organizacional, institucional y publicitaria hacen del sobredimensionamiento del yo un camino que refuerza la llamada mutación antropológica (https://bit.ly/3v9Zao9). El retraimiento del individuo –su ensimismamiento sin más aliciente que el hedonismo, el «disfrutar el aquí y el ahora» porque lo que resta es la muerte– y la emergencia de una era de las vidas sinsentido refuerzan estas tendencias que penden del único referente dado por el consumismo que deja sin saciedad a los individuos expuestos a la publicidad y al vértigo de la obsolescencia tecnológica programada.

Entonces se asume que la falta de éxito y los problemas sociales no son histórico/estructurales o sistémicos, sino fruto de insuficiencias o deficiencias emocionales que el individuo debe controlar para volver a apostar por ese supuesto éxito relacionado con la mentalidad empresarial. De ahí la correspondencia con la racionalidad tecnocrática que le dio forma al fundamentalismo de mercado de las últimas décadas y al desmonte del Estado como macroestructura institucional capaz de contribuir a la solución de los grandes problemas sociales.

Si el individuo y su familia sufren o experimentan el dolor, es porque son incapaces de sobresalir y de lograr sus aspiraciones que, por lo regular, se encuentran en el territorio del consumo de bienes, servicios y símbolos. La dictadura autoimpuesta del rendimiento conduce a los individuos a desvirtuar la cultura del esfuerzo y a privilegiar la auto-explotación con el único fin de ejercer el ocio o comprar a crédito y vivir para solventar la deuda eterna, en lo que sería un camino de permanente inseguridad, estrés y pérdida de control sobre su patrimonio familiar. Ello genera insatisfacción, desilusión y desamparo, y más en un escenario de incertidumbre, híper-desempleo y de crisis económico/financieras recurrentes.

La falaz psicoterapia de la felicidad funciona como un dispositivo político y de control que erosiona toda capacidad para ejercer el pensamiento crítico. Despojado de la capacidad de pensar desde una perspectiva utópica y emancipadora, el individuo confunde la realización personal con el bienestar social, y se supedita a los cánones del productivismo y la mercadotecnia. La mentalidad de mercader se impone a la del zoon politikón (animal político) que proclamó Aristóteles; en tanto que el homo videns –del que habló Giovanni Sartori)– y el homo digitalis se imponen al homo sapiens.

La salud mental y emocional se reduce a una especie de anestesiamiento permanente en el cual el individuo evade el dolor y el sufrimiento derivado de estructuras de poder, riqueza y dominación que le subordinan y diezman tanto en la praxis económica como en la vida pública y las prácticas culturales. Importa la mentalidad triunfadora, «el sentirse bien y mostrar el máximo de uno mismo», aunque con ello no se repare en la desolación y en la orfandad emocional perpetúa de individuos y familias. El problema no es menor y, sin embargo, es obviado por los Estados y las instituciones.

La pandemia del Covid-19, el confinamiento global y la gran reclusión, tienden a magnificar psicopatologías como las ansiedades, las angustias, la depresión, la soledad, la pérdida de sentido y la vulnerabilidad humana. La tergiversación semántica (https://bit.ly/3l9rJfX) hace suponer que un nuevo agente patógeno causa infinidad de flagelos sociales que supuestamente aparecieron al abrirse la puerta y al caer éstos encima de nosotros. Sin embargo, lo que desafía el coronavirus SARS-CoV-2 no es la salud humana, sino las formas de organización y convivencia a las cuales estuvimos acostumbrados hasta antes de marzo del 2020. Frente a ello, se arguye que el individuo y no la sociedad son los que necesitan transformaciones profundas en medio de la retórica de la nueva normalidad. A los ciudadanos se les destierra del espacio público, pero desde el teletrabajo se afianzan los mecanismos de super-explotación y precarización laboral, al tiempo que se les invade con la argucia ideológica de aprender a adaptarse para sobrevivir.

En otro espacio (https://bit.ly/3mOKtmA) argumentamos que la gran pandemia de la sociedad contemporánea no es la del Covid-19, sino aquella que gira en torno a la enfermedad de la depresión y que como tal se erige en una especie de pandemia silenciosa y encubierta que al somatizarse detona otras enfermedades crónico/degenerativas que devienen en la muerte de los individuos. De igual manera, es altamente probable que la depresión sea la causa de los 800 mil suicidios que anualmente ocurren en el mundo, y ante los cuales se guarda un silencio cómplice desde los mass media y se les atribuye a simples debilidades emocionales. A la industria farmacéutica y a la misma economía criminal les interesa un estado de cosas tal con individuos en condiciones emocionales y mentales frágiles; enfermos o al borde del desahucio, para inocularles drogas legales e ilegales. Para estas industrias no importan los individuos sanos o muertos, sino en una situación de morbilidad permanente y asediados por padecimientos crónico/degenerativos vinculados al estilo de vida a que los somete el modelo del crecimiento económico ilimitado y el síndrome de la felicidad. Y ante ello la emergencia de lo que denominamos como Estado Sanitizante no afianza estrategias ni mecanismos de intervención que prevengan estas situaciones.

Salir de esas corazas que impone el individualismo hedonista, amerita romper con la falaz ideología que subyace en la industria de la felicidad (https://bit.ly/3k9rd1Z) y en la racionalidad tecnocrática. Contribuir a la formación de la cultura ciudadana es un paso imperativo, pero sería una acción inerte si no se modifican a fondo los patrones de producción y consumo y sus consustanciales estructuras de poder, dominación y riqueza que diezman las emociones del individuo.

Isaac Enríquez Pérez, Investigador, escritor y autor del libro La gran reclusión y los vericuetos sociohistóricos del coronavirus. Miedo, dispositivos de poder, tergiversación semántica y escenarios prospectivos.

Fuente de la Información: https://rebelion.org/felicidad-individualismo-hedonista-y-enfermedades-mentales-en-la-era-pandemica/

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El libro como praxis transformadora de la realidad social

Con motivo del Día Internacional del Libro y del Derecho de Autor a celebrarse el 23 de abril de cada año, cabe matizar en algunas reflexiones que evidencien la relevancia de este objeto que contribuye al cultivo y difusión de la riqueza intelectual y espiritual de las sociedades. Es de destacar que en esa fecha coincidieron los fallecimientos de dos titanes de la literatura universal: Miguel de Cervantes Saavedra (1547-1616) y William Shakespeare (1564-1616).

En principio, el libro es la memoria histórica de la humanidad y una forma efectiva de resguardar los conocimientos y saberes ante la corrosión del tiempo y el olvido. Sin el libro las sociedades perderían la brújula respecto a las formas de imaginar, fabular, sentir, proyectar, ser y hacer que se expresan y acumulan en sus praxis cotidianas.

Con el libro es posible compendiar las experiencias y observaciones pasadas y presentes para otorgarles una proyección histórica en generaciones futuras que accesarán a sus páginas, y desde ellas nutrir su espíritu y contribuir a la edificación y reconfiguración perpetúa de su civilización y materialidad. Sin el libro, toda praxis cotidiana carece de refinamiento y organicidad, al tiempo que se perpetuaría en el silencio y el anonimato. Solo el libro es capaz de preservar la palabra que le otorga sentido a la realidad social.

Sea en su formato impreso o digital, el libro está dotado de un potencial semántico que cimbra la mirada y la mente. Nos transforma a medida que interiozamos su lenguaje y sus símbolos; al tiempo que modifica las condiciones de vida en las que estamos inmersos.

Una oda al libro supone comprender su carácter creador y transformador. Supone asumirlo como un elemento que puede detonar el sentido de comunidad en medio de la entronización del individualismo hedonista y del social-conformismo. El libro es, pues, un nexo que nos vincula con otras culturas y con diversas formas de vida y de pensamiento, al tiempo que abre paso a la interculturalidad. Su contenido no es neutral a medida que el autor tiene como finalidad última transformar la realidad y las formas de concebirla. El libro es, en parte, conocimiento riguroso de la realidad y a su vez es ideología, biografía y sensibilidad.

En principio, el conocimiento es una construcción social; una praxis colectiva, fruto de las interacciones de los individuos en sociedad. No se crea conocimiento –en cualquiera de sus modalidades– de manera aislada. Se crea conforme los autores se confrontan con la realidad y la alteran al nombrarla y categorizarla. El libro tiene como función atesorar ese conocimiento y dotarlo de validez a medida que se expone al fragor de la contrastación y la deliberación. Aunque también existen libros –los literarios– que apelan a la incentivación y exaltación de las emociones tras sensibilizar a sus lectores y llevarlos a múltiples confines en alas de la imaginación, la ficción, la metáfora y la moraleja.

El libro forma una mancuerna indisoluble con la lectura (https://bit.ly/3u30A2S). Sin el ejercicio de la lectura, el libro perdería sentido y deambularía perdido por el desierto del olvido y la resignación. De ese ejercicio fructifican nuevos diálogos e hipertextualidades que permiten edificar renovadas ideas, argumentos y concepciones sobre el mundo y la vida. Los conocimientos se recrean, al tiempo que esos diálogos abren cauces para posicionar nuevas facetas observables de la realidad.

La lectura del libro es un proceso imaginativo, multidireccional y creativo. Más que asumir al lector como un ser pasivo, su carácter activo se eslabona a medida que incursiona en ese diálogo con el autor y explora facetas de la realidad anteriormente inimaginables. Sin ese diálogo, lo que persisten son leedores y libros a la deriva sin mensaje recibido.

Sin el libro el ser humano sería incapaz de trascender y de condensar la memoria histórica que forja referentes de pensamiento y acción. El libro es creación, es proyección, es lucha eterna contra la desmemoría y la negligencia, y es praxis política a medida que contribuye a transformar la realidad y a medida que es fruto de diálogos colectivos que fusionan procesos civilizatorios y refinamientos de los errores pasados.

Recurrir al libro no solo es un mero ornato intelectual que puede aislarnos de la realidad y de su carácter contradictorio y cambiante. Es, ante todo, una praxis que nos posiciona en el sendero de la conciencia donde reconocemos a «el otro» como un «nosotros». Es, pues, una forma de construir interculturalidad y de acercarnos a lo ajeno y distante, reivindicando lo sui géneris y lo que nos hace diferentes.

Sin el libro se pierde capacidad para discernir y para refinar el juicio y el razonamiento lógico. El acompañamiento de sus páginas permite al ser humano reducir la incertidumbre y orientar la brújula que guía el caminar cotidiano y sus avatares.

En suma, acercarnos al libro es una manera más de sensibilizarnos, de descubrir múltiples mundos de la vida y de encarrilarnos por el sendero de la esperanza, la utopía y la creatividad. Solo así será posible nutrir la formación de la cultura ciudadana, alejar el colapso civilizatorio y de revertir la crisis de sentido y la desciudadanización.

Fuente: https://rebelion.org/el-libro-como-praxis-transformadora-de-la-realidad-social/

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