El libro más odiado por los dictadores

Por: Alberto Medina López*

Muchos libros fueron perseguidos por los dictadores latinoamericanos de la segunda mitad del siglo pasado, pero ninguno como “Las venas abiertas de América Latina”, que logró unir en un solo odio tres regímenes autoritarios.

La obra de Eduardo Galeano ya circulaba cuando el presidente uruguayo Juan María Bordaberry dio golpe de Estado en 1973 para enfrentar el comunismo. Disolvió el Congreso y restringió las libertades, incluida la de Galeano, que fue encarcelado y expulsado de su país.

La ruta de su exilio fue Argentina, pero tres años después se vio obligado a huir a España tras el ascenso al poder del general Jorge Rafael Videla.

Su libro fue declarado instrumento de corrupción de la juventud, y la dictadura de Pinochet, en Chile, también lo incluyó en la lista de textos prohibidos.

Las venas abiertas de América Latina es el relato de la opresión económica y política de los pueblos conquistados por España y Portugal, que empezó con el saqueo del oro y la masacre de las civilizaciones esclavizadas. “La espada y la cruz marchaban juntas en la Conquista y en el despojo colonial”.

Desde Barcelona, en 1978, Eduardo Galeano escribió un capítulo adicional, en una nueva edición de su obra, al que tituló “Siete años después”. Allí afirmó que “los comentarios más favorables que este libro recibió no provienen de ningún crítico de prestigio, sino de las dictaduras militares que lo elogiaron prohibiéndolo”.

El nuevo capítulo era una dura crítica al nuevo opresor que respaldaba las dictaduras para sofocar el comunismo con sangre: Estados Unidos.

“En Washington se planificó la estrategia del crimen. Desde 1970, Kissinger y los servicios de informaciones prepararon cuidadosamente la caída de Allende”.

A Galeano no le tembló el pulso para señalar las millonarias ayudas de ese país a Augusto Pinochet, Jorge Rafael Videla y otros dictadores latinoamericanos para sostenerlos en el poder.

Aunque Jimmy Carter inauguró la política de derechos humanos preocupado por los excesos de las dictaduras, Galeano se encargó de que sus lectores no perdieran de vista una realidad.

“… los actuales dictadores no son autodidactas: han aprendido las técnicas de la represión y el arte de gobernar en los cursos del Pentágono en Estados Unidos y en la zona del Canal de Panamá”.

Eduardo Galeano murió hace cinco años con el mismo sueño que siempre lo acompañó: el de cambiar el mundo y sus ismos: militarismo, racismo, elitismo, machismo y los otros que hacen infeliz a la humanidad.

* Escritor y periodista colombiano. Trabajó en el diario El Tiempo y fue libretista de documentales y periodista político de la televisión. Fue galardonado con el Premio Bicentenario de Periodismo. Dirigió el documental Por los caminos de Gabo.

Fuente:   El Espectador    www.nodal.am

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Uruguay: Uno no sabe si cuando hablamos de ellos, los muertos queridos nos escuchan

Uno no sabe si cuando hablamos de ellos, los muertos queridos nos escuchan

Por Mario Hernandez

M.H.: Eduardo Germán Hughes Galeano, nació en Montevideo el 3 de septiembre de 1940 en el seno de una familia de clase alta y católica de ascendencia italiana, española, galesa y alemana. Fue un niño muy creyente, sabía que esa búsqueda de Dios en los demás permanece, aunque la figura de Dios con mayúscula se le cayó por el agujerito del bolsillo y nunca más lo encontró. Como él mismo recordaba, en ese período místico de la infancia, empezó a garabatear dibujos, en la adolescencia, sus primeras caricaturas fueron publicadas en El Sol, un semanario socialista de Uruguay con el seudónimo “Hughes”. En los 60 fue editor del semanario Marcha y luego director del diario Época. Tenía 31 años cuando publicó Las venas abiertas de América Latina, un texto que encarnó la educación sentimental y política de varias generaciones, un clásico de la izquierda latinoamericana, por el cual fue censurado por las dictaduras uruguaya, chilena y argentina.

V.Z.L.: Hermoso recuerdo que hacés de Eduardo, a través de algo muy importante, abrevar en la infancia. Porque ahí es donde podemos afirmar, estar seguros, se juega a cara o cruz el destino de la gente.

Me parece muy bien que empieces esta recordación de Eduardo, que tendría de estar vivo con 80 años, para la que me convocaste, a partir de contar datos de su vida infantil que en general no son muy tomados en cuenta por los lectores que se lanzan a la obra escrita en general aunque, por supuesto, siempre hay alguno que le interesa conocer un poco más de quién está detrás de ese libro.

Ahí está Eduardo, también nombraste un libro que es fundamental en la cultura latinoamericana como Las venas abiertas de América Latina aunque te cuento, porque he tenido muchas charlas con Eduardo a partir de nuestra amistad, pero también muy importante en la vida cotidiana de uno el compartir el trabajo, y nosotros hemos sido durante años compañeros de trabajo, dirigimos en distintos momentos la revista Crisis, y también en el final de la primera etapa la hemos dirigido en conjunto, hemos trabajado mucho juntos. Eso da un conocimiento más profundo de las personas.

Y terminando lo que había empezado sobre Las venas abiertas de América Latina recuerdo que una noche habíamos ido a comer, estábamos sentados y de golpe se levanta una pareja de jóvenes y se acercan a hablarle del libro y de cómo los había influido en su vida. Cuando se fueron le dije “qué fuerte que ha sido lo que sembraste con ese libro” y él me contesta “sí pero llega un instante en que preferiría que la gente se acerque a preguntarme por las otras cosas que he escrito, porque pareciera que quedo pegado para siempre a un solo libro”.

No es así, porque si bien la figura de Eduardo empezó a difundirse en América Latina, en España y otras partes donde se tradujo su obra que tuvo un gran ímpetu en Occidente en ese momento, también es cierto que a veces uno deja con algo de nuestra vida una huella tan profunda, que sin prejuicio que luego se pueda decir desde el punto de vista más estrictamente literario, artístico, uno pueda elegir algún otro texto de algún otro momento de la vasta escritura de Eduardo, también es cierto que ese libro, si bien toca zonas muy políticas, ideológicas, ya desnuda que Eduardo tenía un talento muy potente para el arte de la escritura.

M.H.: Libros que marcan, como a vos te ha marcado tus Conversaciones con Enrique Pichon Rivière ¿no?

V.Z.L.: Sí. Son de la misma época. Tengo conciencia que ese libro, por el tema que abordaba estaba dirigido a un público no tan extenso como Las venas…, sin embargo, también había un auge del psicoanálisis y una lectura social de lo que podían llamarse los conflictos de cada sujeto  y pocas personas como Pichon habían navegado por ese río y que me cruzara con él, siendo yo joven con todas las preguntas y desafíos y el coraje para desafiar a un maestro, rindió su fruto y fue también una obra que por ser de un género no común, porque no son habituales los libros de diálogo, siguiendo el camino de Platón, que sus diálogos marcaron todo un estilo en la cultura de Occidente; pero es cierto, a veces uno queda marcado con un libro.

Pero en el caso de Eduardo, si bien Conversaciones…, ya que los comparaste, tuvo una gran difusión, también es cierto que Las venas abiertas de América Latina tuvo una difusión por fuera de lo común de los escritores latinoamericanos. Debe ser uno de los libros más, me atrevo a sospechar, difundidos en las últimas décadas del siglo pasado y que ahora sigue siendo material de lectura para muchos jóvenes.

M.H.: Voy a mencionar, para no quedarnos solo en Las venas abiertas de América LatinaVagamundo y otros relatos de 1973, Memorias del fuego de 1982, El libro de los abrazos de 1989, Las palabras andantes de 1993, Patas arriba. La escuela del mundo al revés de 1998, Una historia casi universal de 2008 y Los hijos de los días de 2012, entre otros.

Mencionaste la juventud, no te voy a preguntar por la pinta que tenían ustedes, tanto vos como Eduardo, me imagino que no solamente se acercaban parejas de jóvenes, seguramente también hermosas mujeres en aquellos años. Pero no quiero introducirme en estos temas que son muy privados, no quiero que Regine se enoje. Pero quiero referirme a temas personales, porque me acabo de enterar que jugaban al fútbol en Palermo, en el circuito KDT, vos, Eduardo, Jorge Asís, Kovadloff, cosa que me sorprendió porque lo tengo muy ubicado en otro espacio y lugar intelectual y político.

V.Z.L.: Sí, pero la gente cambia. Yo lo quiero a pesar de que tenemos una mirada distinta sobre el mundo, porque hemos compartido miradas parejas en aquellas épocas. Además le debemos todos, en general, las gigantescas traducciones que hizo de la obra de Güimaraes Rosa uno de los más grandes escritores latinoamericanos y que él lo tradujo con una dedicación y una perfección que nos abrió la puerta a una obra que es de las pocos que me alcanzan los dedos de una sola mano para mencionar entre las que me han tocado profundamente el alma.

Su traducción es de un nivel impecable, porque Güimaraes Rosa inventa una lengua brasilera para reflejar la vida de una zona muy dolorosa, desértica, brutal, única del Brasil. Con un lenguaje muy especial, casi como un dialecto del portugués. Yo leí con mucho cuidado la obra en ese portugués especial y no una vez, porque estaba enamorado de ese libro, con gigantescas dificultades.

Ese es un libro que marca la cultura latinoamericana y Kovadloff fue capaz de traducirlo y recrear en español. También Eduardo Galeano, que fue el que lo convocó para la revista lo quería mucho. Y volviendo al fútbol, se podían dar la mano entre Galeano y nuestro amigo traductor para ver quién jugaba peor, los dos estaban muy entusiasmados, pero la verdad es que uno desde la literatura y el otro desde la filosofía han curtido obra importante, pero en la historia del fútbol, ni en el submundo aparecerían.

Por más que Eduardo después escribió un libro sobre el fútbol que también fue muy leído. Después de haberlo visto jugar, porque jugábamos en el mismo equipo, no leí su libro, jugaba tan mal que cuando me enteré que iba a sacar un libro del tema no lo leí. Él amaba el fútbol y las pasiones más populares.

Y ya que hablás del amor y las compañeras, hay una parte positiva en esto, yo le presenté a quien fue la mujer de su vida, con quien se casó y vivió desde 1974 hasta el final de su vida. Una historia de amor muy fuerte con Elena Villagra, abogada, que había sido esposa de Rodolfo Ortega Peña, con quien estaba el día del atentado a Rodolfo. A ella también le pegaron un tiro en la cara, la bala entró y salió, pudo haber muerto también, como Rodolfo que falleció ahí en Arenales y Carlos Pellegrini.

Elena quedó muy conmocionada, yo era muy amigo de ella y obviamente mucho más de Rodolfo Ortega Peña, habíamos armado un grupo de intelectuales que defendíamos los Derechos Humanos y editábamos libros y revistas, junto también con Gustavo Roca, el hijo de Deodoro Roca, el de la gran Reforma Universitaria; con Eduardo Luis Duhalde, su gran compañero en el trabajo pero también en la escritura y en la edición; han editado hermosas revistas históricas y de militancia como Militancia y De frente. Y como yo era muy amigo de Eduardo y más todavía de Ortega Peña, conocía a Elena y después de la muerte de Ortega, ella todavía conmovida no solo por esto sino porque ella también había sufrido ese brutal ataque de la Triple A y llevaba en su rostro la marca de esa bala.

Ella estaba muy angustiada, muy marcada por su tragedia, me llamaba y hablaba con ella, íbamos siempre a un mismo bar a charlar para tratar de ayudarla para salir a flote de esa angustia. Un domingo a la mañana, me llama Elena para charlar, recuerdo que ese día yo también estaba muy caído por algunas cosas personales que me habían pasado, entonces sentí muy fuerte tener que ir a encontrarme con Elena y escuchar otra vez la historia del atentado y todo su dolor, y se me ocurre llamarlo a Eduardo. Lo llamé y le conté quién era Elena, lo mal que estaba y lo mal que estaba yo también para ir a juntar dos tristezas. Le pedí que me diera una mano y como él era muy generoso vino, nos pusimos a charlar los tres y yo había quedado en ir a almorzar a la casa de Federico Vogelius.

M.H.: Que había sido el mentor de Crisis.

V.Z.L.: Claro, el fundador de la revista que lo había invitado a Eduardo a dirigirla y luego a mí a ser parte de la revista y a hacerme cargo de la dirección cuando Eduardo por razones políticas tuvo que alejarse de Buenos Aires. Entonces le digo a Eduardo que lo conocía mucho a Vogelius también, que viniera a comer y la invitamos a Elena. Nos fuimos a San Miguel a la quinta de Vogelius, almorzamos todos juntos y como él era un hombre de mil actividades simultáneas se tuvo que ir, pero nos invitó a quedarnos ahí hasta el día siguiente. Eso hicimos.

A la noche tomamos unos vinos, seguimos una hermosa conversación, yo vi que ellos seguían conversando y yo estaba muy cansado y me fui a dormir. Serían las 5 am antes de que amaneciera, me golpean en la puerta y era Elena que me dice “perdón Vicente, somos nosotros” los hago pasar y entran tomados de la mano. La voz de Eduardo en nombre de ambos me dice que se habían enamorado y que le había propuesto que se casaran. Y que como yo había generado ese encuentro y también había sido amigo de Rodolfo O. Peña, tenía que ser algo así como un padrino y me pidieron mi “bendición” a ese encuentro porque en poquitos días iban a arreglar sus papeles y se iban a casar.

Yo pensé que Eduardo había tomado algo, pero Elena estaba muy emocionada y nada de bebida. Eduardo tampoco, porque tampoco era de tomar mucho. Así que me desperté un poco mejor y me sentí parte de una historia de amor. O sea que sí, es cierto que Eduardo era muy buen mozo, le gustaba vestir bien, desprolijo, pero elegante; Elena también era una mujer hermosa y muy inteligente e hicieron una fantástica pareja que duró hasta hace cinco años cuando Eduardo murió.

M.H.: Siempre sacás un conejo de la galera, no dejás de sorprenderme.

V.Z.L.: Mejor recordar a Eduardo desde un lugar que tal vez la gente no conoce, porque es un recuerdo íntimo y además un recuerdo feliz, porque recordar a los amigos y compañeros muertos no es fácil.

La última vez hablamos de otro gran amigo, que también era muy amigo de Eduardo, Julio Cortázar, ahí quise recordar esa gigantesca tarea en el campo de los Derechos Humanos que él siempre mantuvo en secreto pero de la que fui testigo porque trabajábamos juntos en ese campo. Ahora de Eduardo quiero recordar esto.

Y ya que estoy, también quiero hablar del cariño que supe que Eduardo me tenía, por más narcisista que suene, porque hay un libro que se llama Días y noches de amor y de guerra donde cuenta historias de gente que conoció, un libro con mucho éxito. Son historias cortas, algunas del Che Guevara, otras de Juan Gelman, de revolucionarios, artistas que él conoció, de gente también muy humilde pero que provocaron impacto en él. Y si prestás atención vas a ver que de todos cuenta una historia, pero de mí cuenta cuatro historias muy fuertes que él conoció y que le impresionaron mucho de mi vida, que no las he contado. Porque yo le conté algunas, otras las vivió conmigo.

Eduardo escribía tan hermosamente bien, que por más que el personaje soy yo y que me nombra y todo, son historias que yo nunca cuento ni jamás escribí. Él las convirtió más que en algo mío, en cuatro historias de un personaje, en el que él me convirtió. Entre ellas cuenta un partido de fútbol, del equipo del que hablábamos antes.

Fuimos a un campeonato de distintos diarios y revistas y nos inscribimos como “Crisis”. Y yo en general, por más que amo el fútbol y lo he jugado mucho, como era domingo y yo los sábados me acostaba tarde por hábito y porque tenía una intensa actividad política, hasta revolucionaria me atrevo a decir, que hacía que los sábados fueran de reuniones que terminaban muy tarde.

Recuerdo que el viernes anterior a ese domingo estábamos con Eduardo en la revista preparando el último número y me dice “Vicente este partido no lo podemos perder”, me hace la cabeza y después me dice “y nos falta uno porque (no me acuerdo cuál amigo periodista no iba a poder ir) no conseguimos a nadie, así que por más que vayas con un ojo medio abierto y el otro cerrado vení que tenés que jugar”.

Yo fui con los dos ojos abiertos porque arreglé mis cosas para dormir temprano, fui al partido y puse toda mi pasión como solía hacerlo. También es cierto que comparado con el resto de “Crisis” adquirí ahí un protagonismo, porque los otros jugaban bastante mal. La cosa es que por suerte, porque la suerte interviene mucho en el fútbol, íbamos cero a cero y como en las películas para chicos, jugábamos con alma y vida, ellos jugaban mejor pero no podían hacernos un gol. Y ya cuando terminaba el partido veo que uno del equipo nuestro corre y siento que es la oportunidad, corro y me quieren agarrar pero llego hasta el arco y le pego a la pelota en el aire y de cabeza metí el gol.

Ese gol y esa jugada Eduardo la registra en Días y noches de amor y de guerra. Pasan los años y cuando alguna gente joven me habla de fútbol yo cuento que jugaba bien, pero como ahora soy un hombre grande, con el pelo todo blanco me miran como si mintiera o tuviera grandes fantasías. Entonces yo esgrimo la prueba fundamental y los mando a leer ese libro y ese cuento. Así que Eduardo, aunque uno no sabe si cuando hablamos de ellos los muertos queridos nos escuchan, yo gracias a él pude más de una vez decir con emoción y orgullo que cuando jugaba al fútbol jugaba bien.

Fuente de la Información: https://rebelion.org/uno-no-sabe-si-cuando-hablamos-de-ellos-los-muertos-queridos-nos-escuchan/

 

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«Babelia» El texto inédito de Galeano que anticipa su visión de América Latina

Redacción: El País

‘Babelia’ adelanta un fragmento de ‘Guatemala’, un análisis político del continente escrito en 1967, cuatro años antes de ‘Las venas abiertas de América Latina’.

‘Babelia’ ofrece un adelanto de Guatemala. Ensayo general de la violencia política en América Latina, de Eduardo Galeano, que publica hoy la editorial Siglo XXI. Se trata de un rescate ampliado de un libro publicado en 1967 pero inédito en España. Tras una visita de Galeano, entre abril y mayo de 1967 a Guatemala, el escritor, de cuya muerte se cumplirán cinco años el 13 de abril, escribe este análisis político del continente, antecedente directo de su libro más importante, Las venas abiertas de América Latina. En el libro se investigan las implicaciones políticas para todo el continente de la situación guatemalteca, un tema sobre el que también trata la última novela de Mario Vargas Llosa, Tiempos recios.

«No tenían entonces fuego y Tohil lo creó y se los dio, y los pueblos se calentaban con este, sintiéndose muy alegres por el calor que les daba. El fuego estaba alumbrando y ardiendo, cuando vino un gran aguacero y granizo que lo apagó».

Popolvuh

“Mis pilotos son rubios y de ojos azules”, dijo una vez el ex presidente de Guatemala, Miguel Ydígoras Fuentes, “pero eso no quiere decir que sean norteamericanos”. La coincidencia física, en este país de indios, no resultaba, por cierto, casual. La intervención de los Estados Unidos en los asuntos internos de Guatemala abarca, desde hace mucho tiempo, todos los campos. La presencia imperialista en el país resulta, por su crudeza, ejemplar: este es un descarnado modelo de la explotación que sufren las atormentadas tierras del sur del río Bravo. Guatemala es el rostro, torpemente enmascarado, de toda Latinoamérica; la faz que exhibe el sufrimiento y la esperanza de estas tierras nuestras despojadas de sus riquezas y del derecho de elegir su destino. Desde los Estados Unidos se ponen y se quitan presidentes y dictadores en Guatemala; desde Wall Street se controla la economía, por la vía de las inversiones, el comercio y los créditos; el ejército recibe armas, adiestramiento y orientación de oficiales norteamericanos que a menudo participan personalmente en operaciones militares dentro del país; la prensa y la televisión dependen en gran medida de los avisos de las empresas extranjeras; funcionarios y técnicos de la Embajada de los Estados Unidos o de organismos “internacionales” ejercen un gobierno paralelo que pasa a ser único a la hora de las decisiones; la Coca-Cola ha sustituido a los jugos de fruta naturales y el dios de los protestantes y los mormones compite con las divinidades mayas, que han sobrevivido escondidas tras los altares católicos. El dominio y la explotación de Guatemala como si fuera un objeto de propiedad privada no es, por cierto, nuevo. Ha cobrado características singulares a partir de 1954, porque la invasión criminal que el imperialismo desencadenó entonces ha marcado a fuego la historia presente del país. La caída de Árbenz fue un eslabón decisivo de una larga cadena de agresiones que ni empezaron ni terminaron con ella. La situación actual no podría ser explicada sin tener muy en cuenta el proceso revolucionario de la década abierta en 1944 y su trágico fin: de aquellos vientos provienen estas tempestades. Las mismas fuerzas que bombardearon la ciudad de Guatemala, Puerto Barrios y Puerto San José a las cuatro de la tarde del 18 de junio de 1954, están hoy en el poder: ocupan, hoy, el poder real, tras las mamparas que les presta un régimen civil que se proclama, hipócritamente, heredero de la revolución derrotada. De aquel desastre en adelante, el pueblo derribado fue aprendiendo a levantarse por otros medios: en la revolución perdida está también la clave que explica la consolidación y el desarrollo de las guerrillas actuales.

Una conciencia nueva

La colonia quería hacerse patria: hasta 1944, el país había sido testigo y víctima, pero no protagonista, de su historia. Desde largo tiempo atrás, el destino de Guatemala se venía jugando a la suerte de monedas extranjeras, en Wall Street o en Washington o en los cuarteles generales del Pentágono. Encabezada por universitarios y jóvenes oficiales nacionalistas del ejército, la revolución estalló y puso fin al largo reinado del dictador Ubico –un viejo general cuyas simpatías germanófilas no le impidieron servir los intereses de las empresas norteamericanas y cuyo proclamado culto de la honestidad no obstaculizó sus excelentes relaciones con la oligarquía local–.

Este pequeño país de indios analfabetos y muertos de hambre se erguía sobre sus pies: Arévalo y Árbenz, elegidos sucesivamente por voto popular, habrían de encabezar la difícil aventura de la afirmación nacional. Nacional, digo, en un sentido que trascendía las fronteras de Guatemala: de estos gobiernos nacieron los mejores y más intensos esfuerzos por reconstruir, sobre nuevas bases, la perdida unidad centroamericana. Al haber sido desgarrada Centroamérica, como Latinoamérica toda, por las fronteras que el imperialismo consolidó o inventó para dominarla mejor, no será el imperialismo quien reconstituya la fracturada patria grande:

de los originales proyectos de Arévalo a la actual Sieca (Secretaría de Integración Centroamericana), media la misma distancia que separa a la Alalc (Asociación Latinoamericana de Libre Comercio) de los sueños de Artigas o Bolívar. La llamada “integración centroamericana”, tal cual se está realizando, no produce otra cosa que la desintegración de las débiles industrias nacionales del área, en beneficio de la integración de los negocios de las empresas extranjeras: las operaciones se planifican a escala regional; ampliados los mercados y eliminados los impuestos y los controles, el saqueo imperialista cobra nuevas formas más eficaces. Hace veinte años, las tentativas de la revolución guatemalteca por agrupar política y económicamente a Centroamérica tenían por objeto superar la balcanización del área, en beneficio del área misma; se intentaba dar una respuesta común al común desafío del subdesarrollo, vencer la fragmentación para poder vencer la miseria y el atraso. Pero la Odeca (Organización de los Estados Centroamericanos), nacida de aquellas inquietudes en 1951, terminó convertida en un organismo enemigo del gobierno de Guatemala: lejos de romper el aislamiento de la revolución popular, lo agudizó. Fue una de las catapultas utilizadas por los Estados Unidos para bombardear y aniquilar, al cabo de una larga y terrible campaña, al régimen de Árbenz. La Sieca es, pues, hoy en día, una digna heredera de aquella Odeca.

Las proyecciones centroamericanas de la revolución guatemalteca no podían cristalizar sino a través de otras revoluciones que no se produjeron. De sus pequeños países vecinos, gobernados por hombres de paja de la United Fruit o por dictadores vitalicios, Guatemala no recibió otra cosa que hostilidad o indiferencia. Pero la revolución inició y siguió su curso dentro de fronteras, hasta que fue finalmente aplastada por tropas preparadas por la CIA en Honduras y Nicaragua. Sus conquistas están todavía muy vivas en la memoria del pueblo. Un vigoroso plan de educación fue puesto en marcha; los trabajadores del campo y de las ciudades se organizaron en sindicatos, protegidos por el Código del Trabajo. La United Fruit Co., un Estado dentro del Estado, dueña de la tierra, el ferrocarril y el puerto, exonerada de impuestos y libre de controles, dejó de ser omnipotente en sus vastas propiedades. Las nuevas leyes laborales y de seguridad social hicieron posible el desarrollo del mercado interno, al aumentar el poder adquisitivo y el nivel de vida de los trabajadores. Mediante la construcción de carreteras y la creación del puerto de San José, en el Pacífico, se rompió el monopolio que la United Fruit ejercía sobre el transporte y el comercio. Se emprendieron ambiciosos proyectos de desarrollo económico, como las obras de electrificación del país, impulsados con capital nacional. “En Guatemala no hemos recibido empréstitos, porque sabemos muy bien que, cuando se reciben dólares con la mano derecha, con la izquierda se entrega soberanía”, había dicho Arévalo, un Arévalo por entonces bien distinto del que terminaría aconsejando la intervención armada contra la Revolución Cubana.

Guatemala empezaba a demostrar, a los ojos de toda Latinoamérica, que un país puede romper el subdesarrollo, salir de la miseria, sin humillarse como mendigo a las puertas del Imperio. Hubo una nueva Constitución, que por primera vez no fue una retórica trampa redactada por los doctores a espaldas de su pueblo, y hubo, sobre todo, una conciencia nueva: los obstáculos daban a Guatemala la certidumbre de su recién nacida fuerza. Los descendientes de los mayas estaban rescatando un sentido de la dignidad malherido desde los tiempos en que habían sido aplastados por la conquista española. El 17 de junio de 1952, el gobierno de Árbenz aprobó la ley de reforma agraria. Al dejar el gobierno, en su discurso de despedida, Arévalo había revelado que su administración había debido sortear treinta y dos golpes de Estado promovidos por la United Fruit Co. La reforma agraria era demasiado: resultaba un ejemplo insoportablemente peligroso para América Latina. La embajada norteamericana decidió que el gobierno de Árbenz olía fuertemente a comunismo y representaba un peligro para la seguridad del Hemisferio10. No era la primera vez que se calificaba así a un régimen nacionalista burgués con vocación de independencia. Ni Arévalo ni Árbenz se proponían, por cierto, la socialización de los medios de producción y de cambio: la ley de reforma agraria fijaba como objetivo esencial “desarrollar la economía capitalista campesina y la economía capitalista de la agricultura en general”. Al mismo fin estaban orientadas las demás medidas tomadas por ambos gobiernos. Esta “confusión” no sería la última, como lo demostró la sangre derramada en otros países en los años siguientes. La buena salud de las inversiones norteamericanas al sur del río Bravo y la política de poder de los Estados Unidos en su área natural de influencia se asientan sobre sagradas estructuras económico-sociales que determinan que en América Latina muera más de un niño por minuto de enfermedad o de hambre. Quien toque esas estructuras, comete sacrilegio: el escándalo estalla.

El crimen

Una aplastante campaña de propaganda internacional se puso en movimiento contra Guatemala. Desde allí viene la peste, se decía: “La Cortina de Hierro está descendiendo sobre Guatemala”. En los primeros meses del 54, más de cien mil familias habían sido ya beneficiadas por la reforma agraria, que sólo afectaba a las tierras improductivas y pagaba indemnización, en bonos, a los propietarios expropiados. La United Fruit sólo cultivaba el 8% de sus tierras extendidas hasta los dos océanos: se empezó a distribuir sus inmensos eriales entre campesinos pobres que se disponían a trabajarlos. El presidente de la United Fruit advirtió en una entrevista confidencial: “De aquí en adelante, ya no se tratará del pueblo de Guatemala contra la United Fruit Co.; la cuestión se convertirá en el caso del comunismo contra el derecho de propiedad, la vida y la seguridad del Hemisferio Occidental”. La OEA se reunió para otorgar su bendición a la invasión que la CIA estaba preparando contra Guatemala. Entre los indignados demócratas que levantaron sus manos para condenar al régimen de Árbenz en la Conferencia de Caracas, figuraron entonces los representantes de los más sangrientos dictadores de la historia del continente, vivas garantías de la estabilidad de América Latina: Batista, Somoza, Trujillo, Pérez Jiménez, Rojas Pinilla, Odría: aun ahora, tanta corrupción sumada rompería cualquier computadora que se propusiera medirla. “No teníamos dudas ni esperanzas”, escribiría tiempo después, a propósito de la Conferencia, el canciller guatemalteco Toriello. Aquella fue la última vez, ya en vísperas de la agonía, que Guatemala pudo levantar su voz para expresar la política exterior independiente que había nacido con la revolución y con ella murió: en Chapultepec, en San Francisco, en Río de Janeiro, en Bogotá, y en muchas otras ciudades europeas y americanas había resonado con fuerza suficiente y con suficiente coraje como para que los Estados Unidos consideraran inadmisible la insolencia de aquel pequeño país.

La OEA dio su visto bueno y el militar de turno, Castillo Armas, graduado en Fort Leavenworth, Kansas, abatió sobre Guatemala sus tropas entrenadas y pagadas por los Estados Unidos. La invasión, respaldada por el bombardeo de los F-47 piloteados por “voluntarios” norteamericanos, triunfó. Acorralado por el enemigo, traicionado por los jefes militares en quienes confió hasta el final, Árbenz no quiso, quizás no pudo, pelear. Aquella trágica noche de 1954, el pueblo escuchó por radio el texto grabado de su renuncia, no la esperada proclama de la resistencia11. Lo mismo ocurriría, después, con otros líderes de movimientos semejantes en América Latina: caudillos populistas o presidentes con intenciones reformistas de carácter nacionalista burgués terminarían sus días en el poder abandonándolo sin sangre; asustados, quizás, por las contradicciones que habían desencadenado y temiendo ser desbordados por las fuerzas populares que habían puesto en movimiento, ni Perón, ni Bosch, ni Goulart entregaron armas a los trabajadores para la defensa de sus regímenes enfrentados al desafío de sucesivos golpes militares.

Poco tiempo después de la invasión de Guatemala, ya se reconocía oficialmente, desde Washington, que la maquinaria del crimen había sido montada, aceitada y puesta en funcionamiento por manos norteamericanas. Fue un lindo trabajito de la CIA: uno de sus directivos, el general Walter Bedell Smith, pasó a integrar un año después el directorio de la United Fruit, en uno de cuyos sillones se había sentado ya Allen Dulles, por entonces hombre número uno de la Agencia Central de Inteligencia. El hermano de este, John Foster Dulles, había sido el más impaciente de los cancilleres en la reunión de la OEA. Se explica: en su escritorio de abogado se habían redactado los borradores de los contratos que la United Fruit firmó con el gobierno de Guatemala en 1930 y 1936.

Las recompensas

Castillo Armas cumplió su misión. Devolvió las tierras ociosas expropiadas a la United Fruit y otros terratenientes y entregó el subsuelo de 4 600 000 hectáreas, casi la mitad del país, al cártel internacional del petróleo. El Código del Petróleo fue redactado en inglés y llegó en inglés al Congreso: se tradujo al español a petición de un diputado que todavía tenía un resto de vergüenza. La revolución se había negado a entregar el petróleo, pese a las presiones ejercidas durante su década de gobierno. “¿Para quiénes guardan ustedes ese petróleo?”. “Para Guatemala”, había contestado Arévalo a un agente de la Standard Oil. Hoy día, el cartel mantiene en reserva, sin explotarlos, los yacimientos donde se ha detectado existencia de petróleo, una política que también practica en otros países latinoamericanos.

Castillo Armas gobernó a sangre y fuego. Clausuró los diarios de la oposición, que habían funcionado libremente en tiempos de Árbenz, y envió a la cárcel, la fosa o el exilio a los militantes políticos democráticos y a los dirigentes sindicales y estudiantiles. Por fin, él mismo fue asesinado. Eisenhower lloró su muerte: “Es una gran pérdida para su propio país y para todo el mundo libre”, dijo. Tras nuevas elecciones anuladas y una junta militar de efímero gobierno, ganó la presidencia el general Ydígoras Fuentes. Antes de la invasión de Castillo Armas, el propio Ydígoras había sido invitado por la CIA a encabezar la expedición. Él mismo cuenta, ahora, que rechazó la oferta: entrevistado por la periodista Georgie Anne Geyer en San Salvador, Ydígoras dice que, no bien ganó las elecciones, fue abordado por cuatro hombres de la CIA que lo amenazaron con tomar represalias si no pagaba el saldo de la deuda de tres millones de dólares que Castillo Armas había contraído para financiar su invasión teñida de Gloria.

Ydígoras ratificó con su firma un inconstitucional y bochornoso convenio de garantías a las inversiones extranjeras establecidas o por venir, que sirvió posteriormente de modelo a otros gobiernos latinoamericanos con ideas no menos dudosas sobre la dignidad nacional. Hizo, también, su propio ensayo de reforma agraria –con características tan singulares que sólo resultaron beneficiados los grandes terratenientes, según lo establece un reciente informe oficial–. Fue Ydígoras quien ofreció tierra guatemalteca para el entrenamiento de las fuerzas que se lanzaron al asalto de las playas cubanas en abril de 1961, a cambio de algunos compromisos de ayuda a su gobierno. Pero no por ello sus negocios con la CIA dejaron de ser ruinosos: todavía se queja, amargamente, de que los Estados Unidos no cumplieron con las condiciones del acuerdo y dice que obtuvo la cuota de azúcar que se le había prometido sólo cuando amenazó con boicotear las conferencias de la Alianza para el Progreso.

Fuente: https://elpais.com/cultura/2020/03/12/babelia/1584015233_867113.html

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