Colombia: La educación como aporte al tejido social de la región

Por: Daniela Alzate Rojas/El pais 

Desde el año 2020 hasta la actualidad, alrededor de 10 millones de estudiantes en Colombia vivieron la zozobra de no saber cuándo volverían a las aulas. Escuelas, colegios y universidades pusieron pausa a sus actividades curriculares y cientos de docentes se enfrentaron a un mundo desconocido para muchos de ellos, el de la virtualidad.

Este repentino cambio trajo consigo la pérdida de cientos empleos en el sector educativo y afectó de gran manera la solidez de nuestra región. Desde el fabricante de maletines y útiles escolares hasta el estudiante que los usa, desde el universitario que toma el bus hasta el que lo conduce, desde la dueña del restaurante a dos cuadras de la universidad hasta el vendedor de manga poma con limón y sal a las afueras del colegio y un sinfín de personas, componen esta gran cadena de abastecimiento.

Colegios, universidades, instituciones, escuelas, jardines y todos quienes hacen parte de esta comunidad encienden diariamente los motores de la actividad económica, contribuyendo enormemente al tejido social y al crecimiento económico de la región. En suma, la educación contribuye a lograr sociedades más justas, productivas y equitativas, un bien social que hace más libres a los seres humanos y que los une sin discriminación.

El Valle avanza cuando nos unimos por un mismo propósito, cuando valoramos al otro y reconocemos que todos somos parte de esta cadena que conduce hacia el progreso, por eso hoy nos une la educación 

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Los eternos marginados

Por: Carolina Vásquez Araya

Niñas, niños y adolescentes encajan el cambio sin derecho a opinar ni a elegir.

Si hay un segmento de la sociedad carente de autoridad sobre su vida es el de niñas, niños y adolescentes, las grandes mayorías en prácticamente todos los países de nuestra América. Somos sociedades jóvenes y en crecimiento; sin embargo, la visión imperante entre quienes recae la responsabilidad de propiciar un desarrollo basado en la justicia, equidad y el mejor aprovechamiento de todos los recursos, suele ir en contraposición con aquello que dicta la razón y cuya esencia plasmó el filósofo estadounidense Jhon Dewey: “La educación no es preparación para la vida; la educación es la vida en sí misma.”

La historia de nuestros pueblos nos ha enseñado que somos sobrevivientes de sistemas adversos, hostiles e incapaces de comprender el enorme potencial implícito en el cambio generacional. Vemos a la niñez y la juventud como una carga impuesta y no una oportunidad maravillosa para generar transformaciones de gran escala, lo cual debería conducir a una consolidación de valores con la misión de fortalecer el tejido social. Y todo ello, con la educación como leit motiv de cualquier sistema de gobierno. De modo automático, asumimos la autoridad del adulto como si esta fuera una forma válida de actuar sobre quienes dependen de nosotros en la línea familiar o social, y lo hacemos sin cuestionar la validez de una autoridad muchas veces impuesta de manera legal, aunque su aplicación resulte, en muchos casos, ilegítima.

Al observar los efectos de la situación excepcional en la cual estamos inmersos desde hace ya año y medio, es posible constatar la situación riesgosa en la cual viven niñas, niños y adolescentes al enfrentarse a una pérdida de sus vínculos sociales y, simultáneamente, a un encierro obligado con adultos poco preparados para ofrecer un ambiente seguro, enriquecedor y libre de violencia. El ser adulto a cargo de personas jóvenes cuya custodia nos ha sido confiada por ley, no significa de ningún modo que tengamos el derecho para imponer nuestra voluntad de manera arbitraria ni para descargar en ellas nuestras frustraciones, sino más bien nos da una oportunidad para reforzar lazos de conocimiento mutuo, respeto y colaboración.

Sin embargo, la violencia emocional generada por el forzoso cambio de hábitos y las limitaciones provocadas por las restricciones a la movilidad, al trabajo y al estudio, cobran sus mayores víctimas entre las nuevas generaciones, por estar estas sometidas a una situación sobre la cual no poseen voz ni voto. La impunidad imperante en casos de violencia doméstica es un elemento adicional, aunque poderoso, al trastorno psicológico ocasionado por la pérdida de lazos sociales, la falta de actividad lúdica y la tensión natural provocada por un fenómeno de alcance global sobre el cual no tenemos control.

En tanto no se recobre un cierto estado de normalidad, es imperativo aprovechar la ocasión para prestar atención a este enorme contingente de nuevas y nuevos ciudadanos, cuya vida y futuro dependen, en gran medida, de quienes están a cargo de su bienestar físico y emocional, así como de propiciarles una educación de calidad. El tema no es menor: la niñez y la juventud han sido los eternos marginados en nuestras sociedades y el impacto de esa agresión -naturalizada por un concepto equivocado de la autoridad de los adultos que les rodean- tiene secuelas de largo plazo en la pérdida de oportunidades de desarrollo, pero también en forma de abuso y marginación. No repitamos el cliché de que constituyen “el futuro de la patria” mientras no seamos capaces de honrar esa promesa.

La juventud tiene todo el potencial, pero de nosotros depende abrirles el camino.

Fuente : insurgenciamagisterial

Imagen:  La red 21

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