Entrevista a Cynthia Santacruz: «La escuela debe volver a la relación, al tú a tú y al contacto»

Diego Francesch
La psicoterapeuta y formadora Cynthia Santacruz defiende que la dimensión emocional es el centro del aprendizaje y reclama más cuidado para el profesorado, más presencia del cuerpo en la escuela y una mirada más profunda sobre el trauma infantil, la convivencia y el acoso escolar.

La psicoterapeuta Cynthia Santacruz en un momento de la entrevista con Diego Francesch.

Cynthia Santacruz es psicóloga, psicoterapeuta, comunicadora y formadora, especializada en trauma emocional y vínculos afectivos. Con casi 20 años de experiencia, ha desarrollado una trayectoria centrada en el acompañamiento profundo de procesos emocionales desde un enfoque integrador que articula modelos dinámicos, sistémicos y neurobiológicos.

A lo largo de su carrera, ha trabajado con población adulta, infantil y familias, experiencia con la que ha consolidado una mirada terapéutica centrada en el vínculo como eje fundamental del bienestar psicológico.

No hay educación sin educación emocional

La psicoterapeuta y comunicadora sostiene que el debate educativo se ha quedado muchas veces en la superficie. Para ella, la cuestión no es si la emoción debe entrar o no en el aula, sino cómo se ha podido llegar a construir aprendizaje sin colocarla en el centro. ¿Cómo hemos conseguido llegar a crear aprendizajes sin llamar a las cosas por su nombre? Esa es, a su juicio, la gran pregunta. Santacruz insiste en que la dimensión emocional no es un añadido, sino la base sobre la que se sostiene cualquier proceso de enseñanza-aprendizaje. En un contexto marcado por la tecnología, la sobreestimulación, la multiculturalidad y la creciente preocupación por la salud mental, recuerda que la escuela no puede seguir ignorando lo que sucede en el plano afectivo y relacional.

A su entender, el problema no es nuevo, pero ahora resulta más visible. Antes había más cercanía, menos estímulos y más espacios de encuentro. Hoy, en cambio, la escuela convive con el desgaste de la prisa, la fragmentación y la dificultad para sostener vínculos.

La relación docente-alumno como clave

Santacruz defiende que la relación entre profesor y alumno es determinante. De hecho, recuerda que ya existen estudios que apuntan a una correlación directa entre el éxito escolar y el vínculo con el maestro. ¿Eso también es cosa de los profesores? Su respuesta es tajante: sí. No solo de los docentes, sino de cualquiera que trabaje con personas. Para ella, entrar en el alma del otro exige respeto, presencia y destrezas emocionales. En esa línea, rechaza la idea de que el profesorado deba limitarse a transmitir contenidos. Considera que el gran reto no es llenar el horario de programas emocionales, sino transformar la manera en que los adultos se relacionan con los niños y adolescentes. Según explica, no basta con enseñar qué es la alegría o la tristeza en un bloque semanal: lo verdaderamente importante es que el docente se conozca, revise su propia historia y pueda intervenir desde una posición madura y disponible.

¿Es necesario ser buena persona para ser buen profesor? Santacruz cree que sí, con rotundidad. Matiza, eso sí, que tener heridas no impide ser una buena persona. El problema surge cuando esas heridas no se miran y acaban proyectándose sobre el alumnado. De ahí que insista una y otra vez en la importancia del autoconocimiento y del trabajo personal del profesorado.

Trauma, cuerpo y aprendizaje

Uno de los ejes de la conversación es el trauma infantil. La especialista explica que muchos comportamientos que en clase se interpretan como desafío, indisciplina o mala actitud son en realidad respuestas biológicas de un organismo que intenta sobrevivir a un contexto estresante. Habla de grandes traumas y de traumas pequeños, esas heridas cotidianas asociadas a la prisa, a la falta de escucha, a hogares desbordados o a entornos donde el niño apenas encuentra tiempo para ser mirado.

Para Santacruz, cuando un alumno llega al aula cargado de tensión, no puede sostener la atención de la misma manera que otro que llega regulado. Por eso reclama pequeños protocolos de descarga y más atención al cuerpo, un gran ausente en muchos sistemas escolares. ¿Qué le pasa a ese niño que no para quieto o a ese otro que se encierra en sí mismo? La respuesta, dice, no siempre está en una etiqueta diagnóstica. A veces el cuerpo está hablando. A veces el movimiento, el silencio o la hipotonía son una forma de pedir ayuda.

Una escuela que cuide a quien cuida

La psicoterapeuta también pone el foco en el profesorado, al que considera una pieza central de cualquier cambio educativo. A su juicio, los maestros son la verdadera base del sistema, aunque muchas veces no reciben el reconocimiento social, la formación ni el cuidado que necesitan.

¿Qué hacemos con un profesor quemado? Santacruz cree que un docente agotado no puede sostener adecuadamente al grupo y que la escuela debe revisar también sus estructuras, sus cargas burocráticas y sus criterios de permanencia. Propone un modelo más flexible, donde el talento del profesorado pueda reorientarse si el aula ya no es el mejor lugar para esa persona.

A lo largo de la charla insiste en que la escuela no puede seguir funcionando como una máquina que absorbe esfuerzo y devuelve desgaste. Necesita adultos regulados, comprometidos y emocionalmente disponibles.

Bullying, violencia y búsqueda de poder

El acoso escolar aparece como una de las expresiones más dolorosas de esa desconexión emocional. Santacruz sostiene que no se erradica solo con campañas o protocolos, porque el problema está en la raíz: la violencia se reproduce cuando no se trabaja la propia agresividad, cuando los vínculos se debilitan y cuando el poder sustituye al amor como forma de relación.

¿Por qué sigue reproduciéndose el bullying? Porque, según explica, aún no se ha logrado construir una auténtica cultura de buenos tratos. Y eso requiere mirar no solo al niño que agrede, sino también al contexto familiar, escolar y social en el que aprende a relacionarse. En muchas ocasiones, añade, el alumno no expresa su sufrimiento en casa, sino en el colegio, porque allí encuentra por primera vez a un adulto capaz de verlo.

Escuelas emocionalmente seguras

Al final de la conversación, Cynthia Santacruz resume su idea de escuela ideal en una noción sencilla: seguridad. Una escuela emocionalmente segura es aquella que ofrece señales claras al sistema nervioso del niño, con adultos responsables, espacios reguladores y una presencia capaz de contener.

¿Qué caracteriza a una escuela emocionalmente segura? Que el alumno pueda aprender, hablar, jugar y relacionarse sin estar en estado de alerta permanente. Que encuentre figuras adultas a las que dirigirse cuando algo duele. Que haya cuerpo, vínculo, escucha y respeto. Para Santacruz, ese es el camino realista y urgente. No uno hecho de fórmulas vacías, sino de relaciones más humanas. Porque, como deja claro a lo largo de toda la entrevista, el futuro de la escuela pasa por devolver al centro aquello que nunca debió salir de él: la relación entre personas.

Cynthia Santacruz: «La escuela debe volver a la relación, al tú a tú y al contacto»

Comparte este contenido: