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Ficheros Escolares

Los Ficheros Escolares son un material para favorecer el trabajo autónomo facilitando la organización escolar. Pueden ser de diferentes contenidos: matemáticas, comprensión, lectora, arte, cocina, globales etc.

Son muy polivalentes, progresivas, de trabajo individual y autocorrectivas, pero admiten otras modalidades de trabajo. Se utilizan en formato papel y digital.

Los Ficheros Escolares son un material para favorecer el trabajo autónomo facilitando la organización escolar. Pueden ser de diferentes contenidos: matemáticas, comprensión, lectora, arte, cocina, globales etc.

Son  muy polivalentes, progresivas, de trabajo individual y autocorrectivas, pero admiten otras modalidades de trabajo. Se utilizan en formato papel y digital.

Experiencias

«Los ficheros autocorrectivos como material de trabajo»

Basilio (MCEP de Granada)

Aportación teórica

Libro o audiovisual

El fichero escolar

Roland Belperron, (colección BEM, editorial LAIA)


En la pedagogía Freinet, el fichero escolar es una de las técnicas fundamentales para hacer posible una escuela viva, abierta a la realidad y centrada en los intereses del alumnado. Surge de la necesidad de superar el libro de texto como eje único del aprendizaje y de disponer de una documentación flexible, variada y siempre actualizable, capaz de responder a las preguntas que nacen de la vida cotidiana y del trabajo en el aula.

El fichero escolar no es un material prefabricado, sino un instrumento que se construye progresivamente en la clase. Su creación es una tarea cooperativa en la que participan alumnado y docente. A partir de intereses reales del grupo —un acontecimiento del entorno, una pregunta compartida, una investigación iniciada en la clase— se buscan y reúnen documentos de diferentes procedencias: textos, imágenes, mapas, recortes de prensa y revistas, producciones de los propios niños y niñas, aportaciones de las familias o intercambios con otras escuelas. Estos materiales se seleccionan, se adaptan cuando es necesario y se clasifican con un sistema claro y accesible, de modo que el fichero pueda crecer sin perder coherencia. El propio proceso de creación del fichero es ya educativo: aprender a buscar, elegir, organizar y dar sentido a la información forma parte del aprendizaje.

En el aula Freinet, el fichero es un instrumento de uso cotidiano, siempre al alcance del alumnado. No es un archivo pasivo, sino una herramienta de trabajo que se consulta para investigar, ampliar un texto libre, preparar una comunicación al grupo, resolver una duda o profundizar en un tema que ha despertado interés. Permite abordar los aprendizajes de manera global, relacionando lectura, escritura, cálculo, observación, debate y expresión, en coherencia con el trabajo vivido en la clase.

El uso del fichero favorece la autonomía, el sentido crítico y la cooperación. El alumnado aprende a documentarse, a contrastar informaciones y a reutilizar los conocimientos en nuevas situaciones. Así, el fichero escolar no sustituye la experiencia ni la investigación directa, sino que las acompaña y las enriquece.

Hoy, el fichero escolar sigue plenamente vigente. Convive con ficheros digitales, archivos compartidos y otros soportes contemporáneos, manteniendo intacta su función pedagógica: poner la documentación al servicio del aprendizaje activo, cooperativo y con sentido. En la pedagogía Freinet, el fichero escolar no es un vestigio del pasado, sino una técnica viva que se adapta a los tiempos sin perder su esencia.

Fuente de la información: https://www.mcep.es

Fotografía: Mcep

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Ansiedad, depresión o trastornos alimentarios, así afecta el acoso en redes sociales a las mujeres jóvenes

La violencia machista ha encontrado en las redes sociales un espacio donde operar con una mezcla de anonimato, acceso constante y total impunidad. Para miles de mujeres jóvenes, el acoso digital no es un mal rato tras una pantalla, sino una amenaza constante que altera su forma de relacionarse, genera ansiedad, depresión o trastornos alimentarios y provoca un miedo que condiciona cómo vuelven a casa, con quién quedan y hasta qué publican.

Así lo recoge el estudio Mujeres jóvenes y acoso en redes sociales, que confirma que esta violencia digital no es anecdótica, ocho de cada diez jóvenes de entre 16 y 24 años han experimentado al menos una situación de acoso en redes en España.

El 56,2 % ha recibido mensajes insistentes de hombres que buscan quedar o “intimar” incluso después de haber rechazado la interacción; el 53 % ha recibido comentarios o fotos sexualmente explícitos sin solicitarlos; el 45,2 % ha sido insultada tras no responder o tras bloquear a la persona que la acosaba; el 43,5 % ha recibido insultos, amenazas o burlas de carácter hiriente; y el 17,2 % ha visto cómo se difundían —o se amenazaba con difundir— imágenes personales sin consentimiento.

Instagram, la plataforma donde más se produce el acoso

Instagram es el epicentro de esta violencia, seguida de WhatsApp, Facebook y Twitter, donde agresores conocidos o desconocidos actúan solos o en grupo.

Una joven entrevistada en el estudio, lo resume así: “(…) Le pasa al 100 %, a todo el mundo, yo diría que a todas las chicas les ha pasado alguna situación como esta o parecida de decir a algún chico que no quieres seguir hablando con él y que sigan acosándote. Y yo tuve mucha suerte de que no fuera a más, pero a otras personas las han ido a buscar a casa o al colegio o donde sea y no han tenido tanta suerte.”

El estudio muestra que, como consecuencia, más de la mitad de las jóvenes se sintieron enfadadas, impotentes y asqueadas (59,3 %) e inseguras, amenazadas y asustadas (57,2 %). En menor medida, una cuarta parte de ellas afirma haberse sorprendido ante dicho escenario, y un 16,3 % afirma haberse sentido culpable. Un 38 % llega a desarrollar ansiedad, depresión, paranoia o trastornos alimentarios.

Además, un 24 % ha faltado a su puesto de trabajo y un 12,3 % ha tenido pensamientos suicidas.

Del móvil a la calle: cómo el acoso condiciona la vida cotidiana de las jóvenes

Para muchas, el miedo da el salto del móvil a la calle. Siete de cada diez cambian su forma de moverse por el mundo: evitan caminar solas por la noche, comparten su ubicación con amigas, rechazan citas con desconocidos o modifican sus rutinas para reducir su exposición.

Otras deciden privatizar sus cuentas, dejar de publicar fotos en las que aparece su cuerpo o limitar la información personal que comparten, una estrategia de autocensura que reduce su libertad.

“Me di cuenta de que me estaba afectando cuando voy por la calle y no me siento segura. Cuando pensaba que iba a venir y me iba a hacer algo. Yo pensaba que me estaba obsesionando con que iba a aparecer donde estaba”, relata una de las entrevistadas.

“Por ese tiempo decidí dejar de publicar cosas. No publicaba fotos con mis otras amigas para que no actuasen en contra mía”, explica otra.

Pese a la gravedad, denunciar es la excepción. Casi la mitad de las jóvenes no comparte lo ocurrido ni con su familia ni con sus amigas. Muchas sienten vergüenza, otras temen no ser creídas o juzgadas, y la mayoría desconoce cómo denunciar el acoso digital o qué recursos existen.

Sólo el 6,8 % de ellas avisó o denunció lo sucedido a la Policía, la Guardia Civil o en el Juzgado, el 10,5 % a sus centros de estudios y el 20 % lo reportó en las plataformas.

El estudio también concluye que existe una conciencia clara y generalizada de que las mujeres, por el hecho de serlo, se encuentran en una situación de mayor vulnerabilidad.

Fuente de la información e imagen: https://efeminista.com

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Cómo y por qué salí de mi “burbuja de información”

Por: Vera Korovyeva

La “burbuja ideológica” y la economía del psiquismo

Hoy en día cada persona con un teléfono inteligente vive en su propia burbuja de información. El sesgo cognitivo ya existía antes de la era de las redes sociales, ya que, en los círculos sociales como la familia, entre colegas profesionales y amistades, los puntos de vista solían estar próximos. Pero, en tiempos de algoritmos recomendados, nuestra postura sobre temas diversos se ve más reforzada por opiniones similares y requiere más motivación cotejarlas con otras diferentes.

Por mi parte, durante toda mi vida adulta había creído que contaba con el suficiente pensamiento crítico como para estar protegida de la mayor parte de la propaganda. Por supuesto, me equivocaba.

El condicionamiento del paisaje y la ilusión de los bandos

Nací en Moscú poco antes de la muerte de URSS y crecí en los 90, en los tiempos de la llamada democracia joven, con una sincera creencia en la libertad de expresión. Éramos extremadamente pobres y optimistas. Para la joven Rusia, la creencia en la democracia y la libertad venía con la fe en la coca-cola y los vaqueros americanos, lo que no es de extrañar al haber sido mantenidos durante décadas tras un telón de acero sin información alternativa.

Toda mi familia siempre ha sido totalmente antisoviética. Varios miembros de mi familia fueron encarcelados o fusilados por contar un chiste en compañía de gente poco confiable, y mi tatarabuelo por tener un título nobiliario. Además, ya en los 80, otro familiar fue rechazado por la Universidad por llevar apellido judío. Entonces, mi familia no tenía razones para creer en ningún gobierno, especialmente el de la URSS. En el año 2000, cuando Putin llegó al poder, mis padres se quedaron en shock, pues no esperaban nada bueno de un agente de la KGB. Así que la atmósfera en mi familia siempre ha sido un poco disidente y alternativa a la línea del partido, y por eso yo tenía la ilusión de que estaba vacunada contra la propaganda, como todos los contra-culturalistas ideológicos.

Mi “burbuja informativa” estaba formada por publicaciones de la oposición: anti-Putin, claras promotoras de los derechos humanos y la libertad y cuyas tesis se veían confirmadas en mi vida cotidiana, que estaba marcada por los problemas descritos en sus noticias. Esto no dejaba lugar a la desconfianza sobre mis fuentes. Aquí estaba el problema: en mi cabeza todos esas noticias eran “verdaderas”, pues yo sabía con seguridad que parte de la información era cierta y que los periodistas arriesgan su libertad y a veces sus vidas para escribirlas. ¿Cómo podrían entonces no ser personas de sólidos principios? Esto permitía una simplificación lógica: si algo o alguien está contra Putin, es de fiar.

El caso concreto: Gaza

La tragedia del 7 de octubre fue un shock para mí y no tuve dudas, en ese momento, acerca de la actuación de Israel, por al menos tres motivos:

1.- Casi todos las revistas que leía reforzaban mis temores y supuestos.

2.- El gobierno ruso, cuyas alianzas se dan con regímenes que no considero especiales defensores de la libertad, mostraba su apoyo en unas ocasiones a Palestina… Y, en otras a Hamás.

3.- El haber sufrido soslayadas formas de antisemitismo en primera persona, por tener una parte de sangre judía, lo que sin duda podría interferir con una percepción objetiva.

Todo esto significaba, para mí, el estar del lado de los oprimidos y ser una buena persona. Durante más de un año, me sorprendieron los europeos con sus opiniones pro Palestina. No creía en la crueldad de Israel y, en mis fuentes informativas, la hambruna y la matanza de civiles eran calificadas como provocaciones por parte de Hamas.

Las dudas comenzaron a aparecer cuando descubrí la posibilidad de que mis publicaciones favoritas estuvieran patrocinadas por la USAID. En ese momento, empecé a preguntarme por la independencia de los periodistas, al tiempo que conversaba con personas con otros puntos de vista y trataba de entenderlas. El último clavo en la tapa del ataúd de mi bien formada imagen fue la destrucción altamente profesional de Hezbolá y un ataque a Irán. Después de esto, ya no puedo creer que estas agencias militares y de inteligencia altamente profesionales pudieran pasar por alto accidentalmente el ataque terrorista del 7 de octubre (disculpen la conspirología). Me he dado cuenta de que cuando negaba la hambruna y la matanza de civiles en Gaza, mi posición mental no era diferente de la de aquellos pro-Putin que negaban las matanzas en masa en Bucha.

Las burbujas de información nos dividen y debilitan, pero de nosotr@s depende contrarrestar estas tendencias. Esto es lo que he aprendido de mi propia experiencia personal:

La primera necesidad, aunque de comienzo se pueda presentar como incómoda, es escuchar a la gente, también cuando piensas que tu interlocutor no tiene bastante información o ha sido engañado. La claridad nace del debate.
Lo segundo es comprobar la lógica y la coherencia de los planteos, haciendo autocrítica y autoobservación para detectar distorsiones cognitivas e inclinaciones personales.
Y, lo tercero, es buscar fuentes de ideologías opuestas a la nuestra. Nuestra actitud parcial no nos permite creer que estas personas, para nosotros desagradables, puedan decir la verdad. Pero siempre habrá una parte de ella, y es la que nos ayudará a pinchar la pompa.

Fuente de la información:  https://www.pressenza.com

Fotografía: Pressenza. IA-Laura Vacas

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Infancias vulneradas

Por: Osvaldo Aguirre

 

Mientras crece la población de niños y niñas en situación de calle, el Gobierno responde con una combinación de mano dura y paliativos. Un sector de la sociedad criminalizado y llevado a la invisibilidad

Sofía tiene 19 años y pide limosna en una estación del subte con sus hijos, mellizos de nueve meses. Agentes de la Red de Atención del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires le advierten que no puede estar así en la calle y le ofrecen trasladarse a un parador de familia. Ella rechaza la propuesta y los agentes se retiran, pero la historia registrada el 29 de septiembre tiene un final abierto: el Protocolo Cero Niños en la Calle del Gobierno porteño implica el seguimiento de los adultos responsables e intervenciones que contemplan la pérdida de la custodia de los menores a cargo.

El caso fue expuesto en la red X por Gabriel Mraida, el ministro de Desarrollo Humano y Hábitat de la ciudad. «No vamos a permitir que haya chicos durmiendo en la calle. Vamos a llegar hasta la última instancia si es necesario, dando curso a la Justicia para que decida si hay que separar temporalmente a los padres de sus hijos», proclamó el funcionario, que además publicó una foto de Sofía con sus hijos.

El protocolo comenzó a implementarse en febrero de 2024. Según Mraida, permite «ser más eficientes y rápidos cuando hay un chico durmiendo en la calle». Sin embargo, antes que resolver problemas crónicos de alojamiento y asistencia, las intervenciones del Gobierno de Jorge Macri siguen la lógica del eslogan «orden y limpieza» con el que expulsa a personas del espacio público sin ofrecer alternativas a la situación de calle.

Carlos Pisoni, del Ministerio Público de la Defensa de CABA, observa una combinación de mano dura y paliativos: «A partir de la asunción de Jorge Macri aumentaron los casos de violencia institucional y las causas judiciales contra personas en situación de calle. Por otra parte hay más Centros de Inclusión Social respecto de los antiguos paradores, pero son insuficientes para la situación actual y el subsidio que se otorga a las personas con problemas de vivienda es la mitad de lo que vale la habitación de un hotel».

Extrema vulneración
El Servicio de Paz y Justicia (Serpaj) desarrolla desde 1997 un programa de atención a niños y jóvenes en situación de calle. Elizabeth Quintero, una de las coordinadoras nacionales del organismo, explica que el proyecto inicial puso el foco en brindar asistencia jurídica ante la violencia policial y en 2016 se reformuló con el nombre Aylluman Kutina (Volviendo a la comunidad, en quechua): «Nos propusimos generar vínculos con las familias y espacios que les sirvan a los chicos. Los pibes a los que acompañamos pertenecen a un sector de la sociedad criminalizado y llevado a la invisibilidad».

La campaña «orden y limpieza» de la gestión de Jorge Macri se hizo patente en Constitución, el barrio donde trabaja el Serpaj. «La estación está casi vacía. No se valora que las personas generan vínculos y sentidos de residencia en la calle. Los vendedores de Constitución tenían lugares donde contenerse, donde acompañarse, y de pronto los expulsaron», afirma Quintero. La política no se restringe a la calle: «Teníamos un convenio con el Ministerio de Educación de la Ciudad que garantizaba talleres y guarderías para los chicos. No fue renovado».

El relevamiento nacional realizado por organizaciones sociales en noviembre de 2023 registró 8.028 personas sin techo en la Ciudad de Buenos Aires, entre ellas 909 niños, niñas y adolescentes. La cifra aumentó a más de 11.000 personas según un censo realizado también por organizaciones sociales entre el 26 y 28 de junio de este año. Los Centros de Inclusión Social tienen capacidad para unas 3.000 personas y se estructuran según los grupos, entre ellos mujeres con niños (11,4%) y familias biparentales (14,6%).

Corrientes y 9 de julio. Una mujer y su hija piden ayuda a peatones en la puerta de un supermercado en pleno centro porteño.

«A través de actividades lúdicas tratamos de identificar cuestiones tanto individuales de los niños y adolescentes como integrales de la situación familiar. Los problemas de los pibes no tienen una única solución, hay muchas variantes –explica Yamila Rodríguez, integrante del Serpaj-. Al mismo tiempo generamos vínculos con instituciones públicas y privadas para atender problemas de escolaridad, identidad, salud, discapacidad».

Elizabeth Quintero observa que «los chicos vuelven a inhalar pegamento, son cosas que se ven en momentos de extrema vulneración». Los niños y adolescentes a los que acompaña el programa «pasan muchas horas solos en la calle», entre la zona de Constitución y asentamientos donde viven sus familias. «Al trabajar como vendedores ambulantes pasan cuatro o cinco días fuera de sus hogares, generalmente en zonas desprovistas de servicios básicos, y vuelven únicamente a dormir», agrega Yamila Rodríguez.

El programa incluye un grupo de promotores de derechos humanos que proviene de la misma población de niños y jóvenes y talleres relacionados con artes y oficios. «Nuestra idea básica es decirles a los chicos que no atraviesan una catástrofe de la naturaleza y que ellos tienen derechos. Por eso los acompañamos, no para tomar su lugar sino para que se piensen como sujetos y para que actúen por sí mismos», enfatiza Maximiliano Méndez, también operador de Aylluman Kutina.

Una población invisible
La política punitiva y estigmatizadora tiene otro referente en el intendente del partido de General Pueyrredón, Guillermo Montenegro, quien trata de «fisuras» y «delincuentes» a las personas que viven en la calle o subsisten con actividades informales y exhibe desalojos y procedimientos de modo denigrante en sus redes sociales. «En la Ciudad de Buenos Aires se registra el mismo nivel de violencia», afirma Pisoni.

«El Ministerio Público de la Defensa defiende a personas a las que les arman causas judiciales y también a familias que terminan en la calle porque el subsidio habitacional no les alcanza», explica Pisoni, responsable de la Unidad de Seguimiento de Políticas Públicas de Grupos Vulnerables.

Quintero detalla que la policía de la Ciudad y los agentes del Gobierno porteño «se llevan los colchones de los chicos, o se los mojan, y les quitan sus pocas pertenencias». En ese contexto, «se habla de jóvenes en conflicto con la ley, pero el pibe se rebela cuando le sacan lo que tiene, y termina imputado por un delito cuando lo que hay es una violación a los derechos humanos».

Las requisas incluyen el secuestro de documentación, señala Yamila Rodríguez: «La policía retiene documentos de identidad, partidas de nacimiento y certificaciones de discapacidad. Son situaciones que se vienen dando este año y que expresan una negación del derecho a la identidad de las personas en situación de calle, una forma de invisibilizar a esas personas».

Elizabeth Quintero conoció cuatro generaciones de una misma familia que vivió en la calle, a partir de una joven que tuvo su primer hijo a los 13 años. «Lo que pasamos en este momento es horrible, pero el problema es crónico y se agrava», dice la coordinadora del Serpaj. «Si vemos como algo común que un niño o un adolescente esté en la calle tenemos otro problema –destaca Pisoni–. El Estado debe dar una respuesta porque estas personas tienen derechos que cada día son vulnerados».

Fuente de la información:  https://accion.coop

Imagen: Jorge Aloy

 

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¿A dónde van las palabras?

Naturalizados por las redes, los emojis, memes y otros recursos visuales forman parte del lenguaje cotidiano y amenazan con desplazar la comunicación verbal. ¿Estamos ante el fin de la palabra escrita?

Una carita para demostrar lo que sentimos y un corazón como respuesta. O un fueguito. A lo mejor la risita burlona e infinitamente compartida de Leonardo DiCaprio, o la resignación hecha meme de Don Ramón, del Chavo. Incluso la Rana René, Borges o el rostro recortado de algún compañero de trabajo. Del emoji más básico al sticker más personalizado, la comunicación no para de experimentar cambios y, en tiempos de redes sociales, parece ahorrar palabras como si estuviesen de sobra. Pero, ¿cuál es, ante tanta idea resumida en imagen, el presente y futuro del lenguaje escrito? ¿Perdemos palabras o sumamos nuevas formas de nombrar?

Lucas Gagliardi, profesor en la carrera de Letras e integrante del Centro de Estudios e Investigaciones Lingüísticas de la UNLP, no cree que la sobreabundancia de emojis en nuestras vidas signifique un reemplazo de la escritura. «Al menos no para todos los contextos de uso –aclara–. Hay que pensar que se utilizan principalmente en aplicaciones digitales y, por lo general, en situaciones que requieren un registro informal».

Para el docente, además, estos símbolos funcionan «como un complemento, como una prótesis de la escritura. Muchos refuerzan la interpretación de un mensaje que escribimos y nos permiten comprender la intención comunicativa cuando no tenemos refuerzos como la entonación o los gestos. Generalmente aparecen en compañía de la palabra escrita y la complementan. Son menos los casos en que parecen reemplazarla y ser autónomos. Pienso por ejemplo cuando hablamos de temas específicos, como opiniones y emociones, o cuando solo reaccionamos ante un contenido en línea por medio de uno de estos símbolos».

El famoso lema de «no hay texto sin contexto», difundido entre lingüistas, también entra en sintonía con la mirada de la ensayista y licenciada en Comunicación Ingrid Sarchman, para quien el contexto no puede ser obviado a la hora de concluir si emojis y stickers empobrecen el lenguaje o lo amplían y enriquecen. En un trabajo académico como una monografía, dice la docente, no espera ninguno de estos símbolos porque las convenciones y las formas todavía importan. «Pero eso no impide que uno acepte que el lenguaje cambia», advierte.

Uno que sepamos todos
En un ecosistema en el que prima la rapidez y no hay tiempo o espacio para los matices, el lenguaje reposa en la inmediatez tecnológica y se las ingenia para que, abstraídos e integrados, renovemos entre todos los códigos de la comunicación. Un emoji de berenjena no es solo el dibujito de una verdura sino, según el caso, un chiste de sentido sexual que dice más de lo que muestra. Parecido un meme que sintetiza el ingenio popular o varias de las animaciones que se comparten en WhatsApp con idéntica pasión que antes, no hace tanto, despertaba el intercambio de figuritas.

Si el de Neil Amstrong allá en la Luna fue un gran paso para la humanidad, el que dio Neil Papworth al enviarle el primer mensaje digital a un amigo y colega modificó, a partir de 1992, la forma de comunicarnos. Lo que en su momento fue el SMS –que vio la cima en el amanecer del nuevo siglo, cuando se enviaban 15 millones de mensajitos por minuto‒ logró mutar y pasar de los viejos emoticones hechos con signos de puntuación a los actuales emojis y stickers que, casi como el lenguaje, viven en permanente estado de actualización.

«Cuando apareció el mensaje de texto, había una especie de cuestionamiento desde la academia que aseguraba que venía a deformar el lenguaje. Esa herramienta inauguró una forma más económica de comunicarse y, al mismo tiempo, la tendencia a pensar que empobrecía el lenguaje», dice Sarchman, quien, mucho tiempo después de la aparición del primer SMS, opina que el escenario no cumplió con los pronósticos más sombríos y obliga, por lo tanto, a contextualizar las interpretaciones que se hacen de los símbolos en las comunicaciones actuales. «Atendiendo a la historia larga en la que son protagonistas los memes y los emojis –señala la investigadora‒, no puedo más que pensar que asistimos a distintas maneras de la comunicación. No existe un lenguaje puro sin suponer el uso».

Tal vez resulte exagerado pensar que, a través de las pantallas, puede sostenerse una conversación sin escribir una sola palabra. ¿Pero lo es? Una carita, una calavera o un pulgar arriba parece bastar para que esté todo dicho. O al menos casi todo. Si bien algunos pueden coincidir en que estos símbolos no solo son verdaderos atajos dialécticos sino, muchas veces, el propio mensaje, la mayoría de quienes analizan e interpretan las evoluciones del lenguaje descartan, al menos en lo inmediato, que representen una amenaza para la lengua escrita. ¿Un complemento? ¿Acaso la mejor forma de resumir aquello que no sabemos cómo decir?

A diferencia de los emojis, aclara Gagliardi, los stickers y los memes requieren un análisis más variado y complejo debido a que, tantos unos como otros, «combinan las imágenes con la información lingüística». Para el especialista, al margen de diferenciaciones digitales y del uso cotidiano que le demos, resulta un tanto más difícil asegurar que estos símbolos vengan a ampliar y enriquecer las posibilidades de comunicación. «Depende de cómo entendamos esa ampliación –plantea‒. Si incluimos en ella el refuerzo de las intenciones comunicativas, efectivamente un emoji puede servir para aclarar aspectos del mensaje. Pienso en ejemplos como los contextos bilingües o cuando existen algunas barreras de lenguaje. En esos casos creo que pueden contribuir a que las personas tengan algunas posibilidades más a su disposición».

Si bien lo escrito parece perder por goleada ante lo visual –¿no es que una imagen vale más que mil palabras?–, el docente recuerda que los emojis, de algún modo, tampoco son una forma novedosa de comunicarse sino que están emparentados con otros sistemas de la antigüedad ya estudiados por la historia. «Tienen similitudes con a la escritura pictográfica, como lo fueron en algún momento los jeroglíficos –apunta–. Este sistema de escritura se basaba en representar conceptos o palabras enteras por medio de un signo icónico» .

Muchos siglos después de aquellos primeros ideogramas, el consorcio Unicode ‒la organización que controla el sistema para la codificación de caracteres que permite representar texto en todos los idiomas y en cualquier dispositivo– monitorea buena parte de los signos que tenemos en nuestros celulares y registra hasta el 9 de septiembre de 2025 un total de 3.953 emojis. Caritas, mascotas o estrellas de mar. Lo que sea, si evitamos las palabras. O si queremos reforzarlas. O, por qué no, hasta ponerlas en duda.

Fuente de la información e imagen:  https://accion.coop

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3 ideas desde la educación ambiental para fomentar la organización ciudadana frente a emergencias climáticas

“Caminar es una de las llaves que nos acerca a un modelo de sociedad más humano y sostenible”, reflexiona el educador ambiental Sera Huertas.

Este verano, Climática me propuso participar en una jornada como ponente y hablar sobre cómo fomentar la organización ciudadana frente a emergencias climáticas (obviamente, desde mi experiencia como educador ambiental). Así que lo que hice fue meter en la coctelera adjunta a mi cerebro lo último en lo que estaba trabajando, mis lecturas más recientes y aquellas ideas o pensamientos que me generaban las intervenciones de muchas personas que sigo en redes sociales y que desde distintos ámbitos hablan y aportan sobre la transición ecológica. Fruto de toda esa mezcla surgieron tres ideas –no sé si se podrían definir como «claves»– que podrían facilitar la organización ciudadana frente a emergencias climáticas.

De entrada, quiero mencionar tres de las cuestiones que, probablemente, más condicionen mi manera de abordar la educación ambiental y por tanto esta propuesta de ideas:

  1. La DANA de octubre de 2024 en València. El shock de vivir ese episodio catastrófico no solo me marcó como persona, sino también como profesional de la educación ambiental. Para mí hay un antes y un después de este evento, y por muchas razones que tienen que ver con cuestiones que hasta ahora no había considerado como educador ambiental, tales como la desinformación o la percepción del riesgo.
  2. Empezar a vislumbrar y entender el alcance de la desinformación como problema en sí mismo y como activador y potenciador de otros, especialmente aquellos vinculados con la crisis climática.
  3. Y, en tercer lugar, la lectura del último libro de Emilio Santiago, Vida de ricos, que trata de ofrecer herramientas políticas concretas para materializar un nuevo paradigma de lo que sería una vida deseable y lujosa dentro de los límites planetarios y, de paso, hacer frente al fascismo fósil. Este libro ofrece muchas claves que pueden orientar hacia la educación que se necesita.

Estas tres ideas empiezan por la necesidad de más y mejor educación ambiental.

Quienes conocéis la trayectoria del colectivo EA26 sabéis que desde siempre hemos reivindicado que la educación ambiental debe considerarse una inversión prioritaria por parte de las administraciones públicas, y debe ser una educación que se base fundamentalmente en aquello que ya decía el Libro Blanco de la Educación Ambiental en España en 1999 y que sigue más vigente que nunca:

En primer lugar, la educación ambiental es una disciplina educativa orientada a «mejorar las capacidades de análisis, reflexión y acción para la resolución de los problemas sociambientales”. Que, además, “debería estar presente en todo el recorrido vital de las personas». Hablamos de una vida en común dentro de los límites planetarios, y una vida satisfactoria, y eso (como sabemos ahora), exige un compromiso continuo. Por eso son tan importantes las estrategias de educación ambiental, los centros de referencia autonómicos y, por supuesto, el liderazgo y coordinación del CENEAM. Y, por último, en su máxima expresión se concibe como “de ida y vuelta”, es decir, que cada persona que la recibe se convierte a la vez en un vector educativo de otras personas, pudiendo desarrollarse en todas partes. Siempre he dicho que no todas somos educadoras ambientales, pero sí todas podemos y debemos hacer educación ambiental.

Si todo esto que dice el libro blanco lo trasladamos a la crisis climática, y hablamos de mitigación y de adaptación climática, habrá que hablar de una apuesta educativa ambiciosa y de amplio alcance, algo que se ha empezado a hacer realidad en los últimos años en España, de manera insuficiente aunque avanzando en la dirección correcta.

Y ¿por qué digo más y mejor EA? A la ciudadanía hay que ofrecerle una educación ambiental que vaya más allá de mejorar sus conocimientos para clasificar residuos, que les ayude a limpiar su conciencia consumista o que les facilite su pequeña dosis de naturaleza para aliviar su déficit. Hay que apostar por proyectos e iniciativas transformadoras que de manera general:

  1. Impulsen la acción colectiva y cambien la tendencia general arrastrada durante muchos años de recetas para salvar el planeta desde la acción individual. Sin desdeñar la importancia de la acción individual, especialmente porque muchas veces a partir de esta se construye la colectiva, ya que sumar personas a la causa es clave.
  2. Hay que contextualizar los problemas socioambientales y los límites planetarios en el “aquí y ahora” y en el “nosotros y nosotras”. No podemos seguir pensando que no somos parte implicada de las causas, de las consecuencias y, por supuesto, de las soluciones.
  3. Que se basen en la esperanza. Debemos ser capaces de introducir en el imaginario colectivo la idea de futuros mejores, deseables, factibles y no necesariamente alcanzables a través de largas trayectorias llenas de dolorosas renuncias (que existirán)

Solo llevo una idea y ya planteo que se necesita: más inversión pública en EA, más equipamientos, más y mejor capacitación de sus profesionales y crear las condiciones para que esto sea una profesión de verdad y no una de paso para la mayoría de las personas.

Como segunda idea quiero hablar de las ECOTOPÍAS Y EL LUJO EN COMÚN.

El lujo, el verdadero lujo, hay que buscarlo en el disfrute pleno de la común y no tanto en la práctica obsesivamente habitual de ejercer de manera individual lo que bien podría ser común y placentero. Esto, que dicho así es pegarle una patada tremenda al imaginario colectivo, es una de las vías para vivir dentro de los límites planetarios.

Desde la EA debemos convertirnos en promotoras de esta idea, incluso convirtiéndonos en publicistas del placer de lo común, vendamos la idea de que “adoptar prácticas más sostenibles supone priorizar la calidad de vida frente al derroche material”. Es un cambio a mejor en lo personal y en lo social. Como educadoras ambientales debemos generar el deseo de dar el salto de las prácticas individualistas, intensas en consumo energético, en generación de emisiones, en ocupación del territorio y en generación de residuos, en resumen, INSOSTENIBLES para el planeta, a otras colectivas, de mínimo consumo energético y generación emisiones de CO2, pero tan satisfactorias o incluso más que las primeras.

Hay que romper con la idea de que la transición ecológica va a ser un continuo vía crucis de renuncias traumáticas y dolorosas que nos van a llevar por un camino de penurias. Con el referente individualista y consumista que alienta el capitalismo es obvio que sí, pero ¿no ha llegado el momento de cambiar ese imaginario? Y sí, es difícil, mucho, especialmente sin abandonar este mismo sistema, pero tengamos claro que no lo vamos a hacer de golpe y que además el contexto no es para nada facilitador, más bien todo lo contrario… Y ahí es donde la política tiene que ser especialmente valiente.

La educación ambiental debe poner su maquinaría a disposición de la imaginación y creatividad de las personas para cambiar el paradigma de lo que es deseable, satisfactorio, lujoso (en palabras de Emilio Santiago).

Pero estas ideas no se insertan en la nada, en el vacío, se insertan en una comunidad, barrio, vecindario, en unos colectivos, familias, personas que vivirán con ese nuevo paradigma de la buena vida, la que está dentro de los límites ecológicos del planeta. A construir ese paradigma ayudan, y mucho, las ecotopías, definidas por Irene Baños como la “construcción colectiva de escenarios futuros esperanzadores” .¿Puede haber un reto más atractivo para cualquier educadora ambiental?

¿Y qué encontramos en esas ecotopías? En las ecotopías, los recursos materiales son finitos, pero hay mucha riqueza ilimitada a repartir: las relaciones bonitas, la creación artística, la creatividad, el deporte, la risa, el sexo, los amores, el estudio, el juego, alimentación saludable, la justicia, el vivir sin miedo y sin violencias, vamos, cosas que no necesitan grandes consumos de energía y materiales. Construyámoslas juntas.

Y, por último, como tercera idea estaría el CAMINAR.

Caminar es algo que nos define como seres humanos, un acto que, cuando precisa de análisis y estudio, se puede abordar desde numerosas vertientes como la antropología, la salud, la ordenación del territorio, las relaciones sociales, el deporte, etc.

Caminar nos define como personas y seres sociales, y en la era de las interconexiones, la movilidad sin límites, la velocidad y la inmediatez, para mí es un acto de rebeldía, de rebeldía y reivindicación.

Una de las imágenes más potentes de lo ocurrido tras la DANA de València, fue la de miles de personas voluntarias caminando desde múltiples lugares hacia los pueblos damnificados y aislados. Nada detuvo a la gente que sabía que su ayuda era vital para cubrir las necesidades básicas de las personas afectadas. Sin infraestructuras y con unas autoridades sobrepasadas por la magnitud de la catástrofe, la gente caminó cargada de comida, agua, material de primeros auxilios, de limpieza, etc. Caminó para acceder a todos los rincones afectados. Es obvio que cuando ocurren grandes catástrofes como esta, caminar es de las únicas opciones viables para la intervención sobre el terreno. Pero en este caso la ayuda, los cuidados, la colaboración, el ejercicio de la ciudadanía fue posible gracias a miles de personas que caminaron y caminaron sorteando infinidad de dificultades.

Pero caminar también ha sido siempre una de las principales propuestas de acción frente a la emergencia climática. Caminar y pedalear no precisan de combustibles fósiles y son las opciones de transporte más eficientes en el medio urbano, y sin duda en el rural. ¿Quién no ha oído hablar del modelo de “ciudad de los 15 minutos”? Una propuesta para crear una ciudad donde las personas puedan desarrollar una vida de proximidad con servicios como parques, colegios, centros sanitarios, lugares de ocio y centros de trabajo a 15 minutos a pie o en bicicleta de su vivienda. O, dicho de otro modo, acabando con la dependencia del vehículo motorizado.

En definitiva, caminar nos vincula a una visión cultural basada en la calma, la reflexión, la cercanía, la mejora de la salud, el fomento de las relaciones personales, la creación de comunidad, todo ello frente a la otra visión hegemónica (que nos hemos propuesto hackear desde dentro, como diría mi socio Dani Rodrigo) basada en el individualismo, la prisa, la inmediatez, el consumismo, etc. Caminar no es una renuncia y siempre estaría en mi ecotopia. Caminar es una de las llaves que nos acerca a un modelo de sociedad más humano y sostenible.

Pues eso, más educación ambiental con ecotopías y caminando.

Fuente de la información e imagen:  https://climatica.coop

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El Manifiesto, un texto vivo

Este artículo es el resultado de un encuentro en el Centro de Estudios Marxistas. Estas reuniones buscan fomentar tanto la autoformación como la reflexión crítica. Por lo tanto, se basan en gran medida en el trabajo previo de camaradas dentro y fuera de nuestro movimiento.

El Manifiesto del Partido Comunista (habitualmente referido como El Manifiesto Comunista, NdR), escrito en vísperas de la revolución de 1848, es la obra más famosa y difundida de Marx (y de Engels, aunque su papel es menos significativo). A pesar de su fama, este breve texto no es en absoluto un tratado de teoría política de alcance universal. Sin embargo, su espíritu revolucionario lo lleva más allá de su tiempo, y es precisamente porque nació de circunstancias únicas que continúa interpelándonos.

Para esclarecer esta paradoja, es importante volver primero a las condiciones en las que se redactó El Manifiesto, antes de abordar dos de sus temas centrales: primero, la cuestión de la lucha de clases y el “partido”, y luego, la de la reapropiación comunista. Para Marx, el comunismo no designaba un proyecto integral, sino un esfuerzo a largo plazo para derrocar toda dominación de clase, reapropiarse de nuestras actividades sociales y construir otro mundo. “¡Proletarios de todos los países, uníos!”: con este llamado a la movilización, que nunca ha sido más urgente que hoy, concluye.

El preludio de la revolución de 1848

En vísperas de 1848, Alemania estaba fragmentada. Marx nació en Renania, donde los ejércitos de la Convención impusieron la ley revolucionaria durante un tiempo, antes de su anexión por Prusia, un estado feudal y policial, en el Congreso de Viena. En esta región rural, marcada por un relativo desarrollo económico y una creciente desigualdad, las protestas surgieron pronto.

Así, en 1832, en Hambach, no lejos de Tréveris, su ciudad natal, una manifestación política congregó a casi 30.000 personas durante dos días. Exigían libertad religiosa, una Constitución, la unidad alemana, y algunos participantes incluso se atrevieron a mencionar una inminente revolución armada. En 1835, el poeta Georg Büchner escribió el primer manifiesto de la revolución social en Alemania, lanzando el famoso lema: “¡ Paz a las casas, guerra a los palacios!”. El Manifiesto también se inspira en esta cultura alemana rebelde.

Si bien estas revueltas populares fueron violentamente reprimidas por las autoridades prusianas, gradualmente surgió una prensa crítica que representaba los intereses liberales, pero también las aspiraciones democráticas. Marx, quien se había acercado a los movimientos de protesta hegelianos, se involucró en este periodismo de investigación y opinión en 1842 (a los 24 años), alcanzando rápidamente un papel destacado en la Gaceta Renana (Rheinische Zeitung).

En 1843, tras la prohibición del Rheinische Zeitung por parte del gobierno prusiano, Marx rompió con un bando liberal que nunca había sido suyo y que se había mostrado incapaz de oponerse a la censura. Se exilió en París, la capital de la revolución, no sin haber escrito previamente numerosas obras, entre ellas una crítica detallada de la concepción hegeliana del Estado.

En París, conoció a Engels, quien durante mucho tiempo se había declarado socialista. Horrorizado por sus inclinaciones políticas, su padre lo envió a Manchester a trabajar en una de sus hilanderías. Pero allí, su experiencia en el mundo industrial (así como su encuentro con Moses Hess) lo llevaron a proclamarse comunista, antes que Marx. El término, aunque no está claramente definido, se refiere principalmente al rechazo de la propiedad privada en un contexto de intensos debates sobre las opciones socialistas, comunistas y anarquistas que se extendían por toda Europa.

Por su parte, Engels se vio particularmente influenciado por las huelgas que, durante la crisis económica de 1842, congregaron a varios millones de trabajadores ingleses. Estas contradicciones, según él, estaban destinadas a desembocar en una revolución social. Surgido a finales de la década de 1830, el cartismo fue, de hecho, la primera organización de masas en Europa, en una época en la que no existían partidos políticos modernos. La opción de Marx fue algo diferente desde el principio: consideraba que la revolución social debía ser también una revolución política, y más aún una revolución de la política, contra su confiscación en forma de un estado separado, vuelto contra los trabajadores.

En este contexto, Marx ve el auge de las ideas revolucionarias como resultado de contradicciones históricas, de las que nunca son simplemente un reflejo: en ciertos casos, pueden contribuir a inventar y guiar el futuro, aunque estén determinadas por las circunstancias presentes. El Manifiesto se concibe como un texto de intervención, cuyo objetivo es transformar el conocimiento y la acción conjuntamente y a través de la acción. De ahí el optimismo extremo de este texto extravagante: en vísperas del levantamiento europeo de 1848, ¡todo parece posible!

Este texto militante es, sin embargo, un gran texto teórico y prospectivo: el término comunismo designa sobre todo una invención colectiva permanente, que aspira a devolver a los seres humanos el control de su vida social e individual, y no una utopía. Marx identificó al proletariado como el principal actor de la revolución venidera, que, al aliarse con otros pueblos explotados, derrocará los restos del feudalismo al mismo tiempo que el capitalismo en formación, la forma suprema de dominación de clase, centrada en la desposesión radical de los trabajadores.

El Manifiesto refleja todas las contradicciones de su época. En el Congreso de Viena de 1815, las grandes potencias rediseñaron el mapa de Europa y del mundo. Pero esta Europa rediseñada dispersó y oprimió a los pueblos, alimentando las demandas de liberación nacional y justicia social. A nivel global, Occidente impuso su dominio sobre el resto del mundo a medida que el capitalismo iniciaba su expansión global: El Manifiesto anticipó este proceso de globalización. La colonización y la esclavitud, ligadas al comercio triangular, fueron consecuencia de su lento surgimiento, pero a su vez aceleraron su ascenso. Y la crisis actual también es económica, habiéndose vuelto periódica a pesar del aumento de la producción.

La inestabilidad de este edificio no tiene precedentes: desde 1830, se sucedieron oleadas revolucionarias en todo el mundo, y El Manifiesto, que pretende acelerar y acompañar el proceso revolucionario, se propone ofrecer un análisis histórico coherente de esta realidad y sus contradicciones. Pues son estas contradicciones las que abren brechas en la historia y perfilan posibilidades sin precedentes para la emancipación colectiva. Pero a condición de que las comprendamos y actuemos en consecuencia, de manera resuelta, consciente y organizada. A pesar de la distancia que nos separa de aquella época, esta tarea es más relevante que nunca: se llama lucha de clases.

Lucha de clases y partido de clase

En El Manifiesto, la lucha de clases es central, la fuerza impulsora, y sus primeras líneas son famosas: “La historia de toda la sociedad hasta nuestros días es la historia de la lucha de clases”. Las clases no son entidades inmutables, sino el resultado de esta lucha constante y contradictoria. Pero también son función del lugar que ocupan los grupos sociales en la producción de riqueza. Finalmente, se caracterizan por formas de conciencia más o menos elaboradas, que les permiten construir sus propios intereses como fuerzas políticas. ¿Con quién unirse, cómo, en qué medida y con qué propósito? Estas preguntas políticas y estratégicas recorren todo el texto.

En este mundo cambiante anterior a 1848, la ira de las poblaciones ante la injusticia y la pobreza había ido en aumento durante mucho tiempo. Esta prolongada efervescencia de revuelta dio origen a movimientos políticos de protesta, en pleno proceso de modernización. Sus objetivos eran distintos, pero no necesariamente incompatibles: el movimiento liberal exigía una Constitución asociada a un sistema parlamentario basado en la propiedad, mientras que la tendencia democrática abogaba por una república que otorgara derechos políticos más amplios. Por su parte, un movimiento igualitario radical, derivado del babouvismo, reclamaba la revolución social.

La Liga de los Justos pertenece a este último movimiento. Cuando Marx y Engels se acercaron a ella, ya llevaba más de diez años existiendo y reunía a artesanos y obreros alemanes emigrados, organizados en Suiza, París y Londres. En París, la Liga participó en la insurrección blanquista de mayo de 1839 y sufrió la violenta represión que siguió a su fracaso. Por su parte, el grupo suizo estaba liderado por Wilhelm Weitling, seguidor del comunismo cristiano y de inspiración babuvista, poco respetuoso con el rigor teórico, pero carismático partidario de la vía insurreccional. Los dirigentes londinenses de la Liga, por su parte, defendían una línea menos ofensiva y deseaban, sobre todo, transformar la organización secreta inicial en una entidad legal. Para Marx y Engels, este objetivo era perfectamente compatible con una opción abiertamente revolucionaria.

Engels recordaría más tarde que la condición que Marx y él mismo habían establecido para su participación era la supresión del “culto supersticioso a las autoridades”. Por lo tanto, su victoria fue sobre todo estratégica, democratizando el funcionamiento interno de la Liga al imponer el órgano decisorio del congreso. Cerrando el paso a cualquier “espíritu de conspiración”, esta forma de organización era ahora “absolutamente democrática”, diría Engels, al imponer la condición de líderes electos y revocables. “Transformó a la Liga, al menos en tiempos de paz, en una simple sociedad de propaganda”.

En virtud de este objetivo, dicha estructura se mantiene muy alejada de los partidos modernos, y en particular de las poderosas organizaciones de la socialdemocracia alemana y austriaca de finales del siglo XIX. La Liga de los Justos, rebautizada como Liga de los Comunistas, sigue siendo una pequeña formación que reúne principalmente a intelectuales y artesanos, alejada del proletariado industrial. Sin embargo, constituye el embrión de una nueva organización abierta e internacional, al servicio de la lucha específicamente política de la clase obrera.

Cuando estalló la revolución, el papel de la Liga y, en general, el de quienes se declaraban comunistas era insignificante. Tras el fracaso de la revolución, la represión recaería violenta y duradera sobre activistas y organizaciones obreras. Por otro lado, las preguntas planteadas por Marx y Engels persistieron y explican por qué el Manifiesto, inicialmente poco difundido, luego tuvo una difusión masiva: ¿qué es una organización revolucionaria? ¿Cuál es su función? ¿Cuáles son sus estructuras?

En El Manifiesto, los comunistas son “la fracción más consciente de los partidos obreros”. En 1850, tras la traición de los partidos democráticos, Marx optó por la formación de organizaciones autónomas de la clase obrera. Pero ni él ni Engels consideraron nunca las cuestiones tácticas y estratégicas como doctrinarias. Nunca cultivaron el fetichismo de la organización. El objetivo final prevalece sobre las herramientas de lucha, aunque tales medios -las organizaciones estructuradas- sean indispensables para ellos. No existe una ciencia, sino un “arte estratégico”, como lo expresó con tanta fuerza Daniel Bensaïd.

El comunismo, para recuperar nuestras vidas

La gran modernidad de El Manifiesto, a pesar de su carácter anticuado en algunos puntos, reside en la perspectiva de la reapropiación, que va mucho más allá de la mera desaparición de la gran propiedad. Esta tesis, propia de Marx, recorre toda su obra.

Por un lado, no se limita a anunciar la revolución ni a convocarla, sino que subraya la necesidad de la acción política, en el nuevo sentido del término, así como la importancia decisiva de la concienciación, como condición para la victoria de las clases dominadas. Ahora bien, esta concienciación exige la reapropiación del conocimiento, monopolizado por las clases dominantes y producido para su uso, condicionado por sus preocupaciones económicas, sociales y políticas.

Por otra parte, Marx llevaba mucho tiempo comprometido con una crítica del Estado como un organismo separado, separado de la vida económica y social: fue la gestión colectiva la que confiscó. Marx pasaría de la idea de su conquista a la de su “ruptura”, en favor de un “poder público”, un autogobierno democrático del que la Comuna de París le proporcionaría un esbozo. Pues conquistar el Estado implica, a menudo, ser conquistado por su lógica: la terrible historia posterior del “comunismo” lo atestigua…

En este mismo sentido, el comunismo se refiere a la profunda transformación de todas las actividades sociales y no a la simple distribución igualitaria de la riqueza producida: se trata de iniciar un proceso de reapropiación de las funciones que el capitalismo desvía en beneficio de las clases dominantes. Esta reapropiación es un objetivo, pero también una condición fundamental de la revolución si la concebimos no como una “gran noche”, sino como un proceso lento y complejo, como la reorganización colectiva y racional de toda la vida económica y social. En otras palabras, se trata inmediatamente de recuperar la propia vida, y este es el reto inmediato de las luchas y movilizaciones para iniciar esta difícil construcción.

En esta ocasión, Marx enuncia otra tesis fundamental, inseparable de la anterior, que sitúa al comunismo en las antípodas de cualquier colectivismo de cuartel: se trata de construir “una asociación en la que el libre desarrollo de cada uno sea la condición del libre desarrollo de todos”. Recuperar nuestras actividades sociales frente a la privatización capitalista del mundo significa también recuperar nuestras vidas, nuestro tiempo libre, la condición de nuestra emancipación personal, confiscada y saqueada por un capitalismo más feroz que nunca. El Manifiesto especifica la definición dada en 1845 en La Ideología Alemana: “Para nosotros, el comunismo no es un estado que deba crearse, ni un ideal al que la realidad deba ajustarse. Llamamos comunismo al movimiento real que suprime el estado actual. Las condiciones de este movimiento resultan de las premisas existentes”.

Este comunismo de reapropiación va mucho más allá de la simple redistribución. Consiste en la reformulación de las relaciones sociales de producción y reproducción; concierne a la vida misma, incluida la naturaleza. La gran relevancia de El Manifiesto reside aquí: estas cuestiones son a la vez objetivos y palancas de la lucha y la movilización anticapitalistas. Luchar contra la explotación, el sexismo, el racismo y todas las formas de dominación de clase en sus mil variantes significa luchar por nosotros mismos, por cada uno de nosotros, juntos, esbozando la figura de un mundo mejor a partir de ahora. Y nuestras organizaciones deben ahora estar a la altura de estos objetivos. Sin duda, El Manifiesto, un texto vivo, inclasificable y devastador, merece ser leído y releído.

Isabelle Garo

L´Anticapitaliste (NPA)

Fuente de la información:  https://vientosur.info

Fotografía: Viento sur. France, Paris, 2023-05-01. Un manifestant avec pancarte avec le slogan “Marx attack”. Manifestation du 1er mai contre la reforme des retraites. Photographie de Martin Noda / Hans Lucas

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