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Pandemia y capitalismo de vigilancia

Pandemia y capitalismo de vigilancia

Por Aram Aharonian

La pandemia del COVID-19 es más que un “cisne negro” (un hecho inesperado, poco frecuente). La pandemia seguramente pasará, pero la crisis quedará -la social, la económica, la política-, significando un mundo diferente que ni los más osados científicos sociales y politólogos han podido imaginar, con un estimado de más de tres mil millones de desempleados.

La necesidad de “quedarnos en nuestras casas” obligó a trabajadoras y trabajadores a seguir produciendo desde sus hogares con la modalidad del “teletrabajo”; docentes y estudiantes que continúan con parte de la currícula de manera virtual, así como también los grupos de riesgo dentro de los cuales se encuentran en gran medida nuestros jubilados y jubiladas, el sector de mayor riesgo en la pandemia.

¿Qué mundo les tocará vivir a las nuevas generaciones? En el mundo feliz (1932) del británico Aldous Huxley, las personas viven drogadas con el imaginario “soma”,y felices, manipuladas por un plan superior en el que la ciencia de punta sólo sirve a una estructura de dominación.

No tenemos soma, pero sí (tenemos Netflix y) un número infinito de aplicaciones y servicios gratis diseñados específicamente para convertirnos en felices adictos y en los auténticos recursos que surten la acumulación de riqueza en el nuevo capitalismo –el capitalismo de vigilancia- que ordena el mundo. Nunca nos hemos sentido tan libres pese a ser observados sin descanso.

El ser humano se ha convertido en un terminal de corrientes de datos. Hoy sabemos que con este saber se puede influir, controlar y dominar totalmente a las personas, a través de los algoritmos y la inteligencia artificial. La pandemia despertó la voracidad de los vendedores de dispositivos de vigilancia y tecnología de rastreo de personas, presuponiendo que la ciencia de datos será esencial para derrotar al enemigo invisible

Alentados por el éxito de China y Corea del Sur (entre otros países  asiáticos) en el combate al covid-19, líderes políticos de democracias liberales, de derecha e izquierda, se mostraron encantados con la capacidad de control de los dispositivos digitales y del modelo estadístico de los algoritmos que extraen padrones y realizan predicciones.

Cámaras, software, sensores, celulares, aplicaciones, detectores, son presentados ahora como las armas más sofisticadas para el combate al virus…y para la domesticación de las poblaciones.

La industria de telecomunicaciones e informática –que junto a la farmacéutica será una de las ganadoras en esta crisis- prospera gracias a un principio básico, el de extraer los datos personales y vender predicciones sobre los comportamientos de los usuarios a los anunciantes. Pero hasta ahora se lograban pronósticos que facilitaban la previsión de hechos, acontecimientos (y su manipulación, claro), no certezas.

Las empresas (y los gobiernos) comprendieron que para que aumenten los beneficios (financieros pero sobre todo de manipulación) se hacía necesario tratar de modificar las conductas humanas a gran escala.

La mano de obra ya no está configurada por empleados que reciben un salario a cambio de su trabajo, sino por usuarios de aplicaciones y servicios gratuitos, satisfechos de adquirirlos a cambio de ceder sin consentimiento a múltiples empresas un registro de sus experiencias vitales.

En el nuevo capitalismo, los datos personales se acumulan para producir el bien que se pondrá a la venta en el mercado: predicciones sobre nosotros mismos. Los propietarios de los medios de producción no son otros que los que ejercen el monopolio del negocio digital: Google, Facebook, Apple y Amazon, señala Patricia Serrano en El Economista de España.

Las medidas de excepción adoptadas, la llamada flexibilización de derechos, los cortes de salarios, el irrespeto a los principios básicos de la ciudadanía, las violaciones de privacidad, con el fin declarado de enfrentar al virus y la crisis, podrán no ser de excepción para convertirse en permanentes. E incluso ampliarse. El virus no destruirá el capitalismo. Todo indica que la vigilancia (policial, cibernética) conseguirá consolidarse.

“El capitalismo industrial, con todas sus crueldades, era un capitalismo para las personas. En el de vigilancia, por el contrario, las personas somos por encima de todo fuentes de información. No es un capitalismo para nosotros, sino por encima de nosotros”, sentencia Shoshana Zuboff , profesora emérita de la Harvard Business School en una entrevista en la BBC.

Tu smartTV te observa. Pero también tu teléfono, tu coche, tu robot de limpieza,tu asistente de Google y hasta esa pulserita que monitoriza el número de pasos que das. Una pista: todos los productos que llevan la palabra smart o incluyen la coletilla de ‘personalizado’ ejercen de fieles soldados al servicio del capitalismo de vigilancia. Así lo resume Zuboff.

El filósofo surcoreano Byung-Chul Han, profesor en la Universidad de las Artes de Berlín y autor de una decena de libros, profundiza en esta idea: “El ser humano es un terminal de corrientes de datos, el resultado de una operación algorítmica. Con este saber se puede influir, controlar y dominar totalmente a las personas”.

“En la cárcel, hay una torre de vigilancia. Los presos no pueden ver nada pero todos son vistos. En la actualidad se establece una vigilancia donde los individuos son vistos pero no tienen sensación de vigilancia, sino de libertad”, explica en su obra “La expulsión de lo distinto”, que analiza el impacto de la hipercomunicación y la hiperconexión en la sociedad.

Para Han, la sensación de libertad que brota en los individuos es engañosa: “Las personas se sienten libres y se desnudan voluntariamente. La libertad no es restringida, sino explotada”. Añade que “la gran diferencia entre internet y la sociedad disciplinaria es que en esta última, la represión se experimenta. Hoy, en cambio, sin que seamos conscientes, somos dirigidos y controlados”.

Paloma Llaneza, abogada, experta en ciberseguridad y autora de Datanomics, señala que el consentimiento en realidad no existe cuando escribimos nuestros datos personales rápidamente para bajarnos aún más rápido una aplicación gratis o recibir una newsletter semanal. “El consentimiento es una de las grandes mentiras de internet”, afirma.

El problema empieza cuando nuestros datos son usados para otras finalidades y cedidos a terceras empresas que buscan conocernos mejor y sacar un perfil de cómo somos. “Sin saberlo, el usuario puede estar dando consentimiento a ser escaneado en redes sociales y, de ahí, se saca el perfil de la persona. Solo con las fotos de Instagram ya se pueden deducir cosas del comportamiento”, explica.

Mientras algunos líderes políticos apelaban a la “unidad” en la guerra contra el enemigo invisible, y otros negacionistas llevaban a su gente al genocidio, aparecían algunas líneas de fractura. A través de las redes sociales (y los cacerolazos) se compelía a los gobiernos a adoptar medidas drásticas para proteger a las poblaciones, la salud común.

El coronavirus afecta a toda la industria manufacturera de alto contenido tecnológico (incluyendo industria automotriz, aeronáutica y telecomunicaciones), básicamente porque su producción implica aglomeración de personas, no es considerada esencial y en definitiva se ajusta a las proyecciones de la demanda, nada alentadoras hoy.

En este análisis sólo se rescatan algunos sectores, primordialmente de servicios, entre los cuales tenemos el caso de las OTT (over the top), las empresas de telecomunicaciones que brindan servicios de streaming. O sea, usan internet para llegar a los usuarios con video (Netflix), audio (Spotify) o mensajería (Whatsapp, de Facebook) y/o aplicaciones de teleconferencia (como Skype o Zoom).

Con el aislamiento social, las plataformas que recolectan datos personales y los venden en el mercado avanzan para convertirse no solo en grandes intermediarios del entretenimiento sino también de la educación, lo que no puede aceptarse como algo natural y mucho menos como solución excepcional, señala Sérgio Amadeu da Silveira, profesor de la Universidad Federal de ABC, Brasil.

El covid-19 seguramente pasará. El neoliberalismo es una pandemia que durante cuatro décadas infectó hasta las fuerzas de izquierda que deberían haberlo combatirlo. Enfrentamos dos pandemias…

Autor: Aram Aharonian

Fuente de la Información: https://www.nodal.am/2020/04/pandemia-y-capitalismo-de-vigilancia-por-aram-aharonian/

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Ante el eje del mal (viral), repensar el sur ante el mundo muy diferente de la pospandemia

Gobernantes, políticos y líderes nacionales y mundiales de la derecha ultramontana, entre ellos los aún jefes de gobierno Donald Trump (EE.UU.), Boris Johnson (Reino Unido) o el imitador Jair Bolsonaro (Brasil), han sobrepasado todas las fronteras de la ineptitud en su gestión de la pandemia del COVID-19, constituyendo un eje viral en el mundo.

Con su gran capacidad histriónica de mentir continuamente y de desviar la atención de los ciudadanos de un país que ya es líder mundial en contagios y muertes por la pandemia, Trump anunció que EEUU suspendió temporariamente la transferencia de fondos para la Organización Mundial de la Salud.

Acusado de ignorar las advertencias de sus propias agencias de inteligencia sobre la gravedad del virus y de no actuar de manera oportuna, Trump dijo que «los retrasos que experimentó la OMS al declarar que una emergencia de salud pública costó un tiempo valioso, enormes cantidades de tiempo”. Y acusó a la OMS de oponerse a las prohibiciones de viaje y de repetir la propaganda del gobierno chino de que el virus no se podía transferir de persona a persona.

Anunció que su administración revisa lo que él describió como el papel «desastroso» de la organización, a la que acusó de «encubrir» el brote del coronavirus en China«La realidad es que la OMS no pudo obtener, examinar y compartir información de manera oportuna», dijo Trump. «La OMS falló en su deber básico y debe rendir cuentas».

Trump ha acusado a casi todos –desde China, la OMS, el expresidente Barack Obama, los gobernadores, los medios de comunicación– por su propio fracaso al responder a la crisis sanitaria. “Él, básicamente, se declaró rey Trump”, le respondió el gobernador de Nueva York, Andrew Cuomo, donde la cifra de muertos superó los diez mil.

En 2002 el entonces presidente George Bush entabló la guerra contra lo que llamó “el eje del mal” (Irak, Irán y Corea del Norte) para insertar esa idea en el imaginario colectivo de los estadounidenses y del mundo y así justificar la invasión a Irak  (y luego muchas otras). Veinte años antes Ronald Reagan había calificado a la Unión Soviética como “el imperio del mal”.

Respaldado por medios como el Wall Street Journal, el 24 de marzo, en  su campaña contra la cuarentena, sacrificó el confinamiento general en el tabernáculo de la “destrucción” económica del país y de la amenaza de una “grave recesión”. El tendal de muertos y contagios se agranda cada día: más de 600 mil casos y 26 mil fallecidos.

Pero Trump, Johnson y Bolsonaro no son los únicos: Alexander Lukashenko, dictador de Belarus (diez millones de habitantes), dice que no hay que cambiar nada en el cotidiano, y por eso determinó que todo siga igual. Combatir el coronavirus es sencillo, explicó: basta con hacer sauna y beber vodka. Y Gurbanguly Berdinuhamedow, en Turkmenistán (seis millones de habitantes), adoptó una decisión bastante más radical: prohibió expresamente que se pronuncie o escriba la palabra coronavirus.

Patoteros opacos, bufones brillantes e irresponsables sin redención, los califica Eduardo Febbro desde París.

Siguiendo el negacionismo del gobierno de Estados Unidos, varios países de América Latina, con gobiernos neoliberales, han demorado la puesta en marcha de medidas de aislamiento, condenando a un eventual genocidio. Es el caso de Brasil, de Ecuador, de Chile, de Colombia, donde la ciudadanía pide urgentes medidas contra el virus -con cacerolazos en las noches- y son los movimientos sindicales y sociales quienes salen en auxilio de la población más necesitada.

La crisis sanitaria producida por la pandemia muestra la debilidad de un sistema mundial regulado para beneficiar a sectores minúsculos de la población y desamparar a las grandes mayorías: carencia de infraestructuras científicas y médicas y la consecuente desprotección de los más vulnerados. ¿Es debilidad o todo está fríamente calculado?.

Los grupos monopólicos de poder globalizado poseen agendas ajenas a los grandes problemas de la humanidad: la salud, los derechos humanos básicos, el trabajo, el medio ambiente, la violencia institucionalizada, la disparidad de género o las guerras no aparecen como problemas acuciantes que deben ocupar el centro de las preocupaciones políticas y/o económicas. Para el neoliberalismo financiarizado, estas temáticas son analizadas sólo como oportunidades de negocios, explica el sociólogo argentino Jorge Elbaum.

Las cifras de contagio y muerte revelan una geografía de clases donde los más pobres  son los más devastados. Son primero víctimas no del virus, sino de la mayor desigualdad económica y social de las últimas nueve décadas. La epidemia es la tapadera perfecta para un golpe a las libertades. Algunas decisiones que están tomando estos días los poderosos,  nos acompañarán por años.

Acaparamiento, compras masivassubidas astronómicas de precios, mientras el desempleo se multiplica y se reducen los salarios de aquellos que aún conservan sus trabajos. La gente reacciona con histeria porque los políticos irresponsables minan la fe en la ciencia y en los medios de comunicación. Será difícil aprender a confiar otra vez.

El Covid 19 puso en descubierto, en todos los países que se basan en la lógica del mercado, la precariedad de la salud pública y la ausencia del Estado y de la planificación, con un “mercado laboral” desregulado, precarizado y mercantilizado en extremo, con niveles de desigualdad y pobreza económica, habitacional y energética que conforma el eslabón más débil de la sociedad.

Mientras un importante número de petroleras, aerolíneas y sectores industriales se enfrentan a posibles bancarrotas (y quizá a una mayor concentración del sector), las economías de plataformas, los servicios de telecomunicaciones, han tenido crecimientos sobresalientes junto con las grandes corporaciones trasnacionales de la biotecnología y de desarrollo farmacéutico.

Quizá esta nueva crisis no indique necesariamente un colapso del sistema capitalista, pero sí, al menos, una nueva  puja por el cambio en las manos que lo conducen.  Principalmente, dos sectores de la economía están transitando un acelerado crecimiento y son los que se alimentan de la vanguardia en ciencia y tecnología: el de las telecomunicaciones y el biotecnológico-farmacéutico.

En Francia, primer destino turístico del mundo con 90 millones de viajeros en 2019, y vecino de Italia y España, el presidente Emmanuel Macron recién empezó a diseñar medidas preventivas fuertes a mediados de marzo cuando dijo en la televisión “estamos en guerra”, dos días después de realizar la primera vuelta de elecciones municipales (la segunda vuelta la suspendió).

Pero la realidad es que los hospitales franceses llevan años de huelgas y movimientos sociales en protesta por mejoras de salarios y contra su desmantelamiento y la privatización encubierta de la salud.

En Gran Bretaña, sordo ante los reclamos de la comunidad científica, el conservador Boris Johnson, recién decretó la cuarentena el 23 de marzo tres días antes que él y su ministro de Sanidad, Matt Hancock, empezaron a sentir los primeros síntomas de la enfermedad, que ya cobró 12 mil víctimas fatales.

En Brasil, Jair Bolsonaro propuso plegarias, misas en los templos en un enfermizo negacionismo de la cuarentena pese a las medidas propuestas por su ministro de Salud (y que por suerte implementaron gobernadores de diferentes estados), lo que le valió que los militares de su gabinete asumieran la conducción de la batalla viral.

Los pálidos triunfos ante la pandemia se han debido a las medidas preventivas tomadas a tiempo, la capacidad de intervención colectiva del Estado, la ciencia y los servicios públicos. El hospital y la salud pública pasaron de ser el presupuesto a eliminar según las recetas de ajuste del Fondo Monetario Internacional, a convertirse en salvadores posible, creíble, el único amparo ante el tsunami del virus.

Cuando ya debiéramos pensar en cómo serán las sociedades pospandémicas, en cómo reconstruir nuestros países, nuestras sociedades, incluso nuestras soberanías, pareciera que -¡al fin!- las miradas ya no se dirigen al norte.

La tarea es la de redescubrir nuestro sur, mirarnos en nuestro propio espejo, vernos con nuestros propios ojos. Hay que repensar todo: quizá todo el conocimiento adquirido sirva para saber que no va a servir para las próximas décadas, cuando sea necesario olvidarse de la inserción en el mercado mundial, para afianzar una política agroalimentaria que garantice la alimentación y supervivencia de nuestros pueblos.

No podemos seguir con los mismos versos, con las mismas consignas. Hay que comprender que aquel mundo del que hablábamos hasta hace una cuarentena ya no existirá más. La tarea es redescubrirnos desde el sur, el de la solidaridad, las culturas plurales, la innovación humana, la defensa de la naturaleza, partiendo de un nuevo pensamiento crítico para un mundo que será muy distinto al que aún soportamos hoy.

No pensar en oportunidad de negocio, como es la lógica capitalista, sino en la oportunidad de salvar vidas.

Fuente: https://rebelion.org/ante-el-eje-del-mal-viral-repensar-el-sur-ante-el-mundo-muy-diferente-de-la-pospandemia/

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¿Ya nada será igual en América Latina después del Covid19?

¿Ya nada será igual en América Latina después del Covid19?

Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Aram Aharonian

No sabemos aún cuál será el desenlace de la pandemia del Covid-19, ni sabemos qué nuevas turbulencias sociales, financieras, políticas, económicas y militares podrá desatar pero, a la vez, divisamos también signos de una transformación en ciernes.

No todo será como era: hay que repensar el mundo que viene y reconsiderar las prioridades de su agenda. En una región hoy llena de temerosos con tapabocas, queda en claro que la prioridad no es el pago de la deuda externa, sino los problemas de salud pública.

El mundo, nuestra América Latina, ya no serás igual. Quizá sea demasiado optimista, pero en medio del temor, la desinformación y la manipulación abierta por grupos cavernarios, las sociedades van reaccionando pasado el primer impacto, y a las muestras de psicosis y paranoia que condujeron a compras de pánico, la solidaridad surge como el aliciente para garantizar la sobrevivencia humana.

Desde ya deberíamos de abandonar la idea de volver a “la normalidad”, a “lo de antes”, porque lo de antes ya no existe. Hemos descubierto que ante una crisis real lo que funciona es lo público, pese a que lo público fue y es denostados día sí y día porque la maquinaria de (des)información. De golpe aprendimos que un servicio no es un negocio sometido a “las reglas del mercado”, verso que solo sirve para que se aplique la ley de la selva.

Estamos inaugurando la época de los imprevistos permanentes: ayer un temporal, hoy el coronavirus, y mañana -¡ay mañana!- seguramente la crisis económica. Y luego la de la escasez de recursos. Se esfuma la planificación como se hizo durante toda la historia humana,  pues esta época (el Holoceno) ya está dejando paso a la siguiente, el Antropoceno, la del caos y la impredecibilidad.

Hacer planes de la misma manera que antaño sería como intentar rellenar el mar con arena, señala el científico y físico español Antonio Turiel. El daño sistémico que se está causando ahora y que aún se extenderá durante varias semanas es irreparable; es el Inicio del fin del capitalismo.

El  Coronavirus es la primera gran pandemia del capitalismo trasnacionalizado, que desnuda la crisis de un sistema económicosocial diseñado por los dogmas neoliberales desde inicios de la década de 1970.

Pero, héte aquí, que aparece en momentos en que en América Latina aparece una conciencia colectiva que exige (incluso con estallidos sociales en Haití, Colombia, Ecuador, Chile) la presencia del Estado y la participación social organizada para ocuparse de los problemas, que garantice el acceso a las necesidades básicas de manera igualitaria.

Dos alternativas opuestas se abren en el oscuro horizonte, dice Yuval Harari en el Financial Times: una, el desarrollo de la tecnología médica ofrece una salida distópica pero hoy posible, la vigilancia se mete debajo de la piel para monitorear (no solo) la salud de poblaciones enteras. La otra, para quienes sueñan con la privacidad como motor de la historia, es la cooperación global en el plano de la información, el comercio y las migraciones. Y ahora que EEUU ya no lideran al mundo: ¿quién podrá salvarnos?

(Hago un paréntesis. Desde Paris me escriben que el cielo está depejado y las nubes de smog parecen haber desaparecido: el parate vehicular está salvando al medio ambiente)

Pero nuestra América latina no será la misma (cuidado, no digo que será peor). El impacto del coronavirus Covid-19 en las cadenas globales de valor hará que el desempleo en la región crezca un 10 por ciento, aumentando también la pobreza y la pobreza extrema. De un total de 620 millones de habitantes en América Latina, el número de pobres en la región subiría de 185 a 220 millones de personas, en tanto que las personas en pobreza extrema podrían aumentar de 67.4 millones a 90 millones.

La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) advirtió que la crisis del Covid-19 pasará a la historia como una de las peores que el mundo ha vivido, el poner en riesgo un bien público global esencial, la salud humana.

Y afectará a una ya debilitada economía mundial tanto por el lado de la oferta como de la demanda, ya sea a través de la interrupción de las cadenas de producción –que golpeará severamente al comercio mundial– como a través de la pérdida de ingresos y de ganancias debido a un alza del desempleo y mayores dificultades para cumplir con las obligaciones de deuda.

La interrupción de las cadenas globales de valor afectaría principalmente a México y Brasil, países que importan partes y bienes intermedios desde China para sus sectores manufactureros, en especial en los casos de repuestos para automóviles, electrodomésticos, productos electrónicos y farmacéuticos. Mientras, el precio del petróleo cae a precios que no justifican su producción.

La región creció a una tasa estimada de apenas 0.1% en 2019, y los últimos pronósticos de la Cepal realizados en diciembre pasado preveían un crecimiento de 1.3% para 2020. Pero, el organismo estima una contracción de -1,8% del producto interno bruto regional, lo que podría llevar a que el desempleo en la región suba en diez puntos porcentuales.

La crisis sanitaria global no solo es un gran desafío para los sistemas de salud y la economía en el mundo, sino que constituye un problema biosocial que obliga a las naciones a volver al desaparecido sentido de comunidad internacional.

La pandemia hizo que las naciones volvieran a mirarse en comunidad al constatar que no podían enfrentar la emergencia solos, pero a la vez se enfrentan con la contradicción de dictar medidas nacionales, como el cierre de fronteras.

Un panorama regional

La crisis del Covid-19 fue aprovechada por Estados Unidos, que presionó a varios países para imponer, nuevamente, a Luis Almagro como secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA). Fue muy higiénico: todos los presentes usaban guantes de látex. La embajadora mexicana Luz Elena Baños fue categórica;  “Inicia usted, señor secretario, un segundo periodo, no solo con la falta de apoyo, sino con el rechazo de un grupo importante de Estados”

“Su elección es una patética expresión de lo que cualquier Misión de Observación Electoral (MOE) observaría como malas prácticas. Expresa la profundización de las diferencias y de las fracturas en el hemisferio. Es muestra del triunfo de la conducción parcial de la OEA, de un Secretario General que actúa como otro Estado miembro, y no como un facilitador. Un Secretario General que no cree en la reelección e hizo todo lo posible por reelegirse, usando nuestros recursos para lograrlo”, abundó Baños.

Mientras la región aprovecha la experiencia europea para ponerle frenos a la difusión del virus, los sociólogos insisten en que hay que trabajar para impedir que el distanciamiento entre las personas obligado por el virus –sin cara y por ahora sin cura- se transforme en aislamiento.

La excepción es Brasil, cuyo presidente, Jair Bolsonaro, no parece dispuesto a tomar ninguna medida contra los contagios, a pesar que 22 de quienes integraron su comitiva a Estados Unidos, donde se reunió con Donald Trump y el Comando Sur, dieron signos positivos al virus.

Y puso en marcha la “coronafé” (¿será la etapa superior del realismo mágico?), señalando que sólo la fe salvará al pueblo, repitiendo la consigna de los pastores evangélicos que lo financian y sustentan. Las megaiglesias evangélicas continúan abiertas, mientras el virus se expande sin control.

Belice es el único país de la región que aún no tiene casos de Covid19. Argentina entró en cuarentena total. El aislamiento obligatorio que dispuso el presidente Alberto Fernández rige hasta el 31 de marzo: toda la población debe permanecer en su casa y sólo puede desplazarse en su barrio para la compra de productos esenciales, mientras se estudia cómo prevenir la violencia doméstica que podría desencadenarse por el confinamiento.

En México, el Consejo de Salubridad General determinó que el Covid-19 será tratado en México como enfermedad grave de atención prioritaria, por lo que se detonará todo un proceso de atención por parte de la Secretaría de Salud en los próximos días.

Perú ya declaró el “Estado de Excepción”, Ecuador lo hizo con el “Estado de Emergencia” y ambos países decretaron el toque de queda para horarios nocturnos, lo mismo que sucedió en Bolivia.  En Uruguay ya se evalúa la “cuarentena general”, mientras que en Brasil la gente cacerolea y protesta en las calles para exigirle a Jair Bolsonaro –que cree que se trata de una fantasía china y no de una pandemia- que tome medidas.

Por su parte, Chile entró en “Estado de Excepción Constitucional de Catástrofe” por noventa días, lo que le otorga múltiples atribuciones a su presidente, Sebastián Piñera. Además de dotar de mayores atribuciones a las Fuerzas Armadas chilenas en las calles, en el marco de un contexto de abierto conflicto social, el decreto permite al presidente activar aislamientos de ciudades y decretar el toque de queda cuando creyera necesario.

El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, denunció que en medio de la pandemia, Estados Unidos persigue los aviones y barcos que transportan alimentos a su país, y sostuvo que está dispuesto a ir al infierno con tal de conseguir ayuda, luego de que el Fondo Monetario Internacional rechazó prestar cinco mil millones de dólares. “Tengo que denunciarlo, Estados Unidos está recrudeciendo sus medidas criminales contra el pueblo de Venezuela, dijo Maduro en cadena de radio y televisión.

La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) vaticinó que la crisis humanitaria de Venezuela se agravará aún más por la pandemia de coronavirus, y exhortó a los organismos multilaterales a pensar en la población y ofrecer ayuda. Alicia Bárcena, secretaria ejecutiva del organismo de la ONU, pidió a EEUU que levante las sanciones económicas que ha impuesto a ese país para ayudarle a capear el coronavirus.

“La comunidad internacional debe pensar en la gente… No podemos dejar a nadie de lado en esta crisis”, sostuvo.

Hasta el FMI se dio cuenta

Muchos hablan de una similitud de esta crisis con la de 1929 o como continuación de la del 2008. Obviamente se refieren sólo  a lo financiero. Pero esta vez la crisis abarca los dos extremos, tanto la oferta (nos e produce) como la demanda (no hay consumo)

EEUU y la Unión Europa anunciaron la movilización de seis billones de euros para hacer frente a la crisis. No es difícil para ellos, hacen funcionar la “maquinita” y salen los euros y dólares. El caso de Iatalia, que “produjo” ya 750 mil millones de euros. No es que en nuestra región los gobiernos no hagan uso de la “maquinita”, pero solo les salen erales, pesos, sucres, bolívares…

El presidente estadounidense Donald Trump pasó de jactarse por una economía que volaba, a navegar en un caos bursátil que ya supera a la crisis de 2008. Frente al peligro de que su reelección sea puesta en jaque, la Casa Blanca hizo esta semana un giro de 180 grados con respecto a la pandemia. Mientras, el Congreso se prepara para aprobar el paquete de rescate económico más costos de la historia de EEUU, de 1,6 billones de dólares (1,6 trillons en inglés).

“Los gobiernos deberían usar transferencias de efectivo, subsidios salariales y desgravaciones fiscales para ayudar a los hogares y negocios afectados a enfrentar esta parada temporal y repentina en la producción”, señaló el director del Departamento del Hemisferio Occidental del FMI, Alejandro Werner.

Disminuirá la inversión y la actividad económica en países que dependen en gran medida de las exportaciones de petróleo, e incluso la actividad del sector de servicios probablemente se verá más afectada como resultado de los esfuerzos de contención y el distanciamiento social.

Los bancos centrales deben aumentar la supervisión, desarrollar planes de contingencia y estar preparados para proporcionar una gran liquidez a las instituciones financieras, en particular a los préstamos a pequeñas y medianas empresas, que pueden estar menos preparados para soportar interrupciones prolongadas, añadió.

Werner fue categórico: “para la región, la recuperación que esperábamos hace unos meses no ocurrirá y un 2020 con crecimiento negativo no es un escenario improbable” en un escenario de caos por la amenaza de paralización del comercio exterior como consecuencia de la crisis del coronavirus

Y, aunque usted no lo crea, el FMI está impulsando a los países a que tomen drásticas medidas de fortalecimiento del sector de salud y que apliquen medidas económicas contracíclicas y de contención de una posible crisis generalizada.

Condonar la deuda ya

El expresidente ecuatoriano  Rafael Correa, el exvicepresidente boliviano Álvaro García Lineras y el líder opositor colombiano Gustavo Petro solicitaron la condonación de la deuda externa soberana de los países de América Latina por parte de Fondo Monetario Internacional (FMI) y de otros organismos multilaterales (BID, BM, CAF) e instaron a los acreedores privados internacionales a que acepten un proceso inmediato de restructuración de la deuda que contemple una mora absoluta de dos años sin intereses.

“Nadie puede dudar que ahora es un momento oportuno para hacerlo si se quiere afrontar con éxito esta situación tan difícil. No podemos exigir a los países que hagan políticas efectivas en materia de salud pública para afrontar la actual pandemia y, al mismo tiempo, pretender que sigan cumpliendo con sus obligaciones de deuda, señala un documento emitido por Celag.

No podemos exigirles que implementen políticas económicas que compensen los daños de esta catástrofe mientras deben seguir pagando a sus acreedores. Es absolutamente incompatible hacer efectivo un plan de restructuración económica en el futuro próximo con los actuales niveles de endeudamiento externo (en promedio, supone 43.2 por ciento del producto interno bruto en América Latina), agrega el documento.

Colofón

Cada crisis es también una oportunidad y quizá la epidemia actual nos ayude a darnos  cuenta del grave peligro que representa la desunión global. Y sobre todo, que lo entiendan de una vez por todos los socios-cómplices de Estados Unidos en nuestra región, los que siguieron a pie juntillas los dictados de Washington para terminar con la cooperación e integración, vaciando o bombardeando Mercosur, Unasur, Celac…

¿Volveremos a la cultura de los centros comerciales? ¿Se viene una virtualización de nuestras vidas y estaremos monitoreados por el Gran Hermano?¿Se terminó la lucha de clases, ya que los ricos tampoco están salvados? No tengo respuesta a ninguna pregunta por ridícula que parezca, sólo la convicción de que la América latina que vivimos –disfrutamos, luchamos, sufrimos- hasta principios de marzo, ésa no volverá.

Si el vacío dejado por EEUU no lo llenan otros países, no solo será mucho más difícil detener la epidemia actual, sino que su legado continuará envenenando las relaciones internacionales en los próximos años.

Nuestros países –y, en general la humanidad toda- necesita tomar una decisión, y la alternativa es clara: desunión para beneficiar a los más poderosos o solidaridad global. Seguramente si elegimos la segunda alternativa, será una victoria de todos contra el coronavirus y también contra las futuras epidemias, catástrofes y crisis.

Autor: Aram Aharoniam.- *Periodista y comunicólogo uruguayo. Magíster en Integración. Fundador de Telesur. Preside la Fundación para la Integración Latinoamericana (FILA) y dirige el Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE, www.estrategia.la) y susrysurtv.

 

Fuente de la Información: https://www.nodal.am/2020/03/ya-nada-sera-igual-en-america-latina-despues-del-covid19-por-aram-aharonian/

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Las creencias con las que se fabrica el techo de cristal

Por: Alejandra Aguado 

No hay una sola mujer que habite hoy el planeta que vaya a conocer la igualdad de género. Al menos, no de continuar el ritmo actual de progreso hacia tal objetivo. Una niña nacida hoy tendría que vivir más de 202 años para experimentar qué significa tener las mismas oportunidades, salario, derechos, poder, voz… Que los hombres. Pese a los avances conseguidos desde la Declaración y Plataforma de Acción de Beijing de 1995 en la lucha contra la violencia de género, la reducción de la mortalidad materna o garantizar la educación para las niñas, los prejuicios representan un lastre que ha ralentizado el paso. Todavía en 2020, un 47,4% de la población del mundo dice que los varones son mejores líderes políticos y un 41,4% cree que son más idóneos para mandar en los negocios. Es lo que ha encontrado un estudio del Programa de la Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) publicado este jueves.

«Es inaceptable e insatisfactorio. Los cambios no suceden a la velocidad y escala necesarias», opina Raquel Lagunas, asesora para cuestiones de igualdad de género en el PNUD, sobre los dos siglos que llevará cerrar la brecha de género. «Las normas sociales, las expectativas, los prejuicios, los sesgos de género, el sistema de creencias son los mayores obstáculos para seguir progresando», explica por teléfono. Para Pedro Conceição, director del equipo encargado del Informe sobre Desarrollo Humano, un ejemplo claro se ve en la participación política. «Las mujeres no tenían derecho al voto a principios del siglo XX. Ahora sí, es un progreso básico. Pero si miras a los jefes de Estado, ellas apenas representan un 5%», apunta desde su despacho en Nueva York.

El techo de cristal no solo impide el ascenso de las mujeres en la esfera del poder político, sino también económico y social. Mientras que algunas leyes y programas han abierto algunas grietas, esta barrera se mantiene fuerte a base de ideas contrarias a la igualdad de género. De acuerdo con el estudio, el 91% de los hombres y el 86% de las mujeres de los 75 países (81% de la población global) en los que se han realizado encuestas tienen al menos uno de esos pensamientos machistas. Aparte de los ya citados sobre la capacidad para ser líderes, un 30% cree que está justificado que un varón pegue a su pareja y el 50% de los hombres cree que ellos tienen más derecho a un trabajo.

Estos prejuicios no son solo cosa de hombres. De hecho, las mujeres también tienen incorporadas estas ideas machistas en sus pensamientos que acaban paralizando el progreso de todas y también de ellas mismas. «Los sesgos de género son inhibidores de oportunidades. Por ejemplo, a partir de los 12 años, las niñas empiezan a levantar menos la mano en clase; con lo que se restan posibilidades de expresar sus ideas. Es tres veces más difícil para las mujeres llegar a ser políticas por barreras externas, pero también por sesgos propios», apunta Lagunas.

Esto se traduce en una sobre representación de la población femenina en trabajos informales y precarios, así como no remunerados en el hogar. Pero apenas un 21% son empleadoras y un 12% millonarias. «Las mujeres hoy son las más cualificadas de la historia (…) Pero parece que eso no es suficiente para conseguir la igualdad en la edad adulta», escriben los autores. La elección de las opciones educativas también están condicionadas por los prejuicios. Así, solo un 15% de las graduadas en carreras relacionadas con la ciencia, tecnología y matemáticas (STEM, por sus siglas en inglés) son chicas.

En la esfera privada, las normas sociales también tienen un impacto negativo sobre la vida de las mujeres. Cada año, 12 millones de niñas son víctimas de matrimonios forzados, lo que en la mayoría de los casos significa que tienen que dejar sus estudios, quedan embarazadas a muy temprana edad y están expuestas a un mayor riesgo de sufrir complicaciones en el parto. «Por regiones, las mayores tasas se dan en África con un 36% de mujeres enlazadas antes de cumplir los 18, y el sur de Asia con un 29%», destaca el estudio del PNUD. Además, cuatro millones están en riesgo de ser sometidas a la mutilación genital femenina anualmente. El 70% de las víctimas de trata detectadas en todo el mundo son niñas y mujeres, la mayoría de ellas con fines de explotación sexual. «Es sorprendente que una de cada 20 niñas de 15 a 19 años —alrededor de 13 millones— haya sufrido un acto de violación en su vida, una de las formas más violentas de abuso sexual que pueden sufrir», denuncia un informe lanzado por Unicef en el marco de la campaña Generación Igualdad.

«El sistema de normas y creencias lo incorporamos desde que somos pequeños; son sesgos inconscientes de género sobre lo que significa ser hombre y mujer», analiza Lagunas. En general, la sociedad espera que ellas sean las encargadas del hogar y ellos lleven el pan a casa, detalla el informe. «Trabajar esto requiere una nueva metodología», anota la experta. «Tiene que haber un cambio sistémico en la familia, que es la institución más resistente al cambio porque se considera privada, y también en la escuela, la religión, los medios de comunicación, la cultura… En definitiva en los espacios de socialización».

El documento del PNUD insta a los Gobiernos a tomar una batería de medidas en esta línea. Dar un salto de lo tangible —leyes, políticas, compromisos y declaraciones públicas— a lo invisible. Cambiar mentalidades requiere de intervenciones «más complejas», reconoce Lagunas. «Pero se puede conseguir cerrar la brecha», comenta positiva. «Ahora se necesitan otras políticas. Lo más efectivo en este sentido es crear conciencia, un sistema de incentivos y más inversión en educación», enumera Conceição. Una vía es, por ejemplo, impulsar los permisos de paternidad. «Esto cambiará la expectativa de que siempre será la madre quien cuide del bebé», explica. Lagunas propone «conversaciones significativas» como se trabaja en algunos programas sobre igualdad de género del PNUD. «Es una cuenta pendiente cómo trabajar con hombres y niños», añade.

Además de la complejidad, este tipo de intervenciones enfrentan otros retos. Uno de ellos es que los resultados se observarán en el largo plazo y los mandatarios suelen buscar resultados rápido. La igualdad de género tiene que convertirse en un «compromiso de país», afirma Lagunas. La calle, tomada por una marea morada de mujeres a nivel global, lo está reclamando. El movimiento feminista ha tomado fuerza en los últimos años; fenómenos como el Me Too, el Ni una menos y más recientemente la expansión del himno Un violador en tu camino dan cuenta de ello. Pero algunos líderes no solo son cortoplacistas, sino que no creen que la igualdad de género sea un objetivo a perseguir, como establece la Agenda 2030 de desarrollo sostenible que acordaron todos los países miembros de las Naciones Unidas. «La sociedad tiene sesgos de género, no es sorprendente que se reflejen en sus líderes», opina Conceição.

Otra piedra en el camino hacia la igualdad de género es el surgimiento de nuevas discriminaciones. El director del informe de desarrollo humano del PNUD apunta dos. Las que generan el cambio climático y las nuevas tecnologías.  Ellas son «más vulnerables» al primero pues son quienes mayoritariamente desempeñas labores relacionadas con la naturaleza, como la agricultura. En cuanto a la brecha digital, Conceição subraya cómo los algoritmos y la inteligencia artificial «restan oportunidades de trabajo a las mujeres pues los sesgos de género hacen que se oferten las opciones mejor remuneradas a los hombres».

El horizonte dibujado en la Declaración de Beijin, «el plan más progresista que jamás había existido para promover los derechos de la mujer», según ONU Mujeres, sigue lejos. “Hace 25 años, los gobiernos del mundo asumieron un compromiso con las mujeres y las niñas, pero solo han cumplido parcialmente su promesa. Aunque la comunidad internacional ha demostrado la voluntad política necesaria para enviar a muchas niñas a la escuela, ha fracasado vergonzosamente a la hora de dotarlas de las aptitudes y el apoyo que necesitan no solo para labrarse su propio futuro, sino para vivir con seguridad y dignidad”, afirma en un comunicado la directora ejecutiva de Unicef, Henrietta Fore. “El acceso a la educación no es suficiente, debemos también cambiar los comportamientos y las actitudes hacia las niñas. La verdadera igualdad solo llegará cuando todas las niñas estén a salvo de la violencia, sean libres de ejercer sus derechos y puedan disfrutar de las mismas oportunidades en la vida”, zanja.

Fuente e imagen tomadas de: https://elpais.com/elpais/2020/02/26/planeta_futuro/1582741781_843286.html

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¡Ay, cuando los multimillonarios hablan de desigualdad!

Por: Aram Aharonian

Más de tres mil grandes empresarios, personalidades políticas de primer orden mundial y representantes de instituciones internacionales se encontraron del 21 al 24 de enero en el Foro Económico Mundial que, como cada año desde hace 1971, se da cita en la ciudad alpina de Davos.

Este modelo capitalista ya no sirve (o sirve cada vez a menos) y por eso hoy el debate sobre los impuestos a los ricos y la desigualdad empieza a crecer en las potencias occidentales. La desigualdad creciente generada por el capitalismo está poniendo en jaque al sistema democrático no es novedad. El 1 por ciento de los más ricos del planeta acapara más del 50 por ciento de los recursos globales, por citar solo una de las escandalosas cifras de desigualdad.

El contexto del cónclave, como ya es la norma desde hace tres lustros, fue el de fortaleza militar: amurallada por el ya habitual dispositivo de seguridad; con no menos de 5.000 efectivos de distintas fuerzas en la calle; el espacio aéreo cerrado durante una semana; así como múltiples y sofisticados controles para acceder al Palacio de Congreso, sede principal del evento.

Control de seguridad que busca «proteger» a los presentes de cualquier tipo eventual de protesta ciudadana. Un centenar de multinacionales de las más conocidas a nivel mundial son los socios/miembros del Foro Económico de Davos. Entre ellas el Credit Suisse y el Deutsche Bank, la Nestlé, ABB, Barclays y Google, por citar solo algunas. Con una inversión significativa: en torno de 240 millones de francos (cifra semejante en dólares) para cubrir una buena parte del presupuesto del cónclave anual. Otras 1.200 compañías – entre las cuales las mil más grandes del planeta— aparecen como miembros «menores», aunque también cotizan cuotas millonarias.

En medio de una polarización social mundial creciente y de la crisis ambiental sin salida, el debate oficial de la 50ª edición del Foro de Davos estuvo centrado en la necesidad de repensar del capitalismo y vislumbrar una corrección del sistema para que sea más integrador, menos excluyente y más distributivo, en el que las empresas no solo apuesten a sus propias ganancias.

Klaus Schwab, fundador del evento Davos, había enfatizado previo al Foro que «el capitalismo descuidó el hecho que una empresa es un organismo social» y no solo un ente con objetivo de lucro. Llegó, dijo, a ser «un capitalismo que se desconectó cada vez más de la economía real». Amén.

Horas antes de comenzar el Foro, el Fondo Monetario Internacional realizó su habitual encuentro con la prensa, donde Kristalina Georgieva, la nueva directora, inició su intervención señalando la «recuperación perezosa. Estén listos para actuar si el crecimiento se ralentiza de nuevo», enfatizó, dirigiéndose a los grandes empresarios.

Los debates, en un ambiente de feria de ideas, con miles de actividades dispersas, encuentro de intereses, firmas de convenios y proliferación de negociados entre pares, no aportó conclusiones conceptuales significativas. No sorprende que de Davos 2020 más que contenidos/conclusiones salgan imágenes mediáticas.

Un escándalo desigual

En la víspera del inicio de Davos, la ONG Oxfam publicó su informe anual, donde indicó que los 2.153 mil millonarios que existen en el mundo poseen una riqueza superior a la de 4.600 millones de personas, es decir, el 60% de la población mundial y señaló que la desigualdad en el mundo no solo está profundamente arraigada, sino que «llega a un nivel escandaloso».

En América Latina y el Caribe —totalmente ausente en esta edición de Davos a nivel presidencial— el 20 % de la población concentra el 83% de la riqueza. El número de mil millonarios pasó de 27 a 104 desde el año 2000. En paralelo, la pobreza extrema sigue creciendo: en 2019 el 10,7% de la población (en torno de 66 millones de latinoamericanas/os y caribeñas/os – padecía ese flagelo.

El aumento de la desigualdad económica en todo el mundo, el deterioro del empleo y la aparición del cambio climático como condición económica prioritaria conducen inevitablemente a la cuestión de que el PIB ni las estadísticas cuantitativas miden realmente la riqueza de un país o de un grupo social. Por lo tanto, carecen de verosimilitud para establecer el bienestar social.

La verdadera riqueza de un país se mide por su capacidad para mejorar la vida de sus ciudadanos; por lo tanto, requiere no solamente más producción, sino también redistribución. No es descabellado proponer que un indicador de bienestar incluya además una medida de calidad medioambiental, es decir, el grado de deterioro de la salud (y no sólo física) inducido por la calidad del aire respirable o el entorno urbano, señala el diario conservador español El País.

La tarea de los Gobiernos no se agota en aumentar la cantidad de producción, de consumo o de empleo; se les requiere para que mejoren la situación de los ciudadanos.

La desigualdad es la causa estructural del malestar social en la región. Por ello, necesitamos avanzar de la cultura de los privilegios a la cultura de igualdad y la inclusión social, afirmó Alicia Bárcena, secretaria ejecutiva de la Cepal, en el Foro Económico Mundial 2020 que culminó este viernes 24 en Davos, Suiza.

Más de tres mil grandes empresarios, personalidades políticas de primer orden mundial y representantes de instituciones internacionales se encontraron en la ciudad alpina de Davos en el Foro Económico Mundial, como lo hacen desde 1971. Ya no tiene la contraparte, el Foro Social Mundial.

El contexto de cónclave, fue el de fortaleza militar, con un control de seguridad que busca «proteger» a los presentes de cualquier tipo eventual de protesta ciudadana. Es que un centenar de multinacionales de las más conocidas a nivel mundial son los socios/miembros del Foro Económico de Davos.

Entre ellas el Credit Suisse y el Deutsche Bank, la Nestlé, ABB, Barclays y Google, por citar solo algunas. Con una inversión significativa: en torno de 240 millones de francos (cifra semejante en dólares) para cubrir una buena parte del presupuesto del cónclave anual. Otras 1.200 compañías – entre las cuales las mil más grandes del planeta— aparecen como miembros “menores”, aunque también cotizan cuotas millonarias.

Latinoamérica y el Caribe

«Las protestas en la región tienen un hilo común que es la desigualdad y pueden convertirse en una oportunidad para el cambio social. A partir de las movilizaciones hemos visto cómo algunos gobiernos han accedido a avanzar en mejoras estructurales a bienes públicos esenciales, como salud, educación, pensiones y transporte», afirmó Alicia Bárcena, titular del Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal).

Bárcena subrayó que hay un desencanto social que se manifiesta principalmente en los más jóvenes de la región, debido a que se generaron expectativas que no han sido cumplidas. Asimismo, destacó la importancia del respeto por los derechos humanos y el derecho a la protesta, y llamó a construir nuevos pactos sociales con miras a garantizar el bien público.

«Muchos países no contemplan el derecho a la protesta. En las Naciones Unidas defendemos los derechos humanos, la igualdad, la justicia y las voces de los que no tienen voz», señaló.

Funcionaria de la ONU, Bárcena dijo que es urgente avanzar en la construcción de Estados de Bienestar, basados en derechos y en la igualdad, que otorguen acceso a protección social y a bienes públicos de calidad, como salud y educación, vivienda y transporte. «El 76,8% de la población de la región pertenece a los estratos de ingresos bajo y medio-bajo, que vive con un ingreso inferior a tres líneas de pobreza», alertó.

Precisó que a 2017, más de la mitad de la población adulta (52%) de los estratos medios no había completado 12 años de escolaridad, mientras que el 36,6% tenía ocupaciones con un alto riesgo de informalidad y precariedad. Además, el 44,7% de las personas económicamente activas de los estratos medios no están afiliados o no cotizan en un sistema de pensiones.

Hasta el FMI conjuga desigualdad

Hasta la búlgara Kristalina Georgieva, nueva mandamás del Fondo Monetario Internacional, en Diálogo a fondo, el blog del FMI sobre temas económicos de América Latina, planteó «reducir la desigualdad, que en la última década se ha convertido en uno de los problemas más complejos y desconcertantes de la economía mundial para generar oportunidades».

Detalla varias desigualdades: de oportunidades, intergeneracional, entre mujeres y hombres y de ingresos y riquezas. Afirma que esas desigualdades, en muchos países, están en aumento, y que hay que tener voluntad para abordarlas. Indica que ejecutar reformas para atender ese problema «es difícil desde el punto de vista político», pero menciona que los réditos «en materia de crecimiento y productividad valen la pena».

¿Un cambio en la visión de la nueva conducción del FMI respecto a las anteriores, al señalar que es necesario replantear el problema y, antes que nada, en lo que se refiere «a políticas fiscales y tributación progresiva»?

La titular del FMI, para argumentar sus preocupaciones contra la «desigualdad» en el foro de Davos, olvidó, obviamente mencionar que el sistema capitalista es la fábrica de esa creciente desigualdad, construida históricamente bajo el capitalismo. La titular del FMI, entre las políticas propuestas para superar la desigualdad, sugiere concentrarse en tres aspectos.

El primero remite a una «tributación progresiva», que podríamos definir en el sentido de que tributen los que más tienen, los que más acumulan; a contramano de la lógica liberalizadora hegemónica de los sistemas tributarios de los últimos años, especialmente en EEUU, donde Donald Trump bajó los impuestos a la renta y los beneficios, especialmente del sector más concentrado.

En el discurso de Georgieva hay cierta empatía con el neodesarrollismo de Joseph Sriglitz o Paul Krugman y también con las opiniones del papa Francisco. Sustenta que «reformas de la estructura de la economía podrían respaldar aún más la lucha contra la desigualdad al reducir los costos de ajuste, minimizar las disparidades regionales».

También habla de la necesidad de apuntalar el gasto social (ya no habla de las políticas de ajuste impuestas en todo el mundo por FMI) y le da principal atención a los rubros de salud y educación, que difieren absolutamente con los párrafos de los acuerdos de préstamos realizados con distintos países, entre ellos varios latinoamericanos, que busca achicar el gasto público social.

Hay un excelente manejo de las palabras. Habla de preparar a los trabajadores «para que cubran el creciente número de plazas de trabajo en el sector verde», lo que en realidad fue  promoción de las reaccionarias reformas laborales y previsionales, condición esencial en los préstamos otorgados a nuestros países.

«Si tuviera que identificar un tema al comienzo de la nueva década, aumentaría la incertidumbre» y para ejemplificar destaca «los incendios forestales en Australia, asociados al cambio climático»; el «conflicto en Medio Oriente» y el acuerdo para «sanar las fracturas» de la guerra comercial entre EEUU y China. Otro excelente manejo del discurso: obviamente el problema no es el clima sino el modelo productivo capitalista que destruye la naturaleza.

La preocupación de Georgieva y sus mandantes está en la incertidumbre producida por la desigualdad del sistema capitalista («puede alimentar el populismo y la agitación política», dice en el portal del FMI). A lo que le temen es la epidemia de estallidos sociales en América Latina y en Europa.

Incluso señaló que «en el Reino Unido, por ejemplo, el 10 por ciento superior ahora controla casi tanta riqueza como el 50 por ciento inferior. Esta situación se refleja en gran parte de la OCDE , donde la desigualdad de ingresos y riqueza ha alcanzado o está cerca de niveles récord».

El tema de la riqueza hiperconcentrada, ha sido acompañado por la derecha con discursos de odio, racismo y xenofobia. Y, como los límites ambientales se hacen visibles, dificultan seguir hablando de un hipotético crecimiento como solución a la pobreza: solo queda repartir mejor lo que hay… e incluso hablar seriamente de decrecimiento, señala Claudio della Croce, investigador del Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico.

Desde el estallido financiero 2008 y los subsiguientes ajustes presupuestarios que impactaron en el bolsillo de las mayorías, el tema se ha vuelto central en el mundo desarrollado. Y, obviamente, también en América Latina. En las recientes protestas en Colombia el impuesto a los ricos y a las corporaciones fue cobrando cada vez más importancia. En Chile, uno de las pintadas que mejor ilustraron el desprestigio del Gobierno fue «evade como Piñera».

La igualdad no existe sin ausencia de discriminación, es decir, sin el reconocimiento de diferencias sin jerarquías entre ellas (hombre/mujer, blanco/negro, heterosexual/homosexual, religioso/ateo), señala el sociólogo portugés Boaventura de Sousa Santos. Explicar la igualdad al 1% es como explicar al diablo que Dios es bueno.

«Las epistemologías del Sur permiten reconceptualizar el capital financiero global, verdadero motor de la extrema desigualdad entre pobres y ricos, y entre países ricos y países pobres, como una nueva forma de crimen organizado, de un crimen contra la propiedad de los trabajadores y de las clases empobrecidas, constituido por varios crímenes-satélite, sean estos el estelionato, el abuso de poder, la corrupción», añade.

El capital financiero global, en su actual configuración, no es solo un crimen contra la propiedad de los más pobres, sino también un crimen contra la vida y contra el medio ambiente.

Dos años después del estallido de la crisis de 2008, en Estados Unidos surgió el Patriotic Millonaires, un ejemplo notable y excéntrico de este debate, al decir de Marcelo Justo en Página12. El requisito básico para ser miembro es tener ingresos de más de un millón de dólares anuales o bienes equivalentes a cinco millones.

Pero a diferencia de otros clubes de millonarios (o multimillonarios como el Club Bilderberg), proponen que se suban los impuestos a los más ricos para frenar la creciente desigualdad y ante lo que economistas ortodoxos, como Paul Krugman y Lawrence Summers, calificaron de estancamiento secular.

Estos millonarios apuestan por una redistribución progresiva del ingreso. El director de Patriotic Millonaires, Morris Pearl, exdirector de Black Rock, una de las más importantes firmas de inversión en el mundo, fue explícito: «A mí no me gusta pagar más impuestos, no lo disfruto, pero quiero vivir en un sistema en el que haya mayor igualdad A esta altura, yo no trabajo y, sin embargo, gano mucho más que los que trabajan y estoy pagando menos impuestos que ellos. Esto no es positivo para el conjunto del país».

Un argumento del capitalismo para justificar la reducción de los impuestos a los más ricos es que así se estimula la inversión y que, con más inversión, se genera más empleo y, de esa manera, la riqueza se derrama al resto de la sociedad. Pero la realidad muestra que sucede todo lo contrario: una desigualdad mayor y una economía que entra en crisis.

Pearl sostiene que si se aumenta el salario, se va a aumentar el consumo y con esto se incrementan las ganancias, lo que, a su vez, va a generar más inversión, que es precisamente lo ocurrido en Seatle (EEUU), con la duplicación del salario mínimo de los trabajadores.

Otro argumento frecuente a favor de la reducción impositiva a los ricos es que estimula y premia la meritocracia, partiendo de la base de que los ricos son ricos por su esfuerzo, porque se lo merecen. Pero si uno revisa la lista de millonarios en EE UU se verá que la mayoría proviene de familias que eran muy ricas. Bill Gates o Mark Zuckerberg son dos casos típicos. Tuvieron una familia detrás que los sostuvo hasta que sus proyectos se concretaron.

«La mayoría de la gente que tiene un trabajo y que, con frecuencia necesita más de un trabajo para sobrevivir, no tiene tiempo de andar pensando en grandes creaciones o aventuras comerciales», añade el multimillonario Pearl, quien afirma que la reforma impositiva de Donald Trump favoreció a los que más tienen y a una mayor concentración de la riqueza.

Este debate no se limita a EEUU, pero en América Latina produce estallidos sociales. Basta recordar que dos multimillonarios (Mauricio Macri y Sebastián Piñera) fueron presidentes en los últimos años en Argentina y Chile.

Y si se sigue con la política actual inevitablemente habrá rebeliones sociales que harán muy difícil la convivencia democrática. El concepto mismo de democracia está en juego porque este minúsculo grupo de multimillonarios utiliza el dinero para incrementar su poder político y usa ese poder político para incrementar su riqueza, añade.

Seguir las políticas impuestas por EE UU a través de los organismos financieros internacionales como el FMI, el Banco Mundial o el Interamericano de Desarrollo llevó a estallidos también en Haití, Puerto Rico, Ecuador y Colombia.

«Soy consciente de que las groseras desigualdades continúan separando a los afortunados de los desafortunados en todo el mundo», señaló Bill Gates, creador de Microsoft y el segundo hombre más rico del mundo, en una reflexión de fin de año publicada en su blog. «He sido premiado desproporcionadamente por el trabajo que hice», reconoce.

A la documentalista Abigail Disney, bisnieta y heredera de Roy, uno de los fundadores de Disney, su riqueza no le impidió denunciar en 2019 la cantidad de trabajadores de Disneyworld que cobran el salario mínimo, apenas suficiente para sobrevivir, mientras la compañía declaraba ganancias por 13.000 millones de dólares.

El tema llegó a la campaña electoral estadounidense. La precandidata demócrata Elizabeth Warren publicó un spot publicitario en el que dice explícitamente que es hora de aprobar un «impuesto a la riqueza», seguido de imágenes de los millonarios que critican la idea y se victimizan, mientras se explican con textos breves las formas dudosas o directamente ilegales con las que hicieron sus fortunas, incluso en momentos de crisis o gracias a ella.

Obviamente, Michael Bloomberg y Leon Copperman, dos ultrarricos, critican a Warren con todo el poder de los medios. Otros candidatos como Bernie Sanders o Alexandria Ocaña-Cortez suelen apuntar a la desigualdad estructural que limita las posibilidades de la inmensa mayoría de progresar solo por nacer en el lugar equivocado. Cuando los multimillonarios hablan de desigualdad, hay que poner las barbas en remojo. No es que no les guste la desigualdad. Lo que pasa es que le temen a los estallidos sociales que los deje sin el pan y sin la torta.

*Publicado por Wall Street Journal Magazine

Fuente e imagen: https://rebelion.org/ay-cuando-los-multimillonarios-hablan-de-desigualdad/

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La geografía como verbo, no como sustantivo.

Por: Alberto Acosta

 

La geografía debe cumplir un servicio mucho más importante.

Debe enseñarnos, desde nuestra más tierna infancia,

que todos somos hermanos,

cualquiera que sea nuestra nacionalidad

Piotr Kropotkin  

Constituye un gran honor abrir una conferencia de geógrafos y geógrafas en un país como Ecuador, cuyo nombre proviene de una línea imaginaria, producto del trabajo de una comisión científica que tenía que ver con geografía. Cuando en el siglo XVIII se discutía si la Tierra estaba achatada por los polos o por la mitad, se optó por enviar una misión a que midiera la longitud del arco del meridiano en “el ecuador de la Tierra”. El trabajo que realizaron los geodésicos franceses, entre los que se destacó Charles Marie de La Condamine, con el concurso activo de un nativo de estas tierras: Pedro Vicente Maldonado, marcó una época de discusiones científicas en Europa. [3] Ese esfuerzo científico, relacionado con una línea imaginaria, nos dejó de herencia el nombre de esta república andina: Ecuador.

En Francia se había decidido que esta medición estuviera a cargo de dos comisiones científicas: una en estas tierras ecuatoriales y, simultáneamente, otra en las tierras árticas. Se optó por enviar dicha misión a los Andes, en la Real Audiencia de Quito, que formaba parte de la colonia española. Las otras opciones en la línea ecuatorial no eran las mejores: África ecuatorial no estaba explorada, es decir que aún no había sido colonizada; Borneo no se había abierto al mundo; y la Amazonía tenía unas características inadecuadas por la espesura de sus selvas.

Motivado por este antecedente, asumí la tarea, reconociendo que no soy un geógrafo profesional, pero que durante mi vida he sentido una atracción permanente por esta ciencia cuya vivencia rebasa ampliamente los gabinetes de académicos y expertos. Del “cuarto de mapas” al mapa satelital.

Es evidente que los mapas no hacen a la geografía, pero no es menos cierto que estos son instrumentos fundamentales para esta ciencia y sus aplicaciones; y para muchas personas, como fue en mi caso, la puerta de entrada a la geografía se da a través de los mapas. En la década de los cincuenta, durante la escuela, y luego en el siguiente decenio, en el bachillerato, el “cuarto de mapas” ejercía una atracción especial. El maestro extraía de allí unos cartones o unos lienzos, muchas veces llenos de colores, en donde “asomaba” el mundo, el país, la provincia, el barrio… Poco a poco estas mapotecas, de pergaminos apolillados y amarillados por el tiempo, fueron cambiando para incluir mapas en relieve y de colores aún más vistosos, con mapamundis, atlas temáticos… Este esfuerzo de aprendizaje lo completábamos haciendo mapas, ya sea dibujándolos o fabricándolos en relieve con papel maché…

Desde entonces, tres mapas dan todavía vueltas por mi cabeza. El de Juan Gualberto Pérez, un mapa de Quito, impreso en 1888 en París, que presenta “todas las casas” de la ciudad, orientado hacia el occidente, no hacia el norte, en donde está el volcán Pichincha… Con el tiempo entendería que en ese mapa aparecen las casas construidas para determinados segmentos de la sociedad, no necesariamente las viviendas de los constructores, es decir, de los albañiles y peones, sobre todo indígenas, que construyeron Quito. El mapa del geógrafo alemán Teodoro Wolf, impreso en Leipzig, en 1888, resulta por igual inolvidable, con una estructura alargada que recoge y resalta el eje norte-sur de Ecuador, teniendo en su costado izquierdo inferior las islas Galápagos y en su parte inferior derecha toda la Amazonía ecuatoriana que, en ese mapa, llegaba hasta Tabatinga en el Brasil; allí se destaca una leyenda: “Zonas poco conocidas habitadas por indios salvajes”, frase que para mí cobraría vida, con los años, al comprender el trato que ha recibido en esa región ―y en Ecuador entero― el mundo indígena. Y ese enorme país imaginario se plasma por igual en otros mapas que reproducen su supuesta grandeza; en este tercer caso me refiero al mapa de fray Enrique Vacas Galindo, de factura parisina, impreso en 1906, en donde Ecuador por el norte incluye al puerto de Buenaventura, con Pasto, Popayán, Cali, Buga, Champanchica y Guarchicona; por el sur llega hasta el Alto Ucayali, casi lindando con Bolivia, y en el extremo oriental, nuevamente se topa con Brasil . [4]

Recuerdo también que, a más de los mapas, esta materia escolar y colegial demandaba mucha memoria: ríos, montes, lagos, hoyas, cabos, golfos, ciudades, países… había que aprenderlos todos, muchas veces en el orden correspondiente. A pesar de lo poco pedagógico que resultaba este método memorístico, muchas veces impuesto de forma brutal ―sobre todo en el colegio―, no perdí nunca mi afición por la geografía. Para probar nuestra memoria, una de las preguntas recurrentes era saber con precisión en qué cuenca oceánica desembocan los ríos andinos: en el Pacífico o en el Atlántico. Por cierto, pasarían también muchos años para comprender lo importante que es saber por dónde corren y en dónde desembocan los ríos; así, por ejemplo, en estos días, con la pretendida explotación de minerales en el páramo de Quimsacocha, en la provincia ecuatoriana de Azuay, que está siendo detenida por sus comunidades, que están en contra de gobiernos y mineras, afloran las amenazas de esta actividad extractivista para los tres ríos que nacen en ese páramo: el Tarqui, que luego de bañar tierras azuayas fluye por la Amazonía hasta llegar al Atlántico; el Yanuncay, que suministra la tercera parte del líquido vital a Cuenca, y que va también por la vía amazónica; mientras que el tercer curso fluvial, que tiene su origen en la misma región andina, llega al Pacífico regando amplias zonas agrícolas en la costa ecuatoriana…

La geografía me llegó también por otras vías. Los libros de aventura llenaron de vida los mapas y los accidentes geográficos aprendidos de memoria. Julio Verne y Emilio Salgari destaparon mi imaginación y el deseo de conocer otras realidades, otros mundos. Un libro que me regaló mi abuelo, cuando cumplí once años, es decir, hace ya seis décadas, La tierra y sus recursos, de Leví Marrero, impreso en La Habana (1957), me encaminó, sin entenderlo a cabalidad en ese entonces, a una primera lectura de los extractivismos, pues de eso precisamente trata este texto: los recursos de la naturaleza explorados, explotados, mercantilizados en nombre del desarrollo. Recordemos que en 1949, un par de años antes, había empezado la mayor cruzada de la humanidad por alcanzar el desarrollo; varias décadas después entendería que tal desarrollo no es más que un fantasma.

Desde una vertiente menos lúdica que la ofrecida por las aventuras de Verne, me nutrí de los viajes de Alexander von Humboldt, considerado por muchos como el “segundo descubridor de América”. Este científico alemán marcó una época con su viaje por estas tierras entre 1799 y 1804. Fue un personaje que, durante sus travesías, sin que con esto desmerezca sus aportes, muchas veces “descubría” lo que ya se sabía en el mundo indígena; por ejemplo, el sistema fluvial que une el Orinoco con el Amazonas o la misma corriente… de Humboldt.

Eran épocas de rápidos cambios tecnológicos. Del radio a tubos se pasaba al transistor. Aparecían las primeras televisiones a blanco y negro. Comenzaban los viajes al espacio: el soviético Yuri Gagarin, el miércoles 12 de abril de 1961 , sería el primer ser humano en viajar al espacio en la nave Vostok 1; desde allí mandó un mensaje potente de indudable actualidad justo cuando vio la Tierra desde lo alto: “Pobladores del mundo, salvaguardemos esta belleza, no la destruyamos”, nos dijo. Y con eso se confirmó, una vez más, que el planeta es redondo, como lo habían visualizado Pitágoras, Eratóstenes de Cirene, Nicolás Copérnico… y que, de hecho, había sido comprobado por Cristóbal Colón. Valga señalar en este punto que en nuestro mundo no faltan quienes creen todavía que la Tierra es plana, o que también hay una geografía propia de una Tierra subterránea.

Sin entrar en más detalles, lo cierto es que mi trajinar por el mundo me llevó a estudiar geografía económica en la Universidad de Colonia, Alemania, en los años setenta. Allí, en un curso sobre los recursos naturales, el profesor Hans Michaelis me presentó por primera vez unos mapas satelitales. Entonces también, en un curso sobre movilidad humana, pude estudiar, desde una perspectiva geográfica, los flujos migratorios en la Europa de la posguerra, cuando las oleadas de trabajadores extranjeros que llegaban a Alemania desde diversas regiones del viejo continente configuraban un proceso de círculos concéntricos, que se extendían paulatinamente desde las periferias más cercanas a las más lejanas.

Desde entonces, el salto ha sido cada vez más vertiginoso. Hoy, los mapas de Google o el GPS o la misma tecnología G-5 ya no nos sorprenden. La explosión globalizante de las tecnologías no puede, sin embargo, ocultar la realidad de un mundo dominado por una civilización, la civilización capitalista que globaliza y desglobaliza acelerada y permanentemente… haciendo y deshaciendo los mapas en función de las apetencias del poder, como veremos más adelante.

La locura de un mundo cada vez menos humano

Sin negar cuán importantes son los veloces avances tecnológicos ―tanto los de las últimas décadas como aquellos por venir― es evidente que estos no siempre benefician a toda la humanidad. Por ejemplo, hay segmentos enormes de la población mundial que no acceden por igual a la informática. Aun hoy, en pleno siglo XXI, cientos de millones de personas no han tenido contacto con internet . Y muchos que sí lo tienen son verdaderos analfabetos tecnológicos: son prisioneros de nuevas tecnologías que no conocen ni pueden usar a plenitud, al tiempo que devienen cada vez más en adictos sumisos, pasivos y dominados de ellas y sus empresas.

Además, tanto avance tecnológico no es indispensable para resolver los graves problemas sociales que afectan a la humanidad, por ejemplo, el hambre. Producimos alimentos en el planeta que cubrirían las necesidades de 10 u 11 mil millones de personas, más que suficiente para los actuales 7,6 mil millones de humanos; pero bien sabemos que diariamente se van con hambre a su casa ―si es que la tienen― entre 800 millones y mil millones de personas. De hecho, las soluciones frente a la urgencia de asegurar los mínimos nutricionales para todos los habitantes del planeta no pasan por más tecnología alimentaria, ni más productividad. Basta ver cómo cada año alrededor de un tercio de todos los alimentos producidos en el mundo se desperdician. A más de la inequidad en su distribución, se los produce para saciar el hambre del automóvil o incluso por razones especulativas. Y todo esto devastando la biodiversidad en tanto se priorizan actividades agrícolas rentables para el capital sustentadas en el monocultivo y en el uso destructor de agroquímicos y organismos genéticamente modificados.

Más grave aún es ver cómo los avances tecnológicos recientes han devenido en “ una herramienta capaz de controlar multitudes con la misma eficacia que el control individualizado. Las tecnologías que se han desarrollado en los últimos años, muy en particular la inteligencia artificial, van en esa dirección… se desarrollan prioritariamente aquellas que son más adecuadas para el control de grandes masas ”, explica Raúl Zibechi (2018, párr. 2). Un ejemplo es el monitoreo absoluto chino: el sistema de vigilancia del país más poblado del mundo llegó a la identificación facial ―logro de ciencia-ficción―; ya han instalado 176 millones de cámaras de vigilancia, y hasta el 2020 esperan haber colocado otras 200 millones. Nadie puede dudar que vivimos en una época de dominación tecnológica, que como anota el mismo Zibechi: “ es parte de la brutal concentración de poder y riqueza en los estados, que son controlados por el 1 por ciento más rico ” (2018, párr. 7).

Las redes sociales, que parecían liberalizadoras, incluso democratizadoras (recordar la Primavera Árabe), son cuestionadas. George Soros, [5] el gran especulador global, en el Foro del 1 % más Rico, en enero del año 2018, en Davos, afirmó que mientras petroleras y mineras explotan el medio ambiente, las redes sociales explotan el ambiente: influyen en cómo la gente piensa y actúa, implicando un riesgo para la democracia (volviéndose hasta un problema de salud pública). Facebook, propietaria de Instagram y WhatsApp, registra más de 2130 millones de personas como parte de su comunidad, mientras que 332 millones tienen cuenta de Twitter; estas cifras crecen diariamente. El 67 % de adultos norteamericanos declara informarse vía redes sociales. Estas no necesariamente crean la información, pero sí la priorizan según las necesidades de los negocios involucrados, es decir, de la acumulación de sus capitales.

Esta afirmación obviamente repercute en la economía global, pues las redes sociales y sus desarrollos tecnológicos son monopolizados por pocas grandes transnacionales, que combinan el control de la información con la especulación financiera, en un ejercicio de acumulación global inaudito.

Esos “logros” del progreso provocan violencias múltiples, propias de un sistema que ahoga toda dimensión vital. Productivismo y consumismo, alentados desde el ansia de lucro incesante, el patológico “amor al dinero” (Keynes 1930) [6] y al poder que este representa, [7] crean una “civilización del desperdicio” (Schuldt 2013) destinada al abismo. Sin duda, esta es “la era de la supervivencia” (Giraldo 2014), donde la especie humana se juega su futuro en cada paso. Un acertijo de escasas soluciones, peor si se confirma que “la estupidez es una fuerza cósmica democrática. Nadie está a salvo. Y ya sea en el norte, el sur, el este o el oeste, cometemos las mismas estupideces una y otra vez. Parece existir algo que nos hace inmunes a la experiencia” (Max-Neef 2017).

Tanto avance tecnológico, atado casi siempre a la voracidad de acumulación del capital, ha contribuido a la destrucción ambiental, en la medida que se subordina la naturaleza a las demandas de dicha voracidad. El resultado de la tendencia a la mercantilización de la naturaleza es la continua ruptura del “metabolismo” entre el mundo social y natural; ruptura en donde los límites naturales van siendo superados dramáticamente, poniendo en riesgo tanto a la vida humana como a cualquier forma de vida dentro del planeta. Basta mencionar algunos potenciales efectos de esa tendencia a la mercantilización natural en tiempos capitalistas: la emisión de gases de efecto invernadero y el calentamiento global causado por la actividad humana [8] (que va llegando a temperaturas récord, como en el caso de los océanos); la acelerada pérdida de biodiversidad y procesos de extinciones masivas, lo cual está amenazando seriamente el suministro mundial de alimentos; el incremento de las migraciones forzadas a causa de la mortal combinación de cambio climático y conflictos bélicos; la deforestación de la Amazonía; la exacerbación del extractivismo, el cual trae consigo corrupción, profundización de relaciones racistas y patriarcales, violencia (incluyendo el asesinato de quienes se oponen al extractivismo) y demás efectos socioterritoriales; la latente amenaza generada por un creciente gasto armamentístico, por un lado, y el peligro nuclear por otro… Todo esto como parte de la mencionada “civilización del desperdicio”, como brillantemente lo demostró Schuldt (2013).

Frente a esta indiscutible realidad cabe preguntarnos: ¿cuál es el papel que cumple la geografía?

Los mapas como herramienta del poder

La geografía tiene un enorme potencial político. Eso es indiscutible. Ha servido y sirve para ordenar los territorios, inclusive para organizar y hasta dirigir la sociedad y la producción en el espacio, partiendo muchas veces de la ubicación ―no siempre exacta― de determinados accidentes geográficos o la supuesta existencia de recursos naturales. Se puede afirmar, entonces, que ―para bien o para mal― la geografía tiene que ver con el poder, en términos amplios.

Por esa razón, por mucho tiempo, e inclusive en la actualidad, a la geografía, más específicamente a la cartografía, se le confunde con el Estado. La elaboración de mapas es vista todavía hoy como una atribución estatal; el mejor ejemplo de esta afirmación es la posición aún dominante que tiene el Instituto Geográfico Militar en Ecuador, cuyos mapas fueron cotizados tesoros en otras épocas y que hoy son todavía indispensables para procesos judiciales, por ejemplo. Y si los mapas son o han sido casi un monopolio del poder, la enseñanza de la geografía también aparece inmersa dentro de esas estructuras. En síntesis, la geografía se presenta ―desde esa perspectiva― como una ciencia positivista, íntimamente relacionada con otras ciencias de carácter imperial como la economía (Acosta 2015). En ese sentido, constituye un dispositivo de poder propio inclusive de la cultura oficial de los estados.

Sería largo recordar cuántos conflictos se han desarrollado desde la misma elaboración o interpretación de los mapas. Su manipulación ha estado permanentemente presente. No han faltado mapas que se han relacionado con explicaciones de conflictos bélicos. A modo de ejemplo, bastaría recordar que la geografía y su utilización han sido elementos de la historia limítrofe de América Latina, desde la época colonial. Es decir, han sido componentes de dolorosas disputas territoriales; también han sido y aún son parte de la construcción o destrucción del poder.

En mi caso, incluso sin ser geógrafo profesional, o quizás por no serlo, entendí pronto que el poder controla ―o al menos lo intenta― los mapas, que la geografía puede ser y es muchas veces una herramienta de dominación, y que detrás de los mapas hay inclusive ideología… La pregunta muchas veces no es solo qué enseñan o quieren enseñar los mapas, sino qué es lo que ocultan. En síntesis, un elemento determinante en el análisis de los mapas tiene que ver con los efectos de poder que estos trasmiten. Su publicación es por definición un acto político. Su función es sencilla: consolidar o inclusive cuestionar una determinada estructura de poder.

Uno de los casos recientes, y por cierto sonados, es la manipulación cartográfica en relación con la Iniciativa Yasuní-ITT (Acosta 2014). Ecuador sorprendió al mundo en el año 2007, cuando propuso oficialmente dejar en el subsuelo del Yasuní, en plena Amazonía, un significativo volumen de petróleo. Esta propuesta, que surgió mucho antes desde la sociedad civil, no alcanzó a consolidarse a nivel oficial debido a las inconsistencias y las contradicciones del entonces presidente Rafael Correa. Por cierto, también pesó la insensibilidad de los gobiernos de los países más poderosos, que no quisieron asumir sus responsabilidades. Definitivamente, no es cierto que “la iniciativa se adelantó a los tiempos, y no fue comprendida”, como dijo el primer mandatario ecuatoriano, el 15 de agosto de 2013, al anunciar su finalización; en realidad quien no la comprendió y no estuvo a la altura del reto propuesto por la sociedad ecuatoriana al mundo fue el propio expresidente Correa. Y no solo eso, cuando el exmandatario enterró públicamente la Iniciativa Yasuní-ITT se produjo un cambio de rumbo de 180°. Muchos de los argumentos esgrimidos durante seis años dentro y fuera del país para impulsar esta iniciativa fueron olvidados o simplemente negados. La protección de una biodiversidad extremadamente frágil, de la noche a la mañana pasó a ser algo fácil de asegurar. La emisión de CO2 dejó de ser motivo de preocupación. Los potenciales ingresos que generaría el petróleo exportado, como por arte de magia, más que se duplicaron. Simultáneamente, se ofreció a la sociedad la esperanzadora noticia de que, ahora sí, con el crudo del ITT Ecuador ampliaría sustantivamente su horizonte petrolero y por fin se podría erradicar la pobreza… Pero lo que nos interesa en este punto es destacar la manera más grotesca y burda como los pueblos ocultos o en aislamiento voluntario fueron literalmente desaparecidos… de los mapas. Dichos pueblos aparecían en los mapas oficiales hasta el 22 de abril del 2013, antes de ser borrados desde el 24 de agosto del mismo año.

Este acto se enmarca en los procesos históricos de permanente negación de los indígenas o de blanqueamiento de las sociedades. Procesos en los que la cartografía siempre jugó un papel importante para el saqueo y la dominación, como ya anotamos en el caso del mapa de Teodoro Wolf. Ese trajinar comienza con la cartografía hecha por el Papa, cuando dividió Abya Yala entre Portugal y España con el Tratado de Tordesillas (1494); tal cartografía autorizó a los imperios a territorializar y a explotar los recursos naturales y a sus poblaciones… punto de partida de la conquista y colonización, presentes todavía en las actuales épocas republicanas.

¿Qué buscaban los europeos cuando llegaron a América? ¿Qué buscan las transnacionales en la actualidad? ¿Qué pretenden los distintos gobiernos, progresistas o neoliberales?, son algunas preguntas de indudable vigencia.

Cristóbal Colón, con su histórico viaje en 1492, sentó las bases de la dominación colonial, con consecuencias indudablemente presentes hasta nuestros días. Colón buscaba recursos naturales, especialmente especerías, sedas, piedras preciosas y, sobre todo, oro. Él, quien llegó a mencionar 175 veces en su diario de viaje a este metal precioso, consideraba que “el oro es excelentísimo; del oro se hace tesoro, y con él, quien lo tiene, hace cuanto quiere en el mundo, y llega incluso a llevar las almas al paraíso” (Colón 1986).

Su viaje, en consecuencia, abrió necesariamente la puerta a la conquista y la colonización. Con ellas, en nombre del poder imperial y de la fe, empezó una explotación inmisericorde de recursos naturales. Con la llegada de los europeos a Abya Yala, por efecto, especialmente, del robo y del saqueo, de la sobreexplotación de la mano de obra y del aparecimiento de desconocidas enfermedades en estas tierras, se produjo un masivo genocidio. Esta auténtica hecatombe demográfica se llevó a cabo, en última instancia, en nombre del progreso y de la civilización occidental y cristiana.

Para sostener la producción amenazada por dicho genocidio, se recurrió al violento traslado forzoso de gran cantidad de mano de obra africana esclava. La esclavitud, existente en el mundo desde mucho tiempo atrás, fue un puntal de la colonización europea y permitió el desenvolvimiento global del naciente capitalismo. Fue un importante aporte para el proceso de industrialización al ser una fuerza de trabajo en extremo barata. Esto lo reconocería con claridad Carlos Marx (1846):

Sin esclavitud no habría algodón; sin algodón no habría industria moderna. La esclavitud ha dado su valor a las colonias, las colonias han creado el comercio universal, el comercio universal es la condición necesaria de la gran industria. Por tanto, la esclavitud es una categoría económica de la más alta importancia.

El espíritu inicial de la conquista se plasmó en sucesivos “descubrimientos” de nuevos territorios por su potencial en recursos naturales. Así, el “descubrimiento” económico del Amazonas se cristalizó en 1640, cuando el padre Cristóbal de Acuña, enviado del rey de España, informó a la Corona sobre las riquezas existentes en los territorios “descubiertos” por Francisco de Orellana (1540). Acuña encontró maderas, cacao, azúcar, tabaco, minas, oro… recursos que aún alientan el accionar de los diversos intereses de acumulación nacional y transnacional en la Amazonía.

Desde aquella época arrancó una larga y sostenida carrera tras de El Dorado, que aún no concluye… Oro se buscaba, oro se busca. Cuánta vigencia tiene. La afirmación de Adam Smith (1776): “Cuando estos aventureros arribaban a alguna costa desconocida, preguntaban si en aquellos países había oro, y por los informes que les daban sobre el particular, resolvían o dejar el país, o establecerse en él”.

En la etapa republicana las violencias desatadas por la voracidad de la conquista y la colonización no concluyeron. Aumentaron. Fue el inicio de la cartografía de la dominación.

La maldición de la abundancia

Desde entonces estas economías están, como se ha demostrado a lo largo de la historia, estrechamente vinculadas al mercado mundial. De allí surgen los impulsos para ampliar o no la frontera extractivista y la economía misma. Y cuando las reservas de algún producto declinan o se ven afectadas por cambios tecnológicos, los gobiernos concentran su atención en otros recursos naturales. En todo este empeño conquistador, las geografías dominantes y dominadoras tienen mucho que decir.

La dependencia de los mercados foráneos, aunque paradójico, es aún más marcada en épocas de crisis. Hay una suerte de bloqueo generalizado de aquellas reflexiones inspiradas en la simple lógica. Todos o casi todos los países con economías atadas a la exportación de recursos primarios, caen en la trampa de forzar las tasas de extracción de dichos recursos cuando sus precios caen. Buscan, a como dé lugar, sostener los ingresos provenientes de las exportaciones de bienes primarios. Esta realidad beneficia a los países centrales: un mayor suministro de materias primas ―petróleo, minerales o alimentos―, en épocas de precios deprimidos, ocasiona una sobreoferta, reduciendo aún más sus precios. Todo esto genera un “crecimiento empobrecedor” (Baghwaty 1958).

Cabría pensar también en el vínculo que tienen los precios de los productos primarios de exportación con los grandes ciclos de la economía capitalista mundial identificados, por ejemplo, por Nikolai Kondratieff (1935). Al mismo tiempo, convendría revisar el vínculo de esos ciclos y aquellos que influyen particularmente a las economías extractivistas, que de una u otra manera juegan un papel subordinado en estos procesos de profundas transformaciones tecnológicas, al tiempo que con sus materias primas subvaloradas contribuyen a financiar dichos cambios.

En este tipo de economía extractivista, con una elevada demanda de capital y tecnología, que funciona como un enclave ―sin integrar las actividades primario-exportadoras al resto de la economía y de la sociedad― el aparato productivo en extremo orientado a la economía internacional queda sujeto a las vicisitudes del mercado mundial. En este entorno, la geografía extractivista, la de los recursos naturales como la mencionada por Leví Marrero, juega un papel preponderante.

Estas economías extractivistas quedan aún más vulnerables a la competencia de otros países en similares condiciones, que buscan sostener sus ingresos sin preocuparse mayormente por un manejo más adecuado de los precios. Las posibilidades de integración regional, indispensables para ampliar los mercados domésticos, se frenan si los países vecinos producen similares materias primas, compiten entre sí e incluso deprimen sus precios de exportación en vez de encadenar en un solo bloque sus procesos productivos. Y la integración deviene en un esfuerzo, cartográficamente recogido, de vinculación de las riquezas naturales regionales ―minerales, petróleo, diversidad, agua, etc.― con el mercado mundial. Esta tendencia presenta una perspectiva global y glocal, siempre transnacional, con sus consiguientes enclaves. Los mejores ejemplos los tenemos con la Iniciativa en Infraestructura Regional Sudamericana (IIRSA) o Consejo Sudamericano de Infraestructura y Planeamiento (COSIPLAN): proyectos de integración sustentados en “portafolios de inversiones violentas/sangrientas”.

Eso no es todo. Recurriendo a la simple lógica, es imposible aceptar que todos los países productores de bienes primarios similares ―que son muchos― crezcan esperando que la demanda internacional sea suficiente y sostenida para garantizar un desempeño satisfactorio de sus economías.

Un punto medular. El control real de las exportaciones nacionales depende de los países centrales, aun cuando no siempre se registren importantes inversiones extranjeras en actividades extractivistas. Incluso muchas empresas estatales de economías primario-exportadoras (con la anuencia de los respectivos gobiernos, por cierto) parecerían programadas para reaccionar únicamente a impulsos foráneos. Y no solo eso, pues sus operaciones con frecuencia producen impactos socioambientales tan o más graves que los de las empresas transnacionales; en ocasiones estos entes estatales levantan la bandera del nacionalismo para romper las resistencias de las comunidades que se oponen a la ampliación de la frontera petrolera o minera. Es el accionar de empresas transnacionales y estatales, bajo una misma lógica motivada por la demanda externa, el que influye decididamente en las economías primario-exportadoras.

Casi complementando lo anterior, han sido y son muy limitados (o definitivamente no los hay) los encadenamientos que potencien nuevas líneas productivas, incluso desde las propias actividades extractivistas. Son muy pocos o definitivamente inexistentes los conglomerados productivos para el mercado interno o para ampliar y diversificar la oferta exportable. Tampoco hay una adecuada distribución del ingreso, y a la postre, ni los necesarios ingresos fiscales, porque estos siempre son desbordados por demandas reprimidas o ficticias. Y no solo eso, pues esta modalidad de acumulación (capitalista) orientada en extremo hacia afuera fortalece un esquema cultural dependiente del exterior, que minimiza o definitivamente margina las culturas locales. Asimismo, se consolida un “modo de vida imperial” (Brand y Wissen 2017) en las élites y las clases medias, con un efecto “demostración” incluso en segmentos populares.

Debido a estas condiciones y a las características tecnológicas de las actividades extractivistas, como la petrolera, minera o monocultivos, no hay una masiva generación directa de empleo. El procesamiento de dichas materias primas en los países industrializados es el que demanda una mayor cantidad de mano de obra, no su extracción. Esto explicaría también la contradicción que se da en países que son ricos en materias primas donde, en la práctica, la masa de la población no tiene empleo o cae en el subempleo y, como consecuencia, está empobrecida; mientras que en los países ricos la producción se orienta al consumo de masas, en los que son pobres casi siempre está direccionada al consumo de élites que, encima, consumen una gran cantidad de productos importados.

Esta modalidad de acumulación no requiere del mercado interno ―lo que se plasma en mapas que demuestran la orientación de las vías de comunicación hacia los centros de exportación― e incluso puede funcionar con salarios decrecientes. No hay una presión social que obligue a reinvertir en mejoras de la productividad ni a respetar la naturaleza. Es más, la renta de la naturaleza, en tanto fuente principal de financiamiento de esas economías, determina la actividad productiva y el resto de relaciones sociales, incluyendo la organización territorial. Para colmo, el extractivismo ―sobre todo petrolero o minero― promueve relaciones sociales muchas veces perversas. Véase, por ejemplo, los perniciosos efectos de las relaciones e inversiones comunitarias de estas empresas que terminan por sustituir al propio Estado en la dotación de servicios sociales, sin que esta sea su función específica.

Hay más… Los Estados rentistas construyen un marco jurídico referencial favorable a las empresas extractivistas, que, en varias ocasiones, aprovechan que los propios funcionarios o intermediarios han estado incrustados en los gobiernos. De hecho, hay todo un aparato de abogados y técnicos que no solo buscan el ingreso al país de las inversiones extranjeras sino, sobre todo, que velan para que las reformas legales les sean ventajosas. Esta intromisión ―alentada por organismos multilaterales― se registra una y otra vez en los sectores petrolero y minero, donde los mismos directivos de las empresas o sus abogados llegan a dirigir las instancias de control estatal o la dirección de la empresas extractivistas: la puerta giratoria está a la orden del día. Otra situación retorcida se da cuando gente sin conocimiento asume el funcionamiento de dichas empresas, que en breve se deterioran creando las condiciones para que las transnacionales devengan en las salvadoras de última instancia.

En todos estos procesos, el vaciamiento de los territorios está a la orden del día. Desde la lógica de esa geografía de los recursos naturales, mencionada al inicio, se camina hacia geografías vacías de comunidades, geografías de tierras baldías, geografías de “desiertos” amazónicos, geografías de páramos sin utilidad productiva… geografías de aquellas “ zonas poco conocidas habitadas por indios salvajes”, como decía en su mapa Teodoro Wolf en 1888. En fin, se transforman dichas regiones en territorios de sacrificio, que son condenadas a la función de suministradoras de recursos naturales, muchas veces de manera brutal, como sucede en las provincias amazónicas de Morona Santiago y Zamora Chinchipe en Ecuador. Y así se construyen otras relaciones territoriales: enclaves, conectores, espacios soporte: hidroeléctricas, puertos… (Gudynas 2015). Se producen nuevos paisajes. Registramos montañas en los Andes del Perú, lagunas o ríos que desaparecen en Bolivia o en Colombia, para mencionar de paso apenas un par de ejemplos.

Es un escenario de múltiples efectos derrame locales o nacionales (Gudynas 2015), más allá de los “derrames” ambientales: normativos a través de flexibilizaciones sociales y ambientales; reacomodo de los derechos ciudadanos; y violación de derechos humanos y de la Naturaleza, incluso simbólicos/subjetivos, como pude apreciar con el paso de “de víctimas a beneficiarios” en Paracatu de Baixo/Mariana, luego del brutal derrame minero en Samarco, Brasil.

Carlos Walter Porto-Gonçalves (2018) es muy claro:

Se trazan carreteras, se instalan represas, se blanquea el territorio, tenemos un territorio blanco, que no tiene nada que ver con los pueblos. Eso tiene que ver con una episteme, con una visión colonial que persiste con la misma visión del colonialismo. Entonces tenemos una crisis de un patrón de saber/poder que nos gobierna desde hace 500 años…

Estas son geografías perversas, geografías extractivistas propias de sociedades impregnadas de un ADN extractivista. Los extractivismos demandan nuevas territorializaciones y cambio de subjetividades en nombre del desarrollo/progreso… Se desacraliza la naturaleza para dominarla, sacrificando las comunidades en nombre del desarrollo/progreso, tal como sucedió en el caso del Territorio Indígena Isiboro Sécure (TIPNIS) en Bolivia (Acosta et al. 2019). A partir de una planificación territorial conquistadora emergen “ciudades del milenio”, o como las definen Japhy Wilson y Manuel Bayón (2017), La Selva de Elefantes Blancos, refiriéndose a los centros poblados “modernos” construidos por el gobierno de Rafael Correa para alentar los megaproyectos extractivistas en la Amazonía ecuatoriana. En nombre del desarrollo/progreso se “devoran territorialidades y ocupan geografías nacionales” (Gudynas 2015), teniendo a la violencia como condición necesaria, no como su consecuencia… En nombre del desarrollo/progreso, se arrasa con todo, dejando verdaderos desiertos a su paso.

Todo eso demanda maniobras y manipulaciones cartográficas que desembocan en nuevos mapas, en geografías en las que no aparecen los conflictos, geografías de mirada plana, en donde no se puede identificar con claridad las distintas incidencias espaciales del Estado. Son “geografías manchadas y fragmentadas” (Gudynas 2015). Lo que empezó hace 500 años se acelera más y más como fruto de una mercantilización desenfrenada. A la postre, en nombre del desarrollo/progreso, tenemos una permanente pérdida de soberanía para seguir persiguiendo un fantasma: el desarrollo (Quijano 2000). Los mapas de la resistencia

Lo que debe quedar definitivamente establecido es que, en realidad, no hay territorios vacíos, no hay espacios geográficos vacíos. Estos están habitados por diversas formas de vida humana y no humana; sobre todo destaco aquellos grupos sociales que los habitan con concepciones propias de esos territorios. Son espacios cargados de vivencias, de relaciones. En definitiva, son espacios construidos socialmente, “con acumulación desigual de tiempos”, al decir de Milton Santos (1978), uno de los mayores representantes de la geografía crítica. Espacios desde donde surgen las resistencias, la construcción de alternativas y, por lo demás, nuevas geografías o nuevas formas de hacer geografía.

A más de los mapas que dibujé o que hice en papel maché en la escuela y luego en el colegio, aprendí, muchos años después, la importancia de hacer mapas desde abajo, con la participación de las personas interesadas y afectadas por el poder. Se trata de una geografía que surge desde los sujetos sociales en sus territorios. Los planes de vida de las comunidades indígenas, por ejemplo, demandan conocer y ordenar el territorio como parte de una pedagogía para vivir en común, compartir un lenguaje común y bienes comunes. Es decir, para hacer realidad el Buen Vivir (Acosta 2013).

Esta forma de ordenamiento tiene mucha historia. La gente intenta construir su propio paraíso a partir de lo que podrían ser consideradas cartografías con enfoque de cuenca, por ejemplo. Esta experiencia fue muy aleccionadora en un proyecto amazónico en el que participé activamente por casi cinco años. Con Carlos Córdoba Martínez y Mauricio Betancourt (2004), en ese proyecto se desarrolló una metodología para la construcción de una geografía y de mapas participativos: TACHIWA: Saberes y Prácticas del Ordenamiento Territorial en la Amazonía.

Esta forma de hacer geografía cambió definitivamente mi forma de entenderla. Fue una manera de apreciar con claridad que inclusive la democracia no depende solo del comportamiento humano, sino del propio entorno, que puede ser alterado por el primero incluso llegando a afectar la convivencia democrática. Algo que sucede brutalmente con los diversos extractivismos; solo tengamos ante nuestros ojos las devastaciones que provoca la minería, si queremos mencionar una actividad cada vez más violenta y siniestra.

Si hay otros mapas, también hay otras formas de hacer geografía. Sin ser geógrafos profesionales, sin tener el saber experto, las comunidades indígenas, con sus conocimientos ancestrales, son geógrafos en tanto entienden y ordenan sus territorios: la chacra, el ojo de agua, el camino, las terrazas… definiciones que constituyen pasos fundamentales para la defensa territorial. Podríamos afirmar, entonces, que una sociedad que transforma y entiende su territorio comprende de geografía, está compuesta por geógrafos/as que asumen la construcción de su futuro en sus manos. Esta forma de entender y hacer la geografía choca con la visión desde el poder.

Cabría preguntarse, ¿con cuál de estos procesos se identifican los geógrafos y las geógrafas profesionales?

La pregunta es más que pertinente. No hay LA GEOGRAFÍA, como una única ciencia de indiscutible estructura y vigencia, eso es evidente. A más de las conocidas geografías física, política, humana, de recursos naturales… hay otras formas de calificarlas. La geografía puede ser pasiva o plana. Hay geografías comprometidas/cómplices con el sistema, aquellas que aúpan el vaciamiento de los territorios por la fuerza o “planificadamente”, con las “ciudades del milenio”, por ejemplo. También podemos encontrarnos con geografías pragmáticas; aquellas que, como sucede en muchas ciencias y profesiones, apenas aspiran a hacer las cosas mejor por la vía de la “gobernanza”.

Pero hay otras geografías que no se quedan en lo descriptivo. Que reniegan de toda forma de manipulación. Que critican y no aceptan ser una proyección sesgada al servicio de la mirada del poder. Que son capaces de mostrar los conflictos, la desigualdad, las asimetrías, las violencias y las destrucciones provocadas. Geografías, como dice Carlos Walter Porto Gonçalves (2003) entendidas como verbo: “geo-grafiar”. Se trata, que no quepa duda alguna, de geo-grafiar desde las resistencias, que son el espacio desde donde surgen las alternativas y las propuestas… Desde abajo… Desde los indígenas y campesinos, desde los feminismos, desde los pobladores, desde una gran diversidad de sujetos sociales en diversas partes del planeta, comprometidos con la construcción del pluriverso (Kothari et al. 2019) en tanto horizonte utópico de futuro, es decir, horizontes poscapitalistas.

Esas geografías ―con las que me identifico― no hacen mapas para los reyes, para el Estado, para los extractivismos, para el poder. Son geografías sintonizadas con aquellas visiones que buscan superar el antropocentrismo y los utilitarismos, recuperando las ricas y diversas valoraciones de las comunidades y sus entornos. Diríamos que se trata de geografías estrechamente vinculadas con los derechos humanos y los derechos de la naturaleza.

Se trata de geografías para hacer otro mundo posible. De eso trata este esfuerzo transformador. Demanda, sobre la marcha, imaginar y construir sociedades inspiradas en principios totalmente opuestos a los de la actual civilización, causantes de crecientes desequilibrios, frustraciones y violencias. Sociedades sustentadas en la relacionalidad en vez de la fragmentación; la reciprocidad en lugar de la competencia desbocada; la solidaridad y la correspondencia en vez del individualismo egoísta. La codicia, rectora del capitalismo, debe reemplazarse por la búsqueda de una vida en armonía. Desaceleración, descentralización y desconcentración, sobre todo de las grandes urbes, deben poner un alto al paroxismo consumista y al desbocado productivismo. Y en todo este empeño, desde lo comunitario, desde territorios concretos, habrá que desarmar, democráticamente, las estructuras jerárquicas patriarcales, racistas, empobrecedoras, destructoras, concentradoras y autoritarias. Con todo esto, y contando con geografías emancipadoras, se podrá dar paso a la construcción del pluriverso: un mundo donde quepan muchos mundos, en donde sea posible la vida digna para todos los seres humanos y no humanos.

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――. 2003. Geografando nos varadouros do mundo. Brasilia: IBAMA.

Quijano, Aníbal. 2000. El fantasma del desarrollo en América Latina. En El desarrollo en la globalización. El resto de América Latina, compilado por Alberto Acosta, Nueva Sociedad e ILDIS, Caracas, pp. 11-27.

Santos, Milton. 1978. Por una Geografía nueva. São Paulo: Hucitec/EdUSP. ‹ https://geografiacriticaecuador.files.wordpress.com/2013/01/santos-por-una-geografc3ada-nueva-completo.pdf ›.

Schuldt, Jürgen. 2013. Civilización del desperdicio. Psicoeconomía del consumidor. Lima: Universidad del Pacífico. ‹ http://repositorio.up.edu.pe/bitstream/handle/11354/956/SchuldtJ%C3%BCrgen2013.pdf?sequence=5&isAllowed=y ›.

Sevilla Pérez, Ana Lucía. 2013. El Ecuador en sus mapas: estado y nación desde una perspectiva espacial. Quito: FLACSO, Sede Ecuador.

Smith, Adam.1987 (1776). Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones. México: Fondo de Cultura Económico.

Wilson, Jahpy, y Manuel Bayón. 2017. La Selva de Elefantes Blancos. Megaproyectos y extractivismos en la Amazonía ecuatoriana. Quito: Abya-Yala.

Zibechi, Raúl. 2018. El siglo del control de las masas, Diario La Jornada, 16 de febrero, México, https://www.jornada.com.mx/2018/02/16/opinion/019a1pol  

 


Este texto, publicado en el libro DEBATES ACTUALES DE LA GEOGRAFÍA LATINOAMERICANA, publicado por AGEC – PUCE – IGM – GIZ (2019), se inspira, en gran medida, en las notas utilizadas en la conferencia magistral con la que inauguré el XVII Congreso de Geógrafos de América Latina, el día 9 de abril del 2019. Este texto sintetiza varias reflexiones del autor que viene trabajando sobre la materia desde hace varias décadas. Basta recordar el libro Acosta, Alberto; El Buen Vivir Sumak Kawsay, una oportunidad para imaginar otros mundos, ICARIA, (2013), a partir de una edición preliminar en Abya-Yala Ecuador (2012). (Este libro ha sido editado en ediciones revisadas y ampliadas continuamente, en francés – Utopia 2014, en alemán – Oekom Verlag 2015, en portugués – Editorial Autonomia Literária y Editorial Elefante 2016, en holandés – Uitgeverij Ten Have 2018).

El autor es Economista ecuatoriano. Profesor universitario; sobre todo catedrático de “teorías del desarrollo” en varias universidades del Ecuador y del exterior. Ministro de Energía y Minas (2007), presidente de la Asamblea Constituyente (2007-2008), candidato a la Presidencia de la República (2012-2013). Compañero de luchas de los movimientos sociales dentro y fuera de su país.

Notas:

[3] La novela histórica de Nicolás Cuvi (2012) nos ofrece una forma amena e informativa de aproximación a este viaje.

[4] Para comprender la importancia de los mapas en la historia de Ecuador recomiendo el libro de Ana Sevilla Pérez (2013), El Ecuador en sus mapas: estado y nación desde una perspectiva espacial.

[5] Consultar en https://www.theguardian.com/business/2018/jan/25/george-soros-facebook-and-google-are-a-menace-to-society?utm_source=esp&utm_medium=Email&utm_campaign=GU+Today+main+NEW+H+categories&utm_term=261824&subid=18666060&CMP=EMCNEWEML6619I2

[6] “ El amor al dinero como posesión – a diferencia del amor al dinero como medio para los goces y realidades de la vida – será reconocido por lo que es, una morbosidad más bien repugnante, una de esas propensiones semi-criminales, semi-patológicas de las que se encarga con estremecimiento a los especialistas en enfermedades mentales” (Keynes 1930).

[7] “La inversión y confusión de todas las cualidades humanas y naturales, la conjugación de las imposibilidades; la fuerza divina del dinero radica en su esencia en tanto que esencia genérica extrañada, enajenante y autoenajenante del hombre. Es el poder enajenado de la humanidad” (Marx 1844).

[8] Más allá de las opiniones de los negacionistas del cambio climático, el hecho de que la actividad humana está provocando el reciente calentamiento global es aceptado por la gran mayoría de la comunidad científica.

 

Fuente:  http://www.rebelion.org/noticia.php?id=265227&titular=la-geograf%EDa-como-verbo-no-como-sustantivo-

Imagen: https://pixabay.com/photos/globes-spheres-maps-ball-world-1246245/

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Tú no la conoces, pero deberías…

Por: Alejandra Agudo

Una campaña de la ONG The South Face pone rostro y voz a la mutilación genital femenina, y destaca la importancia de la educación y sensibilización entre iguales para acabar con ella

https://youtu.be/1rhae_eGV7A

«¿Por qué tendrías que saber de dónde soy, quién soy, cómo soy? (..) ¿Quién quiere saber que tuve que esconderme y vinieron a buscarme debajo de la cama, que me cortaron con sus cuchillas y me hicieron cambiar…?». Kamboula, la protagonista de la campaña de The South Face, es la voz de 200 millones de mujeres que han sido sometidas a la mutilación genital femenina. En Somalia y en algunas zonas de Kenia donde trabaja esta ONG, más del 95 y el 80% de la población femenina, respectivamente, han sufrido esta práctica que supone una violación de sus derechos humanos.

«Becamos a chicas de pocos recursos (Kenia/Somalia) que provienen de zonas rurales o de conflicto y que están muy comprometidas con sus comunidades, para que continúen con sus estudios universitarios y se conviertan posteriormente en ejemplos a seguir en su zona», explica Borja Juez, fundador de The South Face. Algunas de ellas han sido mutiladas. Por eso, continúa, los miembros de la ONG están  «muy acostumbrados» a discutir sobre este tema con las beneficiarias. «Es muy duro cuando explican que no eran conscientes del problema que tenían hasta que llegaron a la universidad y lo comprobaron a través de otras chicas que no la habían sufrido», afirma Juez.

«Con la productora Blua apostamos por una filosofía conjunta y es que, a través de la educación, ellas mismas transformen su entorno y de alguna forma cambien la suerte de las nuevas generaciones. Por esto, la campaña apuesta por el placer reprimido, sin desconocer las otras consecuencias que esta práctica tiene para las mujeres, que en casos extremos, puede acarrear la muerte. Al final, es un tema de libertad individual», explica el fundador de la ONG. Y aclara: «El vídeo no pretende jugar con el placer, sino que desde una concepción moral y social, estos asuntos se convierten en un tabú y se callan u omiten para evitar polémica, pero es un tema que debe sobresalir en la opinión pública al tratarse de la desigualdad de condiciones en las que se encuentran las mujeres, que va mucho más allá del daño físico».

El vídeo termina con esta frase: «Hoy puedes conocer a una, para que mañana no haya otra más». Esa una es Kamboula, quien se escondió bajo la cama para evitar ser mutilada, originaria de Malí, país en el que se estima que nueve de cada diez niñas y mujeres son víctimas. «Actualmente vive en Barcelona, estudia Derecho y se dedica en parte al modelaje. Muchos pensarán en la suerte que ha tenido. Partimos de la base de que es afortunada por vivir otra realidad, una realidad occidentalizada de lo que es la fortuna, pero ¿qué sucede cuando sin elección son arrancados de tu vida derechos con los que deberías gozar desde que naces? Lo último que esperarías al ver una mujer inteligente y empoderada es que no tenga libertad de elegir cuándo sentir placer en su cuerpo», sentencia Juez.

Fuente: https://elpais.com/elpais/2020/02/04/planeta_futuro/1580819877_113992.html

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