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El hambre “Imaginaria” de Sofía y Rebeca

Quienes les digan que vivimos en un país que está en crisis, crisis es seguramente lo que pueden tener en sus mentes, porque no es lo que está pasando” Enrique Peña Nieto.

El día 04 de abril fue la aplicación del examen para ingresar a nivel secundaria a los alumnos de sexto grado en Coahuila. Como maestro de 5° año me correspondió aplicar la evaluación a uno de los dos grupos de  sexto grado que hay en mi escuela primaria, la cual está ubicada en una comunidad rural del estado;  la aplicación del examen dio inicio a las 2:30 p.m. y concluyó a las 5 de la tarde.

Debido a la aplicación del examen, el recreo de los alumnos evaluados se recorrió hasta que finalizara la evaluación. Una examen que los alumnos realizaron en condiciones desfavorables, puesto que nuestra escuela tiene problemas lamentables de infraestructura, el aire acondicionado no funciona y la mesa directiva de padres de familia no ha logrado reunir los recursos económicos para dar el mantenimiento al aparato, lo que provocó que la evaluación se llevara a cabo en un salón a una temperatura de aproximadamente de 35 grados.

Por lo anterior y tratando de mitigar los estragos del calor, como maestro aplicador abrí ventanas y cortinas del aula, luego tomé una silla para ubicarme en la entrada del salón para recibir las pequeñas ráfagas de viento seco que había en el exterior. En punto de la 4 de la tarde, el resto de los alumnos de la escuela salió a tomar su recreo, por este motivo llegó hasta nuestro salón una pequeña alumna de 2° grado, Sofía es su nombre, una niña menudita y con rostro triste, su apariencia física y de vestuario denotaban un origen de  pobreza y marginación.

Cómo lo mencioné, en ese momento me ubicaba en la entrada del salón, la pequeña Sofía me preguntó por Rebeca su prima, inmediatamente pregunté en voz alta sobre quién era Rebeca, varios de los alumnos señalaron con su mano a su compañera, Rebeca con una timidez significativa levantó la mano para confirmar que era ella, inmediatamente le solicité que viniera porque la buscaba su prima.

Ya en la entrada del salón, Sofía y Rebeca empezaron murmurar con voz muy baja, se miraban una a la otra; el silencio y el rostro triste de las dos alumnas llamaron mi atención y curiosidad, por lo cual tomé la decisión de preguntarles qué sucedía. Sofía me contestó que venía a ver sí su prima le daba de su lonche, yo sin medir la trascendencia del hecho, le indique a Rebeca que le compartiera la mitad de su comida, sin embargo, Rebeca lastimosamente contestó que ella tampoco traía.

Una respuesta que me quebró inmediatamente como ser humano, pero más me lastimó emocionalmente cuando reaccioné y le dije a Sofía que no se preocupara, que fuera a la tiendita escolar y pidiera 2 gorditas a la señora Sandra, la encargada. No sé sí fue vergüenza, humillación o simplemente impotencia, pero Sofía ya con lágrimas en los ojos, salió corriendo en dirección contraria a la tiendita, perdiéndose entre los cientos de niños que jugaban en el recreo.

Una realidad social que se repite de esta y de otras muchas formas desgarradoras en este país de la indiferencia y la desigualdad. Un país donde es casi natural que sus gobernantes disimulen, mientan y hasta se burlen socarronamente de las carencias brutales de su pueblo.

El terrible drama de hambre que viven diariamente Sofía y Rebeca,  alumnas que sienten en su estómago la necesidad urgente de comer aunque sea algo, es una urgencia que no es de ningún modo una crisis de mente o “imaginaria” como desafortunadamente el presidente de la república afirmó en días pasados, es una crisis real que araña las entrañas de quien siente la sensación vacía de hambre, es una exigencia biológica inaplazable que se requiere atender inmediatamente sin excusa.

Sin embargo este drama no termina aquí, porque habría que preguntarnos más detenidamente por la situación académica de Rebeca, qué futuro le espera en su resultado de la evaluación que realizó sin alimento en su estómago, con una temperatura tan alta dentro del salón de clases y sobretodo, con una autoestima destrozada y mutilada por la inviabilidad de un modelo económico que es irracional e inhumano y una clase gobernante insensible que desprecia el dolor y las necesidades urgentes de su gente.

Lo más triste de todo esto, es que Sofía y Rebeca son sólo una muestra lamentable de una realidad que viven millones de niños en este país, que no conforme de que no pueden satisfacer su demanda básica de alimentación, son también lastimados en su lado emocional al ser implícitamente exhibidos cruelmente por su condición de pobreza como fue el caso del llanto y huida de la pequeña Sofía.

Pero este nivel de exclusión no termina con la deplorable marginación a la que están expuestos estos millones de niños, sino que además tienen que enfrentarse a un sistema educativo que está diseñado para otro tipo de alumnos. El Nuevo Modelo Educativo que de paso no es nuevo ni es modelo, tiene un diseño curricular y pedagógico pensado para niños de clase media, para alumnos con una condición social diferente  a la de Sofía y Rebeca, un modelo educativo que las discrimina.

Por lo tanto, estamos ante un modelo económico y educativo que es doblemente excluyente de niños y jóvenes que viven en condiciones similares a las de Sofía y  Rebeca, un sistema incongruente que ha generado 53 millones de población  en condición de pobreza y pobreza extrema, de los cuales varios millones  son alumnos  inscritos en las escuelas públicas que hay en el país.

Y sí a esta realidad de hambre y desatención educativa le agregamos la violencia y desintegración familiar, el maremágnum de seudo cultura a la que están expuestos diariamente los alumnos, la deteriorada infraestructura y servicio que otorga la escuela pública, entre otros muchos factores. Tenemos ante nosotros, un escenario social y escolar brutalmente adverso, el cual inevitablemente nos ha llevado a tener los lamentables resultados en el tema educativo.

Por eso, quien se atreve a decir que el problema de la educación en México se soluciona evaluando a los maestros, como es el caso de Aurelio Nuño y casi toda la clase política y empresarial de este país pecan de irresponsables e indolentes, porque la pobreza de Sofía y Rebeca es real, porque la carencia de infraestructura en su escuela existe, porque su componente emocional destruido es un hecho, porque su tejido familiar roto es innegable y porque su nulo acceso a la cultura es comprobable.

Pero principalmente, porque el hambre de Sofía y Rebeca está viva, no es ficticia ni mucho menos inventada, es un hambre que denuncia fuertemente con su silencio el “INSULTO” de un presidente insensible, un presidente incapaz y un presidente que nunca ha estado a la altura de las circunstancias, un presidente que menosprecia irresponsablemente la realidad de los más pobres, de los que menos tienen, de los que ahora hace llamar también, “dementes”.

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El hambre “Imaginaria” de Sofía y Rebeca

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Mercantilización de la educación

Xavier Díez
Viento sur

Si preguntamos a cualquier actor que participa en esa representación teatral cotidiana que es la escuela, esto es, alumnos, padres, madres, maestros, inspectores, personal de administración y servicios, académicos, políticos… expresarán cierta preocupación por la evolución de la educación en muchos sentidos. También muchos detectarán que uno de los problemas tiene que ver con la ausencia de un marco normativo mínimamente estable. Es más, detectaríamos una corriente de reformas que, al igual que sucede con otros sectores esenciales de la sociedad, parecen haber sido hechas con el ánimo de deteriorarla. En cierta medida, si existe un mínimo consenso entre la pluralidad de intereses y orientaciones políticas, es que la escuela tiene problemas, y que la evolución de los últimos años sólo hace que empeorarlos.

Reformas educativas a escala planetaria

Ahora bien, uno de los problemas que tenemos en nuestro país en general, y nuestra educación en particular, es nuestra proverbial tendencia a mirarnos el ombligo. Preocupaciones y angustias similares están aconteciendo en varios países. Y reformas polémicas y estériles también marcan las agendas políticas de países como Francia, Portugal, Inglaterra y Gales, Suecia o Italia.

Precisamente en Italia, Silvio Berlusconi, hombre capaz de hacer groserías sublimes cuando de defender la última reforma educativa se trata, y en un ataque de sinceridad, sintetizó lo que debían ser las líneas políticas que tenían que transformar el sistema educativo italiano en la línea de eficacia empresarial que tanto entusiasmo causa entre sus afines. Decía que, la educación italiana debía fundamentarse en las tres «I»: “Inglese, Informatica e Impresa” o en otros términos, había que redefinir su orientación para adquirir competencias tecnológicas, usar el inglés como lengua vehicular, y utilizar el sistema educativo para esta tendencia cada vez más extendida, hacer «enaltecimiento del capitalismo», que es la finalidad que persiguen en todas partes nuevas asignaturas y contenidos como «emprendimiento». En cierta medida, las tres «I» italianas, sirven para resumir las prioridades de las políticas educativas de los próximos años.

Más allá de simplificaciones más o menos brillantes, lo cierto es que los sistemas educativos occidentales están pasando por una fase de homogeneización. Cada vez las reformas educativas se parecen más unas a otras.

Y estas pasan por elementos como la estandarización especialmente a partir de procesos de evaluación cada vez más homogéneos y cuantitativos, con la voluntad de reducir la complejidad del hecho educativo a estadísticas y la gestión de datos al más puro estilo big data, (y aquí los informes PISA tienen una importancia capital), a hacer auditorías propias del mundo empresarial para puntuar escuelas e institutos, a aplicar procesos industriales y empresariales en un trabajo, la docencia, de carácter esencialmente artesanal.

También encontramos la sustitución de contenidos convencionales, tradicionalmente asumidos como aquel conjunto de saberes que debe conocer la ciudadanía por competencias básicas. Estas son definidas por Nico Hirtt como una simplificación de conocimientos y el aprendizaje de habilidades para adaptarse al cambiante mundo laboral. Con cierta ironía, el filólogo Jaume Aulet, las ha traducido como «lo básico para competir», es decir, que el cambio de contenidos por competencias busca sustituir la escuela, de espacio de aprendizaje, a espacio de adiestramiento.

Muy ligado a esto, y como ya denuncia la filósofa Martha Nussbaum, otro de los pilares de las reformas consiste en abolir las humanidades. Aquellos conocimientos que servían para comprender el mundo (y que Marx advertía que era condición necesaria para transformarlo) ahora pasan a ser reservados para la élite. Porque, efectivamente, en los grandes centros académicos reservados para los alumnos destinados a mover los hilos en la arena global (Oxford, Eton, Cambridge, las universidades de la Ivy League, la ENA francesa, el col • legi del Pilar de Madrid, Virtèlia en Barcelona) potencian en sus currículos la filosofía o la literatura. Incluso en las academias militares de West Point o Sandhurst recomiendan a sus futuros oficiales a graduarse en alguna rama de las humanidades. Con las humanidades es posible adquirir las habilidades para pensar y mandar. Con las competencias básicas, destinadas para los estratos inferiores, se adquieren las capacidades imprescindibles para trabajar y obedecer, sin tener recursos para cuestionar órdenes.

Otro de los hechos que acompañan las reformas son los procesos de privatización, que pueden ser endógenos (con servicios, comedores, formación permanente, personal educativo, …), que pasan a ser gestionados por empresas, a menudo muy vinculadas al poder político; o también exógenos, es decir, que directamente las escuelas pasan a ser gestionadas por empresas. Esto ya ha pasado en Inglaterra, Estados Unidos, Chile o Suecia, por poner un ejemplo. De hecho, de ejemplos curiosos podemos encontrar a manos llenas. En Chile se privatizaron gracias al golpe de Estado de Pinochet en 1973; en Nueva Orleans se usó la destrucción ocasionada por el huracán Katrina para eliminar prácticamente la red pública y pasar las competencias educativas a varias «charter schools» e impulsar los «vouchers» o «cheques educativos» para que las familias buscaran escuelas privadas. En Inglaterra, las reformas en la época de Tony Blair permitieron cerrar aquellos centros con malos resultados y pasar su gestión a empresas como Ferrovial, aunque una parte importante fue adjudicada a varias empresas como SERCO, especializadas en defensa, gestión de centros penitenciarios o de internamiento de extranjeros.

Hay otros países, como es el caso de Catalunya, donde quizá resulte más difícil que pasen cosas como estas, porque ya disponen de sistemas duales, es decir, con una fuerte presencia de centros de gestión privada, mayoritariamente a cargo de órdenes religiosas, que reciben una generosa financiación pública. De hecho, allí donde hay presencia de una red concertada, coincide con una fuerte dualización educativa; escuelas de ricos y de pobres; sistemas basados ​​en competencia desleal, lo que acompaña procesos de dualización social y sociedades internamente rotas y descohesionadas.

Finalmente, y aquí entraríamos directamente en el «cui prodest», asistimos a una abducción de los sistemas educativos por parte del mundo empresarial. Los diversos lobbies empresariales hace décadas que tratan de intervenir en la política educativa con la intención de poner escuelas e institutos al servicio de las empresas. Los laboratorios de ideas de la patronal, como puede ser la Fundación Catalunya Oberta o EduCaixa están obsesionados con arrebatar al Estado el control de la escuela para que ésta forme trabajadores solícitos, y eviten que en las aulas, los docentes formen ciudadanos críticos.

Todo ello se acompaña de una verdadera involución del mundo universitario. Las reformas han comenzado por la parte alta de la educación, en el sentido de que han adquirido e imitado las fórmulas de los sistemas universitarios globalizados de Estados Unidos. El Plan Bolonia (2009) ha sido el punto de inflexión en el que, de acuerdo con las directrices del empresariado global ha subvertido las formas y los objetivos de las universidades. De formar élites, a convertirse en negocio; de convertirse en pilar de la cultura, a vender humo a crédito, al más puro estilo de la economía financiera. Vamos a concretar. Todos los estados europeos adaptaron sus sistemas universitarios excepto tres: Reino Unido, Irlanda y Malta. ¿Por qué? Por que todos eran ya Bolonia; con su sistema de créditos, las posibilidades de comercialización de servicios, su conversión de autonomía universitaria en un formato empresarial, en su sometimiento a los intereses económicos, en su erosión, hasta el final, de sus antiguas prácticas democráticas y la imposición de una fórmula de gestión propia de una Sociedad Anónima.

También, y teniendo en cuenta que un título universitario sigue siendo una apuesta para competir en mejores condiciones en busca de mayor estatus económico y profesional, y por su condición de ascensor social, es lógico que la principal reforma universitaria haya consistido en un encarecimiento de las tasas. Esto responde a dos objetivos. El primero, serrar el cable del ascensor, evitar que personas de estratos modestos puedan subir y blindar la posición de los que ya ocupan los pisos superiores, en un momento en que las clases medias sufren un riesgo serio de derrumbe. El segundo, y de acuerdo con lo que ya está pasando en Estados Unidos, en Latinoamérica, el Reino Unido (y aquí empieza a suceder discretamente) para alimentar la nueva burbuja: la burbuja educativa. Millones de familias y estudiantes se están endeudando para ejercer el derecho a estudiar y formarse. Los bancos ven en esta necesidad básica una fórmula de negocio a la que no quieren renunciar. La mayoría de estadounidenses de clase media con grado universitario continúan pagando una deuda inflada de manera artificial. Una anécdota muy significativa es que el propio presidente Obama no terminó de pagar hasta que llevaba unos años en la Casa Blanca.

El papel de los organismos financieros y las estrategias educativas globales

Como decíamos, nosotros percibimos localmente lo que es un fenómeno global. Detrás de buena parte de las reformas educativas sincronizadas encontramos a la OCDE. Este organismo internacional de carácter mixto entre las Naciones Unidas y un club de países ricos, fue en sus orígenes una entidad surgida de los acuerdos de Bretton Woods en 1944 que, bajo la forma de Organización para la Cooperación Económica Europea, fue encargada de gestionar el Plan Marshall de reconstrucción del continente después de la Segunda Guerra Mundial. A partir de 1961 tomó su denominación actual, y se convirtió en uno de los organismos encargados de promover el desarrollo económico de varios países, de acuerdo con los parámetros de la economía capitalista. Esta alianza de países, trataba de perseguir el crecimiento económico a partir de promover la estabilidad financiera, el comercio, la tecnología o las buenas prácticas gubernamentales. Esto implicaba que uno de los principales pilares deviniera la inversión educativa. Y, de hecho, durante las décadas de los sesenta y buena parte de la de 1970 impulsó reformas educativas para mejorar la eficiencia de la industria.

Un buen ejemplo es que la OCDE, uno de los pocos organismos que admitía España como miembro en una época, la franquista, de aislamiento internacional, participó en la elaboración del libro blanco de educación que dio lugar a la Ley general de Educación de 1970. la OCDE quería que España tuviera un sistema educativo que permitiera extender la escolarización primaria y secundaria a millones de estudiantes marginados del sistema educativo con el fin de promover una mano de obra mejor formada. Esto, en cierta medida la hace responsable de la masificación de los sistemas educativos en los institutos y en las facultades universitarias que vivimos en los años ochenta y noventa del siglo pasado.

El problema fue que, a partir de inicios de la década de 1980, cuando el sistema industrial fordista parece que empieza a tener problemas de viabilidad, esta estrategia de expansión educativa empieza a ser corregida. A partir de 1973 los economistas clásicos, la tendencia ideológica del neoliberalismo, se apropia de las viejas organizaciones de Bretton Woods (el FMI, el BM, el GATT), y termina haciendo involucionar las intenciones primigenias para pasar a impulsar otro tipo de política económica. La OCDE que sobre todo hace estudios, confecciona estadísticas con gran competencia y elabora informes muy detallados y profesionales, pasa de considerar los sistemas educativos como medios para alcanzar el desarrollo económico, a objetivos en sí mismos. La escuela ya no será aquel espacio tradicional de ascensor social, sino que pasará a ser considerado como un espacio de adoctrinamiento capitalista y un objetivo de negocio. La transición de un sistema industrial, fordista, a uno de financiero hace que la escuela ya no tenga que formar trabajadores para las fábricas, sino un no-lugar, en términos de Marc Augé, un espacio indefinido que a menudo se convierte en un espacio de tráfico o confinamiento en un capitalismo en el que pasamos del humo de las fábricas a fabricar el humo de la especulación financiera.

A partir de este momento, cuando el paradigma económico se transforma radicalmente, la OCDE asume el neoliberalismo como religión. Como todo sistema de creencias, impulsa sin recelos los 10 mandamientos compilados por John Williamson en 1989 en lo que se conoce como el Consenso de Washington y que, como todo pensamiento religioso, construye una tríada que convertirá el mantra actual a acatar por todos los gobiernos: desregulación, recortes y privatización. A mí me gusta denominarlo el Triángulo de las Bermudas, porque allí donde pasa desaparecen los derechos sociales, concretamente, el derecho a la educación, que pasa a ser transformada en un negocio más.

El neoliberalismo transforma a fondo las sociedades. Sin el viejo sistema industrial, con la especulación como principal industria, desde un punto de vista sociológico, pasamos de ser una sociedad de clases (en lenguaje marxista) a una sociedad líquida (en términos de Zygmunt Bauman). Este es uno de los factores que ha causado una gran desorientación a la izquierda, que ahora parece incapaz de comprender el mundo, y, por tanto, de transformarlo.

Vayamos por partes. Si bien durante la época que los historiadores franceses llaman «los treinta gloriosos», referido al periodo de crecimiento económico de 1945-1975, y los anglosajones denominan la era del Wellfare, entramos de lleno en lo que el economista y premio Nobel Joseph Stiglitz denomina como la gran divergencia. A partir de este momento, las diferencias sociales se ensanchan en una medida que recuerdan la era anterior a la Primera Guerra Mundial. Diferencias de renta, salariales, y también culturales y educativas hacen insostenible toda cohesión social. Ya no podemos hablar de clases integradas en una sola sociedad, sino de dos universos paralelos, de galaxias que se alejan de manera virulenta. Así, usurpando una expresión de Umberto Eco, la sociedad ya no se divide entre «los de arriba» y «los de abajo», sino entre los integrados (que gozan de redes de protección y seguridad) y los apocalípticos (aquellos que no tienen nada más que a sí mismos, van perdiendo los derechos sociales, y son a menudo presentados como una especie de zombis): los pobres, los inmigrantes, los ni-ni, la gente refugiada, precaria, …

Esto se traduce en lo que el pensador recientemente fallecido, Zygmunt Bauman denomina la sociedad líquida. Bauman considera que el cambio de paradigma se fundamenta en que las personas, que antes se consideraban ligadas a sus comunidades pierden los referentes, las seguridades que antes otorgaban instituciones sólidas (Estado, nación, clase, pueblo, profesión, sindicato, familia,…). Nadie parece garantizar la seguridad personal, ni el hecho de tener una carrera profesional, ni un trabajo para toda la vida, ni una familia más o menos estable. Ante los azares de la existencia y la globalización negativa, el individuo queda solo, abandonado a su suerte, sin anclajes colectivos ni morales, dejado a su propia responsabilidad. Cualquier éxito del pasado no servirá de gran cosa en el futuro. Cualquier título académico, en una dinámica de cambio y transformación constante, será rápidamente caducable. Aquí, como recuerda Christian Laval, cada uno debe hacer de empresario de sí mismo. La suerte o la desgracia es atribuida a la acción individual: cada persona es culpable de sus fracasos mientras que cada éxito resulta efímero. Las consecuencias son demoledoras. El individuo ya no tiene ninguna referencia, se encuentra solo, abandonado, desprotegido, y eso no hace más que generar un malestar y un miedo, que como constatamos en la actualidad, será explotado por cualquier aventurero político o por algún aprovechado dispuesto a vender soluciones milagrosas (casi siempre utilizando formas de «coaching» y pensamiento positivo). la precariedad ya está convirtiéndose en el nuevo modo de vida, la epidémía del siglo XXI, como nos recuerda Guy Standing.

Y aquí entramos en lo que el pensador Ulrich Beck denomina «la sociedad del riesgo». La ausencia de seguridades, de seguridad económica, de tener trabajo, carrera, familia, comunidad, sindicato, vecindario, hace que vivamos en una sociedad donde cada persona corre el riesgo de perder el tren, de ser relegado, de perder el estatus. Ya lo hemos visto: Los votantes de Marine Lepen o Donald Trump expresan este mundo en el que los perdedores son los mismos de siempre, porque los riesgos son siempre asimétricos: las élites blindan sus privilegios y disfrutan de sus tarjetas Black, mientras que el resto son desahuciados de sus hogares con la tarjeta roja de la globalización negativa. Aquí, el gueto es la imagen física, la metáfora del mundo globalizado. Cuando hablamos de gueto nos referimos, tanto el conformado por las élites o para aquellos sectores acomodados que se aíslan en urbanizaciones privadas o escuelas privadas, como el generado por los perdedores del sistema, que viven sin trabajo estable, en entornos degradados, precarios y empobrecidos, como las banlieux de Francia o como los barrios de favelas o escuelas con elevados porcentajes de pobreza.

El gueto, o con más precisión, el hipergueto (en términos de Loïc Wacquant) deviene la forma de vida actual y del futuro. De hecho, Ulrich Beck utiliza el término de «Brasilerización de occidente» para describir estos procesos de marginación social y cultural. Barrios privados, acomodados, ordenados y cerrados y protegidos por vigilantes privados, rodeados de masas amenazadoras de perdedores, peligrosos, desordenados, sin normas, deshumanizados que los rodean, como una nueva era medieval en que las ciudades parecen islas de prosperidad rodeados del desorden feudal. ¿Qué papel juega la educación en este proceso? De hecho, la erradicación de las humanidades, como comentábamos antes, y como se quejaba la pensadora Martha Nussbaum, impide tomar conciencia de la propia condición, quita el pensamiento y el lenguaje a la masa creciente de desposeídos y facilita la tarea de dominación a la minoría beneficiaria del sistema. Que víctimas de la globalización en Norteamérica apuesten por alguien como Donald Trump, que es uno de sus principales impulsores, dice mucho sobre el envenenamiento y degradación del sistema educativo (y comunicativo) estadounidense.

Sin pensamiento crítico, hay dominación y explotación asegurada. Y, de hecho, fenómenos como la “pos-verdad” no se explican a partir de la sociedad de la información, gobernada por élites hipe-ricas, se degenera sobre lo que el filósofo situacionista Guy Débord había denunciado hace medio siglo: la sociedad del espectáculo, en que todo debate sobre cuestiones sociales ha pasado a convertirse en un único y plural reality show en el que las clases populares, como denuncia Owen Jones, son demonizadas, a menudo por ellas mismas.

Para que haya sucedido esto, ha sido necesario subvertir el paradigma educativo. La escuela fordista no era nada del otro mundo. A pesar de que ofrecía la oportunidad de convertirse en un ascensor social, no dejaba de ser, esencialmente, un reproductor de las diferencias de clase. Ahora, con escuelas y sistemas educativos diferenciados según el gueto de referencia, no las reproduce, sino que las potencia y las hace insalvables. El mundo anglosajón, y especialmente Estados Unidos ven la coexistencia de experiencias e itinerarios educativos tan singulares que es dudoso que exista lo que podríamos denominar un único sistema educativo. Hay desde escuelas google, donde se trabaja por proyectos y seminarios, de una manera muy «innovadora», home scooling que permite a los alumnos no mezclarse con nadie que no sea de sus círculos, hasta escuelas penitenciarias, con regímenes de semi internamiento y detectores de metales como los describe David Simon en su magnífica serie The Wire. El resultado, un archipiélago educativo insatisfactorio, y que genera grandes déficits en todos los niveles, incluso respecto a la obsesión mostrada por la OCDE de la «empleabilidad».

Sin embargo, esto no es ningún problema: Estados Unidos puede reclutar toda la mano de obra de cualquier lugar del mundo: matemáticos indios, ingenieros alemanes, astrofísicos,…. Esta nueva regla del juego genera la reconversión de los debates educativos. Si, hasta hace unas décadas, la prioridad consistía en discutir sobre las finalidades de la educación, el “para qué” servía la educación, qué tipo de sociedad se quería construir a partir de las aulas, ahora nos encontramos con la neutralización de estas cuestiones. En cambio, ahora parecemos obsesionados por el “cómo”, debates metodológicos buscando las piedras filosofales que nos deberían permitir mejorar la educación cambiando la manera de trabajar. Sin embargo, como nos explica el sociólogo de la educación, y principal experto en fracaso educativo Saturnino Martínez, sólo un 6% de los resultados se explican en función de la organización o las metodologías. Los factores fundamentales tienen que ver con la cohesión social y el entorno de los centros (a parte de la propia motivación y capacidad de resiliencia de los estudiantes).

En Catalunya La Escola Nova 21, Ara és Demà pretenden hacer creer, con ciertas dosis de pensamiento mágico, que es posible mejorar la escuela adoptando el trabajo por proyectos o cambiando el nombre de diversas técnicas pedagógicas que hace décadas que se vienen practicando en las escuelas. Centrar el debate sobre estrategias en el aula sirve para camuflar que, hoy por hoy, la escuela está diseñada para potenciar las diferencias, para hacer de las aulas callejones sin salida, para justificar que no se ofrezcan los recursos necesarios que, efectivamente, como demuestra la literatura académica, es lo que puede mejorar las posibilidades de nuestros alumnos. Estudios como el Tenessee ya han constatado que reducir las ratios a la mitad, propician mejoras de un 28 % de rendimiento académico de media, y hasta un 40 % en los alumnos más desfavorecidos. Por qué, pues, estos debates que, como se está demostrando en la azarosa trayectoria del Ara és Demà no están yendo demasiado lejos: efectivamente, porque las propuestas en los términos de una administración educativa que actúa como correa transmisora de las políticas educativas globales, está destinada al fracaso. Y el fracaso es precisamente el objetivo, porque busca deslegitimar los sistemas educativos públicos a fin de preparar las opiniones públicas para aplicar reformas en el sentido de las que se hicieron en las décadas de 1980 y 1990 (y aún en la actualidad) en Inglaterra y Gales: desmantelar el sistema público, privatizar, alimentar burbujas y blindar los guetos acomodados de la competencia educativa de los sectores más modestos.

Las resistencias

Frente estas circunstancias, hay que articular las resistencias. Y las resistencias no funcionarán sin alternativas viables y protagonizadas por la propia comunidad educativa mancomunada (estudiantes, familias y docentes). Esto no será posible si no somos capaces de articular debates públicos abiertos y honestos, con una participación ordenada, rigurosa y disciplinada.

Para ello, será necesario rehacer el diagnóstico actual sobre la situación de la educación. La situación de la educación en nuestro país, y en buena parte de la Unión Europea, si bien es mejorable, es mejor de lo que describen los medios y los supuestos expertos. A base del esfuerzo de los docentes, los alumnos y de las familias, el sistema, a pesar de las amenazas, aguanta. Uno de los problemas es el de su vulnerabilidad debido a que las administraciones públicas ya no representan los intereses de la ciudadanía, sino que están sujetos a las políticas globales dictadas desde organismos como la OCDE o el FMI, y que además han de cumplir con los acuerdos comerciales de la OMC que obliga a liberalizar los servicios (también la educación) a fin de que el capital internacional (y también el local) pueda vampirizar dinero público a base de gestionar escuelas, institutos y universidades. Por lo tanto, es necesario un proceso de reapropiación, gestión directa, desprivatización y blindaje respecto a cualquier interés económico. Esto también nos obliga a repensar la escuela, no tanto respecto a metodologías, como a recursos y finalidades.

Por todo ello, además, hay que plantear alternativas. Si bien los proyectos de futuro guiados por los diferentes gobiernos y poderes extraterritoriales no son precisamente estimulantes, lo que teníamos en el pasado tampoco es demasiado atractivo. Hacen falta proyectos propios, mancomunados, discutidos, agradables e inspiradores. En este sentido, la experiencia reciente de la ILPEducació debería ser un buen punto de partida para definir cómo debería ser la escuela de todos.

Y esto sólo será posible si establecemos una unidad de la comunidad educativa fundamentada en el empoderamiento de la base. Soy consciente de que en este artículo he abusado demasiado de citas de varios autores y numerosas referencias. Permitidme una última, y ​​no precisamente laica. La prioridad número uno, hoy por hoy, es expulsar a los mercaderes de nuestros templos.

Xavier Díez, escritor, historiador y articulista es portavoz del sindicato Ustec-Stes a Girona

Artículo original en catalán: http://www.vientosur.info/spip.php?article12599

Fuente: http://vientosur.info/spip.php?article12598

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Libro: La Modernidad Líquida. Zygmunt Bauman

Libro: La Modernidad Líquida. Zygmunt Bauman

Año: 2007

Resumen
La modernidad líquida –como categoría sociológica– es una figura del cambio y de la transitoriedad, de la desregulación y liberalización de los mercados. La metáfora de la liquidez –propuesta por Bauman– intenta también dar cuenta de la precariedad de los vínculos humanos en una sociedad individualista y privatizada, marcada por el carácter transitorio y volátil de sus relaciones.
El amor se hace flotante, sin responsabilidad hacia el otro, se reduce al vínculo sin rostro que ofrece la Web. Surfeamos en las olas de una sociedad líquida siempre cambiante –incierta– y cada vez más imprevisible, es la decadencia del Estado del bienestar.
La modernidad líquida es un tiempo sin certezas, donde los hombres que lucharon durante la Ilustración por poder obtener libertades civiles y deshacerse de la tradición, se encuentran ahora con la obligación de ser libres asumiendo los miedos y angustias existenciales que tal libertad comporta; la cultura laboral de la flexibilidad arruina la previsión de futuro.

1.- Modernidad Líquida; Introducción

En Modernidad Líquida Zygmunt Bauman explora cuáles son los atributos de la sociedad capitalista que han permanecido en el tiempo y cuáles las características que han cambiado. El autor busca remarcar los trazos que eran levemente visibles en las etapas tempranas de la acumulación pero que se vuelven centrales en la fase tardía de la modernidad. Una de esas características es el individualismo que marca nuestras relaciones y las torna precarias, transitorias y volátiles. La modernidad líquida es una figura del cambio y de la transitoriedad: “los sólidos conservan su forma y persisten en el tiempo: duran, mientras que los líquidos son informes y se transforman constantemente: fluyen. Como la desregulación, la flexibilización o la liberalización de los mercados”.

Bauman no ofrece teorías o sistemas definitivos, se limita a describir nuestras contradicciones, las tensiones no sólo sociales sino también existenciales que se generan cuando los humanos nos relacionamos.

2.- De peligrosa extrañeza de los otros a la sociedad de la incertidumbre.

El otro” tipificado como extraño por desconocido es un portador innato de incertidumbre, de potencial peligro, siendo, tal vez, su mayor amenaza, el atentar contra la clasificación misma que sostiene el orden del espacio social en el que se inscribe mi mundo.

Justamente, los extraños irritan, desagradan, desconciertan porque tienden con su sola presencia a ensombrecer y eclipsar la nitidez de las líneas fronterizas clasificatorias que ordenan el mundo en el que vivo, y de éste modo, cuestionar de manera radical la presunta comprensión recíproca que el “yo” tiene con el “otro”.

El extraño, como cuestionador implacable del orden al que ingresa desde tierras ignotas, ha sido a menudo tipificado con el estigma de ser portador de suciedad, puesto que la suciedad es el caos contaminante que el orden existente pretende expulsar, o bien, portador de ambivalencia, puesto que ésta los hace irregulares e impredecibles en sus reacciones. Es el caso de los marginados sociales que, como una categoría o tipificación de una clase de extraño contemporáneo, reciben sobre sí los rasgos sobresalientes de la ambivalencia y la suciedad: a ellos se les atribuye la falta de confiabilidad por lo errático de su rumbo, su laxa moralidad y promiscua sexualidad, su deshonestidad comercial, etc. “Dicho de otra manera, los marginados son el punto de reunión de riesgos y temores que acompañan el espacio cognitivo. Son el epítome del caos que el espacio social intenta empeñosamente (…) sustituir por el orden”.

La modernidad líquida es un tiempo sin certezas. Sus sujetos, que lucharon durante la Ilustración por poder obtener libertades civiles y deshacerse de la tradición, se encuentran ahora con la obligación de ser libres. Hemos pasado a tener que diseñar nuestra vida como proyecto y performance. Mas allá de ello, del proyecto, todo sólo es un espejismo. La cultura laboral de la flexibilidad arruina la previsión de futuro, deshace el sentido de la carrera profesional y de la experiencia acumulada. Por su parte, la familia nuclear se ha transformado en una “relación pura” donde cada “socio” puede abandonar al otro a la primera dificultad. El amor se hace flotante, sin responsabilidad hacia el otro, siendo su mejor expresión el vínculo sin cara que ofrece la Web. Las Instituciones no son ya anclas de las existencias personales. En decadencia el Estado de bienestar y sin relatos colectivos que otorguen sentido a la historia y a las vidas individuales, surfeamos en las olas de una sociedad líquida siempre cambiante –incierta– y cada vez más imprevisible.

3.- Estados transitorios y volátiles de los vínculos humanos; desvinculación.

La incertidumbre en que vivimos se corresponde a transformaciones como el debilitamiento de los sistemas de seguridad que protegían al individuo y la renuncia a la planificación de largo plazo: el olvido y el desarraigo afectivo se presentan como condición del éxito. Esta nueva (in)sensibilidad exige a los individuos flexibilidad, fragmentación y compartimentación de intereses y afectos, se debe estar siempre bien dispuesto a cambiar de tácticas, a abandonar compromisos y lealtades. Bauman se refiere al miedo a establecer relaciones duraderas y a la fragilidad de los lazos solidarios que parecen depender solamente de los beneficios que generan. Bauman se empeña en mostrar cómo la esfera comercial lo impregna todo, que las relaciones se miden en términos de costo y beneficio –de ”liquidez” en el estricto sentido financiero.

Bauman se vale de conceptos tan provocadores como el de “desechos humanos” para referirse a los desempleados (parados), que hoy son considerados “gente superflua, excluida, fuera de juego”. Hace medio siglo los desempleados formaban parte de una reserva del trabajo activo que aguardaba en la retaguardia del mundo laboral una oportunidad. Ahora, en cambio, “se habla de excedentes, lo que significa que la gente es superflua, innecesaria, porque cuantos menos trabajadores haya, mejor funciona la economía”. Para la economía sería mejor si los desempleados desaparecieran. Es el Estado del desperdicio, el pacto con el diablo: la decadencia física, la muerte es una certidumbre que azota. Es mejor desvincularse rápido, los sentimientos pueden crear dependencia. Hay que cultivar el arte de truncar las relaciones, de desconectarse, de anticipar la decrepitud, saber cancelar los contratos a tiempo.

4.- Decrepitud; estados transitorios y volátiles.

El amor, y también el cuerpo decaen. El cuerpo no es una entelequia metafísica de nietzscheanos y fenomenólogos. No es la carne de los penitentes ni el objeto de la hipocondría dietética. Es el jazz, el rock, el sudor de las masas. Contra las artes del cuerpo, los custodios de la vida sana hacen del objeto la prueba del delito. La “mercancía”, el objeto malo de Mélanie Klein aplicado a la economía política, es la extensión del cuerpo excesivo. Los placeres objetables se interpretan como muestra de primitivismo y vulgaridad masificada.

¿Quién soy? Esta pregunta sólo puede responderse hoy de un modo delirante, pero no por el extravío de la gente, sino por la divagación infantil de los grandes intelectuales. Para Bauman la identidad en esta sociedad de consumo se recicla. Es ondulante, espumosa, resbaladiza, acuosa, tanto como su monótona metáfora preferida: la liquidez. ¿No sería mejor hablar de una metáfora de lo gaseoso? Porque lo líquido puede ser más o menos denso, más o menos pesado, pero desde luego no es evanescente. Sería preferible pensar que somos más bien densos – como la imagen de la Espuma que propone Sloterdijk para cerrar su trilogía Esferas, allí con la implosión de las esferas– se intenta dar cuenta del carácter multifocal de la vida moderna, de los movimientos de expansión de los sujetos que se trasladan y aglomeran hasta formar espumas donde se establecen complejas y frágiles interrelaciones, carentes de centro y en constante movilidad expansiva o decreciente.

La imagen de la espuma es funcional para describir el actual estado de cosas, marcado por el pluralismo de las invenciones del mundo, por la multiplicidad de micro-relatos que interactúan de modo agitado, así como para formular una interpretación antropológico-filosófica del individualismo moderno. Con ello Espumas responde a la pregunta de cuál es la naturaleza del vínculo que reúne a los individuos, formando lo que la tradición sociológica llama “sociedad”, el espacio interrelacional del mundo contemporáneo.

Nuestras comunidades son artificiales, líquidas, frágiles; tan pronto como desaparezca el entusiasmo de sus miembros por mantener la comunidad ésta desaparece con ellos. No es posible evitar los flujos, no se pueden cerrar las fronteras a los inmigrantes, al comercio, a la información, al capital. Hace un año miles de personas en Inglaterra se encontraron repentinamente desempleadas, ya que el servicio de información telefónico había sido trasladado a la India, en donde hablan inglés y cobran una quinta parte del salario.

Las sociedades posmodernas son frías y pragmáticas. Si bien hay expresiones ocasionales de solidaridad estas obedecen a lo que Richard Rorty llamó una “esperanza egoísta común”. Piensese, por ejemplo, en lo que ha sucedido en España después del terrible atentado en Madrid. La nación solidarizó con las víctimas. Fue una reacción mucho más “sensible” que la de los americanos después del 11-S. Ellos expresaron miedo y reaccionaron de manera individualizada, cada cual portaba la foto de su familiar o amigo fallecido. Aquí, en cambio, todos sintieron que una bomba contra cualquiera era una bomba contra ellos mismos, una bomba contra cualquiera de «nosotros». Ese «nosotros» ampliado que se transforma en una empatía egoísta es la base de la «esperanza egoísta común», una peculiar clase de ética de mínimos.

En cambio, cuando el otro es un «radical otro», es decir, no es uno como nosotros, o, si se quiere, no es uno de nosotros, entonces no surge la identificación con la cual se gesta un lazo espontáneamente simpatético, más bien se trata de alguien con quien no nos identificamos proyectivamente. Tal es el caso -por ejemplo- de las reacciones en Europa Occidental frente a la llegada de un importante contingente de personas procedentes de África; esta migración provocó reacciones de miedo, brotes de xenofobia, pero no parece haber generado cuestionamientos serios sobre el hecho -incontrovertible- de que el continente africano ha quedado marginado de la globalización, y de que su población llega al Norte [a Europa] buscando aquello de lo que el Norte ya goza, como derechos adquiridos, prerrogativas sobre las cuales ya ni siquiera se repara.

5.- Desterritorialización; adicción a la seguridad y miedo al miedo.

Lo “líquido” de la modernidad – volviendo a la concepción de Baumam – se refiere a la conclusión de una etapa de “incrustación” de los individuos en estructuras “sólidas”, como el régimen de producción industrial o las instituciones democráticas, que tenían una fuerte raigambre territorial. Ahora, “el secreto del éxito reside (…) en evitar convertir en habitual todo asiento particular”. La apropiación del territorio ha pasado de ser un recurso a ser un lastre, debido a sus efectos adversos sobre los dominadores: su inmovilización, al ligarlos a las inacabables y engorrosas responsabilidades que inevitablemente entraña la administración de un territorio.

Nuestras ciudades, afirma Bauman, son metrópolis del miedo, lo cual no deja de ser una paradoja, dado que los núcleos urbanos se construyeron rodeados de murallas y fosos para protegerse de los peligros que venían del exterior. Lo que Sloterdijk llamó “la ciudad amurallada” hoy ya no es un refugio, sino la fuente esencial de los peligros.

Nos hemos convertidos en ciudadanos “adictos a la seguridad pero siempre inseguros de ella”8, lo aceptamos como si fuera lógico, o al menos inevitable, hasta tal punto que, en opinión de Zygmunt Bauman, contribuimos a “normalizar el estado de emergencia”.

El miedo es más temible cuando es difuso, disperso, poco claro; cuando flota libre, sin vínculos, sin anclas, sin hogar ni causa nítidos; cuando nos ronda sin ton ni son; cuando la amenaza que deberíamos temer puede ser entrevista en todas partes, pero resulta imposible situarla en un lugar concreto. «Miedo» es el nombre que damos a nuestra incertidumbre: a nuestra ignorancia con respecto a la amenaza y a lo que no se puede hacer para detenerla o para combatirla.

Los temores son muchos y variados, reales e imaginarios… un ataque terrorista, las plagas, la violencia, el desempleo, terremotos, el hambre, enfermedades, accidentes, el otro… Gentes de muy diferentes clases sociales, sexo y edades, se sienten atrapados por sus miedos, personales, individuales e intransferibles, pero también existen otros globales que nos afectan a todos, como el miedo al miedo…

Los miedos nos golpean uno a uno en una sucesión constante aunque azarosa, ellos desafían nuestros esfuerzos (si es que en realidad hacemos esos esfuerzos) de engarzarlos y seguirles la pista hasta encontrar sus raíces comunes, que es en realidad la única manera de combatirlos cuando se vuelven irracionales. El miedo ha hecho que el humor del planeta haya cambiado de manera casi subterránea.

6.- Mundo globalizado y policéntrico.

El dominio económico y militar europeo no tuvo rival los cinco últimos siglos, de manera que Europa actuaba como punto de referencia y se permitía premiar o condenar las demás formas de vida humana pasadas y presentes, como una suerte de corte suprema. Bastaba con ser europeo para sentirse dueño del mundo, pero eso ya no ocurrirá más: pueblos que hace sólo medio siglo se postraban ante Europa muestran una nueva sensación de seguridad y autoestima, así como un crecimiento vertiginoso de la conciencia de su propio valor y una creciente ambición para obtener y conservar un puesto destacado en este nuevo mundo multicultural, globalizado y policéntrico.

Sociólogos especializados en movimientos migratorios y demógrafos prevén que el número de musulmanes que vive en Europa puede duplicarse nuevamente para el año 2015. La Oficina de Análisis Europeos del Departamento de Estado de Estados Unidos calcula que el 20% de Europa será musulmana en el año 2050 10, mientras otros predicen que un cuarto de la población de Francia podría ser musulmana en el año 2025 y que si la tendencia continúa, los musulmanes superarán en número a los no musulmanes en toda Europa occidental a mediados de este siglo, puestas así las cosas, Europa será islámica a finales de este siglo.

A este respecto y volviendo sobre los miedos globales, pensemos en la inestabilidad generada por los atentados de Nueva York, allí sin duda tuvo lugar una mutación del terrorismo, el 11 de septiembre de 2001 marca un cambio de época en la historia del miedo; así el régimen del sabotaje y la lógica del pánico vino a ser el argumento central de la política y la base de justificación de una política exterior norteamericana que sembraría otros miedos que nos marcarían a fuego, como los atentados de Atocha -–el 11-M.

7.- El régimen del sabotaje y la lógica del pánico como argumento central de la política en Sloterdijk.

Como crónica de las relaciones entre teoría y política de Estado, cabe apuntar que cuando Sloterdijk fue convocado por el canciller Schröder para debatir sobre las consecuencias del nuevo escenario mundial en la era del atmo-terrorismo y las guerras de rehenes –Sloterdijk se refirió al binomio miedo y seguridad, en relación con la política exterior estadounidense, que suele presentar Washington bajo la rúbrica “intereses de seguridad”. Destacó el filósofo cómo “vivimos en una sociedad obsesionada por la seguridad”, por las pólizas de seguros y las políticas de climatización corriendo el riesgo de perder nuestra libertad. Se refirió también al miedo como un elemento clave para el desarrollo del intelecto. “El miedo -señalo Sloterdijk– está al comienzo del intelecto, el miedo de alguna manera hizo al hombre”.

La amenaza fundamentalista, que parecía una amenaza periférica, se ha desplazado hacia el centro, rumbo a una hegemonía que a los ojos de muchos resulta pavorosa. Hoy un grupo, monitoreando artefactos desde las montañas más remotas y más miserables del mundo, es capaz de hacer estallar el icono más importante del poderío económico global, como son las Torres Gemelas.

Frente a esto las reacciones neoliberales contra el terror son siempre inadecuadas, puesto que magnifican el fantasma insustancial de Al Qaeda, ese conglomerado de odio, desempleo y citas del Corán, hasta convertirlo en un totalitarismo con rasgos propios, y algunos, incluso, creen ver en él un “fascismo islámico” que, no se sabe con qué medios imaginarios, amenaza a la totalidad del mundo libre. Dejaremos abierta la pregunta por los motivos que han conducido a aquella infravaloración y a esta magnificación. Sólo esto es seguro: los realistas se hallan de nuevo en su elemento; por fin pueden ponerse, una vez más, al frente de los irresolutos, con los ojos clavados en el fantasma del enemigo fuerte, medida antigua y nueva de lo real. Con el pretexto de la seguridad, los voceros de la nueva militancia dan rienda suelta a tendencias autoritarias cuyo origen hay que buscar en otro sitio; la angustia colectiva, cuidadosamente mantenida, hace que la gran mayoría de los mimados consumidores de seguridad de Occidente se sume a la comedia de lo inevitable.

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Modernidad Líquida

Autor de la Reseña:

Dr. Adolfo Vásquez Rocca
Doctor en Filosofía por la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso; Postgrado Universidad Complutense de Madrid. Profesor de Postgrado del Instituto de Filosofía de la PUCV. Profesor de Antropología y de Estética en el Departamento de Artes y Humanidades de la UNAB. Profesor asociado al Grupo Theoria, Proyecto europeo de Investigaciones de Postgrado. Miembro del Consejo Editorial Internacional de la Fundación Ética Mundial de México http://www.eticamundial.com.mx/- y Director del Consejo Consultivo Internacional de Konvergencias, Revista de Filosofía y Culturas en Diálogo http://www.konvergencias.net/

Fuente de la Reseña:

http://www.observacionesfilosoficas.net/zygmuntbauman.html

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Serie IMANI de Educación: Escuelas Privadas con Bajos Costos Podrían Ayudar a Alcanzar el Objetivo de la ‘Educación Básica para Todos’ en África

Por IMANI

  • Las escuelas privadas atienden a los que viven con menos de $ 2 al día. En Ghana, cuesta $ 1 por semana educar a un niño en una escuela privada de bajo costo mientras cuesta casi $ 4 en escuelas públicas con diferentes resultados de calidad (2014).
  • Los estudios han encontrado que los estudiantes matriculados en escuelas privadas de bajo costo en India, Nigeria y Ghana generalmente obtienen resultados más altos en las pruebas estandarizadas en materias clave del currículo que los estudiantes en instituciones públicas.

  • Pero las escuelas de bajo costo tienen desafíos. Las escuelas privadas con bajo costo deben ser sostenidas con una regulación gubernamental razonable en los planes de estudio y los estándares de los aprendices de maestros para que experimenten e innoven.

  •  Esencialmente, necesitan acceso a fondos privados y microfinanciación para vivir más allá de un promedio de 14 años.

 Introducción

La educación desempeña un papel indispensable en la promoción del crecimiento económico y la justicia social y se asocia con una amplia gama de resultados positivos, entre ellos la mejora de la salud y la mejora de los medios de subsistencia. Cada año adicional de escolarización se traduce en un aumento promedio del 10 por ciento en los ingresos de un individuo, eleva el crecimiento medio anual del PIB en un 0,37 por ciento y, en última instancia, contribuye a una sociedad más inclusiva, productiva y comprometida.

El acceso a la educación se ha incrementado considerablemente en África subsahariana con la adopción de los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM) en materia de educación, Educación para Todos (EPT) y el Objetivo de Desarrollo Sostenible 4 (SDG4). Desde 1999, el número de niños matriculados en escuelas primarias en el África subsahariana aumentó en un 75 por ciento, a 144 millones en 2012. En el nivel secundario y terciario, se observaron aumentos porcentuales aún mayores de 62 por ciento y 80 por ciento respectivamente.

A pesar del progreso, los países de la SSA se enfrentan a niveles de aprendizaje rutinariamente bajos en el sistema escolar público. Al mismo tiempo, los países del África subsahariana han experimentado un crecimiento significativo en la educación privada en las últimas décadas. Entre 2005 y 2014, la matriculación en escuelas primarias privadas como porcentaje del total de matriculaciones en la enseñanza primaria aumentó del 9,78 por ciento al 11,57 por ciento en los países del África subsahariana. Según la base de datos del Instituto de Estadística de la UNESCO (ISU), en 2014 la matrícula de primaria en las escuelas privadas era de 23,2% en Ghana, 16% en Kenia, 19,5% en Uganda, 4,1% en Sudáfrica y 14,9% En Nigeria.

Las escuelas privadas son a menudo consideradas como las reservas de los ricos. Sin embargo, un aspecto llamativo del crecimiento en la educación privada ha sido la proliferación de Escuelas Privadas de Bajos Ingresos (LFPS) que sirven a familias relativamente pobres. Low-Fee La escuela privada o las escuelas dirigidas por empresarios en áreas pobres atienden a aquellos que viven con menos de $ 2 al día. LFPS cobra baja tasa ($ 1 por semana) que es mucho menos que los $ 3.96 [4] gastado por alumno por el gobierno por semana en 2014 en el nivel primario de educación en Ghana.

El crecimiento de estas escuelas ha generado un debate significativo sobre su papel, con algunas críticas a la privatización de la educación básica, que es un derecho humano básico, argumentando que es un servicio que dejó libre al gobierno. Otros aplauden la capacidad del sector privado para llenar la brecha creada por el bajo rendimiento del sistema de educación gubernamental. Varias razones explican la creciente demanda de Escuelas Privadas de Bajos Ingresos (LFPS): incapacidad del sector público para satisfacer la demanda, oferta insuficiente de espacios escolares públicos, baja calidad de la educación pública y educación pública que no satisfacen las diversas necesidades diferenciadas De las familias, que incluyen la enseñanza de lenguas internacionales, el énfasis en la religión, etc.

Razones para el crecimiento del SPLF
Los tutores eligen matricular a sus hijos en escuelas privadas basándose en la educación de mayor calidad percibida en estas instituciones en comparación con sus homólogos de escuelas públicas. A menudo se piensa que los estudiantes matriculados en escuelas privadas obtienen puntuaciones más altas. Estudios realizados por James Tooley (2007, 2009) han encontrado que los estudiantes matriculados en escuelas privadas de bajo costo en India, Nigeria y Ghana generalmente obtienen resultados más altos en las pruebas estandarizadas que en los estudiantes de instituciones públicas.

Las clases en LFPS también tienen un tamaño de clase menor que las escuelas públicas, más contacto entre maestro y alumno, y menos ausentismo docente en comparación con las altas tasas de absentismo escolar del 15 al 25 por ciento en las escuelas públicas en África.

También hay una percepción, especialmente en los países en desarrollo, de que los padres económicamente capaces de enviar a sus hijos a instituciones públicas se preocupan poco por su educación. Adefeso-Olateju (2013), un consultor de política educativa, entrevistó a padres y maestros en instituciones educativas en Lagos. Un comentario de un padre, que era también el director de una escuela privada era «solamente un padre que no ama a su niño lo enviará a una escuela pública». Muchos de los padres entrevistados también asociaron estereotipos negativos con niños matriculados en instituciones públicas, como «de casas malas», «miserables» y «no valoran la educación», mientras que la asociación de palabras positivas con niños matriculados en escuelas privadas, De un buen hogar «,» respetuoso «y» de alta inteligencia «. Esta percepción, independientemente de otros factores, como la calidad de la educación y la calidad de los docentes, es un importante motor de la demanda de los padres para que sus hijos se inscriban en instituciones privadas.

 Ventajas y desventajas

 Aparte de estas percepciones, las escuelas privadas y los LFPS se caracterizan por ciertas ventajas y desventajas.

Debido a la naturaleza de las escuelas Low Fee Private, se les otorgan beneficios únicos. Una de estas ventajas es que la estructura de financiamiento de estas escuelas puede permitirles estar más equipados que las escuelas públicas. La estructura de financiación diferente de las escuelas privadas significa que pueden ser más tecnológicamente avanzada, lo que afecta no sólo el elemento de aprendizaje de la educación, sino la rendición de cuentas. Por ejemplo, eSchools en Zambia utiliza tabletas y proyectores en las aulas y actualmente está explorando el uso de tecnología de huellas dactilares para rastrear la asistencia de maestros y alumnos. En Ghana, un estudio realizado por IDP Foundation y Results for Development Institution (2016), observando 150 LFPS en 5 regiones encontró que los flujos de ingresos en LFPS en Ghana no son diversificados, con 84 por ciento de los ingresos anuales de matrícula y cantina matrícula. Esto hace que sólo un tercio de los LFPS sean rentables y sólo el 13% disponga de los recursos adecuados para pagar los proyectos de mejora de la calidad. Con más opciones de ingresos, como el acceso a los préstamos, LFPS en Ghana podría tomar una mejor ventaja de su financiación independiente del gobierno.

Otro beneficio es que los SPFL pueden aprovechar la autonomía de la intervención gubernamental. Esto puede conducir, por ejemplo, a instituciones privadas que supervisan a los docentes con más frecuencia de lo que se requiere en las instituciones públicas. Un monitoreo más frecuente podría conducir a que los maestros sean capacitados más eficazmente cuando sea necesario. Una reciente evaluación de las necesidades y el impacto del Programa de Escuelas Renovables de los PDI por Resultados para el Desarrollo (2016), que investiga 150 escuelas en Ghana, encontró que más del 80 por ciento del SPFT invierte en la formación de maestros. Sin embargo, en el mismo estudio se recomendó que el LFPS en Ghana pudiera beneficiarse de un aumento en la frecuencia y calidad de la formación docente existente.

Uno de los principales desafíos que se plantea a LPFS es la posible re-aplicación de la desigualdad en el sistema educativo. Aunque las escuelas privadas de bajo costo fueron introducidas inicialmente para proporcionar una alternativa de bajo costo y de alta calidad a la educación para aquellos con bajos ingresos, independientemente de la ubicación geográfica, llenando una brecha dejada por la provisión estatal de educación. Low-Fee Privates school son escuelas dirigidas por empresarios en áreas pobres, que atienden a aquellos que viven con menos de $ 2 al día. Sin embargo, se argumenta que al cobrar por la educación, el LFPS estratifica aún más el sistema educativo, separando a los más pobres de los pobres, que no pueden pagar LFPS, de aquellos que son ligeramente menos pobres y pueden pagar la educación privada. Esto refuerza aún más la desigualdad de ingresos en el sistema educativo. Diversos estudios en la última década (Tooley y otros (2008), Woodhead et al. (2013) han encontrado evidencia débil y poco concluyente para probar que las escuelas privadas llegan realmente a los pobres. Heyneman y Stern (2013) encontraron que sólo el 10-11 por ciento de los estudiantes matriculados en escuelas privadas en Jamaica y Pakistán eran de los dos quantis de ingresos más bajos.

Además de esto, también puede haber desigualdad entre zonas rurales y urbanas a medida que se establezcan más LFPS en áreas urbanas, donde hay más padres que pueden pagar los honorarios cobrados y donde hay mejor infraestructura. Algunos estudios en la India han encontrado que los alumnos de las zonas urbanas tienen más acceso a la educación privada que los de las zonas rurales. Sin embargo, en algunos casos, como en Sudáfrica, se ha encontrado que este tipo de desigualdad geográfica no existe cuando se trata de SPFL. Schirmer et al. (2010)  encontró que había un número igual de instituciones estatales y privadas en áreas relativamente remotas en Sudáfrica, lo que significa que LPFS suministra tanta educación como el estado.

Sin embargo, la distancia entre el LFPS y la intervención y monitoreo del gobierno también podría ser una desventaja para el sistema educativo. Estas instituciones privadas no tienen que adherirse a los mismos estándares y regulaciones como aquellos en el dominio público. Debido a esto, las escuelas privadas son heterogéneas, lo que significa que no se puede garantizar una garantía de calidad de la enseñanza y la educación para todas las instituciones.

Otra desventaja asociada con el LFPS es que muchos utilizan maestros poco cualificados o no capacitados, fomentando el aprendizaje de memorias o «mastican y vierten» como se conoce localmente. Aunque se dice que las puntuaciones de los exámenes son más altas en estas instituciones que en las instituciones públicas, se cree que a los estudiantes no se les anima a pensar críticamente.

Conclusión

El acceso a una educación de calidad ya los logros del aprendizaje superior es vital para preparar adecuadamente a los estudiantes para la vida y el mundo del trabajo. Teniendo en cuenta el nivel de educación de los países de Ghana y África subsahariana, las escuelas privadas y el sector de los SPFL tienen un papel importante que desempeñar. La cuestión más importante que deben considerar los responsables de la formulación de políticas en relación con el LFPS es el entorno regulatorio, la sostenibilidad financiera del LFPS y la calidad del producto.

La sostenibilidad financiera del LFPS es muy importante. A pesar de los retos financieros, la esperanza de vida promedio de los SPLL en Ghana es de 14 años. Las escuelas privadas de bajo costo obtienen sus ingresos de las tasas de matrícula cobradas, los ahorros del dueño y su familia, un patrocinador institucional, una dotación o del gobierno. Sin embargo, la mayoría de los LFPS en Ghana depende de las tasas de matrícula como su fuente principal, aprovechando las contribuciones personales cuando sea necesario. Los ingresos inconsistentes y la dependencia de las tasas de matrícula ejercen presión sobre el SPLF, poniéndolos en constante riesgo de quiebra. Sólo un tercio de los LFPS muestreados en Ghana obtuvo ganancias, mientras que los dos tercios hicieron pérdidas o breakeven. Cuando se encuestó, los propietarios de escuelas identificaron la mejora de la infraestructura como una prioridad, sin embargo, carecen de los fondos para hacerlo. Las partes interesadas deben seguir facilitando el acceso de los SPFL a micropréstamos para proyectos de desarrollo de infraestructura.

Es importante buscar la protección de los niños que asisten al SPFL. Para ello, el entorno regulador del SPFT es crucial y debe ser reforzado por los objetivos del plan de estudios, las pruebas de admisión para la educación continua y la salud y seguridad de la infraestructura escolar. Debe haber flexibilidad con algunos requisitos, tales como el número y la especificación del aula y el número de maestros con licencia. Estos generalmente restringen la creatividad del LFPS y deben ser reducidos o eliminados para promover la libertad de experimentar e innovar.

Los países de Ghana y de África subsahariana necesitan encontrar la combinación adecuada de educación pública y privada para asegurar que el creciente número de niños reciba una buena educación tan pronto como sea posible. La contribución de las escuelas privadas y del LFPS a la educación de la SSA no debe ser subestimada. Las escuelas privadas han promovido el derecho a la educación básica entre otros derechos democráticos fundamentales, han aliviado la presión de acceso a la escuela pública, han ahorrado dinero del gobierno, han ofrecido la opción de los padres y han proporcionado un ambiente de innovación que puede informar a todas las escuelas .

UNESCO (2014). Sustainable Development – Post-2015 begins with Education, 2014 6 SSRN, Comparable Estimates of Returns to Schooling Around the World

UNESCO (2010). Education Counts – Towards the Millennium Development Goals

UNESCO (2015), UNESCO’s 2015 Education for All (EFA) Regional Overview: Sub-Sahara Africa Report

Calculated based on the unit cost at the primary level of the education.

Walford, G. (2014). Low-Fee Private Schools and International Aid. [online] www.wise-qatar.org. Available at: http://www.wise-qatar.org/low-cost-private-schools-walford

Adefeso-Olateju, M. (2013). Much ado about low-fee private schools (LFPS). [online] Educationinnovations.org. Available at: http://www.educationinnovations.org/blog/much-ado-about-low-fee-private-schools-lfps

Results for Development, Consumer Insight Consult Africa, for IDP Foundation, Inc (2016); Understanding Household and School Proprietor Needs in Low-Fee Private Schools in Ghana: A Needs and Impact Assessment of the IDP Rising Schools Program

Mcloughlin, C. (2013). Low-cost private schools: Evidence, approaches and emerging issues. University of Birmingham.


Fuente del Artículo:
https://www.ghanamma.com/2017/05/15/imani-education-series-low-fee-private-schools-could-help-achieve-goal-of-basic-education-for-all-in-africa/

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¿Por qué se sigue tolerando la discriminación en nuestro sistema educativo?

La barrera del bautismo no es sólo un problema urbano o uno de exceso de suscripción.

A medida que se cierre la consulta pública sobre cómo abordar la cuestión de la «barrera del bautismo» en las admisiones en las escuelas, el Departamento de Educación celebrará una mesa redonda sobre las opciones presentadas por el Ministro de Educación Richard Bruton para abordarla.

Me cuestiono la noción de que una escuela podría ser realmente inclusiva si en su política de admisiones puede excluir a los niños por motivos de su religión.

Permitir que el statu quo discriminatorio continúe envía un mensaje de que el interés superior de todos los niños no es central para nuestra formulación de políticas en las escuelas.

Equate, una organización de derechos de la infancia y la familia comprometida con la igualdad, cree que debe establecerse un sistema más justo y centrado en el niño para tratar con las admisiones en la escuela.

Un artículo de opinión reciente en The Irish Times – «La idea de la admisión de las escuelas es equivalente a la política de tiroteo» – evita la cuestión clave en el debate de la política de admisiones de la escuela: el tema de la igualdad.

Durante demasiado tiempo la igualdad no ha sido un principio central de nuestro sistema educativo.

El Foro sobre Mecenazgo y Pluralismo en 2012 pidió que se enmendara la Ley de Igualdad de Estado, afirmando que «las políticas de matriculación equitativa son esenciales para lograr la equidad y la diversidad».

La ley actual impide al Departamento de Educación en su «deber de proveer educación para todos los niños». Existe un consenso político de que la ley no puede permanecer como está.

Los grupos que trabajan en Irlanda hacia una sociedad justa y equitativa quieren ver el cambio. El ISPCC, Pavee Point, la Alianza de los Derechos del Niño, Epic, el Centro de Derechos de los Migrantes y Belong. Todos han pedido que esta ley sea enmendada.

Los órganos de derechos legales como la Comisión Irlandesa de Derechos Humanos y el Defensor del Niño han presentado al Oireachtas que la Ley de Igualdad de Estado debe ser enmendada en interés de todos los niños.

El Comité de los Derechos del Niño de las Naciones Unidas ha pedido a Irlanda que ponga fin a la discriminación religiosa en sus políticas de admisión escolar.

Y, por último, los padres de Irlanda quieren cambiar. Investigación independiente encargada por Equate muestra que el 72 por ciento de los padres quieren que la ley cambie para que el bautismo ya no puede ser un requisito para la admisión a la escuela.

Problema no sólo urbano

Esta cuestión no es sólo urbana o de sobresuscripción, como se ha sugerido en algunos sectores.

La cuestión de la igualdad de derechos tiene una importancia particular para las comunidades rurales cada vez más diversas. Incluso un niño se negó un lugar debido a su religión es discriminatorio y en cualquier otro camino de la vida sería ilegal.

Equate ha abierto sus objetivos de incrementar el número de escuelas multidenominacionales, de hacer más inclusiva la jornada escolar y de poner fin a la discriminación religiosa en las políticas de admisión. Equate no tiene ningún deseo de poner fin a la educación religiosa en Irlanda o de apuntar a ninguna religión en particular. Sugerir lo demuestra así un desprecio por el trabajo en el que hemos estado involucrados.

La barrera del bautismo fue un subproducto de la Ley de Igualdad de Estado, que se promulgó hace menos de 20 años. Las escuelas de fe de los patronos dominantes en la educación irlandesa prosperaron antes de su promulgación y no vemos ninguna razón por la cual su derogación afectaría injustamente cualquier religión minoritaria.

Todo lo contrario, de hecho, como los miembros de las religiones minoritarias que no viven a una distancia razonable de una escuela denominacional específicamente en sintonía con sus creencias, que es la gran mayoría de las familias de religiones minoritarias registradas en el censo, están en desventaja. Esto permitiría un acceso más justo para todos.

La barrera del bautismo no es el único problema que afecta a nuestras escuelas, pero si los padres no se sienten presionados a bautizar a sus hijos para acceder a un lugar escolar – el 24 por ciento de los padres, de acuerdo con una investigación independiente encargada por Equate – Comienzan a surgir de aquellos que desean acceder a las escuelas de fe para sus hijos.

Falta de democratización

Las investigaciones llevadas a cabo por Towers Watson en 2015 en nombre de la Asociación de Sacerdotes de Dublín también mostraron que si la barrera del bautismo fuera removida en cualquier punto antes de 2030, el número de bautismos caería.

Sugerir que la política pública debe ignorar los deseos de los ciudadanos de este país como se indica en varias encuestas es otro ejemplo más de la falta de democratización del sistema educativo irlandés.

El debate sobre un sistema de educación inclusiva es uno para todos nuestros ciudadanos y debe ser constructivo y civil.

Los derechos de los niños, los mejores intereses de los niños y satisfacer las necesidades de todos los ciudadanos deben ser centrales para nuestras escuelas financiadas con fondos públicos.

Es decepcionante que una institución que gestiona el 89 por ciento de todas las escuelas primarias se niega a reconocer que la colocación de barreras a la educación para los no religiosos o los niños de religiones minoritarias tiene un impacto en los niños y las familias que pretende servir.

En Equate, estamos trabajando para transmitir las consecuencias negativas de esta política de exclusión, y seguiremos representando las voces de los padres que nos reunimos y que hacen contacto con nosotros.

Fuente del Artículo:

http://www.irishtimes.com/news/education/why-is-discrimination-still-tolerated-in-our-education-system-1.3083574

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No, Education Isn’t the Civil Rights Issue of Our Time

We shouldn’t buy school choice rhetoric masquerading as civil rights

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Trump’s America Rethinking 1984 and Brave New World

by Henry A. Giroux

Introduction

With the rise of Donald Trump to the office of President of the United States, politics has descended, like never before, to a theater of the absurd. Unbridled anti-intellectualism, deception, and “vindictive chaos” offer the rhetorical tools for repeating elements of a morally reprehensible past in the guise of “making America great again.” Advancing an aggressively alarmist agenda bolstered by “alternative facts,” the Trump administration has unleashed a type of anti-politics that unburdens people of any responsibility to challenge, let alone collectively transform, the fundamental precepts of a society torn asunder by blatant misogyny, massive inequality, open bigotry, and violence against immigrants, Muslims, and poor minorities of color.1

In the new age of Trump, justice becomes the enemy of democratic leadership, and the capacity to name this collectively agreed upon reality recedes with each assertion of fakery in infinite repetition. When evidence, science, and reason are purged of their legitimacy, politics capitulates to the venomous ideals, policies, and practices one associates with a totalitarian past. Cast into a political, existential, and ethical crisis in which it now finds itself immersed, the United States mimics a failed state as the credibility of its democratic institutions and the trustworthiness of its leadership are called into question on the global stage. Despite his populist posturing, Trump’s contempt of democratic processes is matched by his commitment to the market and economic policies that favor the financial elite. In short, as the Washington Post observed, Trump is a “unique threat to democracy,” and a triumph for the forces of nativism, racism, and misogyny.2

Trump’s ascendancy in U.S. politics has made visible a plague of deep seated civic illiteracy, a corrupt political system, and a contempt for reason that has been decades in the making; it also points to the withering of civic attachments, the decline of public life, and the use of violence and fear to shock and numb everyday people. Galvanizing his base of true-believers in post-election rallies, the country witnesses how politics is transformed into a spectacle of fear, divisions, and disinformation. Under President Trump the scourge of twentieth-century fascism has returned as neo-fascism, not only in the menacing plague of populist rallies, fear-mongering, hate, and humiliation, but also in an emboldened culture of war, militarization, and violence that looms over society like a rising storm.

Cultural memory should always serve as a mode of moral witnessing and protection against tyranny. Yet, history, as Marx observed, sometimes repeats itself with farcical vengeance. When it does, it signals a crisis of memory, politics, and civic literacy. This is particularly true in the current moment, as the return of menacing ghosts of the past has been abetted by a comforting silence that the culture of consumption, privatization, and individualization produces in the space that politics once occupied.

The reality of Trump’s election may be the most momentous development of the age, because of its enormity and the shock it has produced. The whole world is watching, pondering how such a dreadful event could have happened. How have we arrived here? Albert Camus understood this threat well. He warned us about how the plague of fascism can reappear in updated forms. For Camus, the disease of fascism could only be fought with the antibody of consciousness, one that embraced the past as a way of protecting the present and the future against the unimaginable damage now forgotten. The words that form the concluding paragraph of The Plague are as relevant today as they were when they were written more than half a century ago. Camus writes:

[As] he listened to the cries of joy rising from the town, Rieux remembered that such joy is always imperiled. He knew what those jubilant crowds did not know but could have learned from books: that the plague bacillus never dies or disappears for good; that it can lie dormant for years and years in furniture and linen chests; that it bides its time in bedrooms, cellars, trunks, and bookshelves; and that perhaps the day would come when, for the bane and the enlightening of men, it would rouse up its rats again and send them forth to die in a happy city.3

What follows is an attempt to assert the significance of historical memory as fundamental to the preservation of democracy in the face of an unprecedented shift towards neo-fascism. Reviving the memory of a dystopian past strikingly represented in Orwell’s and Huxley’s fiction is a way to understand, perhaps the only way left for us to fully grasp, the present descent of the United States into an authoritarian nightmare. Focusing on their engagement with authoritarian visions, language, truth, and lies offers a critical arsenal of defense against a Trump era of tweets and news fakery, and the more generalized and more lethal attacks on reason, science, and liberal modernity.

Orwell’s Nightmare

Before we credit Trump with using the great novel as his codebook, it is actually the case that George Orwell’s terrifying vision of a totalitarian society has been a waking dream in the United States for many years. For instance, 1984 provided a stunningly prophetic image of the totalitarian machinery of the surveillance state that was brought to life in 2013 through Edward Snowden’s exposure of the mass spying conducted by the United States National Security Agency. Orwell’s genius was not limited to this predictive capacity alone. In addition, his fiction explores how modern democratic populations are won over by authoritarian ideologies and rituals, revealing how language specifically functioned in the service of deception, abuse, and violence. He warned in exquisite and alarming detail how “totalitarian practice becomes internalized in totalitarian thinking.”4 For Orwell, the mind-controlling totalitarian state took as its first priority a war against what it called “thought crimes,” nullifying opposition to its authority not simply by controlling access to information but by undermining the very basis on which critical challenges could be waged and communicated. Orwell illustrated his point by providing examples of language that undermined the critical formative culture necessary for producing thinking citizens central to any healthy democracy. In recognizing how language fundamentally structures as much as it expresses thought, Orwell made clear how language could be distorted and circulated to function in the service of violence, deception, and misuse, and in doing so utterly collapse any distinction between good and evil, truth and lies.

According to Orwell, totalitarian power drained meaning of any substance by turning language against itself, exemplified infamously through his Ministry of Truth which dissolved politics into a pathology by promoting slogans such as: “War is Peace,” “Freedom is Slavery,” and “Ignorance is Strength.” Hannah Arendt added theoretical weight to Orwell’s fictional nightmare by arguing that neo-fascism begins with a contempt for critical thought and that the foundation for authoritarianism lies in a kind of mass thoughtlessness in which a citizenry “is deprived not only of its capacity to act but also its capacity to think and to judge.”5

The intersection, if not merger, of popular culture and U.S. politics was evident in the frenzied media circus that took place after Trump assumed the presidency, a fact not lost on the U.S. public. Orwell’s novel 1984 surged as the number one best seller on Amazon.com both in the United States and Canada. This followed two significant political events. First, Kellyanne Conway, Trump’s advisor, in a move reminiscent of the linguistic inventions of Orwell’s Ministry of Truth coined the term “alternative facts” to justify why press secretary Sean Spicer lied in advancing disproved claims about the size of Trump’s inauguration crowd.6 With apologies to his late father—a pastor—Bill Moyers has called Conway the “Queen of Bullshit.”7 The concept of “alternative facts” or more precisely what should be called outright lies, is an updated term of what Orwell called “Doublethink,” in which people blindly accept contradictory ideas or allow truth to be subverted in the name of unquestioned commonsense.

Second, almost within hours of his presidency, Trump penned a series of executive orders that compelled Adam Gopnik, a writer for the The New Yorker, to rethink the relevance of 1984. He had to go back to Orwell’s book, he writes, “Because the single most striking thing about [Trump’s] matchlessly strange first week is how primitive, atavistic, and uncomplicatedly brutal Trump’s brand of authoritarianism is turning out to be.”8

Unfortunately, the machinery of remolding, manipulation, and distortion has gained enormous traction at the present time in U.S. society, especially under the Trump administration. In this Orwellian universe, facts have been purged of their legitimacy, and the distinction between right and wrong disappears, promoting what Viktor Frankl once called “the mask of nihilism.”9 In this world view, there are only winners and losers. Under such circumstances, “greed, vengeance and gratuitous cruelty aren’t wrong, but are legitimate motivations for political behavior.”10 This is a discourse that reinforces a future in which neo-fascism thrives and democracies die. It is the discourse of a dystopian society marked by a deep-seated anti-intellectualism intensified by the incessant undermining and collapse of civic literacy and civic culture. Offering no room for deciphering fact from fiction, the flow of disinformation works to dismantle self-reflection while it serves to infantilize and depoliticize large segments of the polity.

As Orwell often remarked, historical memory is dangerous to authoritarian regimes because it has the power to both question the past and reveal it as a site of injustice. Currently, Orwell’s machinery of organized forgetting is reinforced by a burgeoning landscape of mega-malls and theme parks, media driven spectacles of violence, and a culture of consumerism, self-interest, and sensationalism for those who can afford participation. For the rest, the ongoing financial starvation and evisceration of public schools and public universities ensures that the lessons of history are neutered or displaced altogether by an instrumentalist curriculum whose hallmark is job-ready skills. In Orwell’s Ministry of Truth, it is a crime to read history against the grain. In fact, history is falsified so as to render it useless as a crucial pedagogical practice both for understanding the conditions that shape the present and for remembering what should never be forgotten. As Orwell makes clear, this is precisely why tyrants consider historical memory dangerous; history can readily be put to use in identifying present-day abuses of power and corruption.

The Trump administration offered a pointed example of this Orwellian principle when it recently issued a statement regarding the observance of International Holocaust Remembrance day. In the statement, the White House refused to mention its Jewish victims, thus erasing them from a monstrous act directed against an entire people. Politico reported that the official White House “statement drew widespread criticism for overlooking the Jews’ suffering, and was cheered by neo-Nazi website the Daily Stormer.”11 Accounts of these events read like passages out of Orwell’s 1984 and speak to what the historian Timothy Snyder calls the Trump administration’s efforts to look to authoritarian regimes of the 1930s as potential models.12

This act of erasure is but another example of the willingness of the Trump administration to empty language of any meaning, a practice that constitutes a flight from historical memory, ethics, justice, and social responsibility. Under such circumstances, government takes on the workings of a dis-imagination machine, characterized by an utter disregard for the truth, and often accompanied, as in Trump’s case, by “primitive schoolyard taunts and threats.”13 In this instance, Orwell’s “Ignorance is Strength” materializes in the Trump administration’s weaponized attempt not only to rewrite history, but also to obliterate it, all of which contributes to what might be called a “drugged complacency.”14 Trump’s contemptuous and boisterous claim that he loves the uneducated and his willingness to act on that assertion by flooding the media and the wider public with an endless proliferation of peddled falsehoods reveal his contempt for intellect, reason, and truth. As the master of phony stories, Trump is not only at war with historical remembrance, science, and rationality, he also wages a demolition campaign against democratic ideals by unapologetically embracing humiliation, racism, and exclusion for those he labels as criminals, terrorists, and losers, categories equated with Muslims, Mexicans, women, the disabled, and the list only grows. As John Wight observes, Trump’s language of hate “is redolent of the demonization suffered by Jewish people in Germany in the 1930s, which echoes a warning from history.”15

Orwell’s point about duplicitous language was that all governments lie. The rhetorical manipulation definitive of Orwellian language is not distinctive to the Trump administration, though it has taken on an unapologetic register in redefining it and deploying it with reckless abandon. The draconian use of lies, propaganda, misinformation, and falsification has a long legacy in the United States, with other recent examples evident under the presidency of George W. Bush. Under the Bush-Cheney administration, for example, “doublethink” and “doublespeak” became normalized as state sponsored torture was shamelessly renamed as “enhanced interrogation.” Barbaric state practices such as sending prisoners to countries where there were no limits on torture were framed in the innocuous language of “rendition.”16 Such language made a mockery of policy discourse and eroded public engagement. It also contributed to the transformation of institutions that were meant to limit human suffering and misfortune, and protect citizens from the excesses of the market and state violence, into something like their opposite.17

The attack on reason, dissent, and truth itself finds its Orwellian apogee in Team Trump’s endless proliferation of lies: including claims that China is responsible for climate change, former President Obama was not born in the United States, the murder rate in the United States is at its highest in 47 years, and voter fraud prevented Trump from winning the popular vote for the presidency. Such lies, big and small, do not function simply as mystification; they offer justification for aggressive immigration crackdowns, for effectively silencing the Environmental Protection Agency, and for trying to undo Obamacare. Too often the relentless fabrications serve to distract the press, focusing their energies on exposing the untrustworthiness of the person and not on the symbolic, legal, and material violence that such pronouncements and harsh policies invariably unleash.

Allow me to underscore one more striking example. In moments that speak to an alarming flight from moral and social responsibility, Trump has adopted terms strongly affiliated with the legacy of anti-Semitism and Nazi ideology. For example, historian Susan Dunn refers to his use of the phrase “America First” as a “sulfurous expression” connected historically to “the name of the isolationist, defeatist, anti-Semitic national organization that urged the United States to Appease Adolf Hitler.” It is also associated with its most powerful advocate, Charles Lindbergh, a notorious anti-Semite who once declared that the United States’ greatest internal threat came from Jews who posed a danger to the nation because of their “large ownership and influence in our motion pictures, our press, our radio, and our government.”18 Though Trump denies he has given a platform to neo-Nazi groups, let alone a White House senior advisor, the shocking uptick in bomb threats to dozens of Jewish community centres across the United States can hardly be said to be coincidental.19

Once he was elected to the presidency, Trump took ownership of the notion of “fake news,” inverting its original usage as critique of his perpetual lying and redeploying it as a pejorative label aimed at journalists who criticized his policies. Even Trump’s inaugural address was filled with lies about rising crime rates and the claim of unchecked carnage in the United States, though crime rates are at historical lows. His blatant disregard for the truth reached another high point soon afterwards with his nonsensical and false claim that the mainstream media lied about the size of his inaugural crowd, or more recently his assertion that the leaks involving his national security adviser were “real” but the news about them was “fake.” The Washington Post fact-checked Trump’s address to the joint session of Congress and listed 13 of his most notable “inaccuracies” or what can rightfully be called lies.20 Trump’s penchant for lying and his irrepressible urge to tell them are more than what Gopnik calls “Big Brother crude” and the expression of a “pure raging authoritarian id,” they also speak to an effort to undermine freedom of speech and truthfulness as core democratic values.21 Trump’s lies signal more than a Twitter fetish aimed at invalidating the work of reason and evidence-based assertions. Trump’s endless threats, fabrications, outrages, and “orchestrated chaos,” produced with a “dizzying velocity,” also point to a strategy for asserting power, while encouraging if not emboldening his followers to think the unthinkable ethically and politically.22 While it may be true that all administrations lie, what is unique to the Trump administration as Charles Sykes, a former conservative radio host, observes “is an attack on credibility itself.”23

White Supremacy and the Politics of Racial Cleansing

Echoes of earlier authoritarian societies are not only audible in Trump’s falsehoods, petulance, and crudeness but also in his slash-and-burn policies and his less discussed embrace of elements of white supremacy. For example, his racism was on full display in the issuance of two executive orders banning citizens from seven Muslim-majority countries—Iran, Iraq, Syria, Yemen, Somalia, Sudan, and Libya. Trump’s immigration orders further threaten the security of the United States given their demagogic design and rhetoric of barring by serving as a powerful recruiting tool for terrorists.

The conditions permitting such an executive order to be thinkable, let alone entered into policy, not only signal a society that has stopped questioning itself, but also points to its embrace of a form of social engineering that is once again being constructed around an imagined assault (alleged terrorists from the countries named in the ban were accountable for zero U.S. deaths) that legitimates a form of state sponsored racial and religious purging driven by an attempt to create a white Christian nation governed by biblical values.24 Fear is now managed and buttressed by normalizing the claims of white supremacists and militant right-wing extremists that racial purification should be accepted as a general condition of society and its securitization.

Under Trump’s regime of hatred, cruelty, and misery, massive exploitation associated with neoliberal capitalism merges with a politics of exclusion and disposability. Racial cleansing based on generalized notions of identity echoes the sordid principles of earlier policies of prohibition and eventual extermination that we saw in past regimes. This is not to suggest that Trump’s immigration policies have risen, as yet, to the level of genocidal vitriol and sordid extermination policies of totalitarian regimes that gave birth to unimaginable horrors and intolerable acts of mass violence.25 But it is to suggest that they contain elements of a past totalitarianism that “heralds a possible model for the future.”26 What I am arguing is that this form of radical exclusion based on the denigration of Islam as a closed and timeless culture marks a terrifying entry into a political experience that suggests that older elements of fascism are crystallizing into new forms.

The malleability of truth has made it easier for governments, including the Trump administration to wage an ongoing and ruthless assault on the immigrants, social state, workers, unions, higher education, students, poor minorities, and any vestige of the social contract. Under the Trump administration, the principles of casino capitalism, a permanent war culture, the militarization of everyday life, the privatization of public wealth, the elimination of social protections, and the deregulation of economic activity will be accelerated. As democratic institutions decay, Trump does not even pretend to defend the fiction of democracy. He only recites his own fictions all the while annihilating the truth and destroying the possibility of critical thinking and analysis.

There can be little doubt about the ideological direction of the Trump administration given his appointment of billionaires, generals, white supremacists, representatives of the corporate elite, and general incompetents to the highest levels of government. Public spheres that once offered at least the glimmer of progressive ideas, enlightened social policies, non-commodified values, and critical dialogue and exchange have and will be increasingly commercialized—or replaced by private spaces and corporate settings whose ultimate fidelity is to increasing profit margins. What we are witnessing under the Trump administration is more than an aesthetics of vulgarity as the mainstream media sometimes suggest. Instead, we are observing a politics fueled by a market-driven view of society that has turned its back on the very idea that social values, public trust, and communal relations are fundamental to a democratic society. It is to Orwell’s credit that in his dystopian view of society, he opened a door for all to see a “nightmarish future” in which everyday life becomes harsh, an object of state surveillance, and control—a society in which the slogan “ignorance becomes strength” morphs into a guiding principle of the highest levels of government, mainstream media, education, and the popular culture.

Huxley’s World of Manufactured Ignorance

Aldous Huxley’s Brave New World offers a very different and no less critical register to the landscape of state oppression, one that is especially relevant with the rise of Donald Trump, the ever-present Reality TV star performer and the imperial wizard of the spectacle and a fatuous celebrity culture, to the head of government, director of the executive branch and commander-in-chief of the U.S. armed forces. Huxley believed that social control and the propagation of ignorance would be introduced by those in power through a vast machinery of manufactured needs, desires, and identifications. For him, oppression took the form of voluntary slavery produced through a range of technologies, refined forms of propaganda, and massive forms of manipulation and seduction. Accordingly, the real drugs of a control society and social planning in late modernity were to be found in a culture that offers up immediate pleasure, sensation, and gratification. This new mode of persuasion seduced people into chasing commodities, and infantilized them through the mass production of easily digestible entertainment, mass rallies, and a politics of distraction that dampened, if not obliterated, the very possibility of thinking itself. For Huxley, the subject had lost his or her sense of agency and had become the product of a scientifically and systemically manufactured form of idiocy and conformity.

If Orwell’s dark image is the stuff of government oppression—“a boot stamping on a human face—forever,” Huxley’s dystopia is the stuff of entertaining diversions, staged spectacles, and a cauterizing of the social imagination. For instance, as public schools are defunded to the point where they serve mostly a warehousing function, they no longer provide a bulwark against civic illiteracy. In addition, the educational function of wider cultural apparatuses is now present in the new mechanisms of social planning and engagement found in the hallucinatory power of a mind-deadening entertainment industry, the culture of extreme sports, and other forms of public pedagogy, which extend from Hollywood movies and video games to mainstream television, news, and the social media. These cultural apparatuses are the echo chambers that produce spectacles of extreme violence, representations of hyper-masculinity, the infantilization produced by consumer culture and frenzied shoppers, and the power of a fatuous celebrity culture encouraging the worship of lifestyles, all of which confer enormous authority on the likes of the rich and infamous, such as the dreadful Kardashians.

But behind Trump’s clownish persona, the amalgam of Trump’s blatant contempt for the truth, his willingness to taunt and threaten in his inaugural address, and his rush to enact a series of regressive executive orders, the ghost of fascism reasserts itself with a familiar mix of fear and revenge. Unleashing promises he had made to his angry, die-hard ultra-nationalists, and white supremacist supporters, the billionaire populist played on the desires and desperation of a range of groups whom he believes have no place in U.S. society. The underlying ignorance, cruelty, and punishing, if not criminogenic, intent behind such “demolition crew” policies was amplified when Trump suggested that he intended to pass legislation amounting to a severe reduction of environmental protections. Little did his cheering crowds suspect that they would be paying for the wall through massive taxation on imports from Mexico. He also asserted his willingness to resume the practice of state sponsored torture, despite warnings from military experts of serious blowback for Americans, and deny federal funding to those cities willing to provide sanctuary to illegal immigrants. And this was just the beginning. The financial elite now find their savior in Trump as they will receive more tax cuts, and happily embrace minimal government regulations, while their addiction to greed spins out of control. Should we be surprised?

As Huxley predicted, the memory of totalitarian methods of popular seduction, with its ready supply of simplistic answers, its vulgar spectacles, and its taste for massification, hawking fear, and its exploitation of the desire for strong leaders, has faded in a society beset by an amnesiac producing culture of immediacy, sensationalism, and mindless entertainment. Under such circumstances, it is difficult to misjudge the depth and tragedy of the collapse of civic culture and democratic public spheres. For those outside the influence of a consumer culture, that depoliticizes and infantilizes, there is a permanent war culture that trades in fear and paranoia concerning enemies at home and abroad while maintaining the largest prison system in the world “with 2.2 million people in jail and more than 4.8 million on parole.”27

Another shocking and revelatory indication of the repressive fist of neo-fascism in the Trump regime took place when Trump’s chief White House right-wing strategist, Steve Bannon, stated in an interview that “the media should be embarrassed and humiliated and keep its mouth shut and just listen for awhile…. You’re the opposition party. Not the Democratic Party.… The media is the opposition party. They don’t understand the country.” Unsurprisingly, Bannon also referred to himself in the same interview as “Darth Vader.”28 A more appropriate comparison would have been to Joseph Goebbels, the Reich Minister of Propaganda in the Third Reich. This is more than an off-the-cuff angry comment. It is a blatant refusal to see the essential role of a robust and critical media in a democracy. In the views of Trump and Bannon, real journalism is denounced, especially when it functions as “the enemy of injustice, corruption, oppression and deceit.”29

How else to explain a U.S. president calling journalists “among the most dishonest human beings on earth,” going so far as to claim that critical media are “the enemy of the American people”?30 These are ominous and alarming comments that not only suggest that journalists can be tried with treason but also echo previous fascist totalitarian regimes which waged war on both the press and democracy itself. As Roger Cohen observes:

“Enemy of the people,” is a phrase with a near-perfect [fascist] totalitarian pedigree deployed with refinements by the Nazis…. For Goebbels, writing in 1941, every Jew was “a sworn enemy of the German people.” Here the people’ are an aroused mob imbued with some mythical essence of nationhood or goodness by a charismatic leader. The enemy is everyone else. Citizenship, with its shared rights and responsibilities, has ceased to be.31

A public shaped by manufactured ignorance and indifferent to the task of discerning the truth from lies largely applauded this expression of totalitarian bravado, especially when it incites hatred and violence. Trump’s call to build a wall between the United States and Mexico and his consideration of using the National Guard to round up illegal immigrants arouse applause among his followers.32 So does his penchant for disparaging all critics as losers, which is reminiscent of the ways failed contestants were treated on his reality TV show, The Apprentice.33 Dissenting journalists and others are refused access to government officials, derided as purveyors of fake news, become objects of retribution while being told to shut up, and, in the course of being symbolically fired, are relegated to zones of terminal exclusion.34

Under the new authoritarian state, perhaps the gravest threat one faces is not simply being subject to the dictates of “arbitrary power” but when far too few people seem interested in contesting such undemocratic use of power. It is precisely the poisonous and pervasive spread of political indifference that puts at risk the fundamental principles of justice and freedom which lie at the heart of a robust democracy. Trump’s presidency signals the unimaginable in that the democratic imagination has been transformed into a public relations machine that marshals its inhabitants into the neoliberal dream worlds of obedient subjects, babbling consumers, and armies of exploitative labor. This is the brave new surveillance/punishing state that merges Orwell’s Big Brother with Huxley’s mind-altering modes of entertainment, education, and propaganda.

The question now confronting us is what will U.S. society look like under a Trump administration? For those not marked for terminal exclusion and disposability, it may well mimic Huxley’s nightmarish world in which corruption is rampant, ignorance is a political weapon, and pleasure is utilized as a form of control, offering nothing more than the swindle of fulfillment, if not something more self-deluding and defeating. Both Huxley and Orwell presented their visions of closed dystopian societies as warnings, as critical frameworks to shake us out of our complacency, because they believed that avoiding a catastrophic future necessitated a more open society disinclined to model itself after the horrific images they so brilliantly imagined. Orwell believed in the power of those living under such oppression to imagine otherwise, to think beyond the dictates of the authoritarian state and to offer up spirited forms of broad-based resistance willing to reclaim the reigns of political emancipation. For Huxley, there was hope in a pessimism that had exhausted itself, one which left people to reflect on the implications of a totalitarian power that controls pleasure as well as pain, and the utterly disintegrated social fabric that would be its consequence. For Orwell, optimism had to be tempered by a sense of educated hope, one that enabled people to expand a narrow conception of self-interest, place themselves in the bigger picture, connect their individual well-being to the well-being of others, and make a commitment to struggle for an alternative future. History is open and only time will tell who was right.

Democracies in Exile

Democracy in the United States is under siege, but the forces of resistance are mobilizing around a renewed consciousness in which civic courage and the ethical imagination are being realized through mass demonstrations in which individuals are putting their bodies on the line once again, refusing Trump’s machinery of misogyny, nativism, and white supremacy. Airports are being occupied, people are demonstrating in the streets of major cities, town halls have become sites of resistance, universities are being transformed into sanctuaries to protect undocumented students, and liberal and progressive politicians are speaking out against the emerging neo-fascism. Democracy may be in exile in the United States and imperiled in Europe and other parts of the globe, but the spirit that animates it is far from defeated. Once again the public memory of prophecy is in the air echoing Martin Luther King Jr’s call “to make real the promise of democracy.”

In what follows, I want to offer one strategy for resistance by developing an idea that I call “democracies in exile.” This concept is intended to provide a rhetorical referent and material space that refuses the sense of expulsion, isolation, and punishment that derives from being metaphorically (or materially) barred from one’s own country and unites the ideal and promise of an insurrectional democracy with systemic forms of political engagement. It offers a model of critical consciousness and an “ethical space where we encounter the pain of others and truly reflect on its significance to a shared human community.”35 Such sanctuaries do more than simply offer refugees protection and services such “as emergency shelters, recreation, public transit, libraries, food banks, and police and fire services without asking questions about their status.”36 They also point to and beyond the identification of structures of domination and repression in search of new understanding and imaginative response to the ominous forces at work in U.S. society marked by a collapse of civic culture, literacy, and shared citizenship. Such spaces constitute new apparatuses for people to learn together, to engage in extended dialogue, and to fashion political formations in the service of fighting for political, economic, and social justice and transformation. This radically expanded notion of sanctuary takes seriously the fact that no democracy can survive without informed citizens.

Democracies in exile are grounded in a discourse of critique and hope, self-reflection, and a comprehensive understanding of politics. As a mode of critique, they offer spaces for critical dialogue, collaboration, and what it means to rethink the significance of politics. As a discourse of hope, they offer the possibility of organizing new levels of resistance designed to dismantle a society that is emulating totalitarian conditions given its attack on dissent, the social contract, and individuals and groups who are being marked as deficient or disposable because of their religion, race, or country of origin. These models for democracy are open collectivities joined in the spirit of compassion and justice; they mark the antithesis of Trump’s society of walls, punitive laws, and gated communities. They signal a mode of witnessing and organized resistance inspired by a renewed commitment to justice and equality. This is a spirit of redemption matched by mass protests such as the recent Day without Immigrants strike and the 4.2 million people who took to the streets in protest on Trump’s second day in office. In both cases, the aim was “to demonstrate the productive power of the people” in the struggle to take back democracy.37

Democracies in exile offer the opportunity to fuse popular movements and traditional sites of struggle such as unions, churches, and synagogues. For example, churches throughout the United States are using private homes in their parishes as shelters while at the same time “creating a modern-underground railroad to ferry undocumented immigrants from house to house or into Canada.”38 Hiding and housing immigrants is but one important register of political resistance that such sanctuaries can provide. Organizations such as the Protective Leadership Institute and the State Innovation Exchange are fighting back against conservative state legislation by modeling progressive legislation, putting ongoing pressure on politicians, educating people on issues and how to employ the skills for disruptive political strategies, and building “a progressive power base in the states.”39 In addition, cities such as New York have proclaimed themselves as sanctuary cities and students in “as many as 100 colleges and universities across the country” have held protests “demanding their schools become sanctuary campuses.”40

Such outposts offer new models of collaboration, united by a perpetual striving for a more just society. As such, they join in solidarity and in their differences, mediated by a respect for the common good, human dignity, and decency. Together they resist a demagogue and his coterie of reactionaries who harbor a rapacious desire to concentrate power in the hands of a financial elite and the economic, political, and religious fundamentalists who seek to amass power by any means necessary. This mode of opposition connects the task of both raising consciousness and mobilizing against the suffocating ideologies, worldviews, and policies that are driving the new species of fascism. These alternative spaces and new public spheres that reflect what Sara Evans and Harry Boyte call “free spaces,” which take on the task of ongoing community education designed to revitalize civic education and civic courage.41

The language of exile signals the need for diverse institutions and public spheres to organize against the poisonous legacies and neo-fascist strictures of racial purity, economic oppression, and sexual violence that are still with us, and rejects the toxic reach of a government dominated by authoritarians with their legions of conservative lawyers, think tanks, pundits, and intellectual thugs. These spaces for resistance make clear that we will demand our right of return to a country and a vision that has served as beacons of hope for centuries, energized in our rejection of all forms of exploitation and racial cleansing.

What might it mean to create public spheres and institutions that represent models of a democracy in exile—sanctuaries that preserve the ideals, values, and experiences of a radical democracy? What might it mean, to imagine diverse democratic landscapes of exile as Islands of freedom that inspire and energize young people, educators, workers, artists, and others to engage in political and pedagogical forms of resistance that are disruptive, transformative, and emancipatory? What might it mean to create multiple protective spaces of resistance that would allow us to think critically, ask troubling questions, take risks, transgress established norms and fill the spaces of everyday life with ongoing acts of non-violent opposition? What will it take to create entire cities whose diverse institutions function as sanctuaries those who fear expulsion and state terror? How might we together generate modes of coordinated resistance that challenge this new and terrifying horizon of neo-fascism that has overshadowed the ideals of an already fragile and wounded democracy?

The concept of democracies in exile is not a prescription or rationale for cynicism, nor is it a retreat from one’s role as an informed and engaged citizen. On the contrary, it is a space of energized hope where the realities of neo-fascism along with its racist, morally obscene, and politically death-dealing practices can be revealed, analyzed, challenged, and end. The United States now occupies an historical moment in which there will likely be an overwhelming acceleration of violence, oppression, lawlessness, and corruption. These are truly frightening times that must be confronted if a democratic future is not to be cancelled out. This certainly raises questions about what role educational institutions should take in the face of impending tyranny.

One of the challenges facing the current generation of educators, students, progressives, and other concerned citizens is the need to address the role they might play in the face of neo-fascism. At the heart of such efforts is the question of what education should accomplish in a democracy under siege? What work do educators have to do to create the economic, political, and ethical conditions necessary to endow young people and the general public with the capacities to think, question, doubt, imagine the unimaginable, and defend education as essential for inspiring an informed thoughtful citizenry integral to the existence of a robust democracy? In a world in which there is an increasing abandonment of egalitarian and democratic impulses and the erasure of historical memory, what will it take to educate young people and the broader polity to learn from the past and understand the present in order to challenge authority and hold power accountable?

One option is for universities to become sanctuaries for democracies in exile. That would mean creating public spaces not only for the most vulnerable, illegal immigrants, and those deemed disposable, but also to serve as beacon for equipping students and others with the knowledge, skills, experiences, and values they need to participate in the struggle to keep the ideal and practices of democracies alive. For many universities, this would mean renouncing their utterly instrumental approach to knowledge, empowering faculty to connect their work with important social issues, refusing to treat students as customers, and choosing administrative leaders who have a vision rooted in the imperatives of justice, ethics, social responsibility, and democratic values.42 The culture of business has become the business of education and to be frank it has corrupted the mission of too many universities. It is necessary for students, faculty, and others to reverse this trend at a time when the dark shadows of neo-fascism are engulfing so much of the planet, threatening not only spaces for critical inquiry but also democracy itself.

We must also ask, what role might education, historical memory, and critical pedagogy have in the larger society in which the social has been individualized, political life has been collapsed into the therapeutic, and education has been reduced to either a private affair or a kind of algorithmic mode of regulation in which everything is reduced to a desired empirical outcome? What role could a resuscitated critical education play in challenging the deadly neoliberal claim that all problems are individual, when the roots of such problems lie in larger systemic forces? What role might universities fulfill in preserving and scrutinizing cultural memory in order to ensure our current generation and the next are on the right side of history? Students and others need the historical knowledge, critical tools, and analytic skills to be able to understand the underlying roots and forces that gave rise to Trump’s ascendency as the President of the United States. Understanding how “the possible triumph in America of a fascist-tinged authoritarian regime” is posed to destroy “a fragile liberal democracy” is the first step towards a viable and sustained resistance.43 What cannot be forgotten is that this an authoritarian regime that draws from a fascist history that unleashed nothing short of large-scale terror, violence, and the death of civic imagination.

Manufactured ignorance erases history and in that space it is easy to forget that Trump is not simply the product of the deep-seated racism, attack on the welfare state, and the free-market frenzy that has driven the Republican Party since the 1980s. He is also the result of the liberal elite and the Democratic Party that separated itself from the needs of working people, minorities of color, and young people by becoming nothing more than the party of the financial elite. The neoliberal elite of the Democratic Party who are so anxious to condemn Trump and his coterie as demagogic and authoritarian are the same people who gave us the surveillance state, bailed out Wall Street, ushered in the mass incarceration state, and punished whistle blowers. Chris Hedges is right in arguing that the Democratic Party is an appendage of the market. Their embrace of “neoliberalism and [refusal] to challenge the imperial wars empowered the economic and political structures that destroyed our democracy and gave rise to Trump.”44 The only answer the Democratic Party has to Trump is to strike back when he overreaches and make a case for the good old days when they were in power. What they refuse to acknowledge is that their policies help render possible Trump’s victory and that what they share with Trump is their mutual support for bankers, the rule of big corporations, neoliberalism, and the assumption that capitalism and democracy are synonymous. What is needed is a new understanding of political, a new democratic socialist party, and a radical restructuring of politics itself.

At the same time, any confrontation with the current historical moment has to be contoured with a sense of hope and possibility so that intellectuals, artists, workers, educators, and young people can imagine otherwise in order to act otherwise. While many countries have transformed into what Stanley Aronowitz calls a repressive “national security state,” there are signs that neo-fascism in its various versions is currently being challenged, especially by young people, and that the radical imagination is still alive.45 No society is without resistance, and hope can never be reduced to merely an abstraction. Hope has to be informed, militant, and concrete. As I have written elsewhere:

Progressives with structural power need desperately to join with those who have been written out of the script of democracy to rethink politics, find a new beginning and develop a vision that is on the side of justice and democracy. Hope in the abstract is not enough. We need a form of militant hope and practice that engages with the forces of authoritarianism on the educational and political fronts so as to become a foundation for what might be called hope in action—that is, a new force of collective resistance and a vehicle for anger transformed into collective struggle, a principle for making despair unconvincing and struggle possible.46

Nothing will change unless people begin to take seriously the deeply rooted cultural and subjective underpinnings of oppression in the United States and what it might require to make such issues meaningful in both personal and collective ways, in order to make them critical and transformative. This is fundamentally a pedagogical as well as a political concern. As Charles Derber has explained, knowing “how to express possibilities and convey them authentically and persuasively seems crucially important” if any viable notion of resistance is to take place.47 The current regime of neo-fascism cultivates support—to call this indoctrination would be far too simplistic—through a new and pervasive sensibility in which people surrender themselves (believing it to be in their interests) to both casino capitalism and a general belief in its call for amplified security, a punishing notion of law and order, and a range of domestic policies that echo the bigotry, racism, and script of racial purification of earlier fascist regimes. This updated version of U.S. fascism does not simply repress independent thought, but constitutes new modes of thinking reproduced and reinforced through a diverse set of cultural apparatuses ranging from the schools and media to the Internet.

Now is the time to refuse to normalize one of the most dangerous governments ever to emerge in the United States, and to talk back, occupy the streets, challenge illegal legalities, engage in general strikes, and never forget that while Muslims might be under attack today, the authoritarian fanatics will come tomorrow for other religious and ethnic groups as well as for the dissenting journalists, environmentalists, feminists, intellectuals, students, and anyone else who falls under the ever-expanding category and rubric of the dangerous “other.” Dark clouds are on the horizon and can be seen in Trump’s order to the Department of Homeland Security to draw up a list of “Muslim organizations and individuals that, in the language of the executive action, have been ‘radicalized.”48 Given Trump’s hatred of dissent, it is plausible that this list will not only be used to criminalize Muslim individuals and their organizations, it will also in due time “allow the government to target the press, activists, labor leaders, dissident intellectuals and the left.”

One initial indication of the Trump administration creating a list of alleged wrong doers or those not passing an ideological litmus test took place when his transition team asked the energy department for a list of names of individuals who had worked on climate change. Under public pressure, the administration later rescinded this request.49 Couple these political interventions with the unprecedented attack on the media by the Trump administration and the barring of the New York Times, CNN, and other alleged “fake news” media outlets from press conferences and what becomes clear is that the apparatuses that make democracy possible are not only under siege but bear the threat of being dismantled. The Trump administration’s use of the category of “fake news” to discredit critical media outlets is part of a massive disinformation campaign designed to destroy the essential categories of truth, reason, evidence, and any viable standards of judgment.

Fear and terror are totalizing in Trump’s appropriation of these tools and aim to be all-embracing. Under such circumstances, a courageous and broad-based resistance is the only option; that is, a necessity forged with an unshakable commitment to economic, political, and social justice. This must be a form of collective resistance that is not episodic but systemic, ongoing, loud, educative, and disruptive. Under the reign of Trump, the words of Frederick Douglass ring especially true: “If there is no struggle, there is no progress…. This struggle may be a moral one; or it may be a physical one; or it may be both moral and physical; but it must be a struggle. Power concedes nothing without a demand. It never did and it never will.”50

There is no choice but to stop Trump’s machinery of civil and social death from functioning. It has to be brought to an end in every space, landscape, and institution in which it tries to shut down the foundations of democracy. Reason and thoughtfulness have to awake from the narcotizing effects of a culture of spectacle, consumerism, militarism, and the celebration of unchecked self-interests. The body of democracy is on life support and the wounds now being inflicted upon it are alarming.

Fortunately, diverse groups, extending from union members and women’s movements to other progressively oriented social formations such as the Black Lives Matter movement, the Moral Monday Movement, and the block the pipelines campaigns, along with growing resistance by teachers, actors, students, and artists are organizing to protest Trump’s neo-fascist ideology and policies. There is reason to hope when the current onslaught of violence and repression produced by the glaringly visible and deeply brutal neo-fascism of the Trump regime has ignited the great collective power of resistance. Optimism and sanity are in the air, and the urgency of mass action has a renewed relevance. The Women’s March on Washington was a hopeful symbol of collective opposition. Thousands of scientists have rallied against the attacks on scientific inquiry, the perils of climate change, and other forms of evidence-based research, and they are planning further marches in 2017.51 A number of big city mayors are refusing to allow their cities to become pale imitations of the Reich, demonstrations are taking place every day throughout the country, students are mobilizing on campuses, and all over the globe women are marching to protect their rights.

What we are witnessing is the imminent necessity to support a collective effort that enables a level of critical thinking, civic literacy, and political courage that will inspire and energize a massive broad-based struggle intent on producing ongoing forms of non-violent resistance at all levels of society. It is important to heed Rabbi Michael Lerner’s insistence that a democracy minded public, workers, and activists of various stripes need a new language of critique and possibility, one that embraces a movement for a world of love, courage, and justice, while being committed to a mode of nonviolence in which the means are as ethical as the ends sought by such struggles.52 Such a call is as historically mindful as it is insightful, drawing upon legacies of non-violent resistance by renowned activists as diverse as Bertrand Russell, Saul Alinsky, Paulo Freire, and Martin Luther King Jr. Despite their diverse projects and methods, these voices for change all shared a commitment to a collective and fearless struggle in which nonviolent strategies rejected passivity and compromise for powerful expressions of opposition. To be successful, such struggles have to be coordinated, focused, and relentless. Single-issue movements will have to join with others in supporting both a comprehensive politics and a mass collective movement. We would do well to heed the words, once again, of the great abolitionist Frederick Douglass, who argued that “It is not light that is needed, but fire; it is not the gentle shower, but thunder. We need the storm, the whirlwind, the earthquake. The feeling of the nation must be quickened; the conscience of the nation must be roused; the propriety of the nation must be startled; the hypocrisy of the nation must be exposed; and the crimes against God and man must be proclaimed and denounced.”53

We live in a time when authoritarian forms are with us again. Hopefully, rage and anger will move beyond condemnation and demonstrations and develop into a movement whose power will be on the side of justice not injustice, bridges not walls, dignity not disrespect, and compassion not hate. Let us hope it develops into a worldwide movement capable of dispelling Orwell and Huxley’s nightmarish vision of the future in our own time. The dark shadow of neo-fascism may be spreading, but it can be stopped. And that prospect raises serious questions about what educators, artists, youth, intellectuals, and others will do today to make sure that they do not succumb to the authoritarian forces circling U.S. society and other parts of the globe, waiting for the resistance to stop and for the lights to go out. My friend the late Howard Zinn rightly insisted that hope is the willingness “to hold out, even in times of pessimism, the possibility of surprise.” Or, to add to this eloquent plea, I would say, collective opposition is no longer an option; it is a necessity.

Notes

  1. On the issue of inequality, see Michael Yates,The Great Inequality (New York: Routledge, 2016).
  2. Editorial Board, “Donald Trump is a Unique Threat to American Democracy,”Washington Post, July 22, 2016.
  3. Albert Camus,The Plague (New York: Vintage, 1991), 308.
  4. Robert Kuttner, “George Orwell and the Power of a Well-Placed Lie,” Moyers and Company, January 25, 2017.
  5. Hannah Arendt, “Hannah Arendt: From an Interview with Roger Errera,”New York Review of Books, October 26, 1978.
  6. Aaron Blake, “Kellyanne Conway says Donald Trump’s Team has ‘Alternative Facts,’ Which Pretty Much Says It All,”Washington Post, January 22, 2017.
  7. Bill Moyers, “Trump’s Queen of Bull Hits a Bump in the Road,” Moyers and Company, February 7, 2017.
  8. Adam Gopnik, “Orwell’s ‘1984’ and Trump’s America,”New Yorker, January 27, 2017.
  9. Viktor Frankl,The Will to Meaning (New York: Penguin, 1988), 21.
  10. Masha Gessen, “Bring Back Hypocrisy!”New York Times, February 19, 2017.
  11. Josh Dawsey, Isaac Arnsdorf, Nahal Toosi and Michael Crowley, “White House Nixed Holocaust Statement Naming Jews,” Politico, February 3, 2017.
  12. Kali Holloway, “Time Is Already Running Out on Our Democracy, Scholar Says,” Alternet, February 13, 2017.
  13. Gopnik, “Orwell’s ‘1984’ and Trump’s America.”
  14. This term comes from one of my students, Erin Ramlo, in a final paper titled “Avoiding the Void: Mapping Addiction and Neoliberal Subjectivity,” May 2016.
  15. John Wight, “Muslim Bans, White Supremacy and Fascism in Our Time,” Counterpunch, January 31, 2017.
  16. See, for instance, Henry A. Giroux,Hearts of Darkness (New York: Routledge, 2010); America’s Addiction to Terrorism (New York: Monthly Review Press, 2016).
  17. This theme has been taken up powerfully by a number of theorists. See C. Wright Mills,The Sociological Imagination (New York: Oxford University Press, 2000); Richard Sennett, The Fall of Public Man (New York: Norton, 1974); Zygmunt Bauman,In Search of Politics(Stanford,, CA: Stanford University Press, 1999); and Henry A. Giroux,Public Spaces, Private Lives(Lanham, MD: Rowman and Littlefield, 2001).
  18. Susan Dunn, “Trump’s ‘America First’ Has Ugly Echoes from U.S. History,” CNN, April 28, 2016.
  19. Matt Ferner, “More Bomb Threats Close Jewish Community Centers Across the Nation,” Huffington Post, February 20, 2017.
  20. Glenn Kessler and Michelle Ye Hee Lee, “Fact-Checking President Trump’s Address to Congress,”Washington Post, February 28, 2017.
  21. Gopnik, “Orwell’s ‘1984’ and Trump’s America.”
  22. Frank Bruni, “Donald Trump Will Numb You,”New York Times, February 19, 2017.
  23. Charles J. Sykes, “Why Nobody Cares the President is Lying,” New York Times, February 4, 2017.
  24. See, for instance, Jeremy Scahill’s searing exposé of Mike Pence’s religious fundamentalism and the fanatics he associates with, all of whom now have access to the White House. Jeremy Scahill, “Mike Pence Will Be the Most Powerful Christian Supremacist in U.S. History,” The Intercept, November 15 2016.
  25. This issue has been brilliantly explored by Zygmunt Bauman inWasted Lives(London: Polity, 2004) andIdentity (London: Polity, 2004).
  26. Marie Luise Knott,Unlearning with Hannah Arendt (New York: Other, 2011, 2013), 17.
  27. Les Leopold, “Why America Has More Prisoners than Any Police State,” Alternet, March 7, 2016.
  28. Joe Macaré, “Real Journalism is the Enemy of Injustice and Deceit,” February 21, 2017. Personal correspondence with the author.
  29. Julie Hirschfeld Davis and Matthew Rosenberg, “With False Claims, Trump Attacks Media on Turnout and Intelligence Rift,”New York Times, January 21, 2017.
  30. Michael M. Grynbaum, “Trump Calls the News Media the ‘Enemy of the American People,’New York Times, February 17, 2017.
  31. Roger Cohen, “The Unmaking of Europe,”New York Times, February 24, 2017.
  32. Garance Burke, “DHS Weighed Nat Guard for Immigration Roundups,” Associated Press, February 17, 2017.
  33. Greg Elmer and Paula Todd, “Don’t Be a Loser,” Television and News Media17, no. 7 (2016), 660.
  34. Frank Rich, “Trump’s Speech Gave Us America the Ugly. Don’t Let It Become Prophesy,”New York Daily Intelligencer blog, January 22, 2017.
  35. Brad Evans, “Humans in Dark Times,”New York Times, February 23, 2017.
  36. Jon Wells, “Steeltown Sanctuary,”Hamilton Spectator, February 24, 2017.
  37. Shutdown Collective, “To Halt the Slide Into Authoritarianism, We Need a General Strike,” Truthout, February 11, 2017.
  38. Salvador Hernandez and Adolfo Flores, “Churches are Readying Homes and Underground Railroads to Hide Immigrants from Deportation Under Trump,” BuzzFeed, February 25, 2017.
  39. Theo Anderson, “How the Left’s Long March Back Will Begin in the States,”In These Times, February 6, 2017; Katie Klabusich, “States and Cities Push Back on Reproductive Health Attacks Saturday,” Truthout,March 4, 2017.
  40. Juan González, “Immigrants Fighting for Sanctuary Cities and Campuses to Protect Millions from Trump Deportation Push,” Democracy Now!, November 22, 2016.
  41. Sara M. Evans and Harry C. Boyte,Free Spaces (New York: Harper and Row, 1986). See also Harry C. Boyte, “Free Spaces Can Help Us Fight Trumpism,”Nation, December 5, 2016.
  42. See, for instance, Henry A. Giroux,Neoliberalism’s War on Higher Education (Chicago: Haymarket, 2014); Henry Heller,The Capitalist University (London: Pluto, 2016).
  43. Harvey J. Kaye, “Who Says It Can’t Happen Here?,” Moyers and Company, February 27, 2017.
  44. Chris Hedges, “Donald Trump’s Greatest Allies Are the Liberal Elites,” Truthdig, March 7, 2017.
  45. Stanley Aronowitz, “Where is the Outrage?”Situations 5, no. 2 (2014): 33.
  46. Henry A. Giroux, “War Culture, Militarism and Racist Violence Under Trump,” Truthout, December 14, 2016.
  47. Charles Derber, private correspondence with the author, January 29, 2014.
  48. Chris Hedges, “Make America Ungovernable,” Truthdig, February 5, 2017.
  49. Chris Mooney and Juliet Eilperin, “Trump Transition Says Request for Names of Climate Scientists Was ‘Not Authorized,’Washington Post, December 14, 2016.
  50. Frederick Douglass, speech delivered at Canandaigua, New York, August 3, 1857.
  51. Dana Nuccitelli, “This Is Not Normal—Climate Researchers Take to the Streets to Protect Science,”Guardian, December 16, 2016.
  52. See, Rabbi Michael Lerner, “Overcoming Trump-ism,”Tikkun (Winter 2017), 4–9; Rabbi Michael Lerner, “Yearning for a World of Love and Justice,”Tikkun, April 30, 2015.
  53. Frederick Douglass, “The Meaning of July Fourth for the Negro,” speech delivered in Rochester, New York, July 5, 1852, available at http://historyisaweapon.com.

Source:

Trump’s America

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