¿Inteligencia o extorsión artificial?

Por: Emilio Cafassi

-En el umbral del presente siglo, Uruguay desplegó sobre sus campos, ciudades y costas un audaz y vibrante tapiz digital, soñando con una sociedad trenzada por la inclusión tecnológica. Hoy, el tejido se deshilacha entre las manos de monopolios ubicuos y sigilosos. Ceibal encendió pantallas como estrellas en las manos infantiles, mientras Ibirapitá devolvió a los ancianos una primavera digital tardía. Aquella audacia se fundó sobre un concepto claro: la tecnología como derecho, no como privilegio. Sin embargo, ya en diciembre pasado, el artículo que escribí en estas páginas, «Uruguay como eslabón fuerte de soberanía digital», advertía sobre la sombra creciente de los monopolios digitales y la progresiva privatización de lo público, que comenzaba a erosionar aquellas promesas iniciales. El sueño de inclusión enfrentaba entonces, y enfrenta más aún hoy, la amenaza de convertirse en una infraestructura capturada por intereses oligopólicos transnacionales. Un llamado de atención para el gobierno progresista, entonces por asumir.

Frente a esta amenaza, surgieron y continúan surgiendo propuestas alternativas desde diversos espacios intelectuales y políticos, entre ellas las formuladas por la “Coalición por la Soberanía Digital Democrática y Ecológica”, colectivo internacional preocupado por la intervención política en torno a la soberanía tecnológica. Este colectivo, impulsado por académicos e intelectuales comprometidos con la democratización tecnológica y la sostenibilidad ecológica, propone iniciativas concretas para recuperar la autonomía ciudadana frente al dominio digital corporativo. Sus propuestas buscan romper las cadenas de un colonialismo digital, devolviendo a la ciudadanía la soberanía sometida de sus territorios virtuales. La construcción de nubes públicas multiestatatales y plataformas digitales democráticas constituye uno de sus ejes fundamentales, buscando emanciparlas del control corporativo que asfixia sus decisiones más íntimas y devolver a las personas el poder sobre sus datos y decisiones. Como sostuve, no se limita solo al ámbito tecnológico digital, sino que propone una integración transversal con la sostenibilidad ambiental. Desde su perspectiva, la transición digital debe caminar junto a una economía circular de protección de los ecosistemas. Es la conjunción indispensable entre lo digital y lo orgánico, entre circuitos electrónicos y ciclos vitales. Este enfoque integrado reafirma que la innovación tecnológica no puede ser un fin en sí mismo, sino un medio para alcanzar un desarrollo consciente y sostenible. Asimismo, la regulación ética de la inteligencia artificial ocupa un lugar destacado en sus propuestas. Esta regulación busca garantizar la transparencia y la equidad en los algoritmos, evitando que se conviertan en nuevas formas de exclusión y discriminación. En consonancia con el Frente Amplio uruguayo, el colectivo subraya la importancia de fomentar competencias STEM (Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas) desde la educación inicial, formando así a ciudadanos capaces de ejercer un control informado sobre las tecnologías emergentes.

La noción de soberanía digital, central en estas propuestas, implica también un enfoque internacionalista. Una soberanía que, lejos de encerrarse en fronteras nacionales, se extiende como redes solidarias en resistencia al nuevo imperialismo algorítmico. El colectivo plantea la necesidad de crear redes globales basadas en la cooperación y la solidaridad entre Estados, contrarrestando así la dependencia y la vulnerabilidad frente a los oligopolios tecnológicos. La soberanía digital, desde esta visión, no es un repliegue nacionalista, sino un acto de resistencia global frente a las cadenas invisibles del dominio corporativo.

Finalmente, el colectivo enfatiza la necesidad urgente de desmantelar los monopolios culturales y tecnológicos que sofocan la diversidad y estrangulan el pensamiento crítico ciudadano. Proponen una planificación estratégica a largo plazo, orientada a transformar la matriz productiva mediante tecnologías avanzadas, junto a una recalificación laboral que fomente la justicia social y la equidad. Este conjunto de propuestas busca convertir las infraestructuras digitales en bienes comunes, gestionados democráticamente y enfocados en colocar a las personas y al hacer colectivo en el centro de las decisiones.

En paralelo con estas propuestas, Yanis Varoufakis ofrece un juego metafórico que resulta elocuentemente denunciatorio sobre el contexto actual, acuñando el término tecnofeudalismo para describir el nuevo orden que rige nuestras vidas digitales. El tecnofeudalismo convierte al usuario en campesino digital, obligado a sembrar datos, cultivando sus interacciones para que los señores algorítmicos recojan cosechas permanentes de vigilancia y beneficios. Me referí a él en el trabajo de la semana pasada señalando que estas plataformas no producen mercancías en el sentido tradicional, sino que monopolizan territorios digitales desde donde extraen rentas continuas. El concepto tradicional de mercado se diluye frente a una realidad dominada por el acceso restringido y la apropiación continua de valor, no desde el trabajo asalariado, sino desde los gestos mínimos de nuestra existencia conectada. Extremando su tesis en una analogía forzada entre la tierra y las plataformas del ciberespacio, sostiene que el capitalismo ha muerto, no reemplazado por una revolución democrática, sino devorado por una lógica feudal renovada por la tecnología. En este tecnofeudalismo, la explotación ya no es meramente laboral, sino existencial, del mismo modo en que lo concibe el autonomismo italiano o la corriente del capitalismo cognitivo, entre otras. Para el economista griego, el usuario digital, lejos de ser un ciudadano libre, se ha convertido en un siervo atrapado en plataformas controladas por señores invisibles que monopolizan el acceso y cobran rentas sobre cada movimiento digital. Entiendo la potencia de esta narrativa como énfasis crítico, sin por ello comprarle la lápida al capitalismo, ni abrazar la resurrección feudal en clave binaria. El uso impreciso de los conceptos de renta, ganancia y plusvalía o la identificación del ciberespacio con la tierra, sirven solo como subrayado y alarma, sin necesario correlato teórico en mi opinión.

Varoufakis no se limita a señalar este sombrío panorama, sino que propone alternativas radicales y concretas para superarlo. Entre sus propuestas figura la creación de empresas democratizadas, en las cuales cada empleado posee voz y voto sobre decisiones fundamentales. Sugiere también establecer Asambleas Nacionales de Ciudadanos, elegidas al azar, para deliberar sobre legislación, recuperando así la esencia democrática perdida. La socialización del capital digital y la reapropiación democrática de las infraestructuras tecnológicas también forman parte central de sus propuestas, apuntando hacia un socialismo democrático digital, una tecnodemocracia que devuelva la soberanía a las personas sobre su vida digital.

Incluso la descripción del usuario tecnofeudal de Varoufakis, entregado a su propio vasallaje por el atractivo de uso de las plataformas, entregando toda su vitalidad, no está excluido de superar barreras mercantiles a fin de acceder a su placer formatizado. Cada vez más, las plataformas cobran por accesos iniciales o posteriormente diferenciales para su utilización. Es evidente en las de streaming o video on demand como Netflix, Amazon, Disney, HBO, Paramount, Spotify, las aplicaciones de respaldo y procesamiento en la nube y hasta las diversas date apps con sus upgrades premium. El “free trial” se contrapone cada vez más con la suscripción monetaria dando lugar a una suerte de “versionismo” recurrente, que transforma cada derecho en un abono y cada clic en una tasa encubierta.

El modelo está llegando a la inteligencia artificial donde tengo desde hace algo menos de un mes algunas experiencias extravagantes, que no hacen más que ratificar la necesidad de articular procesos de resistencia a la monopolización como en los ejemplos mencionados, que apuntan a la construcción colectiva de nubes, redes y plataformas públicas. Decidí suscribirme a la versión “plus” de ChatGpt de la empresa Openai, a fin de dialogar oralmente desde el celular en otras lenguas y en la laptop realizar traducciones, verificaciones de posibles errores sintácticos de textos y la escritura de líneas de código de scripts en lenguaje Python a partir de instrucciones simples. Nada más, ya que mi experiencia y la de colegas en el uso de esta herramienta como buscador de información, no solo no es recomendable, sino muy peligrosa, ya que inventa datos, lo que en la jerga se llama alucinar. Cualquier lector puede experimentar pidiéndole su propia biografía y resultará ser un autor de textos, un músico, artista variado, deportista o profesional diverso.

A partir de una confusión sobre el débito de la suscripción, fui derivado a un recóndito y esquivo formulario que llevó tiempo encontrar sin respuesta alguna. Ante insistencias, dialogando con la propia plataforma, conseguí el mail de support. Presenté mi queja en español y obtuve respuesta en inglés. No tengo inconveniente en leer en esa lengua, pero interrogué inmediatamente por qué si lo que mejor hace la plataforma es traducir, no se traduce a sí misma. La respuesta fue que el sistema solo devuelve en inglés. No hace falta ser inteligente, artificial o naturalmente, para advertir que es un dispositivo de poder desestimulante de quejas e interacciones, al menos para una proporción importante de usuarios no angloparlantes. Entiende mi idioma materno en el que escribo ahora como si fuese un lujo secundario, una mera cortesía circunstancial que podía ser ignorada por capricho algorítmico. Responder en inglés a un reclamo hecho en español revela no solo desprecio, sino la imposición imperial de una lengua dominante que ignora sistemáticamente la diversidad cultural, no por razones técnicas, ya que es su principal capacidad. Este gesto, lejos de un simple error, desnuda una prepotencia cultural y lingüística disfrazada de eficiencia digital. Consulté si tenía posibilidad de dialogar en inglés con algún humano (las firmas van variando nombres) con previsible respuesta: “no way”.

Desde entonces, lejos de recrear la promesa de conversación fluida derivó en un inquietante laberinto de restricciones arbitrarias y exigencias monetarias encubiertas bajo la apariencia técnica de un servicio más avanzado. Desde el momento en que emergieron alertas insistentes, recordando a cada paso la necesidad de adherirse a una modalidad pro la plataforma reveló su verdadera naturaleza: una extorsión sutil disfrazada de recomendación amigable. Aparecen constantemente mensajes coercitivos, estableciendo límites arbitrarios al número de respuestas posibles como recordatorio explícito del chantaje: o se acepta pagar más, o se enfrenta una reducción severa y repentina en la calidad y continuidad del servicio, amparada en decisiones opacas tomadas desde la comodidad anónima de un algoritmo inescrutable. El resultado es la erosión progresiva de la confianza, el desgaste emocional de enfrentar barreras innecesarias y una profunda desilusión con un sistema que, tras prometer ampliar horizontes, termina imponiendo restricciones inexplicadas o recomendando estériles reseteos, navegadores alternativos, eliminación de cookies y cachés, sin excluir la invocación a alguna plegaria algorítmica en vano.

La crítica hacia ChatGPT es también la crítica hacia el propio modelo tecnológico contemporáneo: una promesa brillante que, si no se reapropia socialmente para la emancipación social, rápidamente se convierte en práctica coercitiva, mercantilización y discriminación sutil o desembozada, condenando al usuario a aceptar la imposición económica, la apropiación de datos o la exclusión comunicacional como primer síntoma.

El último intercambio fue al sostener que antes de hacer las pruebas en mi laptop quería saber si mi suscripción plus de 20 dólares mensuales tiene límites en materia de cantidad de consultas, tiempo o lo que fuera y que, los tenga o no, expongan los términos y condiciones del contrato. La respuesta, que traduzco aquí con su auxilio fue: “Agradezco su interés en obtener una explicación clara sobre los límites de uso de ChatGPT Plus y cómo se comunican. Tenga la seguridad de que puedo aclararle este punto. Los límites de nuestro modelo GPT 4.5 varían en función de varios factores y no hay un número fijo documentado debido a la fluctuación de la demanda. Aunque los usuarios gratuitos no tienen acceso a GPT 4.5, los usuarios Plus, Pro, Team y Enterprise acceden a este modelo a diario. Para mantener una experiencia fluida para todos los usuarios, las suscripciones pueden incluir límites de uso, como límites de mensajes, que pueden variar en función de las condiciones del sistema y los periodos de alta demanda. Espero que esto le ayude. Si necesita algo más, no dude en ponerse en contacto con nosotros”.

La inteligencia artificial, lejos de emancipar, reproduce la más antigua de las formas de opresión humana: el chantaje disfrazado de progreso, la coacción envuelta en amabilidad algorítmica. Al igual que en los locales de feria donde el valor de la compra otorga más o menos chances para una rifa, Openai propone suscribirse a las fluctuaciones de demanda, variaciones de sistema, o tan solo recibir presiones para escalar en la tarifa. Así, la inteligencia artificial, lejos de ser la vanguardia de una nueva ilustración, se desliza como disfraz amable del viejo vasallaje: cobrar por preguntar, pagar por existir, rendirse al algoritmo. Nada artificial, sino la más humana y analógica de las vivezas, maquillada con silicio: extorsión pura.

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Simulacros democráticos argentinos

Por: Emilio Caffasi

Esta semana la política argentina ha vuelto a dar una verdadera exhibición de sus miserias. El jueves venció el plazo para presentar sellos partidarios para las Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias (PASO), aunque sin candidatos ya que el procedimiento establece que serán formalizados 10 días después. A última hora se presentaron exclusivamente todas las opciones de alianzas y alternativas electorales que constituyen cientos en todo el país. Se trata de la primera escala hacia las próximas elecciones legislativas que renovarán parcialmente las cámaras. Sin embargo, el hecho de que se trate de nominaciones partidarias, antiguas unas y novedosas otras, no oculta los nombres de dirigentes que las proponen y organizan, ni los probables encabezamientos de las listas que se propondrán a la ciudadanía en menos de dos semanas. Una primera mirada necesariamente superficial de las alianzas conformadas en cada distrito, dejaría un sedimento de perplejidad ante la diversidad de competencias entre fuerzas que en otras regiones se presentan aliadas. Sólo exponerlas para el conjunto del país, ocuparía todo el espacio de esta página y no haría más que sumar desconcierto. Prefiero intentar comprender las razones de la movilidad a partir de la propia concepción de ciudadanía y representación que esta arquitectura política conlleva.

Las PASO se proponen una intervención del conjunto del electorado nacional en las internas partidarias convertidas en algo muy similar a las “primarias” estadounidenses, aunque aquí tienen un carácter obligatorio. Resultan un “paso” obligado hacia niveles mayores de simulación democrática. Lejos de democratizar los partidos, de garantizar la participación decisoria de sus afiliados y adherentes en la selección de candidatos, se le propone a la ciudadanía, optar por candidatos decididos en transacciones y pactos a puertas cerradas. Su objetivo es disimular (mediante la obligatoriedad y la consecuente disolución del militante informado y comprometido en una masa plebiscitaria indefinible y no vinculante) la crisis de legitimidad y la credibilidad en el sistema. No sólo no amplían la democraticidad del dispositivo electoral, ni partidario ni estatal, sino que alientan la manipulación publicitaria y la ilusión participativa produciendo una suerte de refuerzo imaginario de la legitimidad de los postulantes. El sistema obliga a la “mayoría silenciosa”, a acompañar dócil y pasivamente, todos los entuertos de las oligarquías partidarias. Los partidos dejan de ser colectivos, para ser clientes de los personalismos. La salvedad que podría hacerse es que la obligatoriedad es sólo formal, ya que al menos hasta ahora, si bien están previstas sanciones económicas, no conozco caso en que se hayan efectivizado. Personalmente jamás participé de este simulacro, ya que no milito en -ni adhiero a- partido argentino alguno, sin consecuencia a la vista. Si la tuviera, tampoco lo haría.

Los partidos argentinos conservan ya muy poco de la influencia masiva y participación activa que poseyeron en los años ´70 e inclusive a la salida de la dictadura. Desde la última década del siglo pasado y en todo el actual, sólo mantienen la estructura clientelística con dirigentes “punteros”, asistida por lo que el politólogo italiano Sartori denominó “videopolítica”, estrucurada por la fuerte presencia de los mass-media y sus circuitos oligopólicos. Pero además, la evolución de los partidos sintetizada líneas arriba, ha confluido en esta dinámica. Inducidos a captar electoralmente la mayor masa posible que les posibilite acceder a los cargos, fueron homogeneizando discursos para satisfacer a la mayor proporción posible del mercado electoral. De este modo, se han ido desideologizando progresivamente, lo que se traduce en un tipo de discurso difuso y generalizador, orientado más bien hacia la estrategia seductiva del eslogan que hacia la construcción ideológico–programática de un proyecto de gobierno. Ciertamente no se verifica sólo en el sistema representativo argentino sino que aquí “evoluciona” rápidamente hacia lo que a mediados del siglo pasado el filósofo alamán Leibholz llamaba “democracia plebiscitaria”, en la que predomina el elemento simbólico–personal del líder o en otros términos la opción por el quién gobierna, en la que quedan considerablemente atenuados los restantes contenidos sustantivos de la representación: el qué y el cómo. De este modo, el contenido programático de las propuestas de gobierno de los partidos decae frente a la designación de la confianza en las personas, las estrategias de imagen y los discursos cosmético-simbólicos. Nada de esto resulta en provecho de la democraticidad, sino exclusivamente de la élite política.

Justamente la pregunta sobre “quién” articulará la oposición al devastador gobierno de Macri, resulta el protagonista excluyente de la insólita ingeniería electorera. La principal interesada en encabezarla es la ex presidenta Cristina Kirchner aunque tímidos dirigentes de su propio partido, el “Justicialista” (PJ), se muestran dubitativos cuando buena parte de sus ex ministros han construido otras alternativas. Ante el aparente resquebrajamiento de su otrora indiscutido liderazgo y con el único objeto de evitar cualquier posible competencia, ha presentado una insólita variante propia por fuera de la estructura partidaria que construyó a lo largo de una década: el Frente para la Victoria (FPV) al interior del PJ. Tan sólo para eludir la confrontación con su ex ministro Randazzo (con quién pergeñó, impulsó e implementó este engendro de las PASO) ante la voluntad del último de postularse. El lema llamado “Unidad Ciudadana” (UC) para la provincia de Buenos Aires, es una suerte de frente familiar, integrado por la agrupación “La Cámpora” liderada por su hijo Máximo Kirchner, “Kolina” en manos de su cuñada, la actual gobernadora de la provincia de Santa Cruz, Alicia Kirchner, el “Nuevo Encuentro”, pequeño grupo de un ex intendente antiguamente crítico cooptado durante su gobierno, un partido vecinal del conurbano bonaerense y otro provincial de escasa densidad poblacional. En otras regiones, sin insinuaciones de competencia, se presentan los logos del PJ y FPV unificados.

El quién o posteriormente quiénes, no expresa sólo la disputa caudillista ni el desenfreno de las vanidades, sino que las bancas traen consigo fueros parlamentarios, que si bien no constituyen un reaseguro de plena impunidad ante condena con sentencia firme, complementan la presión sobre el poder judicial, como de hecho sucedió y sucede con el ex presidente Menem, que para obtenerlos y eludir la justicia obtuvo el cargo de senador por el kirchnerismo, habiendo sido su más firme opositor y competidor en la elección de 2003. No es despreciable en un país atravesado por la corrupción pasada y presente.

Lo cierto es que las PASO fueron implementadas por la ex presidenta con el fin, según su ex ministro del interior, al que hoy pretende eludir con su nuevo sello, como un “sistema de selección participativo que va a mejorar muchísimo la calidad de la democracia, la calidad de las instituciones y la calidad de los dirigentes que conducen esas instituciones”. Sin embargo nunca se sometió a él y sólo permitió que en su espacio político se implementara en contados casos provinciales, cuando ambos competidores reconocían su liderazgo. Debe recordarse además que impidió dirimir la última candidatura presidencial por este medio, vetando directamente al hoy pretendido competidor Randazzo para digitar la candidatura de Scioli, con la consabida derrota posterior.

Es así que las PASO sólo fueron utilizadas por la derecha (el PRO, partido del Presidente Macri) mediante la competencia por la candidatura a Jefe de Gobierno de la ciudad de Buenos Aires y por la izquierda radical del Frente de Izquierda y los Trabajadores (FIT). Aunque no pueda aseverarse hasta que no sean presentados los candidatos, todo indicaría que en esta oportunidad, el paso de las PASO será sólo una formalidad.

El arreo de la ciudadanía hacia un estéril e ilusorio ejercicio seudo participativo profundizará aún más el mayoritario desinterés por la política. Será llamada a intervenir carente de información sobre los debates políticos internos o las caracterizaciones ideológicas, depositando una boleta en la urna. De este modo, sólo podrá dar cuenta de una ligazón emocional, carismática y personalizada.

Yo paso.

Fuente: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=228072&titular=simulacros-democr%E1ticos-argentinos-

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