Por: Luz Palomino/Aquelarre de las Insumisas
El mapa de nuestras vidas ha cambiado. Y no es una frase hecha: es lo que pasa cuando décadas de movilización social, de hablar dónde nos mandaban callar, de juntarnos donde nos querían solas, consiguen que lo que antes era «un asunto privado» —la violencia machista— hoy se nombra como lo que es: un problema de salud pública y una cuestión de Estado.
Hemos conseguido leyes importantes. Pero más importante aún: hemos creado una conciencia que ya no acepta el silencio como respuesta. Las jóvenes de hoy miran lo que sus abuelas soportaron y dicen: «eso a mí no». Y eso, aunque parezca poco, es una revolución.
Pero ojo, que Simone de Beauvoir ya lo advirtió en el segundo sexo: “no olvidéis jamás que bastará una crisis política, económica o religiosa para que los derechos de las mujeres vuelvan a ser cuestionados». Y tenía toda la razón. Por eso cada derecho conquistado no es un punto y final, es una trinchera que defender.
Porque la historia del feminismo es, ni más ni menos, la historia de cómo el mundo se ha ido haciendo más democrático. Repasemos lo que hemos conseguido —para que no se nos olvide— y lo que ahora está en juego. Lo que nos costó ganar (y no nos regaló nadie)
El derecho a tener voz propia: el voto
1893: Nueva Zelanda se convierte en el primer país donde las mujeres votan. Sí, leyeron bien: hace apenas 130 años, en la mayor parte del mundo nos consideraban sin criterio para meter una papeleta en una urna.
No olvidamos que el 27 de octubre de 1946 las venezolanas votamos por primera vez. No fue una concesión de los señores de turno; fue el grito de nuestras abuelas que entendieron que la política sin nosotras es puro teatro de sombras.
1947: En Argentina, después de décadas de lucha de sufragistas anónimas y con el empujón de Eva Perón, se aprueba la Ley 13.010. Las mujeres argentinas pudieron votar por primera vez en 1951.
1953: México reconoce el derecho al voto femenino. Tardaron, pero llegó.
Que hoy nos parezca tan normal ir a votar es la mejor prueba de que el feminismo funciona: cuando una conquista se asienta, parece que hubiera estado siempre ahí. Pero no. Detrás de cada derecho hay mujeres que se jugaron hasta la vida.
Autonomía económica y jurídica: dejar de ser propiedad de nadie
1975: La ONU declara el Año Internacional de la Mujer. Por primera vez, el mundo hablaba de nosotras como sujetos de derecho, no solo como madres o esposas.
1981: Entra en vigor la CEDAW, que viene a ser como la constitución de los derechos de las mujeres a nivel mundial. Por si alguien tiene dudas: esto significa que los países que la firman se comprometen a cambiar todo lo que nos discrimine.
El cuerpo como territorio propio: La revolución más íntima
2012: Argentina aprueba la Ley de Identidad de Género. Pionera en el mundo: reconoce que cada persona tiene derecho a ser llamada como se siente, sin que ningún médico ni juez tenga que dar permiso.
2020-2021: La Marea Verde, ese tsunami color esperanza que recorrió América Latina, consigue dos hitazos: Argentina legaliza el aborto y en México la Suprema Corte declara que criminalizar a las mujeres que abortan es inconstitucional. Como dice la antropóloga Marta Lamas: «La maternidad será deseada o no será».
2021: México aprueba la Ley Olimpia, que lleva el nombre de Olimpia Coral Melo, una joven que sufrió violencia digital y dijo «hasta aquí». La ley tipifica como delito grabar, difundir o compartir imágenes íntimas sin consentimiento. Porque “lo virtual es real», sí, y el daño duele igual.
Ahora, el patriarcado no es tonto: cuando ve que por un lado le cierran puertas, se cuela por la ventana. Y hoy la ventana es la pantalla.
La violencia digital —ciberacoso, difusión de imágenes sin permiso, deepfakes (esos vídeos trucados que parecen reales) para humillar— afecta sobre todo a mujeres jóvenes y a las que se atreven a opinar en público. El algoritmo, ese invento que no tiene cara ni género, resulta que reproduce el machismo de quienes lo programan.
La antropóloga argentina Rita Segato lo explica clarísimo en su libro Las estructuras elementales de la violencia:
«La violencia contra las mujeres no es un crimen individual, es un crimen corporativo del patriarcado. La crueldad sexual es un lenguaje que habla de la soberanía masculina sobre el territorio-cuerpo de las mujeres.»
Dicho más claro: cuando un hombre difunde un vídeo íntimo de su ex, o cuando un grupo acosa a una compañera por redes, no son «casos aislados». Son mensajes. Mensajes que dicen: «esto es mío, yo decido, tú te callas”. Y Olimpia Coral Melo, la activista mexicana, nos dice: las agresiones en línea duelen, aíslan, expulsan del debate público. Y cuando expulsan a las mujeres de la conversación, la democracia entera se empobrece.
El nuevo fascismo: El que no necesita tanques
Hay quien habla de un «fascismo del siglo XXI». No es el de las botas y los camiones militares —aunque también—, es el que ocupa las pantallas. La nueva aristocracia tecnológica —esos multimillonarios que deciden cómo funcionan las redes— usa los algoritmos para amplificar el odio porque el odio vende, porque el odio engancha.
¿El resultado? Que el antifeminismo se ha convertido en una ideología de moda. Que hay youtubers e influencers que viven de decir que el feminismo es una secta, que las mujeres ya tenemos los mismos derechos, que «ahora los discriminados son ellos”. Y eso cala. Sobre todo, entre los más jóvenes.
En las aulas lo vemos muy seguido con la pregunta «¿y para cuándo un día del hombre?» no es inocente. Detrás hay un malestar real que ha crecido oyendo que la igualdad es lo normal, pero que en su experiencia cotidiana sienten que se les pide renunciar a privilegios que ni siquiera sabían que tenían. Y en lugar de entenderlo como un avance, lo viven como una amenaza. Mientras, gobiernos recortan horas de igualdad en las escuelas, porque claro, si no se enseña, si no se habla, si no se debate, el espacio lo ocupan los discursos de odio. Y los que dicen que la «ideología de género» es un complot contra la vida, contra la familia, contra no se sabe qué, van ganando terreno.
El feminismo no es uno solo: También hay debate interno
Sería mentira decir que todas pensamos igual. El feminismo de 2026 es un hervidero de debates: identidad de género, prostitución, vientres de alquiler… Son conversaciones difíciles, que reflejan que el movimiento está vivo. Pero también que nos cuesta encontrar un frente común cuando la ofensiva de la ultraderecha arremete contra todas.
Frente al feminismo que busca un asiento en las mesas del poder —que también es legítimo—, hay otro feminismo que nace de abajo: el de los sindicatos, el de las ollas populares, el de las mujeres campesinas que defienden el territorio mientras crían a sus hij@s. Ese feminismo entiende que ser mujer, ser pobre y ser migrante no se pueden separar. Que la opresión tiene muchas caras y todas duelen.
Lo pequeño también es político: Resistencias que inspiran
Si algo hemos aprendido de las compañeras de Kibera (el enorme barrio popular de Nairobi, en Kenia) o de las activistas de Minneapolis, es que ninguna acción colectiva es demasiado pequeña. El feminismo popular es el principal muro de contención, frente a un sistema que amasa la riqueza en el 1%, mientras al 99% nos quitan derechos.
Lo vemos en acciones concretas:
Las mujeres que interrumpen etapas de la vuelta ciclista para denunciar lo que está pasando en Gaza.
Las empleadas de hogar que se atreven a denunciar a sus empleadores por explotación, rompiendo el silencio que las ha mantenido invisibles durante décadas.
Todas ellas, desde sitios muy distintos, tejen la misma red. Porque el acoso en un grupo de WhatsApp, el desalojo en un barrio y el bombardeo de una escuela en una guerra son hilos de la misma trama: la de quienes deciden qué vidas importan y qué vidas no.
Porque un feminismo que no hable de salarios, de precariedad, de convenios o de la brecha de pensiones se olvida de dónde venimos. Y nosotras venimos de la fábrica, del mostrador y de la cocina comunitaria. Venimos de la convicción de que la emancipación de las mujeres pasa también por la emancipación de la clase trabajadora, y de que mientras haya una compañera cobrando menos por ser mujer, la lucha sigue siendo nuestra.

Pero la respuesta no puede ser solo punitiva. Hace falta algo más de fondo: una contra-pedagogía del poder. Enseñar, desde pequeñitos, que la libertad no es el derecho a oprimir al otr@, sino la capacidad de convivir. La educación en valores no es un extra, algo que se hace si sobra tiempo. Es la base de todo. Cuando los gobiernos recortan programas de igualdad y solo piensan en medidas punitivas, están renunciando a evitar el sufrimiento antes de que ocurra.
Como activista y profesora, trato de tejer memoria para que mis estudiantes sepan que los derechos que tenemos no han caído del cielo. Que su bienestar depende de que la lucha continúe. Que entiendan, como dice Segato, que el cuerpo de las mujeres sigue siendo ese papel donde el poder escribe su mensaje. Ahora con algoritmos, pero el mensaje es el mismo.
8M: El ruido que no para
Hace unos años, las huelgas feministas de 2018 y 2019 nos hicieron creer que ya nada podría pararnos. La realidad de 2026 es más compleja: la ultraderecha crece, las violencias se vuelven más sofisticadas, y el «se va a acabar el feminismo» de algunos no es una broma, es una amenaza real. Pero el 8 de marzo no es una celebración. Nunca lo ha sido. Es un altavoz, una trinchera, una manera de decir: «seguimos aquí».
Como aquel lema de 2018: «Si nosotras paramos, se para el mundo». Pues bien: aunque el mundo no se pare del todo, nuestro ruido lo hace temblar. Las cacerolas, los gritos, las pancartas: todo eso es el sonido de que no nos resignamos.
No tenemos un plan perfecto para frenar el avance del fascismo y la «pedagogía de la crueldad». Pero tenemos algo mejor: organización. Tenemos la capacidad de hacer ruido. Un ruido que señala al agresor, que interrumpe los negocios de quienes ganan con nuestro dolor, que conecta lo que pasa en nuestra calle con lo que pasa al otro lado del océano.
Este 8 de marzo, salgamos a las calles, que el escándalo de nuestra dignidad sea más fuerte que el silencio que nos quieren imponer. Porque el feminismo no pide permiso para existir: existe, resiste, y vuelve a empezar cada mañana. En cada conversación, en cada denuncia, en cada negativa a callarse.
Y en esa resistencia cotidiana —en esa terquedad de seguir tejiendo redes donde otros siembran muros— se juega la posibilidad de un futuro donde la vida, y no el mercado, sea lo que de verdad importe.
Mujeres nuestra mayor rebeldía es seguir juntas; nuestra mayor victoria es que no volverán a callarnos.







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