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¿Quién manda en la educación?

La educación no tiene que estar al servicio de la economía, de las empresas o del mundo financiero, la educación tiene que ofrecer herramientas, conocimientos y valores para que todos y cada uno de nuestros alumnos y alumnas .

Estamos en tiempos confusos y, en el ámbito educativo, esta confusión puede terminar por exterminar los principios básicos de lo que debía ser la educación pública: un derecho universal, independientemente del lugar de nacimiento, de su estatus económico y cultural, de su sexo, de su religión, de su orientación sexual o de su identidad nacional.

Libro recomendado

Una educación garantizada por las administraciones en condiciones de igualdad para todo el alumnado. A favor del desarrollo integral de todos los chicos y chicas. Una educación que impartía conocimientos y saberes, impulsaba valores democráticos y de participación y que dotaba a todo el alumnado de los conceptos fundamentales para entender el mundo y poder criticarlo y mejorarlo. Para ello existían normas básicas, que emanaban de las leyes, y unos ejecutores singulares que eran los profesionales de la educación. Los docentes y el resto de la comunidad educativa participaban en la construcción del conocimiento y adaptaban sus metodologías al alumnado. Los centros públicos eran gestionados democráticamente y el profesorado, como funcionario, tenía libertad de cátedra para impartir su docencia al margen, y a veces en contra, de los gobiernos de turno.

Todo ello está, en estos momentos, en cuestión.

Cada vez más se confunden centros públicos, gestionados públicamente, laicos, gratuitos y democráticos, con los privados que funcionan con los criterios de la patronal, que reciben dinero público y que, en la mayoría de los casos, incumplen la ley: cobran cuotas, seleccionan al alumnado y favorecen la segregación. Hay un interés, cada vez mayor, en presentar a las dos redes como una: “centros sostenidos con dinero público”.

Además, dentro de los públicos se están promocionando centros de diferente calidad: los “innovadores” o “avanzados” y los demás. Ello, unido a la promoción de un inexistente derecho, el de “elegir centro”, da como resultado un aumento importante de la segregación, con una concentración del alumnado por clase social y origen cultural. Lo que es socialmente injusto y pedagógicamente negativo.

Aparecen empresas, bancos y organismos privados que interfieren en la educación: deciden qué hay que enseñar, cómo, con qué metodologías, qué tecnologías utilizar y cómo evaluar. Nunca bancos y empresas tuvieron tanto “interés” en la educación, ni tanto poder para imponer sus principios al margen de unas administraciones que no dirigen pero sí aplauden estas “innovaciones”.

Los organismos privados utilizan dos estrategias: impartir “formación” para el profesorado y elaborar material didáctico. Se supone que ambas son de máxima importancia. ¿Son las empresas, bancos o fundaciones privadas las que deben “definir” el perfil del profesorado y elegir los contenidos? ¿Quién controla esta formación? ¿Quién tiene la prerrogativa de formar al profesorado? ¿Pueden estas organizaciones ayudar al alumnado a tener una visión crítica del funcionamiento de la economía y política actual? ¿Pueden ayudar a educar en la solidaridad y la democracia, en el rechazo a la desigualdad y a la marginación? ¿Qué principios éticos pueden inculcar empresas que sobreexplotan y defraudan a Hacienda o bancos que engañan a sus clientes y desalojan a familias sin recursos de sus casas?

Algunos ejemplos:

Fundación Empieza por Educar (del Banco Santander) y Fundación Telefónica lanzan el proyecto Entre Profes, un entorno formativo online dirigido a docentes que trabajan en entornos complejos.

EduCaixa es una plataforma educativa que incorpora recursos que explican los conceptos básicos de la economía y las finanzas.

CINAIC es el Congreso Internacional sobre Aprendizaje, Innovación y Competitividad. Más que un congreso es una plataforma para divulgar innovación educativa y mejorarla.

AulaPlaneta es una plataforma de la editorial Planeta con recursos por cursos, materias y temas

Fundación Promete quiere promover un mayor y mejor desarrollo del talento de todas las personas, mediante el diseño y realización de proyectos de innovación educativa y social,

Escuelas Creativas un proyecto de Fundación Telefónica en el que se “traslada”, a centros educativos y aulas, la metodología de creatividad e innovación del famoso cocinero Ferran Adrià.

La Fundación Amancio Ortega convoca, a través de su Programa de Formación para Profesores, 50 plazas para la realización de un año académico en Canadá. El Programa ofrece formación en técnicas y habilidades de uso transversal en la docencia, y prácticas educativas en centros públicos canadienses.

Segunda edición del concurso internacional de enseñanza Global Teacher Prize de la Fundación Varkey, considerado el “Nobel de la Enseñanza”.

AltSchool, con el respaldo de inversores como Mark Zuckerberg, fundador de Facebook, l pretende revolucionar la enseñanza y crear un sistema de aprendizaje personalizado que pueda usarse en cada escuela del mundo.

Escola Nova 21: EduCaixa, juntamente con el Centre UNESCO de Catalunya, la Fundació Jaume Bofill y la Universitat Oberta de Catalunya (UOC), impulsa el proyecto Escola Nova 21, una alianza de entidades y escuelas con el objetivo de propiciar acciones de cambio educativo.

La CEOE reclama que el empresariado tenga más protagonismo en la gobernanza ejecutiva de la formación, hasta el punto de que pueda participar en la definición de los currículos de grado y posgrado.

Design for Change hace su aparición en España en 2011, con la ilusión de contribuir a transformar la realidad educativa de nuestro país. Innovación, emprendimiento social, valores e inteligencias múltiples.

El CETEI es el centro de innovación educativa de la red de escuelas Jesuitas Educación. Su misión es ser y actuar como nodo de reflexión y debate, promoción, transferencia y difusión de las innovaciones educativas, tecnopedagògiques y metodológicas de Jesuitas Educación

Escuelas Católicas es la patronal de colegios concertados que ofrece formación.

Pero, no sólo intentan formar al profesorado y vender sus materiales, sino que, cada vez más, entran en las escuelas para propagar sus ideas. Así lo vemos en el ejemplo de la Educación Financiera (EFEC), denunciada una y otra vez por la Plataforma por la Educación en Economía Crítica.

¿Quién manda en la educación?Cuando intentamos ver en qué consisten estas y otras ofertas de formación, de materiales y de propuestas de innovación, nos encontramos con algo insólito: todos proponen lo mismo. ¿No es mucha casualidad que estén tan de acuerdo la OCDE, los bancos, los empresarios, los movimientos pedagógicos a favor de la innovación educativa, las escuelas religiosas y las públicas, las plataformas y fundaciones?

Estas coincidencias se pueden resumir en cinco : 1) El gran fracaso de la educación actual y la falta de preparación del profesorado. 2) La necesidad de cambiar radicalmente las metodologías y pasar a “educar por competencias y por proyectos”.  3) La utilización de las TIC y los medios digitales como herramientas fundamentales. 4) La educación “centrada en el alumno” y la necesidad de adaptar la educación a las “necesidades de la sociedad del siglo 21”. 5) El fomento del “espíritu emprendedor”.

Todo ello, además, no se ha discutido en ningún foro; ha aparecido como una “obligación voluntaria” del profesorado que se ve abocado a poner en cuestión todo lo que estaba haciendo y adherirse entusiasta al diseño que otros han formulado. El profesorado debe aprender de nuevo a enseñar, en sus horas libres y pagando la formación de su bolsillo. Tiene que dedicar horas fuera de su horario para planificar, buscar material y organizar las clases a partir de las nuevas órdenes. [“Es necesario sacar al docente de su zona de confort y ayudarlo a que aprenda a utilizar herramientas tecnológicas…” (Instituto de Innovación en Negocios Educativos); “El problema lo tenemos dentro de la cabeza. No hacen falta más recursos. Hay que aprender a trabajar en equipo, tanto los alumnos como los profesores” (Escola Nova 21)].

Los centros, sobretodo los públicos más marginales, deben hacer un sobreesfuerzo para apuntarse al carro si no quieren ser más marginales y ser tachados de obsoletos.

¿Dónde están los estudios que demuestran que la educación por competencias y por proyectos es mejor? ¿Es todo ello tan “nuevo”?¿Porqué viene de la mano de organismos privados? ¿Por qué, de repente, hay que cambiar horarios, espacios, metodologías y roles sin aumentar recursos ni presupuestos? ¿Es mejor y más avanzado fomentar el espíritu emprendedor que el espíritu crítico? ¿Es mejor la educación financiera que la filosofía, la música o la literatura? ¿Qué significa una educación “centrada en el alumno”?¿Por qué el profesor debe dejar de ser un emisor de conocimientos para convertirse en un guía ¿De dónde aprenderán ahora los conocimientos, de internet?

Pero lo más importante: ¿quién ha decidido todo ello y en función de qué intereses?

Es evidente que la sociedad está cambiando. la educación no puede quedar al margen.hay que mejorarla , pero la falta de discusión y, sobre todo, esta avalancha impositiva de una innovación que surge del mundo empresarial, puede desembocar en un gran fiasco. La sociedad, las familias, y los profesionales no deberían abrazar acríticamente todas estas nuevas directrices. Si dejamos la educación en manos de agentes privados, con intereses muy concretos, estamos hipotecando el futuro de nuestra sociedad.

La educación no tiene que estar al servicio de la economía, de las empresas o del mundo financiero, la educación tiene que ofrecer herramientas, conocimientos y valores para que todos y cada uno de nuestros alumnos y alumnas puedan tener una vida digna, y sean capaces no tanto de adaptarse a un mundo salvaje y competitivo, sino que sean capaces a enfrentarse a él y puedan cambiarlo.

Fuente: http://www.elviejotopo.com/topoexpress/quien-manda-la-educacion/

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What a nerdy debate about p-values shows about science — and how to fix it

The case for, and against, redefining “statistical significance.”


There’s a huge debate going on in social science right now. The question is simple, and strikes near the heart of all research: What counts as solid evidence?

The answer matters because many disciplines are currently in the midst of a “replication crisis” where even textbook studies aren’t holding up against rigorous retesting. The list includes: ego depletion, the idea that willpower is a finite resource; the facial feedback hypothesis, which suggested if we activate muscles used in smiling, we become happier; and many, many more.

Scientists are now figuring out how to right the ship, to ensure scientific studies published today won’t be laughed at in a few years.

One of the thorniest issues on this question is statistical significance. It’s one of the most influential metrics to determine whether a result is published in a scientific journal.

Most casual readers of scientific research know that for results to be declared “statistically significant,” they need to pass a simple test. The answer to this test is called a p-value. And if your p-value is less than .05 — bingo! — you got yourself a statistically significant result.

Now a group of 72 prominent statisticians, psychologists, economists, biomedical researchers, and others want to disrupt the status quo. A forthcoming paper in the journal Nature Human Behavior argues that results should only be deemed “statistically significant” if they pass a higher threshold.

“We propose a change to P< 0.005,” the authors write. “This simple step would immediately improve the reproducibility of scientific research in many fields.”

This may sound nerdy, but it’s important. If the change is accepted, the hope is that fewer false positives will corrupt the scientific literature. It’s become too easy — using shady techniques known as p-hacking, and outcome switching — to find some publishable result that reaches the .05 significance level.

Don’t be mistaken: This proposal won’t solve all the problems in science. “I see it as a dam to contain the flood until we make sure we have the more permanent fixes,” Ioannidis says. He calls it a “quick fix.” Though not everyone agrees it’s the best course of action.

At best, the proposal is an easy change to implement to protect academic literature from faulty change. At worst, it’s a patronizing decree that avoids addressing the real problem at the heart of science’s woes.

There is a lot to unpack and understand here. So we’re going to take it slow.

What is a p-value?

Mick Wiggins / Getty Creative Images

Even the simplest definitions of p-values tend to get complicated. So bear with me as I break it down.

When researchers calculate a p-value, they’re putting to the test what’s known as the null hypothesis. First thing to know: This is not a test of the question the experimenter most desperately wants to answer.

Let’s say the experimenter really wants to know if eating one bar of chocolate a day leads to weight loss. To test that, they assign 50 participants to eat one bar of chocolate a day. Another 50 are commanded to abstain from the delicious stuff. Both groups are weighed before the experiment, and then after, and their average weight change is compared.

The null hypothesis is the devil’s advocate argument. It states: There is no difference in the weight loss of the chocolate eaters versus the chocolate abstainers.

Rejecting the null is a major hurdle scientists need to clear to prove their theory. If the null stands, it means they haven’t eliminated a major alternative explanation for their results. And what is science if not a process of narrowing down explanations?

So how do they rule out the null? They calculate some statistics.

The researcher basically asks: How ridiculous would it be to believe the null hypothesis is true answer, given the results we’re seeing?

Rejecting the null is kind of like the “innocent until proven guilty” principle in court cases, Regina Nuzzo, a mathematics professor at Gallaudet University, explains. In court, you start off with the assumption that the defendant is innocent. Then you start looking at the evidence: the bloody knife with his fingerprints on it, his history of violence, eyewitness accounts. As the evidence mounts, that presumption of innocence starts to look naive. At a certain point, jurors get the feeling, beyond a reasonable doubt, that the defendant is not innocent.

Null hypothesis testing follows a similar logic: If there are huge and consistent weight differences between the chocolate eaters and chocolate abstainers, the null hypothesis — that there are no weight differences — starts to look silly. And you can reject it.

You might be thinking: Isn’t this a pretty roundabout way to prove an experiment worked?

You are correct!

Rejecting the null hypothesis is indirect evidence of an experimental hypothesis. It says nothing about whether your scientific conclusion is correct.

Sure, the chocolate eaters may lose some weight. But is it the because of the chocolate? Maybe. Or maybe they felt extra guilty eating candy every day, and they knew they were going to be weighed by strangers wearing lab coats (weird!), so they skimped on other meals.

Rejecting the null doesn’t tell you anything about the mechanism by which chocolate causes weight loss. It doesn’t tell you if the experiment is well designed, or well controlled for, or if the results have been cherry-picked.

It just helps you understand how rare the results are.

But — and this is a tricky, tricky point — it’s not how rare the results of your experiment are. It’s how rare the results would be in the world where the null hypothesis is true. That is, it’s how rare the results would be if nothing in your experiment worked, and the difference in weight was due to random chance alone.

Here’s where the p-value comes in: The p-value quantifies this rareness. It tells you how often you’d see the numerical results of an experiment — or even more extreme results — if the null hypothesis is true and there’s no difference between the groups.

If the p-value is very small, it means the numbers would rarely (but not never!) occur by chance alone. And so, when the p is small, researchers start to think the null hypothesis looks improbable. And they take a leap to conclude “their [experimental] data are pretty unlikely to be due to random chance,” Nuzzo explains.

And here’s another tricky point: Researchers can never completely rule out the null (just like jurors are not firsthand witnesses to a crime). So scientists instead pick a threshold where they feel pretty confident that they reject the null. That’s now set at less than .05.

Ideally, a p of .05 means if you ran the experiment 100 times — again, assuming the null hypothesis is true — you’d see these same numbers (or more extreme results) five times.

And one last, super-thorny concept that almost everyone gets wrong: A p<.05 does notmean there’s less than a 5 percent chance your experimental results are due to random chance. It does not mean there’s only a 5 percent chance you’ve landed on a false positive. Nope. Not at all.

Again: A p of .05 means there’s a less than 5 percent chance that in the world where the null hypothesis is true, the results you’re seeing would be due to random chance. This sounds nitpicky, but it’s critical. It’s is the misunderstanding that leads people to be unduly confident in p-values. The false-positive rate for experiments at p=.05 can be much, much higher than 5 percent.

Okay. Still with me? It’s okay if you need to take a break. Grab a soda. Catch up with Mom. She’s wondering why you haven’t called in a while. Tell her about your summer plans.

Because now we’re going to dive into…

The case against p<.05

erhui1979 / Getty Creative Images

“Generally, p-values should not be used to make conclusions, but rather to identify possibilities — like a sniff test,” Rebecca Goldin, the director for Stats.org and a math professor at George Mason University, explains in an email.

And for a long while, a sniff of p that’s less than .05 smelled pretty good. But over the past several years, researchers and statisticians have realized that a p<.05 is not as strong of evidence as they once thought.

And to be sure, evidence for this is abundant.

Here’s the most obvious, easy-to-understand piece of evidence: Many papers that have used the .05 significance threshold have not replicated with more methodologically rigorous designs.

A famous 2015 paper in Science attempted to replicate 100 findings published in a prominent psychological journal. Only 39 percent passed. Other disciplines have fared somewhat better. A similar replication effort in economic papers found 60 percent of findings replicated. There’s a reproducibility “crisis” in biomedicine too, but it hasn’t been so specifically quantified.

The 2015 Science paper on psych studies offered some clues to which papers were more likely to replicate. Studies that yielded highly significant results (less than p=.01) are more likely to reproduce than those that are just barely significant at the .05 level.

“Reporting effects that really aren’t there undermine the credibility of science,” says Valen Johnson, a co-author of the Nature Human Behavior proposal who heads the statistics department at Texas A&M. “It’s important that science adopt these higher standards, before they claim they have made a discovery.”

Elsewhere, researchers find evidence of an “epidemic” of statistical significance. “Practically everything that you read in a published paper has a nominally statistically significant result,” say Ioannidis. “The large majority of these p-values of less than .05 do not correspond to some true effect.”

For a long while, scientists thought p<.05 represented something rare. New work in statistics shows that it’s not.

In a 2013 PNAS paper, Johnson used more advanced statistical techniques to test the assumption researchers commonly make: that a p of .05 means there’s a 5 percent chance the null hypothesis is true. His analysis revealed that it didn’t. “In fact there’s a 25 percent to 30 percent chance the null hypothesis is true when the p-value is 05,” Johnson said.

Remember: The p-value is supposed to assure researchers that their results are rare. Twenty-five percent is not rare.

For another way to think about all this, let’s flip the question around: What if instead of assuming the null hypothesis is true, let’s assume an experimental hypothesis is true?

Scientists and statisticians have shown that if assuming experimental hypotheses are true, it should actually be somewhat uncommon for studies to keep churning out p-values of around .05. More often, assuming an effect is true, the p-value should come in lower.

Psychology PhD student Kristoffer Magnusson has designed a pretty cool interactive calculator that estimates the probability of obtaining a range of p-values for any given true difference between groups. I used it to create the following scenario.

Let’s say there’s a study where the actual difference between two groups is equal to half a standard deviation. (Yes, this is a nerdy way of putting it. But think of it like this: It means 69 percent of those in the experimental group show results higher than the mean of the control group. Researchers call this a “medium-sized” effect.) And let’s say there are 50 people each in the experimental group and the control group.

In this scenario, you should only be able to obtain a p-value between .03 and .05 around 7.62 percent of the time.

If you ran this experiment over and over and over again, you’d actually expect to see a lot more p-values with a much lower number. That’s what the following chart shows. The x-axis are the specific p-values, and the y-axis is the frequency you’d find them repeating this experiment. Look how many p-values you’d find below .001.

(And from this chart you’ll see: Yes, you can obtain a p-value of greater than .05 while your experimental hypothesis being true. It just shouldn’t happen as often. In this case, around 9.84 percent of all p-values should fall between .05 and .1.)

A change in the definition of statistical significance could nudge researchers into adopting more rigorous methods

The biggest change the paper is advocating for is rhetorical: Results that currently meet the .05 level will be called “suggestive,” and those that reach the stricter standard of .005 will be called statistically significant.

“Journals can still publish weak (and of course null) results just like they always could,” says Simine Vazire, a personality psychologist who edits Social Psychological and Personality Science (though is not speaking on the behalf of the journal)The language tweak will hopefully trickle down to press releases and news reports, which might avoid buzzwords such as “breakthroughs.”

The change, Vazire says, “should make it so that authors need stronger results before they can make strong claims. That’s all.”

Historians of science are always quick to point out that Ronald Fisher, the UK statistician who invented the p-value, never intended it to be the final word on scientific evidence. That “statistical significance” means the hypothesis is worthy of a follow-up investigation. “In a way, we’re proposing to returning to his original vision of what statistical significance means,” Daniel Benjamin, a behavioral economist at the University of California and the lead author of the proposal, says.

If labs do want to publish “statistically significant” results, it’s going to be much harder.

Most concretely, it mean labs will need to increase the number of participants in their studies by 70 percent. “The change essentially requires six times stronger evidence,” Benjamin says.

The increased burden of proof — the proposal authors hope — would nudge labs into adopting other practices science reformers have been calling for, such as sharing data with other labs to reach consensus conclusion and thinking more long-term about their work. Perhaps their first experiment doesn’t reach this new threshold. But a second experiment might. The higher threshold encourages labs to reproduce their own work before submitting to a publication.

The case against p<.005

erhui1979 / Getty Creative Images

The proposal has critics. One of them is Daniel Lakens, a psychologist at Eindhoven University of Technology in the Netherlands, who is currently organizing a rebuttal paper with dozens of authors.

Mainly, he says the significance proposal might work to stifle scientific progress.

“A good metaphor is driving a car and setting a maximum speed,” Lakens says. “You can set the maximum speed in your country to 20 miles an hour, and no one is going to get killed. You hit someone, they won’t die. So that’s pretty good, right? But we don’t do this. We set the maximum speed a little higher, because then we actually get somewhere a little bit quicker. … The same is for science.”

Ideally, Lakens says, the level of statistical significance needed to prove a hypothesis depends on how outlandish the hypothesis is.

Yes, you’d want a very low p-value in a study that claims mental telepathy is possible. But do you need such an extreme level testing out a well-worn idea? The high standards could impede young PhDs with low budgets from testing out their ideas.

Again, a p-value of .05 doesn’t necessarily mean the experiment will be a false positive. A good researcher would know how to follow up and suss out the truth.

Another critique of the proposal: It keeps scientific communities fixated on p-values, which, as discussed in the sections above, don’t really tell you much about the merits of a hypothesis.

There are better, more nuanced approaches to evaluating science.

Such as:

  • Concentrating on effect sizes (how big of a difference does an intervention make, and it is practically meaningful)
  • Confidence intervals (what’s the range of doubt built into any given answer?)
  • Whether a result is novel study or a replication (put some more weight into a theory many labs have looked into)
  • Whether a study’s design was preregistered (so that authors can’t manipulate their results post-test), and that the underlying data is freely accessible (so anyone can check the math)
  • There are also new, advanced statistical techniques — like Bayesian analysis — that, in some ways, more directly evaluate a study’s outcome

Ioannidis admits that “statistical significance [alone] doesn’t convey much about the meaning, the importance, the clinical value, utility [of research].”

Ideally, he says, scientists would retrain themselves not to rely on null-hypothesis testing. But we don’t live in the ideal world. In the real world, p-values are a quick and easy tool any scientist can easily use to run their tests. And in our real world, p-values still carry a lot of weight into saying what gets published.

With the proposal, “you don’t need to train all these millions of people in heavy statistics,” Ioannidis says. “And it would work. It would help.”

Redefining statistical significance is not an ideal solution to the problem of replication. It’s a solution that nudges people to adopt the ideal solution.

Though no one I spoke to said it directly, I wouldn’t be surprised if some scientists find that a bit patronizing. Why couldn’t they learn advanced statistics? Or come to appreciate more nuanced way of evaluating results?

The real problem isn’t with statistical significance; it’s with the culture of science

There’s a critique of the proposal the authors whom I spoke to agree completely with: Changing the definition of statistical significance doesn’t address the real problem. And the real problem is the culture of science.

In 2016, Vox sent out a survey to more than 200 scientists, asking, “If you could change one thing about how science works today, what would it be and why?” One of the clear themes in the responses: The institutions of science need to get better at rewarding failure.

One young scientist told us: «I feel torn between asking questions that I know will lead to statistical significance and asking questions that matter.”

The biggest problem in science isn’t statistical significance. It’s the culture. She felt torn because young scientists need publications to get jobs. Under the status quo, in order to get publications, you need statistically significant results. Statistical significance alone didn’t lead to the replication crisis. The institutions of science incentivized the behaviors that allowed it to fester.

Keep in mind, this is all just a proposal, something to spark debate. To my knowledge, journals are not rushing to change their editorial standards overnight.

This will continue to be debated.

But if it becomes that case where it’s still hard to publish “suggestive” results, and if it’s still difficult to secure grant money off “suggestive” results, then the institutions of science will not have learned their lesson. Yes, a lot of this is just tweaking the language of how we talk about science. But we have to make words “suggestive” and “null” results matter.

“‘Failures,’ on average, are more valuable than positive studies,” Ioannidis says.

Scientific institutions and journals know this. They don’t always act like they do.

Fuente: https://www.vox.com/science-and-health/2017/7/31/16021654/p-values-statistical-significance-redefine-0005

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Aulas vacías

Por: Fernando Ayala Vicente

Llega julio, un periodo plenamente diferente a lo inmediatamente anterior. La vida procura discurrir sin interrupciones drásticas, pero con continuos cambios. Hace tan sólo unos días veíamos el bullir incesante de cientos de adolescentes preocupados, unos por su devenir futuro enfrentándose a las pruebas de acceso a la Universidad. Sin duda, les marcará para siempre (aunque, como dirían Los Héroes del Silencio: «para siempre es mucho tiempo….») la decisión que tomen.

Otros de menor edad, han terminado el curso y las aulas, los patios, las entradas a los centros escolares ya no destilan la alegría que su algarabía producía.

Estamos, pues, ante un tiempo necesario para el ocio y descanso de nuestros jóvenes, pero también imprescindible para profesores y responsables educativos.

De su buen hacer se va a desprender no sólo un desarrollo normalizado del comienzo del curso siguiente, sino también el consolidar las buenas prácticas, el corregir errores cometidos, el atender a demandas del sector…. en definitiva, es el momento de ejecutar una planificación que sea prudente ya en los instantes precisos no se puede improvisar.

Somos conscientes de que pueden surgir muchos imponderables, pero para eso está precisamente el sentirse bien rodeado, aconsejado, asesorado y preparado.

El gobierno socialista de la Junta de Extremadura ha dado muestras sobradas de que los veranos es el momento para trabajar. La administración educativa se basa fundamentalmente en utilizar adecuadamente los recursos disponibles buscando el bienestar constante de sus administrados.

Cierto es que, se hace necesario innovar, que se aplauden medidas que hagan posible mejoras que nos alejen de la temida rutina. Atrás quedaron los apuntes, casi amarillos de algunos profesores que repetían una y otra vez los mensajes. Delante queda el esfuerzo de la mayoría de los docentes que luchan por ponerse al frente de los desafíos que, continuamente, les ofrece la sociedad tan revolucionariamente dinámica en la que tienen que desenvolverse.

Fuente: http://www.elperiodicoextremadura.com/noticias/sociedad/aulas-vacias_1027010.html

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Rosa Luxemburgo, el águila de la izquierda que callaron con una bala

Por: Mónica Zas Marcos

«Socialismo o barbarie». Aunque los considerase antagónicos, en la vida de Rosa Luxemburgo (1871-1919) ambos conceptos fueron de la mano. Ella soñó con la revolución hasta que los freikorps le volaron la cabeza y lanzaron su cuerpo por el Canal Landwehr de Berlín. Luxemburgo nació en la Polonia rusa cuando aún se escuchaban los ecos de la Comuna de París y fue asesinada 48 años más tarde por proclamar la lucha obrera, el sufragio universal y una alternativa al «parásito» sistema capitalista.

Su figura ha estado unida cien años al imaginario de la revolución, pero aún hay mucha gente que desconoce la audacia de esta mujer excepcional. El libro La rosa roja se ha propuesto recuperar a la Rosa teórica, socialista y anticapitalista, pero también a la que amó a escondidas, la que sufrió violencia machista y la que, con sus contradicciones, quería libres a las mujeres de cualquier clase social.

Portada Rosa Luxemburgo

La ilustradora y activista británica Kate Evans publicó su novela gráfica en 2015 con Verso Books y dos años más tarde llega en castellano gracias a la editorial argentina Ediciones IPS-Pan y Rosas. También lanzaron un crowdfunding para publicarlo en España y superaron el objetivo inicial en menos de una semana.

Sus viñetas conjugan el humor con un análisis exhaustivo de la obra de Rosa Luxemburgo, sus artículos en prensa o la correspondencia personal que no se había traducido a nuestro idioma hasta ahora.

Tanto en unos textos como en otros, la protagonista muestra una inteligencia crítica que puso en jaque a los dirigentes del partido socialdemócrata alemán e incluso ciertas teorías de Marx, que desmontó en su libro La acumulación del capital (1913).

A pesar del estilo caricaturesco de los dibujos, el espíritu de Rosa Luxemburgo se conserva intacto gracias a las citas textuales. Ese es el gran acierto de la novela de Kate Evans: acercar una figura compleja y controvertida sin perder el peso didáctico de sus intervenciones públicas y de sus inspiradoras clases de economía marxista.

«Aunque es recordada como una mártir, ella es mucho más que eso, porque cada momento que vivió, lo hizo al máximo», recuerda su última biógrafa. Que este nuevo homenaje sirva para recuperar las lecciones de uno de los personajes más combativos y brillantes de nuestra historia.

La socialista más joven

En casa de los Luxemburgo, a las mujeres se les reservaba la tarea de apretarse los corsés para reducir la cintura y de cuidar su hermosa melena larga para atraer a un hombre rico. Rosa, la hija más pequeña, pronto defendió que el valor de una mujer estaba en su intelecto, no en los centímetros de su cadera. Aunque se crió en un hogar profundamente judío, se deshizo también de la fe religiosa en cuanto descubrió al filósofo que le cambiaría la vida.

«Marx dijo que los dioses son producto de las regiones nebulosas del cerebro humano«, decía ella. «Tu abuelo es un rabino y te lavarás la boca con jabón, jovencita», le recriminaba su familia. Para no calentar el ambiente en su casa, Luxemburgo escondía el Manifiesto comunista o Trabajo asalariado y capital de la vista de sus padres, pero disertaba abiertamente de capitalismo con sus hermanos.

Viñeta Rosa Luxemburgo

Con su preparación e inteligencia, a nadie le extrañó que una chica de 15 años se afiliase al movimiento socialista polaco, aunque viviese con la amenaza constante de ser atrapada y condenada en Siberia por el zar ruso. Al final, en 1889 se exilió a Zúrich para estudiar en la única universidad que admitía a mujeres. Allí cambió la botánica y la zoología por la ciencia del cambio social y las relaciones económicas. También aprendió once idiomas y trabajó como periodista mientras acababa un doctorado sobre la industrialización en Polonia. Su mantra: «Cuestionar todo».

El azote de los conformistas

Las conferencias de Rosa Luxemburgo en la Internacional Socialista promovían la solidaridad entre países y la revolución mundial, mucho antes que el derecho a la autodeterminación que reclamaba Polonia. Defendía que la lucha obrera debía centrarse en el capitalismo, aunque el Manifiesto comunista de Marx llamase a la emancipación de los polacos. Esa filosofía, que compartía con su primer amor Leo Jogiches, la trasladó a Berlín en 1898, cuando se afilió al SPD alemán.

Rosa también se opuso a grandes figuras del partido socialdemócrata como Eduard Bernstein, rebatiéndole que «la lucha por la reforma es el medio, la revolución es el fin». Pensaba que si las reformas se lograban a través de la lucha obrera, fortalecían al partido, pero si se obtenían por métodos parlamentarios o acuerdos entre partidos burgueses, esto sólo favorecía al capitalismo.

Viñeta Rosa Luxemburgo

Más tarde, se distanció de otros pesos pesados del SPD que la consideraban una «víbora bribona», como su otrora gran colega Karl Kautsky. Una brecha que se abriría para siempre con la aprobación de los presupuestos de la Primera Guerra Mundial, a la que ella se oponía tajantemente, y con el retraso en las negociaciones del sufragio universal, y femenino.

La «no militancia» feminista

Otro importante contacto que hizo Rosa en Berlín fue Clara Zetkin, la activista que estaba al frente de la organización de mujeres socialistas y del periódico feministaDie Gleichheit ( La Igualdad). Juntas defendían el voto universal, aunque Luxemburgo nunca quiso encabezar el ala femenina para no perder los beneficios que tenía en el partido junto a los varones. Pensaba que era una estrategia de sus compañeros para desterrarla de la primera línea del debate teórico, donde reinaba el machismo.

«El voto femenino aterra al actual Estado capitalista porque, tras él, están los millones de mujeres que reforzarían al enemigo interior, es decir, a la socialdemocracia», escribió. No compartía con Zetkin, sin embargo, la defensa solo del voto de las mujeres propietarias que pagaban impuestos. «Son derechos de las damas, no de las mujeres. No puedo hacer causa común con las señoras de la clase capitalista», le espetaba Luxemburgo.

Viñeta Rosa Luxemburgo

Ambas participaron en 1907 en la Primera Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas, celebrada en la ciudad alemana de Stuttgart, que aprobó que los partidos socialistas del mundo luchasen obligatoriamente por el sufragio femenino. También en la Segunda Conferencia, llamada Guerra a la guerra, donde más de cien activistas de 17 países establecieron el 8 de marzo como el Día Internacional de la Mujer. En aquella época, Rosa empezó a sentirse cómoda con la etiqueta feminista y sus discursos tomaron un cariz más comprometido, como este que pronunció en 1912:

«El actual enérgico movimiento de millones de mujeres proletarias que consideran su falta de derechos políticos como una flagrante injusticia es señal infalible, señal de que las bases sociales del sistema imperante están podridas y que sus días están contados. Luchando por el sufragio femenino, también apresuraremos la hora en que la actual sociedad caiga en ruinas bajo los martillazos del proletariado revolucionario»

Una de las cosas que más lamentó Luxemburgo al final de sus días fue no haber defendido con ahínco el voto y la emancipación de la mujer. Por eso, a su salida de la cárcel en 1918 y cuando reorganizó la Liga Espartaquista, estableció como nueva consigna «la plena igualdad social y jurídica entre los sexos».

La utopía antibelicista

Si bien el equidistante feminismo de Rosa Luxemburgo ha sido motivo de debates académicos, con su perfil pacifista no queda resquicio para la duda. La política enarboló un discurso antimilitarista durante toda su carrera, pero sobre todo a las puertas de la Primera Guerra Mundial, cuando su partido votó por primera vez a favor de unos presupuestos capitalistas que daban luz verde a la masacre.

Los razonamientos de Luxemburgo se podrían aplicar perfectamente hoy en día, cien años después de la Gran Guerra. Para ella, el conflicto «es indispensable para el desarrollo del capitalismo», puesto que la industria armamentística mueve decenas de miles de millones y está controlada por señores de la guerra que deben justificar el gasto militar y el tráfico incontrolado de armas. Así, Rosa interpeló a sus propios camaradas en Utopías pacifistas (1911):

¿Cuál es nuestra tarea en la cuestión de la paz? (…) Si las naciones existentes realmente quisieran poner coto, seria y honestamente, a la carrera armamentista, tendrían que comenzar con el desarme en el terreno político comercial, abandonar sus rapaces campañas colonialistas y su política internacional de conquista de esferas de influencia en todas partes del mundo” .

Este hincapié en hacer «un llamamiento a la justicia y al fin de la violencia» durante los cuatro años de la guerra fue el que acabó con su vida. No caben medias tintas cuando se está en contra de precarizar vidas en el trabajo y en el campo de batalla. Al menos, no para Rosa Luxemburgo. Esta líder solo consideraba la vía del socialismo para acabar con la barbarie, y terminó sufriendo la barbarie en propias carnes por parte de los freikorps.

Pero la Rosa Roja vio que la dignidad humana estaba por encima de los partidos y de la economía militar. Y así se recordará siempre a la mujer que no huyó del barco naufragado y luchó hasta la muerte «por un mundo donde seamos socialmente iguales, humanamente diferentes y totalmente libres».

Rosa Luxemburgo en un mítin en Berlín

Rosa Luxemburgo en un mítin en Berlín, 1910

Fuente: http://www.eldiario.es/cultura/libros/Rosa-Luxemburgo-aguila-izquierda-callaron_0_658634256.html
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A medio siglo de Cien años de soledad

Por: Graziella Pogolotti

Las letras hispanas conmemoran con justicia el cincuentenario de la publicación de Cien años de soledad. El entonces joven periodista Gabriel García Márquez había escrito en aquel momento otros textos narrativos. Pero el éxito súbito, inmediato, fulgurante de Cien años… lo sorprendió tanto como a sus editores. Las reimpresiones   se sucedían a ritmo impresionante. Macondo, lugar mítico, se convirtió en referente familiar aun para aquellos que no habían leído la novela. Algunos lo asociaron a la noción del subdesarrollo. Como suele suceder con fenómenos de tan vasto alcance, varios factores intervinieron en tan sonado acontecimiento. Había aparecido un escritor de garra que estaba renovando los códigos literarios. Otros, sus pariguales en la historia literaria, tuvieron que atravesar un camino lleno de obstáculos. El contexto histórico favoreció la sorprendente acogida.

Al terminar la Segunda Guerra Mundial, el imperio extendió su poderío. Se desencadenó la Guerra Fría y se aceleró el proceso de descolonización. Tanto había sido el horror que las capas medias que conformaban una parte significativa del potencial público lector, ansiaban un mundo de paz, se distanciaban del círculo cerrado de su entorno inmediato y colocaban la mirada en otros horizontes. El mundo se había vuelto más pequeño y, sin embargo, contenía muchos territorios aún inexplorados. La literatura europea, que había marcado pautas por varios siglos, mostraba señales de cansancio. Fue la etapa del auge de los viajes submarinos y del descubrimiento de testimonios de civilizaciones perdidas. Comenzaba a renovarse el interés por América Latina.

En esas circunstancias, del lado de acá del planeta ocurrió lo inusitado. Un puñado de guerrilleros, armados con recursos propios, derribó una dictadura sostenida por un ejército profesional y respaldada por el Gobierno de Estados Unidos. En medio de los festejos del Año Nuevo, la noticia recorrió el mundo. Lo insólito se había convertido en realidad posible. El triunfo de la Revolución Cubana y el pensamiento renovador, ajeno a presiones dogmáticas que dimanó desde la Isla, fueron factor decisivo, a no dudarlo, para un cambio de época.

En ese contexto, Cien años de soledad propone una lectura metafórica de la historia de América. No hay que buscar en la novela, desde luego, un recuento documentado, atenido al orden severo de los calendarios. Aislado en un sitio inaccesible, Macondo es una síntesis poética del drama que ha atravesado Colombia, pero que también atañe a la América toda. En el comienzo, estuvo la utopía. El fundador, José Arcadio Buendía —el significado de su nombre está cargado de sentido— marchó con sus seguidores, abriendo trochas en la selva hasta el sitio donde había de asentarse la aldea. Distribuyó las viviendas de modo que todos se beneficiaran en igualdad de condiciones, de las bondades del sol y la brisa. Arribaron gitanos, portadores de una antiquísima sabiduría. José Arcadio Buendía abandonó sus deberes. Al margen  del tiempo histórico, se dejó tentar por la alquimia y por la búsqueda de la piedra filosofal. De la historia de América se percibían chispazos, señales inconexas carentes de sentido: un galeón español inexplicablemente clavado en plena tierra o un vago recuerdo de los ataques del pirata Francis Drake.

Con la interminable guerra entre liberales y conservadores, el tiempo real irrumpe en el tiempo mítico. García Márquez vivió el renacer de esa contienda cuando asistió en Bogotá al asesinato, a la luz del día y en plena calle, del dirigente Jorge Eliécer Gaitán. No se conocían en aquellos días, pero llevado por otros motivos, también estaba allí Fidel Castro. El crimen desató la insurrección en la capital de Colombia, con su saldo de muerte y destrucción. Volvieron los combates, mientras los políticos liberales negociaban espacios de poder con el gobierno. Dando un salto atrás en el tiempo, las empresas bananeras norteamericanas se habían introducido en Macondo.

A pesar del interés de estos temas, el éxito de García Márquez se debió a su capacidad de contar. Desde la oración inicial —el clásico imán— los acontecimientos se suceden sin dejar al lector un instante de respiro. Con similar rango, se intercalan lo grande y lo pequeño. La historia mayor transcurre casi siempre en el trasfondo. Su portador es el coronel Aureliano Buendía, hijo del fundador de la estirpe. Pero los hechos se reflejan en la sutil transformación de los valores que van marcando la continuidad de una familia y de un pueblo, así como el desgaste de una memoria diluida  en el polvo, en la pérdida de sentido de los objetos, sobreviviente apenas en la implacable lucidez de Úrsula, centenaria y ciega.

En su obsesión extemporánea por la alquimia y la piedra filosofal, José Arcadio Buendía procuraba alcanzar el conocimiento. Luego, sobrevino la tentación del progreso. Con el ferrocarril, entró la bananera con todas sus secuelas.

Toda obra literaria se va haciendo a partir de una tradición bien asimilada, porque nada se construye sobre la nada. Gabriel García Márquez asimiló creativamente la nuestra, desde aquella narrativa de la tierra, fuente de una poética del inmenso espacio de nuestra América, con sus pampas y sus selvas. Encontró en la Comala de Juan Rulfo otro espacio mítico. No desconoció la confrontación entre civilización y barbarie, abierta por el clásico Facundo de Sarmiento. Conoció en Carpentier la coexistencia de tiempos históricos diversos.

Con tantas fuentes nutricias y con su experiencia de vida, creció una poética singular, atravesada por los grandes temas universales del tiempo y el espacio en que vivimos, de la soledad y de la idea de la muerte que nos acompañan. En ese diálogo entre lo local y lo universal, con la pericia de un narrador dueño de las artes de la seducción, García Márquez impuso a los lectores de acá y de allá el reconocimiento de una realidad, ajena a la progresiva homogeneización del mundo.

Fuente: http://www.cubadebate.cu/opinion/2017/07/30/a-medio-siglo-de-cien-anos-de-soledad/#.WYL2lhU1-00

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El tiempo de aprendizaje de los estudiantes en Colombia

Por:Ángel Pérez Martínez

Preguntas claves en la política educativa de un país: ¿Cuánto tiempo deben permanecer los niños y adolescentes en las instituciones escolares? ¿Cuánto tiempo deben trabajar fuera de la institución escolar en actividades de aprendizaje con intención educativa?

Las anteriores preguntas tienen relación directa con: la calidad de la educación; las condiciones de aprendizaje, la felicidad y el bienestar de los estudiantes; la jornada laboral de los docentes y los salarios y; las condiciones de las familias, nivel educativo y trabajo de los padres o responsables de los estudiantes, así como el tipo de apoyo al proceso educativo que ellos brinden a sus hijos.

La jornada escolar que cumplen los niños y adolescentes en la institución escolar y las denominadas tareas que se realizan en casa de manera planeada se constituyen en el tiempo diario dedicado al aprendizaje escolar. Este aprendizaje se caracteriza porque hace parte de una escuela o colegio que cuenta con un proyecto educativo institucional, un currículo que lo desarrolla y las acciones pedagógicas en el aula y de acompañamiento de los maestros. También se considera que el tiempo que se dedica dentro de la institución escolar a descanso, recreo o alimentación hace parte del tiempo de aprendizaje.

La Ocde señala que países como China (en 4 provincias:Beijing, Shanghái, Jiangsu, y Guangdong), Qatar, Tailandia, Túnez y los Emiratos Árabes Unidos, los estudiantes pasan al menos 54 horas por semana aprendiendo en y fuera de la escuela. En países como Finlandia, Alemania, Suecia, Suiza y Uruguay, los estudiantes pasan menos de 40 horas estudiando. En Colombia los estudiantes están cerca de 46 horas a la semana estudiando, 26 en las instituciones escolares y 20 fuera de la escuela (OCDE, Pisa In Focus #73).

En Colombia, la Ley 115 de 1994, Artículo 85, estableció una sola jornada escolar en los establecimientos educativos, diurna. sólo cuando las necesidades del servicio educativo lo requieran, los colegios podrán ofrecer jornada nocturna. La jornada nocturna se destina a la educación de adultos. Este artículo no se cumple en la educación oficial de Colombia, según el Ministerio de Educación sólo 512.184 estudiantes asisten en jornada única (6,99% de la matrícula oficial). En el sector privado más del 90% de la Matrícula (1.960.631 alumnos matriculados en 2016) asiste en jornada única.

También la Ley fijo que el calendario académico tendría 40 semanas en el año, como mínimo. El decreto 1850 de 2002, artículo 1º, estableció para los colegios oficiales 5 horas diarias en primaria y 6 en secundaria, dedicadas a la prestación directa del servicio público educativo. 1000 horas anuales en primaria y 1200 en secundaria, lo cual no es cierto porque supone 40 semanas perfectas, sin festivos y sin ningún contratiempo o celebraciones como el día del educador o declaraciones territoriales de días cívicos u otros.

 

En Bogotá con un grupo de rectores encontramos que normalmente en la educación oficial se trabajaba menos de 180 días al año y los colegios privados estaban por encima de esta cifra, cerca de 185 días. Es decir, en Colombia los niños de primaria en colegios oficiales asisten 900 horas año y en secundaria 1080, mientras que los colegios privados alcanzan 1.450 horas año en promedio (40 horas a la semana).

Uno de los objetivos de la jornada única en Colombia es ampliar el tiempo escolar de los estudiantes, para acercar el tiempo de aprendizaje al que ofrecen a sus alumnos los colegios privados. El Ministerio de Educación Nacional sostiene que la “desigualdad empieza con el número de horas de clase que reciben nuestros estudiantes. Sin Jornada Única un estudiante a los 15 años tiene dos años menos de horas efectivas de clase que un estudiante con Jornada Única”.

El problema es que más tiempo de aprendizaje no significa mayor calidad y mejores resultados educativos. Los países de la OCDE donde los estudiantes dedican más tiempo al estudio no tienen mejores logros educativos que los pares, con menor intensidad horaria de aprendizaje.

Además, las tareas y los trabajos extra escuela para los niños y adolescentes cada vez tienen más oposición, de hecho Francia Y Bélgica tienen prohibidas las tareas y en países como Chile se discute su utilidad; en Finlandia no están prohibidas, pero los maestros no se apoyan en ellas, en varios países (Inglaterra y España, entre otros) existe grupos anti tareas. La Ocde, también, encontró que cuando los estudiantes pasan más tiempo estudiando ciencias después de la escuela, los puntajes promedio de la ciencia son más bajos.

Por lo anterior, insisto que ampliar el tiempo de aprendizaje a través de la Jornada única es importante para la calidad de la educación y la permanencia, si se aumenta el tiempo escolar en los colegios oficiales en cultura, arte, deporte, recreación y, quizás, en un segundo idioma.

Al sistema educativo le debe interesar las condiciones de aprendizaje de los estudiantes, la permanencia, la felicidad y el apoyo a quienes tienen problemas especiales. La OCDE muestra que los estudiantes con un fuerte sentido de pertenencia en la escuela tienen un mejor desempeño y están más satisfechos con su vida; también, las percepciones de los estudiantes sobre el apoyo que les brindan los profesores están asociadas con una mayor satisfacción con la vida y; los estudiantes que trabajan en una aula disciplinada tienen un mayor sentido de pertenencia y mayor satisfacción con la vida. La intimidación es más frecuente en las escuelas con escaso clima disciplinario.

Fuente: http://www.dinero.com/opinion/columnistas/articulo/tiempo-de-aprendizaje-de-estudiantes-en-colombia-angel-perez/247833

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