A causa del sismo, miles de pequeños han perdido sus hogares, a sus familiares, se han visto separados de sus padres y están viviendo el horror que significa una tragedia como esta, donde el miedo y la incertidumbre inundan cada rincón.
Hace casi un mes, Venezuela vivió una de las catástrofes naturales más devastadoras de los últimos años: un doble terremoto que afectó principalmente a La Guaira y Caracas y que ha dejado, hasta el momento, 4.561 muertos y 16.740 heridos. Las cifras son abrumadoras: 128.324 familias han sido atendidas y 20.231 ciudadanos siguen durmiendo y haciendo vida en colegios y campamentos temporales. Sin embargo, uno de los colectivos más afectados y, al mismo tiempo, más invisible, es el de los casi cuatro millones de niños que viven en las zonas afectadas.
A causa del sismo, miles de pequeños han perdido sus hogares, a sus familiares, se han visto separados de sus padres y están viviendo el horror que significa una tragedia como esta, donde el miedo y la incertidumbre inundan cada rincón. Por ello, tanto Educo como el resto de los miembros del Comité de Emergencia están trabajando activamente para «dar apoyo humanitario a las personas afectadas por los terremotos de Venezuela», explica Pilar Orenes, directora general de Educo, miembro del Comité de Emergencia.
Además de cubrir las necesidades más inmediatas (comida, agua, higiene…), toda respuesta humanitaria tiene que tener en cuenta «derechos como el de la educación y la protección», señala Orenes. Así, recuerda que también es urgente «que los niños estén protegidos y que puedan seguir aprendiendo», cuando la situación lo permita.
Ir al colegio da vida, te hace olvidarte de todo, te reúnes con compañeros, juegas, estás protegido, desarrollas capacidades… Para los niños de Venezuela, no poder ir a la escuela va «muchísimo más allá de perder unos días de clase», afirma la directora general de Educo, quien advierte que eso se pierde «en un abrir y cerrar de ojos cuando ocurre una catástrofe como esta».

Cuando las escuelas han quedado dañadas o son inaccesibles, es muy complicado continuar la actividad educativa de los más pequeños. Sin embargo, se convierte en algo esencial, ya que no solo ayuda a recuperar el impacto emocional, sino que también hace que no pierdan «el vínculo con el aprendizaje y tengan rutinas estables», asegura Orenes.
Las soluciones varían en función de las circunstancias. En este sentido, la directora general de Educo pone como ejemplo a la ciudad de Sahel, donde los conflictos han obligado a cerrar miles de colegios. Allí, explica, las clases continúan a través de programas de radio. En otros escenarios, continúa, se habilitan «espacios temporales mientras se reconstruyen las escuelas o se traslada al alumnado a otros centros de forma provisional».
Esto, insiste la experta, garantiza que los menores «dispongan de entornos seguros y mantengan la continuidad educativa». De lo contrario, advierte, aumenta el riesgo de abandono escolar y, con él, «la exposición de niños a situaciones de especial vulnerabilidad, como el trabajo infantil, la explotación o el matrimonio forzado».
Perder la escuela, peor que perder clase
La educación es «un derecho reconocido en la Convención sobre los Derechos del Niño», recuerda Orenes. Dicho esto, asevera, tiene que estar «entre las prioridades de cualquier país que haya vivido una catástrofe» y, por tanto, debe contar con «los recursos y la inversión necesaria para garantizarlo».
Asimismo, anota que también debe ser «una prioridad a nivel internacional». Sin embargo, a pesar de su relevancia, la educación sigue siendo una de las áreas más olvidadas en las respuestas humanitarias. De hecho, recuerda la directora general de Educo, las organizaciones internacionales llevan «años pidiendo que se destine el 10 % de la ayuda humanitaria a educación en emergencias». Algo muy alejado de la realidad, ya que solo reciben el 3 %.

Esto es muy preocupante, puesto que, en zonas como Venezuela, «se les está negando el derecho a la educación», recalca la experta. Además, destaca que la educación es «una de las claves para poder salir del círculo de la pobreza y mejorar la situación de las familias».
Por último, Orenes subraya que, por la experiencia que tienen en Educo, saben que, si un niño pasa semanas o meses sin ir a la escuela, aumentan las posibilidades de que «nunca más vuelva a estudiar». De hecho, según la Unesco, en este tipo de situaciones «el riesgo de no regresar a la escuela puede multiplicarse entre dos y cinco veces en los grupos más vulnerables», lamenta.
Y es que, a pesar de que muchas veces la educación pase desapercibida, se trata de un derecho al que todo el mundo debería tener acceso. Mucho más en lugares como Venezuela, donde estar fuera de ese espacio de protección implica que hay «muchas más posibilidades de ser víctimas de todo tipo de violencias», concluye.





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