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Los retos de la educación afectivo-sexual en la era de las pantallas

Anna Flotats

Estamos viviendo una apasionante revolución tecnológica. Vemos cómo el mundo cambia rápidamente y cómo nuestro día a día se ve beneficiado, pero también alterado, en mayor o menor medida, por este ecosistema virtual. Esta realidad también afecta a la forma en que nuestros hijos e hijas viven la sexualidad. Por eso resulta ahora tan necesario hacer una reflexión sobre los retos de la educación afectivo-sexual en la era de las pantallas.

Es evidente que tenemos ante nosotros un deslumbrante escenario digital lleno de oportunidades, pero también repleto de desafíos, especialmente si hablamos como madres, padres y educadores. Este frenético universo virtual, altamente atrayente tanto para adultos como para niños, niñas y adolescentes, se ha instaurado con fuerza en nuestra sociedad. Y no solo ha llegado para quedarse, sino que está modificando, a escala generacional, algunos de los cimientos de la humanidad.

¿Qué cambios trae consigo este nuevo escenario digital?

Su impacto ya se observa en aspectos muy cotidianos de nuestra vida: en la forma de comunicarnos, de relacionarnos y de comprender el mundo, pero también en la manera en que aprendemos, construimos y vivimos la sexualidad. Y, como era de esperar, todo ello atraviesa, en mayor o menor medida, nuestro preciado núcleo familiar.

Para empezar, los tiempos de la sexualidad real chocan de frente con el ritmo vertiginoso del mundo virtual y con una sexualidad digital que a menudo se presenta como fantástica, perfecta e inmediata. Como se desarrolla en el libro Golosinas virtuales,muchas experiencias digitales están diseñadas para atraer nuestra atención mediante estímulos rápidos, intensos y siempre disponibles. Sin embargo, la sexualidad no entiende de prisas. Requiere detenerse, estar presentes y poder centrarse en sentir; en descubrir el propio cuerpo, escucharlo, cuidarlo y tomar conciencia de él; en reconocer, mimar y respetar también el cuerpo de la otra persona.

Solo desde esa pausa y desde esa toma de conciencia pueden tener lugar la intimidad, el afecto, el deseo y, cuando aparece, también el amor apasionado. Porque vivir la sexualidad con plenitud y libertad implica disponer de tiempo, presencia y tranquilidad.

¿Qué hacer cuando no todo depende de nosotros? ¿Por dónde empezar?

Ante tamaños retos de la educación afectivo-sexual en la actualidad, es fácil sentir cierta inquietud. Como madres, padres y personas adultas con menores a su cargo, tenemos una gran y preciosa responsabilidad: educar, cuidar, amar y acompañar a nuestros hijos e hijas en la maravillosa aventura de la vida. Pero también es evidente que existen variables que nos preocupan y que no siempre podemos controlar. Desgraciadamente, no todo depende de nosotros.

1. Centrarnos en lo posible

Por eso, quizá lo más lógico sea centrar nuestra energía en aquello que sí está en nuestra mano hacer. Porque no podemos llegar a todo, pero sí podemos poner el foco en aquellas acciones y conductas que supongan un verdadero punto de inflexión en la educación y en la vida de nuestros hijos e hijas. Es decir, en aquello que facilita nuestra tarea educativa y mejora nuestro acompañamiento a lo largo de las diferentes etapas de crecimiento.

2. Potenciar su autoestima y enseñarles a valorar su intimidad

En este sentido, hay dos aspectos especialmente importantes: potenciar su autoestima y ayudarles a dar valor a su intimidad y a preservarla. Porque cuando un niño, una niña o un adolescente aprende a mirarse con respeto, a reconocer su valor, a quererse y a cuidar aquello que forma parte de su mundo íntimo, también está más preparado para poner límites, pedir ayuda y protegerse ante situaciones que puedan dañarle.

¿Qué otras acciones son importantes, incluso determinantes?

La educación afectivo-sexual debe ir de la mano de una buena educación digital. Y aquí nuestro ejemplo es crucial. No debemos olvidar que nuestros hijos e hijas, por pequeños que sean, se fijan en cómo nos relacionamos con la tecnología: cuánto tiempo le dedicamos, qué lugar ocupa en nuestra vida cotidiana, cómo nos atrapa y de qué manera condiciona nuestros vínculos, nuestra atención y nuestra intimidad.

Todo ello va alimentando su imaginario sobre cómo será, o cómo debería ser, su propia relación con estos entornos. Por eso, ser coherentes con nuestro ejemplo dará mucha más fuerza a nuestro discurso. Para poder acompañarlos hacia un equilibrio saludable entre la vida presencial y la vida virtual, primero debemos revisar también nuestra propia relación con las pantallas.

Y es que necesitamos una ‘dieta digital saludable’. Esto también forma parte de la educación afectivo-sexual. ¿Qué mejor punto de partida que hacer una revisión personal y preguntarnos cómo usamos la tecnología, qué espacios ocupa en nuestra vida, qué nos aporta, qué nos resta y cómo preservamos nuestra intimidad en el mundo de las redes? El objetivo no es ser perfectos, sino mejorar como referentes y guías digitales. Así, sin apenas darnos cuenta, también estaremos educando en sexualidad.

¿Qué podemos hacer para ser mejores guías digitales?

Un pilar fundamental de la sexualidad es la autoestima. Y, hoy en día, encontramos multitud de golosinas virtuales, altamente atrayentes y pegajosas, que nos alejan de nuestra realidad física, nos privan de un valioso tiempo para la reflexión y el autoconocimiento, nos mantienen anclados al mundo virtual y nos roban momentos esenciales de presencia real junto a nuestros hijos e hijas.

Reflexionar sobre nuestra relación con la tecnología e intentar mejorar nuestra higiene digital es una forma muy interesante de empezar. Eliminar aplicaciones que nos roban espacios de comunicación real con las personas que queremos, reducir estímulos innecesarios o recuperar momentos sin pantallasnos ayudará a construir una relación más equilibrada con ese mundo.

Este puede ser un buen comienzo para aprovechar mejor el verano en familia: estar más presentes, conversar más, regalarnos tiempo de calidad, contemplar nuestro entorno con calma y recuperar espacios de conexión que, a veces, el ritmo digital nos va arrebatando de forma silenciosa.

¿Qué más podemos hacer para promover la educación afectivo-sexual de nuestros hijos e hijas?

Una de las acciones más sencillas, pero también más necesarias, es ayudar a niños, niñas y adolescentes a disponer de tiempo para pensar, escucharse y descubrirse con la tranquilidad y la libertad que necesitan.

Porque la educación afectivo-sexual no consiste solo en hablar de sexualidad, riesgos o límites. También significa crear las condiciones para que puedan construir una relación sana con su cuerpo, con su intimidad, con sus emociones, con sus vínculos y con su propia identidad.

He ahí nuestro papel crucial: educar no solo con palabras, sino también con nuestra actitud y nuestro ejemplo. Y este aspecto, aunque no siempre lo parezca, también es clave en la educación afectivo-sexual.

Este libro está dirigido a madres y padres de niños y adolescentes, y también a docentes, profesionales de la educación y educadores sociales, que busquen una guía para afrontar los actuales retos de la educación afectivo-sexual. En sus páginas, la autora plantea preguntas, genera debate y aporta luz y recursos prácticos. Su primera propuesta es “apagar para conectar”, con el fin de que no se nos escape el control de su educación.

A través de consejos prácticos, nos ofrece instrumentos para entender por qué el juego online tiene una doble arista, qué papel tienen las redes sociales, la importancia de detectar las ‘golosinas virtuales’, cómo es la nueva cultura del sexo, el fácil acceso a la pornografía y a la inteligencia artificial, así como los nuevos entornos digitales, como el metaverso. Porque toda educación sexual empieza por una educación digital consciente.

https://saposyprincesas.elmundo.es/consejos/educacion-en-casa/retos-educacion-afectivo-sexual-era-pantallas
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