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En Glasgow, los pueblos indígenas golpean la mesa por sus derechos

Por: Emilio Godoy

GLASGOW – “Para mi pueblo, los efectos del cambio climático son la realidad diaria. La estación de lluvias es más corta y cuando llueve, hay inundaciones. Y hemos sufrido sequía”, aseguró la indígena wodaabe o mbororo Hindou Oumarou Ibrahim.

Para la fundadora de la no gubernamental Asociación de Mujeres y Pueblos de Chad, un efecto pernicioso es la violencia generada, porque “cuando pierde los recursos, la gente pelea por ellos, por el agua, por ejemplo”, relató a IPS luego de un foro sobre los avances de los grupos nativos en la cumbre climática de la ciudad de Glasgow, en el norte de Reino Unido.

En todo el mundo, los pueblos originarios enfrentan la ambigüedad de proteger ecosistemas, como bosques o zonas costeras, y al mismo tiempo padecen los embates de la furia climática desatada por la adicción de la humanidad a los combustibles fósiles, como sequías, tormentas destructoras y el aumento del nivel del mar.

Desde hace décadas, sus miembros han insistido en que sus conocimientos tradicionales pueden contribuir a la lucha climática. El surgimiento de la pandemia de covid-19 en 2020 ha corroborado el resultado de tratar a la naturaleza como una mercancía más.

Si bien en la última década la representación indígena ha saltado a la palestra de cumbres ambientales, como esta 26 Conferencia de las Partes (COP26) de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre Cambio Climático (CMNUCC) que inició el domingo 31 en esta ciudad escocesa. Pero ahora quieren más y no seguir siendo solo unos convidados de piedra.

“Esperamos que la cumbre tome en cuenta a las comunidades indígenas. Tiene que haber fondos que vayan directamente a los pueblos indígenas”, pidió ante IPS la indígena q’eqchí’ Graciela Coy, de la no gubernamental Ak’Tenamit  (nuestro pueblo, en q’eqchí’), que trabaja en el norte de Guatemala.

Los representantes de las organizaciones indígenas han conquistado estar en todos los escenarios de las COP. Participan como observadores en las sesiones oficiales donde se debaten los acuerdos, en la cumbre paralela de los movimientos sociales y en todos los demás foros que se enciman uno tras otro en las dos semanas de la conferencia climática.

Una de las expectativas indígenas en Glasgow es la aprobación del plan de trabajo por tres años de la “Plataforma para el intercambio de experiencias y mejores prácticas de los pueblos indígenas y las comunidades locales”, originada en la COP21, la que aprobó el Acuerdo de Paris en 2015.

Esa propuesta debe ser aprobada por el Grupo de Trabajo Facilitador, integrado por siete indígenas y siete representantes gubernamentales y avalado en la COP24, celebrada en la ciudad polaca de Katowice en 2018. Luego deberá ratificarla la plenaria de la 196 Partes de la COP y tiene que incluir actividades de fortalecimiento de capacidades de los grupos originarios, el mapeo de medidas para su participación dentro de la CMNUCC y de financiamiento.

Entre 2019 y 2021, el grupo efectuó 11 actividades, sin sesiones físicas por la pandemia.

Las políticas climáticas son el foco de la COP26, que concluye el 12 de noviembre, luego de ser pospuesta un año por la pandemia de covid-19.

Los delegados gubernamentales en la COP26 abordan las reglas de los mercados de carbono, el financiamiento climático por al menos 100000 millones de dólares anuales, las brechas entre las metas de reducción de emisiones y las disminuciones necesarias, las estrategias para neutralidad del carbono en 2050, planes de adaptación y el programa de trabajo sobre comunidades locales y pueblos indígenas.

Para la indígena kankanaey igorot Victoria Tauli-Corpuz, de Filipinas, es fundamental la inclusión de derechos humanos en el financiamiento a la reducción de emisiones y adaptación a los efectos de la crisis climática, así como en la creación de mercados de carbono.

“Los pueblos indígenas sufren también por las soluciones climáticas, como los proyectos de energía renovable. Debe haber salvaguardias efectivas que permitan la protección de los derechos de los pueblos indígenas” en las políticas climáticas, señaló a IPS quien fue relatora especial de Naciones Unidas sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas entre 2014 y 2020.

Ese respeto se ha vuelto impostergable en zonas como la Amazonia, el principal macizo selvático de América Latina compartido por ocho países y un territorio francés, cuyos habitantes indígenas han sufrido el deterioro ocasionado por la incursión de empresas agropecuarias -ganadería y soja-, de hidrocarburos y mineras, además de las construcciones de represas, vías férreas, carreteras y puertos fluviales.

Por eso, el indígena shuar Tuntiak Katan, de Ecuador, coordinador general de la Alianza Global de Comunidades Territoriales, consideró a IPS que la salida de las actividades extractivas de ese ecosistema es una condición fundamental para perseverar en la protección climática.

“Los pueblos indígenas ya protegemos 950 millones de hectáreas en todo el mundo. Lo que pedimos es el cuidado de 80 por ciento de la Amazonía en 2025. Somos la voz de las mujeres, los niños y los ancianos” que sufren los impactos en los territorios, exhortó Katan, vicecoordinador de la no gubernamental Coordinadora de las Organizaciones Indígenas de la Cuenca Amazónica (Coica).

Un cúmulo de la evidencia científica más reciente demuestra que los pueblos nativos son los protectores más eficaces de los bosques tropicales, por lo cual se requiere de mayores esfuerzos para su conservación, ante las crecientes amenazas.

La indígena q’eqchí’ Graciela Coy (D), de Guatemala, pidió durante la cumbre climática de Glasgow que los fondos internacionales prometidos lleguen directamente a los pueblos originarios. Foto: Emilio Godoy / IPS

Prometer no empobrece

Ante los abundantes ofrecimientos efectuados en la primera semana de actividades de la COP26 para promover la tenencia indígena de la tierra y la reforestación, los pueblos originarios mostraron escepticismo y demandaron participación directa en esos esquemas.

Oumarou Ibrahim y Coy coincidieron en la definición necesaria de mecanismos para que los recursos ofrecidos lleguen directamente a los territorios.

Los líderes mundiales “deben ser nuestros socios. El financiamiento debe adaptarse a las necesidades de la gente. El asunto es cómo van a llegar los recursos directamente a los pueblos indígenas”, según Oumarou Ibrahim.

A juicio de Coy, la lucha climática requiere de asignación de fondos, que deben transferirse “a los pueblos indígenas, pues hay mucha ayuda internacional” que no siempre se materializa en las comunidades locales.

En una aceptación de lo que los pueblos originarios han reclamado por años, los gobiernos de Alemania, Estados Unidos, Noruega, Países Bajos, Reino Unido y 17 financistas privados anunciaron el 1 de noviembre la disposición de 1700 millones de dólares para ayudar a las comunidades indígenas y locales a preservar los bosques tropicales entre 2021 y 2025.

Se estima que cada año solo 270 millones de dólares se destinan al cuidado forestal y 46 millones llegan a los guardianes directos del bosque: los pobladores ancestrales.

El financiamiento multilateral directo a poblaciones aborígenes ha sido una barrera recurrente para los esfuerzos por proteger recursos naturales.

Por ejemplo, el Fondo Verde para el Clima (FVC), creado en la COP16 de Cancún de 2010, ha financiado 121 proyectos de medios de vida de comunidades y ha entregado para ello un total de 1400 millones de dólares.

Para el total de 190 proyectos, ha desembolsado 2000 millones de dólares y otros 6000 están bajo ejecución. Además, ha comprometido otros 10000 millones para emprendimientos. Asimismo, ha registrado a 113 instituciones para recibir fondos, pero ninguna de índole indígena.

Además, el 2 de noviembre más de 105 naciones se adhirieron a la “Declaración de los líderes de Glasgow sobre bosques y uso de la tierra” que estipula alcanzar la deforestación cero en 2030.

Los pueblos originarios demandan también su inclusión en las contribuciones determinadas a nivel nacional (NDC, en inglés), los compromisos voluntarios adoptados por cada país para 2030 y 2050, a fin de cumplir con el Acuerdo de París y sobre los que recae la meta aspiracional de contener el recalentamiento planetario en 1,5 grados C.

“Solo necesitamos un empujón. Estamos seguros de lo que hacemos y por eso es bueno que ofrezcan financiamiento. Pero lo que se debe hacer es abandonar el extractivismo y sacar a las petroleras, mineras y las empresas agropecuarias de nuestros territorios, y aplicar una visión holística, con la visión de los pueblos indígenas”, urgió Katan.

Aunque la COP26 no arroje los resultados deseados por los pueblos indígenas, seguirán con el cuidado de los recursos naturales y con su exigencia de justicia climática.

IPS realizó este artículo con el apoyo de Iniciativa Climática de México y European Climate Foundation.

Fuente de la información e imagen: https://ipsnoticias.net

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Escocia será el primer país del mundo en dictar educación LGTB en las escuelas

Redacción: TN

Las temáticas incluirán la terminología, las identidades y la historia de los movimientos de la diversidad sexual. Abordarán la homofobia, la bifobia, la transfobia y los distintos prejuicios al respecto.

Escocia no detiene su avance hacia lainclusión sexual y ahora se convertirá en pionera al introducir en su plan de estudios la enseñanza de los derechos de las personas LGTBQ(lesbianas, gays, transexuales, bisexuales e intersexuales).

La campaña «Time for Inclusive Education» (El momento para una educación inclusiva) consiguió que estos conocimientos que fomentan la igualdad se incluyan en el currículum escolar de forma inmediata, según adelantó el Ejecutivo presidido por la líder del Partido Nacionalista Escocés (SNP), Nicola Sturgeon.

Un grupo de jóvenes en un taller sobre educación LGTB (Diversity Role Models)
Un grupo de jóvenes en un taller sobre educación LGTB (Diversity Role Models)

El viceprimer ministro y responsable de Educación, John Swinney, declaró ante el Parlamento que todas las escuelas públicas recibirán los recursos necesarios para implementar estas enseñanzas, que se agruparán en varios temas, entre los diferentes grupos de edad.

Las temáticas incluirán la terminología, las identidades y la historia de los movimientos LGTBQ, abordarán la homofobia, la bifobia, la transfobia y los prejuicios en relación con las personas que se declaran LGTBQ promoviendo la educación en igualdad.

Jordan Daly, cofundador de la campaña, calificó la decisión gubernamental como una «victoria monumental» para su movimiento, que consiguió que el Ejecutivo regional acepte todas sus recomendaciones y estimó que es un «momento histórico» en términos sociales.

«La implementación de la educación inclusiva LGTBQ en todas las escuelas públicas es una primicia mundial. En un momento de incertidumbre global, esto envía un mensaje fuerte y claro a los jóvenes LGTBQ de que son valorados aquí, en Escocia«, afirmó.

Un estudio elaborado por «Time for Inclusive Education» reveló que nueve de cada diez LGTBQ escoceses experimentan homofobia en la escuela y un 27 % declaró haber intentado suicidarse tras haber sufrido algún tipo de intimidación.

Para Swinney, Escocia ya es uno de los territorios «más progresistas de Europa en términos de igualdad LGTBQ» y ahora será el primero en «tener una educación inclusiva LGTBQ, integrada en el currículo».

«Nuestro sistema educativo debe apoyar a todos los estudiantes para que alcancen su máximo potencial. Por eso es vital que el currículo sea tan diverso como los jóvenes que aprenden en nuestras escuelas», indicó.

Escocia se ha situado históricamente como una de las regiones europeas más avanzadas en relación con la protección legal de las personas LGTBQ, a pesar de que despenalizó la homosexualidad en 1980, trece años después que Inglaterra y Gales

Fuente: https://tn.com.ar/internacional/escocia-sera-el-primer-pais-del-mundo-en-dictar-educacion-lgtb-en-las-escuelas_915490

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Can Sturgeon’s bid to narrow the ‘educational gap’ survive austerity

By: Kevin McKenna.

The first minister has praised the contribution of Catholic schools to ‘modern Scotland’

There was a time not very long ago – perhaps 25 years, maybe 30 – when Scotland wasn’t obsessed with how its education system was delivered.

This is not to suggest that education was ever deemed less than crucial to the nation’s future. It’s just that, until recently, you never had the sense that education on its own could destabilise governments. There was a received wisdom that Scotland possessed the finest education system in the world. This probably resonated for many years after it ceased to be true.

The intensity we now bring to any debate on the subject was also largely absent. The optimism inspired by Anthony Crosland’s expansion of the comprehensive education system in 1965 cannot be overstated. For tens of thousands of UK families, these stretched horizons and parted clouds. They held out the genuine prospect of “bettering” yourself. The vast deposits of emotional trust that working-class people invested in Harold Wilson’s Labour government as a result cannot be overstated.

This was an era when working-class people were still content to rent their homes from the local authority and the concept of home ownership – moving on, up and beyond the environs of your birthplace – was unknown. The idea of living in an area with a “good school” was also exotic. You simply took the school you were given; we all knew who the bright children were and who would start every day two goals down. The nature and quality of a school couldn’t change that.

In Scotland, as in the rest of the UK, remorseless free market capitalism began to undermine the concept of comprehensive education. Schools once considered to be excellent were soon deemed to be “rough”, as “aspirational” families moved from their traditional heartlands. The schools where they began to settle quickly had “desirable” status conferred upon them. As newspapers began to publish league tables of academic attainment, house prices rose and education became the main topic of conversation where the expanded middle classes gathered. To be caught short at the school gates on the details of the Herald’s academic league tables was to risk becoming a social pariah.

There was an increase in expectations of families who had once simply been grateful that the 11-plus system had been replaced with the much fairer comprehensive one. The concomitant pressure on successive Scottish governments to meet these heightened expectations has become almost unbearable. Initiatives have tumbled forth: Higher StillCurriculum for Excellence and still the attainment gap between the disadvantaged and the affluent remains.

‘The medical school at Glasgow University has overseen an astonishing increase in the number of poorer students accessing medicine.’
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 ‘The medical school at Glasgow University has overseen an astonishing increase in the number of poorer students accessing medicine.’ Photograph: Alamy Stock Photo

Scottish Conservatives relish those times of the year when measures of attainment are published. They never consider the effects of punitive austerity in neighbourhoods left devastated by it. How does a child concentrate on his studies when he doesn’t know what will confront him when he gets home? When the question is not: “What’s for dinner?” but: “Will there be dinner?”, double maths takes a back seat.

Yet, Nicola Sturgeon has publicly – and repeatedly – staked her career on narrowing the gap. Some developments in the last few weeks have relieved the pressure on her. Scotland’s two greatest universities, Glasgow and Edinburgh, announced that their widening access programmes for children from disadvantaged communities have begun to bear rich fruit. In particular, the medical school at Glasgow University has overseen an astonishing increase in the number of poorer students accessing medicine, one of the most coveted and elite courses in the UK. Painstakingly constructed over 10 years, the initiatives that have delivered this success are also beginning to trickle down through entire year groups in schools within the target lowest 20% of MD (multiple deprivation) communities.

The first minister has also had cause to acknowledge another much older and well-established success story. Last week was the centenary of the passing of the 1918 Education (Scotland) Act, which paved the way for state-funded Catholic schools. In a speech this year, Sturgeon went further than any previous first minister in acknowledging and endorsing the hugely significant contribution Catholic schools have made to Scottish society.

As she unveiled an extra £100,000 of funding for Catholic teacher training, she said: “Catholic schools have made a tremendous contribution to Scottish education and this is something we want to see continue. We value the contribution that Catholic schools make to modern Scotland.” She is aware of the extraordinary academic results achieved by Catholic schools in deprived areas. If the educational attainment gap is to narrow then Catholic schools will be a key factor. She knows it and so does her government.

Of course, in enlightened, progressive and modern Scotland, you can still hear liberal voices, usually on phone-in shows on BBC Radio Scotland, offering opposition to these schools. Some have recently come from the scarecrow wing of the SNP’s Westminster group. Their manufactured tolerance comes with strings attached regarding some of the teachings of the Catholic church.

This is when they pretend to be concerned with “bigotry” and “sectarianism”. If they did, they might wonder why Catholics in Scotland are more likely to be the victims of hate crime than all other faiths combined. Must be those wretched Catholic schools encouraging their pupils to be Catholic and upsetting people.

Source of the article: https://www.theguardian.com/commentisfree/2018/nov/25/catholic-schools-improve-lot-poor-children

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Escocia, primer país en integrar derechos LGBTI+ en educación oficial

Europa/ Escocia/ 13.11.2018/ Fuente: regeneracion.mx.

Escocia se convertirá en el primer país del mundo en integrar la enseñanza de los derechos de lesbianas, gays, bisexuales, transexuales e intersexuales en el currículo escolar, en lo que los activistas han calificado como un momento histórico.

De acuerdo con The Guardian, las escuelas estatales enseñarán a sus estudiantes temas sobre la historia de los movimientos LGBTI, la homofobia y la transfobia.

Asimismo, impartirán temas sobre la identidad de LGBTI.

Esta decisión es el resultado de las recomendaciones emitidas por especialistas y activistas agrupados en Time for Inclusive Education (TIE) que trabaja en colaboración con el gobierno escocés.

En esta nueva disposición oficial no habrá exenciones ni cláusulas de exclusión.

Por el contrario, incorporará la educación inclusiva LGBTI en todo el currículo y en todas las materias.

Esto coloca a Escocia como pionero mundial en educación incluyente.

Jordan Daly, co-fundador de TIE, dijo que el “legado destructivo” de la Sección 28 había llegado a su fin.

Esta legislación, introducida en 1988, prohibió a las autoridades locales en el Reino Unido “promover” la homosexualidad.

La ley fue derogada en Escocia en 2001 y en el resto del Reino Unido dos años después.

Día histórico, es una primicia mundial

Daly agregó:

“Esta es una victoria monumental para nuestra campaña y un momento histórico para nuestro país.

La implementación de la educación inclusiva LGBTI en todas las escuelas estatales es una primicia mundial.

En un momento de incertidumbre global, esto envía un mensaje fuerte y claro a los jóvenes LGBTI de que son valorados aquí en Escocia”.

Un estudio elaborado por la propia TIE encontró que:

-Nueve de cada 10 personas escocesas LGBTI experimentaban homofobia en la escuela.

-El 27 por ciento informó que había intentado suicidarse después de haber sido intimidado.

La investigación también encontró que había poca comprensión en las escuelas sobre los prejuicios contra las personas.

Particularmente hacia personas con variaciones en sus características sexuales.

Los temas de prejuicio incluyen en los cuerpos intersexuales.

Plan de estudios tan diverso como son los jóvenes

El viceprimer ministro, John Swinney, dijo en el evento:

“Escocia ya se considera uno de los países más progresistas de Europa para la igualdad LGBTI”.

“Me complace anunciar que seremos el primer país del mundo en tener una educación inclusiva LGBTI incluida en el currículo”.

“Nuestro sistema educativo debe apoyar a todos para alcanzar su máximo potencial”.

“Por eso es vital que el plan de estudios sea tan diverso como son los jóvenes que aprenden en nuestras escuelas”.

La apertura en la sociedad escocesa

Escocia se ha clasificado regularmente como uno de los mejores países de Europa en relación con las protecciones legales para las personas LGBTI.

Incluso a pesar de que despenalizó la homosexualidad apenas en 1980.

Es decir, 13 años después que Inglaterra y Gales.

Para 2016, la exlíder laborista escocesa Kezia Dugdale describió que su país tiene “el parlamento más gay del mundo”.

En ese momento, cuatro de los seis líderes de los partidos de Escocia son identificados como lesbiana, gay o bisexual.

El descontento de los grupos de mujeres

El anuncio se produce después de que The Guardian informara el martes que los grupos de mujeres habían escrito a la secretaria de educación, Damian Hinds, advirtiendo que los planes de educación sexual del gobierno de Westminster para Inglaterra estaban condenados al fracaso a menos que se revisaran radicalmente.

En mayo, el gobierno galés anunció una revisión de la educación sexual en las escuelas.

Desde ese mes se preveían planes para hacer inclusivo el tema LGBT.

Es decir, integrarlo en la currícula, en lugar de enseñarlo por separado.

Fuente de la noticia: https://regeneracion.mx/escocia-primer-pais-en-integrar-derechos-lgbti-en-educacion-oficial/

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España: Sindicatos y Educación, ante la huelga en las haurreskolak

España/Noviembre de 2017/Fuente: Cadena Ser

En `La Ventana Euskadi´ entrevistamos a Xabier Irastorza, del sindicato ELA y a Maite Larrañaga, gerente del Consorcio de Haurreskolak, ante la primera de las tres jornadas de huelga en las Haurreskolak, las escuelas infantiles públicas de 0 a 2 años que surgen de los convenios de adhesión al Consorcio de Haurreskolak. Estejueves, 9 de Noviembre, comienza la huelga que tendrá lugar los 3 jueves consecutivos de Noviembre.

Xabier Irastorza reclama la gratuidad de las Haurreskolak así como aumentar el ratio, con un mínimo de dos profesores por aula, y denunciar la elevada temporalidad, que se eleva al 41 por ciento. 

Fuente: http://cadenaser.com/emisora/2017/11/08/radio_bilbao/1510173381_765778.html

 

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Educación sexual en los colegios I

Por: Gonzalo Cardenal M

En muchos centros la educación sexual pasa por clases prácticas de cómo utilizar los preservativos. Esa es la única salida que les ofrecen a los jóvenes.

Si hay un aspecto que se está imponiendo por igual por todo el mundo, ya sea en Europa, América Latina o África son los llamados “programas de educación sexual” y que en gran medida no son otra cosa que un sistema de adiestramiento de los niños en la ideología de género y en los anticonceptivos y el aborto.Eso sí, estos programas siempre aparecen disfrazados de un aspecto educativo cuyo único y aparente objetivo es evitar los embarazos no deseados y las enfermedades de transmisión sexual. Estas políticas no son solo apoyadas, sino que son promovidas generalmente por organizaciones supranacionales como las Naciones Unidas, que en muchos casos supedita la ayuda financiera a países pobres, o en vías de desarrollo a la aplicación de estos programas de adoctrinamiento, de colonización imperialista, como lo ha denunciado y denominado con toda la boca y repetidamente el papa Francisco.

Como un ejemplo de la imposición de estos programas pudiéramos citar el reciente informe de la Unesco, en el que pedía a la Asamblea General de la ONU que impusiera más exigentemente programas de adoctrinamiento, en este caso el LGTBI, en los colegios de todo el mundo.

La realidad es que son decenas de miles los colegios que en todos los continentes llevan aplicando en años programas de educación sexual. Pero hasta ahora nadie se había parado a analizar si realmente estos son eficaces o son únicamente pura ideología (la de género).Esto es lo que ha realizado Cochrane, una red global de investigadores del ámbito de la salud que realizan informes muy completos generando así información destinada a que se tomen mejores decisiones en el mundo de la Salud.

El estudio de estos expertos ha revisado los datos de más de 55,000 jóvenes de países como Inglaterra, Escocia, Sudáfrica, Chile, Kenia, Tanzania, Zimbabwe o Malawi. Y han realizado un seguimiento que va desde las edades de año y medio hasta los 7 años. Es decir, una muestra amplia y duradera en el tiempo.

La conclusión a la que llegan es devastadora para los promotores de estos programas educativos: no reducen el número de embarazos ni las enfermedades de transmisión sexual. Es más, no tienen ningún efecto en los jóvenes.¿Los jóvenes están mejor informados? Sí, pero los jóvenes también están recibiendo un bombardeo de mensajes de carácter sexual que anula esta información. En estos programas todo vale, todo se permite, la clave es el deseo y el único freno que se les ofrece es el preservativo. Y esta política se demuestra claramente ineficaz.En muchos centros parte de la educación sexual pasa por clases prácticas de cómo utilizar los preservativos. Esa es la única salida que les ofrecen a los niños y jóvenes… como única defensa.El autor principal del informe, el doctor Mason-Jones, insiste en que tal y como se diseñan estos programas actualmente “no tienen ningún efecto sobre el número de jóvenes infectados con el VIH, otras infecciones de transmisión sexual o el número de embarazos”.La próxima semana concluiremos con más información, habilitando a nuestros padres a revisar y cuestionar estos programas, cuando intenten imponerlos en los colegios de sus hijos, si es que ya no se los están impartiendo.

Fuente: http://www.laprensa.com.ni/2017/07/08/opinion/2259520-educacion-sexual-en-los-colegios-i

 

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La disputa por los derechos humanos por Carlos de la Rosa

Carlos de la Rosa de la Vega
Rebelión
El siguiente artículo es el texto de introducción del libro «Más allá de lo imposible. La dimensión política de los derechos humanos en el siglo XXI», publicado por la editorial Txalaparta, Navarra (España), en febrero de 2016.

Los derechos humanos son un campo de batalla. Sobre ellos se erigen los más diversos discursos destinados a legitimar posicionamientos ideológicos las más de las veces irreconciliables. Posturas enfrentadas disputan hacerse hegemónicas en terrenos comunes de lucha, institucionalizando así su visión del conflicto y sus propuestas concretas de resolución del mismo. Por lo general, en cualquier conflicto se remite a la observancia o inobservancia de los derechos humanos en una cadena de argumentaciones en espiral: en nombre de los derechos humanos se demonizan los sistemas políticos que dificultan el bienestar y la dignidad de su población (recordemos los casos de Irak, Libia o Ucrania); para hacer efectivos los derechos humanos en esos lugares se llevan a cabo invasiones militares que destruyen escuelas, iglesias, sistemas de comunicación, hospitales, carreteras, vidas, canales de abastecimiento de agua potable y electricidad (Libia, Irak, Ucrania); enarbolando esa misma bandera se denuncian las guerras y asesinatos que presuntamente solo buscaban ofrecer los beneficios de los propios derechos humanos a una población que, en muchos casos, ya no existe (Irak, Ucrania, Libia).

Algo similar ocurre con el aborto. Basándose en la legitimidad que les otorgan los derechos humanos, reivindican muchas mujeres su derecho a la interrupción voluntaria del embarazo; su poder de elegir sobre su propio cuerpo y sobre su destino sin imposición ajena, su derecho a escapar de la precarización en la que vivirían ella y su criatura al no disponer de los recursos económicos o de cuidado suficiente para hacer de esas dos vidas (la suya y la de su criatura) unas dignas de ser vividas. También en nombre de los derechos humanos muchos reivindican el derecho del no nacido a la vida, tal cual lo tuvo su madre al nacer, ya sea desde enfoques teológicos (solo Dios da y quita la vida), ya desde posicionamientos de inclusión familista (también los hombres-padres deberían poder decidir) y hasta colectivistas (la decisión de abortar o parir no debe recaer en la madre, ni siquiera en la madre y el padre, sino en la sociedad en su conjunto, que es la que en última instancia crea las condiciones estructurales para el sustento de la criatura en el futuro). La misma lógica argumentativa siguen las discusiones en torno a la eutanasia, por ejemplo, o sobre la idoneidad o peligrosidad de llevar a cabo políticas de desarrollo económico en el corto y largo plazo.

Si esto es posible, si un solo puñado de leyes agrupadas puede ser el centro de conflictos y debates tan amplios, de intereses y planteamientos nacidos en cualquier lugar del mundo y aplicados en el otro extremo del globo, es porque la Declaración Universal de los Derechos Humanos es la primera constitución de la historia que nace con la pretensión explícita de abarcar a toda la humanidad. Antes de 1948, cientos son los intentos de establecer unas pautas de convivencia en base a la coexistencia pacífica y alejadas de la imprevisibilidad de las reacciones por parte de las personas o grupos dirigentes. Desde el Código de Hammurabi (siglo XVII a.C.) hasta el Cilindro de Ciro en Babilonia (539 a.C.), pasando por las leyes de Solón y Dracón en la Atenas del siglo VII a.C., las XII Tablas romanas del siglo V a.C. e incluso la carta del imperio Malí, leída en el siglo XIII en el África occidental, muchas son las leyes que pueden considerarse actualmente como precursoras de los derechos humanos. Pero si estas normas fueron proclamadas para regir la convivencia en un territorio y población concreta, la Declaración Universal de los Derechos Humanos nace con la pretensión explícita de regir las relaciones sociales de cualquier grupo humano a lo largo y ancho del mundo, sea cual sea su lugar de nacimiento y residencia. Su finalidad es inclusiva e inmortal: su propósito es servir a todos, a todas, y para siempre.

Esta concepción universalista de los derechos humanos fue recogida y plasmada por el jurista francés y Premio Nobel de la Paz en 1968 René Cassin, quien en los debates de la Comisión de redacción de la Declaración consiguió que ésta fuera adjetivada como universal (Mestre Chust, 2007). Y esto porque frente a lo universal, lo internacional lo componen los estados y otros actores de la escena política global, como las empresas transnacionales o los organismos supraestatales (Unión Europea, OTAN, etc.). En el caso de haber sido proclamada una Declaración internacional, sería a estos actores globales a los que irían destinados los derechos humanos. Estos serían los encargados de administrarlos y fiscalizarlos, poniendo trabas, facilidades, ralentizando su aplicación o imponiéndolos por la fuerza de manera rutinaria. Y ello debido a que desde esta perspectiva lo internacional es un concepto temporal, coyuntural, casi anecdótico. En la práctica, según el posicionamiento de partida de René Cassin, unos países serían más garantes que otros en la administración de estos derechos. Algunas zonas del planeta quedarían huérfanas de este bien, mientras que en otras podría ser gestionado como un mero servicio de lujo. Los derechos humanos podrían ser intercambiados, vendidos, suspendidos. Al calificarla de universal, la Declaración postuló que ninguna persona puede ser separada de estos derechos, y que su titularidad es directa, no derivada, sin intermediarios. Aunque la práctica dicte una realidad bien distinta, teóricamente no son los estados o alguna empresa petrolera quien tiene la capacidad de administrar los derechos humanos como si fueran impuestos, avena o gas. Esto se debe a que en este marco lo internacional hace referencia al aspecto jurídico-gubernamental como el predominante en el juego de la política, realizada desde posiciones diferentes y tendentes tanto a la colaboración como al conflicto. Lo universal, en cambio, se relaciona con una ausencia de conflicto que abarca la dimensión jurídico-gubernamental como una más de las que componen el mundo de las relaciones humanas. Lo internacional, dicho de otra manera, desde esta perspectiva, es un espacio demasiado mundano: remite a lo cultural, a lo temporal, a lo que está sujeto al cambio. Lo universal es, sin embargo, una dimensión de lo real ni siquiera exclusivamente humana. El concepto de universalidad remite a todo lo abarcable, a lo inmutable, a lo estable, lo que permanece. Remite –y aquí radica parte de su gran importancia- tanto a todo lo existente (como la naturaleza, y su degeneración: el medio ambiente) como a lo no existente aún (las generaciones venideras).

Por eso la Declaración Universal pretende presentarse al mundo sin sujeción a uno u otro credo. No es apolítica, pero intenta no estar ligada a las particularidades de una moda o una forma política concreta; se presenta como universal porque las abarca a todas, por encima y entre los actores políticos: engloba a toda la humanidad y de manera directa, sin intermediación posible. De esta manera desde el enfoque universalista, los actuales derechos humanos y su plasmación final en la Declaración Universal de 1948 no hacen más que recoger una herencia de milenios en busca de la armoniosa convivencia humana que puede ser rastreada a lo largo de la historia del pensamiento, desde las principales religiones monoteístas hasta el humanismo filosófico desarrollado en el último siglo, pasando por la moral confuciana y el ateísmo militante. Como consecuencia, los derechos humanos, al hacerse universales, pertenecen, de facto, a toda persona, toda institución, toda cultura y toda sociedad, en cualquier lugar y momento histórico: es, como se ha dicho antes, de todo ser humano y para siempre.

Sin embargo, en los últimos años esta concepción de los derechos humanos ha sido fuertemente cuestionada. Por un lado, se ha puesto en entredicho el pretendido carácter inalienable de los derechos humanos: de ser así, no habría necesidad alguna de que estos tuvieran que ser defendidos, reivindicados, conseguidos y ratificados por multitud de convenciones internacionales y prácticas sociales. Además, si estos derechos perteneciesen de manera innata a toda persona, fuera cual fuera su origen y situación étnica, geográfica, laboral, etc., no podría llevarse a cabo acción alguna que tuviese como consecuencia pretendida o inesperada el daño de los derechos humanos de grandes grupos de población sin que ésta fuese duramente castigada. Algo que, conocemos, no ocurre. Más humildemente, parece que lo que se nos ofrece no es la indiscutible titularidad de los derechos humanos por el mero hecho de haber nacido, sino la posibilidad de su disfrute, y que no es más –ni menos- que esta posibilidad la que aparece recogida en la ingente literatura sobre el tema, como una hoja de ruta a realizar.

Por ello se suele diferenciar entre la dimensión formal de los derechos humanos, aquella que queda recogida en la Declaración de 1948 y en las sucesivas convenciones firmadas hasta nuestros días, y la dimensión material de los mismos, pretendiendo así mostrar el amplio espacio existente entre el reconocimiento legal de los derechos y el acceso real a unos recursos –los propios derechos humanos, esta vez materializados- por parte de grupos sociales las más de las veces ajenos a los procesos de reparto y adquisición de los mismos. Así es cómo desde un segundo enfoque –que podríamos denominar materialismo cultural, pues pone el énfasis en la contextualización particular en la que nacen y se desenvuelven los derechos humanos- se critica la perspectiva universalista por presentar unos derechos humanos desterritorializados, fuera, por encima y previos al mundo en el que se aplican, casi ajenos a él, al tiempo que alerta del carácter eminentemente político de los mismos, «inmersos en relaciones de poder que funcionan oprimiendo, explotando y excluyendo a muchos colectivos de personas que exigen vivir dignamente» (Herrera Flores, 2005). Desde esta perspectiva se definen los derechos humanos no como las frutas a recoger del árbol del sistema, ni como el reguero que deja a la población una estructura jurídica e institucional supranacional a través de un mecanismo de goteo siempre previsiblemente insuficiente. Por el contrario, culturalmente los derechos humanos son definidos como los espacios y las prácticas de encuentro, interacción, conflicto y (des)acuerdo donde se dan las condiciones de su desarrollo. Es decir, como los recursos con los que se construyen las bases del bienestar y la convivencia humana -valores, normas, instituciones- a la vez que como las prácticas sociales que posibilitan la existencia de esos recursos (Herrera Flores, 2000).

Desde esta perspectiva, que creemos necesario hacer nuestra, las prácticas sociales son configuradoras de derechos humanos cuando responden a la necesidad de defenderse de un contexto o elemento del mismo tendente al daño sistemático de las condiciones de vida de una población dada, o cuando están orientadas al nacimiento de una nueva contextualización de las relaciones de poder más justa e igualitaria. En este sentido, las prácticas constitutivas de derechos humanos se articulan en base a dos momentos, ya se den éstas de manera consecutiva, alternativa, excluyente o paralela.

El primer momento, con un carácter eminentemente reactivo, es el que se caracteriza por la defensa y mantenimiento de los cauces de humanización frente a una situación significada como dañina. En este momento los derechos humanos son conformados en base a un conjunto de prácticas sociales, simbólicas, culturales e institucionales «que reaccionan contra los excesos de cualquier tipo de poder y en donde se impide a los seres humanos constituirse como sujetos» (Sánchez Rubio, 2007). Es, pues, en este momento, el establecimiento de unas líneas rojas lo que nos da el sentido de la civilización: más allá de las cuales se encuentra la barbarie, el salvajismo; más acá la convivencia pautada. En la distancia o confusión de ambos espacios, nuestra suerte.

Pero como se muestra en las páginas que recorren este libro a través de sus respectivos artículos, son también constitutivas de derechos humanos aquellas prácticas que establecen una nueva realidad, abriendo espacios de disputa y emancipación inexistentes previamente. Este es el momento positivo, propositivo de los derechos humanos, de creación de contextos imprevistos con anterioridad a través de las diferentes prácticas de interacción social. Aquí los derechos humanos actúan como medios «discursivos, expresivos y normativos que pugnan por reinsertar a los seres humanos en el circuito de reproducción y mantenimiento de la vida, permitiéndonos abrir espacios de lucha y de reivindicación» (Herrera Flores, 2000). Cada vez que en cualquier contexto cultural «se articulen e institucionalicen determinadas reivindicaciones sociales y aparezcan distintos procesos de lucha con particulares concepciones acerca de lo que es digno, teniendo en cuenta las condiciones que posibilitan la existencia de los sujetos participantes y afectados, se están cimentando las bases para establecer ámbitos de juntura con los que contribuir en la construcción dinámica, conflictiva y constante» (Sánchez Rubio, 2007) de una lógica de convivencia inclusiva y plural, sin excepciones. En este mismo sentido la propia Declaración Universal de 1948, en su artículo 28 reconoce la necesidad de creación de un orden social e internacional que haga plenamente efectivos los derechos humanos.

Poco atractivo tienen para nosotros unos derechos que, como regalo embaucador de la historia, nos inmovilizan en el disfrute de su mera posesión. Pero el carácter universalista de los mismos nos ofrece un espacio de pertenencia, de salvaguarda de los logros conseguidos y de puesta en común de los nuevos descubrimientos al que sería estúpido renunciar. Son y se abren y materializan los derechos humanos en todas aquellas luchas defensivas y acciones considerativas de nueva realidad que puedan llevar dentro de sí una dimensión universal. Aquello que realizándose en un lugar y contexto concreto contenga la capacidad de trascender y ser parte de una idea más amplia y útil para cualquiera en cualquier punto del planeta y en cualquier época, precisamente considerando las distancias de género, nacionalidad, clase social y otras.

Por desgracia, en la actualidad los derechos humanos rigen mayoritariamente las cosas mínimas, concretas y sectoriales, las políticas, mientras que los grandes asuntos, la política, siguen dando la espalda al respeto de las poblaciones sobre las que se dirigen. Las líneas directrices de la política van, claramente, contra las políticas, muchas veces aplicadas por los mismos actores nacionales e internacionales. Por paradójico que parezca, junto con el crecimiento cada vez mayor de legislación vigente en materia de derechos humanos, tanto en lo interno de los países como por parte de organismos internacionales, existe una mayor situación de violación estructural de estos derechos sufrida por las grandes mayorías (Oraa, Marzal, 2000). Helio Gallardo demanda nuestra atención cuando recuerda que la mayor parte de los estados expresan una voluntad generalizada de reproducir prácticas de dominio y discriminación, y que ninguno de ellos tiene a la humanidad como proyecto a realizar. Por el contrario, las razones de estado priorizan los intereses del capital, de la propiedad y de la acumulación (Gallardo, 2007). Identificar a la humanidad con la centralidad de la dimensión política de los derechos humanos obligaría a la creación de espacios de encuentro orientados al disfrute de las mismas condiciones sociales, económicas, políticas y culturales por parte de todos los actores en juego; conllevaría la responsabilidad de reconstituir las relaciones de poder en base al empoderamiento de los que han sido colocados en posiciones subordinadas en «los procesos de división social, sexual, étnica y territorial del hacer humano», con la finalidad de alcanzar «el grado necesario de autoridad para comenzar a dialogar en régimen de igualdad sustancial» (Herrera Flores, 2005).

Los derechos humanos se nos descubren con la capacidad de poder trasladar el foco del protagonismo político del sujeto-ciudadano (que puede ser individual o colectivo, en la abstracción de ciudadanía, pero que siempre prevé la exclusión: menores de edad, extranjeros, desempleadas, reclusos, desposeídas, analfabetas, minorías étnicas, desinformados quedan irremediablemente fuera de la arena política, zarandeados como muñecos de peluche por los acontecimientos históricos y económicos como en las tragedias griegas lo serían por el Destino) al sujeto-pueblo, e incluso al sujeto-humanidad transfronterizo, igualmente abstracto, pero que es siempre y en todo momento un actor colectivo, que une a cada individuo con la suerte de todo el género humano, y viceversa, y que hace saltar por los aires los procesos de inclusión social selectiva en los beneficios del sistema, tan característicos de la clase media occidental, mundialmente privilegiada. Este hecho puede hacernos pasar de la soberanía delegada (propia del modelo liberal de democracia) a la soberanía participada, en un diálogo de igual a igual entre las distintas partes implicadas. Este cambio, crucial, en el peor de los casos relocaliza el centro operativo de los derechos humanos de occidente a todo espacio geo-político establecido al margen del discurso de la Modernidad: de Europa y Norteamérica a Asia, Latinoamérica, Oceanía y África; del Norte al Sur, de la minoría a la mayoría. En el mejor de los casos establece un diálogo entre iguales a través de una relocalización policéntrica: el norte con el sur, la minoría con la mayoría.

Si durante los siglos XV al XIX los intereses patriarcales del capital hicieron necesario cubrir las relaciones sociales de todo el mundo bajo el manto aparentemente irrefutable del dominio y la explotación, los últimos cien años se están caracterizando por la multiplicidad de respuestas emanadas de los propios contextos sufrientes. Estas prácticas, tanto reactivas como constitutivas de nueva realidad, ofrecen una uniformidad de propósitos caracterizada por la diversidad que adquieren en su ejecución, adaptadas a cada realidad concreta. Como ha destacado el profesor Herrera Flores, «a diferencia de las luchas burguesas que enmascaraban sus intereses bajo la abstracción del bien común, como si su acción fuera la única racional y sus fundamentos lo universal (a priori), las luchas del siglo XXI no tienen esa vocación universalista a priori, ni enmascaran sus reivindicaciones bajo una crema humanista esencialista y abstracta. Son luchas que plantean acciones, reivindicaciones y manifestaciones de resistencia parciales y particulares. Pero lo hacen como momentos de una lucha más general dirigida a cambiar las condiciones de estar en el mundo (universalismo a posteriori)» (Herrera Flores, 2005). Dicho de otra manera, los mismos intereses que basaron su expansión en la explotación y el dominio de la mayor parte de la población mundial, dentro y fuera de occidente, están posibilitando ahora, en respuesta no prevista ni deseada por ellos, la construcción de una realidad común basada en los derechos humanos posicionando a la humanidad en el centro de los procesos de transformación.

La tendencia a significar el conflicto y la disputa como una anomalía a evitar, lejos de presentar un posicionamiento de inocencia, busca naturalizar unas relaciones de distribución del poder dadas, independientemente de la legitimidad, validez o utilidad social de estas. La tentación autoritaria de hacer pasar por naturales decisiones o situaciones que responden a preferencias políticas, a intereses particulares, negando así la conflictividad propia de las relaciones sociales en un marco de dominio y discriminación es, muy al contrario de su apariencia pacificadora, una forma extrema de violencia. La preferencia al cierre de lo posible con la llave de lo existente pretende neutralizar cualquier posibilidad de apertura al cambio y la mejoría. La dimensión política de los derechos humanos reconoce como legítimas las dinámicas de encuentro, interacción, conflicto y (des)acuerdo, en tanto que propias de cualquier proceso de humanización constituyentes de la vida social. Por eso considerar la dimensión política de los derechos humanos supone abrazar como sujetos de pleno derecho a los capaces de contribuir a la creación de contextos que vayan más allá de los marcos de referencia propios de un sistema atrincherado en sí mismo y cerrado al cambio. A aquellos con cuyas prácticas estén contribuyendo a la elaboración de una experiencia común de liberación y mejora de las condiciones de vida aplicable más allá de los estrechos límites de su cotidianidad, universalizando de esta manera su ámbito de intervención.

Por paradójico que parezca, la historia de la humanidad se ha construido en base a imposibles. Imposibles que han acabado por imponerse como la más razonable e ineludible de las realidades. Aquello que se nos presenta como inalcanzable un día nos enviste al siguiente con la brutalidad de lo inevitable. Lo hemos aprendido. Por ello cumpliremos nuestro propósito si en las páginas que siguen conseguimos presentar un puñado de imposibles, es decir, de inevitables a través de los cuales nos permitamos a nosotros mismos abrir nuevos mundos de posibilidad. Colocando en el centro de este proceso el desarrollo de la humanidad, a lo largo de estas páginas abordaremos los derechos humanos como proyecto político a realizar, cuyo universo son las diferentes realidades y prismas de las que se componen los procesos de creación de dignidad a largo de todo el mundo.

BIBLIOGRAFÍA

Herrera Flores, J. (ed.), El vuelo de Anteo. Derechos humanos y crítica de la razón liberal, Desclée de Brouwer, Bilbao, 2000.

Herrera Flores, J., Los derechos humanos como productos culturales. Crítica del humanismo abstracto, Catarata, Madrid, 2005.

Marzal, A. (ed.), Los derechos humanos en el mundo, J.M.Bosch/ESADE, Barcelona, 2000.

Mestre Chust, J.V., Los derechos humanos, UOC, Barcelona, 2007.

Sánchez Rubio, D., Repensar derechos humanos, Editorial MAD, Sevilla, 2007.

Fuente:

http://www.rebelion.org/noticia.php?id=209188

Fuente imagen:

https://lh3.googleusercontent.com/4u-NHUI4yVbYDd2G-RY7L1gq5IleGJFVkWOi3Od4W0BiyozqwGcSazsavM5A37CGhJsQ=s85

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