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The ASEAN’s Victim Blaming Culture

ASEAN’s Victim Blaming Culture

Women wearing face masks wait for the bus in Yangon on 29 May, 2020. (AFP Photo)

30 January 2021

In 2020, Hollywood mogul, Harvey Weinstein was found guilty of sexual assault – including rape. At least 80 women accused him of sexual misconduct stretching back decades including Hollywood stars like Gwyneth Paltrow and Selma Hayek.

The case against Weinstein prompted the #MeToo movement which encouraged victims to come forward and report sexual misconduct/harassment by powerful men.

The movement started in October 2017, garnered international momentum. In its coverage, there has been widespread discussion about the best ways to stop sexual harassment and abuse – for those who are currently being victimised at work, as well as those who are seeking justice for past abuse and trying to find ways to end what they see as a culture of abuse.

There is a general agreement that a lack of effective reporting options is a major factor that drives unchecked sexual misconduct in the workplace.

False reports of sexual assault are very rare, but when they do happen, they are put in the spotlight for the public to see. This can give the false impression that the majority of reported sexual assaults are false. However, according to a study published in the journal of Violence Against Women, false reports of sexual assault only make up two to 10 percent of the total number of reports – yet, it is one of the main reasons why women refuse to break their silence.

The #MeToo movement quickly moved from the entertainment industry to the government sector in the United States (US). At least 138 government officials have been publicly reported for sexual harassment/assault since the 2016 United States (US) general election.

A study by Georgetown University in 2018 found that sexual assault is already one of the most underreported violent crimes in the US, with 70 percent of victims never reporting to the police. Imagine then, the extent of the underreporting that could be going on in Southeast Asian countries where the subject is taboo and victim-blaming is prevalent.

Victim Blaming

Although Asian countries like Japan, South Korea and India have seen increasing numbers of women speaking out against sexual misconduct, women in Southeast Asian countries have largely remained silent. Some headway had been observed in the Philippines in 2018, where women flooded social media and the streets in protests against President Rodrigo Duterte’s sexist comments, under the hashtag #BabaeAko (I Am Woman).

In Indonesia, reporting sexual harassment can land a woman in jail. Baiq Nuril Maknun, a 41-year-old school administrator from the city of Lombok who recorded her school principal’s sexually suggestive phone calls was slapped with a six-month jail sentence plus a IDR500 million (US$35,880) fine.

“Our law enforcers lack sensitivity and understanding when it comes to sexual harassment and violence cases,” said Dhyta Caturani, founder of Jakarta-based women’s rights activists collective PurpleCode.

“Nuril’s case shows they aren’t siding with victims but punishing them instead. This is how Indonesia’s law enforcement view the victims of sexual harassment and violence, so I won’t be surprised to see if there will be other Nurils in the future.”

Last year, a video posted by Norazizi Samsudain, a Malaysian educator, about his views on rape went viral on social media. In response to an infographic on the causes of rape which was released by the Women’s Centre for Change (WCC), he disputed it and proceeded to blame victims for causing rape through their clothing and behaviour.

In the now-deleted video, he said that only two out of 10 cases are “real” rape cases. He believes that the majority of cases involve consensual sexual encounters where women turn around and accuse men of rape when things go wrong.

He received a major backlash from the public. The WCC even responded in a statement: “Norazizi’s statements are not only factually wrong, they are misleading and dangerous.”

“Most victims end up never reporting the crime, choosing instead to suffer in silence. Women do not simply make up stories to falsely accuse men. This idea is a convenient myth with no basis in reality,” continued the WCC.

In 2019, a survey by research company, YouGov Omnibus found that the main reasons people chose not to report sexual harassment are embarrassment and a feeling that no one would do anything about the problem as well as fear of repercussions – such as victim blaming.

The judicial systems in these countries have weak processes to defend and protect women as well as men against sexual misconduct. Daring to speak out in some of these deeply patriarchal societies comes with enormous risks, which leave perpetrators to walk free and target their next victim.

Fuente de la Información: https://theaseanpost.com/article/aseans-victim-blaming-culture

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Biden quiere retornar a las clases presenciales, pero EE.UU. debe «hacer las inversiones» necesarias para regresar de manera segura, dice secretario general de la Casa Blanca

El presidente de Estados Unidos, Joe Biden, quiere que las escuelas vuelvan a abrir, pero cree que el Congreso debe hacer las inversiones necesarias para volver de manera segura al aprendizaje en persona, dijo el martes el secretario general de la Casa Blanca, Ron Klain, luego de las reaperturas canceladas de última hora de varios distritos escolares. Un estudio del Gobierno indicó que el regreso de los niños a clases presenciales es posible con las precauciones adecuadas.

«Te diré una palabra: dinero», le dijo Klain a Erin Burnett, de CNN, cuando se le preguntó por qué pensaba que algunas escuelas públicas en todo el país todavía estaban cerradas en lugares donde las escuelas privadas están abiertas. «Es por eso que el presidente de Estados Unidos envió un plan al Congreso, incluso antes de asumir el cargo, para realizar las inversiones necesarias para que las escuelas sean seguras».

«Los estudiantes en grupos muy pequeños, clases de alrededor de 11 o 12, guardando distanciamiento físico, en un área rural, pueden ir a la escuela de manera segura y los gobernadores hicieron esas inversiones», dijo Klain, y agregó que «en otros estados, no hemos visto ese tipo de inversiones».

Fuente: https://cnnespanol.cnn.com/2021/01/27/biden-quiere-retornar-a-las-clases-presenciales-pero-ee-uu-debe-hacer-las-inversiones-necesarias-para-regresar-de-manera-segura-dice-secretario-general-de-la-casa-blanca/

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El legado de Donald Trump

Por: Enrique Arias Vega

Aunque muchos no quieran verlo, a quien peor le va a sentar el legado de Donald Trump es al propio Partido Republicano. Hace cuatro años, Trump se hizo con la candidatura de la formación a pesar de tener en contra a la dirección del partido, que se vio obligado a sumarse a su candidatura y posterior triunfo electoral.

Tras su caótico y atrabiliario final presidencial, ya no cuenta nada de lo bueno que haya podido hacer el inquilino saliente de la Casa Blanca durante su mandato, desde sus iniciales éxitos económicos y de pleno empleo hasta una política exterior en que frenó a China y logró acuerdos en Oriente Medio.

Su falta de respeto a todas las normas democráticas ha dejado un país enfermo —y no sólo de la pandemia—, con una sociedad brutalmente dividida y cantidad de ejemplos de cómo no se debe gobernar un país.

Empezó su presidencia haciendo gala de nepotismo, colocando a familiares y allegados en puestos clave; luego se dedicó a cesar a los discrepantes que el mismo había nombrado; utilizó las redes sociales en vez de los cauces parlamentarios y usó para ello un lenguaje soez y despreciativo de sus rivales políticos, medios de comunicación y adversarios en general. Pero el colmo de todos los colmos ha sido no aceptar los resultados electorales y animar a la disidencia para ocupar el Capitolio.

El Partido Republicano, que se aprovechó de su popularidad —ha tenido más votantes que hace cuatro años—, ahora encuentra en él una rémora que puede despeñarle en sus propios desvaríos. Trump no sólo ha escindido el país en dos, sino que corre el riesgo de hacer lo propio con el partido con que ha gobernado en la Casa Blanca: hay unos republicanos ultramontanos, que buscan el voto de los desquiciados sociales, y otros que quieren volver a las esencias de la democracia parlamentaria. ¿Podrán superar ese abismal desencuentro?

Lo más probable es que el Partido Republicano no levante cabeza en mucho tiempo. Eso no es algo, sin embargo, que deba tranquilizar al nuevo presidente, Joe Biden, porque podría propiciar un movimiento pendular y revanchista de los radicales demócratas, con lo que así no se sanaría un país que, por desgracia, Trump ha dejado irreconocible.

Fuente: https://www.diariocritico.com/opinion/enrique-arias-vega-el-legado-de-donald-trump

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Ni Trump ni Biden

Por: Ángel Guerra Cabrera

Así titula Pedro Brieger su columna semanal. Se fue Donald Trump –dice– y todo el mundo se pregunta qué cambiará en el vínculo entre Estados Unidos y América Latina…

Trump no es ningún chiflado… como tampoco comenzó una guerra por un arrebato personal… Más bien lo contrario, sus deseos de figurar –y tal vez la intención de obtener el premio Nobel de la Paz– lo llevaron a encontrarse con Kim Jong-un, el dirigente máximo de la República Popular Democrática de Corea… Si fuera solamente por sus bravuconadas, mentiras o dislates, el Partido Republicano no le hubiera permitido a Trump ser candidato o acceder a la presidencia… gran parte del partido lo siguió –y sigue– en sus denuncias de fraude…

…No se puede analizar al presidente Biden por su bonhomía o su conocimiento de la región. No se trata de saber quién es más simpático o tiene un tono cordial. Reflotar la Doctrina Monroe… no fue un capricho de Trump, como tampoco abandonar la Organización Mundial de la Salud o trasladar la embajada de Tel Aviv a Jerusalén. Trump concretó lo que otros proclamaban y le gustaba jactarse de eso… El reconocimiento de Juan Guaidó como presidente interino de Venezuela por el nuevo secretario de Estado, Anthony Blinken… es la cabal demostración de que la intención de derrocar a Nicolás Maduro es compartida por el Partido Republicano y el Demócrata, aunque pueda haber matices en la forma ( www.nodal.am)

El país donde la libertad es una estatua

Nos recuerda Vijay Prashad la anterior aseveración, hecha por el gran poeta chileno Nicanor Parra en 1972, cuando el gobierno de Salvador Allende recibía la presión asesina de parte de Washington. Comenta: el 6 de enero… un grupo de lo que parecían ser personajes de un programa de fantasía de televisión tomaron posesión del Capitolio… A pesar de gastar más de un billón de dólares en su ejército, servicios de inteligencia y policía, su gobierno se vio invadido por la horda de fanáticos de Donald Trump… Lo que mostraron claramente es que hay una grave división en Estados Unidos, que debilita la capacidad de las élites para ejercer su dominio sobre el planeta (rebelion.org). Mirar al Sur comparte esta afirmación.

Fuente: https://rebelion.org/mirar-al-sur-2/

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Es hora de volver a las aulas de clase

Es hora de volver a las aulas de clase

Sandra García

Un nuevo aplazamiento

El pasado 28 de diciembre, la alcaldesa Claudia López anunció que los colegios públicos de Bogotá volverían a abrir sus puertas el 25 de enero. En su cuenta de Twitter publicó el siguiente trino: “Nadie hizo un sacrificio más grande que los niños y niñas de Bogotá, el otro año todos tenemos que sacrificarnos un poquito para que ellos puedan volver a sus colegios”.

Esas palabras me llenaron de tranquilidad porque reconocían —por primera vez—que los niños, niñas y adolescentes quedaron de últimas en la lista de prioridades del 2020.

Pero la tranquilidad duró poco porque el 12 de enero la Alcaldía anunció que los colegios públicos retomarán las clases de forma virtual y los colegios privados, cuyo calendario escolar empieza más temprano, no podrán tener clases presenciales mientras la alerta roja esté vigente en la ciudad.

Dado que la ocupación de UCI está cerca del 95% en Bogotá, es entendible que la Alcaldía haya decidido posponer las clases presenciales. Sin embargo, esta medida debe ser levantada cuando la curva de contagios disminuya, porque no podemos permitir que se repita uno de los grandes errores del 2020, cuando se le dio prioridad al comercio sobre los colegios. Este año tenemos que reconocer que la educación es un servicio esencial para el presente y el futuro de la sociedad.

Los costos de la virtualidad

Como señalé en un artículo anterior de Razón Pública, los costos económicos y sociales de cerrar los colegios son excesivamente altos.

Esta semana, el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) afirmó que no podemos permitirnos otro año sin escuela porque las consecuencias serían devastadoras: deserción escolar, pérdidas de aprendizaje, deterioro de la salud física y mental, mayores índices de pobreza y perdidas del crecimiento económico en el mediano y en el largo plazo.

Una simulación realizada por Nora Lusting, Guido Neidhöfer y Mariano Tommasi indica que prolongar el cierre de las escuelas en Latinoamérica podría ocasionar el retorno a los índices de escolaridad de los años sesenta.

Los retos de las clases presenciales

Abrir los colegios es una decisión difícil que implica tres grandes retos:

  1. Adecuar la infraestructura de las instituciones educativas y adquirir los implementos necesarios para garantizar el cumplimiento de los protocolos de bioseguridad;
  2. Desarrollar estrategias pedagógicas para que los estudiantes sigan aprendiendo a pesar de la incertidumbre y las múltiples prohibiciones;
  3. Motivar a los docentes y a los padres de familia para que apoyen el regreso de las clases presenciales. Eso implica divulgar información confiable sobre el comportamiento del virus en el contexto escolar y promover las medidas para reducir el contagio.

El peligro no es tan alto

Sobre el último punto importa señalar que cada vez hay más evidencia en el sentido de que los colegios no son fuentes importantes de contagio, cuando se cumplen los protocolos de bioseguridad.

Por ejemplo, un estudio publicado en Pediatrics, muestra que nueve semanas después de que los colegios volvieran a funcionar presencialmente en Carolina del Norte (donde participaron cerca de 100.000 estudiantes, profesores y personal), el índice de contagios en dichas instituciones fue mucho más bajo que las tasas de contagio en la comunidad.

«Prolongar el cierre de las escuelas en Latinoamérica podría ocasionar el retorno a los índices de escolaridad de los años sesenta.»

Así mismo, sabemos cuáles medidas son indispensables en los contextos escolares. En el estudio sobre Carolina del Norte, los colegios siguieron la regla “3W” por sus siglas en inglés: wear a mask, wait 6 feet, wash hands. En español, la regla sería: uso del tapabocas, distanciamiento físico de dos metros y lavado de manos. Adicionalmente, los expertos en salud insisten en la importancia del reporte de síntomas, el rastreo de casos y la ventilación para reducir el número de casos.

¿Qué debemos hacer?

En resumen, para volver a abrir los colegios es necesario cumplir con 5 condiciones: uso adecuado de tapabocas, distanciamiento físico, lavado de manos frecuente, buena ventilación y reporte temprano de síntomas. Se trata de medidas sencillas que podrían cumplir la mayoría de los colegios de Bogotá y del resto del país.

Naturalmente, el gobierno debe destinar recursos para los colegios que no cuentan con la infraestructura necesaria para mantener el distanciamiento físico o proveer el lavado de manos. Incluso las comunidades pueden proponer soluciones sencillas y creativas para que los niños y adolescentes puedan volver a clase. Algunos ejemplos son los lavamanos portátiles que se abastecen del agua almacenada en tanques, los tapabocas de tela, la ampliación de ventanas y el uso de espacios al aire libre.

Cada vez hay más evidencia en el sentido de que los colegios no son fuentes importantes de contagio, cuando se cumplen los protocolos de bioseguridad

Como sociedad, debemos hacer todo lo posible para que niñas y niños puedan regresar a las aulas de clase. Indudablemente, los profesores y el personal de apoyo de los colegios deben ser considerados trabajadores esenciales, como el personal de salud y las personas que trabajan en la producción y comercialización de alimentos.

Es hora de aplaudir y agradecer el trabajo y la entrega de miles de maestras y maestros en los últimos meses. La mayoría ha decidido trabajar más horas para brindar educación de calidad a sus alumnos. Tengo la certeza de que, al igual que yo, muchas personas que trabajan en educación añoran regresar a las aulas. Es hora de recuperar el tiempo perdido y evitar que el daño causado por la pandemia sea irreversible.

*Ingeniera Industrial de la Universidad de los Andes, magíster en Administración Pública de la Universidad de Columbia, PhD. en Política Social de la Universidad de Columbia, y profesora de la Escuela de Gobierno de la Universidad de los Andes.

Fuente de la Información: https://razonpublica.com/hora-volver-las-aulas-clase/

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Ya está, Trump se fue, ¿y ahora qué?

Ya está, Trump se fue, ¿y ahora qué?

 Roberto Montoya

Vuelta a la “normalidad”. Ya está, ya se acabaron los infernales cuatro años de Trump, quedaron atrás sus exabruptos, su creciente autoritarismo, su exacerbado machismo, su xenofobia y racismo, sus ataques a los medios de comunicación, su intolerancia, prepotencia, su apoyo al supremacismo blanco y sus milicias, su respaldo a la policía del gatillo fácil contra la comunidad afroamericana, sus sistemáticas mentiras, su criminal gestión de la pandemia del COVID-19, su política agresiva con el medioambiente, su ruptura con importantes tratados internacionales.

La salida de Trump de la Casa Blanca es un alivio para todo el mundo, sin duda y el hecho de que en el Gabinete de Biden haya más mujeres que nunca, que refleje en su seno también la gran diversidad étnica de EEUU y hasta la diversidad en orientación sexual, es, al menos simbólicamente, un cambio positivo importante.

Pero, ¿y ahora qué?, ¿qué puede esperarse de este nuevo mandato?, ¿qué será de Trump y el movimiento ultraderechista que puso en marcha?

Un discurso lleno de vaguedades y buenismo

“Sin unidad no hay paz, sólo furia y amargura. No hay progreso, sólo caos”, dijo Joe Biden en su discurso en el Capitolio al asumir su cargo como 46º presidente Estados Unidos. “Unidad”, tal vez su palabra más repetida.

“Podemos hacer de Estados Unidos una fuerza que dirige el bien en todo el mundo”,  un tipo de frase imperial que nunca falta en un discurso presidencial sea de un republicano como de un demócrata, como las invocaciones a Dios y el llamamiento a orar todos juntos.

No hubo prácticamente más mensajes. Lugares comunes, tópicos, generalidades, discurso tradicional, sin compromisos firmes, sin un mensaje movilizador.

Frente al “Volvamos a hacer a América grande” y el “America First” de Trump, el buenismo en estado puro.

Coherente con el perfil de candidato “moderado” que Biden imprimió a su campaña electoral desde el primer momento. Una moderación y una pasividad, una falta de reacción a los constantes escándalos y a la delirante gestión de la pandemia que hacía Trump que en muchos momentos exasperó a los electores demócratas y les hizo dudar de si realmente el candidato de su partido tenía un programa alternativo que ofrecer.

Cuando Trump denunciaba las desigualdades sociales

Comparemos los discursos. ¿Qué cosas dijo un millonario del mundo inmobiliario y presentador de programas de reality como Donald Trump el 20 de enero de 2017 al asumir en las escalinatas del Capitolio la presidencia?:

“Washington floreció, pero la gente no compartió esa riqueza. Los políticos prosperaron, pero se perdieron trabajos y las empresas cerraron. El “establishment” se protegió a sí mismo, pero no a los ciudadanos de nuestro país”.

“Las victorias de ellos no fueron las victorias de ustedes; los triunfos de ellos no fueron sus triunfos; y mientras ellos celebraron en la capital de nuestra nación, las familias con dificultades económicas tenían poco que celebrar en todo nuestro país”.

Y Donald Trump hizo vibrar a la multitud, a cientos de miles de personas en la explanada del Capitolio cuando prometió:

“Todo eso cambia aquí mismo y ahora mismo, porque este momento es su momento: les pertenece a ustedes” “Le pertenece a todos los que se reunieron hoy aquí y a todos los que nos ven a lo largo de Estados Unidos”. “Los hombres y mujeres olvidados de nuestro país ya no serán olvidados. Todo el mundo los escucha ahora”.

Trump habló de desigualdades sociales, les dijo que “una nación existe para servirles a sus ciudadanos”,  les habló de “madres e hijos atrapados en la pobreza en nuestros centros urbanos; empresas oxidadas y dispersas como lápidas en todo el territorio nacional”.

Denunció igualmente “un sistema educativo lleno de dinero pero que priva a nuestros bellos y jóvenes estudiantes del conocimiento” y muchas cosas más.

Un discurso muy estudiado. El mundo al revés. Trump, un millonario enriquecido con la especulación inmobiliaria, un grotesco “showman” gamberro y misógino de la telerrealidad, sin experiencia política y al que incluso muchos en el propio Partido Republicano no tomaban en serio, hizo una radiografía de la situación social de EEUU con algunas frases que parecían extraídas del programa de Bernie Sanders.

Ni demócratas como Clinton, Obama, ni ahora Biden, llegaron a decir realidades como esas ni en su primer discurso ni en ninguno de sus discursos.

¿Demagogia por parte de Trump?, claro. Una verdadera burla. Trump denunciaba algunas de las nefastas consecuencias sociales de la globalización y del neoliberalismo, de la desindustrialización de importantes zonas del país, atribuyéndoselas en exclusiva a los gobiernos demócratas, aún siendo él mismo fruto, beneficiario y defensor de ese mismo sistema.

Al efectismo de su diagnóstico le añadió una buena dosis de xenofobia y racismo culpabilizando tanto al inmigrante como al capital y  gobiernos extranjeros de todos esos males.

Un discurso que compró rápidamente una parte importante de esos trabajadores y empresarios que no participaron del botín de la globalización, ni de la deslocalización y los tratados de libre comercio sino que por el contrario fueron afectados por ellos.

Trump se convirtió también rápidamente al iniciar su campaña electoral en antiabortista ferviente y defensor a ultranza de principios ideológicos ultraconservadores con lo que logró atraer el voto de las poderosas iglesias evangelistas, cada vez más influyentes en el mundo de la política, de la Justicia, de la vida cultural y social.

El trumpismo no ha muerto

Trump jugó bien su baza, funcionó.

Hizo populismo de derecha de gran eficacia. El hombre al que a pocos meses de iniciar su mandato muchos daban ya por acabado mostró que tras cuatro años dando prebendas fiscales y de todo tipo al gran capital industrial, financiero, y a las grandes fortunas, desprotegiendo sanitaria y socialmente a la población, obtuvo siete millones de votos más que en 2016.

Aún después del impeachment y de meses de escandalosa y criminal gestión de la pandemia Trump seguía teniendo sorprendentes índices de popularidad y lograba arrastrar aún en sus locuras a todo el Partido Republicano.

Pero Biden al final vio su oportunidad. El narcisismo y  omnipotencia le terminó haciendo una mala jugada a Trump; tiró de la cuerda hasta que la rompió.

El número de muertos aumentaba y aumentaba, la situación de la pandemia se descontroló totalmente, vio que perdía terreno, intentó atrasar las elecciones y al no lograrlo denunció que habría fraude, todo se precipitó.

Los últimos meses del Gobierno de Trump fueron patéticos.

El presidente se quedó cada vez más solo, fue perdiendo apoyos en su propio gobierno, en su Administración, en el Tribunal Supremo cuya mayoría conservadora fortaleció, y se hicieron ya visibles las fisuras internas en el Partido Republicano.

El no reconocer los resultados electorales y obstaculizar la transmisión de poder mostraban un descontrol político y personal inédito en un presidente derrotado en las urnas.

Muchos como el fiel y servil vicepresidente Mike Pence terminaron saltando a último momento del barco antes de que se hundiera, intentando poner a salvo su propio futuro político.

Biden tuvo así su oportunidad de oro, su táctica de ver pasar el cadáver de su adversario ante su puerta, como decíamos en estas páginas finalmente funcionó.

Trump se suicidó y su cadáver político pasó efectivamente ante la puerta de Biden.

Su último acto fue negar el triunfo electoral al punto de convocar a las milicias supremacistas y ultraderechistas a tomar por asalto el Capitolio en plena sesión.

Pero aunque Trump quede fuera de la gran escena política definitivamente, si hipotéticamente prospera el nuevo impeachment demócrata contra él y queda inhabilitado de por vida para cargo público, difícilmente el trumpismo desaparezca.

¿Será capaz un presidente como Joe Biden de adoptar medidas concretas que minen el apoyo que tiene el trumpismo en amplios sectores de la sociedad?

No es fácil ser optimista al respecto. Joe Biden no es Bernie Sanders y no está claro que este último, su gente y la presión de los movimientos sociales, aunque creciente estos últimos años, puedan influir realmente en la política del nuevo presidente.

Biden es un hombre del establishment de toda la vida, claro representante de ese modelo neoliberal con el que tanto gobiernos demócratas como republicanos han contribuido a acentuar cada vez más las desigualdades sociales en EEUU, convirtiéndolo en un imperio con pies de barro.

Trump supo pescar en el caladero de las víctimas de ese modelo y puso en marcha un movimiento que seguramente seguirá teniendo peso en el seno del Partido Republicano como lo tuvo en su momento el Tea Party. O él y sus seguidores terminarán provocando un cisma en el partido.

Biden y el Partido Demócrata tienen dos opciones:

Una, sacar lecciones del fenómeno Trump, rectificar, no repetir el modelo de Clinton u Obama, asumir de una vez que las estructuras fundamentales del sistema actual se han agotado y aceptar al menos parcialmente algunas de las reformas más importantes fiscales, laborales, medioambientales y sociales esbozadas por Sanders y el equipo de jóvenes congresistas que lo apoyan.

Dos, seguir intentando navegar a dos aguas como durante la campaña electoral. Asumiendo solo superficialmente, cara a la galería, algunas de las reformas propuestas por el ala de izquierda demócrata y los movimientos sociales, al tiempo que se hacen constantes guiños al sector más “moderado” del Partido Republicano y a disidentes del PR como el Lincoln Project y otros colectivos de la familia conservadora.

En el entorno de Biden no son pocos los que en los últimos días se inclinan por esta última opción porque argumentan que el Partido Republicano va hacia una fractura y que escorando el Gobierno hacia la derecha se podría debilitarlo aún más, facilitando así importantes acuerdos de Estado bipartitos. Sería seguir una estrategia como la que intentó en varias ocasiones durante su gobierno Obama y que fracasó.

De esa forma, dicen, se podría llegar en mejores condiciones a 2022 para lograr en las legislativas de medio mandato aumentar la mayoría demócrata en las dos Cámaras.

El hecho de que el gran capital haya votado mayoritariamente a Biden en esta ocasión no augura precisamente que pueda definirse por la primera opción, y tampoco lo augura la relación de fuerzas que sigue imperando en el seno de un anquilosado Partido Demócrata.

Los primeros 100 días de gracia para el nuevo gobierno

En cualquier caso, por el momento Biden tendrá su periodo de gracia, podrá mantener cierta ambigüedad. Trump se lo puso fácil para que el cambio de gobierno se note rápidamente.

Una nueva política firme y coherente para enfrentar la crisis sanitaria, con una coordinación federal de los 50 estados que hoy día no existe, y la aprobación de un paquete de medidas sociales para paliar las consecuencias que los estragos del Covid-19 ha provocado en millones de personas, serán seguramente algunas de las primeras medidas que le permitirán a Biden iniciar con buen pie su mandato y marcar la diferencia.

Entre sus primeras órdenes ejecutivas ya figura el uso obligatorio de mascarillas en los edificios públicos federales y el regreso a la Organización Mundial de la Salud, lo que apunta en esa dirección. También ha decidido congelar la construcción del muro en la frontera con México -una de las promesas estrella de Trump inconclusa-; acabar con la criminal política de separar a padres e hijos inmigrantes que intentan entrar a EEUU, y ha reiterado su promesa de regularizar la situación de 11 millones de sin papeles a través de la Ley de Ciudadanía de los Estados Unidos.

Una promesa similar es la que hizo también Obama en 2009 al llegar al poder -con Biden como vicepresidente- y que dejó sin cumplir tras ocho años de mandato.

Entre la primera quincena de decretos presidenciales firmados ya por Biden está también el anuncio del regreso de EEUU al Acuerdo de París contra el cambio climático y la revocación del permiso concedido para la construcción del oleoducto  Keystone XL entre EEUU y Canadá.

Es de esperar que en los próximos días y semanas Biden anuncie otras medidas internas de contenido social para tranquilizar a la población, y que también lo haga en temas de política exterior para mostrar a sus aliados y al mundo entero que “Estados Unidos vuelve a la normalidad” o, como dijo en su discurso inaugural, “para dirigir el bien en el mundo”.

A Biden y al Partido Demócrata le conviene que el impeachment a Trump fructifique y este quede inhabilitado para ejercer cargo público de por vida.

Sin embargo no les conviene que el juicio político al ex presidente se solape en el tiempo y quite impacto político y mediático a este primer periodo de grandes anuncios del nuevo gobierno.

A pesar de que no se pueden esperar grandes sorpresas de un gobierno con un hombre del establishment como Biden a la cabeza, solo tras ese periodo de gracia se podrá confirmar cuál será el perfil definitivo del nuevo gobierno.

(Tomado de Público)

Fuente de la Información: http://www.cubadebate.cu/opinion/2021/01/22/ya-esta-trump-se-fue-y-ahora-que/

 

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For far too long, voices of Black women in the fight for justice have been ignored

For far too long, voices of Black women in the fight for justice have been ignored

On Martin Luther King Jr. Day, I sat with my three daughters and watched the «King in the Wilderness» documentary, a remarkable film about the final, turbulent months that preceded King’s assassination in Memphis on April 4, 1968.

«Mrs. King, are you taking part in this demonstration as an individual or as a wife?» a white reporter asks Coretta Scott King, about her participation in a rally against the Vietnam War in one scene.

Taken aback, she offers this response: «Well, I’m taking part as an individual and a wife. I’m both.»

In the future, Hollywood will commit big dollars to major productions about George Floyd’s life and the worldwide movement that followed. As I sat there with my girls, I wondered how those movies and documentaries — a key educational tool for the next generation — might portray the Black women who’ve lent their time, resources, voices and bodies in the name of social justice and the eradication of systemic racism.

Last week, I asked that question of Lena K. Gardner — a Black woman who identifies as queer and a central leader of the Black Lives Matter movement in Minneapolis.

Gardner pointed to the many layered depictions of Black men — heterosexual Black men — as forward-facing figures in the push for civil rights throughout history, a nuance unafforded to Black women who have not been allowed «their full humanity.»

She also mentioned the women missing from some of the most prominent stories from the civil rights movement because they weren’t provided the same privilege to leave their homes and jobs to participate. «I don’t think anything significant is going to change,» Gardner said about the future portrayal of Black women in the current movement for justice. «There is this whole fetishism and cult of the charismatic Black man. I don’t think that will change.»

I have been a dues-paying member of that cult. My perspective on Black history has been tainted by the sexism, misogyny and discrimination that’s sidelined Black women in mainstream conversations about history’s most important moments.

After I saw «Malcolm X,» Spike Lee’s blockbuster movie, in 1992, I bought two things: an Africa chain and Alex Haley’s autobiography written with the icon who was assassinated in 1965. Malcolm X and his contemporaries were my heroes. I did not devote as much energy to learning more about the women around them.

I thought Rosa Parks was a woman who sat in the back of a bus because she was tired. I didn’t understand her contributions as a longtime activist. I researched Huey P. Newton and the Black Panthers, but failed to realize that the women within the organization were instrumental in the group’s outreach efforts, including free breakfast and shoes programs, that strengthened its bond with the community. And I believed the March on Washington in 1963, where King unveiled his «I Have a Dream» speech, was pure, unaware that Black women had been blocked from speaking roles.

Throughout the history of the movement for equality, Black women have been presented as Best Supporting Actresses, denied the recognition they’ve deserved, because men have largely been the storytellers and power brokers behind these portrayals.

Lissa Jones, host of KMOJ’s «The Urban Agenda» and the Black Market Reads podcast, said the arrival of Vice President Kamala Harris, the first Black, Asian and female vice president in the history of the country, will create a larger demand for accountability and curiosity.

«I think it will be incumbent upon Black women to shout out our narratives,» she said. «This whole time, we’ve been doing this unrecognized.»

Over the summer, Sirius Marie, a 21-year-old activist who moved to Minnesota for a better life a month before Floyd’s death, joined friends at the 2020 March on Washington and recited her poetry in front of the statue of King. She chanted «Black Lives Matter!» through a megaphone as she marched through the streets with thousands last summer.

«I know I’m participating in history,» she said.

I asked her if the conversation was simply generational. But she said she’s witnessed the suppression of Black women’s voices among younger activists, too. I asked all three Black women what they hope to see in the movies that will be produced about the past year in Minneapolis and beyond.

Gardner said she hopes Black queer women are represented, too. Marie said she wants to see images of the women she’s witnessed with «boots on the ground.»

«We are neither Aunt Jemima, nor Jezebel, nor any of the other tropes they’ve made up,» Jones said. «We are complex and we deserve to be presented in our complexities.»

A real movie about the movement for social justice should portray Lena K. Gardner as a powerful voice, complete with the complexities she’s said Black women have been denied. It must show Lissa Jones, in her studio in Minneapolis, leading comprehensive conversations. And it also must feature a young activist like Sirius Marie, perhaps with her fist in the air at 38th and Chicago, where George Floyd was killed, an image on her Instagram feed.

If that happens, perhaps boys and girls will see more representation of Black women in books and films that address the current climate.

But I also must do my job to elevate those voices before I can expect that of anyone else, so I’d like to end with a line from Marie’s poem called «Tell Us.» It summarizes the fight Black people, especially Black women, continue to face.

Continuously you try your best to compress and yet

We rise STRONGER

Create beauty from the pain

Masterpieces from your scraps

 

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