Tras el estallido del 18 de octubre la discusión sobre temas políticos y sociales se ha tomado todos los rincones de nuestra sociedad. La ciudadanía debate de manera cada vez más activa sobre los temas levantados por las movilizaciones.
En este contexto, los estudios realizados por los cientistas sociales pueden ser un gran aporte para enriquecer la conversación, tanto por su carácter científico como por la variedad de temas y enfoques con que cada disciplina analiza los aspectos más significativos de los conflictos sociales.
Con este objetivo se lanzó “Abramos la Academia”, una webserie realizada en el marco del XXII Concurso de Proyectos de Valoración y Divulgación de la Ciencia y la Tecnología del Programa Explora de Conicyt.
En sus 5 capítulos, disponibles en su sitio web, se da cuenta de las investigaciones realizadas en los últimos años en Chile respecto de temas como Sexismo en la educación, Conflictos socioambientales, Vivienda digna y Discriminación Étnica, además de un video introductorio que da a conocer las distintas disciplinas y métodos de las Ciencias Sociales.
Este es un proyecto desarrollado por Productora (M), equipo compuesto por los audiovisualistas Lucas Martínez y Andrés Jordán, quienes en conjunto con la ilustradora Verena Urrutia y la socióloga Francisca Gutiérrez, proyectan esta plataforma como un espacio permanente de divulgación de las Ciencias Sociales, que a su vez permita una vinculación participativa entre academia y ciudadanía.
“Si bien el contenido de esta serie se comenzó a elaborar desde antes del estallido social, creemos que este tipo de material puede convertirse en un insumo importante para la discusión que se dará este año, ya que aporta información fidedigna para comprender nuestros conflictos y las raíces del malestar social”, señala Francisca Gutiérrez, investigadora principal de Abramos la Academia.
“Así como el eclipse solar de julio pasado despertó un alto interés por la astronomía en la población, el movimiento social de octubre ha generado un espacio nuevo para que las ciencias sociales sean visibilizadas, escuchadas y valoradas. En este contexto, Abramos la Academia busca ser un aporte en el necesario diálogo entre academia, instituciones y ciudadanía”, agrega Lucas Martínez, director del proyecto.
La serie, que ya está disponible en la web http://www.abramoslaacademia.cl, cuenta con el patrocinio de la Universidad Alberto Hurtado, el Centro de Estudios de Conflicto y Cohesión Social (COES), y el Centro de Estudios Interculturales e Indígenas (CIIR).
Además, cuenta con activas redes sociales como Facebook, Instagram, Twitter y un Canal de Youtube, en el que se encuentran disponibles todos los capítulos.
Un resumen en cinco hitos de cómo ha sido 2019 en el continente, según Amnistía Internacional. Desde los campos de ‘chinificación’ hasta Roberto Duterte y su guerra contra la droga.
En Amnistía Internacional hemos seguido la situación en 25 países del continente asiático, pero, por si acaso no tiene tiempo para procesar la tonelada de información, resumimos en cinco hitos cómo ha sido el año 2019 en lo que se refiere a violaciones de derechos humanos.
1. Una Premio Nobel defendiendo un genocidio (Myanmar)
El 12 de diciembre de 2019 asistimos entre el horror y cierta fascinación malsana a la caída de un mito en directo retransmitido por nuestras pantallas. La gran Aung San Suu Kyi, Premio Nobel de la Paz en 1991, que estuvo 15 años bajo arresto domiciliario por defender la democracia, que después arrasó en las elecciones de 2015, un símbolo mundial de la dignidad y de la resistencia pacífica, se subió a una tribuna en la Corte Internacional de Justicia en La Haya para defender a los militares genocidas de su país, Myanmar.
Con su voz pausada, Suu Kyi denominó «conflicto armado interno» la violencia étnica en el estado de Rakhine, al oeste del país, y explicó que el término «operaciones de limpieza» utilizado por los militares para las actuaciones de respuesta en Rakhine «ha sido distorsionado». «En mi país no se toleran las violaciones de derechos humanos”.
Amnistía Internacional ha documentado asesinatos (incluidas personas quemadas vivas), violaciones y agresiones sexuales a mujeres y niñas, torturas, inanición forzada, incendio selectivo de poblados rohinyás, uso de minas terrestres, desapariciones forzadas, ejecuciones extrajudiciales y trabajo forzoso. También hemos descrito cómo antes de que comenzara la última oleada de violencia la población rohinyá ya vivía en un estado de apartheid, y cómo el aproximadamente millón personas que consiguió huir a Bangladés, el país fronterizo, viven en campos de refugiados con inmensas carencias y sufriendo la creciente hostilidad de la población local azuzada por campañas de odio que pululan en redes sociales.
Personas refugiadas rohinyá hacen cola durante horas bajo la lluvia esperando la llegada de ayuda humanitaria.ANDREW STANBRIDGE (AMNESTY INTERNATIONAL)
2. Un millón de personas en campos de adoctrinamiento para chinificarse
En 2017 detectamos un efecto paranormal en la región del Sinkiang en China. Miles de personas de etnias uigur y de otras minoritarias desaparecían como si las engullera un agujero negro. A lo largo de estos años, tras mucha investigación, y también con ayuda de imágenes de satélite y otras noticias que fueron surgiendo, se averiguó que el gobierno chino estaba internando a miles de personas de etnias minoritarias en unos campos de educación para asimilarlos a lo que consideran que es ser chino o china.
Personas que han conseguido salir de los centros los describen como sitios infernales en los que como poco tienen que aprender chino, cantar canciones patrióticas, dar vivas al presidente de China, y ya en otro nivel, sufren insultos, palizas, reclusión en régimen de aislamiento, tortura y privación de alimentos. Se puede acabar en uno de estos centros por cosas como llevar una barba “extraña”, cubrirse la cabeza con un velo o un pañuelo, rezar a menudo, ayunar, evitar el alcohol, o tener libros o artículos sobre el Islam. También por viajar al extranjero por motivos de trabajo o de estudios, en especial a países de mayoría musulmana, o por estar en contacto con personas fuera de China. Así que no es de extrañar que un millón de personas estén allí retenidas.
En 2017 detectamos un efecto paranormal en la región del Sinkiang en China: miles de personas de etnias uigur desaparecían como si las engullera un agujero negro
El gobierno chino se ha empecinado en negar la evidencia aunque sí acabó admitiendo en octubre de 2019 que existen, sí, pero que se trata de centros de formación “vocacional”, creados “para educar a personas influidas por el extremismo religioso” y evitar que se conviertan en terroristas.
La puntilla llegó un mes después, el 19 noviembre. The New York Times abrió su edición a toda página con 400 documentos filtrados del gobierno chino que describen el programa de detenciones masivas con mucho detalle aportando transcripciones de discursos del Presidente Xi Jinping y comunicación del gobierno que explican purgas de funcionarios que pusieron pegas al sistema represivo.
Un escándalo en toda regla que dado el estatus de China como potencia mundial pocos países musulmanes se han atrevido a criticar.
3. Avances a cuentagotas para el 51% de la población
En algunos otros países de la región, las mujeres parecen vivir directamente en el medievo. Otro año más, han salido a la luz casos de asesinatos y torturas a mujeres acusadas de brujería en Papúa Nueva Guinea y de lapidaciones y ejecuciones públicas en zonas de Afganistán controladas por los talibanes, por tener relaciones sexuales fuera del matrimonio.
Tenía miedo y con razón: su cuerpo fue encontrado a la mañana siguiente. La habían violado, asesinado y quemado
El enésimo caso que ha escandalizado India es el de una joven veterinaria de 27 años, que salió de su casa en las afueras de Hyderabad, al sur de la India, para ir a una cita con el médico. Después de la consulta, fue a coger su moto y se dio cuenta de que tenía una rueda pinchada. Llamó a su hermana menor para contarle lo que pasaba, que se hacía de noche y que un grupo de hombres se había ofrecido a arreglar su motocicleta. Tenía miedo y con razón: su cuerpo fue encontrado a la mañana siguiente. La habían violado, asesinado y quemado.
Las penas contra este tipo de violencia extrema se endurecieron en India a raíz de la violación en grupo y asesinato de una estudiante de 23 años en un autobús público en 2012. Ella estaba con un amigo que fue golpeado con una barra de hierro, la misma que se usó para penetrarla tan severamente que los intestinos de la víctima tuvieron que ser extirpados quirúrgicamente antes de su muerte trece días después del ataque. Cuatro hombres han sido condenados a muerte. Pero no hace falta ser una persona experta para darse cuenta de que esto no erradicará la violencia contra las mujeres.
Las mujeres toman las calles en Lahore, Pakistán, durante el 8 de marzo.EMA ANIS (AMNESTY INTERNATIONAL)
Por acabar con una nota positiva, que muestra el largo camino todavía por recorrer: dos casos muy mediáticos que acabaron bien en Indonesia. Baiq Nuril Maknun, de 41 años y madre de tres hijos, estaba recibiendo llamadas telefónicas del director de la escuela en la que trabajaba, acosándola sexualmente. Comenzó a grabar estas llamadas que se hicieron virales, según ella, sin su consentimiento. Esto resultó en una condena por distribución de material pornográfico para Baiq. El otro caso es el de una niña de 15 años que fue condenada por aborto ilegal tras ser violada por su hermano. Esta niña fue absuelta por el Tribunal Supremo y Baiq recibió una amnistía del Presidente.
Y del dicho al hecho. Su campaña de guerra contra las drogas ha provocado el asesinato de miles de personas —el Gobierno ha admitido 6.000 homicidios policiales— que pueden constituir crímenes de lesa humanidad, según Amnistía Internacional. El año pasado la Corte Penal Internacional anunció que iniciaría una investigación preliminar sobre Filipinas, pero ni aún así han cesado los asesinatos.
5. Todo lo demás…
Además de estos puntos, hubo muchos acontecimientos buenos y malos en la región:
– la represión con inmensa fuerza de las protestas en Hong Kong y en Cachemira donde a la detención de cientos de personas el gobierno indio sumó un férreo estado de sitio y corte de comunicaciones.
– el conflicto armado en Afganistán sigue cobrándose la vida de miles de civiles —a pesar de lo cual países europeos envían allá a solicitantes de asilo y refugiados—.
– la polución en Lahore (Pakistán) alcanzó límites tales que en Amnistía Internacional movilizamos a simpatizantes en todo el mundo para hacer campaña en favor de la población.
El año 2019 fue complicado, como lo fue el anterior y lo será el siguiente. Pero cuando no hay esperanza, es preciso crearla, como han demostrado una y otra vez el activismo de la región que a pesar de la represión, se ha mantenido firme en la defensa de sus derechos.
Los escritores colombianos siempre han dado cuenta del conflicto armado del país. Pero el acuerdo de paz representa nuevos retos para su narrativa.
“Al caer el sol, las tropas guerrilleras bailan: siempre chico y chica juntos, muy jóvenes, apretados, él con una mano en la cadera de ella, los pies moviéndose con destreza, entrelazándose sin llegar a pisarse. Cada canción les aleja un poquito más de la única vida que han conocido: la guerra. En su mirada, un combate: el de un horizonte sin armas contra un pasado en el que la violencia se llegó a normalizar”.
Si la literatura responde al espíritu del momento en una sociedad, el relato de X: el francotirador rebelde, del periodista José Fajardo, refleja el que vive Colombia: un periodo de transición después de una guerra de medio siglo tras la firma de un acuerdo de paz, el reacomodo, la incertidumbre o, como los personajes de este libro, un combate por dejar el pasado violento atrás. «Colombia ha sido el país de los nadie, del que mata y no quiere que su nombre se sepa, del que muere y nadie se acuerda’, dice Fajardo en el libro en el que se ocupa de un excombatiente al que la guerra le borró la identidad.
La literatura sobre posconflicto o, si se quiere de paz, una palabra aún polémica porque es esquiva en amplias regiones del territorio nacional, no es nueva en Colombia. Más bien, como ha dicho el escritor Sergio Álvarez (La Lectora, 35 muertos) el conflicto hace parte del ADN de la narrativa del país. No hay escritor que haya escapado a esta realidad. Se encuentra en Cien Años de Soledad, de Gabriel García Márquez; en Los Ejércitos, de Evelio Rosero; o en Delirio, de Laura Restrepo, por mencionar unos pocos. Álvarez, por ejemplo, ha contado la historia de los campesinos desplazados, pero también ha navegado en el mundo de delincuentes, narcotraficantes y guerrilleros. Sin embargo, como dijo en el Festival Internacional de Literatura de Berlín en 2017, espera que el proceso de paz fructifique y que “podamos empezar a contar lo que viene después, la construcción de un país distinto y la secuela de todos esos enfrentamientos violentos, pero vistos de una forma más constructiva”.
La literatura sobre paz en Colombia se entiende también como memoria. La novela- dice el escritor Santiago Gamboa (Será larga la noche)- es un espejo. “Nosotros hemos tenido tres grandes catarsis como sociedad en los últimos 15 años, ¿y de donde han provenido? Del arte. La primera, El olvido que seremos, libro de Héctor Abad Faciolince, que refleja la muerte del padre, la orfandad. Es el padre de Héctor Abad, pero lo leemos como un espejo, entonces lloramos con ese libro y nos conmueve profundamente. Es el más leído en Colombia después de García Márquez porque produjo una gran catarsis nacional”, dice Gamboa, cuyo último libro da voz a un excombatiente. “La segunda, la obra de Doris Salcedo: la paz, la reconciliación, la dureza de las armas, las víctimas. Y la tercera, las fotos de Jesús Abad Colorado. Es el arte el que nos permite comprender la realidad y conmovernos con ella. Eso produce mejores ciudadanos”, agrega.
Pero encarar esta nueva etapa de Colombia no es un desafío sencillo para los escritores y cada uno se acerca desde distintos ángulos. Se trata de una narrativa de la fragilidad porque da cuenta de una paz endeble, quebradiza. Pablo Montoya (Tríptico de la infamia, Los derrotados), afirma que tras los acuerdos de paz abunda la narrativa testimonial y que se viene una avalancha de literatura sobre desaparecidos porque “necesitamos nombrarlos y rescatarlos desde la literatura misma”.
Para Montoya, quien lanza este año su novela sobre la escombrera, una gran fosa común en las laderas de Medellín, en un país con tantas víctimas -cerca de 83.000 desparecidos-, la literatura tiene el papel de darles voz a quienes han estado silenciados y de “aguar la fiesta” a aquellos que buscan pasar la página como si Colombia no estuviera fracturado. “Nuestra obligación es más recordar que olvidar, más remover los escombros del ayer que ocultarlos o ignorarlos”, dice el ganador del premio Rómulo Gallegos.
“La pregunta que, por lo tanto, me concierne como escritor es: ¿cómo la literatura podría participar en esta confluencia de múltiples inquietudes desprendidas por los acuerdos de paz firmados en La Habana? Debe sustentarse en un credo que ha movido la escritura literaria más arrojadiza: ha de hundirse en zonas turbias”, agrega en su ensayo Paz y literatura.
El relato oficial sobre lo que ha pasado en Colombia es un terreno en disputa. Y las grandes editoriales han apostado por novedades de no ficción, por el relato de algunos de sus participantes. La más conocida es La Batalla por la Paz (Planeta), escrita por el expresidente Juan Manuel Santos, que aborda la filosofía y detalles sobre cómo llegó al proceso de paz. El título del libro que alude, tal como el de los personajes de X: el francotirador rebelde, a la paz como una batalla por dar, a un combate.
En esa misma línea y desde adentro, también está Revelaciones al final de una guerra, el testimonio del negociador del gobierno, Humberto de la Calle. Y Disparos a la paz (Penguin Random House), de los exministros Juan Fernando Cristo y Guillermo Rivera. Ambos libros revelan episodios desconocidos sobre el proceso de paz, las dificultades durante el plebiscito y lo que viene para los actores del acuerdo.
Pero no son las únicas voces que se están levantando. Los excombatientes también quieren narrar cómo han vivido la guerra y ahora, la paz. Martín Cruz Vega, que estuvo en la guerrilla de las FARC durante 43 años, es un prolífico escritor y desde que se selló el acuerdo de paz ha publicado varios libros: Diario de la guerra y la paz; El último fusil, De las trochas a la paz, Crónicas clandestinas y Orbitar en mis versos, este último por salir. “Publiqué el primer libro en 2017 cuando todavía estábamos con las armas en las manos. Pero el proceso de paz fue un estímulo. Mi vida en la selva fue muy larga y siempre escribí. Ese era mi bálsamo e iba recopilando todo esperando para publicar. Es importante la literatura sobre lo que pasó en la guerra para que no vuelva a pasar en ninguna parte del mundo”, dice. “La posibilidad para escribir es ahora en la paz”, concluye Cruz Vega.
Por primera vez, el Foro Económico Mundial ha permitido grabar su reunión en Davos para un documental.
Los líderes políticos y económicos del mundo son plenamente conscientes de que están llevando el planeta al desastre con el aumento de la desigualdad, la consecuente pérdida de credibilidad del sistema democrático representativo y la crisis climática. Lo son y los vemos admitirlo sin pudor en el documental El Foro, que se emitirá esta noche en TV3.
Nunca hasta ahora el Foro Económico Mundial había permitido grabar el backstage de su evento más conocido, el encuentro más importante de líderes políticos, empresariales y algunos sociales que se celebra anualmente en las montañas suizas de Davos.
1.500 jet privados, cientos de todoterrenos negros blindados, decenas de helicópteros militares recalan cada enero en este puerto de montaña, desde 1971, para analizar supuestamente los retos más importantes de su momento. Al menos ese es el objetivo según explica el fundador y presidente del Foro, el economista suizo Klaus M. Schwab. “El comité para mejorar el estado del mundo”, leemos bajo el logo de esta entidad que durante unos días reúne a los CEO de BP, Nestlé, Monsanto y las mayores compañías del mundo con los representantes políticos, supuestamente para que establezcan alianzas público-privadas que “cambien en sistema”, dice en un momento del documental Schwab. Algo disparatado si tenemos en cuenta que esta fundación, en la que trabajan unas 800 personas, está fundada por mil corporaciones transnacionales.
El documental El Foro, rodado durante casi más de un año -desde la preparación de la reunión de 2018 hasta mediados de 2019– es una oportunidad de ver ‘cara a cara’ cómo se relacionan, se mueven y se dirigen al resto de los asistentes Donald Trump, Jair Bolsonaro y Theresa May, entre otros representantes políticos. Pero también la aparente confianza que gente como Schwab y sus trabajadores tienen en conceptos como la responsabilidad social corporativa mientras se sientan con los responsables de las plantaciones de aceite de palma en Indonesia, a los que mediante una diplomacia suave intentan convencer de las bondades de las plantaciones sostenibles. “Todos son humanos, todos”, repite un alto directivo del Foro en referencia a su capacidad de influir a todas las capas de poder, desde presidentes hasta secretarios de sindicatos.
Todo esto mientras vemos cómo Schwab, un hombre que está en las antípodas de la ostentación y el histrionismo, hace llamadas para conseguir que el primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, acuda al Foro y se le ocurre que una buena manera de seducirlo sería ofreciéndole sentarse al lado de un premio Nobel; cómo las primeras sillas de las conferencias inaugurales están destinadas a los perennes influencers (Leonardo DiCaprio, Bono…) y cómo algunas de las entrevistas de los medios internacionales más importantes son un masaje de espalda para Schwab.
Porque sí, es Schwab el verdadero protagonista del documental: un hombre que considera que no hay que combatir el cambio climático, sino cambiar el sistema, y que se puede hacer desde dentro, casi susurrando frases contundentes a Aung San Suu Kyi, líder birmana que ha justificado el genocidio de los rohinyás, para que permita retornar a un millón de estos; con ministros indonesios que se jactan de controlar el Parlamento…
Pero la verdadera obsesión del economista es la cuarta revolución industrial, una apuesta del Foro Económico Mundial que cuenta con una sede en San Francisco para asesorar a gobiernos en la implantación de tecnología dirigida al control de las fronteras, movilidad sostenible como los coches autónomos y los drones. De hecho, una de las imágenes más bucólicas del documental es cuando el profesor Schwab viaja a Ruanda para comprobar la buena marcha de una empresa a la que han apoyado económicamente para desarrollar el transporte de sangre mediante drones a los hospitales. “El cambio de la legislación para permitirlo ha sido fundamental”, le recuerda Schwab al ‘emprendedor social’, como le llaman, haciendo hincapié en la capacidad de influencia del Foro. Al menos en los países empobrecidos, habría que añadir.
El alter ego del profesor suizo es Jennifer Morgan, directora ejecutiva de Greenpeace Internacional. Asistimos a las reuniones que mantiene con su equipo para decidir si acudir al evento y, en caso afirmativo, cómo y para qué. “Gastamos mucho dinero y tiempo a veces intentando comunicarnos con estos ‘chicos malos’. Enviamos barcos, nos colgamos de edificios… Y en realidad no podemos conseguir nuestro objetivo sin este grupo de gente (…). Son los que pueden cambiar el rumbo y evitar la catástrofe. Así que tenemos que lidiar con ellos”, sostiene uno de sus asesores.
Morgan tiene las hechuras de la activista con capacidad de influencia: se reúne con Schwab para decirle que no basta con lo que está haciendo, se presenta a Bolsonaro y le entrega su tarjeta mientras le pregunta por el Amazonas, pero, sobre todo, es capaz de reconocer con entusiasmo el potencial de una niña que ha aparecido recientemente en la luz pública: Greta Thunberg. Consigue que se proyecte un vídeo de ella antes de la conferencia de Al Gore en el Foro, y habla entusiastamente de la joven activista ante todos los micrófonos. Porque, como vemos en la cinta, Thunberg es el elemento disruptivo, la nueva pantalla, el nuevo tiempo que se abre y que arrastra incluso a Schwab.
Thunberg llegó al enclave suizo cuando aún era relativamente desconocida, en enero de 2019, como representante de la incipiente revuelta mundial juvenil de los Viernes por el clima, las imágenes más emocionantes de la cinta: miles de jóvenes en numerosos rincones del planeta alzando la voz por lo que en Davos llevaban dándole vueltas desde 1991 sin adoptar ninguna medida efectiva real.
Tras la partida de Bolsonaro, encargado de impartir la conferencia inaugural de 2019 en su primer viaje internacional, los todoterrenos, jets y helicópteros alzan el vuelo… Meses después, el primer ministro canadiense Justin Trudeau anuncia la prohibición de los plásticos de un solo uso en Canadá para 2021, Costa Rica se proclama como el primer país del mundo descarbonizado… mientras el Amazonas arde.
El Foro, un documental dirigido por el alemán Marcus Vetten, es una ventana a una forma de entender la gobernanza global que languidece, pero que en su agonía se resiste dando coletazos a perder su poder mientras arrasa con todo, mientras nos arrasa.
El pensador británico, recientemente fallecido, alzó múltiples casas del saber: escribió libros y música, defendió la naturaleza, amó la Inglaterra eterna y fue constructor de una reserva moral.
Si todo sistema filosófico -por acordarnos de Nietzsche– termina por vivirse a modo de unas memorias, pocos pensadores habrán encarnado sus ideas en su vida con la feliz fecundidad de Sir Roger Scruton (1944-2020). A lo largo de cincuenta libros, en efecto, el filósofo británico iba a alzar múltiples casas del saber que, más grandes o más pequeñas, siempre terminaría por hacer habitables para sí. Así, si su querencia por la música y la teología le llevaron a escribir óperas o ser organista de su parroquia, su amor por la Inglaterra eterna -otro tema de sus libros- le llevó a vivir en el campo o ser un competente jinete en la caza del zorro, y si la centralidad de la belleza en la arquitectura le permitió asesorar al Gobierno en la materia, su preocupación por el medio ambiente le condujo a la fundación de una granja. En fin, el filósofo que afirmaba ser un hombre metódico por abrir cada noche, a eso de las ocho, una botella de claret, incluso iba a dejarnos un rapto, inteligente y cordial, de amor al vino en las páginas de Bebo, luego existo.
Pagar un precio
De las difíciles congruencias de la vida de Scruton, sin embargo, da fe el Guardian -que no era precisamente su periódico- cuando subraya cómo el gran filósofo conservador fue de todo menos un socialista caviar. No hay ningún bien por el que Scruton no tuviera que pagar un precio. En los ochenta se arriesgó a todos los males posibles por ayudar -fundamentalmente en Checoslovaquia- a la disidencia intelectual en el Este. También entre los setenta y los ochenta tuvo que dejar de lado su vida académica en Gran Bretaña ante el boicot de sus pares. Solo con el tiempo ese valor le rendiría: en países como Polonia o Chequia ha tenido algo de héroe nacional, y en su propio país la Reina terminaría por incluirlo en su lista de honores con el título de «Sir», en un gesto no menor para un Scruton amante de la deferencia y un ideal gentlemanesco que poco tiene que ver con la prosapia: él mismo, con cierto esnobismo inverso, cantaría la modestia de sus orígenes familiares.
Muchos lloran la pérdida de alguien a quien volver los ojos, un consuelo en tiempos de zozobra
Incluso en una obra -y en una vida- articulada en torno al amor y la belleza, Scruton terminaría por formar una familia, en su segundo intento, con una joven y elegantísima historiadora de la arquitectura, Sophie Jeffreys. Amor y pedagogía: cada verano, y aprovechando su consolidación como estrella internacional del pensamiento, Sir Roger todavía abría su granja para pasar unos días junto a sus discípulos en una Scrutopia menos parecida a un congreso de filosofía que a un ágape intelectual. Y nunca dejó de vigilar la marcha de su revista, The Salisbury review.
La interminable respetabilidad de Scruton, sin embargo, no sólo tenía que ver con su integridad personal o su eco intelectual: ante todo, derivaba de ser depositario de una cultura y una sabiduría universales, de las de antes, por las que podía tratar con Platón, Dante o Conrad con familiaridad perfecta. Quizá, quienes lo hemos tenido por compañía durante años, sólo hemos echado en falta una cosa: que se le reconociera -más allá de sus incursiones en la ficción- por la extraordinaria calidad del escritor que fue, como memorialista, como retratista, como humorista y polemista. A su muerte, muchos le han llorado como la pérdida de una reserva moral o un maestro del espíritu: alguien a quien volver los ojos, un consuelo en tiempos de zozobra. Pero, a despecho de las polémicas que tantas veces le rodearon, también sus adversarios intelectuales le han despedido con magnanimidad, siquiera sea, por citar al Burke que tan caro le fue a Scruton, por aquello de que nuestro antagonista es nuestra ayuda pues nos fuerza a ser mejores.
Fue en The Guardian donde Scruton dio razón de su conservadurismo y le puso fecha y hora: mayo del 68. «Estaba en el Barrio Latino de París», decía Scruton, «viendo a los estudiantes volcar coches, romper ventanas y lanzar adoquines, y por primera vez en mi vida sentí una oleada de indignación política. De repente me di cuenta de que estaba en el otro bando. Vi una multitud ingobernable de hooligans de clase media encantados de haberse conocido. Cuando pregunté a mis amigos qué querían, qué intentaban lograr, todo lo que me contestaron fue un centón de perezosos tópicos marxistas. Me irritó y pensé que debía de haber un camino de regreso a la defensa de la civilización occidental. Fue entonces cuando me convertí en conservador: quería conservar las cosas en lugar de derribarlas».
En realidad, hasta alguna izquierda iba a terminar leyendo con atención a Scruton, quien -justamente- iba a proyectar la tradición burkeana en nuestro tiempo. Alejado en el espíritu de un thatcherismo que vio antropológicamente cojo por su insistencia en lo económico, la preocupación por la belleza, por la esfera sentimental, por la arquitectura y el medio ambiente, así como por el legado civilizatorio occidental, entroncaban con el sentido de comunidad y la continuidad de Burke, frente a tantas filosofías contemporáneas que él criticaba por su nihilismo y relativismo. Como escribió Bossuet y Scruton pudo haber firmado, «lo propio de la misericordia es conservar»: el conservadurismo scrutoniano estaba basado en esta órbita afectiva, frente a su crítica de tantas posiciones de supuesto progresismo por tener sus raíces en el resentimiento.
La vida es gratitud
En el último texto que publicó en vida, al terminar 2019, Sir Roger Scruton escribía en el Spectator que «durante este año es mucho lo que se me ha quitado: mi reputación, mi posición como intelectual público (…), mi salud». En efecto, una entrevista manipulada llevó a su despido como asesor del Gobierno en materia de construcción. La revista en cuestión, The New Statesman, pediría perdón a posteriori y publicaría las conversaciones originales a petición de Scruton. El Gobierno le volvió a contratar como asesor, y si sus paisanos se habían mostrado cicateros con él, checos y polacos iban a condecorarle.
Tras el sabor de ceniza de la humillación pública, nunca del todo compensada por la reparación, al filósofo se le detectó un cáncer cuya trayectoria ha sido fulminante. Aunque se le quitara mucho, reflexionaba Scruton, «se me ha dado mucho más» -de sus médicos a sus amigos o el hecho de que «tras tocar fondo en mi propio país, otros me han llevado a la cima, y estoy contento de haber vivido lo suficiente como para ver que esto ocurría»-. Su frase final parece un involuntario -o quizá no- compendio de su obra: «Al acercarte a la muerte empiezas a saber cuál es el significado de la vida. Y lo que significa es gratitud».
«Temo el momento en el que un niño no quede con sus amigos para verlos por Skype»
«Los niños están viviendo un momento de peligro muy grave, porque no es que jueguen poco, es que no juegan entre ellos«. Expeditivo. Contundente. El mensaje de Francesco Tonucci, pensador, psicopedagogo y dibujante, es claro: la sociedad actual no está permitiendo desarrollar el juego de los niños, al menos no de una manera saludable y libre.
El experto, que participó en la campaña de 12 Meses, la iniciativa de acción social de Mediaset España, ‘Jugar es un asunto muy serio‘ cree que a los niños hay que «dejarlos» jugar, pero que, habitualmente, «dejar» no es el verbo que acompaña a «jugar» sino, más bien, el de «acompañar», «vigilar» o «controlar». «Cuando se dice a algunos padres que hay que ‘dejar’ ir a jugar a los niños parece una frase incomprensible para ellos. ¿Cómo que vayan solos? Siempre tienen que acompañarlos, y eso significa ir todos los días al mismo lugar, a esos jardines de juego en los parques para niños, donde están cerrados y vigilados», explica el pedagogo.
En la sociedad proteccionista actual, Tonucci aboga por dejar que los niños puedan salir de casa sin adultos, que puedan estar con amigos, que elijan un juego adecuado para cada espacio, porque cada juego tiene sus necesidades. «La idea de que un niño vaya al mismo sitio, vigilado, hasta que se canse, no tiene nada que ver con el juego. Y cuando veo estos espacios pienso que los alcaldes y los arquitectos han tenido una suerte muy rara de la infancia, no han sido niños, porque cómo es posible que una persona que ha sido niño piense que ese espacio es bueno para jugar. Lo que siempre digo es que en el mundo del juego los adultos no deberían entrar«.
La creatividad ha dejado de existir
«Los niños son meros consumidores. El adulto espera hasta que el niño se canse para que puedan volver a sus actividades pero, si lo pensamos bien, un niño nunca se cansa cuando está jugando de verdad. Cuando un niño se cansa jugando en media hora es que algo no va bien», apunta Tonucci.
En toda esta amalgama de roles de la sociedad actual, los abuelos tienen que tomar partido de una manera activa e importante. ¿Cómo? No ya ayudando a sus nietos, sino a sus hijos. «Tienen que ayudar a los hijos a no tener miedo, a entender que la ciudad no merece el miedo que tienen y, a su vez, ser un poco guardianes de los niños. Niños y abuelos deberían ser aliados y pedir a los políticos que devuelvan el espacio público a la gente para que unos puedan pasar tiempo al aire libre y los otros puedan jugar, pero cada uno por su cuenta», explica el experto en Uppers.
Las calles han cambiado
Cuando Tonucci jugaba con sus amigos en la calle, era la propia calle la que se hacía cargo de los niños: los vecinos. Pero, hoy en día, todo aquello se ha perdido. El individualismo y el cambio de paradigma en el juego de los niños han hecho que todo aquello se volatilice y se pierda. ¿Para siempre?
«Lo que proponemos es volver a ese punto de partida», explica Tonucci, «cuando pedimos que los niños vayan a la escuela sin adultos, pedimos a los comercios que están en la calle que se sumen a este proyecto, que compartan la responsabilidad, y es muy fácil: poner una pegatina en el escaparate que los niños conozcan para que sepan que si tienen una necesidad como un vaso de agua, una llamada a casa, puedan entrar que no salgan de ahí si no han resuelto su problema».
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