Edgar Morin, 100 años de vida, aventura y pensamiento

Buscamos un conocimiento que traduzca la complejidad  de lo que se llama lo real, que respete la existencia de los seres y el misterio de las cosas, e incorpore el principio de su propio conocimiento. Necesitamos un conocimiento cuya explicación no sea mutilación y cuya acción no sea manipulación. Plantear el problema de un «método” nuevo. (Edgar Morin). 

El pensador francés Edgar Morin –originalmente llamado Edgar Nahoum– (n. 1921) cumplió 100 años de vida el pasado 8 de julio. Y con ello alcanzó su plenitud una prolífica obra de corte interdisciplinario que escapa al rótulo, al encasillamiento y la moda característicos del mundo académico y de la difusión del conocimiento. Desde una perspectiva erudita y una profunda vocación por el conocimiento y el saber, Morin aprendió a desplegar su pensamiento en libertad, siguiendo en todo momento las dinámicas históricas del todo y sin extraviarse entre el caudaloso, coyuntural e inmediatista río de las partes o elementos componentes.

Colocando su énfasis en lo inesperado y en lo incierto del mundo contemporáneo, Morin levantó el vuelo de su imaginación creadora para elevarse con sagacidad y perspectiva sobre el bosque y evitar extraviarse entre un puñado de árboles. Incapaz de compartimentalizar el rigor de su pensamiento respecto a la ética y lo cotidiano, Morin aprendió a vivir y a tomar el pulso a los acontecimientos convulsos, a las contradicciones y a las crisis del siglo XX y de las primeras dos décadas del siglo XXI –no olvidar que nació muerto, estrangulado por el cordón umbilical e introducido a la vida a través de las bofetadas del médico, y que fue parte de la Resistencia francesa durante la Segunda Gran Guerra. Esa tensión está presente y se observa en sus sesenta libros escritos que afrontan el desafío de unir teóricamente al ser humano biológico con el ser humano histórico/cultural.

Heredero del pensamiento de Heráclito de Éfeso, Georg Hegel, Karl Marx, Fiodor Dostoievsky y de Gaston Bachelard, Edgar Morin contrasta el mundo de las ideas con las contradicciones del mundo fenoménico; al tiempo que es capaz de experimentar en su vida y cuestionar las contradicciones y el antagonismo. El escepticismo es la impronta del pensamiento de Morin; en tanto que el deseo de aventura y la interrogante incisiva son sus principales armas para construir sentido ante sus desafíos intelectuales y de vida.

Capaz de desplegar las raíces más profundas del pensamiento crítico, Morin apuesta por la convergencia de los conocimientos y saberes en lugar de su fragmentación y dogmatismo. Solo con esa apertura de pensamiento es posible enfrentar la gran aventura de la vida individual, de las naciones y de la humanidad misma. Desde su pensamiento aboga por gestar y cultivar una capacidad de desplegar la resiliencia y la esperanza para adaptarse a esa incesante incertidumbre.

Su propuesta del pensamiento de la complejidad es un llamado a no separar lo inseparable y que convive entrelazadamente en el mundo fenoménico. Ante la “crisis de la inteligencia”, que evidencia los fallos y limitaciones del pensamiento y del conocimiento en momentos de crisis sistémica, Morin urge a brindar respuestas ante las incertidumbres y los distintos colapsos que enfrenta la humanidad, asumiendo que el devenir no está escrito, sino que está por escribirse.

En su obra remarca la paradoja entre realidad como totalidad, conocimiento y ultra-especialización, enfatizando en lo diverso y en lo entretejido que caracteriza a esa realidad. Entre los temas de Morin –con los cuales pretende dar salida a esta paradoja– destacan la vida y la muerte, la estructura del pensamiento, las relaciones humanas, el amor, la sabiduría, el cine, el futuro, la praxis política, la globalización, la educación, la epistemología, la filosofía, la sociología, entre otros. Su vocación como pensador está preñada por la provocación a través de sus ideas, por abrir nuevos horizontes de pensamiento y por aceptar la naturaleza de lo incierto. Sin esa incertidumbre y su asimilación, el razonamiento y la acción social pierden fuerza y vigencia.

Entonces, para Edgar Morin un sistema complejo es un entretejido conformado por la interrelación y heterogeneidad de sus partes constitutivas y que condensa la unidad y, a su vez, lo múltiple y lo diverso. Esa interrelación supone decisiones, concepciones, idiosincrasias, acciones, acontecimientos, interacciones, materialidad, espiritualidad, azar, transformación permanente, desorden y ambigüedad. Se trata de una perspectiva sistémica anclada en un humanismo crítico refinado que ofrece un conocimiento de corte enciclopédico e integrador.

Su obra no solo es una luz epistemológica en la relación no siempre tersa entre las ciencias y las humanidades y ante el carácter obtuso de ambas al darse la espalda mutuamente, sino que también es un camino para incidir en la vida pública (diría Morin que se trata de “regenerar la política, humanizar a la sociedad y regenerar el humanismo”). Es también una perspectiva para orientarnos en el mundo, en sus problemáticas y en sus contradicciones a partir de la noción de que la realidad es una totalidad interrelacionada, antagónica y diversa. No solo los objetos de estudio abordados desde el conocimiento sistemático son complejos; lo son también los problemas públicos y la vida en sociedad. De ahí que ameriten de una perspectiva totalizadora para atenderlos y acercarnos a sus posibles soluciones. Todo problema público –y la sociedad misma– es –o tiene implicaciones o aristas entreveradas referidas a lo– económico/material, político, ideológico, jurídico, simbólico/cultural, institucional, psicológico, neurológico, etc. Lo económico es jurídico, es político, es ideológico y cultural; pero también lo jurídico está condicionado por la praxis económica y por la identidad y las idiosincrasias de las sociedades, y así sucesivamente. Y, por tanto, toda toma de decisiones y agenda pública tiene que fundamentarse en una perspectiva totalizadora que no obvie esas distintas aristas. Más urgente esa postura de cara a la crisis de la política como praxis transformadora (https://bit.ly/2OdSmBL) y de cara a la ignorancia tecnologizada (https://bit.ly/2BMr039). Un ejemplo de lo anterior sería la pandemia, en tanto hecho social total que amerita abordarse como una crisis sistémica y societal sintetizadora de múltiples y multidimensionales crisis y colapsos civilizatorios (https://bit.ly/3l9rJfX). No basta con reducirla a un fenómeno estrictamente sanitario, sino que resulta urgente abrir la mirada a sus múltiples horizontes  Para remontar las cegueras que este túnel pandémico nos impone, necesitamos echar mano de la luz que brinda el pensamiento y la obra de eruditos como Edgar Morin.

Fuente: https://rebelion.org/edgar-morin-100-anos-de-vida-aventura-y-pensamiento/

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Isaac Enríquez Pérez

Académico en la Universidad Nacional Autónoma de México.

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