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España: ‘Y tú ¿que sabes de Derechos Humanos?’, nuevo concurso escolar promovido por la Diputación

España/27 febrero 2017/Fuente:  el templete los barrio

‘Y tú ¿que sabes de Derechos Humanos?’, el lema del concurso.

El concurso ‘Y tú ¿qué sabes de Derechos Humanos?’, destinado a alumnado de centros escolares de la provincia alcanza su segunda edición. Se trata de una iniciativa de la Fundación Baltasar Garzón (Fibgar) en la que colaboran la Diputación de Cádiz, la Junta de Andalucía y el Ayuntamiento de Algar.

El proyecto fue presentado esta semana en el Palacio Provincial por el vicepresidente primero de la Diputación, Juan Carlos Ruiz Boix, el director de programas de la Fundación Baltasar Garzón (Fibgar), Victor Praxede Saavedra; el delegado territorial de Educación de la Junta, Juan Luis Belizón; y la alcaldesa de Algar, María José Villagrán.

Este proyecto tiene como objetivo dar a conocer los Derechos Humanos entre la juventud, para que pueda comprender su alcance y aplicarlo en su conducta diaria. El programa se desarrolla en tres ejes: la identificación de vulneraciones de los Derechos Humanos, la formulación de reclamaciones ante dichas vulneraciones y la organización colectiva para la denuncia total.

El proyecto está dirigido al alumnado de Centros Públicos de los niveles de tercero y cuarto de ESO, primero de Bachillerato, F.P.B y Ciclos Formativos de Grado Medio. Se puede participar en cuatro modalidades: cartel, fotografía, relatos cortos y cortometrajes y los trabajos siempre han de tratar un tema relacionado con algún Derecho Humano. Quienes participan pueden presentar sus trabajos hasta el 28 de abril. Bases.

El vicepresidente de la Diputación, Juan Carlos Ruiz Boix, ha hecho hincapié en la importancia de trabajar con la juventud en la promoción de valores como estos, relacionados con la defensa de Derechos Humanos, y ha destacado la buena respuesta que ya tuvo el año pasado esta iniciativa en El Bosque.

Los autores de los cuarenta mejores trabajos entre todas las modalidades tendrán como premio la participación con todos los gastos pagados en las II Jornadas de Derechos Humanos que se celebrarán en el Complejo Turístico ‘Tajo del Águila’ en Algar, del 28 de junio al 2 de julio.

Víctor Praxede Saavedra, de Fibgar, ha explicado los tres temas que se tratarán en la jornada: diversidad de géneros e identidad sexual, libertad de expresión y violencia de género y micromachismos. Estos asuntos han sido elegidos atendiendo a un doble criterio: el interés que mostraron los jóvenes participantes en las jornadas del curso anterior y su vigencia en el día a día.

Durante esos días participarán en encuentros con expertos en Derechos Humanos como herramienta fundamental para la promoción no sólo del aprendizaje, sino de la construcción de conocimiento colectivo y la toma de decisiones, para favorecer la asunción de compromiso social. El objetivo final es promover entre los jóvenes una ciudadanía futura ética y socialmente comprometida en la lucha contra la injusticia y en la defensa de los Derechos Humanos.

La parte más teórica se complementa con la ejecución de actividades al aire libre, lúdicas o deportivas, y la visita a centros de interpretación medioambiental o histórico, con objeto de favorecer el contacto de los participantes entre ellos y con el entorno natural de Algar y El Tajo del Águila.

Con los trabajos presentados a concurso se montará una exposición a disposición de los centros educativos que la soliciten.

Juan Luis Belizón ha destacado que este tipo de iniciativas sirve para dar visibilidad sobre la labor que se realiza desde la Consejería de Educación en materia de sensibilización sobre Derechos Humanos, y se ha mostrado partidario de seguir potenciando la coeducación y este tipo de actividades extracurriculares que ayudan a completar una formación integral para el alumnado.

Por otro lado, la alcaldesa de Algar ha agradecido la elección de su localidad para la celebración de la segunda edición de estas jornadas y ha mostrado su deseo y confianza de que quienes asistan conozcan mejor las bondades de esta zona de la Sierra de Cádiz, y disfruten de su belleza y condiciones naturales.

Fuente:http://www.eltempletelosbarrios.com/2017/02/sabes-derechos-humanos-nuevo-concurso-escolar-promovido-la-diputacion/

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Políticamente correcto

Por: Rafael Cerro

La historia del eufemismo nacional tocó techo hace un par de temporadas, cuando el diario más políticamente correcto le atribuyó un delito a “un ciudadano de origen romaní”. El periódico acababa de emplear el nombre de una lengua, romaní, para referirse a una persona, a un gitano.

El Diccionario ha terminado admitiendo este uso, pero eso es lo de menos: lo importante es que los lectores no se enteraron de nada. Un responsable del secretariado gitano en España me dijo en una entrevista: “Los gitanos queremos que nos llamen gitanos. Sin endulzarlo con ciudadanos ni con nada, porque ser gitano no es malo”.

Parecen pensar lo contrario los numerosos redactores que se sientan a escribir con miedo: prefieren publicar una estupidez antes que afirmar algo políticamente incorrecto. Un gitano casi siempre es “un ciudadano de origen gitano”, como un árabe suele ser “un ciudadano de raza árabe”, mientras un murciano es un murciano, a secas. Redactores racistas, en realidad. Los árabes son “hombres de raza árabe”.

Medimos a la micra nuestras palabras para escribir solo aquello que no pueda ofender y no hay un tope para la sensibilidad a las ofensas.

Hoy perseguiríamos a aquel escritor que llamaba a los árabes por su nombre académico: “Moros, moros hay en la tierra; moros, moros, arma, arma”. El mismo indeseable que publicó aquella novela sobre Andrés, el español que se enamoró de la gitana Preciosa y se incorporó a su caravana para poder estar cerca de ella, trashumando con los gitanos. Robaba como ellos, pero de noche regresaba al lugar del delito y devolvía el dinero para dormir en paz con su conciencia. La novela es una joya literaria y su autor brilló como una supernova, aunque nunca consiguió ganar mucho dinero. Miguel de Cervantes Saavedra se llamaba. Cuatro siglos después, hemos retrocedido bastante ideológicamente y hoy habría que censurar tanto La Gitanilla como El Quijote, nombre de la primera novela que cité.

La corrección política y la obsesión por no molestar forman una cuadrícula de hierro que amenaza nuestras libertades de expresión y pensamiento. Medimos a la micra nuestras palabras para escribir solo aquello que no pueda ofender y no hay un tope para la sensibilidad a las ofensas, para la urticaria de la piel demasiado fina. Los correctos sublimes quieren controlar nuestro discurso para controlar nuestro mismísimo pensamiento. Si no lo dices, difícilmente podrás pensarlo. La corrección política está íntimamente relacionada con la estupidez, pero no es estúpida en absoluto. Quiero decir que genera imbecilidad, pero de puertas adentro es un mecanismo de control mental muy inteligente. La prevención del agravio. Preferentemente, de la ofensa a colectivos minoritarios o desfavorecidos.

Lo políticamente correcto intenta sistemáticamente imponer las tesis del establishment porque es un pensamiento reaccionario. Una reacción contra el libre albedrío. Se trata siempre de las ideas afines al poder y habitualmente difundidas desde este mismo.

Los correctos sublimes quieren controlar nuestro discurso para controlar nuestro mismísimo pensamiento

Un ejemplo: los partidos políticos y administraciones que intentan implantar a la fuerza el famoso «Querid@s niñ@s”, un amasijo de faltas de ortografía porque la arroba no se puede incrustar en ese lugar. Sencillamente, no es una letra. Cada político progre que intenta atraer el voto femenino saluda a sus “compañeros y compañeras”. Sabe que la letra o cubre a ambos sexos en español en ese caso, pero intenta imponer este uso forzado que podríamos llamar inclusivo. Den por seguro que la arroba estará un día en el Diccionario porque el poder lo ha decidido así. Sencillamente, es rentable en votos. Pero la expresión no llegará al libro sanamente, a través del uso, sino por la vía antinatural de la imposición política.

Nadie querrá gritar que el emperador está desnudo y todos terminaremos por decir esa sandez… y por pensarla. Nadie tampoco cuando el expresidente andaluz José Antonio Griñán dijo, durante un ataque de efervescencia demagógica en un mitin, que no le importaba que le llamasen presidenta. Todo sea por los votos.

Los chinos son “ciudadanos de origen chino” y los negros se han convertido en “hombres de color” aunque en realidad muchos prefieran que les llamen negros porque no se avergüenzan de serlo. Todo el que cree necesario ocultar la palabra negro es racista, por supuesto. Y tras la raza, el género.

El políticamente correcto es capitán del eufemismo, coraza del débil y señor de la ética

El esquema va prohibiendo alusiones a las mujeres. El debate axial no está en si los piropos son buenos o malos, sino en si debemos aguantar que el poder nos diga cómo tenemos que hablar para proteger a personas que ni siquiera sabemos si se sentían ofendidas. Las expresiones que no llegan a piropo pero molestan a las feministas radicales se llaman en la Red “micromachismos” y son igualmente censurables. La lista crece todos los días con nuevas propuestas en las redes. No existen los microfeminismos, pues se entiende que los varones no son una minoría débil que pueda ser ofendida.

Cuando hundimos el mercado laboral y con él las expectativas de trabajo de los jóvenes, se nos presentó una encrucijada: o arreglarlo o salir del paso con una sandez políticamente correcta. Surgió la expresión “la generación mejor preparada de la historia”. Una afirmación que ni siquiera se puede comprobar, pero que repetimos a diario. Cualquier cosa menos reconocer que hace falta mejorar la calidad de la educación y dejar de hacerla ideológica.

El políticamente correcto es capitán del eufemismo, coraza del débil y señor de la ética. Él decide qué es ofensivo para los demás, pues la sensibilidad es una cualidad subjetiva. Los correctos proponen tácitamente para protegerlas todas que renunciemos a nuestra libertad de expresión. Eso es lo que intenta la cruzada de censura llamada corrección política con su lista de ideas permitidas y prohibidas, esculpida en piedra.

 Fuente: http://www.bez.es/560680975/Politicamente-correcto.html
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España: El unicornio educativo

España/27 de Febrero de 2017/El Mundo

Si el tiempo que dedicamos en España a debatir sobre el deterioro de la educación lo empleáramos en educarnos, quizá ya no tendríamos que dedicar más tiempo a debatir sobre el deterioro de la educación. Pero como la educación sigue deteriorándose y aún no hemos perdido como especie la curiosidad por los primeros principios -todo se andará-, ayer echamos la mañana debatiendo sobre la asignatura pendiente de la educación en España, título del tercer encuentro del ciclo de ideas que organiza Unidad Editorial.

Que nadie extraiga de este exordio una conclusión precipitada. No es que crea que la educación no es importante: es que creo que es lo único importante. Tanto que quizá sea un error dejarla en manos de pedagogos. El mayor error del régimen del 78 no es la politización de la justicia, ni la cultura del pelotazo, ni que Gran Hermano haya alcanzado la decimoséptima edición impunemente: es haber abandonado la legislación educativa en manos de la moderna pedagogía.

En este momento, como en cualquier otro de la historia reciente, los políticos andan detrás de ese animal mitológico al que llaman Pacto de Estado por la Educación (PEE). El PEE es un unicornio transversal sobre el que podrán cabalgar, una vez cazado, tan cómodamente las izquierdas como las derechas, los católicos y los ateos, los partidarios del esfuerzo y los obsesos del igualitarismo. Se rumorea que Méndez de Vigo es el cazador idóneo, más que nada por la minoría parlamentaria que obliga al acuerdo; le deseamos con sinceridad la mejor de las suertes. Hará bien en escuchar a los cuatro ponentes que ayer compartieron su punto de vista sobre la cuestión, amparados en experiencias indiscutibles al frente del ministerio del unicornio: Gustavo Suárez Pertierra, Esperanza Aguirre, Pilar del Castillo y Ángel Gabilondo.

Me tocó moderarlos a mí. Uno está acostumbrado a que lo moderen, no a moderar. Resultó facilísimo, lo cual reafirma mi antipopulismo congénito: cuantos más políticos conozco, menos me gusta la gente. Bromas aparte. Si todos los políticos mejoran drásticamente como ponentes, ¿por qué fracasan luego como gestores? ¿Qué pasaría si toda la sensatez, toda la voluntad de acuerdo, todo el reconocimiento de las verdades que pronuncia el rival fueran actitudes trasladadas de la retórica al Parlamento, a despecho del interés de sigla, y plasmadas en el BOE? ¿No montaría entonces cada español sobre su propio unicornio inmaculado?

Pero no ocurrirá. No todavía, al menos, en un país que aún polemiza con los restos del general Franco. La educación no renta políticamente sino al término de una generación (15 años según Ortega), y para entonces el ministro de turno no suele seguir en política (salvo Rajoy). La reforma educativa -absolutamente necesaria, digámoslo ya, desde la guardería hasta el posgrado- sólo renta socialmente. ¿Desde cuándo el bien de una generación nutre la motivación de un político? ¿Desde cuándo su sucesor no ha llegado al cargo jurando derogar lo anterior? Por lo demás, el PEE ha de manipular sustancias tan inflamables como la religión, la ideología, la emoción paternal, la conciliación laboral. Los mantras caen sobre el bienintencionado legislador como lluvia sobre el náufrago que frota dos palitos para una hoguera. Aconfesionalidad no significa laicismo agresivo. A mi niño lo matan a deberes y su profe le tiene manía. La segregación por capacidades es el apartheid. Algo tendremos que decir los sindicatos. Los docentes no somos atendidos. Faltan recursos. Y en este plan.

La revolución digital afectará de lleno las aulas, a los programas, a los métodos. Pero el conocimiento aún no se adquiere por implantación de chips, y basta leer las noticias para descubrir que se puede ser lerdo con cinco millones de seguidores en tu canal de YouTube. Como recuerda Gregorio Luri, no hay alternativa pedagógica a los codos. Está muy bien que su hijo aprenda jugando, pero luego que no llore en unos años, cuando un surcoreano o un finés le pida otra caña en el chiringuito.

Fuente: http://www.elmundo.es/espana/2017/02/21/58ab329ce2704e3b588b45b3.html

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Cuestión de educación, no de edad mínima de acceso

Por: Antonio Rial Boubeta 

Últimamente se me ha dado por participar asiduamente en jornadas, seminarios, tertulias radiofónicas y saraos de diversa índole en los que siempre, siempre, siempre alguien termina haciendo la misma pregunta: ¿A partir de qué edad es conveniente que los niños tengan móvil? Yo me pregunto si alguien se cuestiona a partir de qué edad pueden salir, beber su primera cerveza o tener su primer beso. «Cada casa é un mundo», diría mi madre. Por eso lo verdaderamente importante en cada uno de esos casos no es la edad concreta a golpe de calendario, sino más bien qué hemos hecho antes de ese momento y qué pensamos hacer a continuación, como madres y como padres.

Me aburre leer en los medios que la policía recomienda prohibir el uso del móvil antes de los 12 años y no permitir el WhatsApp hasta los 16, como si se tratase de una frontera exacta que pueda delimitar lo que puede o no puede hacerse, o como si fuese cuestión de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado sentar cátedra al respecto. Madres y padres debemos ser muy conscientes, eso sí, de que detrás del móvil hay un verdadero riesgo, no solo en los contenidos a los que nuestros hijos pueden acceder y la cantidad de líos en los que pueden meterse, sino sobre todo en lo que dejan de hacer y en lo que pueden llegar a convertirse. Algo tan aparentemente inocuo como un smartphone ha demostrado una capacidad enorme de influir en nuestras vidas. El móvil, queramos o no, puede modificar la rutina y el estilo de vida de grandes y menores mucho más de lo que podemos imaginar… y al final terminamos siendo lo que hacemos cada día, las cosas en las que ocupamos cada minuto y cada hora de nuestras vidas.

La clave, por tanto, no está en la edad a la que permitimos que nuestros cachorros tengan móvil, sino la educación (y también el ejemplo) que le proporcionemos y las pautas, normas y límites que establezcamos en el día a día. Una de las formas más básicas de educar consiste precisamente en establecer una buena rutina: en los horarios, en las comidas, en el sueño, en la higiene. Vivir y enseñar a vivir de una determinada manera. Paralelamente intentamos educar en valores y fomentar unas buenas habilidades de vida (asertividad, empatía, autonomía, solidaridad, respeto…).

El problema no son, por lo tanto, los móviles. El problema es que vivimos en una sociedad cada vez más individualista, estresada, atolondrada y despistada, en la que el lugar que ocupa la familia ya no es el que era y, a menudo, conscientes de nuestro error como padres e invadidos por un recurrente sentimiento de culpa, pretendemos sustituir la falta de atención a nuestros hijos con regalos, tablets y smartphones último modelo, que terminan por convertirse en nuestro peor enemigo. Sentido común, señores, que por desgracia es el menos común de los sentidos.

Fuente: http://www.lavozdegalicia.es/noticia/opinion/2017/02/26/cuestion-educacion-edad-minima-acceso/0003_201702G26P14992.htm

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Pacto educativo: ¿seguimos en Esparta?

Mientras no haya debates como en la época de los Voluntaristas, obviamente, mucho más amplios que los que puedan tener los miembros de la Subcomisión de Educación, seguiremos en Esparta.

Por: Adria Perez Marti.

300, la película sobre la gesta de un puñado de espartanos contra las hordas persas fue un gran éxito artístico y de taquilla. Sin embargo, no fue la falange espartana la herencia más destacable de aquella polis, sino algo muy coherente con los resultados del último barómetro del CIS. De acuerdo con la encuesta de enero de este organismo, la educación es el séptimo asunto más importante en nuestro país, lejos, por tanto, de las primeras posiciones. ¿Y qué tiene que ver Esparta con la educación?, y para ponerlo más difícil, ¿con que no interese en exceso a los ciudadanos? Casi todo o una parte muy importante.

Esparta ha pasado a la historia, también, por ser una pieza clave en el modelo de educación estatal

Los espartanos fueron un pueblo esclavista, no el único, por supuesto. El problema es que esa querencia por tener esclavos tenía un contratiempo: cuando tuvieron que afrontar grandes catástrofes, un terremoto en el V a.C., o las guerras del Peloponeso, los esclavos aprovechaban esa debilidad para tratar de liberarse. Un pequeño inconveniente que la sociedad espartana resolvió implantando un austero régimen militarista. La base fundamental de ese régimen era Esparta, y los medios eran los espartanos, que debían someter su vida a esa idea: unos entrenándose para ser soldados imbatibles y otras trayéndolos al mundo y criándolos (eugenesia aparte), sólo hasta los 5-7 años, pues como bien muestra la película, a partir de entonces era Esparta, es decir, el Estado espartano, el que se ocupaba de su educación, por el bien del Estado.

Así, Esparta ha pasado a la historia, también, por ser una pieza clave en el modelo de educación estatal. Una idea de modelo que, por supuesto, el grupo de políticos de la Subcomisión parlamentaria que se constituyó la semana pasada para definir el pacto educativo, no abandonará. Sin embargo, ahí se encuentra el problema: ¿cómo tratar de mejorar la educación y sus problemas cuando no se quiere rediseñar las bases de ese sistema legal que crea esos problema?

Desde entonces, mientras que los servicios que han podido prestarse libremente han ido evolucionando, los cambios en la educación estatal han brillado por su ausencia

Quién sea el suministrador de un servicio y qué tipo de incentivos acostumbre a crear dentro de su organización impacta de lleno en el diseño del producto que se ofrece. Las bases de los servicios del Estado son la minimización del usuario o cliente, pues se financia coactivamente a través de impuestos y no en función de su satisfacción (y las elecciones democráticas no revelan las opiniones de los usuarios), la creación de grandes organizaciones burocráticas cuyo cambio es lentísimo, si es que se existe, y la asunción de un modelo educativo mecanicista inspirado en las organizaciones fabriles imperantes en la revolución industrial y los medios de entonces. Desde entonces, mientras que los servicios que han podido prestarse libremente han ido evolucionando, los cambios en la educación estatal han brillado por su ausencia.

De hecho, Platón, el gran admirador de Esparta y su modelo educativo, trató de justificar su rechazo a la innovación y su querencia por la uniformidad estática. Una de sus preocupaciones fue que los niños fueran igual que la generación precedente para que no quisieran instituciones o leyes nuevas, llegando a hablar de censura y adoctrinamiento para tal fin (en Las Leyes y La República). La misma idea de fondo que tenía Aristóteles: el Estado debía ofrecer la educación que al Estado interesaba, sin dar entrada a la complejidad de la sociedad y su evolución.

Platón, el gran admirador de Esparta y su modelo educativo, trató de justificar su rechazo a la innovación y su querencia por la uniformidad estática

Uno de los grandes intelectuales a favor de la planificación de la sociedad por parte de un Estado benevolente, y uno de los padres del Estado del Bienestar, el sociólogo Lester Frank Ward, pensaba que uno de los méritos de la educación estatal era la de evitar y proteger a los educadores de «los caprichos» de la variedad y heterogeneidad de las mentes de los clientes, es decir, de atender a las diferentes opiniones y creencias de los padres.

Y esas ideas contra la innovación, la diversidad, y a favor de la uniformidad y la congelación de un servicio que sigue esencialmente igual desde que empezó a suministrarse, son rasgos que muchos liberales trataron de hacer ver en debates como el acaecido en Inglaterra en el siglo XIX cuando el Estado británico comenzaba a apoderarse de la educación. Se les denominó Voluntaristas, y precisamente lo que defendían, principalmente, era la voluntariedad. La libertad educativa es esencial porque es una rama más de la libertad, señalaban. Y cuando se mencionaban el modelo uniformizador espartano como solución a la decadencia de la cultura británica, los voluntaristas defendían la diversidad y la competencia como las precondiciones del progreso del conocimiento. Y no sólo la diversidad, sino la diferencia de opiniones (la disensión como respuesta al control arbitrario, según Herbert Spencer).

Es decir, aplicaban los mismos principios para exigir la libertad de prensa, la libertad de conciencia, la libertad de religión, la separación Iglesia y Estado, para demandar la libertad educativa. Sus imperfecciones no pueden ser una excusa, puesto que de lo contrario deberían establecerse Ministerios de la Prensa, de la Religión, de la Alimentación, etc. Alertaron del peligro de la incoherencia de tener libertad en unas esferas y en otras no, y de la rigidez, uniformidad, burocratización y de la consideración de los estudiantes como «tropas», que finalmente se ha ido viendo en la educación actual (a pesar de los ímprobos esfuerzos de una parte de los maestros del sistema).

Es necesario alejar a la escuela de esa concepción de burbuja, que haya más diversidad de currículos, materias y formatos en el proceso de aprendizaje

Estos son los problemas que hoy día tienen que afrontar unos elegidos, que terminarán por modificar el sistema, sin cambiarlo. Sin añadir el elemento de la voluntariedad (los padres eligen y pagan a los educadores que quieren para sus hijos, o lo son ellos mismos) que propicie dotar al modelo de enseñanza actual de una variedad y diversidad de enfoques, es imposible pedir una educación en la que se sea más respetuoso con los alumnos, en la que en lugar de regirse por el ordeno y mando se usen reglas más parecidas a la realidad (contratos, acuerdos, autonomía entre partes) alejando a la escuela de esa concepción de burbuja, en la que haya más diversidad de currículos, materias y formatos en el proceso de aprendizaje, diversidad de métodos de evaluación, una educación más personalizada gracias a ganar eficiencia en el servicio y por la adopción verdaderamente real de los avances tecnológicos, abaratamiento del coste de las matrícula, etc.

Fijar quién es el suministrador del servicio, ya sea directamente a través de escuelas públicas, o indirectamente, a través de una extensa legislación que diseña cómo debe ser obligatoriamente el sector, es la reforma que no tratarán quienes son juez y parte de este servicio (legislador y suministrador principal se confunden; los suministradores secundarios, los privados, están igualmente condicionados por el legislador).

En definitiva, limitar la responsabilidad de los padres explica por qué la educación sea «importante» para el sistema legal, para la definición del Estado, pero no urgente (como muestra el CIS). Será muy difícil introducir pedagogías diferentes y hábitos más acordes con el mundo real para un suministrador que no se basa en los principios del mundo real (acuerdos voluntarios, innovación, cambio, etc.). Mientras no haya debates como en la época de los Voluntaristas, obviamente, mucho más amplios que los que puedan tener los miembros de la mencionada Subcomisión, seguiremos en Esparta.

Fuente: http://www.vozpopuli.com/la_tribuna_de_adria_perez_marti/Pacto-educativo-seguimos-Esparta_7_1002269765.html

Imagen: http://images.vozpopuli.com/2017/02/23/la_tribuna_de_adria_perez_marti/Imagen-pelicula_1002210182_6053743_660x308.jpg

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Los maestros y el deseo de conocer.

Por: Javier María Prades López.

Educar es una tarea decisiva para cualquier sociedad y en cualquier época. En nuestro tiempo, sin embargo, ha llegado a ser frecuente hablar de una «emergencia educativa». ¿Por qué se habla ahora de emergencia?, ¿qué diferencias hay respecto al pasado? Los estudios nacionales e internacionales ofrecen datos que justifican esa valoración. En un informe publicado por la Fundación Europea Sociedad y Educación y la Fundación Areces (2015), Pau Balart y Antonio Cabrales señalan que «en una comparativa internacional, los malos resultados que obtiene España en las pruebas PISA son en gran parte consecuencia de su alto decaimiento en el rendimiento». Para ambos autores esa debilidad de los estudiantes puede estar relacionada con «las habilidades no cognitivas como podrían ser el esfuerzo, la motivación o la perseverancia».

No es poco identificar una causa de los malos resultados del sistema educativo precisamente en el ámbito de las «habilidades no cognitivas». Nos permite sugerir que educar no se limita a instruir. Así lo apunta el psicoanalista italiano Massimo Recalcati: «¿Puede contentarse la práctica de la enseñanza con quedar reducida a la transmisión de la información -o, como prefiere decirse, de competencias-, o debe mantenerse viva la relación erótica del sujeto con el saber?». ¿En qué consiste esta erótica del saber? Él mismo lo aclara: «La erótica de la enseñanza se sustenta sobre el amor por el saber que es amor por una carencia que nos atrae y causa el deseo de conocer».

Los datos de los informes sobre nuestro país podrían abrumarnos. Nadie duda de que los aspectos técnicos e institucionales del sistema educativo son indiscutibles a la hora de buscar remedios a través de una posible reforma legislativa. Entonces, poner en primer plano el deseo de saber ¿significa, acaso, minusvalorar el sistema de instrucción, sus estructuras y sus leyes? En absoluto, se trata exactamente de lo contrario: ver cuál es el mejor modo posible de volverlo útil para que cumpla su finalidad.

La inversión estatal y la de iniciativa social en el campo educativo, así como una legislación adecuada, son imprescindibles para ofrecer más y mejores recursos a los educadores. A partir de ahí, ¿qué margen queda para retomar con confianza el proceso educativo?, ¿sigue siendo posible educar? La respuesta será positiva si se trata, como señalan los expertos, de reforzar habilidades no cognitivas, y si la educación reclama una erótica, es decir, avivar el amor por el saber. He aquí un punto de partida sólido para afrontar la situación, realmente urgente, que describen los informes PISA sobre España.

El verdadero reto para quien educa es el de despertar el deseo. ¿Cómo enseñar a nuestros estudiantes a no temer la búsqueda de la verdad? ¿Cómo educarlos en la libertad? ¿Cómo hacer para que estén inquietos en la búsqueda? George Steiner no se ha resignado nunca a una postura derrotista o quejumbrosa. Sostiene que la relación entre maestros y discípulos puede siempre renacer y ofrece esta justificación: «La libido sciendi, el deseo de conocimiento, el ansia de comprender, está grabada en los mejores hombres y mujeres. También lo está la vocación de enseñar». Nuestro gran recurso es, precisamente, el deseo de conocer, deseo que mueve tanto a los educadores como a los educandos.

Es posible compartir el diagnóstico de Steiner porque tenemos un formidable aliado que nos permite afrontar la tarea con esperanza, incluso en tiempos de emergencia educativa: el corazón humano. Podríamos enumerar muchos factores que empeoran el decaimiento en el rendimiento, es decir, esa «anestesia» a la que ha aludido el papa Francisco para denunciar que el poder mundano busca adormecer el corazón y privar al estudiante de su ímpetu original. Pero nada podrá impedir que en cualquier joven o cualquier adulto perviva esa extraña desazón que el entonces cardenal Jorge Bergoglio describía con claridad: «el hombre no es un ser tranquilo en sus propios límites sino que es un ser en camino y cuando no entra en esa dinámica se anula como persona, o se corrompe. Ponerse en camino se debe a una inquietud interior que empuja al hombre a salir de sí. Hay algo fuera y dentro de nosotros que nos llama a emprender el camino».

La acumulación de factores adversos no podrá nunca silenciar por completo esta llamada. En la tarea educativa Steiner lo apuesta todo sobre la capacidad de identificar y acompañar esa inquietud: «Hasta en un nivel humilde -el del maestro de escuela-, enseñar, enseñar bien, es ser cómplice de una posibilidad transcendente. Si lo despertamos, ese niño exasperante de la última fila tal vez escriba versos, tal vez conjeture el teorema que mantendrá ocupados los siglos». Si lo despertamos… ¡Este es el meollo de nuestro desafío como educadores! El punto de Arquímedes en el que apoyar una revolución educativa, desde la escuela más humilde a la universidad más sofisticada, consiste en despertar el corazón del estudiante, poniendo en marcha su razón y su libertad.

Es de todo punto esencial el modo en que acompañamos la relación de cada estudiante con la vida entera, a través de las materias y las actividades académicas, precisamente, para que perciban su profundidad, su apertura al significado completo hasta llegar a descubrir el Misterio oculto y manifiesto en todas las cosas. De otro modo, la realidad perderá su atractivo y el estudiante se empobrecerá porque el corazón se anestesiará. No hay otra vía para lograr una educación a la altura del reto que afrontamos. Ahora bien, podremos acompañar a los estudiantes de este modo si también nosotros estamos implicados personalmente en la búsqueda del significado de la realidad entera.

La verificación de este planteamiento no puede consistir en una comparación abstracta entre varios sistemas de ideas ya confeccionados, para ver cuál incluye más elementos que los demás y así demostrar su adecuación. Se trata de emprender la tarea concreta, invitando a comprobar libremente una hipótesis, recorriendo un camino humano: pongamos manos a la obra y comuniquemos unos a otros lo que sucede. Bien lo entendió María Zambrano al describir la educación como un proceso nunca terminado: «Pues una lección ha de darse en estado naciente (…) la pregunta del discípulo, esa que lleva grabada en su frente, se ha de manifestar y hacerse clara a él mismo. Pues el alumno comienza a serlo cuando se le revela la pregunta agazapada dentro, la pregunta que, al ser formulada, es el inicio del despertar de la madurez, la expresión misma de la libertad. No tener maestro es no tener a quién preguntar y, más hondamente todavía, no tener ante quién preguntarse». Tener alguien a quien preguntar y, más aún, ante quien preguntarse puede ser una forma distinta de aludir a la «erótica del saber».

El profesor abre al estudiante el vínculo entre sus preguntas y las posibles respuestas, en la medida en que también él se pregunta y tiene a quien preguntar. Un estudiante que haya estado alguna vez delante de un maestro, que haya aprendido con él a preguntar y preguntarse, no sólo recordará siempre a su educador, sino que deseará seguir comprendiendo cada vez más el enigma fascinante y siempre dramático del Misterio de la vida. En consecuencia, podrá mejorar sus habilidades cognitivas y así contribuir a que los informes internacionales sobre España cambien de tendencia.

Fuente: http://www.elmundo.es/opinion/2017/02/24/58af24eee2704edf2f8b45dc.html

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Entrevista a Toni Ramoneda: “La única certeza es que no existe ningún método para aprender. Y es una suerte”

26 Febrero 2017/Fuente: elconfidencial/Autor:HÉCTOR G. BARNÉS

El último libro del barcelonés intenta establecer «una voz democrática desde la escuela más fea del mundo». Pero ¿qué ocurre entre los muros de sus aulas?

“Este libro está escrito desde la distancia que supone escribir en español cuando se vive en Francia, pero la distancia también que separa los tres componentes del relato”, escribe Toni Ramoneda en la introducción de su último libro, ‘La escuela más fea del mundo’ (Clave Intelectual). Se trata de una obra en dos movimientos y un intermedio articulados entre una conferencia sobre Europa, el colegio donde imparte clase y el cabezazo de Zinedine Zidane en la final del mundial de 2006.

Ramoneda (Barcelona, 1978) es doctor en Ciencias de la Comunicación y profesor de español en el instituto Louis Aragon de Givors, además de miembro del equipo de investigación ELLIAD de la Universidad de Besançon. Hijo del periodista y filósofo Josep Ramoneda, su segunda obra después de ‘Europa como discurso’ (RBA) se encuentra en un punto intermedio entre el ensayo, la conferencia, la divagación filosófica y la narración.

Una clase no es un equipo de fútbol que debe competir unido, es un grupo de personas que construyen un espacio común

Desde su posición privilegiada –o, mejor dicho, única–, nos internamos con él a través de un cuestionario por correo electrónico en su colegio, su ciudad, su país, su sistema educativo y lo que le aguarda a la Unión Europea. ¿Fue todo un sueño?

PREGUNTA. Europa es el tema principal de su libro. Sin embargo, ¿se ha construido Europa desde las escuelas, ha habido un verdadero proyecto? Es más, ¿debería haberlo?

RESPUESTA. Yo no diría exactamente que Europa sea el tema de mi libro. Su hilo conductor es más bien la manera en que al aprender construimos un mundo común. Eso, con la particularidad de que este libro está escrito en Francia y que en francés el verbo aprender significa a la vez enseñar y recibir. A partir de ahí, de este movimiento que intento trasladar también a la escritura, Europa surge en el libro como una realidad que se construye a sí misma. Y llego a sus preguntas. Porque Europa es una realidad que estamos construyendo y por lo tanto que también desmontamos, destruimos y reconstruimos por momentos.

En términos institucionales, es decir como conjunto de tratados, de edificios, de directrices y demás, esta realidad tiene cincuenta años. Por lo tanto, Europa como institución no se ha construido, sino que todavía se construye y eso –la capacidad de otorgarnos reglas comunes, espacios de representatividad, formas de reconocimiento mutuo, dispositivos para el debate y también, por supuesto, sus contrarios, es decir imposición de normas mediante una negociación falseada, debates sin espacio para la crítica o formas de representación alejadas de las realidades que representan– de algún modo lo hemos aprendido en las escuelas y forma parte también de un cierto proyecto ligado a la ilustración. Pero insisto: todo. El debate real y el consenso burocrático, la representatividad y el ‘marketing’ político, el reconocimiento mutuo y el falso reconocimiento de la negociación desigual.

A mi parecer el proyecto Europeo tendría que ver, y eso pretende expresar mi libro, con la capacidad de construir espacios comunes que no se reduzcan a formas de pertenencia y esto es el acto de aprender: construir lo común mediante las palabras, cada uno desde su propia posición, sin pretender convertirnos en una unidad. Supongo que volveremos a ello, pero una clase no es un equipo de fútbol que debe competir unido, una clase es un grupo de personas interdependientes que construyen un espacio común. Ya sé que suena naïf y pasado de moda, pero este, a mi entender, es también el proyecto europeo. Por lo menos el de ‘La escuela más fea del mundo’.

P. Señala que los alumnos creen que la escuela debe proporcionarles un buen trabajo (y, por extensión, un buen salario). Lamenta que, además, parezca algo contradictorio con ser más sabios. ¿Corren el peligro tanto la escuela como la universidad de convertirse en fábrica de trabajadores, pero poco sabios?

R. Lo creen sobre todo los padres, que son antiguos alumnos, claro, y probablemente lo creerán mis alumnos cuando sean padres. No hay que olvidar que todos hemos sido alumnos, también los profesores. Pero sí, lo que lamento es el aspecto utilitario, incluso cuando se reviste de ideas muy loables como crear personas o incluso contribuir a la realización personal de los alumnos, incluso así, atribuir una función a la escuela es ya un indicio de lo poco que creemos en el aprendizaje como experiencia. Aprender, insisto, es construir. Aprender y enseñar es apoderarse de un presente, de un tiempo que nos es propio, que nos pertenece a los alumnos y al profesor y que puede estar contenido en las cuatro paredes de un aula, en un jardín botánico o en un taller de mecánica, pero un tiempo que es nuestro y que sirve para ese momento, es decir para estar ahí juntos, porque si no el utilitarismo se carga el aprendizaje y el futuro viene a robarnos este presente. No digo que nos dé igual el futuro, digo que vamos a ir hacia él desde aquí y no al revés.

P. Hay una expresión muy potente en su libro: «aulas colonizadas por la angustia del futuro». ¿Se ha trasladado la angustia propia de la edad adulta a los niños, a los que les exige que elijan su destino a una temprana edad, y por lo tanto dejen de ser niños?

R. Es cierto que yo, cuando veo a chicos de catorce años a los que les exigimos que sepan lo que quieren hacer de mayores, me siento muy mal. ¡Pero también es posible que sea porque yo mismo no sé todavía qué quiero ser de mayor! En fin, sea como fuere, tanto ellos obligados a decidir, como yo incapaz de hacerlo estaríamos colonizados por este futuro del que hablo. No sé si el problema es dejar de ser niños, tampoco me gusta la idolatría de la inocencia en la que se cae a veces, pero una vez más, lo que me parece problemático es la desconfianza que mostramos hacia el aprendizaje como experiencia. Desde el momento en que estamos articulando de manera tan insistente el aprendizaje a una elección y a una situación futura, estamos impidiendo esta experiencia que, por sí misma, ya nos puede ir guiando. Insisto, creo que no confiamos en el aprendizaje. En la experiencia de aprender.

En Francia, nadie se cree ya que el sistema educativo sirva para romper las dinámicas de reproducción social

P. En España hay una cierta idealización de la educación extranjera; sobre todo Finlandia, pero también países como Francia. Sin embargo, cita una «nueva tautología republicana» de manera bastante ácida: «somos un país culto porque somos un país culto». ¿Qué pasa en la escuela francesa?

R. Pues precisamente yo diría que sufre, quizás como Francia en general –pero esto ya sería otra cuestión–, de una falta de confianza en sí misma tremenda. Nadie confía ya en el proyecto republicano de una escuela emancipadora, igualitaria y laica. Por eso lo extendía al país en su conjunto que no confía en su propio proyecto republicano. En la educación, esto significa que nadie se cree ya que el sistema educativo sirva para romper las dinámicas de reproducción social. Desde el famoso libro de Bourdieu ‘Los herederos’, en el que este sociólogo demostraba como la escuela está construida por y para quienes ya saben cómo funciona y por lo tanto se manejan mucho mejor que los demás en ella y parten con una ventaja añadida, además de la de pertenecer a una clase superior, desde entonces se ha seguido reflexionando y se han multiplicado dispositivos, programas, métodos y directrices para tratar de ofrecer las mismas posibilidades a todos los alumnos.

Ahora, por ejemplo, nos centramos en la individualización, es decir en tratar de ofrecer a quienes no tienen los medios, ya sean económicos o culturales, en su casa para comprender las reglas del sistema, la posibilidad de manejarse en él. Dicho de otro modo, adoptamos como profesores un rol de tutor ilustrado. El problema es que esto ya existía antes en forma de dispositivos, con profesionales que trabajaban y cobraban por hacerlo y alumnos que podían recibir esta ayuda como parte de su educación. Se cerró porque era muy caro y ahora lo transformamos en seguimiento individual. Un poco como cuando un país no controla su deuda y llegan los expertos de Bruselas. En el mejor de los casos, lo que transmitimos a los padres es algo como ‘no se preocupe, usted no sabe hacerlo muy bien, pero ya me ocupo yo de su hijo’.

De hecho mi respuesta cabría en una frase: la escuela francesa es extremadamente cara y hay que reducir la deuda. La cuestión, por lo tanto, más allá de si está bien o mal sacrificar la educación pública para salvar la deuda es ¿por qué hoy Francia, que ha hecho de la educación uno de sus mitos fundadores, está dispuesta a sacrificarla? Pues porque ya no confían en la escuela. De ahí mi frase, que usted llama ácida.

P. «Podría tratar de explicar ahora las razones por las que somos tantos los que sufrimos con un trabajo que debería hacernos sentir partícipes de nuestro mundo común», escribe a propósito de su labor diaria. ¿Por qué no me lo explica ahora?

R. ¿Cómo se sentiría usted si tuviera la impresión de que cada vez más personas están dejando de confiar en su trabajo? De hecho, deslegitimar el periodismo como profesión es uno de los ejes discursivos de Donald Trump, pero también lo vemos en la derecha francesa ahora que se acercan las elecciones y en la extrema derecha de Marine Le Pen. Lo que quiero decir es que la educación, como el periodismo, además de profesiones, son instituciones ligadas a la democracia y por lo tanto las vivimos como un ejercicio que contribuye al bien común. Eso, como todo, puede derivar en abuso de poder, ya sea en el caso del periodismo mediante la voluntad de ejercer un poder, digamos, fáctico o en la educación cuando se cae en el adoctrinamiento, ya sea moral o ideológico.

Pero sin perder nuestra capacidad crítica, creo que podemos estar de acuerdo en que muchas personas deciden hacer periodismo o meterse a enseñar en un aula para contribuir al debate público o a la construcción de este mundo común del que ya he hablado. Por lo tanto, cuando uno se encuentra en que no solo este trabajo es mucho más exigente en términos incluso psicológicos y morales, porque los adolescentes son más crueles entre ellos y con los demás de lo que pensaba, sino que además no se le reconoce ningún otro valor más allá de la evaluación en términos de resultados, pues sí, uno sufre. Pero insisto, el sufrimiento está presente en muchos trabajos, lo dramático es cuando a la falta de confianza en sí mismo que uno puede sentir frente a treinta alumnos que muestran desdén se le añade la falta de confianza que uno siente por parte de la sociedad en su conjunto.

Ahora parece que todo el mundo ha descubierto la necesidad de sorprender a los alumnos para que deseen aprender

P. «La obligación del profesor, decía, es llevar a los alumnos a la frontera para que naveguen en un discurrir extraño que no harían de otro modo y que podrán seguir haciendo en el futuro»: se dirá que ahora los nuevos profesores, o los de los colegios de excelencia, sí que saben hacerlo, no como «los de antes». Pero eso no es verdad, ¿verdad?

R. Sí. Ahora parece que todo el mundo ha descubierto los llamados métodos accionales, la necesidad de sorprender a los alumnos para que deseen aprender, la motivación extrínseca que hay que aportarles sin esperar que estén motivados por sí mismos, el desarrollo de competencias, en fin, todo lo que ya sabemos desde hace más de cien años. Y no hay nada que decir, pues mejor si al fin se pone de moda. Pero vuelvo al principio: ¿qué discurso hay detrás? El discurso de que así se aprende mejor, de que así los alumnos son competentes y se adaptan mejor a cualquier situación, de que con estos nuevos profesores y estas nuevas pedagogías, que no tienen nada de nuevas repito, el aprendizaje es, en suma, más eficaz.

O sea, que lo que nació como una forma de desligar el aprendizaje de la transmisión, es decir de la idea de que hay un saber que tiene que pasar de un punto A, el profesor, a un punto B, el alumno. Esta idea, que es absurda porque es lo propio de las máquinas, no de los hombres, sigue estando presente como discurso. Se le llama eficacia. Pues para eso, que desarrollen la inteligencia artificial y sí, seguro que transmitirán datos completos de A a B, pero el acto de aprender, la experiencia del aprendizaje, habrá desaparecido. En definitiva, lo que me da miedo en algunos de estos discursos que leo u oigo sobre educación actualmente en España es que se centran en la presentación o en la búsqueda de métodos, del ¡método final!, diría. Y la única certidumbre que tengo en lo que respeta a la educación es que no existe ningún método para aprender. Lo cual es una suerte, por cierto.

P. Como profesor de lengua extranjera en Francia, ¿cuáles son las diferencias entre la escuela española y la francesa? Y, sobre todo, ¿qué tienen en común?

R. Nunca he ejercido en España así es que la verdad es que no lo sé. Pero a nivel anecdótico, una cosa que es muy sorprendente en Francia y que comparto con otros compañeros españoles es la obsesión por el silencio. El silencio como símbolo de respeto hacia el profesor y de la autoridad que representa. Yo me obligo a dar clase con la puerta abierta para quitarme la vergüenza de encima si en mi clase se oye ruido. Pero no es fácil porque entre compañeros se sabe en qué clases hay silencio y en cuáles no. Cuando uno enseña un idioma, que lo valoren en función del silencio que impone, pues tiene su gracia…

P. En una entrevista explicaba que busca en sus clases «crear un deseo de aprender pero a la vez crear conciencia de lo que no se sabe». Como profesor, ¿cuáles son sus principios, a nivel práctico?

R. Lo de ser conscientes de lo que no sabemos ya sé que es el primero de los tópicos del aprendizaje, pero es que muchos alumnos todavía no lo han oído y hay que transmitírselo. A nivel práctico, mi obsesión principal es construir ejercicios que nunca se puedan acabar. Esto es muy difícil y rara vez lo consigo, porque claro, tampoco puedes frustrar al alumno con algo que no podrá hacer o que tendrá la impresión de no haber conseguido hacer. El equilibrio, en este sentido, aparece cuando consigo encontrar una actividad en la que un alumno dice «ya he acabado» y entonces le puedo señalar otra cosa en la misma actividad y decirle pues yo creo que todavía puedes seguir y así, de manera ideal, hasta el infinito. A parte de mostrar el hecho de que el aprendizaje es un movimiento y una experiencia y no sólo la adquisición de un conocimiento, esto permite que cada alumno pueda a la vez participar de un trabajo colectivo, porque todos tienen que realizar la misma actividad y llegar hasta donde le lleve su propio trabajo y su propio ritmo.

P. ¿A qué clase de personas da lugar el sistema educativo actual?

R. No lo sé. Pero precisamente creo que deberíamos dejar de pensar que el sistema educativo tiene que dar lugar a determinadas personas porque así es como nos quitamos de encima nuestra responsabilidad como miembros de una sociedad. Las personas las creamos en las escuelas, en los bares, en casa mirando la televisión, en las redes sociales, en los campos de fútbol, cuando vamos de vacaciones y en el Congreso de los Diputados. Nadie se escapa y los profesores, cuando caemos en la tentación de pensar que jugamos un papel diferente, nos atribuimos una responsabilidad que no nos incumbe, al tiempo que se la quitamos a los demás. La escuela es una institución democrática, cierto, como lo es el periodismo, ya lo dije antes, pero ello no significa que produzca algo. Eso ocurre, precisamente, cuando se la utiliza como lugar de adoctrinamiento, pienso en los regímenes totalitarios. En democracia, una escuela no debería producir nada. Algo así como un gran silencio en medio de un mundo que produce ruidos sin parar.

Fuente de la entrevista: http://www.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/2017-02-25/entrevista-toni-ramoneda-escuela-fea-mundo_1336906/

Fuente de la imagen:

http://4www.ecestaticos.com/imagestatic/clipping/4ce/8ce/4ce8ced1abc4c0066c92d86d0552323b/imagen-sin-titulo.jpg?mtime=148778160

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