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Filosofía para/en la vida

26 de julio de 2017 / Fuente: https://compartirpalabramaestra.org

Por: Jhon Izquierdo Martínez

Un nuevo paso, la redefinición de la cotidianidad de los invitados al discurso desde una lectura propia de las realidades es parte del carácter propio de la filosofía.

¿Qué tan bella puede llegar a ser la sabiduría? Lo pregunta una persona que, mirando a los ojos de la dificultad, comprendió que la asimilación de la belleza implica un gran esfuerzo: el de entregar una parte de sí al ocio de la contemplación, en otros términos, abandonarse al ejercicio de una lectura constante en realidades inmediatas y fugaces. Lo dice una sola persona sola ante la realidad, una supuesta orientadora de saberes arcaicos que se resiste a ver su saber desvirtuado, desvalorado. Ante tal cuestionamiento surge una pregunta: ¿Cómo transmitir el interés por tal lectura?

Como una locomotora cuyos carriles vemos pasar uno a uno frente a la estación, las preguntas se siguen ante la impotencia de la respuesta clara ¿debemos transmitirla? ¿Queremos transmitirla? ¿Podemos hacerlo? ¿Por qué hacerlo? A todas ellas podemos dar un valor pueril desde la oscuridad que impera frente al discurso, ya porque las discusiones no han sido suficientes, ya porque las mismas han quedado relegadas a un segundo, y hasta tercer plano los espacios para tal reflexión ¿a qué debemos tal fenómeno?

Es aquí donde la discusión sobre la llamada utilidad de la filosofía entra a jugar como titular. Al no reconocer su valor crítico (o al no querer evidenciarlo), su lugar como lectora soterrada de las realidades, como develadora[1] de principios y conceptos, y así mismo, denigrar su valor concreto, comparándola con la practicidad de la demás ciencias,  se le puede colocar en el anaquel de los recuerdos como una molesta compañera que se remite únicamente a forzar y, así mismo, a ejercitar nuestro intelecto desde el desacreditado ejercicio de la lectura. Esta limitación implícita en su misma definición superficial, hecha desde la misma academia, ha desvirtuado el valor de su ser primordial: la pregunta.

Es así como la pregunta en sí puede dar luces sobre lo que se consideró desde el principio como belleza. Y es que la capacidad que tiene la filosofía de reflexionarse a sí misma y a su práctica puede enamorar a quien se preocupe por las posibilidades del develamiento y su cercanía a la verdad. Pensarse la filosofía es una oportunidad para amarla.

La claridad se nos presenta en el camino de la reflexión (y en forma de pregunta): ¿podemos amar más a quien se nos muestra humilde, despojado de todo obstáculo o a quien echa mano de la apariencia para formarse una imagen con intensión de perfección pero carente de contenido? La comprensión de la intensión crítica de la filosofía nos lleva a darnos cuenta de nuestro papel como orientadores y se descubre en ella la necesidad de leer a quien recibe la filosofía desde un primer momento como un aprendiz del filosofar más no de la filosofía como dogma, como organizadora de pensamientos atemporales, sin espacio, sin lugar en la concreción de nuestras dinámicas actuales.

Un paso más hemos dado en la resolución de la pregunta que interroga por el bello camino del filosofar y nos topamos con una interpelación crucial ¿cómo preparamos al joven para el hecho mismo del filosofar? ¿Cómo ponemos en él o ella la inquietud que implica el filosofar?

Ese, quien recibe por primera vez la filosofía, se encuentra con el miedo natural que implica sentirse indefenso ante el esfuerzo que implica el filosofar, peor aún si se enfrenta a conceptos pétreos y sin lugar en su realidad.

Al pensar en lo anterior, por los pasillos de la academia se reflexiona sobre un concepto tan vacío como amplio, a saber, la motivación, mas ¿en dónde encontrar la piedra angular de su realización? El juego, el uso de las nuevas tecnologías, la apropiación de las dinámicas mentales de los jóvenes como excusa para la implementación de actividades o hasta la alteración de la estructura básica de la clase, se nos han presentado como posibles respuestas ante tal cuestionamiento, pero ¿hasta dónde se puede evidenciar la efectividad de tales estrategias cuando de lo que nos interesa hablar más del fondo que de la forma?[2] Y me refiero a esta relación ya que, como se enunció previamente, la actitud soterrada de la filosofía se interesa inicialmente en la pertinencia de las bases que sustentan el discurso más que en la apariencia del mismo. En tal caso, la filosofía impele a una revisión exhaustiva de los aspectos epistemológicos que sustentan las ciencias, las realidades y así, de la cotidianidad.

Un nuevo paso, la redefinición de la cotidianidad de los invitados al discurso desde una lectura propia de las realidades es parte del carácter propio de la filosofía. ¿Redefinición?

Sin lugar a dudas la actitud crítica de la filosofía[3] pide urgentemente una actualización constante de cada contenido y con ello exige repensar la realidad como posibilidad de comprensión y asimilación. “Como señala Alejandro Cerletti: “Lo filosófico” radica en la posibilidad de revisar los supuestos que presentan como obvio cierto estado de cosas y las preguntas que son propias de ese estado de cosas naturalizado”[4]. Este repensar implica poner en duda, cuestionar y, como hemos visto hasta el momento, comprometerse con la preminencia de la pregunta sobre la respuesta. Es así que la dificultad nos da el regalo de la apertura, de la conexión con el infinito, de la belleza.

El pensamiento inicia su camino a la liberación desde su reflexión sobre sí y pone en duda los presupuestos teóricos que definen la realidad como una oportunidad para impulsar la reconstrucción, la constante reorganización de los estatutos dogmáticos que nos limitan desde una actitud determinante, limitante.

Naturalmente se criticarán mis palabras desde la urgencia de institucionalidad pues, en tal imaginario, es solo a partir de la determinación que se puede mantener el orden, pero ¿no es acaso esta imperante concepción de la educación la que ha minado la capacidad productiva y propositiva de los estudiantes hasta el límite de propiciar la renegación y la deserción del modelo?

Es nuestro papel como coordinadoras el estimular al pensamiento libre y al mismo tiempo responsable de sus actos, en donde se tenga como premisa principal la continua construcción de realidades, su desmitificación y la implementación de muevas formas de comprensión que estimulen el desarrollo y el avance del conocimiento. Una actitud como esta, nacida de la propia reflexión y realidad de los iniciados en la filosofía, no puede más que propiciar un nuevo orden en donde el autocuidado, la responsabilidad, el cuidado del Otro, sirvan como regulador de las acciones, de las decisiones, de las relaciones, siempre en consonancia con el valor del respeto.

Es así que se precisa andar en busca de fundamentar la unión entre estudiantes-filósofos-realidades, propiciando la continua reflexión sobre los contenidos de los argumentos que, tanto uno como otro, instauren como posibilidad de verdad. Así mismo pretende recuperar el valor de la filosofía en el contexto académico como posibilitadora de cambios a partir de la constante discusión y crítica. Finalmente redefinir el hecho mismo del filosofar desde la admiración que produce la develación y la belleza que acarrea esto, desde el amor a la sabiduría.

[1] Se toma este concepto directamente de su traducción del latín develāre ‘descubrir’, ‘levantar el velo’. Ver: Diccionario de la lengua española, http://dle.rae.es/?id=DbTjbwX

[2] A pesar de la importancia de este cuestionamiento para la academia, no me concentraré en su resolución ya que se podría desvirtuar el verdadero objetivo del presente escrito.

[3] Cita tomada en: Filosofía y pensamiento crítico”. Juan Diego Ortiz Acosta Depto. de Filosofía CUCSH. Citado en: http://sincronia.cucsh.udg.mx/pdf/2013_a/ortiz_64_2013.pdf

[4] Roberto Miguel Azar, Ibid. Pag. 194. 

Fuente artículo: https://compartirpalabramaestra.org/columnas/filosofia-paraen-la-vida

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MiniQuest: La indagación como estrategia de aprendizaje mediante las TIC

26 de julio de 2017 / Fuente: http://blog.tiching.com

Por: Teresa Cassará Giudici

Las TICs han generado una revolución tecnológica en la sociedad y, la escuela no es ajena a este proceso. Si bien la tecnología facilita la información y la comunicación, en materia educativa no es sinónimo de transformación. La renovación y transferencia al aula debe estar acompañada por la implementación de técnicas y estrategias que garanticen dicho proceso y la forma de aprender.

La “significatividad” del aprendizaje, por lo tanto y, acorde al nivel de complejidad de la tarea propuesta, está vinculada a la posibilidad de relacionar, procesar, confrontar materiales de diferentes fuentes, sintetizar, aplicar la información procedente de recursos diversos, organizar las ideas y comunicar las conclusiones.

Las WebQuests, las MiniQuest y las Caza de Tesoro constituyen estrategias de aprendizaje que promueven el uso de la tecnología, mediante proyectos elaborados por los docentes. Estas actividades están dirigidas a la indagación partiendo de la información de Internet con la cual interactúan los aprendices.

¿Qué son las MiniQuest?

Las MiniQuests son módulos de corta duración cuyo diseño permiten incursionar en Internet, según intenciones y objetivos formulados, con el fin de responder a las actividades y procedimientos propuestos por el docente.

¿Cómo se compone la estructura de una MiniQuest?

  • Presentación o Escenario: Es el paso inicial que motiva al alumno/a en la tarea que desarrollará indagando en la Red. Introducirlos en un contexto real mediante la selección de contenidos sustantivos que dan origen al trabajo, implica involucrarlos como partícipes de la propuesta y artífices en la construcción del propio conocimiento.
  • Tareas o actividades: Un conjunto de actividades detalladas que pueden ser ejecutadas en forma individual o grupal e implican responder a intenciones y objetivos disciplinares concretos. Distribuir acciones y roles para realizarlas, preferentemente de forma cooperativa, constituye una estrategia que fomenta y mejora el rendimiento, no sólo cognitivo, sino el social y actitudinal ya que enriquece la construcción del conocimiento y la elaboración de los productos finales.
  • Producto o resultado de la investigación: Responder a la pregunta que se planteó en el escenario o presentación y a los objetivos formulados por el docente. La comprensión del tema o problema planteado y la creatividad en la presentación de la propuesta final juegan un papel muy importante a la hora de evaluar el proceso y el producto.

La finalidad apunta a que los alumnos logren tomar sus propias decisiones respecto del proceso de solución ante el planteamiento. Este enfoque responde a un modelo de enseñanza reflexivo que les permita establecer responsabilidades individuales y grupales a la hora de resolver la propuesta.

Tipos de MiniQuest que puedes utilizar en el aula

Atendiendo al momento del proceso de enseñanza y aprendizaje de la unidad didáctica , se reconocen los siguientes diseños de MiniQuest:

  • MiniQuest de descubrimiento: Tienen como objetivo iniciar una unidad didáctica abordando un tema o contenido nuevo. Permiten, generalmente, introducir a los alumnos y motivarlos en la problemática de una unidad.
  • MiniQuest de exploración: Responden al desarrollo de la unidad didáctica, a la profundización de alguno de los contenidos sustantivos de la misma. Los conceptos inclusores son esenciales para explicar y dar respuestas en la ampliación de los conocimientos. Describen componentes y definen las características de un proceso.
  • MiniQuest de culminación: Se elaboran con el propósito de cerrar o finalizar una unidad didáctica. Favorecen la integración de los contenidos abordados mediante una pregunta esencial o central. Para ello, es fundamental que los alumnos /as tengan ya una base de conceptos claves y contenidos sustantivos puesto que la realización del trabajo es de mayor nivel de profundización con el fin de tomar una decisión.

El propósito de las MiniQuest supera el sólo proceso de búsqueda de la información. La intención apunta a que los niños y jóvenes logren decodificarla, analizarla, interpretarla, procesarla, a partir de la comprensión del contenido sustantivo y procedimental explicitado en un producto final.

La planificación de estrategias, a través del empleo de las TIC, que propicien el desarrollo de ideas, el pensamiento crítico, la construcción de conocimiento, actitudes y acciones buscando posibles soluciones a los problemas planteados constituyen un auténtico reto en el proceso de enseñar y aprender.

Y si quieres ver un interesante ejemplo, ¡no te pierdas este MiniQuest sobre la protección de los humedales!

Fuente artículo: http://blog.tiching.com/miniquest-la-indagacion-estrategia-aprendizaje-mediante-las-tic/

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Colombia: ¿Existe un genocidio en curso contra los líderes sociales?

Por: revista insurrección

ada día llegan noticias de nuevas amenazas y varias veces a la semana de más homicidios. El liderazgo social sigue poniendo muertos. El asesinato de personas de la Unión Patriótica (UP) en los años ochenta y noventa del siglo anterior, fue posteriormente calificado jurídicamente como Genocidio. No se trata del uso político de la palabra “genocidio”, que también podría ser válido; sino de su uso jurídico.

Genocidio no es necesariamente asesinatos, de hecho hay dos casos, en el Derecho Internacional en que puede que no haya ni un solo muerto, pero hay Genocidio:

a) Medidas destinadas a impedir los nacimientos en el seno del grupo.

b) Traslado por fuerza de niños del grupo a otro grupo.

Esta práctica en sí, no produce la muerte de miembros del grupo, sino que afecta la supervivencia del grupo en cuanto grupo, y esto también se considera Genocidio. En el mismo sentido, un Genocidio no se define por un número determinado de muertos; decir que van pocos o muchos líderes sociales asesinados, no es un argumento.

Según el derecho internacional:

“Se entiende por Genocidio cualquiera de los actos mencionados a continuación, perpetrados con la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso, como tal:

a) Matanza de miembros del grupo. b) Lesión grave a la integridad física o mental de los miembros del grupo. c) Sometimiento intencional del grupo a condiciones de existencia que hayan de acarrear su destrucción física, total o parcial. d) Medidas destinadas a impedir los nacimientos en el seno del grupo. e) Traslado por fuerza de niños del grupo a otro grupo”.

Las más de 500 amenazas enviadas en el ultimo año contra lideres del movimiento social, tienen graves repercusiones en la integridad física y psicológica de estos, a tal punto que constituyen tortura.

Colombia ha firmado y ratificado la “Convención para la prevención y sanción del crimen de Genocidio” y por tanto sus definiciones y categorías son obligatorias. Dos cuestiones son relevantes relacionadas con el uso de esta palabra en el marco del conflicto: Primero ¿existe la citada “intención de destruir” al liderazgo social o es un supuesto populista? Segundo, ¿qué significa exactamente “destruir?” ¿se refiere a destrucción física o existe un significado más allá de éste?

El problema es la demostración de “la intención”, pero no es suficiente decir que la intención simplemente no existe. De acuerdo con las Naciones Unidas:

“El elemento necesario de intención puede ser deducido de hechos suficientes. En ciertos casos, existirá la evidencia de acciones u omisiones en tal grado que el acusado pueda razonablemente ser asumido como consciente de las consecuencias de su conducta, lo cual lleva al establecimiento de la intención”.

Así que el camino es analizar las consecuencias de la aplicación de determinada política.

Examinemos, primero, la realidad del asesinato de los líderes. Desde enero de 2016, han sido asesinados 186 personas que son parte del liderazgo social. En lo que va del año, hasta julio 5 de 2017, según la Defensoría del Pueblo, ya van asesinados 52 líderes sociales. Además, los datos disponibles, permiten afirmar que por cada líder asesinado hay 10 personas amenazadas de muerte.

En segundo lugar, miremos si tales crímenes son o no sistemáticos, lo que se conecta con un plan. Es decir, un plan presupone una intención. El análisis del Observatorio de Restitución y Regulación de Derechos de Propiedad Agraria, titulado: “Dinámicas del asesinato de líderes rurales: las covariables municipales”, sostiene que:

“Los 500 eventos de victimización registrados en nuestra base de datos no corresponden a personajes anónimos, o provenientes de mundos ajenos al de todos los colombianos. Son personas con trayectorias análogas a las de miles de nosotros, que construyeron su vocación de liderazgo a brazo partido y a menudo en condiciones tremendamente hostiles”.

Luego de un minucioso análisis, los autores concluyen que: “el fenómeno Sí es sistemático. Apabullantemente sistemático. Mirando desde tres perspectivas -semántica, jurídica y estadística- llegamos a la conclusión de que simplemente no es verosímil escamotearle su sistematicidad” [*].

Es decir, aquí la intención es la de destruir al movimiento social, silenciarlo y que sus miembros abandonen sus luchas, se plieguen al sistema y no pretendan modificarlo. Las amenazas y judicializaciones no son indiscriminadas y los asesinatos tampoco. Estas lesiones han sido producidas selectivamente contra integrantes de organizaciones sociales, cívicas, afrodescendientes, campesinas, indígenas, sindicales, ambientalistas, de mujeres y de derechos humanos, entre muchas otras, en el marco de una lucha contrainsurgente previamente concebida.

Tercero, miremos la respuesta del Estado. Esta se puede mostrar en varios niveles:

a) Negar la existencia del victimario: decir que los paramilitares no existen como tal.

b) Tratar de negar los asesinatos, reduciéndolos a hechos aislados o a delitos comunes inconexos entre ellos.

c) Negar los casos en los cuales hay connivencia de agentes del Estado. d) Hacer creer que la omisión no es un delito, que el Estado no tiene ninguna responsabilidad por los crímenes que no ha cometido de manera directa.

No creemos que el debate sobre el nombre de los perpetradores (que si paramilitares, neo-paramilitares, herederos o Bacrim) sea lo esencial, ni tampoco la respuesta estatal de presentar como una constante los pocos casos, en los cuales la muerte de una persona líder corresponde a un hecho aislado. Eso ofende la inteligencia y la razón. El debate debe hacerse sobre la realidad.

De lo anterior podemos concluir varias cosas:

a) Al liderazgo social sí lo están matando en Colombia;

b) Esas muertes sí son sistemáticas, lo que quiere decir que obedece a unas acciones deliberadas que implican un grado de planeación;

y c) El Estado, ya sea por acción o por omisión, sí tiene una responsabilidad directa en ese plan sistemático de eliminación del liderazgo social que busca su exterminio. La impunidad, la omisión y ciertas medidas militares (apoyando a los perpetradores) indican claramente la “intención de destruir”.

La doctrina del “enemigo interno” dicta la eliminación de opositores del régimen, así el gobierno diga que no persigue destruir al liderazgo social, pero las consecuencias de sus actos contribuyen a su destrucción como grupo, como pasó con la UP. Luego, esto es Genocidio. Es imposible, a la luz de los hechos, evadir la conclusión de que el Estado colombiano trata de destruir al liderazgo social en cuanto comunidad, en cuanto colectivo. Por tanto, la categoría Genocidio puede y debe ser aplicada en este caso.

Nota:

[*] Francisco Gutiérrez, Margarita Marín, Francy Carranza. Dinámicas del asesinato de líderes rurales: las covariables municipales. Reporte semestral del Observatorio de Restitución y Regulación de Derechos de Propiedad Agraria; Programa en Red de la universidades Nacional, Rosario, Norte, Sinú y Sergio Arboleda. Bogotá, Junio de 2017. www.observatoriodetierras.org.

Fuente:http://www.rebelion.org/noticia.php?id=229494&titular=%BFexiste-un-genocidio-en-curso-contra-los-l%EDderes-sociales?-

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Medioambiente e igualdad social

Por: Alvaro García Linera

¿Puede la naturaleza hablar? ¿Puede la naturaleza contarnos los males que le afectan? Descontando el lenguaje verbal creado por el ser humano, la naturaleza no verbaliza; lo que sí tiene es una capacidad infinita de comunicar, mediante otros lenguajes no proposicionales, un conjunto de conmociones que la están perturbando. El calentamiento global es uno de estos cambios dramáticos que a diario la naturaleza nos informa. Cambios abruptos del clima, sequias en regiones anteriormente húmedas; deshielo de glaciales, cataclismos ambientales, huracanes con fuerza nunca antes vista, desbordes crecientes de ríos., etc., son solo unos de los cuantos efectos comunicacionales con los que la naturaleza informa de lo que le está sucediendo.

No obstante, la manera en que las catástrofes ambientales afectan la vida de la humanidad no es homogénea ni equitativa; mucho menos lo es la responsabilidad que cada ser humano tiene en su origen.

Clase y raza medioambiental

En la última década, se puede constatar que las catástrofes naturales más importantes están presentes por todo el globo terráqueo, sin diferenciar continentes o países; en ese sentido, existe una especie de democratización geográfica del cambio climático. Sin embargo, los daños y efectos que esos desastres provocan en las sociedades, claramente están diferenciados por país, clase social e identificación racial. De manera consecutiva, hemos tenido en el periodo 2014-2016, los años más calurosos desde 1880, lo que explica la disminución en el ritmo de lluvias en muchas partes del planeta. Aun así, los medios materiales disponibles para soportar y remontar estas carencias y, por tanto, los efectos sociales resultantes de los trastornos ambientales, son abismalmente diferentes según el país y la condición social de las personas afectadas. Por ejemplo, ante la escasez de agua en California, la gente se vio obligada a pagar hasta un 100% más por el líquido elemento, aunque esto no afectó su régimen de vida. En cambio, en el caso de la Amazonía y las zonas de altura del continente latinoamericano se tuvo una dramática reducción del acceso a los recursos hídricos para las familias indígenas, provocando malas cosechas, restricción en el consumo humano de agua y ‒especialmente en la Amazonía‒ parálisis de gran parte de la capacidad productiva extractiva con la que las familias garantizaban su sustento anual.

Asimismo, el paso del huracán Katrina por la ciudad de Nueva Orleans en 2005, dejó más de dos mil muertos, miles de desaparecidos y un millón de personas desplazadas. Pero los efectos del huracán no fueron los mismos para todas las clases e identidades étnicas. Según el sociólogo P. Sharkey [1] , el 68% de las personas fallecidas y el 84% de las desaparecidas eran de origen afroamericano. Ello, porque en las zonas propensas a ser inundadas, donde el valor de la tierra es menor, viven las personas de menos recursos; mientras que los que habitan en las zonas altas son los ricos y blancos.

En este y en todos los casos, la vulnerabilidad y el sufrimiento se concentran en los más pobres (indígenas y negros), es decir, en las clases e identidades socialmente subalternas. De ahí que se pueda hablar de un enclasamiento y racialización de los efectos del cambio climático.

Entonces, los medios disponibles para una resiliencia ecológica ante los cambios medioambientales dependen de la condición socioeconómica del país y de los ingresos monetarios de las personas afectadas. Y, dado que estos recursos están concentrados en los países con las economías dominantes a escala planetaria y en las clases privilegiadas, resulta que ellas son las primeras y únicas capaces de soportar y disminuir en su vida esos impactos, comprando casas en zonas con condiciones ambientales sanas, accediendo a tecnologías preventivas, disponiendo de un mayor gasto para el acceso a bienes de consumo imprescindibles, etc. En cambio, los países más pobres y las clases sociales más vulnerables, tienden a ocupar espacios con condiciones ambientales frágiles o degradadas, carecen de medios para acceder a tecnologías preventivas y son incapaces de soportar variaciones sustanciales en los precios de los bienes imprescindibles para sostener sus condiciones de vida. Por tanto, la democratización geográfica de los efectos del calentamiento global se traduce, instantáneamente, en una concentración nacional, clasista y racial del sufrimiento y el drama causados por los efectos climáticos.

Este enclasamiento racializado del impacto medioambiental se vuelve paradójico e incluso moralmente injusto cuando se comparan los datos de las poblaciones afectadas y de las poblaciones causantes o de mayor incidencia en su generación.

La nueva etapa geológica del antropoceno ‒un concepto propuesto por el Premio Nobel de Química, P. Crutzen‒, caracterizada por el impacto del ser humano en el ecosistema mundial, se viene desplegando desde la Revolución Industrial a inicios del siglo XVIII. Y, desde entonces, primero Europa, luego Estados Unidos, y en general las economías capitalistas desarrolladas y colonizadoras del norte, son las principales emisoras de los gases de efecto invernadero que están causando las catástrofes climáticas. Sin embargo, los que sufren los efectos devastadores de este fenómeno son los países colonizados, subordinados y más pobres, como los de África y América Latina, cuya incidencia en la emisión de CO2 es muchísimo menor.

Según datos del Banco Mundial [2] , Kenia contribuye con el 0,1% de los gases de efecto invernadero, pero las sequías provocadas por el impacto del calentamiento global llevan a la hambruna a más del 10% de su población. En cambio, en EEUU, que contribuye con el 14,5%, la sequía solo provoca una mayor erogación de los gastos en el costo del agua, dejando intactas las condiciones básicas de vida de su ciudadanía. En promedio, un alemán emite 9,2 toneladas de CO2 al año; en tanto que un habitante de Kenia, 0,3 toneladas. No obstante, quien lleva en sus espaldas el peso del impacto ambiental es el ciudadano keniano y no el alemán. Datos similares se puede obtener comparando el grado de participación de los países del norte en la emisión de gases de efecto invernadero, como Holanda (10 TM por persona/año), Japón (7 TM), Reino Unido (7,1 TM), España 5 TM), Francia 8% TM), pero con alta resilencia ecológica; frente a países del sur con baja participación en la emisión de gases de efecto invernadero, como Bolivia (1,8 TM), Paraguay (0,7 TM), India (1,5 TM), Zambia (0,2 TM), etc., pero atravesados de dramas sociales producidos por el cambio climático. Existe, entonces, una oligarquización territorial de la producción de los gases de efecto invernadero, una democratización planetaria de los efectos del calentamiento global, y una desigualdad clasista y racial de los sufrimientos y efectos de las conmociones medioambientales.

Medioambientalismos coloniales

Si la naturaleza comunica los impactos de la acción humana en su metabolismo de una forma jerarquizada, también existen ciertos conceptos referidos al medioambiente, parcializados de una manera todavía más escandalosa; o, peor aún, que legitiman y encubren estas focalizaciones regionales, clasistas y raciales.

Como señala McGurty [3] para el caso norteamericano en la década de los 70 del siglo XX, lo que hizo posible que el debate público sobre las demandas sociales de las minorías étnicas urbanas, e incluso del movimiento obrero sindicalizado, fuera soslayado, llevando a que la “temática social” perdiera fuerza de presión frente al gobierno, fue un tipo de discurso medioambientalista. Un nuevo lenguaje acerca del medio ambiente, cargado de una asepsia respecto a las demandas sociales, que ciertamente puso sobre la mesa una temática más “universal”, pero con responsabilidades “adelgazadas” y diluidas en el planeta; a la vez que distantes política y económicamente respecto a las problemáticas de las identidades sociales (obreros, población negra). Aspecto que no deja de ser celebrado por las grandes corporaciones y el gobierno que ven encogerse así sus deudas sociales con la población.

Por otra parte, el sociólogo francés Keucheyan [4] subraya cómo en ciertos países como Estados Unidos, el “color de la ecología no es verde sino blanco”; no solo por la mayoritaria condición social de los activistas ‒por lo general, blancos, de clase media y alta‒, sino también por la negativa de sus grandes fundaciones a involucrarse en temáticas medioambientales urbanas que afectan directamente a los pobres y las minorías raciales.

Al parecer, la naturaleza que vale la pena salvar o proteger no es “toda” la naturaleza ‒de la que las sociedades son una parte fundamental‒, sino solamente aquella naturaleza “salvaje” que se encuentra esterilizada de pobres, negros, campesinos, obreros, latinos e indios, con sus molestosas problemáticas sociales y laborales.

Todo ello refleja, pues, la construcción de una idea sesgada de naturaleza de clase, asociada a una pureza original contrapuesta a la ciudad, que simboliza la degradación. Así, para estos medioambientalistas, las ciudades son sucias, caóticas, oscuras, problemáticas y llena de pobres, obreros, latinos y negros, mientras que la naturaleza a proteger es prístina y apacible, el santuario imprescindible donde las clases pudientes, que disponen de tiempo y dinero para ello, pueden experimentar su autenticidad y superioridad.

En los países subalternos, las construcciones discursivas dominantes sobre la naturaleza y el medioambiente comparten ese carácter elitista y disociado de la problemática social, aunque incorporan otros tres componentes de clase y de relaciones de poder.

En primer lugar se encuentra el estado de auto-culpabilización ambiental. Eso quiere decir que la responsabilidad frente al calentamiento global la distribuyen de manera homogénea en el mundo. Por tanto, talar un árbol para sembrar alimentos tiene tanta incidencia en el cambio climático como instalar una usina atómica para generar electricidad. Y como en la mayoría de los países subalternos existe una apremiante necesidad de utilizar los recursos naturales para aumentar la producción alimenticia u obtener divisas a fin de acceder a tecnologías y superar las precarias condiciones de vida heredadas tras siglos de colonialidad, entonces, para estas corrientes ambientalistas, los mayores responsables del calentamiento global son estos países pobres que depredan la naturaleza. No importa que su contribución a la emisión de gases de efecto invernadero sea del 0,1% o que el impacto de los millones de coches y miles de fábricas de los países del norte afecte 50 o 100 veces más al cambio climático. Surge así una especie de naturalización de la acción anti-ecológica de la economía de los países ricos, de sus consumos y de su forma de vida cotidiana, que en realidad son las causantes históricas de las actuales catástrofes naturales. Dicha esquizofrenia ambiental llega a tales extremos, que se dice que la reciente sequía en la Amazonía es responsabilidad de unos cientos de campesinos e indígenas que habilitan sus parcelas familiares para cultivar productos alimenticios y no, por ejemplo, del incesante consumo de combustibles fósiles que en un 95% proviene de una veintena de países del norte, altamente industrializados.

La financiarización de la plusvalía medioambiental

Un segundo componente de esta construcción discursiva de clase es una especie de “financiarización medioambiental”. En los países capitalistas desarrollados ha surgido una economía de seguros, expansiva y altamente lucrativa, que protege a empresas, multinacionales, gobiernos y personas de posibles catástrofes ambientales. Así, el desastre ambiental ha devenido en un lucrativo y ascendente negocio de aseguradoras y reaseguradoras que protegen las inversiones de grandes empresas, no solo de crisis políticas, sino de cataclismos naturales mediante un mercado de “bonos catástrofe” [5] , volviendo al capital “resilente” al calentamiento global. Paralelamente a ello, en los países subalternos emerge un amplio mercado de empresas de transferencia de lo que hemos venido a denominar plusvalía medioambiental.

A través de algunas fundaciones y ONG, las grandes multinacionales del norte financian, en los países pobres, políticas de protección de bosques. Todo, a cambio de los Certificados de Emisión Reducida (CER) [6] que se cotizan en los mercados de carbono. De esta manera, por una tonelada de CO2 que se deja de emitir en un bosque de la Amazonía gracias a unos miles de dólares entregados a una ONG que impide su uso agrícola, una industria norteamericana o alemana de armas, autos o acero, que utiliza como fuente energética al carbón y emite gases de efecto invernadero, puede mantener inalterable su actividad productiva sin necesidad de cambiar de matriz energética o de reducir su emisión de gases ni mucho menos parar la producción de sus mercancías medioambientalmente depredadoras. En otras palabras, a cambio de 100.000 dólares invertidos en un alejado bosque del sur, la empresa puede ganar y ahorrar cientos de millones de dólares, manteniendo la lógica de consumo destructiva inalterada.

Así, hoy el capitalismo depreda la naturaleza y eleva las tasas de ganancia empresarial. Convierte la contaminación en un derecho negociable en la bolsa de valores. Hace de las catástrofes ambientales provocadas por la producción capitalista, una contingencia sujeta a un mercado de seguros. Y finalmente transforma la defensa de la ecología en los países del sur, en un redituable mercado de bonos de carbono concentrado por las grandes empresas y países contaminantes. En definitiva, el capitalismo esta subsumiendo de manera formal y real la naturaleza, tanto en su capacidad creativa, como el mismísimo proceso de su propia destrucción.

Por último, el colonialismo ambiental recoge de su alter ego del norte el divorcio entre naturaleza y sociedad, con una variante. Mientras que el ambientalismo dominante del norte propugna una contemplación de la naturaleza purificada de seres humanos ‒su política de exterminio de indígenas le permite ese exceso‒, el ambientalismo colonizado, por la fuerza de los hechos, se ve obligado a incorporar en este tipo de naturaleza idealizada, a los indígenas que inevitablemente habitan en los bosques. Pero no a cualquier indígena porque, para ellos, el que cultiva la tierra para vender en los mercados, el que reclama un colegio, hospital, carretera o los mismos derechos que cualquier citadino, no es un verdadero sino un falso indígena, un indígena a “medias”, en proceso de campesinización, de mestización; por tanto, un indígena “impuro”. Para el ambientalismo colonial, el indígena “verdadero” es un ser carente de necesidades sociales, casi camuflado con la naturaleza; ese indígena fósil de la postal de los turistas que vienen en busca de una supuesta “autenticidad”, olvidando que ella no es más que un producto de siglos de colonización y despojo de los pueblos del bosque.

En síntesis, no hay nada más intensamente político que la naturaleza, la gestión y los discursos que se tejen alrededor de ella. Lo lamentable es que en ese campo de fuerzas, las políticas dominantes sean, hasta ahora, simplemente las políticas de las clases dominantes. Por eso, aun son largos el camino y la lucha que permitan el surgimiento de una política medioambiental que, a tiempo de fusionar temáticas sociales y ecológicas, proyecte una mirada protectora de la naturaleza desde la perspectiva de las clases subalternas, en lo que alguna vez Marx denominó una acción metabólica mutuamente vivificante entre ser humano y naturaleza [7] .

Fuente: https://www.rebelion.org/noticia.php?id=226695

 

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Argentina: La cruda ofensiva del capital

Por: Fabián Kovacik

Violento desalojo de la multinacional Pepsico

No son tiempos precisamente favorables a los trabajadores los que corren en Argentina. La violenta represión contra los obreros de la planta de la multinacional estadounidense Pepsico, ubicada en la localidad de Florida, al noroeste de la capital, fue un punto de inflexión en la era Macri. A los golpes y las balas de goma se sumó la violación de normas legales por parte de la patronal, con el apoyo explícito del gobierno y los sectores judiciales afines.

El 20 de junio pasado Pepsico Argentina –una fábrica de papas fritas y comidas saladas, con 58 años de presencia en el país– comunicó que la planta de Florida era inviable y sería cerrada, y que 155 de sus 691 trabajadores serían reubicados en la ciudad de Mar del Plata. Seis días después un grupo de los despedidos tomó la planta y 20 días más tarde fueron desalojados violentamente. La jueza Andrea Rodríguez Mentasty ordenó el desalojo, que dejó heridos por los palos y gases repartidos por la Policía Bonaerense. Hay grandes dudas sobre la legitimidad del nombramiento de la magistrada, que obtuvo el cargo de jueza a fines de diciembre de 2015: su ex marido, el diputado provincial macrista Walter Carusso, integra el Consejo de la Magistratura provincial, órgano encargado de designar a los jueces. Veinte días después de asumir Carusso en el Consejo, Rodríguez Mentasty llegó a jueza.

Apenas desalojada la planta en la mañana del viernes 14, el presidente Mauricio Macri advirtió que “no es legal que veinte personas ocupen una fábrica cuando el resto de sus compañeros ya fueron reubicados por la empresa y fueron pagas las indemnizaciones correspondientes”. El titular de Pepsico Argentina es Marcelo Bombau, gerente del grupo Clarín y propietario de al menos 12 sociedades off shore, según revelaron los llamados Panama Papers, sin contar una intrincada trama de participaciones societarias que incluyen los rubros alimentario, inmobiliario y financiero. Bombau también compartió gerencia en la multinacional Milkaut con el actual vicejefe del Gabinete presidencial, Gustavo Lopetegui. Un currículum prototípico de la picaresca empresarial con vínculos políticos. Tras el cierre del 20 de junio, la empresa comenzó a importar productos desde Chile, pese a que el balance de 2016 arrojó ganancias por 4.690 millones de pesos y ubicó a Pepsico Argentina entre las 20 compañías más ganadoras según el ranking elaborado anualmente por la revista especializada Mercado.

El desalojo de la planta llevó a que la Cámara del Trabajo ordenara el martes 17 la reincorporación de 11 trabajadores a partir de un recurso de amparo presentado por los despedidos apenas fueron cesanteados. El caso se convierte en testigo y los trabajadores fueron rodeados por organismos de derechos humanos y partidos de izquierda. En año y medio de gobierno macrista se cerraron 5 mil empresas medianas y pequeñas, con un saldo de 200 mil nuevos desempleados, de acuerdo a datos del Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento.

Hace dos semanas la gobernadora bonaerense, María Eugenia Vidal, advirtió que no toleraría que la empresa de pintura Cintoplom, bajo control obrero desde 2003, siguiera en manos de los trabajadores. La gobernadora vetó una ley de la legislatura provincial que beneficiaba a los trabajadores de la empresa prorrogando el plazo de otorgamiento del inmueble a la cooperativa. Según el decreto firmado por Vidal, prorrogar la expropiación “puede configurar una turbación y restricción al derecho de propiedad”.

Fuente: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=229499&titular=la-cruda-ofensiva-del-capital-

 

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Diario de un voluntario norteamericano en la Guerra Civil Española

La guerra es bella de James Neugass

En su introducción a La guerra es bella, los editores, Peter N. Carroll y Peter Glazer, aportan los datos esenciales de la biografía de James Neugass. Nace este en Nueva Orleans en 1905 en el seno de una familia judía acomodada de origen alemán, y en su juventud realiza estudios variados y viaja por Europa. De regreso a América en 1932, se ocupa en diferentes trabajos, que hace compatibles con una producción poética cuyos frutos llevan ya tiempo apareciendo en revistas especializadas. En 1937 toma la decisión de viajar a España, y aquí conduce ambulancias y participa también en violentos combates hasta marzo de 1938, lo cual constituye la historia que se narra en el libro. De vuelta en Estados Unidos, Neugass trabajó de ebanista y luego de capataz en un taller mecánico, mientras daba forma a una extensa novela, Rain of Ashes, que consiguió ver publicada en junio de 1949, tres meses antes de sufrir un letal ataque al corazón en una estación del metro neoyorkino.

La guerra es bella fue escrito durante su estancia en España y algunos fragmentos se integraron en 1938 en un folleto sobre la Guerra Civil, pero hubo que esperar hasta el año 2000 para que el librero Burton Weiss localizara una copia mecanografiada del texto en una librería de viejo y la enviara a la biblioteca de la Universidad de Illinois, donde llamó la atención de los editores. Levemente retocado para evitar repeticiones y aderezado con notas explicativas, el libro vio la luz en 2008, y en versión española (Papel de liar, trad. de Felipe Osanz) en 2010. El título ironiza con una frase del tristemente célebre poema-soflama de Marinetti, prontuario de locura al servicio de los poderes más oscuros de la Historia.

La acción arranca el 5 de diciembre de 1937, cuando Neugass, que había llegado en noviembre a España, es chófer de ambulancias en el hospital americano de Saelices (Cuenca), donde convive con otros jóvenes voluntarios estadounidenses, excitados todos por la posibilidad de entrar pronto en combate: “Estoy aquí en España porque la historia siempre produce hombres en la línea de Espartaco, que o ponen sus palabras en acción o se vuelven neuróticos mortificándose a sí mismos.” En Tarancón, tras un bombardeo de los facciosos, ve sus primeros muertos en España.

A partir del 12 de diciembre, James Neugass recorre diversas zonas de Aragón con su novia, metamorfoseada en ambulancia, acompañando a su jefe, Edward K. Barsky (1897-1975), legendario cirujano neoyorquino que tuvo un importante papel en los servicios médicos del frente republicano. Los diálogos entre los dos hombres son un arroyo de ironía inteligente que destella en el corazón de la guerra: “¿Sabes, Jim?, no me preocupa que un chófer se ponga a escribir poesía, pero que un poeta se ponga a conducir…” Neugass trasporta médicos, heridos y suministros en un grupo quirúrgico vinculado a la 15ª Brigada Internacional, y tras unas semanas de consumirse en la retaguardia mientras llegan noticias de la batalla por Teruel, al fin el 31 de diciembre parten para el frente. Las continuas nevadas complican el viaje y tras una noche interminable, la unidad médica consigue reagruparse en Aliaga, 50 km al nordeste de Teruel. El 6 de enero Neugass está ya en un hospital precariamente instalado desde el que oye el crepitar de las ametralladoras.

Conviene recordar aquí que el frente establecido en el sur de Aragón en el verano de 1936 tenía un trazado recto norte-sur con una invaginación dentro del territorio republicano que dejaba la ciudad de Teruel en manos de los franquistas. Su conquista en diciembre de 1937 fue una gran noticia para las armas leales, pero las acometidas que se producen en ese sector a partir de ese momento tendrán carácter devastador y acabarán poniendo de manifiesto la inferioridad de las fuerzas republicanas en una estrategia convencional de frentes, ofensivas y contraofensivas.

El 13 de enero, Neugass pasa unas horas en Teruel, ciudad en ruinas llena de caballos muertos, y el día siguiente descubre en Tortajada una novedosa técnica médica al presenciar cómo un joven doctor inglés extrae la sangre de cadáveres recientes para usarla en transfusiones. El desigual equipamiento de los dos bandos es un rasgo esencial de esta guerra, e impregna todas las sensaciones cotidianas. Neugass conduce su ambulancia camuflada con barro por carreteras maltratadas para abastecer de carne doliente los hospitales de campaña que el movimiento de los frentes obliga a improvisar en cualquier sitio, y nos sumerge en los ciclos mentales del que coquetea con la muerte: ocasionales crisis de pánico que domina la voluntad terca de cumplir un deber.

Tras una semana inmovilizado por la fiebre, a primeros de febrero, Neugass disfruta con su unidad de tres días de permiso en Valencia: “Nada puede perturbar la tranquilidad de la luz del sol a orillas del Mediterráneo y la pureza relajante de sus olas, ni siquiera los hombres que tienen tantas ansias de demostrar que la humanidad puede ser repugnante.” Pero es en ese momento precisamente cuando comienza la gran ofensiva franquista sobre Teruel y el día 14 ya está de nuevo en el frente con su ambulancia. El día 17, Muniesa, 100 km al norte de Teruel y su hospital son bombardeados. Neugass, sin perder jamás el humorismo elegante que marca su estilo, nos aporta los detalles sobrecogedores del miedo y la impotencia, del barro ensangrentado y los cuerpos despedazados, aunque luego sus nervios estén de punta y su ánimo roto.

Siguen días tranquilos en Muniesa, a donde llegan los heridos de la 15ª Brigada Internacional en la ofensiva que ésta emprende como maniobra de distracción en la lucha por Teruel. Para finales de febrero, la ciudad está ya en manos de los facciosos, que en poco tiempo avanzan rápido. Neugass sirve con su “cariñito” en el hospital de Híjar y después se ve envuelto en el dantesco horror de lo que se ha denominado “gran retirada”. Tras el 12 de marzo, el diario, fragmentario, deja de consignar fechas y dibuja escenas del heroísmo desesperado de internacionales y españoles en la resistencia imposible. Neugass participa en violentos combates y logra llegar maltrecho a Barcelona, donde toma la decisión de regresar a los Estados Unidos. El 24 de marzo escribe en Cervère (Francia) la última anotación de su diario; resurrección tras semanas en una sucursal del infierno.

Tenemos en las manos el texto que James Neugass tejía en sus ratos libres, a veces sobre el volante de su coche, y en él tienen su lugar las frecuentes bromas de los que lo veían absorto en esta labor. La obra nos acerca a las rutinas y rituales de la guerra, y de la retaguardia ociosa y anhelante a los horrores del frente, una prosa brillante desgrana lo que trae cada día con sabor a vida fresca y un humor inglés y yiddish a la vez. Ante nosotros quedan los hombres animosos y mal equipados que plantaron cara al fascismo mientras el mundo claudicaba, sin que falten descripciones amorosas de un país que sedujo a Neugass con la dignidad de su pobreza, ni anécdotas del desconcierto político que reinaba tras el asalto al poder de los estalinistas. Las notas de los editores aportan un minucioso listado de combatientes internacionales con esbozos biográficos.

James Neugass, un poeta treintañero espigado y miope, no se lo piensa dos veces a la hora de venir a España y arriesgar su pellejo por lo que cree que es justo. Es un intelectual, pero de otra pasta que los que más abundan, esos que usan su intelectualismo para arrebatar privilegios y se construyen de esa forma un refugio. Otros como él pueblan las páginas del libro, y algunos de ellos dejaron su vida en el intento de parar al fascismo en España. Paul y Jim, los hijos de Neugass, muy jóvenes a la muerte de su padre, descubrieron en las páginas de La guerra es bella a un personaje cautivador desconocido para ellos. Lo mismo le ocurre a cualquier lector de la obra.

¿Por qué vine a España?, se pregunta Neugass recurrentemente, y en un momento cree haber hallado la respuesta: Estas son las claves de la guerra que se libra aquí. Que los teóricos y los sofistas hablen cuanto quieran de guerra ‘religiosa’, de conspiración bolchevique’ de ‘ley, orden y renovación de España’. Esta guerra es la lucha internacional del campesino pobre, del pequeño comerciante liberal (…), de los parados y de los obreros industriales contra las charreteras, mitras y plumas de oro internacionales que se lamentan, con extremas demostraciones de silenciosa paciencia, por la sangre que hay que derramar inevitablemente para ‘renovar España’ (…) ¿Poqué vine? No tanto por amor compor asco, supongo.”

Blog del autor: http://www.jesusaller.com/

Fuente:http://www.rebelion.org/noticia.php?id=226928

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Un cuento de hadas de 2050

Por: Jhon Feffer

Traducción del inglés para Rebelión de Carlos Riba García

El invisible monstruo del cambio climático

Introducción de Tom Engelhardt

Si el lector está buscando cuentos de hadas que tengan un sesgo sombrío, algo que solo podría haber sucedido alguna vez en la ficción distópica, no hace falta mirar muy lejos: aquí están nuestro planeta actual y nuestro momento presente. ¿Qué me dice, por ejemplo, de ese iceberg de un billón de toneladas –sí, ‘billon’; no es una errata– que se desprendió la semana pasada de la península Antártica y está flotando a la deriva? Es tan grande como el estado de Delaware y capaz de llenar unos 462 millones de piscinas olímpicas; su volumen duplica el del lago Erie. Si prefiere verlo en términos cinematográficos, entonces considere este estremecedor acontecimiento como si fuera un tráiler de la película que está en las pantallas de todo el mundo. Si en el futuro se desestabilizan partes importantes de la Antártida, veremos títulos de películas (dado el aumento del nivel del mar) como Adiós, Miami, Shangai bajo las aguas, La inundación de Londres, Ámsterdam desde la borda.

Francamente, si cuando hablamos de modernos cuentos de hadas, el lector piensa en Juego de tronos después que no el ‘invierno’ sino el ‘verano’ llega a Westeros, ya estamos en un mundo de cuento de hadas. Entonces, una semana después de que la Antártida cambiara perceptiblemente de forma, parece apropiado fijarse en el trabajo del colaborador habitual de TomDispatch John Feffer, nuestro experto en el futuro distópico del planeta y autor de la novela Splinterlands, que publicamos hace poco en nuestra nueva línea editorial. Hoy, en una extraña inmersión de DT en la ficción, él nos ofrece un cuento de hadas llegado de 2050 (el año en que sucede la historia de Splinterlands). Su hermana “Grimm” es Rachel Leopold, la esposa del famoso “geopaleontólogo” Julian West (ambos han aparecido antes en TomDispatch). En el 2020, él fue quien predijo tan clarividentemente la forma en que la creciente marea de nacionalismo encabezada por los populistas de derechas –como nuestro presidente– cuando se combinara con el cambio climático y otros factores agrietaría el orden internacional y crearía un mundo nuevo, bien que más desesperado. Con este pensamiento, permitidme que masculle, “Una vez, en 2017…”. Ahora cerrad los ojos e imaginad lo inimaginable, porque bastante pronto ese será nuestro mundo.

–ooOoo–

Donald Trump y el triunfo de la antipolítica

Una vez, hace mucho, mucho, tiempo, di mi testimonio ante la gran asamblea de nuestra tierra.

Cuando hoy cuento este acontecimiento a los niños, ellos en realidad no lo toman como un cuento de hadas. Una vez –un tiempo antes de que el mundo se rompiera en un millón de pedazos y Estados Unidos se convirtiera en los estados desunidos de hoy– esta anciana era una joven idealista que trataba de convencer a nuestro poderoso Congreso de que nos acechaba un monstruo.

–¿Te escucharon, tía Raquel? –me preguntaban siempre.

–Bueno, me escuchaban, pero no me oían.

–Entonces, ¿qué hiciste?

–Pensé y pensé; escribí y escribí. Y conseguí redactar una presentación cada vez mejor –les digo pacientemente–. De algún modo tenía que hacer que el monstruo fuese visible a aquella gente poderosa.

–¿A qué se parecía, tía Raquel?

–El monstruo era invisible, mis queridos niños, pero podíamos sentir su cálido aliento. Y éramos capaces de ver las cosas terribles que hacía. Podía hacer crecer los océanos, que se marchitaran los cultivos en el campo. Aun así, seguíamos alimentando a esta bestia terrible.

–Pero… ¿por qué?

–Era lo que el monstruo exigía. Algunos monstruos quieren comer niños pequeños. Otros prefieren jóvenes doncellas. Pero este insistía con buques tanque llenos de petróleo y camiones cargados de carbón. Incluso, según crecía, solo quería más y más.

Cuando llegaba a este punto, los niños siempre tenían los ojos muy abiertos.

–¿Qué hiciste entonces? –me preguntaban.

–Volví a hablar con esa gente importante. Y esta vez, incluso intenté poner más fuerza en la descripción del monstruo –a medida que me internaba en el pasado, las caras de los niños se parecían a las de los políticos muertos hace mucho tiempo–. Les llevé gráficos muy detallados del aumento de las temperaturas. Mencioné estadísticas sobre el impacto de la combustión del carbón y el petróleo y el gas natural. Les presenté fotos de lo que ya había hecho el derretimiento de los hielos y el crecimiento del nivel del mar. Después, les mostré dibujos de lo que sería el futuro: ciudades inundadas, tierras azotadas por la sequía, mares muertos. Ellos miraban pero eran incapaces de ver. Escuchaban pero no oían. La gente importante –concluía–, no siempre es buena gente.

–¿Qué hiciste entonces –preguntaban siempre.

–Dejé de hablar, queridos míos. Vine aquí, a Arcadia, para escapar del monstruo.

Los niños parecían desilusionados. Conocían muy bien los cuentos de hadas. Ellos esperaban que alguien –quizás un príncipe de brillante armadura– apareciera de pronto y matara al monstruo.

–No había príncipe alguno –me lamentaba–. Y el monstruo sigue vivo. Ahora mismo podemos sentir su ardiente respiración.

Por supuesto, mis jóvenes fiscales no entendían mi relato. Hoy, en 2050, el Congreso no existe. No hay reuniones de comisiones. No hay debates intergubernamentales ni encuentros internacionales. Lo mismo podría haberles hablado de los banquetes romanos o las justas medievales. Aun así, mis jóvenes estudiantes siempre reclamaban más historias del desaparecido mundo de Washington DC 2017, como lo harían también si se tratara de una fábula de Esopo. Pero ellos no alcanzaban a percibir la conexión que había entre esos cuentos y su vida presente.

Después de todo, ellos viven en un mudo post-político.

La muerte de la política

Antes de que el termómetro global se volviera loco, antes de que los grandes pánicos económicos de principios de la tercera década del siglo XXI, antes de que aumentaran los enfrentamientos entre los ‘vigilantes’ y yihadíes, antes de que la comunidad internacional se hiciera añicos como un espejo alcanzado por un puñetazo, hubo aquella muerte inicial, que apenas fue percibida en su momento.

Tal como los historiadores –aquellos que quedaron para contarlo– os informan, no hubo funerales por la muerte de la política; tampoco, obituarios. E incluso si los hubiera habido, muy pocos habrían derramado una lágrima. La confianza que el público estadounidense de aquellos tiempos tenía en el Congreso era la más baja entre todas las instituciones: apenas un 9 por ciento confiaban en él, mientras que en las grandes empresas confiaba el 18 por ciento y en las fuerzas armadas, el 73.

En las húmedas marismas de Washington en las que yo vivía en esos tiempos antediluvianos, la política se había convertido en una competición entre dos bandos que se odiaban. Alguna vez ganaba uno de ellos y arrastraba al otro por el estiércol. Después, la situación se revertía. No importa, al final del día, todo estaba cubierto de porquería.

Es cierto, las cosas podrían acabado de otra manera. Podrían haberse aprobado reformas radicales, se podría haber formado una nueva generación de políticos. Pero en el momento de mayor peligro –para el país y el mundo todo– los estadounidenses le dieron la espalda a la política y eligieron el más antipolítico candidato en la historia de EEUU. Los padres fundadores hicieron todo lo que pudieron para garantizar que el sistema no produjese semejante resultado pero no había manera de que pudieran anticipar el surgimiento de un Donald Trump ni las circunstancias que le llevaron al poder.

Cuando los primeros europeos llegaron a lo que más tarde sería América del Norte, hace más de 500 años, portaban armas mucho más poderosas que las hachas de piedra y los garrotes empuñados por los pueblos originarios. Pero no fueron solo las armas de fuego las que resultaron tan devastadoras. Los europeos llevaban en su interior algo mucho más letal: enfermedades invisibles como la viruela y la gripe. Esos virus se abrieron camino entre los nativos matando al 10 por ciento de la población de este continente.

Muchos siglos después, Donald Trump llegó a Washington pertrechado con las armas explícitas de la retórica extremista y la sociopática sangre fría con la que ha destruido a sus adversarios políticos. Pero era lo que llevaba escondido en su interior lo que finalmente llagaría a ser tan catastrófico. A pesar de que durante su campaña electoral él clamaba contra el establishment político que lo pondría en el Despacho Oval, en su peculiar estilo él utilizaba las reglas políticas para conseguirlo. Sin embargo, en el fondo su mayor anhelo era destruir completamente la política; tweet a tweet, escándalo a escándalo.

Y su ataque a la política acabaría con el mundo que conocíamos en Washington año 2017. Al final, haría que las actividades del Congreso, y el Congreso mismo, llegaran a ser irrelevantes. Incluso hoy, habiendo pasado más de 30 años, los cadáveres siguen amontonándose.

El juicio de París

Soy profesora de ciencia en una escuela de jóvenes de Arcadia. No resulta difícil explicar los conceptos científicos básicos que cambiaron tanto nuestro mundo; además, tenemos un laboratorio bien equipado para que los estudiantes hagan experimentos. Entonces, entienden la ciencia del cambio climático. Lo que les desconcierta es la forma en que se presentó la crisis.

–Por qué hicieron nuestros abuelos que las cosas funcionaran siempre un día más? –me preguntó un vez una brillante joven–. ¿Por que no usaban esos estúpidos coches solo los fines de semana?

Nuestros jóvenes sabían poco de lo que no fuera Arcadia, y esta comunidad es totalmente sustentable. Aquí, en este rincón de lo que una vez fue el reino nororiental de Vermont, nosotros producimos todo lo que necesitamos. Lo que no cultivamos, lo sintetizamos o creamos en nuestras impresoras 3-D. Tenemos reducidas relaciones comerciales con las pocas comunidades vecinas. Si se da una muerte inesperada, expedimos otro permiso de nacimiento. Si la carga de nuestras baterías solares baja en el invierno, racionamos la electricidad. Los jóvenes de Arcadia no conciben el desperdicio.

Tampoco conciben la noción –extraño ahora– de comunidad internacional. Nunca se aventuraron más allá de los límites de nuestro pequeño universo. El mundo exterior lo han visto solo gracias al turismo virtual; esto mismo refuerza su deseo de permanecer aquí. Después de todo, el mundo de ahí fuera no es otra cosa que una colección de pequeños y afilados fragmentos, los que mi ex marido acostumbraba llamar “tierras resquebrajadas” de este planeta. Mis estudiantes son incapaces de comprender que esos fragmentos, muchos de ellos peligrosísimos microhabitats, estuvieran una vez reunidos y formaran grandes naciones que, a su vez, colaboraban alguna vez para resolver problemas compartidos. Es como la vieja historia del elefante y los seis ciegos. Los jóvenes de Arcadia pueden imaginar las partes pero –por más sorprendente que pueda parecer– dados los acontecimientos de las tres últimas décadas, la totalidad se les escapa.

Pensad en esa comunidad internacional desaparecida hace mucho tiempo, les digo, como si fuese un niño nacido en 1945 berreando ante unos progenitores que se pasan el día discutiendo. A una infancia problemática le sigue una juventud difícil. Solo en la madurez, al final de la Guerra Fría en 1989, pareció que podía arreglarse sola, aunque eso duró poco tiempo. Desgraciadamente, en unos pocos años, empezó a chochear prematuramente. En 2017, a sus 72 años, la comunidad internacional estaba para el retiro, su salud era frágil y necesitaba desesperadamente de cuidados asistidos.

Una vez se supuso que esta avejentada criatura colectiva, este Caballero del Triste Semblante, sería nuestra salvación, el que mataría al horrible monstruo. Sin embargo, a la hora de la verdad, apenas podía sostener una lanza.

Sin cierto conocimiento del ciclo vital de la comunidad internacional, es posible que mis estudiantes no pudieran entender por qué en la primera parte de este siglo la temperatura global continuó subiendo pese a los mejores esfuerzos de los científicos, los ambientalistas y los ciudadanos preocupados. Varios países, entre ellos Uruguay y Bhután, hicieron todo lo posible para reducir su emisión de carbón y, finalmente, más de una docena de ciudades llegaron a la emisión cero. Muchas personas adoptaron el vegetarianismo, utilizaron coches eléctricos, bajaron el termostato de su casa en invierno, como si el cambio de estilo de vida por sí solo pudiera matar al monstruo.

Lamentablemente, en realidad un problema global requiere una respuesta global. El acuerdo climático de París, que fue firmado por 196 países a finales de 2015, no fue más que eso: un esfuerzo. Solo dos países se negaron a firmar; uno (Siria) porque estaba en medio de una guerra civil y el otro (Nicaragua), solo por fastidiar. Aun así, los términos del acuerdo estaban lejos de ser los adecuados. La comunidad internacional, que se había aunado en esta crepuscular cooperación, entendió bien la dimensión del desafío: hacer que la temperatura global no subiera más de 2º C respecto de la temperatura media de la era preindustrial. Sin embargo, lo mejor habría sido que el tratado de París limitara en 3º el aumento de la temperatura. Como todo el mundo sabe ahora, lo que sucedió no fue precisamente lo mejor.

Fue así como esa comunidad abandonó la misma idea de sustentabilidad y abrazó a su prima menor, la resiliencia. Trato de explicar a mis estudiantes que sustentabilidad es todo lo que tiene que ver con armonía, es decir, mantener el equilibrio, no extraer nunca más que lo que devolvemos. Mientras que resiliencia tiene que ver con las adaptaciones necesarias para sortear una situación crítica, esto es, con simplemente arreglárnoslas. El juicio de París –con su guiño a la resiliencia– fue, de hecho, el reconocimiento de un fracaso.

Aunque con imperfecciones, al menos formó parte de un proceso. Esto es todo lo que pretende la política democrática, les digo a mis acusadores. Se trata de comenzar en algún sitio y esperar que a partir de ahí todo mejore. Después de todo, siempre existe la posibilidad de que un día se pueda pasar de la resiliencia a la sustentabilidad.

Pero, por supuesto, también existe la opción de retroceder, que es exactamente lo que pasó: la ‘liga mayor’ –según una expresión del nuevo presidente de Estados Unidos– en 2017.

La revolución Trump

Es un hecho poco afortunado de nuestro mundo que destruir sea mucho más fácil que construir. Cualquiera puede golpear con un mazo, pero son pocos los que pueden emplear una paleta de albañil. Un estornudo involuntario puede echar abajo el más elaborado castillo de naipes.

Donald Trump fue mucho más que un estornudo. Su devoción por la destrucción de la “administración estatal” era impresionante. En ese tiempo, todos estábamos tan centrados en el especto nacional de esa destrucción –el derribo de los pilares del estado de bienestar, la supresión del sistema universal de salud, la reducción de todo tipo de protecciones legales y derechos de los votantes– que nos olvidamos de prestar la debida atención a la forma devastadora que se extendía esa destrucción fuera de nuestras fronteras.

Así es, el nuevo presidente anuló acuerdos comerciales pendientes, menospreció a aliados tradicionales y cuestionó la utilidad de acuerdos como el que permitía el programa nuclear iraní. Pero, en su mayor parte, esos eran ataques de índole bilateral. Mucho más peligrosos eran sus feroces acciones contra el orden internacional.

La más importante, por supuesto, fue su decisión de retirarse del acuerdo de París. Admitámoslo, se trataba de un compromiso débil y no vinculante. Aun así, eso para Donald Trump era demasiado. El presidente declaró que al acuerdo pondría en desventaja a los estadounidenses y obligaría a que los trabajadores y contribuyentes “absorbieran el costo” de la reducción de las emisiones de gases de invernadero por la “pérdida de puestos de trabajo, baja de salarios, cierre de fábricas y una enorme disminución de la actividad económica”. El que nada de eso fuese verdad no tenía importancia. En Estados Unidos, los programas relacionados con las energías renovables estaban creando más empleos bien pagados que los que la industria contaminante estaba tratando de conservar. Sin embargo, en su afán destructivo el presidente Trump jamás sintió la necesidad de justificar sus acciones recurriendo a los hechos reales.

Por otra parte, Estados Unidos era el país más rico del mundo y al mismo tiempo –históricamente– el mayor productor de emisiones de dióxido de carbono. Como les decimos a nuestros estudiantes aquí en Arcadia, si eres el mayor responsable de la suciedad, también deberías ser el mayor responsable de la limpieza. Este es un concepto sencillo para la comprensión de los jóvenes. Aun así, estuvo más allá de la capacidad de comprensión de la mayor parte de los estadounidenses.

Peor aun que ser meramente indiferente, el nuevo presidente estaba resuelto a acelerar el calentamiento global –en solitario, si fuera necesario–, expandiendo las perforaciones en el mar, permitiendo la construcción de más gasoductos y oleoductos, reduciendo las restricciones de todo tipo imaginable en la industria de los combustibles fósiles, recortando el apoyo al desarrollo de energías alternativas, estimulando la producción de vehículos que tragaban demasiado combustible y rebajando drásticamente los fondos necesarios para asegura el cumplimiento de todos los estándares medioambientales imaginables. En otras palabras, Trump no solo no deseaba dejar bajo tierra el tesoro representado por los combustibles fósiles: además, estaba impaciente dar al monstruo incluso más alimento que el que exigía.

De haber estado nosotros viviendo tiempos normales, habría sido posible luchar políticamente con eficacia contra esta arremetida. Pero justamente cuando el punto de vista basado en el carbón de Estados Unidos y el mundo estaba en su momento culminante, la política fue arrumbada en el trastero y liquidada.

La política de la antipolítica

Recuerdo el nacimiento de la antipolítica. Yo era joven cuando los disidentes del mundo comunista empezaron a asociar la actividad política oficial con el apoyo a un orden inmoral. Ellos creían que votar no tenía sentido si el partido gobernante obtenía el 99 por ciento de los votos en juego. Si el líder del Partido y el Politburó acababan siempre decidiendo todo, los parlamentos no eran más que cáscaras vacías. Cuando la política transige de esta manera, todo el mundo salvo los oportunistas se repliegan en la antipolítica.

El comunismo se murió en 1989, y la política renació en aquellos países de la antipolítica, pero su vida fue demasiado breve. En cuestión de una década, los nuevos conversos de la democracia empezaron a regresar a sus viejos recelos ante todo lo político, y los políticos convencionales pasaron a ser el enemigo. Una vez más, la colaboración y el compromiso eran anatema.

Y entonces, este mismo descontento con la política tal como la conocíamos comenzó a extenderse fuera de los confines del mundo postcomunista. Los votantes de otro sitio –aquellos con inclinación por los países unipartidarios o de líder único– se quedaban deslumbrados por el político más liberal. Donald Trump fue apenas uno más en esta nueva fraternidad de nacional-populistas, entre los cuales estaban Vladimir Putin, de Rusia; Recep Tayyip Erdogan, de Turquía; Rodrigo Duterte, de Filipinas; y Viktor Orban, de Hungría. Todos ellos comenzaron rápidamente a acumular poder en sus manos en un intento de gobernar por decreto (o, en el caso de Trump, mediante órdenes ejecutivas). En el ínterin, como estrategia, utilizaron la antipolítica para derrotar cualquier desafío en el ámbito nacional o en el exterior*.

Fue extraño que en tantos países, los votantes fueran aparentemente incapaces de darse cuenta de que esta nueva antipolítica recortaría sus derechos. Todos estos autócratas llegaron al poder, no por un golpe de Estado, sino mediante elecciones democráticas. Igualmente extraño fue el hecho de que, en esos años, fueran los jóvenes quienes, en proporciones cada vez mayores, ya no consideraran importante vivir en una democracia. Cuando solo los viejos creen en un sistema como ese, ya solo falta un paso para llegar a la tumba.

Quizá la culpa fuera de la economía. Casi uniformemente, los partidos más importantes de esos países tenían políticas que ensanchaban la brecha entre ricos y pobres, que robaban el empleo a la gente joven como también cualquier esperanza de un futuro. No debe sorprender entonces que ellos perdieran la fe en la profana religión de la democracia.

O talvez fuera la tecnología la que mató la política. El ordenador y el teléfono móvil se combinaron para reducir el espacio de atención necesario para la participación sostenida en los asuntos públicos. Las minicomunidades creadas por las redes sociales obviaron la necesidad de relacionarse con quienes no compartían las pequeñas preocupaciones que alguien podía tener. Y, por supuesto, cada uno empezó a reclamar resultados inmediatos con solo pulsar una tecla, lo cual –en el ámbito de la política– se tradujo en la utilización cada vez mayor de los decretos.

Durante un breve momento, el ‘impacto’ Trump provocó una reacción contraria. En Estados Unidos, hubo enormes manifestacioenes mientras algunos poco comprensivos burócratas del gobierno se atrincheraban porfiadamente en su posición; pero esto no hizo más que reforzar el discurso populista de una irresponsable elite liberal y, con ello, la profunda hostilidad estatal. En este breve lapso de aparente retroceso, los aliados europeos de Trump incluso perdieron algunas elecciones, pero quienes triunfaron en esos comicios continuaron con las políticas que perjudicaban económica y políticamente a la mayoría; en la siguiente confrontación o en la que seguía a ésta ocurrió lo previsible.

Como recuerdan quienes tienen cierta edad, a la larga el mismo Trump fue defenestrado vencido al fin por su contraproducente espíritu vengativo. En ese momento, sus críticos gozaron por el Schadenfreude**, solo para descubrir que él era reemplazado más que velozmente por alguien que compartía tenía su mismo talante destructivo y antipolítico, aunque sin sus rasgos personales más desfavorables.

Trump dejó atónita a la comunidad internacional; sus sucesores la destruyeron interiormente. Y, como todo el mundo sabe hoy en la Tierra fragmentada, el monstruo continuó recibiendo su alimento mientras las temperaturas, las inundaciones, las sequías, los salvajes incendios forestales, el nivel del mar, las olas de refugiados y el resto de calamidades continuaban aumentando inexorablemente.

El final de la infancia

Los cuentos de hadas deberían tener un final feliz. Yo les aseguro a mis estudiantes que en Arcadia están a salvo. Pueden ver por ellos mismos que nuestros cultivos son exitosos. Están los suficientemente lejos de las mareas oceánicas como para no sentir temor por el agua. Participan en la vida política democrática de nuestra comunidad. A pesar de algún problema ocasional, Arcadia, es una pequeña isla de esperanza en un mar de desesperación.

La temperatura continúa trepando. Fuera, la pelea por los recursos es cada año más encarnizada. Muchas de las comunidades que salpicaban una vez el paisaje alrededor de la nuestra no son más que un recuerdo. El muro que rodea a Arcadia es prácticamente inexpugnable y nuestro arsenal está muy bien provisto, pero la pregunta sigue siendo: ¿podremos sobrevivir sin la presencia de nuestros integrantes fundadores, quienes en estos momentos están empezando a morirse?

Criamos y educamos a nuestros hijos, pero la amenaza de un crecimiento aun mayor del mismo monstruo sigue vigente. Mientras se hacen adultos, algunos de los jóvenes sostienen que mi generación ha fracasado al no haber matado al monstruo; desgraciadamente, no podrían estar más en lo cierto. Creo que nosotros, al menos aquí en Arcadia, hicimos lo mejor que pudimos, pero lamentablemente no fue todo lo bueno que debía ser.

Dentro de poco tiempo nuestros jóvenes tomarán el testigo y seremos reemplazados. Se ocuparán de cultivar la tierra y mantener nuestro arsenal. En ausencia de una solución política para el cambio climático, continuarán buscando una solución científica y una comunidad internacional que la imponga. Y ellos serán quienes deberán asegurar que el monstruo –por mucho que resople y resople y amenace nuestro sustento– no acabe también echando abajo nuestra casa.

Notas:

* En la lista presentada unas líneas más arriba falta Mauricio Macri, presidente de Argentina desde diciembre de 2015, quien encaja perfectamente en la descripción que el autor hace de los gobernantes elegidos democráticamente cuya política es la antipolítica. (N. del T.)

** En alemán en el original. Schadenfreude significa ‘el mal ajeno’. (N. del T.)

John Feffer es autor de la novela distópica Splinterlands (publicada recientemente por Dispatch Books y Haymarket Books); Publishers Weekly dice de ella: “se trata de una advertencia escalofriante, seria e intuitiva”. Es director de Política Exterior en el Instituto de Estudios Políticos y colaborador habitual de TomDispatch.

Fuente: http://www.tomdispatch.com/post/176309/tomgram%3A_john_feffer%2C_the_invisible_monster_of_climate_change/#more

 

Fuente: rebelion .org

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