Hasta el 15 de septiembre tienen plazo de pagar los derechos de inscripción quienes estén interesados en participar por una de las 21.343 vacantes para directivos docentes, docentes de aula y líderes de apoyo, en los colegios oficiales de 87 entidades territoriales del país.
Debido a la alta participación de los docentes, y con el objetivo de que todos puedan postularse, se decidió ampliar el plazo de cierre de la convocatoria.
Para eso es necesario que quienes vayan a participar tengan en cuenta que el pago de los derechos, si van a participar de manera presencial, podrán hacerse hasta el 13 de septiembre. Quienes realicen el pago en línea sí tienen plazo hasta el 15, y una vez cancelado el dinero deben continuar con el proceso de inscripción en la página web www.cnsc.gov.co, de la Comisión Nacional del Servicio Civil, entidad que promueve el concurso.
Quienes estén iniciando el proceso deben ingresar a www.simo.cnsc.gov.co, buscar la convocatoria y llenar los datos requeridos por la plataforma. Para despejar dudas y ayudar a que el proceso se realice bien, la Comisión tiene disponibles, en su plataforma web, videos y tutoriales.
Los ciudadanos que planeen participar en la convocatoria deben tener como mínimo el título de normalista superior, tecnólogo en educación, licenciado o profesional. Y quienes aspiren a ser docentes líderes de apoyo pedagógico deben haber cursado una especialización en esta área y demostrar que han tenido experiencia trabajando con estos proyectos.
Los docentes de aula tienen la posibilidad de postularse en áreas como ciencias económicas y políticas, ciencias naturales, física, química, educación ambiental, ciencias sociales, preescolar, primaria, educación artística (artes escénicas, artes plásticas, danzas, música), educación ética y valores, educación física, recreación y deportes, educación religiosa, filosofía, humanidades y lengua castellana, matemáticas y tecnología e informática, idioma extranjero inglés.
Quienes aspiren a estos cargos trabajarán fortaleciendo competencias científicas en ciencias naturales, ciencias sociales, inglés, educación artística, educación física, matemáticas, lenguaje y biblioteca escolar y educación inicial.
La convocatoria también oferta vacantes para docente orientador, coordinador, director rural y rector.
Estas sillas de ruedas se hicieron con un 85 % de residuos reciclados.
Un 3 % de los habitantes de la República de Ruanda sufre algún tipo de discapacidad física que les impide caminar.
Una bicicleta vieja o una silla de plástico de bar pueden ser recicladas de muchas maneras, pero tal vez una de las más originales y solidarias sea la de convertirla en una silla de ruedas para usuarios del Tercer Mundo, como sucede con la iniciativa «Kigali Chair Project» de Clara Romaní y Josep Mora.
Este proyecto surgió en 2012 en su taller de Barcelona, donde ambos trabajan como diseñadores industriales, cuando conocieron a una colega de Ruanda que les explicó la situación de esta república africana -y su necesidad de sillas de ruedas- y les puso en contacto con un centro de ortopedia de referencia local que trabaja en Kigali, su capital, y en el centro de rehabilitación de Gatagara.
En torno a un 3 % de la población de este país -más de 220.000 personas- sufren algún tipo de discapacidad física que le impide caminar por enfermedad, accidente o amputaciones del genocidio de 1994, según datos de su gobierno.
El Banco Mundial cifra en 618 euros el salario medio anual de un ruandés, mientras que el precio de una silla de ruedas “básica” no suele bajar de los 100 euros, por lo que estos instrumentos no son siempre accesibles para la población.
El objetivo del “Kigali Chair Project”, según han explicado Romaní y Mora a Efe era “construir sillas de ruedas a un coste asequible, empleando material autóctono y también reciclado, y, sobre todo, enseñar a los propios ruandeses a hacerlas” desarrollando su creatividad en un proceso fácil y manual.
Enseñar a construir y reparar sillas de ruedas
Romaní ha recordado que Ruanda recibe “muchas sillas donadas por diversas ONG” pero, si se averían, suelen quedar inutilizadas porque no hay personas con conocimiento suficiente para repararlas.
Por esta razón, ambos diseñadores decidieron afrontar el reto de enseñar a los ruandeses a construir y reparar sus propias sillas combinando materiales reutilizados con otros“localmente disponibles” y para ello se financiaron el viaje y la estancia sin ayuda de ninguna organización pública o privada.
Durante este tiempo, fabricaron ocho sillas diferentes con la ayuda de un grupo de ruandeses a los queofrecían clases teóricas y prácticas en un taller en el que “antes de irnos, repartimos un manual de instrucciones por cada silla que habíamos hecho a las personas que participaron” para que en un futuro pudieran seguir construyéndolas.
Educadores, profesionales de la ortopedia, enfermeros, pacientes necesitados de una silla de ruedas y familiares de los mismos “trabajaron juntos, con buena disposición y en comunidad, volcados por el bien de todos y sin importar la jerarquía social“, recuerda la diseñadora.
Residuos reciclados
Gracias a esta idea encontraron una segunda vida objetos como ruedas viejas de bicicleta, piezas de madera de todo tipo, fragmentos de sillas de ruedas ya inservibles y hasta asientos rotos de plástico, comunes en los bares y “que allí hay por todas partes”.
Romaní calcula que un 85 % de los elementos empleados eran residuos reciclados, mientras que el porcentaje restante provenía del sector de la madera, “una industria bastante fuerte en Ruanda, gracias a la cual conseguimos distintas piezas”.
Los impulsores de esta empresa se pusieron en contacto con la Universidad de Arquitectura de Ruanda para obtener su colaboración en la continuidad del proyecto pero, al no obtener ayuda económica, “fue imposible regresar para seguir impulsándolo”.
Posteriormente, la idea ganó el Premio Cataluña de Ecodiseño 2015 en la categoría C de Estrategia por “su sensibilización hacia el ecodiseño” reutilizando elementos comunes fácilmente disponibles, así como por “el gran valor social añadido” y su posible aplicación en otros países en desarrollo.
Por ello, los diseñadores no descartan la posibilidad de retomar la actividad en Ruanda o “en cualquier sitio donde se necesite”, siempre que se consiga la inversión necesaria para sostenerlo.
Mientras tanto, continúan volcados en otros trabajos de carácter medioambiental, el más reciente de los cuales es un proceso de reciclaje de plásticos para confeccionar lámparas ecológicas.
Foto: Un grupo de personas con las sillas reutilizadas en Ruanda. Foto cedida por Clara Romaní.
Karl Ploetz (1819-1881), erudito alemán, fue quien comenzó la práctica de usar de cronologías para el estudio y la enseñanza de historia mundial. En 1863, publicó su famoso Auszug aus der alten, mittleren, neueren und neuesten Geschichte. En 1883, la obra apareció en inglés con el título: Un epítome de la historia antigua, medieval y moderna. Con el tiempo, se sometió a revisiones y se volvió a imprimir en numerosas ediciones. La edición en inglés se reeditó en 1915 con el título de Manual de historia universal.
Otros eruditos siguieron el ejemplo de Ploetz, en especial el físico alemán Werner Stein (1913-1993), quien en 1946 publicó Kulturfahrplan (La cronología de la cultura), que empleaba líneas cronológicas sincronizadas para mostrar la evolución de diferentes ámbitos de la actividad humana (política, religión, literatura, ciencia y tecnología, etcétera) a lo largo de los milenios. La llegada de la tecnología digital ha abierto impresionantes nuevas posibilidades en la ilustración de las líneas cronológicas de la historia mediante manuscritos, libros, mapas, fotografías y otros documentos que funcionan como fuentes primarias. Aquí se presenta el primer intento de la Biblioteca Digital Mundial de mostrar la extensión de la historia mundial, ofreciendo una serie de documentos relacionados con fechas y acontecimientos de especial importancia.
Amables promotores entregan folletos que presentan como material educativo sobre nutrición y diplomas con el logo de la empresa para los niños que se portan bien en la consulta. ¿Cómo entró y quién saca del hospital público a Coca Cola? Tal la pregunta que realiza Soledad Barruti en una de las notas de la nueva Mu, edición 102, que ya está en los kioscos, y que aquí reproducimos.
Datos: en un país en el que se consumen 80 litros de gaseosas per cápita, hay 620.000 niños de colegios primarios que reciben en la escuela el marketing de Coca Cola, que usa 6 hospitales públicos para promocionar sus productos.
Los visitadores de Coca Cola aparecieron en el Hospital Penna hace unos tres años. Para el médico Fernando D’Ippolito el programa empresario coincidió con un momento especial: recién recibido, estaba a suerte y verdad con su vocación, con esa atención lúcida de los estrenos que sirve para confrontar la teoría con lo que hay alrededor. Estaba haciendo la residencia en medicina general porque quería dedicarse a lo que se dedica ahora: la atención primaria de las familias que no tienen acceso a la salud porque básicamente no tienen nada: ni gas, ni agua segura, ni alimentos frescos, ni calles por las que transiten colectivos o ambulancias. Enseguida se dio cuenta de que había llegado al lugar perfecto.
A pocas cuadras del hospital está la villa 21-24, la más importante de la Capital Federal: entre Barracas y Pompeya, ocho manzanas donde viven 60 mil personas. Su trabajo se abrió como un caleidoscopio a las necesidades: guardias, internaciones, consultorios externos y hasta la supervisión de cursos y talleres de nutrición que estaba seguro podían mejorarles la vida. “Está entre los problemas más urgentes que tienen: el alimento y sus consecuencias. Estamos hablando de niños que almuerzan chicitos con jugo, siguen con un pancho, galletas y gaseosas. Comida, comida: con suerte a la noche”, dice D’Ippolito ahora en un tono que seguro no tenía tres años atrás: exhausto. No resignado, más bien sin fuerzas para activar las ganas; esa íntima tragedia que se detona cuando uno se cruza cada vez con algo peor. “No sabría decir bien por qué pero tengo los números que lo hacen evidente: desde que empecé las personas pesan más, no menos, sufren porque no pueden atender adecuadamente su diabetes o su hipertensión. Se esfuerzan, hacen lo que pueden, pero enseguida se desmoralizan. Más si son chicos”.
El esfuerzo y la frustración: eso veía una y otra vez, sobre todo cuando le tocaba una de las prácticas más simples y a la vez más importantes de pediatría, el control de talla y peso de los niños.
Fue en alguna de esas prácticas, un día de semana cualquiera, cuando se cruzó con la representante de la empresa por primera vez. Era una chica joven, y traía regalos; y en un hospital público como ese, donde siempre falta de todo, alguien que trae algo, lo que sea, es bien recibido. “Si no entendí mal se trataba de una nutricionista, y como suelen hacer los visitadores médicos, entregaba el material, pero antes pedía firma y sello”.
Material que entregaba la empresa dos años atrás: recetarios membretados con el logo de la marca. Coca Cola en rojo y abajo el blanco clásico para que el médico indique, ¿qué? ¿Un antibiótico? ¿Un calmante? ¿Una dieta?
“Pero peor es el otro: mirá”, dice D’Ippolito y muestra el diploma al buen comportamiento. “Hoy a …. se le otorga este diploma porque el Dr/Dra ….. le pidió que 1. Sacara la lengua, 2. Tosiera o 3. Respirara hondo; Y LO HIZO SIN LLORAR NI PROTESTAR”, dice el cuadro. Así: con los espacios a completar, las instrucciones, y las mayúsculas. Con un corazón sonriente y con el logo en cursiva de la marca, enfrentado a la firma del profesional que lo complete.
“Cuando lo recibí me alarmé”, dice. “Me alarmé porque es una marca directamente vinculada a las enfermedades que los médicos intentamos sanar, como la obesidad en los niños, y porque estaban entregando un certificado que aplaude la obediencia a una orden de conducta. Es Coca Cola diciéndole a un chico cómo se tiene que portar”.
En la guardia y en la escuela
Hoy el material que quedó de entonces no es el único que se puede encontrar en el hospital. En la entrada de la guardia que recibe 120 mil enfermos al año, Coca Cola dejó un almanaque 2016 que devela otras formas de publicidad no convencional que inevitable o estratégicamente llegan a ese target al que aseguran ellos ya no le hablan: los menores de 12. Entre las típicas acciones –cuidar el agua, reciclar envases, trabajar con las comunidades donde establecen sus plantas- el cuadernillo da cuenta también del concurso intercolegial de baile, Baila Fanta y del torneo intercolegial de fútbol, Copa Coca Cola. Dos acciones que se llevan adelante desde hace años, porque sirven a la marca para subrayar el mensaje al que más fuerte se abrazan: hay que moverse. No importa que una botellita de gaseosa tenga 66 gramos de azúcar: si los chicos bailan, saltan, corren atrás de una pelota hay quienes dicen que lo queman, le ganan a las calorías, no engordan, y pueden, al otro día, seguir tomando.
Vida activa, vida saludable, vida feliz.
Eso recalcan también en el programa de educación con el que lograron desde 2008 ingresar a las escuelas públicas de 16 provincias con un alcance estimado en 620 mil niños. Dale juguemos se llama y fue desarrollado por la marca a través de la Fundación Alimentaria y avalado por el Comité Olímpico y la Federación Argentina de Cardiología. “Con el consentimiento de autoridades educativas provinciales, se capacitan docentes y se entrega material áulico y deportivo para los recreos. Son las autoridades escolares y sus docentes quienes implementan el programa. De acuerdo a nuestros lineamientos globales de marketing responsable, este programa se realiza sin presencia de nuestras marcas frente a los alumnos”, asegura Francisco Do Pico, que hace un año pasó de encargado de comunicación de Monsanto a ocupar un sillón similar en Coca Cola, en donde parece que no creen que algo que dice que fue hecho “para Coca Cola Argentina” tenga presencia de marca.p
Insólito.
“Aunque no más que lo que me enteré después”, dice D’Ippolito abriendo la puerta a un enigma que nadie parece dispuesto a resolver:“Las visitadoras de Coca llegan al hospital casi todos los meses. No se sabe quién las deja entrar ni cuál es el propósito: entregan folletos, hablan con los médicos, recopilan firmas y sellos. Tal vez hacen estudios de mercado. O estadísticas. O buscan hospitales aliados, ¿cómo saberlo?”.
Les preguntamos.
“Coca-Cola de Argentina brinda exclusivamente información sobre los ingredientes de sus productos. El principal objetivo del relacionamiento con los profesionales de la salud es escucharlos y responder a sus inquietudes respecto a los productos e ingredientes del portafolio de la compañía, siempre mediante información basada en la evidencia científica disponible y explicada por profesionales de la salud”, dice Do Pico, no sin antes aclarar que visitadores médicos no son porque para Coca, “la función de un visitador médico es promover fármacos de venta bajo receta, para así lograr la prescripción médica de los mismos. A tal efecto son contratados por laboratorios farmacéuticos”.
En el consultorio
El Hospital Penna, el Fernández, el Gutiérrez, el Garrahan, el Güemes y el Italiano: Coca Cola logra ingresar a todos, y en todos, los médicos -principalmente los pediatras que suelen ser los más requeridos- llaman a las nutricionistas de la empresa, las visitadoras. No hay quien no las haya cruzado, no se haya sorprendido, y no haya terminado aceptando que si bien al principio le resultó algo casi ofensivo –¡Coca Cola ingresando a los hospitales!- al final como se trata de personas amables pidiendo unos minutos nomás de los que depende su sueldo, les abren la puerta de sus consultorios y les prestan un poco del tiempo que casi ni tienen.
“Yo las recibo por educación, porque me da lástima dejarlas ahí afuera. Pero nunca entendí el objetivo de la visita: que justo esa empresa, Coca Cola, se interese por querer hablar con médicos cuando es obvio que nosotros sus bebidas a los chicos no se las vamos a indicar”.
Intentar entender la estrategia de marketing más polémica del momento no es fácil. Pero puede ser entretenido.
La ciencia del marketing
La primera vez que Vanesa Miquel se topó con el asunto fue a través de una colega que había sido contratada por Coca Cola. Nutricionista ella también lo entendió todo: la oportunidad laboral en un contexto que siempre parece difícil y lo perfecto que sería para la marca si resultaba bien. Entonces no lo dudó. Como era docente de la universidad de la Universidad de Concepción del Uruguay, en Rosario, pensó que para desarticular la trampa, que termina estallando nada menos que en cuerpos que enferman año a año un poco antes, exponerlo frente a sus alumnos. “Les di clases utilizando ese material que es espectacular para desarrollar pensamiento crítico: tanto el contenido como el propósito de la marca y la ética profesional están expuestos en esos folletos”.
Porque lo que entregan las nutricionistas a los médicos, lo que Do Pico llama información basada en evidencia científica, son folletos y cuadernillos que resumen el punto de vista de la empresa sobre distintas temáticas, con referencias a documentos que los apoyan.
Ahí está en papel ilustración La Ciencia de los Azúcares: 24 páginas en las que se presentan temas conflictivos, como el azúcar y el jarabe de maíz de alta fructosa, señalados cada vez con más elementos como los responsables de las pandemias de obesidad y diabetes tipo 2, que en algunos países alcanzan a la mitad de la población y en otros es solo cuestión de tiempo, pero con una astucia dialéctica que podría llevar a conclusiones increíbles. “Los carbohidratos –los azúcares, almidones y fibras que se encuentran en las frutas, verduras, cereales y productos lácteos- son una parte importante de una dieta saludable (…) Las bebidas endulzadas con endulzantes calóricos suministran calorías –energía- de los azúcares que son carbohidratos simples. Los carbohidratos son nutrientes esenciales para la vida”.
Si A es parecido a B, y B es un poquito parecido a C, ¿A es igual a C? Definitivamente, sostiene página a página este cuadernillo.
Mientras en distintas revistas científicas se publican estudios que demuestran que los edulcorantes no calóricos no solo no disminuyen el consumo de azúcar, sino que suman sustancias como aspartamo, ciclamato o acezulfame K que probablemente gatillan problemas parecidos como el aumento de peso, Coca acerca a los médicos un vistoso collage que niega rotundamente nuevos paradigmas.
En otras entregas la apuesta está en la hidratación: la importancia de atenderla antes de que sobrevenga la sed (que muchas veces, aseguran, llega tarde) y de saciarla con bebidas que mejor si son saborizadas porque así los chicos “toman entre un 45 y un 50 por ciento más de líquido que si es solo agua”.
“Y lo hacen con referencias: eso me sorprendió”, dice Miquel, “es una jugada astuta de la marca: hacen una lectura propia de distintas publicaciones científicas para hacer publicidad”.
Sin dudas esa estrategia que Coca Cola ha sabido desplegar creando incluso institutos y sociedades, es lo más cuestionable.
Las visitadoras de Coca Cola a las que ellos prefieren no llamar así tienen, como cualquier visitador médico, objetivos: una cantidad de profesionales con los que hablar, relaciones que establecer y material que a su vez les piden a ellos que repartan entre sus pacientes a fin de ampliar la educación nutricional. Así, los consultorios pediátricos de los hospitales públicos de nuestro país tienen pilones de hojas infomerciales que por supuesto llevan a cuestionar, cómo es posible que ingresen, que ocupen el tiempo de los médicos, que dejen cosas.
“Es una locura”, dice Sergio Auger, que también es médico hasta diciembre era el director del hospital Santojanni y desde entonces es el coordinador de Hospitales del Ministerio de Salud. “Para que ingrese alguien a un hospital público tiene que haber un convenio escrito con la dirección. No es que puede pasar quien se le ocurra con un carrito a ofrecer sus productos”.
¿Conoce alguno?
“No. En mi gestión jamás se acercaron de esa empresa a proponerme algo así. Tampoco estoy al tanto de que dentro del Ministerio exista algún convenio marco que lo habilite. Y si me lo propusieran no lo aceptaría”.
¿Tiene Coca Cola algún acuerdo con el sector público en Argentina?
No, dice Do Pico.
¿Entonces?
“Convenio no hay”.
“Si hay nadie lo quiere hacer público”.
“Yo creo que entran así nomás”.
“Libremente”.
“Ven luz y pasan”.
Lo que enferma
El último informe sobre enfermedades no transmisibles del Ministerio de Salud (publicado en febrero de 2016), que ubica al sobrepeso como uno de los problemas más graves por los que atraviesa el país, con el récord regional de niños menores de 5 años obesos, sostiene que hay una asociación comprobada entre el aumento de peso y la ingesta de alimentos ultraprocesados y bebidas azucaradas. De estas en especial sostiene que:
Se estima que en 2010 el consumo de bebidas azucaradas causó en el mundo 184 mil muertes. 133 mil debido a diabetes, 45 mil debido a enfermedades cardiovasculares y 6.450 debido a algunos tipos de cáncer.
La mayor cantidad de estas muertes ocurrieron en América Latina.
En Argentina, por cada millón de adultos, hay 74 que mueren por el consumo de bebidas azucaradas: es de los países con mayor mortalidad atribuida al consumo de bebidas azucaradas de la región.
En nuestro país el consumo per cápita de bebidas elaboradas por la compañía más grande de gaseosas en 2011 fue de 80 litros: 2,5 veces más que en 1991 y 1,5 veces más que en 2001.
La empresa más grande es por supuesto Coca Cola, que a plena luz del día, anda suelta por los hospitales, se pasea por los consultorios e intenta convencer a los médicos de que ellos no solo no son un problema, son casi la solución.
¿Permitirá Jorge Lemus, el mismo ministro de Salud que autoriza la publicación de un informe con esta contundencia, que este tipo de promoción continúe?
Por: Gabriel Díaz Campanella-Ecoportal
Octubre de 2013. Jaureguiberry, un balneario uruguayo de 500 habitantes. El funcionario abre la carpeta y saca un folio con el orden del día. En torno a la mesa están sentados los once miembros de la liga de fomento de esta localidad, situada a 80 kilómetros de Montevideo.
mas a tratar: luminaria, limpieza, caminería, escuela. El funcionario comienza por el último de estos puntos, la construcción de una nueva escuela, por la que esta comunidad lleva 25 años esperando. El diálogo se produce sin preludios formales:
— Y, ¿ya saben dónde van a construir la escuela rara?
— ¿Escuela rara?– dicen los vecinos, sorprendidos.
— Sí, la escuela rara– insiste el funcionario. La escuela inteligente.
— ¿Escuela inteligente?– replican los vecinos.
El empleado municipal saca entonces un papel donde figuraba el plano del proyecto, que definitivamente se parece a cualquier cosa menos al plano de una escuela. ¿Qué hacen tantos neumáticos en medio de aquellas paredes curvas? Toda una rareza que pilla desprevenido al vecindario. Rafael Muñiz, presidente de la liga de fomento, recuerda que por fortuna en uno de los márgenes de aquel boceto estaba escrito el número de teléfono de un tal Martín. “Y bueno, lo llamamos y apareció él, con un grupo de gurises”, recuerda Muñiz.
El tal Martín y los gurises —como se denomina aquí a los chavales— era un grupo de cinco amigos veinteañeros que un par de años antes se había reunido en un café montevideano para configurar las piezas de un plan: levantar una escuela sostenible, pública y rural —replicando uno de los modelos de bioarquitecturaconcebido por el estadounidense Michael Reynolds— a partir de materiales desechables.
“No son desechos”, corrige Jairo, de 12 años, a este reportero. “Es material reutilizable, que es distinto. No son desechos”, añade con tono solemne. A continuación, Jairo se explica: “Esta escuela está hecha con neumáticos viejos, botellas, latas y cartones, que ya fueron usados y nosotros los volvimos a usar. La escuela se alimenta sola. Usa la energía solar —agrega al tiempo que señala las placas fotovoltaicas colocadas en el techo— y el agua de la lluvia. La escuela nos cuida, pero nosotros tenemos que cuidarla también”. Maru, otra interlocutora de 9 años y alumna de la escuela como Jairo, nos acompaña hasta la galería cerrada que precede a las tres aulas y alberga un huerto orgánico con las frutas y hortalizas que abastecen al comedor escolar, habilitado en un predio comunitario contiguo a la escuela.
Ambos aprendieron en diversos talleres que la misma agua que riega este huerto en la escuela se emplea cuatro veces, en distintas fases. “Es agua de lluvia”, aclara Maru. Gracias a la inclinación del techo, el líquido se desplaza hasta los tres tanques ubicados en la parte posterior del edificio, con capacidad para 30.000 litros. Tras un proceso de filtración, los niños pueden beberla, lavarse las manos o regar el huerto. El agua sobrante llena las cisternas de los lavabos, la misma que luego de pasar por dos cámaras sépticas completa su ciclo al frente del edificio, soterradamente, regando las plantas y arbustos autóctonos que conforman un humedal.
La “escuela rara” ha llamado la atención de miles de visitantes desde su inauguración, en marzo pasado. Hace unas semanas, en pleno invierno uruguayo, se celebró una ajetreada jornada de puertas abiertas. “Hace un frío que pela”, rezongaba un señor antes de entrar al edificio, con el mate y el termo bajo el brazo. Un “frío que pela” es un combo de una temperatura de 6 ºC, con llovizna antojadiza y gélido viento oceánico que no deja pájaro a la vista. Pero dentro le esperaba una sorpresa: una temperatura de 20 ºC, sin aparato de aire acondicionado.
He aquí otra de las claves de la escuela, la orientación (hacia el norte) con el fin de absorber el poco o mucho calor del sol. Y otra más: el grosor de las paredes, auténticas masas térmicas que mantienen la temperatura interior, durante todo el año, entre 18ºC y 22ºC. Explicado esto, un joven voluntario guía a los visitantes hasta el fondo de la galería —mientras los niños tocan las plantas y descubren el olor de la albahaca y el perejil— para enseñarles un pequeño trozo enmarcado de pared, una especie de radiografía que deja al descubierto las entrañas del edificio: neumáticos, latas, botellas de plástico, arena, pedregullo y algo de cemento.
Para construir la escuela se utilizaron aproximadamente 2.000 neumáticos, 5.000 botellas de vidrio, 3.000 botellas de plástico y 14.000 latas de aluminio, además de cartón y nailon. Todo se juntó con la colaboración de empresas y cooperativas dereciclaje, así como de “puntos verdes” que fueron colocados en el balneario y también en Montevideo, aprovechando los festivales de música y otros eventos. El otro 40% de la obra fue cubierto con materiales tradicionales, como arena, tierra, pedregullo, cemento, madera y los cristales de la gran galería invernadero.
Siguiendo el método de Reynolds, los neumáticos se rellenaron con arena o pedregullo y se colocaron en hileras de tres en la parte inferior, dos en la media y una en la superior. Botellas, nailon, cartón y latas sirvieron para rellenar todo hueco y luego el cemento cubrió el edificio para evitar que el sol tome contacto con las gomas. La parte posterior de la escuela sorprende a los visitantes con un gran terraplén que parece querer tragársela, pero que funciona como un gran caparazón aislante y por donde asoman las bocas de unos tubos que atraviesan el montículo y desembocan en las aulas para refrescar el ambiente en verano. Cuando afuera es normal que haga una temperatura de 38 ºC, dentro nunca supera los 22 ºC.
Se trata de la primera escuela sustentable de América Latina, nada menos, y así lo anuncia un gigantesco cartel en plena Ruta Interbalnearia, camino de Punta del Este, el más chic —u hortera, según los gustos— de los balnearios uruguayos, por donde pasan cientos de miles de viajeros. El recinto, que tiene un total de 270 metros cuadrados, abrió sus puertas en marzo tras una maratoniana construcción (poco más de un mes), en una fiesta transmitida en directo por todos los telediarios. Allá estaban los 40 alumnos que tienen entre 3 y 12 años, los vecinos, los políticos y la ONG Tagma al completo, integrada por Martín Espósito y sus amigos, aquellos muchachos que una vez idearon este plan en un café montevideano.
Espósito recuerda que fue en 2011 cuando un amigo le recomendó que viese un documental, El guerrero de la basura, sobre Reynolds, su concepción de la arquitectura, su obsesión por reutilizar lo que el mundo descarta y su pacto irreductible con la naturaleza. Espósito, vinculado al activismo medioambiental, reunió a sus amigos para contagiarles la idea de construir una escuela pública, rural, tomando como referencia el Modelo Global, adaptable a cualquier clima,ideado por aquel arquitecto yanqui irreverente. Pero, ¿cómo convencer a Reynolds? Espósito le escribió un correo electrónico y nada. Envió un segundo y nada. El tercero tampoco tuvo respuesta. Un día llamó y le respondieron. Le dijeron que sí, pero que primero juntara la plata.
No se trataba solo de dinero. Había que encontrar el lugar y convencer a los gobernantes y a la comunidad, de las ventajas de aquella rareza destinada a convertirse en centro escolar. Para eso tuvieron que lidiar con la burocracia, tantas veces tosca y predispuesta a trabarlo todo. El proceso, cual novela kafkiana, duró cinco años. Pero ya tenían el sí de Reynolds. Así que crearon una ONG a la que llamaron Tagma. Luego formalizaron el proyecto y carpeta en mano recorrieron más de 50 empresas, hasta que una firma comercial local, Nevex, decidió cubrir la práctica totalidad de los 300.000 euros que costó el edificio.
“La escuela pública siempre ha sido el espacio democrático por excelencia en Uruguay y estamos convencidos de que puede ser el motor ideal para construir este cambio cultural”, sostienen desde Tagma. La carpeta dio tumbos por varias oficinas públicas, llegó a manos de intendentes, secretarios de intendentes, legisladores y secretarios de legisladores. Entre varios noes se abrió paso el sí de las autoridades de la educación primaria y el apoyo de la Facultad de Arquitectura de la universidad pública.
Se barajaron varios destinos, hasta llegar al actual, Jaureguiberry, fundado en los años 30 del siglo pasado por un ingeniero que soñó con convertir aquellos arenales en un parque natural. Cuentan que don Miguel Jaureguiberry plantó pinos, acacias y eucaliptos, que atrajeron benteveos, calandrias, horneros y pájaros carpinteros, primeros inmigrantes de esta zona. Probablemente de ese “visionario”, como lo llaman los vecinos, provenga la afianzada conciencia ambientalista de los lugareños reflejada en su portal Jaurecológico.
“Lo que más hemos aprendido es que no te podés sentar a esperar y que también hay que trabajar en varios frentes al mismo tiempo», comenta Espósito. «Hay conservadurismo y miedo, porque al final todo tiene un trasfondo político y en política los errores son difíciles de subsanar”. Precisamente, el miedo del que habla Espósito fue lo que hizo que algunos vecinos dudaran en un comienzo de la viabilidad del proyecto. Le pasó al abuelo de Maru. «Él decía que esto iba a ser un desastre. Decía que no y que no. Solo yo y mi mamá queríamos la escuela”, explica. Y ahora, ¿el abuelo está contento? “Está calladito”, responde Maru.
Reynolds, el guerrero de la basura, llegó a Montevideo en mayo de 2015 para conocer a la comunidad y ofrecer una conferencia sobre los pilares de Earthship Biotecture, la empresa que fundó luego de superar los avatares del sistema académico estadounidense, renuente —sobre todo 45 años atrás— a un modelo tan poco convencional. Y según confesó, se enamoró del proyecto uruguayo por tratarse de un atrevimiento de veinteañeros, una escuela pública y una comunidad rural celosa del espacio que habita. Dejó entrever que está cansado de toparse con magnates que se apuntan a tendencias pasajeras sin conciencia alguna de la integración y el equilibrio que debe existir entre nosotros y el espacio que habitamos.
En febrero, el arquitecto de melena incorregible se plantó en Jaureguiberry con 23 técnicos de la academia Earthship. En total, la construcción estuvo a cargo de 140 voluntarios, hombres y mujeres, de Uruguay y otros 30 países, que combinaron clases teóricas con el trabajo físico. Mientras una mitad estaba en la obra, la otra estudiaba el método de construcción de Earthship en un local contiguo a la escuela. Los vecinos colaboraron en la búsqueda de alojamiento para los voluntarios, además de participar desde 2014 en talleres sobre medioambiente. “Cambiar la conciencia global de cualquier tema, sea bioconstrucción u otra cosa, lleva tiempo. Duele deshacer patrones y ahí veo el valor de Earthship: te hace parar y hacerte preguntas”, comenta Laryssa Toroshenko, de 29 años, voluntaria que llegó desde Canadá y es fiel seguidora del proyecto desde 2013.
Cerca de Toroshenko, solícita y atenta a todo lo que pasaba en el pueblo estuvo Sandra Coppes, que lleva 46 de sus 50 años viviendo en Jaureguiberry y tiene tres nietas que asisten a la nueva escuela. “Hace muchos años que soñaba con tener una escuela acá. Por eso hice propio este proyecto. Ahora hay que cuidarla y mantenerla”, dice. Desde muy joven, Coppes ha trabajado como empleada de hogar, con los altibajos que ello supone en un balneario. Ahora sus planes cambiaron, decidió construir un pequeño quiosco con botellas de plástico, arena, latas, madera y algunos envases de vidrio. Experiencia no le falta. Y según ella misma explica, Jaureguiberry no anda sobrado de tiendas de bebidas y alimentos. Así que, probablemente, el nuevo emprendimiento de Sandra siga la buena estela que ha dejado la escuela.
Las autoridades consideran que uno de los mayores riesgos son los vendedores de alucinógenos
Junto al inicio del año lectivo hoy, 21 planteles educativos activan la Misión Educación, Cero drogas, destinada a reforzar la lucha contra el consumo y el microtráfico de estupefacientes en las escuelas.
Las autoridades consideran que uno de los mayores riesgos son los vendedores de alucinógenos, quienes se ubican en los exteriores de las instalaciones docentes, por lo cual harán énfasis en el monitoreo de los horarios de entrada y salida escolar.
El plan, que comienza en esta capital, comprende una fase de socialización entre docentes, profesionales de Consejería Estudiantil, padres y miembros de la fuerza de seguridad.
Al respecto, el ministro de Educación, Augusto Espinosa, alertó sobre la necesidad de luchar contra la amenaza de las drogas, a pesar de que el consumo en los centros escolares de este país es menor comparado con los niveles existentes en otros estados de la región.
‘Se deberá trabajar con énfasis en valores como la responsabilidad y honestidad. Por ello, es vital el rol de los padres y las autoridades para que las instituciones sean espacios positivos para los menores’, precisó el titular recientemente.
‘No se debe individualizar los esfuerzos por erradicar el consumo de droga. Tiene que ser un esfuerzo interinstitucional’, insistió Espinosa.
La campaña se extenderá al resto de ciudades del país, donde se articularán acciones que permitan la erradicación del consumo de esas sustancias prohibidas en el sistema educativo.
En la segunda fase, el plan concibe organizar brigadas de prevención, integradas por padres de familia y/o representantes legales de los estudiantes, a fin de fortalecer el rol de la familia en el proceso educativo.
La tercera etapa consiste en poner en marcha en cada institución educativa esos equipos, que recibirán capacitaciones por parte de la Policía y la Secretaría Técnica de Drogas para fortalecer sus conocimientos sobre prevención de ese mal.
Hoy se inició el curso escolar en todas las instituciones estudiantiles de las regiones Sierra y la región Amazona de Ecuador.
Más de dos millones de niños y jóvenes se reincorporan a las aulas con un incremento del cuatro por ciento en la matrícula general este año, de acuerdo con datos oficiales.
El cronograma contempla otra fecha de comienzo de clases (octubre) para la Región Costa. (DRT)
Xalapa, Ver. Una diligencia para localizar el cuerpo de una mujer desaparecida en mayo de 2011 puso al descubierto una fosa común en el panteón Palo Verde, en la capital del estado, donde la extinta Procuraduría General de Justicia del Estado (PGJE) -actualmente Fiscalía General del Estado (FEG)- depositó 192 cuerpos sin cumplir con los protocolos de inhumación e identificación establecidos en la ley.
El fracaso de las diligencias emprendidas por la FEG para localizar el cuerpo de Gemma Mavil Hernández, desaparecida en Mayo del 2011, puso al descubierto la negligencia de las autoridades. Pese ha que se han hecho tres exhumaciones en la fosa común, sus restos no han sido localizados.
Lo más grave del caso, es que en la segunda exhumación –que tuvo lugar en julio pasado- se detectó que el caso de los restos ubicados en la fosa común de Palo Verde se complica porque administraciones municipales vendieron terreno de la fosa común a particulares.
La mañana del viernes, para realizar la tercera exhumación en busca de los restos de Gemma, personal de la Dirección de Servicios Periciales, a cargo de Gilberto Aguirre Garza, el padre de Gemma, Pedro Mavil, y los dueños de una fosa privada se dieron cita en el panteón.
“Teníamos que haberla encontrado en la segunda exhumación, luego de la ampliación de la excavación por parte del personal responsable. En aquel momento, el área de entrega de cuerpos manifestó que ahí tenía que estar Gemma. Lamentablemente no la encontramos” dijo Pedro Mavil.
El viernes, los trabajos de exhumación en busca de los restos de Gemma, se llevaron a cabo en una fosa privada perteneciente a una familia de Xalapa. En el sitio, además de los restos de la familia xalapeña, se encontraron tres cadáveres.
“Había un cuerpo de recién inhumación que inclusive está despidiendo olores, y otros dos cadáveres, esperamos que al examinarse con personal calificado se encuentre a Gemma, porque no sabemos si son del sexo masculino”, detalló.
El alcalde de Xalapa, Américo Zúñiga Martínez, reconoció que existen irregularidades en el uso del cementerio municipal de Palo Verde. Aseguró que las administraciones municipales de hace dos décadas vendieron terrenos de la fosa común del cementerio de Palo Verde a particulares, lo cual generó que se inhumaran restos de los que no se tiene conocimiento.
“El problema es que hace años se dieron en venta espacios de la fosa común a personas que hicieron estos acuerdos que hoy representan una irregularidad, lo estamos atendiendo y lo vamos a ordenar para que estas historias no se vuelvan a contar en Xalapa”.
OtrasVocesenEducacion.org existe gracias al esfuerzo voluntario e independiente de un pequeño grupo de docentes que decidimos soñar con un espacio abierto de intercambio y debate.
¡Ayúdanos a mantener abiertas las puertas de esta aula!