Entrevista a la Dra. María Jesús Mardomingo Sanz

España/16 junio 2016/ Autor: Javi/Fuente: Cuadernos de Psicomotricidad

María Jesús, eres una experta en psiquiatría y psicología infantil, con un amplio historial clínico. Sabemos que son muchos los temas que podríamos abordar, pero, en ésta entrevista, queremos centrarnos en los trastornos de ansiedad, en el estrés que, en ocasiones, se presenta y perturba seriamente la vida de los niños.

1. No te parece que existe un cierto confusionismo a la hora de acotar, de determinar lo que significa e implica el estrés, ansiedad, depresión…
Efectivamente existe la tendencia a confundir el estrés, la ansiedad y la depresión que son fenómenos distintos aunque relacionados entre sí. El estrés mantenido puede dar lugar a cuadros de ansiedad y no es infrecuente que la ansiedad se acompañe de síntomas depresivos y viceversa. En cualquier caso también pueden darse como procesos independientes.
2. ¿Qué es la ansiedad infantil?
La palabra ansiedad viene del latín “anxietas” derivado de “angere” que significa estrechar, y se refiere a un estado de inquietud, agitación o zozobra interior con intensa sensación de aprensión y temor. La persona que sufre un estado de ansiedad teme que algo malo o espantoso vaya a suceder, bien una enfermedad o una catástrofe o un hecho horrendo. El niño puede angustiarse por la posibilidad de que los padres tengan un accidente, no vuelvan a casa, se pongan enfermos o se mueran. El temor no tiene fundamento –excepto el carácter imprevisible de la vida que escapa a nuestro control-, no es, por tanto, razonable, y el niño comprende esa dimensión de irracionalidad, pero no lo puede evitar.
La ansiedad puede manifestarse también en pánico a volverse loco, arrojarse por la ventana o infringir un daño irreparable a otra persona, próxima o lejana, a quien se quiere por encima de todo o a quien ni siquiera se conoce. El miedo a perder el control da lugar a un sufrimiento muy intenso que lleva al sujeto a tomar medidas previsoras como asegurar las ventanas de la casa, esconder los cuchillos para que no estén a la vista o no salir a la calle.
La ansiedad se caracteriza, por tanto, porque surge sin que exista una circunstancia ambiental que lo justifique, o existiendo esa circunstancia, la respuesta personal es desmesurada. Puede tratarse de un estado de miedo generalizado y difuso que abarca todos los ámbitos de la vida personal, o bien de un temor específico, a algo concreto, como ir al colegio o subir en ascensor o en avión, lo que recibe el nombre de fobia.
3. ¿Cuales son los síntomas de la ansiedad?
Los síntomas de la ansiedad varían en función de la edad y el desarrollo cognoscitivo y emocional del niño. Una niña muy inteligente, de siete años, decía en la consulta “siento miedo y pena por los males del mundo”. A su edad ya había captado la dimensión amenazante de la vida, había descubierto que el mal existe, y sentía temor y dolor. Los síntomas más frecuentes de la ansiedad en los niños pequeños son inquietud motriz, llanto inmotivado, pérdida del apetito, trastornos del sueño, negativa a separarse de los padres, dolores abdominales y de cabeza. Los niños mayores sufren también temores absurdos e incontrolables en forma de pensamientos que se repiten e invaden la conciencia. Otros síntomas son: dolor torácico, sudoración, temblor, palpitaciones y dificultades para respirar, opresión en el corazón, inquietud motriz o, por el contrario, imposibilidad de moverse. Las dudas respecto a casi todo, el insomnio, el sentimiento de extrañeza respecto de sí mismo o el sentimiento de extrañamiento respecto del mundo son más propios de los adolescentes.
La ansiedad comprende, por tanto, síntomas emocionales, cognoscitivos, conductuales y neurovegetativos.
4. ¿Cuales son las causas y mecanismos de la ansiedad?
En los trastornos de ansiedad intervienen, por una parte, factores genéticos y características temperamentales del sujeto, y por otra, factores ambientales, es decir las circunstancias y condiciones en que discurre la vida. En el caso de los niños el ambiente familiar es fundamental ya que puede favorecer el que surjan miedos y cuadros de ansiedad. El niño en estos casos aprende a responder a los retos de la vida de forma ansiosa y no de forma adaptativa.
Está claro que hay personas especialmente vulnerables a sufrir trastornos de ansiedad por razones genéticas y hereditarias, y así lo demuestra la investigación en gemelos, sujetos adoptados y familiares de pacientes. Pero la ansiedad no sólo se hereda, también se aprende, y es raro ver en la consulta a un niño con miedo a la oscuridad o a los ladrones y que no tenga una madre o un padre que dicen sentir unos miedos similares. Por otra parte existen factores de riesgo temperamental: los niños tímidos e inhibidos sufren más ansiedad que los niños decididos y sociables; y existen factores de riesgo ambiental, circunstancias desfavorables o desgraciadas que potencian y facilitan el desencadenamiento del trastorno. Dentro de estas circunstancias ocupan un lugar especial el alcoholismo del padre, la depresión de la madre, el nivel socioeconómico desfavorecido y el empleo de la violencia como método educativo en la familiar.
5. ¿Y el estrés?
El mundo actual se caracteriza por ser muy estresante. También para los niños que están sometidos a un bombardeo constante de estímulos. El estrés se origina cuando las circunstancias ambientales exigen al organismo un esfuerzo de adaptación excesivo. En estos casos puede romperse el equilibrio interno, lo que en medicina se denomina la “homeostasis”, y surgir trastornos de ansiedad, cuadros depresivos o problemas de comportamiento.
A veces es la intensidad de los factores estresantes en un momento determinado lo que origina la patología. Por ejemplo, la muerte de los padres en un accidente en presencia del niño, otras veces, es el carácter crónico, mantenido, de las circunstancias anómalas, como la violencia en la familia o el maltrato. El primero se denomina estrés agudo, y el segundo estrés crónico.
Las circunstancias estresantes no afectan de la misma forma a todas la s personas, es decir, varía la respuesta individual en función de factores genéticos y de factores de protección ambiental. Hay individuos que tienen una mayor resistencia ante las adversidades de la vida, que están mejor preparados para afrontarlas. La resistencia al estrés depende no sólo de los genes, también depende de lo protector que sea el ambiente y de modo particular las experiencias tempranas de la vida, es decir, de los cuidados, el afecto y la crianza de los primeros años.
Se calcula que aproximadamente el 40% de los niños en la sociedad actual sufre alguna forma de estrés, pero no todos enferman. Será un porcentaje mucho menor el que sufra ansiedad, depresión o problemas de conducta. Las niñas son más vulnerables. Diez niñas por cada dos niños sufren cuadros de estrés.
Algunos de los acontecimientos vitales más estresantes para los niños son la hospitalización o la muerte de la madre, la pérdida del trabajo del padre, la separación de los padres, la hospitalización del niño y el cambio de colegio. Son situaciones de estrés agudo. Pero el estrés también puede deberse al estilo de vida, es el estrés de la vida cotidiana. En estos casos la fuente del estrés son determinadas circunstancias del ámbito familiar, escolar o social. Es el estrés crónico.
La conflictividad persistente en la casa, las discrepancias y discusiones entre los padres, la violencia soterrada o explícita, la falta de afecto y comunicación, son buenos ejemplos de circunstancias estresantes de tipo crónico. Asimismo, el fracaso académico, sentirse incapaz de mejorar las notas, tener problemas con los compañeros, sufrir su rechazo, o sentirse aislado, son fuente de intenso estrés en el colegio. Cuando lo que se da es una situación de acoso y maltrato, el sentimiento de soledad, humillación y sufrimiento es tan intolerable que puede llevar al niño a optar por el suicidio como único remedio.
En ocasiones el estrés se debe a la situación social de la familia. Por ejemplo tener problemas económicos, carecer de recursos culturales y educativos, vivir lejos del hogar y del país donde se nació y sufrir el rechazo de la comunidad donde se vive, donde uno es designado como “distinto”, como “el otro.
6. Cuando se habla de un niño inestable emocionalmente, ¿a qué se está haciendo referencia?
Suelen ser niños con escasa capacidad de adaptación, con baja tolerancia al estrés. Por razones temperamentales, y probablemente también educativas, no afrontan los retos de la vida y tienden a huir o a desestabilizarse. La actitud excesivamente sobreprotectora de los padres no les ayuda, acrecienta su inestabilidad. Por el contrario, el niño tiene que comprender que hay que afrontar los problemas, que la frustración forma parte de la vida y es preciso superarla, que todo el mundo se equivoca alguna vez y que la perfección es inalcanzable.
7. Y si se alude a un niño hiperactivo, ¿qué se quiere indicar?
Puede significar simplemente que el niño es muy activo y que disfruta con la actividad. Ser muy activo puede ser una característica temperamental beneficiosa para la vida. Son las personas activas y con iniciativa las que llevan a cabo los grandes proyectos.
El término “hiperactivo” también se emplea para indicar que el niño tiene un problema, es decir, se usa como diagnóstico. En estos casos, lo correcto es hablar de un Trastorno de déficit de atención e hiperactividad (TDAH), pues no se trata sólo de que el niño sea inquieto, sino de que esa característica, que se presenta junto con otros síntomas, es de tal naturaleza que impide el desarrollo emocional del niño, el aprendizaje en la escuela y la adaptación familiar y social.
El TDAH afecta aproximadamente al 7% de los niños y el diagnóstico debe hacerse cuando hay un cuadro clínico concreto que está perfectamente definido en las Clasificaciones Internacionales. Los tres síntomas esenciales son la hiperactividad, la impulsividad y las dificultades de atención y concentración. También son frecuentes los problemas de aprendizaje en la escuela concretamente de lectura, escritura y cálculo. Los síntomas clínicos se mantienen a lo largo de la vida en la mitad de los casos.
8. Nuestro modo de vivir actual ¿influye en los niños?
Sin duda. Los niños son los grandes aprendices y los grandes espectadores, y rara vez se dejan engañar. ¿Qué mundo vamos a legarles? ¿Qué panorama se despliega ante sus ojos?
El concepto de infancia es relativamente nuevo, surge en el siglo XX, y es en la segunda mitad de ese siglo cuando se plantean de forma concreta los derechos de los niños. El derecho al alimento, a la salud, al amor y a la educación. Aparecen instituciones dedicadas a la infancia como UNICEF.
¿Qué hemos conseguido? Los niños del siglo XXI viven en dos grandes mundos separados por una inmensa frontera, el de los pobres y desfavorecidos, y el de los ricos y privilegiados.
Los primeros mueren de hambre, desnutrición y enfermedades como el SIDA, no tienen acceso a la enseñanza, sirven como soldados en las guerras, trabajan como esclavos en las canteras, sufren afrentas en nombre de tradiciones ancestrales, son separados de sus madres. No son nadie.
Los niños de los países ricos acceden a la educación y a la buena medicina y la inmensa mayoría son queridos por sus padres. La distancia entre unos y otros es infinita.
Pero, ¿qué mundo se ofrece ante sus ojos? En muchos casos un mundo donde prima la violencia para conseguir los objetivos y se premia el mal gusto y el todo vale. Un mundo de derechos individuales exacerbados y escasos deberes, donde se impone la masificación y el gregarismo. Un mundo materialista e hipócrita, en el que los adultos dicen una cosa y hacen otra, donde los padres y profesores han perdido la autoridad que es imprescindible para educar, donde los unos delegan la responsabilidad en los otros. Una sociedad volcada en la glorificación de la imagen, en la que sólo existe lo que se ve, en la que el individuo vale lo que tiene y no lo que es, y eso que tiene debe ser, además, exhibido.
Los niños captan pronto la complejidad de la vida y se sienten desconcertados. Necesitan saber que hay también bondad y verdad en lo que les rodea, y que hay otros muchos que no tienen nada.
9. ¿Están los niños sometidos a un exceso de presión, de exigencia?
Sí, hay un grupo de niños, probablemente los menos, que están sometidos a un exceso de exigencia. Sus padres, desde muy pequeños, les transmiten la dimensión terriblemente competitiva de la vida. Su objetivo es el éxito, triunfar a toda costa, y para lograrlo hay que prepararse desde pequeños. Además del horario escolar tienen clases complementarias, van al extranjero a aprender idiomas desde los 7-8 años y captan que la valía personal depende del examen que les hacen los demás. Se sienten escrutados.
Esta presión se ejerce más sobre los niños, aunque empiezan a sufrirla también las niñas.
10. Por cierto ¿qué opinas de las actividades extraescolares?
Las actividades extraescolares tienen como objetivo completar la formación académica y personal del niño. En su justo tiempo y medida tienen pleno sentido. Por ejemplo, reforzar el aprendizaje de un idioma, o acudir a clase de música, o practicar un deporte que al niño le gusta. Lo que no puede ser es que el mismo niño tenga todas esas actividades, pues no le quedará tiempo para jugar, estar con la familia o los amigos, estudiar y hacer los deberes, o incluso, no hacer nada.
A veces las actividades extraescolares tienen como finalidad, más o menos confesada, rellenar el tiempo del niño para que los padres puedan quedar libres de su cuidado. El mayor inconveniente –aparte de los mencionados antes- es que el niño aprende a tener siempre el tiempo ocupado, a no saber qué hacer cuando eso no sucede, a no saber estar a solas consigo mismo y a no tener iniciativa. Es frecuente oírles decir “me aburro”. Tienen que estar siempre “haciendo cosas”, haciendo algo que otros organizan para ellos. Acaban identificando disfrutar y pasarlo bien, con la cantidad de cosas que se hacen, todas seguidas, sin pausa, una tras otra. Una forma más de quemar el tiempo y la vida.
11. La presencia o ausencia de los padres en el tiempo libre de los niños ¿repercute en los trastornos del comportamiento?
Desde luego. Un niño que tiene un trastorno del comportamiento a quien le cuesta cumplir las normas, aceptar los límites, obedecer, organizarse, permanecer tranquilo o hacer los deberes, necesita que el padre o la madre estén en casa por las tardes. La presencia de los padres es necesaria para la buena crianza y para la buena educación de todos los niños. Los padres son el punto de referencia esencial para los hijos, de ellos reciben amor, compañía, diálogo y apoyo. Son ellos los que transmiten estímulos intelectuales –necesarios para el buen rendimiento en el colegio-, valores éticos y un cierto sentido de la vida. El niño, gracias a los padres, sabrá quien es él, y quien desea ser.
12. Es frecuente oír a los padres quejarse de que en casa tienen a unos pequeños tiranos; a los profesionales de la enseñanza les saca de quicio la indisciplina de los alumnos ¿qué importancia tiene el ejercicio de la autoridad? ¿son necesarias unas normas claras y coherentes?
En España, como en otros países occidentales, se ha pasado en los últimos años de un modelo de educación autoritario a otro eminentemente permisivo. Los padres esperaban que dándole todo y consintiéndole todo, el hijo sería más feliz. Muchos quisieron colmarlos de bienes materiales, otros desearon no repetir con su hijo los errores de la educación autoritaria que ellos recibieron.
Algunos padres se sienten decepcionados. El hijo a quien han dado todo se ha convertido en un tirano que exige todavía más y nada tolera. Si el modelo autoritario era nefasto porque no respetaba los derechos del niño, el modelo permisivo es un desastre, pues el niño no aprende a respetar los derechos de los demás.  Si a la pérdida de autoridad de los padres se une la de los profesores, la consecuencia es evidente, el aumento de los problemas de comportamiento en la casa y en el colegio.
Los padres tienen que volver a tomar las riendas de la situación. Autoritarismo, no. Autoridad basada en el amor y en los buenos criterios, sí.
La permisividad sin límite impide que el niño aprenda a controlarse y a tolerar la frustración, a saber que su comportamiento tiene consecuencias en los que le rodean. Le impide entender no sólo el valor de su propia vida, sino también el valor de la vida de los demás.
Autoritarismo y tiranía con los hijos, no. Amor, autoridad y diálogo, sí.
13. ¿Son permeables los niños a las angustias y a la ansiedad de los progenitores?
Los niños son enormemente sensibles a la angustia y ansiedad de los padres. El niño capta los miedos y temores paternos y los hace suyos. En esa transmisión de la ansiedad no sólo cuenta lo que los padres hacen o dicen, sino también lo que sienten. Los miedos de la madres a los ladrones, a las tormentas o a la oscuridad son muchas veces el origen de esos mismos miedos en el niño que acude a la consulta. La madre cuenta que sufrió esos temores de niña y que aún los tiene. Otras veces es el padre quien refiere, por ejemplo, que no soporta irse de viaje de trabajo por si algo sucede a sus hijos en su ausencia.
La ansiedad se hereda, pero también se aprende. El control de la ansiedad por parte de los padres es esencial para la curación del hijo. Su sosiego interior es necesario para el sosiego interior del hijo.
Hace unos días una madre contaba como su niña de 8 años no quería comer alimentos sólidos porque tenía pánico a atragantarse. Le pasaba desde hacía ocho días en que comiendo pollo se había atragantado con un hueso. La madre reconocía que la niña tenía miedo pero que ella sentía pavor y experimentaba ese pavor sobre todo en el momento en el que la niña tenía que comer. Comprendía muy bien que mientras ella continuara en ese estado era difícil que la niña mejorara.
19. ¿Es importante el embarazo y el parto en el desarrollo de los niños?
La etapa del embarazo y todo lo que sucede en torno al parto, son fundamentales para el desarrollo del cerebro. Es el primer ambiente del organismo. Una enfermedad de la madre durante el embarazo, por ejemplo una rubéola, hará que el niño sufra retraso mental, cardiopatía y sordera. El sufrimiento fetal durante el parto por falta de oxígeno puede originar una parálisis cerebral.
Pero hay más. La relación madre-hijo empieza a configurarse durante el embarazo, y la relación con el padre también. Las ilusiones y deseos de tener un hijo cobran realidad. Los estados emocionales de la madre se transmiten al hijo a través del cordón umbilical y producen cambios en los latidos cardíacos del feto. La música relajante disminuye el número de latidos, los sonidos estridentes lo aumentan.
Asimismo el hecho de que la madre fume durante el embarazo aumenta el riesgo de que el niño sea hiperactivo. El que beba alcohol podrá originar malformaciones.
20. ¿La importancia del éxito y los logros materiales no limitarán la sensibilidad infantil? ¿No serán demasiado dependientes de su imagen?
Uno de los grandes problemas de nuestro mundo es el predominio desaforado de la imagen, de lo que se ve, frente a todo lo demás. Lo que no se ve, lo que no se muestra a los ojos de los demás, no tiene valor, o, sencillamente, no existe. Michael Jackson, cuando nació su hijo, lo sacó al balcón para que todo el mundo lo viera.
Este predominio del sentido de la vista, que es un sentido volcado hacia el exterior, en detrimento del sentido del oído que es interior, tiene serias consecuencias. No sólo se trata de la clásica dicotomía de Eric From entre el ser y el tener, ahora ya ni siquiera uno vale “lo que tiene” y no “lo que es”, sino que uno vale “lo que aparenta tener”.
La consecuencia inmediata es el abandono de la lectura como fuente de conocimiento. La información alfabetizada que heredamos de los griegos, ha dado paso a la información por la imagen. La lectura requiere tiempo, silencio, soledad y memoria cultural. No son éstas características que estén de moda.
Lo que ha cobrado plena actualidad es la frase de McLuham “una imagen vale más que mil palabras”, a lo que se podría objetar “sobre todo para los analfabetos”.
21. Los trastornos psiquiátricos de los adultos ¿comienzan en la infancia?
Se calcula que la mitad de los trastornos psiquiátricos que sufre el adulto han comenzado en la infancia. Un trastorno antisocial de la personalidad del adulto puede hundir sus raíces en un trastorno grave de la conducta del niño. Una depresión puede precederse de otros episodios depresivos que han tenido un carácter recurrente desde la pubertad, y lo mismo sucede con los trastornos de ansiedad. La impulsividad y las dificultades de atención, concentración y organización de un adulto, pueden ser la evolución de un TDAH que comenzó antes de los 7 años y que nadie diagnosticó.
22. ¿Qué deben hacer los padres cuando el niño empieza a manifestar problemas?
Dirigirse a su pediatra, o directamente al psiquiatra infantil. Los padres tienen que superar los mitos y prejuicios en torno al hecho de ir al psiquiatra. Los problemas psicológicos o psiquiátricos forman parte de la vida y de la naturaleza humana, no son distintos al resto de las enfermedades, aunque en ocasiones puedan producir más dolor.
Tener un problema psiquiátrico no es algo vergonzoso. Ir al psiquiatra no implica “estar loco” en la acepción peyorativa de tiempos pasados. La medicina ha avanzado y la psiquiatría también. A medida que aumente la educación y la cultura de la gente, ir al psiquiatra tendrá el mismo significado que ir al pediatra.
23. En la ayuda del niño, en la terapia, en la intervención ¿dónde poner el acento?: en la expresión oral, en la expresión plástica, en la expresión corporal, depende … según la edad … según el malestar …
El tratamiento de los niños depende del problema que tengan, de las características individuales, de las características de la familia y de los recursos disponibles.
Cuanto más pequeño es el niño, más importante es el papel de los padres en el tratamiento. El médico debe tener en cuenta qué le pasa al paciente, cómo lo siente y lo vive, en qué medida le perturba y que es lo prioritario que se debe abordar. El médico deber tener conocimientos, experiencia y sensibilidad. Tiene que saber mirar y escuchar, pues cada paciente es único.
El lenguaje del paciente es esencial para el diagnóstico y para el tratamiento. También en los niños pequeños. La mímica, el gesto, las palabras, los dibujos, los juegos son todas formas de comunicación y de terapia.
24.  ¿Y el tratamiento farmacológico?
El tratamiento farmacológico no es algo opuesto a la psicoterapia, bien al contrario, ambos tienen un carácter complementario.
La aplicación de uno u otro, o de los dos, depende de las características del trastorno. El criterio debe ser siempre riguroso, es decir, basado en datos comprobados. Hay enfermedades en que el tratamiento más eficaz es el farmacológico y la psicoterapia lo completa. Hay otros casos en que lo esencial es la psicoterapia y los fármacos pñueden darse de forma transitoria.
25. ¿Qué valor atribuyes al juego infantil, al movimiento, a la expresividad motriz…? ¿Se podría considerar este clima lúdico como un factor de prevención del estrés infantil?
Practicar ejercicio físico, como por ejemplo caminar, disminuye el estrés, previene la obesidad, regula la tensión arterial, el colesterol y los triglicéridos y mejora el estado de ánimo. Si se hace jugando, bailando, practicando la expresión corporal, porque a uno le gusta, tanto mejor. Es una forma de placer que además contribuye al bienestar.
26. ¿Qué te parece la frase “Enseñamos y ayudamos más con lo que somos que con lo que sabemos”?
La base de la enseñanza y de la ayuda es la autenticidad. Nadie transmite lo que no posee y nadie contagia aquello en lo que no cree. Es decir, una de las claves de la educación es la autenticidad y la verdad, y a su lado el saber. En un mundo donde se impone la especialización en todos los campos y la atomización del saber, estamos necesitados de sabios, de filósofos, de personas capaces de hacer un análisis y una reflexión personal a partir de los datos de su trabajo concreto. Gente capaz de relacionar lo que sabemos con el pasado que nos precede y de proyectarlo en el porvenir. Gente que nos ayude a entender la naturaleza humana, su sentido y sus contradicciones.
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 http://www.cuadernosdepsicomotricidad.es/index.php/es/revista/hemeroteca/revista-n-33/entrevista-a-la-dra-maria-jesus-mardomingo-sanz.html
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Problemas psiquiátricos: los grandes desconocidos, también en el aula

España/05 mayo 2016/Autor:María Jesús Mardomingo Sanz/Fuente:El Correo Gallego

Los problemas psiquiátricos de los niños y adolescentes son uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo, sin embargo, el desinterés, los prejuicios y el desconocimiento general de esta realidad son notables. La afirmación de que los niños sufren problemas psiquiátricos produce casi siempre sorpresa, escepticismo y rechazo. ¿Cómo es posible? Si los niños no captan la desgracia y las circunstancias adversas de la vida ¿pueden padecer estas enfermedades? La respuesta es sí. En primer lugar porque las enfermedades psiquiátricas no solo se deben a factores ambientales desfavorables y en segundo lugar porque los niños “sí que captan la realidad”.
El 10 % de los niños y el 20 % de los adolescentes sufren un problema psiquiátrico. Son cifras que se constatan en los países occidentales con muy escasas variaciones entre unos y otros. Son cifras, por tanto, que requieren la atención de la medicina, la escuela, la familia y la sociedad. Estos problemas psiquiátricos, además, pueden diagnosticarse, tratarse y evolucionar favorablemente en numerosas ocasiones, con enorme alivio para el paciente y la familia y con un ­cambio completo de la perspectiva vital del sujeto.
El temor a las enfermedades mentales, a la “locura”, y la visión idealizada de la infancia como una etapa feliz de la vida, contribuyen a esta actitud de prevención y negación de estos problemas, con gran  perjuicio para los niños y sus familias.
¿Y cuáles son los tres grandes pilares para la detección y el diagnóstico? La familia, la escuela y el sistema sanitario. Por lo que se refiere a la escuela, son los profesores quienes muchas veces captan que al alumno le pasa algo, que ha cambiado de carácter, que ha disminuido su rendimiento académico, que está distraído o ausente en clase, que presenta problemas de disciplina que antes no tenía o que se están incrementando, que no aprende de forma adecuada. Y es el profesor quien habla con el niño o el joven y advierte a los padres para que consulten, favoreciendo el diagnóstico y el tratamiento ­temprano, que es la base de la buena evolución.
Esto requiere que el profesor conozca estos problemas y que los padres, y por tanto la sociedad, acepten que los trastornos psiquiátricos no son un motivo de vergüenza o deshonra del paciente y de la familia sino que son entidades médicas, iguales al resto de las enfermedades. Y como tales se pueden diagnosticar, tratar, curar, y siempre mejorar.
El papel del colegio puede ser esencial para diagnosticar el autismo, los trastornos del espectro autista y los retrasos del desarrollo en los niños pequeños. Para los problemas de aprendizaje, la fobia escolar, la depresión, los trastornos de ansiedad, el TDAH y los problemas de conducta en Primaria. Y para los trastornos de la alimentación, el consumo de drogas, el absentismo escolar, la depresión, el trastorno obsesivo o el trastorno disocial en la ESO y el Bachillerato.
Como psiquiatra de niños he tenido la suerte de estar en contacto con los profesores de mis pacientes. Ellos han sido muchas veces la clave para saber que un adolescente comenzaba con un nuevo episodio de depresión o que otro, que tenía un TDAH, había dejado de tomar la medicación.
Quiere esto decir que los ­profesores, por si no tuvieran poco con su trabajo, ¿también tienen que ser psiquiatras infantiles? ­Muchos se echarán las manos a la cabeza. Y con  razón.
No, los profesores no tienen que ser psiquiatras infantiles, pero deben conocer aspectos generales de los trastornos psiquiátricos de los niños, no para hacer un diagnóstico, sino para detectar signos de alerta o motivos de preocupación. Estos conocimientos deberían formar parte de la formación continuada del profesorado, una formación que es imprescindible no solo para estar al día, sino para sentirse motivados en el desempeño de una de las tareas más exigentes y destacadas a la que uno puede dedicar la vida: enseñar y educar a los niños y a los jóvenes.
Los profesores son uno de los grandes valores de nuestro país, pues en sus manos está una de las tareas más trascendentales. Necesitan aprecio, reconocimiento y que se les proporcionen los medios para su enriquecimiento intelectual. También en el tema de los problemas psiquiátricos de los niños.

Fuente noticia:

http://www.elcorreogallego.es/galicia/ecg/problemas-psiquiatricos-grandes-desconocidos-tambien-aula/idEdicion-2016-05-05/idNoticia-995500/

Fuente imagen:

http://www.fundacioncadah.org/web/articulo/-como-captar-la-atencion-de-los-ninos-hiperactivos-en-el-aula.html

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