02 de agosto de 2017 / Fuente: http://www.educacionfutura.org
El movimiento estudiantil de 1968 fue una explosión política que dejó honda huella en el país, aunque se han estudiado poco sus consecuencias. Es evidente que el movimiento cristalizó en cambios institucionales: la reforma política de 1977, la creación de la Comisión de Derechos Humanos de 1990, etcétera. “Interrogando a la institución —dice Alberoni— se encuentra el mensaje elaborado por el movimiento. Por otra parte, el movimiento es siempre portador de proyecto, es decir, ya contiene en sí mismo, potencialmente, a la institución”.
Hubo otra consecuencia, menos edificante, del movimiento de 1968. Me refiero al trauma de la masacre de Tlatelolco y cómo fue procesada la experiencia por los estudiantes de aquella época. Las balas del Ejército y la policía no sólo dañaron los cuerpos de los asistentes al mitin del 2 de octubre, también destruyeron las ideas, las actitudes y las expectativas de toda una generación de estudiantes. Tlatelolco hizo volar en pedazos la confianza ingenua que los estudiantes tenían en el orden legal, en la democracia, en las instituciones, en la Revolución Mexicana, y en lugar de esos valores y creencias se creó en ellos, primero, un vacío, después un rencor desesperado, un sentimiento denso de odio y coraje que sólo podía conducir a al delirio y a la locura.
La corriente estudiantil democrática fue derrotada por la masacre de Tlatelolco; en cambio, la matanza hizo que triunfaran las corrientes revolucionarias, no democráticas. Perdimos quienes creíamos que el pliego petitorio sería eventualmente atendido y resuelto por las autoridades. Ganaron los que pregonaban que México no tenía un régimen democrático y que de nada servía cumplir buscar solución pacífica y política a las demandas estudiantiles. Lo que debía hacerse, decían los revolucionarios, era o bien abandonar la universidad para “ir al pueblo” (maoístas), o bien preparar la revolución armada mediante guerrillas urbanas.
La brutal matanza de Tlatelolco pareció darles la razón y contribuyó a reafirmar en esos grupos que México vivía un momento “pre-revolucionario”. En ese ambiente de furia e indignación se produjo una deserción masiva de estudiantes que resolvían irse a trabajar al campo o a las colonias urbanas populares, para organizar la lucha revolucionaria popular (después de todo, lo hechos habían demostrado que los estudiantes eran una fuerza débil y “pequeñoburguesa”) y, por otro lado, surgieron los primeros grupos guerrilleros urbanos. Desde 1970, la guerrilla comenzó a atraer poderosamente el interés de muchos jóvenes: jóvenes inteligentes, sensibles, solidarios, generosos y valientes que decidían, de un momento a otro, dejarlo todo, bienestar, amigos, familia, comodidades para incorporarse a una aventura que podía, eventualmente, arrancarles la vida.
En todas las universidades se operó un cambio radical en el ambiente estudiantil. Una ola de radicalismo antidemocrático recorrió todos los centros de educación superior del país y las universidades fueron por años escuelas que enseñaban política radical. En 1971 era ya ostensible que la corriente democrática estudiantil había eclipsado. Los llamados “comités de lucha” progresivamente fueron asimilados por las corrientes radicales; 1971, 1972 y 1973 fueron años fatídicos. Los estudiantes revolucionarios —o pro-guerrilla— desataron una campaña violenta de agresión contra los estudiantes democráticos (que eran descalificados con calificativos peyorativos como “tibios”, “reformistas o “aperturos”) campaña que desembocó en acontecimientos trágicos, como el asesinato de un profesor del CCH y la balacera en la Universidad de Sinaloa —mayo 1973—, donde murieron dos estudiantes.
Es la hora del balance: Habría que preguntarnos seriamente cuál es el precio que México pagó por la consumación| de la masacre de Tlatelolco. Preguntarnos cuánto daño nos hizo y nos sigue haciendo. Las balas del Ejército en Tlatelolco acabaron con un sueño y nos instalaron en una pesadilla. Sepultaron de golpe la fe candorosa de los estudiantes en la ley, la creencia de que se vivía dentro de un orden civilizado, la suposición de que prevalecía la razón, la confianza en que, a la postre, el gobierno cedería y otorgaría, si no todos, algunos de los puntos del pliego petitorio. Pero esas mismas balas inauguraron una cauda salvaje de violencia, irracionalidad, barbarie e ilegalidad que, de alguna manera, sigue presente en el México actual y que constituye el mayor obstáculo para que salgamos del abismo en que nos encontramos.
Fuente artículo: http://www.educacionfutura.org/1968-las-consecuencias/
Los cerebros de los niños son cerebros con muchas conexiones, muchas más que las de los adultos. Por ejemplo, un bebé de un año de edad tiene el doble de conexiones que las de un adulto. Un adulto tiene alrededor de 500 mil millones de sinapsis por milímetro cuadrado (Bronson y Merryman). Si el bebé tiene el doble, ¿eso lo hace más poderoso desde el punto de vista mental? No. Como dice la psicóloga Alison Gopnik, cada una de esas conexiones es una conexión débil. Con la práctica, la significancia y la repetición esas conexiones se fortalecen y permanecen. En busca de la eficiencia, el cerebro mismo se encarga de podar las conexiones no usadas.
Mientras los nuevos currículos de México no se elaboren a partir de la forma en la que piensan los niños y los jóvenes en sus diferentes etapas de desarrollo, en lugar de la forma en la que piensan los adultos, la retórica de un nuevo modelo para un mundo acelerado, complejo y globalizado, no toca el meollo del problema. Los niños jugando solucionan los problemas creados por los adultos. La palabra problema se repite 322 veces en el nuevo currículo mexicano del 2017. Quizá sería bueno sustituirla por la palabra desafío. En lugar de identificar o resolver un problema se podría girar la intención pedagógica hacia identificar un acertijo, explorar un terreno desconocido, resolver un enigma, superar un desafío y jugar al “espía” para entender los fenómenos que la ciencia aún no explica.







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