Por: J. Luis Carpinter
Para la juventud mundial en 2026, el cambio climático ha dejado de ser una «preocupación medioambiental» para consolidarse como una crisis existencial, sistémica y de justicia social.
A diferencia de generaciones anteriores, los jóvenes no solo exigen conciencia, sino que demandan responsabilidad legal, acción política vinculante y una transformación radical de los modelos económicos. Sin embargo, también reflejan un aumento de la fatiga climática y la frustración ante los retrocesos políticos (el llamado greenlash) observados a mediados de la década de 2020.
Diversos estudios sociológicos muestran que la inmensa mayoría de los jóvenes (frecuentemente por encima del 80% en diversas encuestas de la UE) consideran el cambio climático como uno de los problemas más urgentes del mundo, que les crea sentimientos de traición y ecoansiedad generalizada, por percibir que las generaciones mayores y los líderes políticos actuales les están «robando el futuro», priorizando el crecimiento económico a corto plazo sobre la supervivencia del planeta, lo que les causa sentimientos de miedo, impotencia y angustia ante la degradación de los ecosistemas y los fenómenos meteorológicos extremos (olas de calor, sequías e incendios en el sur de Europa).
Esto les lleva a su desconfianza política de las instituciones, al considerar insuficientes sus proyectos como el Pacto Verde Europeo (Green Deal) o por retrocesos, como las concesiones políticas realizadas a partir de 2024 (relajación de normativas agrícolas o de restauración de la naturaleza para apaciguar a sectores conservadores) que son consideradas pruebas de que los políticos ceden ante los lobbies económicos, lo que se traduce en exigencia de coherencia, con blindaje de las leyes climáticas contra los ciclos electorales, que modifican los objetivos de emisiones según el color político del gobierno de turno.
A la luz de las evidencias más recientes publicadas en The Lancet Planetary Health, 2026 (1), la percepción del cambio climático por parte de la juventud (incluyendo el contexto europeo) debe entenderse no solo como una demanda política, sino como una crisis de salud mental pública sin precedentes. La angustia climática (ecoansiedad, duelo ecológico, miedo al futuro) es una respuesta racional y adaptativa a una amenaza existencial real. En este contexto, el activismo climático ha dejado de ser solo una herramienta de protesta para convertirse en una estrategia terapéutica fundamental que permite a los jóvenes transformar la parálisis en agencia. Sin embargo, el informe advierte sobre el grave riesgo de burnout (agotamiento) y daño moral si esta carga psicológica recae exclusivamente sobre ellos.
El cambio climático como crisis de salud mental juvenil
La adolescencia y la juventud temprana (13-25 años) son etapas críticas para el desarrollo neuropsicológico y la formación de la identidad. El cambio climático está alterando las condiciones necesarias para un desarrollo saludable, como muestran los estudios globales citados en el artículo del “Lancet PlanetaryHealth”, donde el 75% de los jóvenes considera que «el futuro es aterrador»;y que les ocasiona preocupación constante y sentimientos de tristeza, impotencia, incertidumbre, e incluso ideación suicida y dudas sobre si tener hijos.
Por otra parte, la juventud está expuesta a narrativas de la industria de los combustibles fósiles y a la inacción política que promueven el «doomismo» (la idea de que es demasiado tarde para actuar), lo que exacerba la desesperanza y los síntomas depresivos.
Ante ello destaca el estudio de The Lancet que la angustia que sienten los jóvenes no es un trastorno mental en sí mismo, sino una respuesta emocional válida y racional ante la destrucción ecológica, la injusticia climática y la falta de acción por parte de los gobiernos y líderes industriales que no solo genera ansiedad, sino que les provoca una sensación de traición y abandono por sentir que las instituciones que deberían protegerlos están fallando.
Junto a ello existe un «silencio socialmente construido» en torno a estas emociones, que a menudo disuade a los jóvenes de expresar su dolor por miedo a no ser tomados en serio o a ser incomprendidos.
Frente a la inacción institucional, el artículo destaca que la participación en el activismo y la acción colectiva funciona como una poderosa intervención de prevención primaria y salud mental. El activismo actúa como amortiguador psicológico, transformando la angustia abrumadora en acción con propósito. Al participar en esfuerzos colectivos, los jóvenes recuperan su sentido de agencia y autoeficacia, contrarrestando la parálisis que genera la ecoansiedad.
Junto a ello el activismo permite a los jóvenes alinear sus acciones diarias con sus valores más profundos (justicia, sostenibilidad, empatía). Esta «esperanza activa» o afrontamiento centrado en el significado ayuda a procesar el duelo ecológico, permitiendo que convivan la desesperación por el estado del planeta y la esperanza por el futuro, lo que se une al hecho de que la acción climática colectiva fomenta redes de apoyo social. En un contexto donde los jóvenes se sienten aislados por su preocupación (a menudo incomprendidos en sus entornos familiares o educativos), los movimientos climáticos ofrecen un sentido de comunidad, solidaridad y pertenencia que es vital para la salud mental.
Más allá de la protesta, surgen intervenciones comunitarias como los Climate Cafés (Cafés Climáticos) o grupos de pares (como Force of Nature o Good Grief Network). Estos espacios descentralizados permiten a los jóvenes procesar sus emociones, compartir experiencias vividas y construir resiliencia psicosocial colectiva en un entorno libre de juicios.
Pero es importante destacar que el artículo de The Lancet introduce una advertencia crucial: el activismo no puede ser el único sustento de la salud mental de los jóvenes, ni puede reemplazar la responsabilidad sistémica.
Cuando los jóvenes participan en la acción climática bajo la premisa de que la situación es «demasiado urgente como para descansar», pueden ser llevados al burnout (agotamiento crónico). El agotamiento es severamente agravado por la inacción percibida de los líderes políticos y corporativos. Cuando los jóvenes luchan incansablemente y son ignorados o traicionados por las instituciones, sufren una «lesión moral», un daño psicológico profundo derivado de transgredir sus propios valores o de presenciar injusticias sistémicas sin poder detenerlas.
Por ello The Lancet plantea que las intervenciones terapéuticas y los movimientos sociales deben enseñar a los jóvenes a equilibrar el activismo con otras facetas de sus vidas, normalizando el descanso y el autocuidado no como una rendición, sino como una necesidad de sostenibilidad a largo plazo. Para ello además del activismo, deben fomentarse las intervenciones basadas en la naturaleza, pasando tiempo en la naturaleza o participando en actividades de conservación, que ayudan a reducir el estrés, aunque se advierte que la naturaleza degradada también puede ser fuente de dolor), para lo que son adecuadas terapias de aceptación y compromiso (ACT) que ayudan a los jóvenes a aceptar pensamientos dolorosos sin rumiarlos, aclarar sus valores y comprometerse en acciones significativas, o terapias conductuales para regular las emociones intensas y tolerar la angustia sin quedar paralizado por ella.
También es de interés la regulación del consumo de medios, ya que las redes sociales son una espada de doble filo (conectan a los activistas pero también bombardean con imágenes apocalípticas) y es vital desarrollar habilidades para gestionar la exposición a noticias catastróficas.
En síntesis: para la juventud, el activismo climático es un mecanismo de supervivencia psicológica. Les permite transformar el terror paralizante en comunidad, propósito y esperanza activa. Sin embargo, para que esta resiliencia sea sostenible, la sociedad y las instituciones deben apoyar su activismo, asumiendo al mismo tiempo la responsabilidad sistémica que les fue arrebatada.
Nota:
J. Luis Carpintero, médico jubilado





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