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Educación para la Paz como una política pública para el 2030

Ya está por terminar el desfile de promesas. Faltan días para la segunda vuelta de las elecciones presidenciales y el país está desbordado entre dos posturas de distinta procedencia ideológica. Frases sobre seguridad, empleo, infraestructura, crecimiento económico y lucha contra la corrupción. Los equipos de campaña de ambos candidatos diseñaron documentos con diagnósticos, metas e indicadores. Algunos hablan, aún sin propuestas concretas, de orden; otros, de reformas; y otros, de cambios estructurales. Lo triste es que el común de la población votante cree que así se construye el futuro del país: con promesas inanes. Aún votamos con los intestinos. Somos un país analfabeto democrático y político.

Entre esa lista de prioridades y promesas existe un asunto que suele aparecer como un capítulo breve o una línea secundaria: la paz. A veces se reemplaza con la alocución “seguridad”, como si fuera lo mismo. Peor renglón ocupa lo que me interesa compartir en esta columna: la educación para la paz. Continúa siendo tratada como un tema complementario cuando debería ocupar un lugar central en la discusión sobre el país que se quiere construir.

La paz en Colombia ha tenido una extraña costumbre institucional. Cada gobierno la redefine, la reorganiza y la vuelve a empezar. Los programas cambian de nombre, las estrategias desaparecen, los equipos técnicos se reemplazan y las prioridades se ajustan según la orientación política de la administración de turno. Lo construido por unos suele entrar en disputa con quienes llegan después. El resultado es una política pública sometida a ciclos electorales que terminan debilitando procesos que requieren continuidad histórica.

La educación para la paz ha sufrido ese problema durante décadas. Ha sido incorporada en leyes, políticas y programas institucionales, pero rara vez ha logrado consolidarse como un proyecto de largo plazo protegido de las disputas políticas. La escuela, las universidades y las organizaciones comunitarias terminan funcionando como espacios donde aparecen esfuerzos aislados que dependen más de la voluntad de personas concretas que de estructuras permanentes.

En Colombia existe una tendencia a entender la paz como un asunto que se negocia entre actores armados o que se administra desde oficinas gubernamentales. Esa lectura deja por fuera una dimensión que atraviesa la vida cotidiana. La paz también se construye en las relaciones sociales, en las formas de resolver conflictos, en la manera como se tramitan las diferencias y en la posibilidad de reconocer a quienes históricamente han quedado fuera de las decisiones públicas.

La educación ocupa un lugar central en ese escenario porque ahí se producen formas de comprender el mundo y de relacionarse con otros. Una escuela puede convertirse en un espacio donde se aprende a convivir con la diferencia o en un lugar donde se reproducen jerarquías, exclusiones y formas de violencia simbólica. Lo mismo ocurre con la universidad, con los medios de comunicación y con múltiples escenarios comunitarios.

Por esa razón, la discusión sobre educación para la paz no puede reducirse a la existencia de una asignatura o a la incorporación de ciertos contenidos en los planes de estudio. Durante años, muchos colegios incorporaron la Cátedra de Paz mediante actividades puntuales, talleres ocasionales o documentos administrativos elaborados para cumplir requisitos institucionales. En numerosos casos, la discusión quedó atrapada en procedimientos formales y perdió capacidad para modificar prácticas concretas.

La paz convertida en un listado de actividades termina produciendo un efecto contrario al esperado. Los estudiantes perciben rápidamente cuándo un discurso institucional carece de relación con las realidades que viven diariamente. Resulta difícil hablar de convivencia cuando las escuelas reproducen formas autoritarias de relación. Resulta complejo discutir reconciliación cuando los territorios siguen marcados por desigualdades profundas. También resulta problemático hablar sobre diálogo cuando los espacios educativos funcionan mediante esquemas verticales donde las voces juveniles ocupan posiciones marginales.

Los candidatos presidenciales deberían observar esa situación con mayor cuidado. Gobernar un país implica administrar problemas urgentes, pero también construir condiciones futuras. Colombia sigue siendo una sociedad atravesada por conflictos territoriales, desigualdades económicas, fragmentaciones sociales y violencias múltiples que cambian de forma y de actores. Pensar que esos problemas pueden resolverse únicamente mediante acciones policiales o decisiones jurídicas, desconociendo las realidades de los territorios marginados por el centralismo, representa una mirada miope.

La violencia urbana muestra esa situación con bastante claridad. Durante años, la discusión pública ha estado concentrada en estadísticas de homicidios, capturas o estructuras criminales. Son asuntos relevantes, pero las cifras suelen ocultar procesos sociales más complejos. Existen barrios donde generaciones enteras han crecido en medio de economías ilegales, estigmatización territorial y oportunidades reducidas. Existen jóvenes cuya relación cotidiana con el Estado aparece principalmente a través de instituciones de control y vigilancia.

La pregunta que debería hacerse cualquier candidato presidencial es relativamente sencilla: ¿qué tipo de ciudadanía espera construir durante los próximos años? Esa pregunta parece abstracta, pero tiene consecuencias muy concretas. Dependiendo de la respuesta, cambian las prioridades presupuestales, las políticas educativas y las formas de relacionarse con las comunidades.

Un gobierno progresista tendría una responsabilidad particular en ese escenario. Quienes se ubican políticamente en ese sector suelen hablar de justicia social, participación ciudadana y ampliación de derechos. Esos elementos guardan una relación directa con la educación para la paz porque permiten pensar la convivencia desde condiciones materiales concretas y desde relaciones sociales más equitativas.

Sería deseable que el próximo gobierno mantuviera una orientación progresista. No por lealtades partidistas ni por afinidades ideológicas personales. La razón tiene que ver con la posibilidad de continuar procesos que han comenzado a abrir espacios de discusión sobre inclusión, diversidad, memoria histórica y participación territorial. Existen avances que requieren tiempo para consolidarse y que podrían perderse si cada administración decide comenzar nuevamente desde cero.

Sin embargo, la democracia implica la posibilidad de alternancia política. Los resultados electorales pueden producir escenarios distintos y esa realidad también debe asumirse con responsabilidad. Si el próximo gobierno pertenece a una corriente diferente, la educación para la paz tampoco debería convertirse en una víctima secundaria de disputas ideológicas.

Los candidatos deberían comprometerse desde ahora con un principio básico. Lo construido institucionalmente en materia de paz y educación debe ser evaluado, corregido cuando sea necesario y fortalecido cuando existan resultados positivos. Destruir procesos únicamente porque fueron impulsados por administraciones anteriores representa una práctica costosa para cualquier sociedad.

Colombia conoce bien las consecuencias de esa lógica. Cada cambio gubernamental trae modificaciones administrativas que interrumpen experiencias locales, reemplazan equipos técnicos y suspenden iniciativas comunitarias. Muchos proyectos terminan desapareciendo antes de mostrar resultados porque las temporalidades políticas rara vez coinciden con las temporalidades sociales.

La construcción de paz necesita tiempos largos. Las relaciones sociales no cambian con la velocidad de un decreto presidencial ni con la duración de un período gubernamental. Las transformaciones culturales requieren permanencia, acumulación de experiencias y aprendizajes colectivos. Las comunidades necesitan confianza para participar, y esa confianza difícilmente aparece cuando las reglas cambian cada pocos años.

Existen experiencias territoriales que muestran caminos posibles. Diversas comunidades han desarrollado procesos pedagógicos relacionados con memoria, convivencia, cultura ciudadana y participación juvenil. Algunas iniciativas han surgido en territorios marcados por el conflicto armado; otras han aparecido en contextos urbanos atravesados por violencias cotidianas. Muchas veces esos procesos permanecen invisibles para las políticas nacionales.

Ahí aparece otro problema frecuente. La educación para la paz suele diseñarse desde oficinas centrales con escasa relación con las particularidades territoriales. Colombia presenta diferencias culturales, sociales y económicas enormes. Las realidades del Caribe colombiano, del Pacífico, de la Amazonía o de regiones fronterizas contienen dinámicas específicas que requieren respuestas situadas.

Los territorios no representan simples lugares donde se implementan programas diseñados desde arriba. Son espacios donde existen capacidades organizativas, conocimientos locales y formas particulares de comprender los conflictos. Ignorar esas experiencias produce intervenciones desconectadas de las condiciones reales donde pretenden operar.

Los candidatos presidenciales deberían abandonar la idea de que gobernar significa llegar con soluciones terminadas. Escuchar territorios implica reconocer capacidades existentes y construir políticas con quienes habitan esas realidades. La educación para la paz necesita esa lógica porque trabaja precisamente sobre relaciones humanas y experiencias sociales concretas.

También resulta necesario revisar qué entendemos por éxito en materia educativa. Durante años, buena parte de la discusión pública ha estado concentrada en pruebas estandarizadas, resultados académicos y cobertura institucional. Esos indicadores aportan información relevante, pero dejan preguntas abiertas sobre convivencia, participación democrática y construcción de ciudadanía.

Una sociedad puede mejorar determinados indicadores educativos y mantener profundas fracturas sociales. Puede aumentar coberturas y conservar exclusiones históricas. Puede mostrar crecimiento económico y seguir reproduciendo formas cotidianas de violencia. La educación para la paz obliga a mirar dimensiones que frecuentemente quedan fuera de las métricas tradicionales.

La campaña presidencial representa una oportunidad para discutir esos asuntos antes de que las urgencias administrativas ocupen toda la agenda pública. Sería valioso escuchar propuestas concretas sobre formación docente, participación juvenil, fortalecimiento comunitario y articulación entre educación y construcción territorial de paz.

También sería valioso escuchar algo más sencillo y quizá más difícil: una disposición clara para reconocer que las políticas públicas no pertenecen a los gobiernos sino a la sociedad. Lo construido mediante recursos públicos y participación ciudadana no debería convertirse en propiedad política temporal de una administración específica ni en réditos politiqueros a futuro.

La educación para la paz necesita convertirse en una política con capacidad de sobrevivir a los ciclos electorales. Requiere acuerdos mínimos que permitan proteger procesos relevantes más allá de diferencias ideológicas legítimas. Ningún gobierno debería tener el poder de borrar completamente lo que otros construyeron cuando existen experiencias, aprendizajes y capacidades acumuladas.

Dentro de los siguientes días, los dos candidatos culminarán sus recorridos por plazas, universidades, barrios y municipios buscando votos. Escucharán reclamos sobre seguridad, empleo y servicios públicos. En medio de esas conversaciones, tal vez valga la pena formular una pregunta adicional: cuando lleguen a la Casa de Nariño, ¿piensan gobernar para el próximo período presidencial o piensan construir condiciones para las próximas generaciones?

La respuesta no debería aparecer en un discurso de campaña. Tendrá que observarse en la manera como decidan tratar aquello que el país ya construyó. Porque la paz no tendría que cambiar de dueño cada cuatro años; debería sembrarse en los territorios para que sea cosechada en el futuro de las comunidades, no de los políticos.

David Luquetta, antropólogo y doctor en ciencias sociales.

Educación para la Paz como una política pública para el 2030

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Educación superior en crisis: Paraguay retrocede en rankings internacionales

La inversión en ciencia apenas llega al 0,14% del PIB nacional. La Universidad Nacional de Asunción lidera la lista local pero ocupa puestos marginales a nivel mundial.

La educación universitaria en Paraguay enfrenta un panorama crítico. El país registra apenas 142 investigadores por cada millón de habitantes. Esta cifra resulta ínfima frente al promedio mundial de 1.521. Además, la inversión en investigación y desarrollo alcanza solo el 0,14% del Producto Interno Bruto (PIB).

Según el Ranking Scimago 2024, la Universidad Nacional de Asunción (UNA) sitúa su nombre en el puesto 6.952 a nivel global. En el ámbito de Latinoamérica, la institución ocupa la posición 280. Por su parte, el ranking Nature Index (2023-2024) posiciona a la UNA en el lugar 6.307 del mundo. En esta misma medición destaca la Universidad Nacional de Concepción, la cual lidera el área de ciencias clínicas en el país.

La crisis académica también afecta la graduación de los alumnos. En la Facultad de Ingeniería de la UNA (FIUNA), solo el 19,05% de los estudiantes termina la carrera en un plazo razonable. Muchos jóvenes demoran hasta 11 años para obtener el título.

Este escenario de debilidad institucional coincide con reveses en la calidad internacional. El Sistema de Acreditación Regional de Carreras Universitarias (Arcu-Sur) —mecanismo oficial del MERCOSUR— valida estándares de excelencia en la región. En mayo de 2026, la Resolución N.º 142 de la ANEAES confirmó una noticia negativa: la carrera de Ingeniería Civil de la FIUNA ya no cuenta con esta acreditación regional. Este rechazo refleja los problemas estructurales que frenan el avance de la tecnología paraguaya.

https://www.hoy.com.py/nacionales/2026/05/31/educacion-superior-en-crisis-paraguay-retrocede-en-rankings-internacionales

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Chile. “Ley del soplonaje de Kast”: Advierten por efectos en salud pública, educación, seguridad y derechos de niños migrantes

Por Seguel Alfredo.

La llamada “Ley de soplonaje” obligaría a colegios y servicios de salud a entregar información de extranjeros a la autoridad migratoria. Expertos advierten sobre aumento de enfermedades infectocontagiosas, vulneración de derechos de niños, ausentismo escolar y mayor costo fiscal. El modelo inspiraría medidas similares al ICE estadounidense.

La llamada “indicación del soplonaje” es cuestionada por sus posibles efectos en salud pública, educación, seguridad y derechos de niños migrantes, según reveló El Mostrador en su programa Punto por Punto con la periodista Paulina de Allende-Salazar. La medida, que obligaría a colegios, servicios de salud y otros organismos a entregar información de extranjeros a la autoridad migratoria, ha generado advertencias de expertos, ministros y exministros, quienes señalan que puede generar efectos graves en múltiples áreas del país.

Entre los riesgos mencionados por los especialistas en la publicación de El Mostrador se encuentran el “aumento de enfermedades infectocontagiosas, vulneración de derechos de niños, más ausentismo escolar, deterioro en salud mental y mayores costos fiscales”. La lógica detrás de esta indicación obligaría a los servicios públicos a actuar como informantes de la autoridad migratoria, lo que, según los expertos, podría disuadir a las familias migrantes de acceder a atención médica y educación, generando un efecto sanitario y social adverso para toda la población.

El Mostrador también alertó que estas medidas están “inspiradas en el modelo ICE de Estados Unidos”, el servicio de control migratorio estadounidense, y advirtió que podrían “reducir la confianza en servicios públicos y agravar problemas de seguridad”. La pérdida de confianza en hospitales y escuelas por parte de comunidades migrantes podría generar un deterioro en la capacidad del Estado para controlar brotes epidemiológicos, afectar la salud mental de niños y familias, y aumentar el ausentismo escolar, con el consiguiente impacto en la integración social y la seguridad ciudadana.

https://www.resumenlatinoamericano.org/2026/06/01/chile-ley-del-soplonaje-de-kast-advierten-por-efectos-en-salud-publica-educacion-seguridad-y-derechos-de-ninos-migrantes/

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CNTE huelga nacional hoy 1 de junio: calles cerradas y rutas en CDMX y otros estados por megamarcha y plantón

Por: Anayeli Tapia Sandoval

Docentes exigirán abrogación de la Ley del ISSSTE y aumento salarial

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La huelga indefinida en la educación valenciana entra en su cuarta semana sin acuerdos

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Tesis en la ONU: erradicar la pobreza sin crecimiento perpetuo

La pobreza puede superarse más allá del crecimiento económico con políticas diferentes a las sostenidas hasta ahora por numerosos economistas, organizaciones y gobiernos, con acuerdos y políticas como mejores empleos, una renta básica universal y cancelación de las deudas soberanas insostenibles, afirma una nueva hoja de ruta presentada por un experto de la ONU.

GINEBRA – Un experto independiente de las Naciones Unidas presentó el miércoles 22 de abril una hoja de ruta para erradicar la pobreza sin necesidad de un crecimiento económico perpetuo, un enfoque que desafía décadas de ortodoxia en las políticas de desarrollo.

El modelo actual “no es realista ni sostenible, y a menudo es contraproducente”, afirmó Olivier de Schutter, relator especial sobre pobreza extrema y derechos humanos, en el Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas en esta ciudad suiza de Ginebra.

“Durante décadas, la narrativa dominante ha sido que el crecimiento económico es la única salida de la pobreza», declaró De Schutter en la presentación de su Hoja de Ruta para la Erradicación de la Pobreza más allá del Crecimiento.

Sin embargo, “la economía global que hemos construido canaliza una inmensa riqueza hacia las manos de una élite diminuta, debilita las instituciones democráticas y atrapa a millones en trabajos mal pagados”, aseveró.

“Se basa en el saqueo de los recursos naturales y la mano de obra barata del Sur global, y ha causado daños irreparables al planeta”, dijo De Schutter.

Agregó que “en nombre de la competitividad y el crecimiento, los gobiernos también han debilitado las protecciones laborales, desregulado los mercados y recortado los servicios públicos, profundizando la inseguridad y las desigualdades”.

La hoja expone que el crecimiento económico, definido como el aumento del producto interno bruto (PIB), “se ha visto durante mucho tiempo como algo deseable en sí mismo, y los economistas han estudiado cómo conseguirlo, y los políticos cómo repartir sus beneficios”.

A su vez, los órganos de derechos humanos han considerado el crecimiento como una condición indispensable para el ejercicio de los derechos económicos y sociales, bajo el supuesto de que sin crecimiento no habría recursos que movilizar para

La asistencia sanitaria, viviendas sociales, educación o crear puestos de trabajo.

En cuanto a los gobiernos “siguen actuando como si el crecimiento infinito fuera posible. Desoyendo las advertencias de los científicos, parecen creer que la actividad económica puede expandirse sin fin, como si la Tierra fuese a proporcionar recursos ilimitados eternamente”, advierte el documento.

Sostiene la hoja que mientras la economía se rija principalmente por la obtención del máximo beneficio, responderá a la demanda expresada por los grupos más ricos de la sociedad, “provocando formas de producción extractivas que empeoran la exclusión social en nombre de la creación de más riqueza”.

“No logrará hacer efectivos los derechos de las personas en situación de pobreza”, sentencia el texto.

De Shutter afirma que “el paso de una economía impulsada por la búsqueda de la maximización de los beneficios a una economía basada en los derechos humanos no solo es posible, sino que resulta necesario para mantenerse dentro de los límites planetarios”.

La nueva hoja de ruta fue construida con las contribuciones de más de 400 expertos de todo el sistema de la ONU, el mundo académico, los gobiernos, la sociedad civil y los sindicatos, y ofrece opciones de política concretas para una transición hacia una economía de derechos humanos.

Entre las medidas propuestas se incluye el fortalecimiento de los servicios públicos universales y los sistemas de cuidados, y la introducción de mecanismos de seguridad de los ingresos, como la renta básica universal.

Asimismo, la garantía de acceso a un trabajo digno a través de un empleo público garantizado, y la reducción del tiempo de trabajo, garantizando al mismo tiempo salarios justos y dignos.

Se plantea la necesidad de financiar esas transformaciones mediante impuestos a la riqueza y a las herencias, así como la cancelación de las cargas de deuda soberana insostenibles que impiden a muchos países invertir en protección social.

Aunque los países de ingresos bajos y medios puedan necesitar aún cierto crecimiento para invertir en infraestructuras y servicios públicos, el desafío es “apoyar un crecimiento menos dependiente de las cadenas de suministro mundiales explotadoras”.

Ese crecimiento debería “permitir el desarrollo sin perpetuar la desigualdad o el daño medioambiental” de acuerdo con la hoja.

“Cuando comencé mi mandato hace seis años, la agenda ‘más allá del crecimiento’ estaba en los márgenes. Hoy, mientras nuestras estructuras económicas nos precipitan hacia la catástrofe climática y niveles extremos de desigualdad, está configurando cada vez más el debate”, afirmó De Schutter.

La hoja de ruta se presenta en un momento crucial, cuando la comunidad internacional comienza a diseñar la próxima generación de Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) que sustituirán a los actuales cuando expiren en 2030.

De Schutter advirtió que estos nuevos objetivos «se quedarán cortos si no miran más allá del crecimiento».

“Poner fin a la pobreza es uno de los desafíos más urgentes de la humanidad, pero seguirá siendo inalcanzable a menos que estemos dispuestos a repensar los supuestos económicos que han guiado mal las políticas durante generaciones”, concluyó De Shutter.

A-E/HM

Fuente: https://ipsnoticias.net/2026/04/tesis-en-la-onu-erradicar-la-pobreza-sin-crecimiento-perpetuo/

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Amazonía: pueblos nativos en riesgo por contaminación de metales

Por: Zoraida Portillo

La contaminación por metales pesados en la Amazonía conlleva desafíos ambientales y sociales.

[LIMA, SciDev.Net] “No hay conciencia de que la contaminación por metales pesados es muy grave [en la Amazonia]. Si los servicios de salud y las políticas de estado no llegan a las zonas donde [la minería ilegal] está destruyendo el bosque, poblaciones enteras pueden desaparecer. Vamos camino a la extinción de los pueblos originarios”, dice a SciDev.Net Juan Reátegui, ex viceministro de interculturalidad del Perú.

Reátegui se refiere a una revisión bibliométrica, que analizó 511 artículos científicos publicados entre 1984 y 2023, indexados en Scopus, sobre la contaminación por metales en la región amazónica, que comprende nueve países.

El trabajo, que se publicará en la edición impresa de junio del Journal of Trace Elements and Mineral, encontró que la contaminación ya no se limita al mercurio proveniente de la minería ilegal de oro, sino que cada vez más involucra otros metales tóxicos como el plomo y el cadmio, igualmente provenientes de esa práctica.

La revisión muestra no solo un cambio en los contaminantes estudiados, sino también un giro de la ciencia desde el diagnóstico hacia la evaluación de riesgos, los impactos biológicos y la búsqueda de soluciones, aún incipientes en gran parte de la Amazonía.

“Los casos de sarpullidos, diarreas, bajo nivel de hemoglobina, se tratan como problemas separados de salud, no se asocian con los metales pesados. Pero nosotros sabemos que es el efecto de los metales tóxicos que se vierten a las aguas y al ambiente”, sostiene Reátegui, nativo del pueblo Awajún, con una maestría en salud intercultural, quien no fue parte de la revisión.

Añade que eso conlleva a un subregistro en las estadísticas de salud y a que nadie investigue lo que está pasando, como sucede con el pueblo chapra, en Loreto —al noroeste peruano— cuyo territorio tiene más de 40 años de explotación petrolera y contaminación por metales pesados.

“Allí han fallecido muchos niños, adultos de 50-60 años que en los registros figuran muertos por malaria, anemia, tuberculosis, enfermedades endémicas. Ni por asomo figura la contaminación”, indica Reátegui, que también tiene estudios en antropología amazónica.

Julio Cusurichi Palacios, dirigente de la Asociación Interétnica de Desarrollo de la Selva Peruana (AIDESEP), y representante del pueblo Shipibo de Madre de Dios, una de las regiones más devastadas por la minería ilegal, dice que la contaminación no solo afecta a los humanos sino a los territorios.

“Hay una depredación brutal; esos territorios ya no van a servir”, precisa a SciDev.Net.

“La afectación llega a las plantaciones de consumo como yuca, plátano, se nota en las comunidades, en los peces, en la biodiversidad y afecta hasta la polinización. En salud es más evidente con las mujeres embarazadas, los niños ya no nacen normal, tienen bajo peso o son más pequeños”, añade.

Sin proponérselo, el dirigente se refiere a otro de los hallazgos del estudio, que señala la relevancia social directa de la contaminación por metales pesados en la Amazonía.

“Los contaminantes no solo afectan la calidad del agua o los ecosistemas acuáticos, sino que impactan directamente a las poblaciones tradicionales, incluidas las comunidades indígenas, ribereñas y quilombolas (en el caso de Brasil)”, comenta a SciDev.Net Matheus Cavalcante-Silva, coautor de la revisión e investigador de la Universidad Federal Fluminense, en Brasil.  

Afirma que si bien esta investigación ofrece una visión clara de cómo ha evolucionado la comprensión científica de la contaminación en la Amazonía, también revela “una cobertura de investigación desigual, lo que indica regiones y problemáticas que aún no se comprenden bien, pero que son cruciales para la toma de decisiones”.

El gran problema del mercurio

Pese al descubrimiento de contaminación con otros minerales pesados en la región, el mercurio sigue siendo el principal, con un gran porcentaje de estudios dedicados a su comportamiento en el ambiente y sus efectos sobre la salud humana y los ecosistemas.

Por ejemplo, un artículo que se publicará en junio en la edición impresa de Environmental Pollution señala que las poblaciones ribereñas en la cuenca del río Madeira, en la Amazonia occidental brasileña, están crónicamente expuestas al mercurio, principalmente a través del consumo de pescado, pese a haberse reducido la minería de oro en la región.

Según los autores, ello se explica porque esas comunidades dependen      de pescados para su alimentación, pero estos han estado de manera permanente sometidos a un aumento progresivo de mercurio dentro de las redes tróficas acuáticas.

Pero los estudios más preocupantes se refieren a los efectos del mercurio en embarazadas, fetos e infantes, que concuerdan con lo observado por Cusurichi en su pueblo nativo.

Una revisión sistemática de estudios sobre el tema, entre 2018 y 2024, reveló que niveles más altos de mercurio durante el embarazo estarían asociados con un mayor riesgo de defectos congénitos, parto prematuro, trastorno por déficit de atención con hiperactividad, trastorno del espectro autista y bajo peso, longitud y circunferencia cefálica al nacer.

A France Cabanillas, coordinador local en Madre de Dios de Pure Earth —organización internacional para la reducción de la exposición al plomo y otros contaminantes tóxicos— estos resultados no lo sorprenden, porque trabaja hace más de 10 años en una de las zonas amazónicas más devastadas por la minería ilegal de oro.

“Sabemos que la Amazonía está contaminada, el problema es qué hacer. Tenemos que ver el asunto a nivel de cuenca, porque todos los países amazónicos compartimos este problema y algunos han avanzado más en las soluciones”. France Cabanillas, coordinador local en Madre de Dios de Pure Earth.

Relata a SciDev.Net que en las áreas circundantes a las explotaciones informales hay tiendas al paso que compran oro sin importar su procedencia, y queman con una antorcha a gas el oro mezclado con mercurio, para que desaparezca y se pueda pagar su precio real, sin mezcla.

“Lo hacen dentro de la tienda, que es pequeña; son 50, 100 tiendas en una misma calle, todas quemando oro con mercurio. Esa gente está allí las 24 horas, hay jóvenes, embarazadas, todos expuestos diariamente y sin equipos de protección personal”, ilustra.

Para él la solución no está en prohibir el mercurio sino en aprender a recuperar oro sin usarlo, algo que su organización logró hacer en 2018 usando mesas gravimétricas, que separan el oro de los materiales menos pesados basándose en la diferencia de densidad (peso), utilizando agua y un movimiento de vaivén. Sin embargo, no encontraron mercado para esta innovación.

“Hay que promover tecnologías libres de mercurio, pero con un mercado que pague adecuadamente a los mineros formales que produzcan oro sin mercurio”, subraya.

“Sabemos que la Amazonía está contaminada, el problema es qué hacer. Tenemos que ver el asunto a nivel de cuenca, porque todos los países amazónicos compartimos este problema y algunos han avanzado más en las soluciones”, concluye.

Cusurichi concuerda: “Estamos generando una coordinación con hermanos indígenas de otros países porque la minería se está expandiendo por varias partes de la Amazonía”.

Este artículo fue producido por la edición de América Latina y el Caribe de SciDev.Net

Fuente: https://www.scidev.net/america-latina/news/amazonia-pueblos-nativos-en-riesgo-por-contaminacion-de-metales/

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