Cada cierto tiempo las calles de muchas ciudades se llenan de personas que avanzan juntas. Carteles en alto, consignas repetidas en coro, pasos que se sincronizan mientras recorren avenidas. La escena parece conocida. Sin embargo surge una pregunta inevitable. ¿Todavía sirven las marchas como forma de protesta social?
Lejos de ser solo desplazamientos multitudinarios, las marchas funcionan como una forma organizada de acción colectiva. En ellas, personas que comparten una inconformidad ocupan el espacio público para expresar demandas, llamar la atención sobre un problema, además de intentar influir en las decisiones de instituciones o autoridades.
Diversos estudios sobre movilización social, entre ellos trabajos de investigación de Elsa Rodríguez, así como análisis de la dimensión material de la protesta desarrollados por Blanco y Ohanian, examinan cómo este tipo de manifestaciones operan en la vida pública. Sus análisis muestran que las marchas no se limitan a caminar por una calle. También producen algo menos visible pero importante. Construyen un actor colectivo.
¿Cómo ocurre esto?
Cuando una movilización avanza por la ciudad aparecen múltiples elementos que ayudan a dar forma a esa identidad compartida. Pancartas con consignas, mantas extendidas entre grupos, cantos que se repiten de manera coordinada. También gestos simbólicos, coreografías improvisadas, performances que ocupan plazas o monumentos.
Cada uno de esos recursos cumple una función. Permiten que cientos o miles de personas, muchas de ellas desconocidas entre sí, actúen como un solo cuerpo social. Así, la marcha se convierte en una escena pública donde una causa adquiere forma visible.
Además, dentro de una movilización rara vez existe un solo grupo. Con frecuencia participan organizaciones distintas, colectivos, estudiantes, trabajadores, vecinos o activistas. Cada contingente lleva sus propios mensajes. Algunos marchan por demandas laborales, otros por derechos civiles, otros por causas ambientales.
A primera vista podría parecer una mezcla desordenada. No obstante, esa diversidad también permite construir alianzas temporales. Diferentes grupos encuentran un punto de encuentro durante la movilización, al menos por unas horas, mientras comparten el mismo recorrido.
Las marchas también cumplen otra función importante. Muestran capacidad de convocatoria.
El número de asistentes suele interpretarse como un indicador de fuerza social. Cuando miles de personas ocupan avenidas principales, el mensaje llega a medios de comunicación, autoridades, además de otros sectores de la sociedad. Incluso quienes no participan directamente terminan observando el fenómeno.
Aun así, las marchas tienen límites.
No todas las movilizaciones generan cambios inmediatos en leyes o decisiones públicas. En muchas ocasiones su efecto aparece de manera gradual. Una marcha puede colocar un tema en la conversación pública, impulsar debates sociales, fortalecer redes de organización o motivar nuevas formas de participación.
También existe otro desafío. En ciudades donde las protestas son frecuentes, la repetición puede disminuir el impacto mediático. Algunas movilizaciones pasan casi desapercibidas fuera de los grupos directamente involucrados.
Entonces surge otra pregunta. Si las marchas no siempre producen transformaciones inmediatas, ¿por qué siguen realizándose?
La respuesta aparece en varios niveles.
Por un lado, permiten que causas sociales ganen visibilidad. Por otro, fortalecen vínculos entre personas que comparten inquietudes similares. Además, crean un espacio donde la ciudadanía puede expresar inconformidad sin intermediarios.
Caminar juntos por la ciudad puede parecer un gesto simple. Sin embargo ese gesto continúa siendo una forma de intervención pública. Una forma de decir que un problema existe, que alguien quiere discutirlo, que una parte de la sociedad busca cambiar algo.
Las marchas no son la única herramienta de acción colectiva. Tampoco garantizan resultados inmediatos. Aun así mantienen una función persistente en la vida social contemporánea.
Las calles, después de todo, siguen siendo un escenario donde las voces se encuentran.
¿Y tú alguna vez has participado en una marcha o has observado una desde la banqueta?
Si este tema te hizo pensar en alguna movilización reciente, deja tu comentario o comparte esta nota con alguien que haya salido a marchar alguna vez.
Fuentes
Blanco, I. y Ohanian, S. (2020). La dimensión material de la protesta.
Rodríguez, E. (2010). El actor colectivo en las marchas de protesta. Revista Mexicana de Sociología.
Diversos estudios sobre movilización social y acción colectiva.
La inteligencia artificial para fortalecer la labor docente
Pluma Invitada
Corina Acosta y María de los Ángeles Pavez
Hoy la inteligencia artificial es un tema cotidiano para quienes tenemos acceso a internet. Ha habido debates, informes, portadas, redes sociales y varios seminarios de educación. Y sí, es cierto que estamos viviendo un punto de inflexión en el desarrollo tecnológico: la Inteligencia Artificial ya no es solo una herramienta del futuro, es parte del presente, y está empezando a transformar nuestras formas de vivir, trabajar, aprender y enseñar.
En este contexto de creciente presencia de la IA en nuestra vida cotidiana y en el ámbito educativo persiste, sin embargo, una brecha significativa en las competencias digitales de los docentes. De acuerdo al informe sobre competencias digitales docentes en América Latina elaborado por el Banco Interamericano de Desarrollo, la mayoría de los educadores de América Latina considera que aún no alcanza ni siquiera el primer nivel de competencias digitales, mientras que el 27% reporta un nivel básico en las mismas relacionadas con el uso pedagógico de la tecnología.
Esta brecha contrasta con la velocidad con que la IA se está incorporando en las prácticas cotidianas de las comunidades educativas. Mientras algunos profesores comienzan a involucrarse progresivamente con estas herramientas —planificando clases, generando materiales o corrigiendo evaluaciones con mayor rapidez—, los estudiantes ya las utilizan para buscar información, escribir y aprender dentro y fuera de la escuela.
El gran desafío, entonces, para la formación de los docentes de hoy, es elevar su nivel de habilidades digitales. Pero junto con ese, emerge otro gran desafío: combinar las habilidades amplias o habilidades del siglo XXI como la empatía, la creatividad, el pensamiento crítico, la colaboración, con los conocimientos fundacionales que serán necesarios para desenvolverse plenamente en el mundo del presente y futuro. El resto lo va a resolver la misma IA. En un mundo donde los alumnos aprenden desde múltiples fuentes —videos de TikTok, tutoriales de YouTube, chatbots y comunidades en línea—, los profesores de hoy y sin duda los del futuro, deben convertirse en mediadores de un entorno de aprendizaje dinámico y cambiante
No basta con dominar herramientas, deben poder guiar a los estudiantes a formularse las preguntas correctas: ¿quién creó este contenido?, ¿con qué objetivo?, ¿qué omite? La alfabetización crítica hoy es tan importante como la alfabetización digital, y la formación docente es clave para asumirlo como prioridad.
El foco no debe estar solo en “usar IA”, sino en crear condiciones para que ningún profesor se quede atrás. Esto requiere esfuerzos colectivos urgentes del mundo público y privado—ministerios, sostenedores, directivos y formadores, empresas, OSC— para que podamos asegurar acceso a la tecnología básica, ofrecer formación continua pertinente y acompañamiento práctico, y reconocer que el rol docente es irremplazable en un contexto de transformación digital.
En nuestra experiencia, queremos destacar el caso de éxito de Aprendo en Casa, iniciativa que durante la pandemia logró articular a más de 80 organizaciones de toda América Latina y España para ofrecer contenidos gratuitos y de calidad a docentes y familias. Entre estas organizaciones se encuentra Radix Education, con quienes compartimos un mismo propósito: reimaginar el presente y el futuro de la educación. Hace cinco años utilizamos la tecnología para generar experiencias formativas que se adaptaran a los diversos contextos de las comunidades educativas latinoamericanas, poniendo en el centro a las y los docentes. Hoy, con la nueva plataforma de formación docente, AprendoLab, volvemos a unir esfuerzos, gracias a una colaboración estrecha y sostenida, para entregar rutas formativas con foco en habilidades del siglo XXI, impulsadas por la IA que responden a las necesidades reales de las y los maestros.
Cuando hay colaboración radical, ponemos al centro a los docentes y entendemos que la tecnología es un medio al servicio de la educación, construimos un entorno donde es posible fortalecer la labor docente, sin importar el punto de partida de cada profesor o escuela. La inteligencia artificial necesita de la inteligencia colectiva, de un ecosistema que cree, acompaña y sostiene; un ecosistema donde la humanidad, la empatía y el propósito compartido guían cada decisión.
Porque el futuro de la educación no será definido por los algoritmos, sino por las personas capaces de darles sentido. Y cuando docentes, comunidades, instituciones y organizaciones se unen con esa convicción, la IA deja de ser una promesa y se convierte en una oportunidad real: una oportunidad para enseñar mejor, para aprender mejor y, sobre todo, para construir un futuro más justo y humano.
Della Nina Gambi, G., Forero Pabón, T., Soto Sira, V. G., Ruiz García, M. J., & Keuylian, M. L. (2025). Aproximación a las competencias digitales de docentes en América Latina (Nota técnica del BID No. 3160). Banco Interamericano de Desarrollo, División de Educación.
La brecha digital no se trata solo de acceso, sino de desigualdades estructurales que afectan especialmente a mujeres y niñas. Este artículo analiza cómo se expresa la desigualdad en habilidades, participación y oportunidades en la era de la inteligencia artificial, y propone acciones desde la educación para construir una ciudadanía digital más justa e incluyente.
La brecha digital es mucho más que el acceso a dispositivos, conectividad o habilidades informáticas. En realidad, es una expresión contemporánea de desigualdades históricas entre mujeres y hombres, tal como lo muestran los análisis regionales en América Latina[1]. Las tecnologías digitales no se desarrollan en un vacío social: emergen en sociedades donde persisten desigualdades económicas, educativas y de cuidados que influyen directamente en quién accede, quién aprende y quién participa en los entornos digitales.
En un contexto donde la inteligencia artificial (IA), la automatización y la transformación digital están redefiniendo la educación y el trabajo, comprender la brecha digital desde una perspectiva de género es indispensable para construir un futuro más justo.
La brecha digital es estructural
Los estudios de la región[2] muestran que la desigualdad digital refleja desigualdades sociales previas en género, territorio, nivel educativo, ingreso y condiciones de cuidado. Las mujeres, especialmente las que viven en zonas rurales o en contextos de pobreza, enfrentan barreras simultáneas, como menor autonomía económica, menor escolaridad, menor acceso a dispositivos y limitada disponibilidad de tiempo debido a la distribución desigual del trabajo de cuidados.
Estas desigualdades no solo determinan si una mujer puede conectarse, sino cómo puede hacerlo y para qué puede usar la tecnología.
Acceso desigual en México: un punto de partida necesario
La Encuesta Nacional sobre Disponibilidad y Uso de Tecnologías de la Información en los Hogares, ENDUTIH, 2024 confirma que en México persisten diferencias de acceso entre mujeres y hombres: mientras 84.1 % de los hombres usa Internet, solo 82.3 % de las mujeres lo hace[3]. Aunque la diferencia parezca pequeña, se amplifica cuando se observa la dimensión territorial: En zonas urbanas, se conecta el 86.9 % de las personas, mientras que en zonas rurales, solo lo hace el 68.5 %[4].
Esta brecha territorial afecta más a las mujeres, quienes suelen enfrentar mayores obstáculos económicos y educativos. Además, la mayoría de las personas se conecta mediante teléfonos móviles, un dispositivo que limita las actividades educativas, laborales o formativas que se benefician de pantallas más grandes, programas especializados o mejor ancho de banda.
De ahí que el acceso, por sí mismo, no garantice la inclusión.
Brechas invisibles: habilidades, confianza y usos diferenciados
Más allá del acceso existe la brecha en habilidades digitales, que es una de las más profundas y menos visibles. Según la UNESCO y la CEPAL[5], las mujeres latinoamericanas tienen menor acceso a formación tecnológica, así como menos oportunidades de desarrollar habilidades digitales avanzadas.
En México, la ENDUTIH[6] revela diferencias claras en los usos asociados a la autonomía, la movilidad y la exploración. A menor uso de aplicaciones de navegación, menor participación en videojuegos, y menor presencia en actividades digitales avanzadas. Estas diferencias no responden a una falta de capacidad, sino a barreras estructurales que influyen en la confianza, la familiaridad tecnológica y el tiempo disponible para aprender.
La brecha se vuelve más evidente con la IA generativa. Hay estudios[7] que muestran que las mujeres usan menos herramientas de IA que los hombres, incluso cuando tienen un acceso comparable. Las razones incluyen menor familiaridad, menor confianza y mayor preocupación ética, especialmente en contextos educativos. Esta realidad importa porque los modelos de IA se entrenan con los datos derivados de las personas que los usan. Menos mujeres interactuando con estas herramientas significa que la IA aprende menos sobre ellas y sus contextos.
La inteligencia artificial reproduce desigualdades
La IA no es neutral. Diversos estudios muestran que los sistemas de lenguaje pueden reforzar estereotipos de género, por ejemplo, evidencian que el modelo de lenguaje autorregresivo, conocido como GPT-3, presenta patrones consistentes en los que asocia a las mujeres con roles de cuidado o rasgos de debilidad, mientras que atribuye a los hombres roles vinculados con liderazgo, poder y acción[8].
Otro estudio[9] identificó que los modelos más avanzados de IA aún reproducen sesgos en tareas narrativas, asociaciones profesionales y contenido visual. Estos sesgos son persistentes y aparecen incluso cuando las indicaciones –o prompts– no hacen referencia al género.
A nivel regional, la preocupación no solo es simbólica, sino también laboral. El BID[10] señala que la IA afecta de manera desigual a las mujeres en el mundo del trabajo, especialmente en sectores altamente feminizados expuestos a la automatización, como son los servicios, la administración y la educación. Además, advierte que las mujeres están subrepresentadas en los equipos que diseñan, implementan y supervisan la IA, lo que limita la diversidad de perspectivas en la generación de innovaciones.
La transformación digital empresarial refuerza esta preocupación, pues las mujeres tienen menor acceso a roles tecnológicos, menor participación en procesos de innovación y menor presencia en puestos directivos relacionados con lo digital[11].
Violencia digital: una capa adicional de exclusión
El análisis de la UNESCO y la CEPAL[12] –aunque no es el foco de los documentos de accesibilidad– incluye un elemento clave para comprender la participación de las mujeres en entornos digitales: la persistencia de entornos hostiles. El reporte señala que la violencia digital, el acoso y los discursos discriminatorios afectan la participación pública y el desarrollo profesional de mujeres y niñas, especialmente en contextos educativos y laborales mediados por plataformas. Un entorno inseguro limita la libertad de expresión y la permanencia en espacios digitales, lo que reproduce las desigualdades y afecta al bienestar.
CRÉDITO: Generada por IA
¿Qué podemos hacer desde la educación?
Cerrar la brecha digital requiere políticas educativas y acciones institucionales que atiendan las desigualdades estructurales identificadas en las fuentes.
Alfabetización digital e IA con enfoque de género. La formación en IA no debe limitarse al uso técnico, debe incluir análisis de sesgos, comprensión crítica de modelos y prácticas de seguridad digital[13].
Programas de acceso significativo. No solo se requieren dispositivos, también son necesarios la infraestructura, la conectividad estable, el apoyo docente y los procesos de acompañamiento.
Habilidades digitales avanzadas para mujeres. Es necesario promover que las mujeres y las jóvenes desarrollen competencias en programación, ciencia de datos, análisis de información y uso avanzado de la IA[14].
Inclusión en la transformación digital empresarial. Es imperativo asegurar procesos de reclutamiento sin sesgos, mentorías, participación en innovación y promoción de mujeres a puestos de decisión tecnológicos[15].
Instituciones educativas que garanticen entornos seguros. Diseñar e implementar protocolos que atiendan los riesgos digitales y el fortalecimiento de comunidades de aprendizaje para mujeres.
Hacia una participación plena en lo digital
Cerrar la brecha digital con perspectiva de género no es tanto un asunto técnico como un reto profundamente social. Los datos muestran que las mujeres enfrentan desigualdades estructurales en acceso, habilidades, tiempo disponible, seguridad y participación en ecosistemas digitales.
La IA y la transformación digital abren oportunidades inéditas, pero también riesgos claros si las mujeres no participan plenamente. Una ciudadanía digital con igualdad requiere que las mujeres no solo usen tecnología, sino que formen parte de su diseño, regulen su implementación y definan su futuro.
El reto es grande, pero también lo es la posibilidad de construir un entorno digital más justo, más inclusivo y humano.
Karen Lizette Matías López. Integrante de MUxED. Especialista en innovación educativa y tecnologías emergentes aplicadas a la enseñanza. Coordina el Laboratorio de Aprendizaje Digital de la Coordinación de Universidad Abierta y Educación Digital de la UNAM, donde impulsa proyectos de alfabetización digital, formación docente e integración ética de la inteligencia artificial en la educación. Interesada en la equidad digital, la evaluación educativa y la inclusión con perspectiva de género.
Correo: karenlmatiasl@hotmail.com
Referencias
Banco Interamericano de Desarrollo. (2022). La dimensión de género en la transformación digital empresarial de América Latina y el Caribe.
Banco Interamericano de Desarrollo. (2023). Los efectos de la inteligencia artificial en la vida laboral de las mujeres.
Instituto Nacional de Estadística y Geografía. (2024). Encuesta Nacional sobre Disponibilidad y Uso de Tecnologías de la Información en los Hogares (ENDUTIH 2024). https://www.inegi.org.mx/programas/dutih/
Lucy, L., y Bamman, D. (2021). Gender and representational harms in language models: The case of GPT-3 in generated stories. En Proceedings of the 3rd Workshop on Narrative Understanding (pp. 47–55).
Otis, R., Bastian, M., Li, S., y Zhao, Y. (2024). Global evidence on gender gaps in generative AI. World Bank Policy Research Working Paper Series.
UNESCO y Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL). (2022). Innovación y cambio tecnológico, y educación en la era digital para lograr la igualdad de género y el empoderamiento de todas las mujeres y niñas. https://lac.unwomen.org/sites/default/files/2023-02/ESP%20Innovacion%20y%20cambio%20tecnologico%20y%20educacion.pdf Zhang, Y., Wang, H., & López, M. E. (2024). A comprehensive analysis of gender, racial, and prompt-induced biases in large language models. International Journal of Data Science and Analytics, 15(3), 221–240.
En el ensayo Moderaditos,el filósofo y profesor Diego S. Garrocho sostiene que la moderación es un acto de valentía. Este coraje se debe al momento epocal en el que la palabra pública está polarizada y el lenguaje propende a la insolencia y la malsonancia. El autor aduce que desde posicionamientos de izquierdas la moderación se califica de impureza ideológica, y desde la derecha se tilda de debilidad. En ambos espectros se denuncia que es un modo de conceder ventaja al partido rival. De ahí que a quienes practican la moderación se les señale con ese diminutivo claramente despectivo para indicar tibieza, equidistancia, cobardía o neutralidad maquiavélica. Creo que la moderación es una disposición deliberativa que alberga repercusiones más sustantivas que la de la valentía cívica. Quizá en vez de referirnos a la peyorativa moderación sea más prudente hablar de una deliberación esgrimida con el concurso de la palabra educada, ponderada y predispuesta a poner su atención al servicio de quien piensa de un modo distinto. Podemos definir moderación como la práctica de deliberar con una amistad cívica sin la cual no es posible construir ciudadanía.
La deliberación expresada a su vez con un paralenguaje amable es un ejercicio de atrevimiento democrático, que es la tesis medular del ensayo de Garrocho, pero sobre todo es la condición de posibilidad para que el diálogo pueda desplegarse como proyecto cooperativo en el que los argumentos provenientes de perspectivas distintas e incluso agonales puedan confluir y polinizarse para ofrecer un argumento mejor. Dicho con palabras de Garrocho, la concurrencia del diálogo solo es posible al «conceder cierta probabilidad al error propio y al acierto ajeno». El pluralismo solo emerge en espacios políticos sosegados en los que la exaltación, la belicosidad verbal y la mendacidad sean reprendidas socialmente. El disenso se degrada en animosidad cuando no está preludiado de civismo ni buenos sentimientos de apertura al otro. Quizá en vez de vindicar moderación bastaría con reclamar educación.
En el recomendable ensayo El fin del mundo común, su autora, Mariam Martínez-Bascuñán, postula con cristalina evidencia que «cuando el lenguaje político ya no sirve para compartir, sino para generar resonancias; cuando las palabras dejan de ser puentes entre perspectivas para convertirse en tambores que marcan el ritmo de las tribus enfrentadas, tenemos un problema». En conflictología el criterio regulativo más sagaz pauta que todo conflicto se puede solucionar cuando los actores se fijan en aquello en donde sus intereses convergen y desplazan a un lugar más secundario los intereses que divergen. Las personas dialogamos precisamente para que nuestros argumentos admitan matices gracias a la participación de otros argumentos. Esta inercia deliberativa solo es posible si partimos de que todo argumento es susceptible de ser refutado o mejorado, y de que el dogma, la afirmación monolítica y fanatizada o «discutir por puro reflejo defensivo» (como señala atinadamente Garrocho) invalidan la construcción de buenos juicios deliberativos. Admitir que los argumentos albergan la capacidad de crear argumentos mejor confeccionados cuando los argumentos se encuentran, nos hace personas más cívicas, más educadas, con una mayor sensibilidad relacional. El argumento granítico e impermeable no es solo un error discursivo, es una forma de empeorar nuestra condición ciudadana.
El mundo está tan plagado de personas faltosas y proclives a la vehemencia maleducada que, cuando compartamos pareceres y argumentos, deberíamos exigirnos una ritualidad enteramente opuesta. Ser personas respetuosas, atentas, afables, asertivas y cariñosas. Ser veraces, diligentes, mesuradas, solícitas y conciliadoras. Frente a la dejadez ética, que debilita el nexo político con los demás, proponer cuidado cívico, que considera a la otredad un correlato de nuestra propia vida. Sólo con hábitos afectivos cordiales podemos levantar espacios deliberativos en donde se festeje lo mejor de la argumentación y el diálogo. La base de cualquier sociedad próspera.
Recientemente, el filósofo Byung-Chul Han, conocido por abordar «los males del presente», sorprendió a sus lectores con El espíritu de la esperanza (Herder Editorial), donde plantea una «visión alentadora del hombre». En su libro, la esperanza surge como lo opuesto al miedo que se instaló en 2020. «Merece la pena detenerse en ella, escudriñarla, conocerla y tenerla a mano en la lucha contra ese miedo paralizador que clausura el futuro», sostiene el surcoreano.
Lo anterior porque hoy «nos vemos sumidos en una sociedad de la supervivencia, enfrentados a escenarios apocalípticos, que nos hacen pensar en el fin del mundo o de la civilización humana… Solo la esperanza nos permitiría recuperar una vida en que vivir sea más que sobrevivir», dice Han.
Aunque en el mito griego de la caja de Pandora la esperanza es uno de los males del mundo (que quedó atrapado en el cofre), esta se define como la «confianza en lograr una cosa o en que ocurra algo deseado» o el «estado de ánimo que surge cuando se presenta como alcanzable lo que se desea». Otras formas de nombrarla serían: anhelo, expectativa, ilusión, optimismo, promesa.
Han hace una distinción: a diferencia del optimismo, que es la «propensión a ver y juzgar las cosas en su aspecto más favorable», y que tiende a la pasividad, la esperanza impulsa a la acción. «El optimismo se tiene o no», al igual que el pesimismo. «El optimista no arriesga nada; el pesimista rechaza todo cambio». Ambos se parecen y se diferencian de la esperanza en que «no están abiertos al futuro», mientras que ella «podría considerarse el antídoto de todos los males de la humanidad».
Desde la psicología, la esperanza es rasgo y a la vez estado. Es una fortaleza mental y una de las llamadas «emociones ambiguas», que se sitúa entre la tristeza y la alegría. Los individuos con esperanza «alta» demuestran un mejor desempeño, tienden a motivarse ante las adversidades y son menos propensos a los estados depresivos. Y, en el caso de los enfermos «esperanzados», consiguen mejores resultados en su tratamiento.
La esperanza es un recurso clave para afrontar la vida, pero no vista meramente como «una esperanza en uno mismo, de autoconfianza. Siempre que tenemos esperanza, es una esperanza en el afuera, que podrá construirse o no, pero siempre en el vínculo con otros», subraya Tomás Grieco, licenciado en Psicología de la Universidad de Buenos Aires (UBA), especialista en Psicología Clínica y docente.
«La esperanza es un recurso personal y también colectivo para llevar adelante nuestras vidas y, sobre todo, darle sentido a nuestra existencia», reafirma Dante Ramaglia, catedrático y doctor en Filosofía de la Universidad Nacional de Cuyo e investigador del CONICET.
Después del covid
La crisis sanitaria de 2020 habría erosionado la esperanza, a juicio de Byung-Chul Han. «La pandemia radicalizó procesos que venían rompiendo el entramado social. Por ejemplo, el uso de plataformas de streaming, redes sociales, el home office, como herramientas de sustitución de la vida pública (a través de las cuales parece que interactuamos con otros, pero en las que, básicamente, lo hacemos con nosotros mismos), se acentuó, pero no se reduce a ese episodio», opina Grieco.
El aislamiento «implica una retirada del mundo y de los otros, algo que observamos cada vez más, y que obstaculiza los lazos sociales. Esto produce un creciente padecimiento», comenta. Y añade que, «promediando el siglo XX, los psicoanalistas ingleses postularon una teoría de la relación de objeto. La relación objetal significa que parte fundamental del desarrollo psíquico se sostiene en relacionarnos con otros, ya se trate de los otros primordiales de la infancia o de los vínculos amorosos y de amistad de la vida adulta. Paradójicamente, esa relación no está garantizada».
Esta escuela apunta en su centro a la confianza, «un afecto íntimamente relacionado con la esperanza. De lo que se trata en la confianza es de la esperanza en poder reparar el daño que supone la ambivalencia propia de los vínculos: la hostilidad, el sentimiento de culpa, la tristeza, que son inherentes a estos. La confianza en que un vínculo puede sostenerse, a pesar de dichos afectos, es lo que hace posible el restituir maneras de encontrarnos con otros en una época en que el retraimiento se encuentra entre las principales aflicciones», analiza el profesional.
De acuerdo con el artículo «El bienestar desde la perspectiva de la psicología social», publicado en la revista electrónica Intersecciones Psi, existe «un creciente malestar de los individuos respecto de la capacidad de la sociedad para darles sentido de confianza, de pertenencia y de un propósito común». También predomina una «valoración negativa de las instituciones y su funcionamiento, y de los políticos… Esta falta de confianza aumenta el sentimiento de impotencia y desesperanza».
Al respecto, Ramaglia señala: «Un aumento del individualismo, cambios culturales y políticos que responden a la proliferación de determinados discursos y también a los procesos de subjetivación que surgen de nuevas tecnologías. Esto atenta contra los proyectos colectivos y la construcción de una vida en común, que es donde, justamente, se puede recrear la esperanza».
Ramaglia cita a otro filósofo, Ernst Bloch, de ascendencia judía, y «su obra monumental, El principio esperanza, que escribió en su exilio, durante el ascenso del nazismo y el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial». Bloch «asocia la esperanza con la utopía, entendida no como un sueño irrealizable, sino como esa aspiración a un ideal que expresa la capacidad que tenemos de proyectarnos hacia un futuro mejor». Esta facultad de «proyectar alternativas que superen lo existente, se basa asimismo en la “función crítica” como ejercicio intelectual: al examinar las condiciones desfavorables que presenta la realidad en que vivimos, podemos imaginar un mundo diferente. Precisamente, la fuerza que alienta esa aspiración viene de la esperanza, que representa una disposición anímica».
Como «el potencial que posee la esperanza para alcanzar una situación mejor se relaciona con la empatía hacia los demás, estamos hablando no solo en términos personales, sino de un sentimiento que es, básicamente, colectivo, y nos impulsa a actuar en función de su realización», recalca Ramaglia.
En su nuevo tomo, Han, que es académico de la Universidad de las Artes de Berlín, advierte sobre los peligros de la psicología positiva, tan de moda en tiempos en que «todas las ideas de felicidad acaban en una tienda», como dijo Zygmunt Bauman. «El culto a la positividad aísla a las personas, las vuelve egoístas y suprime la empatía. Ya no interesa el sufrimiento ajeno. Cada uno se ocupa solo de sí mismo y de su propio bienestar», afirma Han. En contraste, «la esperanza no les da la espalda a las negatividades de la vida. Las tiene presentes. Además, no aísla a las personas, sino que las vincula y reconcilia».
«Cuando la esperanza fenece, la vida termina», concluye Han.
La libertad puede ser tanto un regalo como una carga. Así lo advirtió Erich Fromm en su libro El miedo a la libertad, escrito en plena Segunda Guerra Mundial, cuando analizó cómo sociedades enteras, cansadas de la incertidumbre, cedieron su agencia a dictadores que habían sido elegidos por la vía democrática.
La verdadera libertad significa responsabilidad. Significa hacerse cargo de nuestras decisiones, aceptar la incertidumbre, convivir con la duda y enfrentar la complejidad de un mundo donde nada está garantizado. La libertad obliga a pensar, a elegir, a equivocarse y a volver a intentarlo. No es siempre lo más eficiente ni lo más cómodo. Implica tomar opciones morales, incluso cuando no hay respuestas claras.
Cuando las personas se sienten sobrepasadas, cuando el mundo se percibe inseguro como hoy, la tentación de renunciar a la libertad crece. Frente al vértigo de la incertidumbre, muchos buscan algo más fácil que la responsabilidad: un líder que les diga qué pensar, en qué creer, a quién culpar y a quién seguir. Es una salida rápida al peso de la libertad, pero con un alto costo para la democracia y la convivencia.
Fromm escribió: “Al rendirse a la autoridad, pasando a ser parte del grupo o cayendo en modo automático, el individuo cree escapar de la angustia de la libertad, pero en realidad pierde su yo.” Esa renuncia es, en el fondo, un pacto con la servidumbre voluntaria: se cambia la autonomía personal por la seguridad de seguir órdenes.
Los síntomas de este fenómeno están presentes en muchos países. El ascenso de liderazgos autoritarios, incluso en democracias consolidadas, muestra cómo el miedo a la libertad erosiona instituciones y derechos conquistados con esfuerzo. Chile no está al margen de esta tendencia. Hoy abundan discursos que culpan a los migrantes de la delincuencia, a la sociedad civil organizada de frenar el desarrollo, a los jóvenes de la violencia, o a las minorías de dividir a la sociedad. Es más fácil señalar con el dedo a “los otros” que reconocer nuestras propias fallas: un Estado imperfecto, partidos políticos incapaces de acuerdos, una élite desconectada y una ciudadanía que muchas veces elige la comodidad de la queja antes que el compromiso de la acción.
Y lo más grave es que muchos están dispuestos a ceder grados de libertad porque creen que los costos del autoritarismo recaerán en otros y no en ellos. Es una falsa seguridad, pues la historia muestra que, tarde o temprano, la arbitrariedad alcanza a todos.
Cada mes de septiembre celebramos nuestra independencia, pero pocas veces recordamos lo que significó para quienes la conquistaron. Bernardo O’Higgins, los hermanos Carrera, Manuel Rodríguez, José de San Martín y tantos otros dejaron atrás la relativa comodidad del orden colonial para asumir el riesgo y la incertidumbre de la libertad. Sabían que la independencia no era sinónimo de seguridad ni de certezas, sino de responsabilidad y de sacrificio colectivo. Esa misma lección sigue vigente hoy: la libertad exige coraje y compromiso, no obediencia ciega ni dependencia de quienes prometen soluciones fáciles.
El desafío que enfrentamos no es solo político, sino también cultural y personal. Defender la libertad requiere valentía para aceptar la incertidumbre, responsabilidad para ejercerla y compromiso para sostenerla en comunidad. La libertad no es un estado de gracia, es un trabajo cotidiano que se construye en las aulas, en los barrios, en las familias y en los espacios públicos.
La tarea de nuestra generación es resistir la tentación de delegar nuestras decisiones en manos de un salvador. Porque renunciar a la libertad en nombre de la seguridad es perder ambas: quedamos sin libertad real y, tarde o temprano, sin seguridad también.
La libertad no es fácil. Pero es la única garantía de dignidad, justicia y democracia. Y eso solo podemos conquistarlo si nos atrevemos a ejercerla en su complejidad, sin rendirnos al espejismo de soluciones simples que nos invitan, en realidad, a ser menos libres.
Polonia y México compartieron algo esencial: la conciencia de que el arte visual no es un adorno, sino un modo de intervenir en la vida pública. Los polacos lo hicieron con ironía y ambigüedad frente a la censura del bloque soviético; los mexicanos, con símbolos populares y comunitarios frente a la desigualdad y la represión
En la Polonia de la posguerra, cuando los muros estaban saturados de consignas y símbolos oficiales, emergió una corriente visual que parecía contradictoria: el cartel como espacio de libertad. En un país sometido al realismo socialista, donde cada línea y cada color respondían a los dictados del régimen, un grupo de artistas decidió torcer el gesto. Usaron el mismo medio que el poder destinaba para difundir mensajes políticos, pero lo dotaron de ironía, ambigüedad y poesía. Así nació la llamada Escuela Polaca del Cartel, un movimiento que a partir de los años cincuenta y sesenta convirtió lo gráfico en un refugio metafórico.
Nombres como Henryk Tomaszewski, Jan Lenica, Waldemar Świerzy o Franciszek Starowieyski marcaron esta tradición. Sus carteles no se limitaban a anunciar una película o una obra de teatro: eran obras autónomas, cargadas de símbolos difíciles de reducir a una lectura oficial. Un ojo desmesurado podía sugerir tanto la vigilancia del Estado como la mirada interior; una mancha roja evocaba sangre, pasión o advertencia; un rostro deformado contenía tanto humor como tragedia. Lo que parecía publicidad cultural ermiguel angela, en realidad, una estrategia para decir lo indecible bajo censura.
La lección polaca radica en que la imagen, cuando se vuelve metáfora, se libera del yugo literal. Ahí donde la palabra era controlada, el cartel proponía enigmas. La poesía visual reemplazaba al eslogan, y en esa sustitución se jugaba una forma de resistencia cultural.
Ecos en México
Aunque las condiciones políticas no eran idénticas, México también encontró en la gráfica un lenguaje de rebeldía. Desde los Talleres de Gráfica Popular en los años treinta y cuarenta, la estampa y el cartel fueron vehículos de denuncia social: huelgas, luchas campesinas, solidaridad con la República española. Más tarde, durante la segunda mitad del siglo XX, la tradición del muralismo convivió con expresiones gráficas urbanas que, como en Polonia, apelaban a la metáfora.
El cartel cinematográfico mexicano de mediados del siglo XX, por ejemplo, no sólo cumplió funciones comerciales. Muchas veces introdujo imágenes alegóricas del México rural o urbano, conectando con la memoria popular. En los años setenta y ochenta, la gráfica política —particularmente en movimientos estudiantiles y sindicales— retomó esa herencia: siluetas de águilas negras, puños levantados, rostros abstractos que aludían a una multitud.
La frontera norte añadió otro matiz. En Chihuahua, Ciudad Juárez y Tijuana, la gráfica se tiñó de símbolos híbridos: calaveras, vírgenes, nopales, rifles. Un lenguaje de frontera que funcionaba como comentario social sobre la violencia, la migración y la identidad. Al igual que en Polonia, donde una simple figura sugería tanto la opresión como la esperanza, en México la metáfora visual fue el recurso para decir lo que la palabra escrita no podía en los periódicos o en los discursos oficiales.
El valor de la metáfora
La comparación entre la escuela polaca y la tradición mexicana de la gráfica revela un punto común: la desconfianza en el discurso literal. En sociedades marcadas por la censura —política o mediática— la metáfora se convierte en arma estética. Donde la consigna ordena obedecer, la imagen poética invita a interpretar. Donde el régimen exige silencio, la metáfora murmura en voz baja, pero de manera más persistente.
En la actualidad, cuando la cultura visual parece dominada por el exceso digital y la repetición de plantillas, recuperar esa lección resulta urgente. No se trata de nostalgia por un tiempo heroico de la gráfica, sino de entender que el cartel, incluso hoy, puede ser un espacio de resistencia. En la calle, en las redes, en los muros comunitarios, una imagen aún puede interpelar con más fuerza que un editorial.
México y Polonia: espejos distantes
Aunque distantes geográfica y culturalmente, Polonia y México compartieron algo esencial: la conciencia de que el arte visual no es un adorno, sino un modo de intervenir en la vida pública. Los polacos lo hicieron con ironía y ambigüedad frente a la censura del bloque soviético; los mexicanos, con símbolos populares y comunitarios frente a la desigualdad y la represión.
Ambas tradiciones coinciden en recordarnos que el cartel no sólo anuncia, también revela. No sólo decora, también cuestiona. Y que la metáfora, lejos de ser un escape de la realidad, es quizá la forma más lúcida de enfrentarla.
F∴F∴ Finem Facimus
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Miguel A. Ramírez-López es escritor, ensayista, docente y reportero. Estudió Arqueología en la Escuela de Antropología e Historia del Norte de México, donde se especializó en temas de mitología, pensamiento mágico y religiones comparadas. Asimismo, trata temas de poder, cultura y sociedad en tiempos del capitalismo de vigilancia/aceleracionismo/antropoceno. Una de sus pasiones estriba en el aprendizaje de idiomas y la traducción literaria. Ha publicado los libros Cuando
los adolescentes… Voces chihuahuenses sobre violencia, valores y esperanza por Umbral A.C. (2012) y HÜZÜN. Cuentos, relatos y garabatos por el Programa Editorial Chihuahua (2024).
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