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Javier Urra: “La violencia de género va a más; no es una opinión, es un diagnóstico”

ENTREVISTA | Diario.es

Javier Urra, Psilólogo forense

iaAna Mato, la mujer de Urdangarían o Ferrusola. ¿Dónde está la sociedad de mujeres para decir que esas no las representan?», censura el exdefensor del Menor y psicólogo forense, Javier Urra

«Lo que no se puede hacer es crear unas expectativas que no se pueden cumplir. No puedes educar a tu hijo en el concepto del amor Disney, felices para siempre», apunta

«Yo lo llamo sanciones y sí, por supuesto, la sanción es parte de la educación. Las normas sociales tienen un componente pedagógico», defiende Urra

A Javier Urra (Estella, 1957) se le conoce sobre todo por su etapa al frente del Defensor del Menor, pero es psícólogo forense de la Fiscalía de los juzgados de menores de Madrid en excedencia y actualmente lidera un amplio equipo de especialistas que trabaja con jóvenes agresivos con sus padres. Recientemente ha pronunciado una conferencia en el Parlamento de Navarra en la que recomendaba educar a los niños en la frustración. Aquí lo explica.

El mundo no es Disney. Es una advertencia suya. ¿A quién va dirigida?

 Hay muchos padres que piensan que el mundo es Disney, que le piden a la vida lo que la vida no puede dar. Por supuesto, hay gente que está viviendo situaciones terribles, desahucios, pobreza extrema, exclusión social. La vida no es justa, así que pongámonos a hacer cosas. Lo que no se puede hacer es crear unas expectativas que no se pueden cumplir. No puedes educar a tu hijo en el concepto del amor Disney, felices para siempre. ¿Qué pasará con él si un día su relación se rompe ¿Cómo podrá seguir adelante? Hay que ser realista, aprender a disfrutar de las cosas más insignificantes y a afrontar el dolor, porque la vida está llena de ambos.

¿Cómo prescindir de modelos tan presentes en la sociedad?

Ahora hemos abierto la piscina en el centro. Las chicas, jovencísimas y monísimas en la mayoría, vienen rechistando: “Urra, no quiero ir a la piscina”. Tengo cartucheras, tengo pelos, tengo estrías… Esto es un verdadero problema en nuestra sociedad. No estamos avanzando nada en esto. Y no me refiero solo al aspecto físico. Lo que quiero decir es que, después de tanto tiempo, ¿cuántos alumnos varones tiene la Escuela de Enfermería de Navarra? Poquísimos. ¿Cuántos profesores varones trabajan en el ciclo de educación de cero a tres? Poquísimos. Seguimos teniendo una sociedad en la que la mujer educa más y la mujer se ocupa más del dependiente, por poner dos ejemplos. La mujer ha dado un giro, porque trabaja fuera de casa y es más independiente, pero no ha dejado de ejercer el papel tradicional, ahora abarca los dos ámbitos, se desdobla, hace el doble. ¿Por qué? Porque en este país la mujer aún no ha hecho una verdadera revolución. Y las jóvenes están viviendo esa dualidad, siguen esclavas del modelo físico imperante y aspiran al mismo tiempo a ser mujeres libres e independientes. Pero tampoco es fácil para ellas encontrar un modelo social que cumpla esos parámetros.

¿En quién está pensando?

Podemos dar varios nombres: Ana Mato, que baja un día al garaje de casa, se encuentra un Jaguar allí y ni se da cuenta. La mujer de Urdangarín, que firmaba todo lo que le ponían y no se enteraba de nada. O la Ferrusola, que a mí me tiene enamorado, que su hijo compraba Ferraris a plazos y ella dice que no tienen ni cinco. ¿Pero dónde está esa sociedad de mujeres para decir que estas señoras no las representan? ¿Cómo aguantan la sociedad de mujeres sin explotar contra estos mensajes?

¿Quiere decir que la propia mujer es corresponsable de la existencia del machismo?

En parte, sí. A la mujer le falta el último paso de su revolución. Existe una gran lucha de poder entre hombres y mujeres, también entre los jóvenes. A veces, las mujeres son profundamente agresivas en lo verbal y los hombres son profundamente agresivos en lo físico. Y esto no se está corrigiendo. La violencia de género entre los jóvenes va a mas. Y esto no es una opinión, es un diagnóstico.

¿Cuáles son las causas?

Varias. Para empezar, ha desaparecido el inhibidor que era el pecado. La sensación de culpa se ha diluido, lo cual no está ni bien ni mal, salvo porque tienes que tener otros complementos, llámese moral, conciencia, ética… Y hay muchos jóvenes que no han adquirido estos complementos. Eso por una parte. Por otra parte, el problemón radica en qué es amar. Amar es volcarte en otra persona para que sea feliz la otra persona. Pero muchos jóvenes piensan que si quieren a una chica, ella tiene que quererles en reciprocidad. Muchas jóvenes me dicen que se acuestan con su pareja pero sin querer hacerlo, y explican que es porque, si no es con ellas, su pareja se acostará con otras personas. La violencia de género es un planteamiento vital, el producto de una educación, no un estado mental transitorio.

Autoridad, competencia y confianza son los tres pilares básicos de la educación, según sus libros. ¿Cómo asentarse en esos tres pilares?

Primero, siendo adulto. Los padres, a veces, lo quieren hacer tan bien, tan bien, que se hiperexcitan. Un niño tiene temperamento, que se hereda, carácter (improntas) y personalidad (que se elabora). Los padres deben tener autoridad, y ese concepto hoy se ha diluido. En una manifestación, los policías temen a los manifestantes. En una clase, el profesor teme al alumno. Los padres deben tener autoridad, y ese concepto hoy se ha diluido. En una manifestación, los policías temen a los manifestantes. En una clase, el profesor teme al alumno.

Según este planteamiento, ¿cree que hay que recuperar el antiguo concepto de la autoridad paterna?

Hay que recuperar el concepto de autoridad. No el antiguo concepto de autoridad paterna, que tiene muchas connotaciones negativas. No. Pongo un ejemplo. Yo doy muchas clases a jóvenes. Soy consciente del afecto que me tienen y de la relación de complicidad que se establece. Pero, por ejemplo, no me hablan mientras tienen las manos en los bolsillos. ¿A mí me importa que me hablen con las manos en los bolsillos? No, pero es significativo si lo hacen o no. Yo soy el profesor y ellos los alumnos. Ni se come chicle, ni se sientan mal, ni hablan durante la clase. Tiene que haber una distancia entre profesor y alumno, lo mismo que entre padres e hijos. Los padres no son amigos de sus hijos. Cuando todo falle, ahí encontrará el hijo a sus padres. Si eso es amistad, perfecto, pero si yo tengo que decirle a un hijo que algo no se lo voy a admitir, se lo digo y no se lo admito. ¿Qué voy a generarle un disgusto y un conflicto? Sin duda. Como cuando le llevé a vacunar. ¿Le gustó? No. Pero le va bien. El adulto tiene un criterio, unas formas y una actitud que conforman su auctóritas. Eso es lo que hay que recuperar.

¿Quiere decir que el criterio del padre debe imponerse siempre al del hijo?

No. Quiero decir que el padre tiene su criterio, lo expone y abre el debate. Quiero decir que hay que educar a los hijos en la duda, en la incertidumbre, en el cuestionamiento de las verdades que hasta hace un tiempo se tomaban por absolutas. Hay que educar a los hijos en la frustración, por supuesto.

¿Dónde queda entonces la tendencia de educación para el éxito que está tan de moda?

Lo primero que hay que preguntarse es qué es el éxito. Yo creo que el éxito es decir “mereció la pena” en el momento en que vas a morir y miras hacia atrás, hacia lo que has hecho en la vida. El problema es que muchos padres tienen otro concepto de éxito, un concepto encontrado con el de la frustración. Hay muchos padres que quieren ganarse el afecto de sus hijos y terminan siendo chantajeados por ellos. Sin embargo, yo defiendo que un padre tiene perfecto derecho a llegar a casa un día y pedirle a su hijo que le traiga las zapatillas. Y eso no significa que le esté tratando como a un esclavo. Un padre tiene que decirle a un niño que, de los cinco euros que le dan de paga a la semana, cuántos quiere dedicar a otros niños que no tienen lo que él sí disfruta. Y el niño dirá: ninguno. Vale, pero, el padre le estará dando la opción de ser generoso. Yo creo que a un niño hay que llevarle al hospital a ver a un familiar enfermo, o a visitar a la abuela con Alzheimer. Todo esto es educar en el éxito, educar en el tú, no en el yo. Esto es decirle a un hijo, tú eres importante, pero todo lo demás también. Con este tipo de educación se consiguen grandes avances sociales.

¿Por ejemplo?

Por ejemplo, cuando un niño observa en su clase un maltrato, ¿cómo reacciona? Si está recibiendo una educación basada en el yo, seguramente permanecerá ajeno a la situación de maltrato, indiferente. Sin embargo, un niño educado en el tú se sentirá cómplice del maltrato si no interviene para detenerlo, porque le importará lo que le está ocurriendo al niño maltratado.

¿Es partidario de castigar a los niños como parte de su educación?

Yo lo llamo sanciones y sí, por supuesto, la sanción es parte de la educación. Las normas sociales tienen un componente pedagógico. En este país, sin embargo, tenemos miedo a establecer normas de autoridad porque venimos de años de imposición y de autoritarismo. Pero yo creo que tenemos que quitarnos de encima esos complejos. Hay que enseñar el respeto a las normas desde la autóritas: yo no puedo decirle a un chaval que no haga botellón mientras voy puesto de coca, no puedo decirle que no robe si yo soy un corrupto. Hay que saber respetar la autoridad, sin duda. Y esto no significa que los chicos tengan que aprender a respetar al jefe porque es jefe. Al revés, tienen que aprender a respetar a quien merece ese respeto. Yo tuve chicos en la Fiscalía que me decían “yo creo que a mis padres no les importo nada, porque nunca me riñen, haga lo que haga”. Eso sí es el problema. Los hijos, aunque lo nieguen y se enfrenten a ello, necesitan que el adulto les ponga los límites y las normas. La idea del prohibido prohibir de mayo del 68 no funciona. Hay que inculcar normas, y eso no significa que no se eduque a los hijos en libertad y en autonomía.

Fuente: http://www.eldiario.es/norte/navarra/violencia-genero-opinion-diagnostico-educacion-menores_0_520748229.html

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Quererse bien: Autoamor y autoestima

Por Coral Herrera Gomez

La guerra contra mi, la guerra contra todas

Quererse bien a una misma es un acto de desobediencia civil, y una forma de resistencia política ante la guerra que el capitalismo y el patriarcado sostienen contra nosotras.

La guerra contra las mujeres está basada en dos objetivos estratégicos: uno, que todas batallemos contra una misma, dos, que luchemos también contra las demás. El primer objetivo se logra minando nuestra autoestima para convencernos de que somos imperfectas, feas, viejas, gordas, o peludas. El segundo, se logra fomentando la competitividad entre las mujeres, haciéndonos creer que nosotras somos nuestras peores enemigas, que lo normal es compararnos y competir por la atención de los hombres, y que somos malas personas que no sabemos comportarnos cuando estamos juntas. Por eso es tan frecuente escuchar cosas como: «no hay nada peor que trabajar con mujeres, son todas unas chismosas», «las mujeres se tratan fatal entre ellas». Y es cierto: esta guerra es real, y cotidiana, y está basada en el lema: «divide y vencerás».

La industria de la belleza nos lanza bombardeos a diario, y por todas las vías posibles: cuñas publicitarias de radio, reportajes en revistas «femeninas», anuncios en vallas publicitarias, programas de televisión, anuncios en redes sociales… en todos ellos nos animan a auto torturarnos voluntariamente bajo la amenaza de que sin belleza no valemos nada, y que estando feas nadie nos va a querer.

 Los medios de comunicación tratan de convencernos de que nos faltan muchas cosas que pueden comprarse con dinero, y de que tenemos muchos problemas que pueden arreglarse si una realmente lo desea y se esfuerza lo suficiente. Por eso nos animan a luchar contra los kilos, las arrugas, los pelos, las imperfecciones ofreciéndonos diversas soluciones para ganar la batalla contra nosotras mismas. Y por eso nos arrancamos los pelos, pasamos hambre, compramos medicinas milagrosas y productos mágicos, sudamos en el gimnasio, y nos sometemos a todo tipo de tratamientos de belleza y cirugías invasivas.

Como cualquier religión, la tiranía de la belleza nos asegura que el dolor, el gasto y el sacrificio merecen la pena: «para ser bella hay que sufrir». El sufrimiento te lleva al paraíso, que es aquel lugar en el que seremos admiradas por los hombres y envidiadas por las mujeres. El premio es el amor de un hombre que caerá rendido ante nuestros encantos, un Salvador que al elegirnos nos hará sentir especiales, un varón exitoso que pagará nuestras operaciones y tratamientos para que sigamos bellas hasta la eternidad.

El infierno es la soledad: la amenaza constante es que nadie te va a querer si no luchas contra la fealdad, contra la edad y la grasa. La publicidad de la industria de la belleza fabrica las inseguridades, los complejos y los miedos que interiorizamos sin darnos cuenta (el miedo a envejecer, el miedo a quedarte sola, el miedo al fracaso personal y profesional, el miedo a la invisibilidad social…). A los publicistas no les falta razón: en el capitalismo patriarcal las mujeres guapas, jóvenes, y delgadas tienen muchas más posibilidades de encontrar un buen trabajo (especialmente si es de cara al público), y ganar más dinero que las demás.

Además, las más bellas son las que consiguen emparejarse con los hombres más exitosos del planeta: futbolistas millonarios, actores famosos, empresarios y políticos situados en a cúspide del poder y la riqueza. No importa si ellos son gordos, viejos y feos: lo que importa es que tienen recursos de sobra para mantenerte, y eso es lo que les hace deseables: si te eligen para acompañarlos, te contagias de su poder y su fama, y dejas de ser pobre y desconocida. Como las princesas Disney cuando son elegidas por el príncipe azul.

Desde pequeñas nos inculcan el deseo de ser especiales y diferentes al resto para que no se nos ocurra sentirnos iguales a las demás (para que jamás nos veamos como hermanas, ni como compañeras, y estemos siempre en guerra ). Por eso las protagonistas de los cuentos están siempre solas, sin amigas, y muy necesitadas de amor y protección: son tan débiles que ni se salvan a sí mismas, ni se ayudan entre ellas.

El objetivo final de esta guerra contra una misma y contra las demás, es tenernos solas y aisladas, y muy entretenidas con nuestra salvación personal. Cuanto más divididas estamos y más nos comparamos entre nosotras, más débiles y vulnerables somos. Cuanto más insatisfechas y frustradas estamos, más consumimos (productos de belleza, medicamentos, gimnasios, clínicas, peluquerías, centros de adelgazamiento, psicólogos, coachers, etc).

Cuanto más centradas estamos en nuestros problemas, y cuanto más nos deprimimos, más recursos invertimos en terapias con profesionales cuya principal tarea es subirnos la autoestima y hacernos creer que somos las mejores, que los demás no nos comprenden, que los que se equivocan son los demás. Nos irresponsabilizamos de nuestros actos creyendo que nosotras somos las buenas, y los demás son los malos. Nos dicen que todo está dentro de nosotras, y que para alcanzar la perfección sólo tenemos que tener fe en nosotras mismas, y en nuestra capacidad para transformarnos (como el cuento del patito feo que llega a ser cisne, o el cuento de la muchacha pobre que llega a princesa).

La super mujer y otros mitos patriarcales

La mayor parte de nosotras hemos sido educadas para ser las mejores en todo, por eso nuestros niveles de auto-exigencia son tan altos. No nos conformamos con estar sanas y tener un buen aspecto físico: además queremos ser las mejores estudiantes en el colegio y en la Universidad, ganar todos los concursos deportivos, de belleza o de inteligencia, tener las mejores calificaciones y destacar por encima de las demás en todas las áreas posibles.

Queremos conseguir un buen trabajo y escalar puestos dentro del mismo, queremos ser buenas amantes, novias y esposas, queremos ser las mejores hijas, las mejores madres, las mejores nietas, las mejores hermanas, las mejores amigas de nuestras amigas, por eso cuando fallamos nos sentimos culpables. Especialmente cuando creemos que las demás si pueden y nosotras no.

El mito de la super woman es tremendamente dañino porque nos hace creer que es posible hacerlo todo: trabajar 8 horas o más como una leona, ir al gimnasio y darlo todo, dedicar tiempo a tus hijxs y ayudarles a hacer las tareas, hacer lavadoras, planchar y cocinar la cena y la comida del día siguiente, pasear al perro y llevarlo al veterinario, hacerle terapia a tu amiga que está pasando un mal momento, visitar a tu madre y comprobar que está todo bien, ir a clases de inglés, visitar al dentista, hacer el amor con tu pareja aunque estés rota de cansancio, y todo ello sin perder el buen humor y la alegría de vivir.

La super mujer es un mito porque no es cierto que podamos con todo, y tampoco es cierto que nos alcancen las horas del día. De ahí que nos frustremos tanto: nunca cumplimos cien por cien  con los mandatos de género ni con nuestras propias expectativas sobre lo que nos gustaría ser o deberíamos ser, porque es materialmente imposible. Nunca damos la talla por mucho que tratemos de impresionar a los demás, lo que nos genera aún más frustración e impotencia. Estas imperfecciones nos hacen sentir culpables (no me esfuerzo lo suficiente), nos llevan a sentir envidia de las demás (cómo harán ellas para ser tan divinas), nos hacen sentir poca cosa, nos provocan una constante ansiedad, y nos deprimen profundamente.

Así nos quiere el patriarcado capitalista: tristes, pequeñitas, solas, en guerra con el mundo y contra nosotras mismas. ¿Por qué nos necesitan así?, porque una mujer centrada en lo suyo (en sus necesidades, en sus miserias, en sus frustraciones, en sus sueños), es más obediente y dócil que una mujer empoderada, alegre, combativa y unida a otras mujeres. Una mujer que compite por «ser la mejor» es más patriarcal que una mujer que dedica su tiempo y sus energías a luchar por «un mundo mejor para todas». Una mujer que no se somete a los mandatos de género es una mujer peligrosa porque revoluciona la sociedad entera. Por todo ello, es fundamental que paremos la guerra y nos rebelemos contra un sistema que nos quiere hundidas, deprimidas y entretenidas en la búsqueda de soluciones individuales.

 Auto-estima y  auto-reconocimiento

En la búsqueda de la perfección y la felicidad, ahora se ha puesto de moda trabajarse la autoestima, o sea, quererse mucho a una misma sin dejar de guerrear contra las demás. Quererse bien es fundamental, pero no es posible si no sabemos querer bien a las demás personas.

Para aprender a valorarnos y para reconciliarnos con nosotras mismas tenemos que dejar de repetirnos una y otra vez: «Soy la mejor, yo puedo hacerlo». Nos sentiríamos mucho más libres si pudiésemos eliminar las jerarquías y las comparaciones con las demás mujeres: «Ninguna de nosotras es la mejor, somos todas estupendas».

 Y es que no podremos aprender a practicar el auto-amor, si estamos en guerra con los demás.Quererse bien a una misma es querer también bien a los demás, porque el amor no puede reducirse a una sola persona, y porque el amor es en realidad una forma de relacionarnos con el mundo entero. Por eso cuando nos tratamos mal a nosotras mismas, es más difícil tratar bien a las demás personas, y viceversa: si odiamos a los demás, es más fácil desarrollar sentimientos negativos hacia una misma.

Para querernos bien, necesitamos ser nuestras mejores amigas, y tratarnos con el mismo amor con el que las tratamos a ellas. Sin embargo, nos cuesta mucho darnos cariño porque nos han enseñado que todo (el orgullo, el reconocimiento, los halagos) vienen de fuera: desde pequeñas nos enseñan a buscar la aprobación en los demás, especialmente en los hombres.

Las mujeres perdemos mucho tiempo y energías en resultar atractivas y encantadoras porque no sabemos valorarnos a nosotras mismas: el valor personal nos es siempre dado por otros. Nos enseñan que somos valiosas si tenemos la capacidad para generar admiración, orgullo, envidia y sentimientos de inferioridad en los demás. En la publicidad explotan al máximo esta necesidad de admiración, por eso es tan frecuente que en los anuncios haya gente mirando con envidia a la dueña de esa cabellera larga y hermosa que usa tal o cual champú, o al dueño del auto deportivo al que todo el mundo vuelve a ver como si fuese una divinidad del Olimpo.

Si no logramos el reconocimiento de los demás, las que nos sentimos inferiores somos nosotras: la autoestima se nos baja cuando, por ejemplo en una fiesta, es otra persona el centro de todas las miradas. Cuanto más dependemos del reconocimiento externo, más vulnerables somos. No nos enseñan a obtener el reconocimiento de una misma, y mucho menos a decirlo en voz alta delante de los demás: se me da bien esto, soy buena en lo otro, qué bien he hecho el examen, qué bien se me da aprender idiomas, qué rica me queda la paella, qué bien me he portado hoy, qué generosa estoy siendo, qué valiente fui aquel día…

Cualquier auto-alabanza es inmediatamente señalada como falta de humildad por parte de quien la emite, de manera que hay que esperar siempre a que alguien más nos felicite para poder sentirnos satisfechas, o para poder sentirnos orgullosas de nosotras mismas. El Ego y la autoestima son cosas diferentes, pero las confundimos a menudo. Las alabanzas de los demás pueden hincharnos el Ego, pero no necesariamente nos lleva a querernos más a nosotras mismas. El Ego es el que nos mueve a competir con otras mujeres, a compararnos y a exigirnos la victoria, y a castigarnos a nosotras mismas cuando no logramos ser las mejores.

Auto-castigo y auto-boicot

El auto-castigo es la peor arma en la guerra contra nosotras mismas, pero la utilizamos a diario sin ningún tipo de pudor. La práctica del auto-boicot es de lo más corriente en nuestra cultura patriarcal: nos construimos muros y barreras al disfrute porque tenemos miedo a ser felices y estar bien, y porque nuestra cultura sublima el placer sadomasoquista del sufrimiento.

Una mujer que se auto-destruye es una mujer poética, como Virgina Woolf, como Janis Joplin, como Amy Winehouse. Ellas son ejemplos de mujeres hiper-sensibles que sucumben ante la dureza del entorno, que pese a tener enormes cualidades no creían en sí mismas, y no tenían herramientas para sobrevivir a un mundo tan competitivo como el que les tocó vivir. Nuestra cultura ensalza a este tipo de mujeres porque se las considera románticas y especiales: se matan ellas solitas, no hace falta que nadie las aniquile. Es la guerra contra las mujeres librada en el interior de cada una de nosotras.

El auto-boicot entonces puede parecer bello a la par que sublime, pero en realidad no nos sirve para nada: la crítica destructiva contra nosotras mismas incrementa nuestro sufrimiento, nuestra dependencia, nuestra vulnerabilidad. La clave es que cuanto peor nos tratamos a nosotras mismas, peor nos sentimos y más tristes estamos (por eso necesitamos que llegue alguien a convencernos de lo maravillosas que somos).

Nos insultamos, nos minusvaloramos, nos hablamos mal y nos empequeñecemos, y por eso necesitamos que alguien nos trate bien, nos quiera y nos salve de nosotras mismas. Es un círculo vicioso: cuanto más tristes estamos por nuestra inutilidad, nuestra estupidez, nuestra fealdad, etc, más necesitamos la atención y las alabanzas de los demás. Nosotras mismas nos fabricamos el sufrimiento, y nosotras buscamos a alguien que nos salve de nuestro infierno y nos de amor.

Por eso las mujeres utilizamos tanto el victimismo para obtener reconocimiento externo: nuestro Ego siempre rechaza las muestras de auto-amor, y prefiere recibir lo que necesita de otras personas. Por eso pagamos a alguien para que nos lleve la contraria y nos anime (tú eres especial, claro que puedes), por eso buscamos a alguien que nos ame de un modo total (y ese alguien nunca somos nosotras mismas)

 Cuánto has adelgazado, qué bien te sientan los pechos nuevos que te has puesto, qué bien te sienta esa falda, qué guapa estás con ese bronceado divino, qué bien te lucen esas joyas, qué pedazo de novio te has echado, qué gran trabajo has hecho este año en la oficina… nos es mucho más fácil creer a los demás que creernos a nosotras mismas.  Nos gusta despertar admiración y envidia en los demás porque así se construye el status y el prestigio: en base al reconocimiento externo.

El máximo reconocimiento viene siempre del príncipe azul: si El nos ama y nos elige entre todas las mujeres, es una prueba de que valemos mucho, de que somos especiales, o de que somos las mejores.

Si no nos ama, es porque no valemos lo suficiente (ante lo cual podemos hundirnos y resignarnos, o esforzarnos más para ser deseables y atractivas). Frente a estos absurdos pensamientos, urge destronar al príncipe azul y encontrar compañeros y compañeras con las que poder relacionarnos horizontal e igualitariamente.

Auto-conocimiento y auto-crítica

La alternativa al castigo y el auto-boicot, es mucho amor del bueno, y la auto-crítica constructiva. Si trabajamos para conocernos bien, podremos identificar todas las virtudes y los defectos, las potencialidades y las debilidades, y las cosas que no nos gustan y que podríamos mejorar de nosotras mismas. No para alcanzar la perfección, sino para ser buenas personas, estar más a gusto, y hacerle la vida más fácil a la gente que nos rodea. Confundimos ser buenas personas con ser perfectas, por eso le damos más importancia a la apariencia o la imagen que ofrecemos, que a nuestra manera de relacionarnos con los demás.

 A las niñas les pedimos que sean encantadoras, pero no les animamos a que sean solidarias o generosas. Por eso todo el mundo corre al gimnasio para quitarse la grasa pero a nadie le molesta esas miserias personales que todo el mundo tiene que trabajarse. Según los mandatos de género, las mujeres han de esforzarse primeramente en ser atractivas y agradar a los hombres. Por eso no nos educan para ser personas solidarias, generosas, inteligentes, valientes, honestas, coherentes, sinceras, igualitarias, comprensivas, empáticas, sensibles, y no violentas.

La gente emplea muchas horas en desarrollar sus músculos, en rebajar la grasa o en cuidar su cabello, pero apenas hay gente cuyo objetivo en la vida sea trabajarse el egoísmo, el afán de dominar, la codicia, la insensibilidad ante el dolor ajeno, la envidia, la violencia, la capacidad para manipular o para mentir a los demás…

Muchas mujeres se avergüenzan por tener los pechos caídos o las caderas demasiado anchas, pero pocas se sienten mal cuando se han portado horriblemente con la persona que limpia la mierda en su casa, por ejemplo. Muchas quieren curarse la tristeza y el vacío existencial, pero pocas piden ayuda para curarse de todas esas enfermedades sociales que nos llevan a discriminar y a tratar con desprecio a las personas por ser de un país diferente, por tener otra orientación sexual, por profesar una religión diferente a la tuya….

En las películas, las únicas batallas que libran las mujeres son contra si mismas, y contra las demás (la violencia de las madrastras contra las hijastras, por ejemplo). Nunca aparecemos luchando por un mundo mejor, y apenas hay mujeres poderosas que construyen alianzas con otras mujeres para salir de su encierro en la torre o para salvar a la Humanidad. La violencia femenina siempre se dirige contra una misma: nos suicidamos, nos sacrificamos, nos obligamos a pasar hambre, nos auto-torturamos mediante los más variados métodos, y podemos llegar a ser terriblemente crueles y despiadadas con nosotras mismas (qué gorda me veo en el espejo, qué mal me sienta este vestido, qué mediocre soy, qué ignorante me siento, qué indisciplinada soy, qué vaga soy, qué tonta soy, qué mal me veo, nunca me van a querer, no me merezco que me amen…).

Es urgente, entonces, que las mujeres nos rebelemos ante la guerra contra nosotras mismas y las demás mujeres. Tenemos que independizarnos de esta necesidad de reconocimiento externo, y aprender a tratarnos a nosotras mismas con el mismo amor y el mismo cariño con el que tratamos a los demás.

Quererse bien a una misma es un acto transformador y revolucionario: el auto-amor nos permitirá desviar nuestro foco de atención desde el ombligo propio, al mundo que nos rodea. Emplear nuestro tiempo y nuestras energías en el bienestar personal y en el colectivo es mucho más placentero y gozoso que dedicarse a la autotortura o la autodestrucción: no le hagamos ese favor al capitalismo patriarcal.

Para disfrutar de la vida es esencial que podamos disfrutar de nosotras mismas, cuidarnos, mimarnos, dedicarnos tiempo y atenciones como lo hacemos con nuestros seres queridos. Para relacionarnos con amor con nuestros cuerpos y nuestras mentes, tenemos que parar la guerra contra las demás mujeres, y contra nosotras mismas. Cuidarnos y trabajar por nuestro bienestar es un acto político, porque así contribuimos a la lucha contra el patriarcado: es una batalla diaria, personal y colectiva, para empoderarnos individual y colectivamente.

Cuidarnos y querernos contribuye a que las demás también se quieran y se cuiden, y toda esta energía genera amor del bueno para todas nosotras… de ahí la importancia de querernos bien, de tratarnos con amor, de querernos mucho, y de expandir el amor desde dentro hacia fuera, y desde fuera hacia dentro…

Sigamos luchando, chicas, desde nuestros cuerpos, desde nuestro placer, desde nuestro gozo, desde nuestro derecho al bienestar y a la felicidad…

Tomado de: http://haikita.blogspot.com/2016/04/quererse-bien-autoamor-y-autoestima.html

Fuente de la imagen: https://pixabay.com/static/uploads/photo/2014/04/05/11/32/beautiful-316287_960_720.jpg

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Nabila, una mujer como tu

CAROLINA VÁSQUEZ ARAYA

EL QUINTO PATIO
En América Latina, los casos de feminicidio ocurren con saña renovada…

Coyhaique es una comunidad relativamente pequeña -50 mil habitantes aproximadamente- situada en la maravillosa Patagonia chilena. La ciudad fue fundada recién en 1929 y su acceso terrestre debió esperar hasta los años 80, debido a que a los gobiernos de Chile no les interesaba gran cosa desarrollar esas regiones remotas del extremo sur. Sin embargo, la belleza de sus paisajes la han ido sumando a la agenda turística, convirtiéndola en uno de los puntos más atractivos de la región de Aysén.

En ese escenario bucólico de aires puros y cielos resplandecientes fue en donde Nabila sufrió el ataque que la dejó ciega y en coma profundo. Su pareja y padre de 2 de sus hijos la golpeó salvajemente y, no contento con ello, la arrastró a la calle y con la activa complicidad de un amigo le arrancó los ojos con una llave de automóvil, le fracturó el cráneo y le destrozó los dientes. Horas después, un adolescente que caminaba por el lugar dio la voz de alarma y fue rescatada aún con vida.

Desde enero hasta la fecha, en Chile se han reportado 16 feminicidios en los cuales mujeres han muerto a manos de sus parejas o ex parejas, además de muchos otros ataques en los cuales estas agresiones no causaron la muerte de las víctimas. Como un detalle escalofriante, arrancarles los ojos parece ser una nueva forma de castigo contra las mujeres por parte de sus agresores.

El caso de Nabila despertó una ola de indignación en todo Chile y fueron muchas las organizaciones que le manifestaron su solidaridad. Pero así como sucede en todo el resto del continente, las muestras de apoyo no bastan para detener la creciente ola de violencia feminicida. Para combatir esta patología, cuyo origen se asienta sólido en sociedades patriarcales en donde el machismo continúa siendo un arma de destrucción a nivel doméstico y comunitario, la respuesta de la justicia debe ser rotunda y ejemplificadora.

Nabila, como Cristina, Candelaria, Reyna, Gregoria, Olga y otras cientos y miles de víctimas de violencia machista contabilizadas por los medios, arrojadas sobre las losas de las morgues después de ser mutiladas con saña indescriptible, van acumulándose como la mayor evidencia posible de desprecio por el género femenino. Un gesto colectivo –porque el volumen de casos así lo demuestra- cuyo origen reside en la institucionalización de la discriminación sexista en todos los escenarios de la vida.

Así como los índices se elevan, también los obstáculos para obtener justicia, ya sea por deficiencias o desconfianza en el sistema, por temor a las represalias o porque los hechores calcularon bien sus posibilidades de salir indemnes manipulando a jueces y fiscales. Existe, además, un paredón infranqueable de prejuicios orientados a culpar a las víctimas por su propia destrucción y justificar a los agresores a partir de supuestos “estados mentales” como origen de sus arrebatos de ira homicida.

Nabila es solo otra mujer para las estadísticas. Y lo seguirá siendo mientras no se eleven las alarmas ante una de las manifestaciones más extendidas del odio machista: el feminicidio en todas sus formas. Mujeres como Nabila Rifo en Aysén o Cristina Siekavizza en Guatemala seguirán sumándose a esta lista de las muertes tan injustas como innecesarias, amparadas por una cultura que las expone, sin mayores excusas, al exterminio en manos de su pareja.

El feminicidio no es un crimen común, es un crimen de odio contra mujeres por el solo hecho de ser mujeres. Porque se las carga históricamente con el lastre de una sumisión inducida por la sociedad y sus múltiples doctrinas religiosas.

Blog de la autora: https://carolinavasquezaraya.com/2016/05/23/nabila-una-mujer-como-tu/

elquintopatio@gmail.com @carvasar

Fuente de la imagen: http://www.vocesfeministas.com/images/NABILA.jpg

Publicado en OVE: 23 Mayo 2016
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Somos diversidad, alto a la homofobia y transfobia

Ilka Coronado

 El otro día cuando Obama llegó de visita a Argentina veía  a cientos de peronistas que  en coro le gritaban a la caravana  donde iba: ¡Obama, puto! Era  un coro imparable, lo gritaban fuerte, encolerizados. Lo mismo a Macri.  Muy peronistas pero tremendamente patriarcales y homofóbicos.

 Es común que en  los juegos de fútbol en México la porra contraria le grite a cualquier jugador dentro del campo, ¡puto, puto, puto! Y esa misma porra lo haga en juegos internacionales como en los Juegos Olímpicos. Muy común que en Juegos Olímpicos también los medios de comunicación se ensañen con los deportistas homosexuales, (aunque aquí hay que reseñar que con más odio aún hacia las mujeres homosexuales) descalificándolos por su identidad sexual, devaluándolos como deportistas, llevándolos a la luz  mundial desde una visión homofóbica.

 He pasado leyendo esta semana, distintos artículos escritos por intelectuales y analistas políticos respecto a Brasil, en los que le dicen a Lula maricón. Aclaro: analistas de izquierda. Supuestamente defensores de los Derechos Humanos. Maricones también les han dicho a todos los que están a la cabeza en el gobierno de Maduro, por no sacar las armas y defender la Revolución a bala.

 Militantes de izquierda en Venezuela han filtrado fotografías de militantes  homosexuales de la derecha, -fotografías privadas- y las hacen virales,  denigrándolos con todo tipo de insultos  por su identidad sexual, dando con esto golpes bajos. Dejando en claro que antes que cualquier cosa son homofóbicos y misóginos.  ¿Cómo les irá a los mismos militantes de la izquierda latinoamericana con “compañeros de lucha”, homofóbicos? ¿Cómo les irá a las  mujeres homosexuales?

 Esa doble moral propia del ser humano que va mucho más allá de las ideologías: raíces patriarcales, sistema patriarcal, patrones de crianza patriarcales, gobiernos patriarcales, sociedad patriarcal; homofóbicos, transfóbicos y misóginos. Factores potentes que nos mantienen en esclavitud.  Que hacen que unos sean las víctimas y otros los victimarios. Pero  mucho más allá de los patrones de crianza está la condición humana individual, he ahí la hipocresía.

 Presidenciables que niegan el derecho al aborto y el Matrimonio Igualitario resultan ganadores en las urnas, votos adquiridos a través de la doble moral y el odio.  Y no digamos que se logren leyes que apoyen la adopción.

 A uno de mis amigos de infancia lo asesinaron  en Guatemala, en una fiesta de barrio, un homofóbico se enteró que era homosexual y le disparó por la espalda, sin conocerlo y sin haber cruzado palabra con él.

 En Estados Unidos, país que recién el año pasado firmó la Ley del Matrimonio Igualitario, la sociedad se niega rotundamente a que las personas transexuales vayan a baños de mujeres. No saben que quien es transexual nació en el cuerpo equivocado, que aman, sienten, crean, habitan y respiran como mujeres.

 Que piensan que las personas transexuales irán a abusar sexualmente de otras mujeres. Que no las aceptan como mujeres, las ven como hombres disfrazados y enfermos mentales.  Estereotipos respecto al abuso sexual y un irrespeto a la condición humana. ¿Una mujer transexual entonces tiene que ir a baño de hombres? Pero es mujer…  ¿Y qué hay de la transexualidad de un hombre que nació en el cuerpo de una mujer? ¿Cuál es el comportamiento de la sociedad?

 Todavía se realizan las “violaciones correctivas” hacia mujeres homosexuales. Cuando un niño comienza a dar señales de ser homosexual, en la escuela lo mandan a terapia con psicólogo y si es muy evidente lo expulsan, para que no “¨contamine” a los otros.  ¿Qué sucede entonces con un sistema de educación obsoleto, patriarcal y misógino? Psicólogos dando “terapia” para eliminar la homosexualidad de sus pacientes. Increíble pero cierto. Sacerdotes castigando a feligreses, condenándolos por atreverse a ser.

 ¿Qué hay de la familia, las amistades y la comunidad? ¿Qué hay de nosotros como sociedad? Es injusto decir “los logros de la comunidad LGBTI”. Es que esas deben ser las luchas y los logros de todos como seres humanos. De la misma forma en la que luchamos por la justicia social, la igualdad social, por los Derechos Humanos debemos luchar para que todas las personas sean iguales en derechos.

 No es asunto de nadie la vida privada del otro, su identidad sexual, lo que sí es asunto de todos es que se respeten los derechos de cada ser humano. Que no se le discrimine, que no se le abuse, que no se le asesine en crímenes de odio.

 Dejamos la comunidad LGBTI sola, como si ella nos dejara solos a nosotros en nuestras luchas sociales. Y no es suficiente con decir, “allá ellos y su vida, yo los respeto, mientras no se metan conmigo” esos son pensamientos patriarcales y misóginos. Tampoco necesitamos aceptación  ni tolerancia. La tolerancia es para la lactosa no para los seres humanos.  No es necesario reconocer el valor de una persona que se atreve a hacer pública su identidad. Lo que sí es  nuestra obligación es que ya no sea necesario mostrar valor ante la sociedad, que la identidad sexual ya no defina, estereotipe, o denigre a una persona.

 ¿Cuántos países en el mundo han firmado la Ley del Matrimonio Igualitario? –La Unión Civil es un descaro, pero a la vez un paso hacia delante- ¿Cuántos permiten las adopciones? ¿Cuántos el aborto? ¿Cuántos de nosotros presionamos para que esas leyes se legislen, para que existan leyes que castiguen la discriminación y los crímenes de odio? ¿Cuántos de nosotros somos patriarcales, homofóbicos, misóginos e hipócritas?

 ¿Cuál es nuestra razón para no involucrarnos? ¿Nuestra doble moral? ¿Nuestro fanatismo religioso? Arranquemos de raíz esas normas patriarcales. Atrevámonos a ser  enteros, conscientes, humanos. Respetemos la identidad sexual de las personas y si de pelear se trata pues peleemos para que todos tengamos los mismos derechos y seamos iguales en políticas de inclusión y desarrollo. No tenemos derecho alguno de discriminar a quien se atreve a ser.

 Peleemos por los derechos que nos han quitado, por los que estamos quitando a los demás. No seamos parte de esta violencia descomunal  que nos consume como humanidad. No es suficiente con “pegar” una fotografía en una red social, con decir que no discriminamos, es necesario que nos involucremos en la legislación de políticas que castiguen la violencia por homofobia. Es necesario cambiar patrones de patriarcales, urge, era para ayer.

 Ilka Oliva Corado. @ilkaolivacorado contacto@cronicasdeunainquilina.com

Blog de la autora: https://cronicasdeunainquilina.com/2016/05/17/somos-diversidad-alto-a-la-homofobia-y-transfobia/

Fuente de la imagen: http://mujer.starmedia.com/imagenes/2013/05/D%C3%ADa-Internacional-contra-la-Homofobia-y-la-Transfobia.jpg

Publicado en OVE el 20/05/2016

Ilka Oliva Corado. 

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5 propuestas para acabar con la violencia machista en las relaciones de pareja

Coral Herrera Gómez

 1. Educación en Igualdad, Diversidad, Sexualidad y Emociones. 
No sirve de nada que enseñemos a poner condones a la gente joven, si no les enseñamos a tratarse bien cuando se juntan en pareja. No sirve de nada que les enseñemos en un gráfico cómo son los genitales masculinos y femeninos, si no les explicamos que hay niñas con pene y niños con vagina. No sirve de nada que se aprendan la lista de los reyes godos si luego no saben cómo gestionar un duelo romántico y cómo separarse con amor y cariño.

Si, los niños y las niñas necesitan aprender a respetar y a valorar la diversidad: sólo así podríamos acabar con el acoso escolar hacia las personas raras que no se adaptan a los cánones de la «normalidad» patriarcal y hegemónica: todos somos únicos y diferentes, pero tenemos los mismos derechos. Ningún amor es ilegal, y todos tenemos derecho a amar a quien queramos: sólo con estos principios podríamos acabar con la violencia hacia gays, lesbianas, personas transexuales, y gente diversa e inclasificable.

También necesitan aprender a gestionar sus emociones: sus miedos, su rabia, su deseo sexual, su alegría y su euforia, su tristeza, su ira, sus frustraciones. No es justo que sólo les ofrezcamos una solución terapéutica cuando ya han sufrido y están sufriendo horrores: los y las psicólogas están ahí no sólo para ayudar cuando estamos viviendo situaciones dolorosas, sino para ayudar a la gente a construir sus propias herramientas y estrategias para gestionar sus sentimientos.

También es fundamental enseñar a los niños y a las niñas lo que es el feminismo y para qué sirve y la importancia de los derechos humanos de las mujeres, para ello es preciso que todas las asignaturas estén atravesadas por una perspectiva de género de manera que las mujeres que se borraron del mapa, vuelvan a estar presentes. matemáticas, políticas, gobernantes, poetisas, artistas, astrónomas, doctoras, guerrilleras, filósofas, novelistas, químicas, físicas, periodistas han de ser rescatadas del olvido para que los niños y las niñas entiendan por qué fueron borradas e invisibilizadas.

Por último, tendríamos que dotar al alumnado de las herramientas precisas para defenderse de los estereotipos, los roles y los mitos de los productos culturales, para que puedan leer entre líneas los mensajes de violencia y machismo que les envían a diario a través de los medios de comunicación, y puedan neutralizar y cuestionarlos. No sirve de mucho educarlos en la cultura del buen trato y el amor si al llegar a casa consumen sin filtros historias en los que el protagonista resuelve siempre sus conflictos utilizando la violencia.

2. Transformar la industria cultural, la publicidad  y la producción audiovisual: otras historias son posibles, otros héroes y heroínas son posibles, otros finales felices son posibles. En la actualidad, los medios incentivan y promueven el machismo a través de sus noticias: nos presentan los asesinatos de mujeres como crímenes pasionales, nos ofrecen los cuerpos de las mujeres como mercancía para usar y tirar, para comerciar y para violar, nos bombardean con sus estereotipos sobre la masculinidad y la feminidad, y nos imponen la cultura de la violencia romántica como algo «natural» y «normal».

Los dueños de los medios, los productores de las películas, los guionistas, los directores, los jefes de informativos, son en su mayoría hombres machistas. Por eso hay que acabar con el monopolio que ostentan, y promover otras producciones culturales alternativas que promuevan la diversidad, la igualdad y el fin de la violencia. También hay que motivar a los y las periodistas para que se formen en temas de género e igualdad: otra comunicación es posible.

3. Feminismo para hombres: el  feminismo trabaja en el empoderamiento de las mujeres, pero es esencial trabajar también con hombres. Para que podamos elegir buenos compañeros o compañeras de vida, es esencial promover la autonomía económica y emocional de las mujeres, pero no sirve de nada concienciar a la mitad de la población si la otra mitad sigue anclado en la cultura patriarcal, sin conocimientos y sin herramientas para salir de ella. Tampoco sirve de mucho encarcelar a los hombres: es más efectivo educarles para que aprendan a resolver sus conflictos y problemas sin violencia.

Así pues, necesitamos muchos talleres, mucha formación y sensibilización, y muchas alianzas con los hombres feministas e igualitarios para poder acabar con la masculinidad patriarcal y la violencia machista.

4. Lo Romántico es político, la violencia de género por tanto también es un asunto político porque nos afecta a todas y a todos: el machismo mata muchas mujeres a diario en todo el mundo. Es esencial acabar con el negacionismo: cada vez son más las personas que niegan la existencia de la violencia de género pese a las escalofriantes cifras de mujeres asesinadas, violadas, acosadas, maltratadas, esclavizadas, mutiladas genitalmente. . Hay que desmontar las tesis del neomachismo que promueven la idea de que el feminismo es un movimiento de mujeres que odian a los hombres. El desprestigio del término «feminismo» ha creado términos como el hembrismo y el feminazismo que solo sirven para deslegitimar la lucha por la igualdad y los derechos humanos de las mujeres.

Es esencial, por tanto, explicarle a la gente lo que es el feminismo, para qué sirve el feminismo, y acabar con el ataque constante a las activistas y ciberactivistas por parte de grupos organizados de machistas que niegan la desigualdad y la violencia, o que tratan la violencia como un asunto individual que pertenece a la intimidad de las personas y sus familias. Sufrir violencia no es un asunto de «mala suerte», ni debe culpabilizarse a las víctimas que la sufren, pues es un asunto estructural que afecta a millones de personas en todo el planeta.

5. Otras formas de querernos son posibles: urge despatriarcalizar el amor romántico y desmitificar la violencia pasional.Tenemos que acabar con las guerras románticas y los mitos románticos que nos hacen creer este tipo de monstruosidades.
– Quien bien te quiere, te hará llorar; los que más se pelean son los que más se desean; del amor al odio hay un paso.
– Las mujeres y los hombres solo están completos cuando encuentran a su media naranja, siempre del sexo opuesto, eso sí.
– El amor de verdad todo lo puede, si amas te cambiará la vida, la magia del amor lo hace todo posible, sólo tienes que aguantar y esperar.
– Para ser felices en el amor hay que sufrir mucho, y hay que sacrificarse mucho, y hay que saber
– Los celos y la posesividad es una prueba de amor, la violencia y los malos tratos son una prueba de amor. aguantar los golpes y las desgracias.
– El eje de la vida de una mujer es el amor de un hombre, y los hijos e hijas que tenga con el hombre, no hay nada más importante para nosotras que el amor.
– Yo soy una mujer especial, por eso algún día vendrá a salvarme un príncipe azul guapo y millonario. 
– Yo soy una buena mujer, pero las demás son todas unas zorras que quieren quitarme a mi novio y yo tengo que estar alerta para impedirlo.
– Yo soy un buen hombre pero tengo que protegerme de todas las zorras que me quieren por mi dinero y mi virilidad, y escoger a la mujer buena que me querrá incondicionalmente y nunca me traicionará.
– Yo soy un hombre y aunque quiero a mi esposa tengo derecho a gozar de los cuerpos de otras mujeres, pagando o sin pagar. Mi esposa no tiene el derecho de gozar con otras personas porque no es un privilegio sólo reservado a los hombres.

Hay muchos otros mitos románticos que legitiman esta cultura del odio romántico y la batalla de los sexos, por eso es tan importante desmontarlos y promover otras formas de quererse y de relacionarse. 

Es posible construir relaciones más allá de la desigualdad, la dependencia y la violencia, es posible disfrutar del amor y construir relaciones sanas, libres, igualitarias, y diversas.

Fuente: http://haikita.blogspot.com/
Fuente de la imagen: https://i.ytimg.com/vi/zAhrWQ_oN8g/maxresdefault.jpg
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Feliz día, madre…

CAROLINA VÁSQUEZ ARAYA

Feliz día, te dirán con solemnidad como si hubieras realizado una proeza, pero no. Pariste un hijo sin quererlo, casi sin saberlo, un hijo cuya llegada —a tus 12 años apenas— marcó el inicio de una etapa sin perspectivas. El pequeño producto de un acto de bajeza infinita que acabó con tu infancia y la convirtió en una adultez indeseada. Peor aún, la transformó en la más injusta cadena de privaciones.
Feliz día, madre de uno de los 26 mil 400 niños y jóvenes varones asesinados en América Latina y El Caribe solo en el transcurso de un año, por causas que aún no comprendes y cuyo dolor sientes con la misma intensidad de cuando te notificaron su muerte por un balazo certero. Nunca pudiste entender el porqué.

¿Y qué hay de ti, madre de ese joven en el umbral de sus sueños, desaparecido o muerto, quién sabe en dónde y cómo. Ese adolescente de cuyo rastro el gobierno mexicano, hondureño, salvadoreño o guatemalteco nunca quisieron darte razón porque no lo saben o quizá prefieren mantener el enigma que te perseguirá por siempre como una pesadilla sin fin? Ese joven que un día cualquiera salió del instituto o del trabajo o de su propio hogar para desvanecerse en el aire como un fantasma, dejándote sumida en la tristeza.

Feliz día de la madre, niña-mujer, ignorante de tus derechos porque nunca te permitieron asistir a la escuela. Así encadenaron tu libertad a un fogón, un estropajo, un surco en el campo. Tú, quien aprendiste desde tus primeros días de vida el papel que otros te asignaron en este mundo: el de una maternidad forzada y una esclavitud institucionalizada por una sociedad para la cual no tienes valor alguno.

Feliz día también para ti, abuela a los 25 porque tu niña de 10 salió embarazada por el hombre que creíste amar, el mismo que la engendró. Drama cotidiano marcado por tus carencias abismales en los países más ricos del planeta. Ricos en recursos, ricos en desigualdades. A ti te tocó la parte mala de la ecuación pero crees, muchas veces, que es cosa de Dios y no te rebelas porque ni siquiera conoces la dimensión de la injusticia.

Feliz día, madre marginada por un Estado que no responde a tus demandas porque son otras sus prioridades. Has visto a tus hijos languidecer por la desnutrición, perder el brillo de sus ojos y la fuerza de su cuerpo. Has perdido la cuenta de las veces que has solicitado ayuda y te la han negado por cualquier razón. Te has estrellado contra una burocracia inclemente y un sistema indiferente a tu dolor.

Feliz día, niña destinada a ejercer labores de madre por la fuerza de las circunstancias. Porque naciste niña en una sociedad permeada por tantos prejuicios sexistas y estereotipos que sería difícil enumerarlos para hacerte comprender la dimensión de tus desventajas. Porque ser niña es una condición para el abuso, la discriminación y la explotación en todas sus formas. No importa si naciste en un hogar acomodado o en una pobre choza de barranco. Igual marcarán tu lugar en la vida.

Feliz día, madres cuyo día se inicia desde el amanecer ante los portones de las cárceles, en los tribunales de justicia o, quizá, frente a hospitales y morgues buscando a un hijo, una hija, a quien vieron salir para nunca más regresar. Son esas madres que seguirán buscando, esperando sin plazo fijo, porque así son las cosas en nuestros países. Son esas madres aferradas a las excusas más absurdas. Son las mujeres sin voz en un mundo perfectamente diseñado para silenciarlas. Feliz día…

elquintopatio@gmail.com  @carvasar 

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