Así queda en evidencia que, tras años, nada ha cambiado en nuestra educación, y que solo se ha profundizado el modelo mercantil de educación chilena, donde vemos a autoridades universitarias únicamente preocupados de mantener sus recursos y estatus, sectores políticos que de manera transversal han aprobado este tipo de leyes insustanciales e incluso dirigencias estudiantiles pasivas que se han sumado en los hechos a avalar estas políticas de mercado en nuestra educación.
Cerca de 27 mil estudiantes de Educación Superior en Chile iniciaron este año académico 2019 con la noticia de no ser más beneficiarios de la política de gratuidad, donde poco más de 900 son de nuestra universidad. Lo que se suma a las pérdidas de estudiantes en los años 2017 y 2018, sumando casi 67 mil perdidas de gratuidad desde su implementación, donde un 67% de los casos corresponden a universidades del CRUCH. Esta situación ha reabierto el debate sobre lo que significó el nuevo régimen de gratuidad implementado durante los últimos meses del gobierno de la Nueva Mayoría y aprobado con los votos del Frente Amplio y Chile Vamos, además del apoyo del mismo CRUCH.
Sin embargo, hoy pareciera ser que esta no es la gratuidad de nadie, ya que ningún actor se hace cargo de la situación de fondo, y es que a la fecha más de 67 mil estudiantes han perdido el supuesto beneficio estatal por exceder los años de estudio de su carrera.
Han salido diferentes actores al paso en esta coyuntura, obviamente el CRUCH arremetió con sus posiciones corporativistas y gremiales aludiendo a que la gratuidad es un mecanismo perverso que sume en profundos déficit a las instituciones e imposibilita el desarrollo de los proyectos educativos. Mientras el gobierno de Chile Vamos y la ministra Cubillos han salido a plantear que este no es un problema de su gobierno, sino que heredado del anterior y que no está planeado reabrir un debate sobre la gratuidad. Y finalmente, la actual oposición (ex Nueva Mayoría y Frente Amplio), han guardado una posición más bien silenciosa y se han limitado, junto al CRUCH, a interpelar al gobierno para que extienda los plazos de la gratuidad e inyecte más recursos a las instituciones.
Así, la discusión sobre esta grave situación se ha limitado los actores de interés en la materia, donde los únicos al margen del debate de fondo somos los estudiantes, con dirigencias estudiantiles que solo secundan las mezquinas posiciones de los rectores.
En contrapartida, los estudiantes consecuentes y comprometidos con la real transformación de nuestra educación no podemos quedarnos en críticas superfluas, pues sabemos bien que el trasfondo de la pérdida de la gratuidad no es un error en la implementación, como muchos dicen aludiendo a problemas técnicos posibles de corregir. No, la política de gratuidad, como la reforma general a la educación superior fue y es absolutamente incorregible, pues siempre fue pensada dentro de los márgenes de una educación mercantilizada, promoviendo una profundización del subsidio al negocio educativo, aunque con importantes limitantes en su implementación generando déficits internos y un alcance limitado, llegando incluso a que una porción importante de estudiantes pierda esta beca.
Así queda en evidencia que, tras años, nada ha cambiado en nuestra educación, y que solo se ha profundizado el modelo mercantil de educación chilena, donde vemos a autoridades universitarias únicamente preocupados de mantener sus recursos y estatus, sectores políticos que de manera transversal han aprobado este tipo de leyes insustanciales e incluso dirigencias estudiantiles pasivas que se han sumado en los hechos a avalar estas políticas de mercado en nuestra educación.
Nuestra tarea es retomar una agenda propia de disputa del Movimiento Estudiantil que ponga en el centro la lucha por una verdadera educación gratuita, que supere las lógicas de mercado y un conocimiento al servicio de las necesidades de nuestro pueblo.
Eduardo Viloria, responsable del documental «Hay Alguien Allí», señaló que esta película tiene como enfoque acercarse al autismo de manera sensible desde una perspectiva afectiva de manera cotidiana.
Así lo informó Viloria desde el programa Buena Vibra que transmite Venezolana de Televisión (VTV), en el cual destacó que esta producción cuenta la historia de Helena, una niña con autismo de 9 años de edad cuyos padres se encuentran angustiados por el futuro de su hija.
Añadió que los padres emprenden una conmovedora exploración al universo del autismo, partiendo de filmaciones a niños autistas realizadas en los años 70 por la doctora Lilian Negrón, pionera en los estudios del autismo en Venezuela y en el mundo.
Asimismo, puntualizó que se pretende sensibilizar a la población venezolana sobre el tema del autismo, como la lucha por la plena satisfacción de los derechos de quienes viven con esta condición.
Se cree que el autismo está relacionado con la infancia y es para toda la vida. En la sociedad hay muchos mitos por falta de información, de difusión de contenido.
El documentalista indicó que “existen servicios de terapia, atenciones educativas fundamentalmente para la infancia y para la adolescencia, después que estas personas llegan a los 18 se quedan sin oportunidades, ya que existe poco para su atención y por esta razón es importante que la familia asuma con la madurez, la condición del integrante de autismo.
Agregó que el documental fue realizado en el año 2014 en el cual se realizaron muchos cines foros y está disponible en la plataforma de Youtube de manera libre.
Puntualizó que el autismo es una forma de ser humano, concreta y específica donde el ser humano se manifiesta, “es una condición que tiene complejidades neurológicas, sensoriales y cognitivas con rasgos específicos”.
El afamado instituto Stuyvesant se convierte también en epicentro de la segregación: únicamente siete de los 895 nuevos estudiantes para el curso 2019 son afroamericanos, mientras que las tres cuartas partes son asiáticos.
El Stuyvesant High School es la gran joya del sistema educativo neoyorquino, el instituto público donde las familias con niños brillantes pero sin recursos aspiran a llevar a sus hijos. Con fama de universo ultracompetitivo, abre las puertas a universidades de élite como Columbia, Harvard, Yale, el MIT o Princeton. Pero la escuela se ha convertido también en una zona cero de segregación: solo siete nuevos estudiantes de los 895 admitidos para el curso 2019 son negros. Por el contrario, las tres cuartas partes son asiáticos. En el epicentro de este desequilibrio está el exigente examen de acceso: mérito como único criterio y raza chocan en este debate.
El centro de bachillerato, que ocupa un edificio con una decena de plantas en el barrio de Tribeca, a orillas del río Hudson, es símbolo de excelencia en el mundo educativo desde hace más de un siglo. Es la versión en pequeño de una universidad, también por el nivel de los maestros —uno por cada 22 estudiantes—, y acoge a 3.300 alumnos, con un índice de graduación del 98%. Cuenta con una oferta de 200 actividades extraescolares y más de 40 equipos deportivos. Pero para la gran mayoría es un sueño imposible: para poder entrar en este centro público hay que tener la nota más alta en un único examen abierto a todos los residentes de la ciudad —la más grande de EE UU— que mide la maestría en matemáticas y lengua.
A las pruebas se presentaron 27.500 alumnos este año. Pero, como en ejercicios anteriores, el resultado muestra la dificultad para promover la diversidad, a pesar de los esfuerzos del alcalde Bill de Blasio. La disparidad es abismal en Stuyvesant: prácticamente todos los que no son asiáticos son blancos, y aunque los 33 hispanos de 2019 mejoran los 27 de hace un año, los negros serán tres menos, según los datos avanzados por The New York Times la semana pasada.
Kay Hymowitz, experta en cuestiones de pobreza y familia en del Manhattan Institute, llevó ahí a su hijo. Recuerda, tiempo después, lo duro que fue el proceso de admisión: “Requiere mucha dedicación”, dice en referencia a la preparación. Es la misma experiencia que tuvo Jonathan Fishner, que se graduó en 2001: los sábados por la mañana acudía a un hotel céntrico en Manhattan para recibir clases de matemáticas en una sala llena de niños. “Es muy intenso”, rememora. Logró pasar por la mínima. Si se hubiera equivocado en una pregunta, se habría quedado fuera.
Stuyvesant no es solo la mejor escuela pública de secundaria en el Estado de Nueva York. También está entre las 10 punteras en Estados Unidos en la categoría STEM y entre las preparatorias para acceder a una gran universidad. La administra un latino, Eric Contreras: “Es una bulliciosa comunidad de aprendices”, afirma el director, “que participan a diario en clubes, programas de investigación, foros de debate”.
Cuatro premios Nobel
El proceso para entrar en Stuyvesant empieza desde la guardería. Hymowitz lo atribuye a la desesperación que hay por entrar en las universidades más selectas. “La pregunta es si se está yendo demasiado lejos”, comenta, “cuando ya estás dentro la presión, la atención y el estrés puede ser excesivo”. Esta devoción hacia la alta jerarquía universitaria, apunta, no se da en otras partes.
El centro pone especial atención en las matemáticas, la ciencia y la tecnología. Cuatro de sus estudiantes fueron galardonados con el Nobel: Joshua Lederberg (Medicina), Roald Hoffman (Química), Robert Fogel (Economía) y Richard Axel (Medicina). El objetivo, añade Contreras, es “inculcar los valores intelectuales, morales y humanísticos para que cada niño alcance su máximo potencial”.
Nueva York cuenta con ocho institutos especializados como el Stuyvesant High School, de un total de 60 centros de bachillerato donde la matriculación es gratuita y se requiere examen. Los otros más demandados son Bronx Science y Brooklyn Tech. Al grupo se suma LaGuardia, donde el estudiante debe pasar además una audición para determinar su talento en música, danza o interpretación.
Críticas al sistema
Salta a la vista al entrar en la cuenta de la escuela en las redes sociales y fijarse en las fotos en las que aparecen grupos de estudiantes. Algo similar sucede cuando se repasa la lista de sus alumnos más ilustres. El primer afroamericano que aparece es el economista Thomas Sowell. Hay que bajar bastante hasta encontrar a Eric Holder, el primer negro en servir como fiscal general de EE UU.
La congresista Alexandria Ocasio-Cortez ha acudido a Twitter para poner el dedo en la llaga. “El 68% de todos los estudiantes en escuelas públicas son negros o latinos”, ha señalado, para acto seguido decir que el último resultado muestra que el modelo “es injusto”. Es lo que opina el estudiante sénior William Hier, que cuando fue aceptado eran solo diez los niños negros en su curso. “Es un problema sistémico”, dice.
“Todo se mueve en torno a un único examen”, señala. Considera que las cosas van a peor pese a las reformas prometidas. Lennox Thomas, del movimiento Teens Take Charge, añade que no se puede permitir “que un sistema injusto defina la inteligencia o potencial” de los estudiantes de raza negra. Por eso defiende que se destinen más recursos a los colegios para preparar a tiempo a los niños con talento.
El responsable a cargo de la enseñanza pública en Nueva York, Richard Carranza, rechaza basándose en estos resultados que el examen sea la única referencia para acceder a estos institutos especializados, porque dice “perpetúa un statu quo inaceptable”. El director del Stuyvesant también está a favor de establecer un procedimiento de admisión mixto, para evitar que se concentre todo en una única prueba.
Educación primaria
Pero si el plan del alcalde Blasio se aplica en su formulación actual, se reduciría la proporción de asiáticos que asisten a centros especializados. Soo Kim, graduado en Stuyvesant y presidente de su asociación de alumnos, cree que el debate sobre la segregación hace sentirse a los miembros de su comunidad como “malas personas”.
El problema es complejo. David Bloomfield, consultor en educación, considera que “la desigualdad no se resuelve con medidas a medias”. El origen del problema lo ve en la enseñanza primaria, donde los niños de color registran un rendimiento inferior. Admision Squad, un centro que prepara a minorías para la prueba de acceso, opina que hay que reforzar la educación en los distritos desfavorecidos con programas específicos.
Por su parte, Mona Davids, fundadora de New York City Parents Union, atribuye estos resultados a la falta de una enseñanza adecuada en los barrios más podres de la ciudad. “Hasta que la calidad de la educación no mejore”, afirma, “nada va a cambiar”. “No se puede pretender que todo sea culpa de un examen”, completa Hymowitz, “es un error ignorar que el problema está en las escuelas de estas minorías”.
«Los asiáticos son los que mejor rinden»
Stephan Thernstrom, conocido por sus estudios en grupos étnicos en Harvard, va más allá. Rechaza que en este debate se clasifique a los estudiantes por raza en lugar de ver los méritos de cada individuo. Stuyvesant, señala, no es un lugar para un estudiante medio. Y considera, por tanto, contraproducente querer meter en institutos especializados a niños que no rinden al mismo nivel con el argumento de la etnia.
“La realidad es que son los estudiantes asiáticos los que rinden mejor académicamente”, insiste, “están muy motivados”. Imponer una acción que favorezca a negros o hispanos provocará, advierte, una nueva discriminación. “Es una elección crucial”, opina, “porque se corre el riesgo de que el sistema se haga aún más segregado si provoca que la educación de élite esté al alcance solo de los superricos”.
De hecho, no se cuestiona que los institutos especializados permitieron a familias sin recursos acceder a una enseñanza gratuita equivalente a la privada. “Muchos de estos niños que resultan ser asiáticos son de familias bastante pobres”, apunta Hymowitz, “muy preocupadas por la educación”. “La diversidad debe lograrse sin crear una desventaja a los méritos. Si no se perderá talento”.
Más de 140.000 personas han firmado en tan solo cinco días el ‘Manifiesto por la Ciencia’ de la la Asociación Española de Investigación sobre el Cáncer (ASEICA), en el que se alerta de la situación por la que atraviesa actualmente el trabajo científico en España.
El documento, que cuenta con con el apoyo de los 31 directores de los centros de investigación e institutos sanitarios más relevantes del país y 1.400 científicos a título particular, denuncia el «deterioro» del sistema científico español. Además, la Red de Asociaciones de Investigadores y Científicos Españoles en el Exterior (RAICEX) y la Society of Spanish Researchers in the United Kingdom (CERU-SRUK) también se han adherido oficialmente.
«La disminución continuada de los recursos públicos dirigidos a la investigación, desarrollo e innovación compromete seriamente la competitividad de los grupos de investigación en cáncer más punteros y la viabilidad de los equipos liderados por los investigadores más jóvenes de nuestro país», alertan.
ASEICA denuncia que los científicos españolse solo reciben «tres de cada diez euros del dinero público presupuestado». «En términos cuantitativos, se estima que el presupuesto español para I+D+i está por debajo del 1 por ciento del producto interior bruto en términos reales, una cifra muy alejada de los países del entorno y de los objetivos que la Unión Europea ha fijado en su Estrategia de Lisboa para 2020», explica su presidente, Xosé Bustelo.
Esto, a su juicio, se está traduciendo en «graves recortes» en la financiación que «afectan incluso a la línea de flotación de los grupos de investigación punteros de este país». «Es ya literalmente imposible hacer ciencia competitiva en el país con los presupuestos que se están asignando actualmente a los proyectos de investigación», según el doctor Bustelo.
Junto con este problema, los impulsores del manifiesto alertan también de que «la última convocatoria de proyectos del Plan Nacional de I+D+i correspondiente al año 2018 ha salido con más de 7 meses de retraso y, pese a que los proyectos deberían haberse iniciado el 1 de enero de este año, no lo harán hasta los últimos meses de este año según los cálculos más optimistas».
«Como resultado de estos retrasos, muchos grupos de investigación, sobre todo los liderados por los científicos más jóvenes, están actualmente sin financiación desde el 1 de enero. Esto conlleva a su vez el despido temporal de investigadores altamente cualificados debido a la falta de continuidad entre proyectos sucesivos», señala el presidente de ASEICA.
Los servicios de inteligencia holandeses (AIVD) advirtieron este martes sobre «una nueva generación de predicadores persuasivos» en Europa que desempeñan un papel cada vez más influyente en la oferta educativa de jóvenes musulmanes, «alejándolos de la sociedad» y, a largo plazo, «socavando» la democracia.
En su informe anual, el AIVD subraya que «los patrocinadores islámicos radicales» promueven lecciones extraescolares sobre el islam y el árabe que «a primera vista parecen inocentes», pero que «alejan a los niños y adultos de la sociedad con su interpretación de la educación y pueden verse obstaculizados en su participación en la sociedad por las opiniones intolerantes y antidemocráticas de los promotores».
Advierte de que, a largo plazo, esto podría «socavar el ordenamiento jurídico democrático» porque hay «una nueva generación de predicadores elocuentes» que está siendo formada bajo estos preceptos, y lamentó que «parte de este grupo no se opone necesariamente a la ideología yihadista».
Sobre el fin del «califato» declarado por los extremistas del grupo terrorista Estado Islámico (EI) en Irak y Siria, los servicios de inteligencia holandeses alertan de que «las ideas del EI continúan inspirando a yihadistas de todo el mundo a llevar a cabo ataques», y recordó que «hay antiguos combatientes regresando a Europa».
Por otro lado, el AIVD también mostró su preocupación por el creciente espionaje digital a instituciones y empresas holandesas, con China, Irán y Rusia como principales perpetradores, y aseguró que las compañías nacionales no están preparadas para los ciberataques, «lo que plantea un riesgo para la seguridad económica» del país.
Anota que los ataques digitales a los sistemas holandeses se están volviendo «más agresivos y asertivos» y la forma en que países como Rusia e Irán operan en territorio holandés se está volviendo más «descarada y audaz», lo que hace que sus ataques sean cada vez «más complicados de descubrir y el origen cada vez más difícil de rastrear».
‘Juegos Reunidos Feministas’ es un libro de actividades tan pedagógicas como macarras para aprender y desaprender sobre el patriarcado y la igualdad
«Aviso. Vamos a emplear el femenino genérico mucho, así que acostúmbrate si eres un tío. Si eres de la RAE, tómate un tranquimazín y llama a la línea de la esperanza que habilitaremos en breve para ti. Queremos ayudarte: se puede salir del infierno en que te encuentras». Así, dentro de un recuadro azul sobre el anaranjado de una melena afro, comienza Juegos Reunidos Feministas (Planeta, 2019), un libro que su autora llama «cuadernillo». En parte lo es, cumple con la función pedagógica asociada a esos libritos de actividades que inundan los veranos de los escolares desde hace más de medio siglo, pero a lo macarra.
Patricia Escalona se ríe al otro lado del teléfono: «La idea es adoctrinante, no me escondo, no me escondo». Esta editora es la autora de la mitad de la idea (los textos), la otra mitad es la ilustradora Ana Galvañ: un combo con resultado «destroyer» que, según Escalona, es el libro que ninguna de las dos quería hacer. «Pero necesario como lo que más, el feminismo, para mucha gente, sigue estando muy mal entendido». Contra eso, ambas han puesto humor y pedagogía a 124 páginas de tests, crucigramas, ejercicios de comprensión lectora, un abecedario, un ahorcado en el que Harvey Weinstein es el protagonista, sopas de letras, casillas para unir con puntos y para colorear…
Una de las ilustraciones del interior del libro.ANA GALVAÑ
Dice la autora que es una propuesta sencilla con contenido complejo contra «esa masa que cree que el feminismo es lo que no es y además cree que sabe mucho sobre eso». Escalona sintetiza la definición, aunque sabe que es «reduccionista»: «El feminismo es el movimiento que defiende la igualdad social, política y económica entre mujeres y hombres». Y punto, no hay más. O al menos no debería haberlo.
«Incomprensiblemente», todavía hay quienes argumentan que el objetivo de las feministas es colocarse «por encima de los hombres», o repiten aquello de «ni machista ni feminista». «Y no, obviamente no es eso. Tampoco es que peleando por ser iguales caigamos en la misma mierda en la que están ellos metidos», apunta la editora, convencida de que, a quien no le gusta la palabra es porque la asocia a señoras quemando sujetadores hace unas cuantas décadas. «El feminismo es diverso y poliédrico y con líneas de pensamiento que engloban muchas filosofías».
Una de las páginas de ‘Juegos Reunidos Feministas’.
Si fuese por ella, haría un envío del libro a ciertos señores: «Con un afán social y de progreso». Ella no habla de coches porque no sabe, y opina que quien no tiene ni idea sobre feminismo debería hacer lo mismo «y no repetir como un eco argumentos estúpidos que han leído en redes sociales o han escuchado por ahí». «Que revisen sus creencias, que es algo muy feminista», explica.
A lo largo de los últimos años el movimiento ha experimentado un crecimiento exponencial que no solo ha arrastrado a mujeres y hombres, sino que ha conseguido que muchas y muchos de ellos reflexionaran sobre sus propios comportamientos: «Todas estamos criadas en el patriarcado, tenemos actitudes machistas, como también racistas, homófobas… Cuestionarse a una misma desde el feminismo también implica esas otras revisiones».
Como también cuenta en el libro, los derechos no son un pastel en el que si tú coges los demás tienen menos: «Es todo lo contrario. Se refuerzan unos y otros». En ese refuerzo, el feminismo es parte imprescindible, «y un aprendizaje, un camino constante de deteccion de prejuicios, actitudes y maneras de comportarse que pueden estar infiltradas en tu día a día». El libro de Escalona y Galvañ sirve para barrer algunas.
En el verano de 2017, el país oriental dio luz verde a un nuevo proyecto de inteligencia artificial. Ahora sabemos cómo está influyendo en las aulas de los colegios e institutos
Hace dos años, la Comunidad de Madrid implantó el programa Talis Video de la OCDE, que registraba las clases de matemáticas de segundo de la ESO para analizar las experiencias de los profesores y comparar sus prácticas. La grabación en vídeo, aun voluntaria, levantó ampollas. Algo que también ocurrió cuando José Antonio Marina sugirió la posibilidad de grabar las clases como forma de mejora. Una herramienta cada vez más extendida que, probablemente, generará muchos desencuentros durante los próximos años, a medida que se popularice.
Muchos de los que mostraron sus reservas ante la propuesta –y, muy probablemente, aquellos que la defendían– se quedarán boquiabiertos ante la implantación del programa NGAIDP (siglas en inglés de “Plan de Desarrollo de una Nueva Generación de Inteligencia Artificial”) en las aulas chinas, que promete marcar un antes y un después en la relación entre docentes y estudiantes. Básicamente, porque bajo la alambicada retórica utilizada en el informe presentación, publicado en julio de 2017 (“el uso de tecnología inteligente para acelerar la promoción de modelos de formación personal y reformas de métodos educativos”) se oculta lo que, a simple vista, parece un sencillo programa de espionaje y valoración del estudiante afín al polémico programa de crédito social
Algunos colegios han ocultado la implantación del programa a padres y alumnos para evitar que se manifestasen en contra de él.
La información que teníamos hace tan solo un año era limitada. Sabíamos que el sistema de “gestión del comportamiento de la clase inteligente” (CCS) escaneaba la clase cada 30 segundos para registrar el comportamiento de los estudiantes, incluidas sus expresiones faciales. La actitud del alumno era clasificada en seis conductas diferentes: leyendo, escribiendo, alzando la mano, de pie, escuchando al profesor o reclinándose sobre la mesa. El teórico objetivo era ayudar a los profesores y padres a conocer el comportamiento de sus hijos y alumnos, y poder intervenir cuanto antes.
No ha sido hasta esta semana, cuando la revista ‘The Disconnect‘ ha publicado un extenso reportaje escrito por Xue Yujie, cuando se han conocido con mayor detalle los entresijos del programa. Especialmente, los más peliagudos, como el desconocimiento del sistema por parte de los estudiantes de algunos colegios. Es el caso de la Escuela de Secundaria de Niulanshan, donde sus alumnos (como el protagonista del reportaje, Jason) reconocen haber descubierto que estaban siendo grabados después de ver una imagen suya subida a la red social Weibo, donde aparecía categorizado con una etiqueta con su número de identidad y su estado (centrado, distraído, etc.). La polémica había surgido después de que el hashtag #ThankGodIGraduatedAlready (#GraciasADiosYaMeGradué) se viralizase.
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La razón aducida por el centro para mantener en secreto el proyecto piloto hasta que los padres y los profesores estuviesen “listos” era la posibilidad de que sus reservas pudiesen provocar el final del experimento. Actualmente, hay siete centros en toda China que engloban a 28.000 estudiantes como parte de este proyecto piloto. No en todos ellos se ha ocultado la implantación del sistema, y el reportaje de Yujie cita un instituto de la provincia de Zheijang donde los estudiantes saben que le están grabando y por qué. En este caso, las quejas vienen motivadas por el intrusismo del sistema: uno de los estudiantes recuerda que la cámara es capaz de recoger con detallesincluso lo que escriben en el cuaderno.
Te observan
La ejecución ha sido un poco diferente a la teoría. El sistema de “cuidado de la clase”, como se conoce, utiliza la tecnología de una empresa llamada Hanwang Technology, una de las startups boyantes de China. Una cámara del tamaño de una mandarina se coloca encima de la pizarra, y toma una fotografía por segundo de la clase entera. La instantánea es enviada a un servidor que se encuentra localizado en el mismo centro. Allí, la inteligencia artificial de Eigenface reconoce los rostros de los alumnos y lo clasifica en cinco categorías. La información es encriptada y clasificada en el servidor, y los algoritmos recogen la información pasada y presente del estudiante para crear una puntuación semanal de 1 al 100. Dependiendo del centro, esta está disponible para alumnos, padres o profesores.
Uno de los alumnos se pregunta si el hecho de bostezar más de la cuenta puede truncar las posibilidades de acudir a la universidad que desea
La información es presentada con un profundo nivel de detalle. Por ejemplo, desgrana hasta con dos decimales cuánto tiempo pasa un estudiante concentrado o vagueando. Pongamos, por ejemplo, un 8,02%. O un 97,34%. Como ocurre en la clasificación de la liga, estas cifras aparecen junto a gráficos de curvas (que muestran la mejora o el empeoramiento del rendimiento individual), flechas verdes hacia arriba (¡bien!) o rojas hacia abajo (uy, uy, uy, cuidado). También, el número de preguntas respondidas al profesor o la participación en clase. No solo eso, sino que como si un VAR educativo se tratase, la información almacenada puede consultarse a posteriori para ver qué estaba haciendo determinado alumno a determinada hora.
La meta final es, en teoría, disponer de más información para mejorar el rendimiento de los estudiantes. Sin embargo, como recuerdan sus detractores, llama la atención que las clasificaciones empleadas sean tan “disciplinarias”. Es decir, no se fija tanto en los resultados finales del alumno como en su comportamiento durante la clase, analizando su gestualidad corporal y facial para identificar si está prestando o no atención. Es muy revelador el miedo que muestra uno de los alumnos entrevistados, al preguntarse si el hecho de bostezar en clase más de la cuenta puede truncar sus posibilidades de acudir a la universidad que él desea.
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Para entender el alcance de estos sistemas de vigilancia (y castigo, si se quiere citar a Foucault) conviene recordar la dura competitividad del sistema educativo chino. Dado que la mayor parte de la población proviene del entorno rural, obtener una buena puntuación en el ‘gaokao’, el “examen más difícil del mundo” por su dureza que equivale a la Selectividad española, puede determinar el futuro de una familia. Casi 10 millones de estudiantes se presentan cada año, y menos del 40% conseguirán llegar a la universidad. De ahí que esta herramienta se convierta también en una forma de vigilancia adicional para los niños más estresados del planeta; cada año, decenas de ellos se suicidan antes de dichas pruebas.
En China… ¿y en Occidente?
Aún estamos lejos de que un sistema así se implante en Occidente. Para empezar, por las previsibles resistencias que despiertan no solo entre profesores que no desean que su trabajo sea registrado, sino también por alumnos y padres con una conciencia más desarrollada de la privacidad, muy distinta a una China que ha vivido décadas bajo un régimen comunista. Lo cual, no obstante, no quiere decir que no haya empresas desarrollando propuestas similares, si bien la mayor parte de innovación en tecnología artificial se centra en la creación de contenidos o la automatización de tareas sencillas. Por ejemplo, como también ocurre en 60.000 colegios de China, a la hora de corregir automáticamente los ensayos escritos por los alumnos.
En Princeton se han realizado escáneres cerebrales de los estudiantes mientras aprenden para comprender cómo funciona su cerebro
Un artículo publicado por la consultora McKinsey el pasado año sobre el rol de la educación en la Inteligencia Artificial señalaba otra posible dirección. En él, la directora de ciencias computacionales de la Universidad de Princeton, Jennifer Rexford, explicaba uno de los proyectos en desarrollo en el centro. Se trataba de escáneres cerebrales de los estudiantes mientras veían vídeos, con el objetivo de entender cómo se refleja el aprendizaje en el cerebro. Una vez se tengan los datos, se aplicará ‘machine learning’ a los datos recogidos. Ya no solo nos observan sino que se meten en nuestro cerebro, dirán los detractores.
Sin embargo, el motivo más común para implantar nuevas formas de vigilancia es raramente académico, y tiene más que ver con la seguridad. Algo especialmente común en Estados Unidos, donde los tiroteos en colegios e institutos son tristemente frecuentes, y donde los arcos de detección de metales han pasado a forma parte del paisaje escolar. El pasado año, el permiso concedido a la policía de Los Ángeles para acceder a las 2.500 nuevas cámaras de seguridad presentes en UCLA provocó la protesta de los estudiantes, que lo vieron como la implantación de un estado policial a costa de su privacidad.
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