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El colonialismo del planeta: los pueblos que mandan y los pueblos que esperan

El colonialismo no murió. Cambió de rostro. Hoy se viste de mercados, deuda y tecnología, mientras los pueblos esperan lo que nunca llega.

El colonialismo no fue un error del pasado ni un capítulo cerrado en la historia. Fue un proyecto global de saqueo y sometimiento. Arrasó culturas, desarmó economías y sembró fronteras de sangre. Se disfraza de modernidad, pero sigue vivo. Los barcos de vela ya no cruzan los océanos con cañones, ahora lo hacen los contenedores con contratos. Las cadenas ya no atan cuerpos, atan presupuestos nacionales. Los ejércitos se camuflan en bases militares y sanciones financieras. La ocupación cambió de uniforme, no de objetivo.

No es solo África, aunque allí la herida sea más evidente. El colonialismo es un virus que infectó al planeta entero. América Latina continúa exportando cobre, litio y soja mientras importa pobreza. Asia se reparte entre fábricas esclavistas y polos tecnológicos controlados por potencias externas. Oceanía sobrevive bajo el paraguas militar de Washington. Europa juega a árbitro global mientras carga con siglos de colonias saqueadas. Y en el centro de todo, el dólar dicta la partitura del poder como látigo moderno.

Los pueblos esperan. Esperan soberanía, esperan justicia, esperan que la modernidad llegue con dignidad y no como imposición. Lo que reciben son deudas impagables, promesas huecas y planes de desarrollo escritos en oficinas del norte. El colonialismo mutó en neocolonialismo y ahora en extractivismo financiero, digital y climático. Es la misma receta de hace quinientos años, servida en bandeja de globalización.

El planeta sigue dividido entre los pocos que mandan y los muchos que esperan. El colonialismo es el guion que se repite: cambian las banderas, se maquillan los discursos, pero la desigualdad se mantiene.

“El colonialismo ya no llega en barcos de vela, llega en contenedores, contratos y algoritmos.”

Antes de la llegada de los invasores

Antes de que aparecieran las carabelas en las costas y los cañones en las montañas, el mundo ya estaba lleno de civilizaciones vivas. América no era un continente vacío esperando “descubridores”. Eran millones de habitantes organizados en imperios, confederaciones y pueblos libres. Los mexicas habían levantado ciudades flotantes con canales y mercados que deslumbraban a los europeos. Los incas administraban un territorio gigantesco con una red de caminos que superaba a Roma. Los mayas contaban los siglos en calendarios más exactos que los relojes que traían los conquistadores.

Asia tampoco esperaba a nadie. India era un centro de ciencia y espiritualidad: de Nalanda a Taxila, universidades que recibían a estudiantes de todo el continente ya funcionaban siglos antes de Oxford. En astronomía medían eclipses y rotaciones mientras en Europa se perseguía a los que dudaban de la Biblia. China no solo inventó la pólvora, el papel y la brújula: creó una economía de seda, porcelana y té que abastecía al mundo entero. Sus expediciones marítimas, como las del almirante Zheng He en el siglo XV, llegaban hasta África oriental con barcos gigantescos que hacían parecer juguetes a las naves portuguesas. Japón, con el shogunato, había desarrollado sistemas de gobierno estables y una cultura refinada que producía acero y espadas incomparables en el planeta.

El corazón de Asia fue también la cuna de imperios que marcaron la historia universal. Persia, bajo Darío y Ciro, construyó caminos y sistemas administrativos que unieron continentes enteros. Alejandro Magno llevó hasta la India un imperio que mezcló Grecia y Oriente, demostrando que Asia no era periferia sino centro de poder. Desde Mesopotamia hasta el Indo, las civilizaciones de la región inventaron escritura, leyes y ciudades mucho antes de que Europa soñara con imperios globales.

En África florecían reinos como Malí, con ciudades como Tombuctú que eran centros de comercio y conocimiento. En Egipto, Nubia y Etiopía pervivían milenios de historia conectados al Mediterráneo y al Mar Rojo. Oceanía estaba habitada por navegantes que cruzaban miles de kilómetros de océano guiados por estrellas y corrientes sin mapas de papel ni brújulas de metal.

La llegada de los invasores rompió un equilibrio milenario. Trajeron hierro y pólvora, pero también epidemias y cadenas. Arrasaron con lo que no entendían y codiciaron lo que brillaba. El mito de que Europa “civilizó” al mundo es un insulto a las civilizaciones que ya existían.

“Hubo mundos enteros antes de que llegaran los mapas de Europa.”

Los imperios de ayer, las potencias de hoy

El colonialismo europeo nació del hambre de poder y de metales. España y Portugal se lanzaron primero, Inglaterra, Francia y Holanda los siguieron. Con cañones, banderas y cruces trazaron mapas que partieron continentes enteros. Durante siglos el mundo fue un tablero de ajedrez jugado desde Europa.

Ese colonialismo clásico dejó cicatrices que todavía sangran. De las plantaciones esclavistas en el Caribe a los enclaves mineros en África. De los virreinatos americanos a las factorías en India. El mundo quedó subordinado a un puñado de metrópolis que crecieron sobre el trabajo y los recursos de los demás. El oro y la plata de América financiaron las coronas de Europa, las especias de Asia alimentaron fortunas en Ámsterdam y Londres, el algodón y el azúcar movieron imperios enteros.

Hoy las banderas son otras, pero la lógica es la misma. El poder no lo ejercen virreyes ni almirantes, sino bancos centrales, fondos de inversión y tratados multilaterales. El colonialismo de ayer se transformó en el club del G7, que concentra más del 45 % del PIB mundial y maneja el pulso de las finanzas globales. Estados Unidos, Japón, Alemania, Francia, Reino Unido, Italia y Canadá controlan no solo mercados, sino también el relato: deciden qué es desarrollo, qué es democracia y qué país merece sanciones.

La fuerza militar sigue siendo un ingrediente central. El gasto militar mundial superó en 2023 los 2,4 billones de dólares, con el G7 y sus aliados representando más de dos tercios. Es la continuidad de la vieja flota colonial, solo que ahora bajo el disfraz de OTAN o coaliciones “humanitarias”.

De los virreinatos a Wall Street, de la Compañía de las Indias a BlackRock, la diferencia es solo tecnológica. El mundo sigue dividido en quienes mandan y quienes esperan.

“El colonialismo cambió de bandera, pero nunca de dueño.”

Estados Unidos: el colonialismo del dólar

Estados Unidos heredó el bastón del colonialismo europeo y lo convirtió en un imperio financiero. Su territorio se expandió a costa de pueblos originarios y de México, pero su verdadero salto fue tras la Segunda Guerra Mundial. Desde 1945 el dólar se convirtió en la sangre del sistema global. No necesitó virreyes ni crucifijos: le bastó con bancos, bases militares y Hollywood.

El dólar es el arma más poderosa del siglo XX y XXI. Más del 58 % de las reservas internacionales del planeta están denominadas en dólares. Cerca del 80 % de las transacciones comerciales globales se liquidan en esta moneda. Esa hegemonía convierte a Washington en juez supremo de la economía mundial. Quien desafía al dólar recibe sanciones. Quien depende de él debe obedecer.

El control no es solo financiero. Es también militar. Estados Unidos gasta más de 900.000 millones de dólares anuales en defensa, casi el 40 % del gasto militar global. Mantiene más de 750 bases en 80 países, un imperio desplegado sin llamarse imperio. Desde el Caribe hasta el Pacífico, desde el Golfo Pérsico hasta África, sus portaaviones sustituyen a las antiguas flotas coloniales.

El FMI y el Banco Mundial, nacidos en Bretton Woods bajo la batuta estadounidense, funcionan como extensiones de ese colonialismo. Prestan dinero con condiciones que desarman economías locales, privatizan recursos y obligan a abrir mercados. Cada préstamo viene con cadenas invisibles que pesan más que las de hierro.

El soft power también juega su rol. Netflix, Silicon Valley y Wall Street construyen un imaginario donde Estados Unidos aparece como inevitable. Sus series, sus redes y sus algoritmos moldean deseos, consumos y hasta elecciones políticas en países que creen ser libres. Es un colonialismo cultural que acompaña al financiero y al militar.

El resultado es claro: Estados Unidos no necesita conquistar territorios, ya colonizó las reglas. Con su moneda dicta la economía, con sus bases impone la fuerza, con sus pantallas define la cultura. Es un imperio que no se declara, pero se siente en cada esquina del planeta.

“El colonialismo ya no se firma con espadas, se imprime en billetes verdes.”

Europa es la vieja colonia reciclada

Europa fue el epicentro del colonialismo clásico. Desde sus puertos zarparon las carabelas que partieron al mundo en pedazos. España, Portugal, Inglaterra, Francia, Holanda y Bélgica construyeron imperios a base de oro robado, esclavos encadenados y territorios fragmentados. Su riqueza se amasó sobre el saqueo de tres continentes.

Hoy Europa ya no domina con flotas y cañones, pero sigue sosteniendo estructuras coloniales bajo nuevas formas. La Unión Europea se presenta como faro de democracia y derechos, mientras empresas europeas controlan minas en África, energía en Medio Oriente y agroindustrias en América Latina. El continente que predica libertad conserva cadenas en forma de contratos y deudas.

Francia es el ejemplo más claro. Con el franco CFA mantiene atados a 14 países africanos que deben depositar parte de sus reservas en el Tesoro francés. En el Sahel despliega tropas, justifica intervenciones y asegura uranio barato para sus centrales nucleares. Alemania, motor industrial de Europa, depende de energía importada y de materias primas externas, pero impone reglas fiscales que asfixian a sus vecinos más pobres dentro de la propia Unión.

Las cifras hablan. El PIB de la Unión Europea representa cerca del 14 % del PIB mundial, pero su dependencia de importaciones energéticas supera el 55 % de su consumo total. Importa gas de Rusia y Argelia, petróleo de Medio Oriente, minerales de África y América Latina. Exporta tecnología, finanzas y reglas.

El colonialismo europeo mutó en burocracia comunitaria y en tratados comerciales. Las antiguas colonias se convirtieron en “socios estratégicos”, aunque el reparto sigue siendo desigual. Europa ya no gobierna con virreyes, pero impone sus intereses a través de regulaciones, subsidios agrícolas y sanciones selectivas.

Frase Filosa: “Europa predica derechos, pero aún reparte cadenas.”

China es la nueva ruta del poder

China pasó de ser víctima de colonización a potencia que desafía a los antiguos imperios. En el siglo XIX sufrió las Guerras del Opio, tratados desiguales y ocupaciones extranjeras. Hong Kong, Shanghái y otras ciudades fueron convertidas en enclaves coloniales. Hoy, un siglo y medio después, China invierte en puertos, carreteras, minas y telecomunicaciones en todos los continentes. Se presenta como alternativa al poder occidental, pero su huella recuerda demasiado al viejo colonialismo.

La Iniciativa de la Franja y la Ruta, lanzada en 2013, es el proyecto de infraestructura más grande del mundo. Más de 150 países han firmado acuerdos con Beijing. La inversión comprometida supera los 1,3 billones de dólares, con puertos en Pakistán, trenes en África, carreteras en América Latina y cables submarinos que conectan continentes. El dragón no llegó con cañones, llegó con préstamos.

China controla ya gran parte de la cadena de minerales críticos. Más del 70 % de la refinación mundial de litio y cerca del 60 % del cobalto extraído en el Congo terminan en empresas chinas. Su dominio no es militar sino industrial: asegura materias primas, construye plantas y ofrece financiamiento donde Occidente impone sanciones.

El dilema es doble. Para algunos países, China representa oxígeno frente al dólar y al FMI. Para otros, es un nuevo colonizador que compra gobiernos con cheques y amarra generaciones con deuda. La narrativa de cooperación sur-sur convive con denuncias de extractivismo y falta de transparencia.

El gigante asiático ya no es el taller barato del mundo. Es un jugador que disputa rutas marítimas, satélites, inteligencia artificial y minerales estratégicos. Cambió la ecuación: el colonialismo ya no es solo occidental, también habla mandarín.

“China no manda con flotas, manda con contratos que pesan más que los cañones.”

Rusia. Del Imperio zarista al imperio energético

Rusia siempre fue un imperio que buscó expandirse hacia mares cálidos y fronteras infinitas. Del zarismo a la Unión Soviética, y de la URSS a Putin, la lógica ha sido la misma: controlar territorio, energía y poder militar. Hoy Rusia no ofrece préstamos blandos ni tratados comerciales como China o Estados Unidos. Su carta es otra: el gas, el petróleo y el uranio.

Europa entera dependió durante décadas de la energía rusa. Antes de la guerra de Ucrania, Moscú abastecía el 40 % del gas natural consumido por la Unión Europea. Esa dependencia fue un arma silenciosa que le permitió influir sin disparar un cañón. Con el petróleo la ecuación es similar: Rusia produce cerca de 10 millones de barriles diarios, lo que la ubica entre los tres mayores exportadores globales.

La guerra en Ucrania mostró que el colonialismo del siglo XXI también se escribe con tanques y oleoductos. Moscú defiende sus esferas de influencia a sangre y fuego, justificando invasiones con la misma lógica de los imperios de antaño. No son solo fronteras: son tuberías, contratos de gas y control de corredores estratégicos.

Más allá de Europa, Rusia se ha convertido en un jugador clave en África y Medio Oriente. Exporta armas, ofrece mercenarios a través del grupo Wagner y asegura acceso a minas de oro, diamantes y uranio. La geopolítica rusa se mezcla con la guerra híbrida: energía, militares privados y diplomacia agresiva.

Las cifras son duras: el presupuesto militar ruso supera los 100.000 millones de dólares anuales, mientras sus reservas de gas natural son las más grandes del mundo, con más de 37 billones de metros cúbicos. Moscú es un imperio energético que sabe que sin su petróleo y gas, el mundo no funciona.

“Rusia no exporta democracia ni tratados, exporta gas, petróleo y guerras.”

Los pueblos que esperan

Mientras las potencias dictan reglas, los pueblos esperan. Esperan desarrollo, esperan soberanía, esperan justicia. Lo que reciben son préstamos que los hunden más, extractivismo que arrasa con sus tierras y promesas que se evaporan en discursos diplomáticos. La historia del colonialismo no es solo la de los que mandan, es la de los que fueron condenados a esperar lo que nunca llega.

América Latina es ejemplo claro. Concentra el 60 % del litio mundial, el 40 % del cobre y vastos recursos agrícolas. Sin embargo, más de 180 millones de personas viven en pobreza, según CEPAL. Exporta minerales y alimentos que sostienen industrias extranjeras, mientras millones carecen de empleo digno o seguridad alimentaria.

Asia del Sur y Sudeste Asiático cargan con la paradoja de ser el taller del mundo y a la vez territorios de explotación. Bangladesh, India, Pakistán y Vietnam producen textiles y electrónicos para corporaciones globales, pero millones de trabajadores sobreviven con sueldos de miseria. La pobreza afecta a más de 400 millones de personas en la región, mientras las cadenas de suministro engordan las cuentas de empresas occidentales y chinas.

Medio Oriente vive atrapado entre petróleo y guerras. Palestina espera desde hace 75 años un Estado que nunca llega, Yemen espera el fin de un conflicto olvidado, Siria espera reconstrucción después de la destrucción total. Las reservas de petróleo y gas son gigantescas, pero sus pueblos viven entre sanciones, bombardeos y éxodos.

África sigue siendo el continente más saqueado. Oro, diamantes, coltán, uranio y petróleo alimentan las economías del norte mientras millones sobreviven con menos de dos dólares al día. Más de 280 millones de africanos sufren inseguridad alimentaria severa, y sin embargo el continente es clave para la transición energética global. África espera justicia, pero recibe intervenciones, deuda y migajas.

Oceanía parece invisible en el mapa del colonialismo, pero carga con sus propias cadenas. Australia y Nueva Zelanda actúan como brazos de Occidente, mientras los pueblos originarios siguen marginados. Las islas del Pacífico, como Kiribati o Tuvalu, esperan acciones frente al cambio climático que amenaza con borrarlas del mapa. Su riqueza marítima es saqueada por flotas extranjeras mientras sus poblaciones enfrentan el riesgo existencial de desaparecer bajo el agua.

Europa del Este y los Balcanes también esperan. Esperan ser tratados como iguales dentro de la Unión Europea, pero se les asigna el rol de periferia barata. Sus trabajadores migran hacia el oeste, sus tierras se venden a fondos agrícolas y su soberanía se diluye entre Bruselas, Moscú y Washington.

La migración es el rostro humano de esta espera global. Más de 280 millones de personas viven fuera de su país de origen (ONU, 2023). Muchos cruzan mares y desiertos para escapar del hambre o la guerra, solo para encontrar fronteras cerradas y discursos xenófobos. La espera se convierte en exilio, y el exilio en condena.

“Los pueblos esperan trenes de progreso y reciben vagones de deuda.”

África en breve

África merece un tratado entero, no un párrafo. Es el continente más saqueado y más resiliente del planeta. Oro, diamantes, coltán, petróleo y uranio han financiado la riqueza de otros durante siglos. Sus pueblos han cargado con esclavitud, hambre inducida, guerras fabricadas y deudas impagables.

Pero esta columna no se detendrá en África porque ya le corresponde una serie completa. Aquí solo basta recordar un hecho: África posee más del 30 % de los recursos naturales del mundo y, sin embargo, concentra la mayor tasa de pobreza extrema global, con más de 460 millones de personas viviendo con menos de dos dólares al día.

El colonialismo nunca se fue de África, simplemente cambió de bandera. Francia todavía ata monedas, Estados Unidos y China disputan contratos, Rusia ofrece armas y mercenarios. África está en el centro del tablero, pero en el margen de la justicia.

“África merece una biblioteca, no un párrafo.”

Lo que se juega hacia 2050

El colonialismo no es un recuerdo, es un presente que define el futuro. Hacia 2050 el planeta enfrentará una tormenta perfecta: crecimiento poblacional, crisis climática, agotamiento de recursos y concentración de poder en pocas manos. Los pueblos seguirán esperando si no rompen las cadenas, y las potencias seguirán mandando si nadie las desafía.

Las cifras son claras. La población mundial superará los 9.700 millones de personas (ONU, 2024). La demanda de alimentos crecerá en un 50 %, el consumo de agua aumentará en un 30 % y la necesidad de energía se duplicará (Banco Mundial, IEA). El litio, el cobre, el hidrógeno verde y las tierras fértiles se convertirán en las armas del futuro. Los países que los poseen serán cortejados o presionados, y los que carezcan de ellos quedarán subordinados.

El cambio climático multiplicará las desigualdades. Sequías, inundaciones y pérdida de suelos fértiles afectarán sobre todo a los países pobres. Mientras tanto, las potencias invertirán en murallas verdes, energías limpias para sí mismas y seguros climáticos, dejando a los demás con catástrofes y promesas vacías.

La tecnología será otra frontera colonial. La inteligencia artificial, el control de datos y la biotecnología estarán en manos de pocos países y corporaciones. Quien controle los algoritmos decidirá la política, la economía y hasta la cultura del siglo XXI. La dependencia digital puede ser más fuerte que cualquier cadena física.

Hacia 2050 la disyuntiva será brutal: emancipación o sometimiento. Si los pueblos logran unir soberanía política, control de recursos e integración regional, podrán romper el ciclo. Si no, el colonialismo se habrá perfeccionado en su versión más invisible y total.

“El colonialismo del futuro no llevará uniforme, llevará chips, contratos y moléculas verdes.”

Colonialismo del siglo XXI: potencias y territorios

EE.UU. → Financiero, militar, cultural → América Latina, Medio Oriente, Asia-Pacífico → Dólar como moneda global, 750 bases militares, control de Silicon Valley

Países: México, Colombia, Irak, Afganistán, Japón, Corea del Sur, Filipinas

Europa (UE) → Comercial, monetario, energético → África, América Latina, Europa del Este → Franco CFA en África, tratados agrícolas, sanciones económicas

Países: Malí, Níger, Senegal, Argelia, Marruecos, Ucrania, Polonia, Argentina

China → Infraestructura, deuda, industrial → África, Asia Central, América Latina → Franja y la Ruta, refinación de litio, contratos mineros en Congo y Bolivia

Países: Zambia, Etiopía, Pakistán, Sri Lanka, Bolivia, Perú, Brasil, Argentina

Rusia → Energético, militar, extractivo → Europa del Este, África, Medio Oriente → Exportación de gas, grupo Wagner, guerra en Ucrania

Países: Ucrania, Siria, Libia, Sudán, República Centroafricana, Níger, Kazajistán

El colonialismo nunca se fue.

Hoy solo cambió de uniforme y se disfraza de dólar, de tratados de libre comercio, de corredores energéticos y de algoritmos que vigilan. Las potencias siguen mandando y los pueblos siguen esperando. Pero la paciencia de los pueblos no es infinita. Cada crisis, cada saqueo, cada humillación acumula una energía que tarde o temprano estalla.

El futuro no está escrito. Hacia 2050 el mundo puede repetir la misma historia con nuevos amos o puede romper el ciclo. La emancipación no se mendiga, se construye con soberanía, con integración regional, con control de los recursos y con dignidad colectiva. No se trata de nostalgia ni de romanticismo. Se trata de sobrevivir como humanidad en un planeta que ya no soporta más abusos.

El colonialismo parece invencible, pero también lo parecían los imperios que ya se desmoronaron. Los pueblos que esperan no lo harán para siempre. La historia demuestra que las cadenas se quiebran cuando la dignidad supera al miedo.

“El colonialismo puede mandar hoy, pero la historia no se arrodilla para siempre.”

Bibliografía resumida

ONU – World Population Prospects 2024

Banco Mundial – Global Development Indicators 2022

FMI – World Economic Outlook 2023

SIPRI – Military Expenditure Database 2023

IEA – World Energy Outlook 2023

Fuente de la información:  https://www.pressenza.com

Fotografía: Pressenza. En las calles de Caracas

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Los fakenews que huelen a polvora

Si algo distingue a Estados Unidos no son sus “valores democráticos”, ni su “ejemplo de libertad”, sino su capacidad industrial para fabricar mentiras de exportación. Mentiras que venden en prime time con gráficos coloridos, lágrimas de cocodrilo en el Congreso y un coro mediático que repite al unísono. Mentiras que, como advertí en mi último artículo sobre la guerra psicológica contra Venezuela, son la artillería previa antes de la pólvora. La historia lo demuestra: cada guerra norteamericana ha comenzado no con un disparo, sino con un titular.


El Maine y la primera gran fake news imperial (1898)

La serie empezó en La Habana, con el acorazado Maine convertido en mártir involuntario. Una explosión accidental en sus bodegas fue presentada como un ataque español. El periodismo amarillo de William Randolph Hearst hizo el resto: “¡Remember the Maine, to hell with Spain!”. El resultado fue la Guerra Hispano-Estadounidense. Estados Unidos entró en Cuba como supuesto libertador, pero se quedó con Puerto Rico, Guam y Filipinas. Décadas después, investigaciones —incluso del propio gobierno gringo— confirmaron que lo más probable era un incendio en los depósitos de carbón. Pero ya no importaba: el imperio había estrenado su traje y a partir de este episodio solo en Latinoamérica intervinieron 76 veces en todos los países.

Vietnam y el fantasma en el radar (1964–1973)

En el Golfo de Tonkín, la historia volvió a rodar. Se anunció al mundo que destructores norvietnamitas habían atacado a buques estadounidenses. Mentira. El segundo ataque jamás ocurrió: fueron ecos de sonar confundidos, manipulados para sonar a agresión. El Congreso, enloquecido de patriotismo, aprobó la Resolución de Tonkín y la guerra estalló. Resultado: tres millones de vietnamitas y más de 60 mil estadounidenses muertos. Décadas después, la NSA y hasta Robert McNamara admitieron la verdad: no había ataque, solo operaciones encubiertas provocadoras de EE.UU. Fue la mentira fundacional de una carnicería que aún tiene traumas y cicatrices en la sociedad estadounidense.


Granada y los estudiantes en “peligro” (1983)

En los años 80, Ronald Reagan necesitaba su guerra chiquita. Encontró el escenario en Granada, una islita caribeña con un gobierno de izquierda. El pretexto: “proteger” a 800 estudiantes estadounidenses de medicina supuestamente en peligro tras un golpe. La universidad declaró que jamás estuvieron en riesgo, y hasta Margaret Thatcher, aliada fiel, se opuso a la farsa. Pero las tropas ya estaban desembarcando. La invasión fue un paseo militar contra un país del tamaño de un barrio de Miami, pero sirvió para mandar un mensaje al Caribe: aquí manda Washington.

Panamá: Noriega, de agente narco de la CIA a villano de manual (1989)

George H. W. Bush necesitaba otra “causa justa”. Fabricó un monstruo a su medida: Manuel Noriega, general panameño y viejo colaborador de la CIA, fue de pronto convertido en el enemigo público número uno. ¿El pretexto? Narcotráfico, amenazas al Canal y “proteger vidas estadounidenses”. En realidad, Noriega se había vuelto incómodo y había que sacarlo. La invasión dejó miles de panameños muertos bajo bombas que arrasaron barrios populares. El Canal quedó bajo control seguro, y la “democracia” panameña pasó a ser otra ficha del tablero.

Irak y el tubito de polvo (2003)

La escena más grotesca de este catálogo fue en Nueva York, en la ONU. Colin Powell levantó un tubito con polvos blancos y juró que era evidencia de las Armas de Destrucción Masiva de Saddam Hussein. Bush y Cheney repetían que esas armas podían usarse en 45 minutos. También agregaron vínculos ficticios con Al-Qaeda. Todo falso: ni armas, ni vínculos. La fuente principal era un informante apodado “Curveball”, desacreditado incluso por la CIA. La mentira abrió las puertas a una invasión que destrozó Irak, mató a millones de civiles y dio vida al monstruo del ISIS. El engaño más caro y sangriento del siglo XXI.

Libia y el Viagra de la guerra (2011)

En 2011, la OTAN, bajo el liderazgo estadounidense, encontró su excusa en Libia. La propaganda aseguraba que Muammar Gaddafi repartía Viagra a sus tropas para ordenar violaciones masivas y que se preparaba una masacre inminente en Bengasi. La prensa lloró por “los derechos humanos”. El resultado: bombardeos, linchamiento de Gaddafi y un país reducido a escombros. Hoy Libia es un estado fallido, con mercados de esclavos al aire libre y una guerra civil sin fin. La mentira del Viagra fue desmontada por la propia ONU, pero ya era tarde: el petróleo había cambiado de manos.
Irán 2025: la mentira en construcción

El guion continúa. Hoy, en 2025, los titulares anuncian que Irán estaba a “horas” de tener la bomba nuclear. Sin pruebas de la AIEA, sin verificaciones internacionales, el gobierno genosida de Israel y Washington decidieron bombardear Irán durante 12 días y finalmente sus instalaciones de uso pacífico nuclear. Se dijo que eran “plataformas militares encubiertas”. Estoy seguro que, como en Irak, el tiempo revelará que no había programa nuclear activo. Pero para entonces, el desastre estará hecho: muertes, crisis energética global y una región al borde de la guerra.


Venezuela el cuento de los narcos:

Finalmente retorna la guerra contra el narco, con acusaciones completamente fantasiosas contra el Gobierno de Venezuela y sus altos mandos de pertenecer a un cartel que para la propia DEA en su informe de 2024 y para la ONUDD en su informe 2025 no existe e informan que Venezuela ni es una ruta segura para el narco, ni tiene cultivos, ni tiene laboratorios. Pero nada de eso importa, es la mentira quien construye los objetivos militares. Recientemente un periodista le pregunta a Dolnad Trump si van a atacar algún objetivo en territorio venezolano y con altanería de siempre dijo: pronto se van a enterar. Amanecerá y veremos.

Entonces, ¿Cuál es el patrón ciminalístico?

De La Habana a Teherán, de Tonkín a Trípoli, el libreto es siempre el mismo:

– Inventar una amenaza.
– Venderla como verdad absoluta.
– Atacar.
– Admitir, años después y con voz baja, que fue un error, a veces.

Y así funciona el “mundo libre”: cada guerra empieza con una mentira, y cada mentira es vendida como cruzada moral. Lo hicieron con Cuba, Vietnam, Granada, Panamá, Irak, Libia e Irán. Y hoy lo ensayan contra Venezuela, con el cuento del “narcoestado” y el “Cártel de los Soles”. Primero te destrozan la mente con propaganda, después te rodean con submarinos nucleares.
Estados Unidos no va a la guerra por libertad, ni por democracia, ni por derechos humanos. Va a la guerra por intereses, por petróleo, por control geopolítico. Y la mentira es su arma preferida. Una mentira repetida en titulares, amplificada por redes sociales y canonizada en los discursos de presidentes poco solemnes.

Venezuela quiere paz y luchará por ella.

Fuente de la información e imagen:  https://cuatrof.net

Fotografía: Cuatro F.

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Gaza y el espíritu del capitalismo

(Texto inspirado en Walter Benjamin)

No es solamente el Estado de Israel el perpetrador del genocidio en Gaza. Es el sistema. El genocidio en Gaza es la expresión más clara de su espíritu, de su ethos más profundo, el cual se disfraza de manera cínica y éticamente insostenible con los ropajes de la democracia liberal, exhibida hoy en toda su falsedad como una manifestación de lo que trata de ocultar, es decir, ser ideología de un universal violento.

No podemos entender Gaza si no relacionamos la particularidad del genocidio de la población perpetrado en esas tierras con la reproducción del sistema como proceso de totalización que implica la violencia como forma de existencia, con la nuda vida que le es inherente al capital. La verdad del genocidio en particular y la violencia moderna en general, es que están en el corazón mismo de sistema, constituyen el verdadero “espíritu” del capitalismo.

Max Weber trató de sublimar el tema de los orígenes del capitalismo en la teoría de una ética del trabajo y de la salvación individualista en su famoso ensayo La ética protestante y el espíritu del capitalismo. Hizo abstracción de la violencia. El liberalismo como narrativa dominante reproduce esta construcción ideológica. Las palabras clave que nombran el sistema (progreso, civilización, modernidad, democracia, etcétera) omiten, evaden o subliman, esa dimensión ominosa de la dominación.

Lejos de derivar la violencia de las relaciones sociales antagónicas que constituyen el sistema, la misma se presenta en el discurso dominante como parte del llamado proceso civilizatorio. En el mejor de los casos, como un mal menor y necesario en la ruta de la humanidad hacia el progreso. El exterminio de millones de personas en América, África y Asia, la esclavitud misma, como parte de la expansión territorial del capital y de la creación de una historia unificada en el mercado mundial, aparecen como logros de la civilización, como la superación de la barbarie. El genocidio y el despojo son vistos y pensados desde ese código, desde ese registro.

Las guerras actuales son nombradas también con esas palabras. Y no debemos ser cómplices de esas palabras. Necesitamos nuevas. No basta con denunciar las masacres que el Estado de Israel comente diariamente. Tenemos que ser conscientes de que Gaza es la expresión desnuda de la catástrofe que el sistema representa para la vida humana y no humana, de la barbarie que lo acompaña, de la amenaza en cualquier rincón del planeta. El sistema se encuentra en esa forma particular de negación de la vida. No es metáfora. La violencia y el genocidio son parte de su lógica identitaria:  rechaza y, llegado el caso, aniquila lo que no se subsume en ella.

Ese es el verdadero espíritu del capitalismo. Dicho “espíritu” no es más que la expresión subjetiva más radical del tiempo específico que el capitalismo ha generado desde su surgimiento con la acumulación originaria de capital y el despliegue del trabajo abstracto como la categoría central de la unificación del mundo hasta nuestros días; una categoría de poder y dominio que implica la violencia de la separación de los productores respecto a los medios de producción y una lógica dominada por el dinero; lógica donde el proceso incesante de cosificación de las relaciones sociales  corre en paralelo de una subjetividad deshumanizante.  Son esas condiciones las que preparan el terreno de fondo para efectuar y naturalizar la muerte fría y en masa de poblaciones enteras ante la mirada pasiva de millones de personas, es decir, donde el genocidio  tiene cabida como categoría política legítima.

La forma mercancía de las relaciones sociales implica un tiempo de violencia y furia que tiene varias cabezas, como dicen los zapatistas aludiendo a la figura de la hidra capitalista. Una de ellas es Gaza. Se impone detener el tiempo, ese tiempo. Los periodos de muy relativa paz en el mundo no remiten al despliegue de un tiempo “civilizatorio” representado como lineal y homogéneo, sino a sus interrupciones por parte de las resistencias de los de abajo y la creación de mediaciones en un determinado campo de fuerzas. Por ejemplo, el llamado Estado de Bienestar -como lo plantea Negri- fue el resultado de la reestructuración del sistema que implicó una respuesta del capital al movimiento obrero y a la amenaza que representaba la revolución en las condiciones de la posguerra.

¡Detener el genocidio en Gaza, sí!  Pero no quedarse allí, sino luchar por detener la catástrofe como modo de existencia del tiempo universal creado por el capital. La salida, ahora lo sabemos, no es la creación de otras síntesis políticas que reproducen el tiempo vertical de la dominación en nuevas constelaciones de poder, sino abrir y elaborar el tiempo como experiencia de libertad y autodeterminación humanas.

Fuente de la información e imagen:  https://comunizar.com.ar

Fotografía: Comunizar. Freepik.es todos-ojos-gaza

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La escuela, un espacio de resistencia democrática

Los recientes sucesos en Torre Pacheco, caracterizados por linchamientos y discursos racistas promovidos por grupos de ultraderecha1 ejemplifican una preocupante tendencia global hacia la ‘desdemocratización‘ y el auge del odio. Estos fenómenos no son aislados ni circunstanciales, sino que forman parte de un entramado sociopolítico que impacta de lleno en la vida escolar de niños, niñas, adolescentes y jóvenes, en la convivencia escolar. Estos escenarios afectan a la educación, pero la escuela puede y debe ser un espacio de resistencia democrática.

El antropólogo nigeriano-estadounidense, John Ogbu, decía que todas las ‘batallas’ que acontecen en la escuela tienen su origen fuera de esta.

Ogbu,2 en su enfoque ecológico-cultural, sostiene que las expectativas sociales y las percepciones culturales influyen directamente en la integración y éxito escolar de las minorías. No se trata solo de diferencias culturales o lingüísticas, sino de cómo las estructuras sociales refuerzan la exclusión. El modelo ecológico-cultural advierte del riesgo de interpretar las desigualdades educativas como problemas intrínsecos a las comunidades minoritarias, desatendiendo la influencia del racismo estructural y las dinámicas de poder3 que debemos tener en cuenta a la hora de analizar el impacto en la educación de lo sucedido en Torre Pacheco.

¿Qué sentido tiene la ‘cacería contra el migrante’, concretamente la minoría de origen magrebí, si la subsistencia de la economía local en Torre Pacheco depende principalmente de su trabajo y esfuerzo?

Un municipio de 40.000 habitantes, Torre Pacheco, ‘con un 32,2% de población de origen extranjero, cuatro mezquitas, colegios públicos donde van los hijos de campesinos magrebíes (y de otra decena de nacionalidades) y colegios concertados a los que van los hijos de los patronos; barrios donde viven “ellos“ y otros donde viven “los de aquí”. Decenas de jóvenes nacidos en España a los que en su pueblo los llaman “moros”, y forasteros en la tierra de sus padres.’4

No quiero dejar pasar el caso de desprotección de tantos niños, niñas, adolescentes y jóvenes, concretamente los que muchas comunidades autónomas se niegan a proteger. ¿Quién decide que unos niños, niñas y adolescentes, los nuestros, nuestros hijos e hijas son susceptibles de protección y los demás son ‘desechables’?

Cita Patricia Hill Collins5 a Zygmunt Bauman cuando habla de los excesos, de todo tipo, que produce el capitalismo contemporáneo, residuos que es preciso desechar cuando ya no son útiles: «Los residuos producidos por el progreso económico que perturban las formas de vida tradicionales, el exceso de población, como residuo de ese desarrollo, y los residuos literales, los vertederos en los que se desecha la basura en el marco del desarrollo capitalista global».

Esa metáfora del residuo según planteaba Bauman describe «las experiencias de los niños pobres a los que sus sociedades convierten en seres desechables. Muchos niños y adolescentes del mundo deben encontrar formas de sobrevivir en países en los que su presencia es vista como un problema social. Muchos de ellos viven a la sombra de grandes fortunas, tanto en países ricos como pobres, en el norte global y en el sur global, al igual que la basura excedente. Esos jóvenes constituyen un excedente de población que ha de valerse por sí mismos, sin tener ninguna culpa muchos niños y adolescentes se ven abandonados y deben arreglárselas por sus propios medios».

¿Como hacerse mayor, se pregunta Hill Collins, en unas sociedades que entienden que todo es desechable?

Si nos centramos en las vidas de estos niños y niñas en Canarias, en Ceuta, pero también de los que llegan a nuestros pueblos y escuelas, las ‘mochilas’ que cargan, nos permite atisbar las esperanzas y las posibilidades que traen consigo, pero también las dificultades a las que deben hacer frente y que son extremadamente difíciles de superar en esas intersecciones6 de clase, raza, género, sexualidad y origen étnico. Unos adolescentes y jóvenes que deben responder a la violencia, ya sea permaneciendo en su entorno, marchándose o luchando contra ella. ¿vamos a considerarlos ‘desechables’ como pretenden algunos discursos ultraderechistas o vamos a asumir nuestra responsabilidad de protegerlos?

Existe una ola de ‘desdemocratización’ global impulsada por fuerzas autoritarias, que en nuestro país tienen nombre y apellidos, fundamentalistas, grupos de ultraderecha y grupos antiderechos, que niegan las nociones de derechos en general, pero especialmente a mujeres, migrantes, personas gitanas, personas LGTBIQ+, entre otros, y que han construido una estructura internacional de influencia social enfocada en lograr hegemonía y la negación de derechos, como se ha visto en Torre Pacheco y que impacta directamente en adolescentes y jóvenes.

Las redes sociales merecen especial atención. El auge de discursos antifeministas, racistas y autoritarios, impulsados por la manosfera y movimientos de ultraderecha, ha encontrado en las redes sociales un canal de difusión sin precedentes7. Este fenómeno, lejos de ser periférico, se ha infiltrado en la cultura juvenil, banalizando la violencia y naturalizando la misoginia y el racismo. La construcción de masculinidades tóxicas y la negación de las violencias de género son síntomas claros de esta tendencia8.

La democracia debe ser vivida en la escuela. El catedrático Félix Angulo9, plantea la necesidad de entender la escuela como un espacio para la experiencia democrática, donde se practiquen la justicia social y la participación activa. En un contexto de creciente polarización, la pedagogía del cuidado y la creación de una cultura de respeto y reconocimiento son esenciales para combatir las lógicas de exclusión y violencia dentro de las aulas.

Los procesos educativos deben centrarse en los cuidados, en el acompañamiento educativo en la vida de las escuelas, que es el sentido de la docencia misma. No podemos permitir que este ataque ‘neoconservador-ultraderechista’ que permea en la educación, anule la pedagogía. No podemos sustituir el acompañamiento y el afecto por la producción y el rendimiento.

La justicia afectiva, dentro de las ‘justicias escolares’ de Angulo, se genera en el trato directo, en el derecho de todo niño y niña a ser querido, protegido, cuidado y amado. Es aquí en la justicia afectiva donde nos estamos jugando la justicia social, el cuidado de los otros, de las personas más desvalidas, de las que más nos necesitan.

No hay democracia si no me interesan las demás personas, si no las cuidamos, si no las acompañamos

Angulo va más allá, es lo que posibilita la democracia, que solo puede florecer cuando el cuidado por los otros se convierte en el centro de la reproducción social, en el centro de la sociedad.

No hay democracia si no me interesan las demás personas, si no las cuidamos, si no las acompañamos. Desarrollar el vínculo con los otros, el cuidado hacia los demás, seres humanos y pero también del resto de seres vivos no humanos (animales, plantas, rocas, agua…) posee una extraordinaria fuerza afectiva, y eso exige a los maestros, maestra, docentes en general, pero también Administraciones educativas y responsables de políticas públicas ‘pensar en lo importante’ en educación, donde ningún niño, niña o adolescente es ‘desechable’ sino un elemento clave en la construcción democrática.

Los acontecimientos de Torre Pacheco muestran cómo el discurso del odio puede permear la vida escolar, afectando la construcción de identidades juveniles y la convivencia en las aulas. La reproducción del racismo y la misoginia dentro del entorno escolar, si no se confronta, refuerza la marginación y la exclusión. Las escuelas corren el riesgo de convertirse en espacios inseguros si no se promueven activamente valores democráticos y prácticas inclusivas.

Algunas sugerencias pedagógicas y de intervención educativa no solo en Torre Pacheco podrían ser:

Educación en la diversidad y la justicia social

Resulta imprescindible diseñar proyectos educativos que aborden la diversidad y promuevan la justicia social, incluyendo la colaboración con familias y organizaciones locales para crear una red comunitaria fuerte y resiliente (Angulo, 2011).

Promoción de masculinidades igualitarias y prevención de la violencia

La implementación de programas que cuestionen las masculinidades hegemónicas y promuevan masculinidades igualitarias se presenta como un eje fundamental en la prevención de la violencia de género y del racismo (Fundación Cepaim, 2022).

Refuerzo de la participación democrática en la escuela

El fomento de asambleas escolares, espacios de diálogo y la formación docente en ciudadanía y derechos humanos son claves para construir comunidades educativas democráticas y participativas (Angulo, 2011).

La educación debe ser un agente activo en la defensa de la democracia y la justicia social. Frente a los discursos de odio y las tendencias desdemocratizadoras, es urgente consolidar políticas educativas inclusivas, formaciones docentes comprometidas y prácticas escolares que refuercen la convivencia y el respeto a los derechos humanos (Ogbu, 2003; García-Mingo & Díaz, 2022). Solo desde una pedagogía crítica y transformadora será posible construir una ciudadanía democrática antirracista y antifascista, frente a los acontecimientos vividos en Torre Pacheco. La escuela puede y debe ser un espacio de resistencia democrática.

Referencias

Angulo, F. (2011). La democracia vivida en la escuela. Revista de Educación.

Carrasco, S. & Abajo, J. E. (2003). La situación escolar del alumnado de minorías étnicas: El modelo ecológico-cultural de John Ogbu.

El Salto. (2025). La ultraderecha incentiva ataques racistas en Torre Pacheco.

Fundación Cepaim. (2022). Comparativa internacional en políticas de masculinidades.

García-Mingo, E. & Díaz, S. (2022). Jóvenes en la manosfera. Fundación FAD Juventud.

Hill Collins, P. 2025. Intersecciones letales. Raza, género y violencia. Paidós.

Ogbu, J. (2003). Minority Education and Caste: The American System in Cross-Cultural Perspective.

Redon Pantoja, S. (2024). «El denso y complejo significado del concepto Educación en el marco de la educación para la ciudadanía: algunas aproximaciones», en Ciudadanía y educación. ¿Utopía o realidad? Ediciones Universitarias de Valparaíso. Pontificia Universidad Católica de Valparaíso.

STEs Intersindical, 2021. López B. (Coord.) Agenda de la Infancia. Para mejorar la vida y la educación de niños, niñas, adolescentes y jóvenes. Ed. Confederación Intersindical.

Notas

1 El Salto, 2025

2 Ogbu (2003)

3 Carrasco & Abajo, 2003

4 EL PAÍS, 20.07.2025

5 Hill Collins.P. 2025. Intersecciones letales. Raza, género y violencia.Paidós.

6 La idea fundamental de la interseccionalidad es que los principales ejes de las divisiones sociales en una determinada sociedad, y en un momento dado, por ejemplo, la raza, la clase, el género, la sexualidad, la dis/capacidad y la edad no funcionan como ejes independientes y mutuamente excluyentes, sino que se construyen unos sobre otros y actúan juntos.

7 García-Mingo & Díaz, 2022

8 Fundación Cepaim, 2022

9 Angulo (2011)

Fuente de la información e imagen:  https://eldiariodelaeducacion.com

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Economía campesina y vida familiar: el motor silencioso del desarrollo local

En los discursos oficiales —y, por supuesto, también en los proselitistas— suele elogiarse el trabajo comunitario y campesino en la ruralidad del país. Sin embargo, las políticas públicas que lo respaldan son escasas o poco efectivas en la práctica. Un estudio realizado en 2007 muestra cómo los campesinos han pasado de ser considerados marginales a sujetos activos, y analiza aspectos como el cambio tecnológico, el ahorro, la acumulación y la diferenciación social. Aunque han pasado los años, lo que se reveló sigue siendo tan vigente como entonces. La rigidez de la economía y de la vida rural en Guatemala apenas ha cambiado. Por eso vale la pena volver sobre sus hallazgos.

En  mayo de este año la Ministra de Agricultura, Ganadería y Alimentación, afirmó que la «agricultura familiar es un motor económico y social, porque genera autoempleo y genera un conjunto de acciones de desarrollo económico a nivel local, contribuyendo a reducir la migración y la inseguridad alimentaria».

 

Hoy, el mayor desafío para la ministra de Agricultura es frenar el deterioro del presupuesto que recibe su cartera. No basta con buenos discursos sobre apoyar al agro. Sin recursos suficientes, esa narrativa pierde peso y pone en duda el verdadero compromiso del Estado con el desarrollo rural.

La Asociación para el Avance de las Ciencias Sociales  publicó en 2007 un extenso trabajo que ofrece una visión global sobre las estrategias campesinas en el departamento de San Marcos, Guatemala, basada en una investigación de varios años. La publicación exploró los cambios en la economía productiva de las comunidades rurales, el análisis de las racionalidades campesinas desde las ciencias sociales, y se justificó la elección de San Marcos como área de estudio. También analizó el impacto de la macroeconomía y los sesgos anticampesinos en la viabilidad de las economías del campo.

La investigación reveló una verdad contundente: a diferencia de las empresas que persiguen ganancias, la economía campesina gira en torno a la vida misma. Su prioridad es sostener a la familia, asegurar alimento en la mesa y garantizar el acceso a lo más básico. Para lograrlo, las familias diseñan estrategias que les permitan organizar y aprovechar al máximo los pocos recursos que tienen a la mano. Es su manera de resistir, de avanzar, de intentar salir del puro sobrevivir y, con suerte, acumular algo.

Pero ese esfuerzo ocurre en un terreno hostil: escasean los empleos, los salarios son bajos, no existen políticas que impulsen el campo y, para colmo, la macroeconomía les da la espalda.

Entre las principales estrategias que identificó la investigación destacan:

  • Pluriactividad y diversificación de fuentes de ingreso: Esta es una estrategia fundamental que implica la combinación de actividades agrícolas y no agrícolas. El texto la describe como un camino para aferrarse con todo a la vida, es decir, sobrevivir, o alcanzar la deseada acumulación. Incluye la agricultura para autoconsumo y mercado, comercio (minorista, «falluquero», itinerante), y la venta de fuerza de trabajo (jornalero, doméstico, migrante en México y Estados Unidos). Esta diversificación responde a una estrategia de minimización de riesgos y búsqueda de seguridad alimentaria, pero también busca diversificar e incrementar los ingresos monetarios. Ejemplos de actividades diversas se observan en estudios de caso.
  • Producción para el autoconsumo: Mantener una producción destinada al consumo familiar es vital para la seguridad alimentaria y opera como un escudo contra la escasez o las fluctuaciones de precios del mercado. Aunque la producción de granos básicos para autoconsumo puede generar bajos ingresos monetarios, aporta una seguridad alimentaria considerada insustituible.
  • Optimización y uso integral de recursos: Las unidades campesinas buscan optimizar los recursos escasos y discernir el uso apropiado de los recursos abundantes, como la fuerza de trabajo familiar. En las regiones Campesina Indígena y Cafetalera Latifundista, la agricultura convencional sigue existiendo, pero no ha desplazado del todo los saberes ancestrales. Allí, muchas familias aún aplican conocimientos agronómicos tradicionales y aprovechan de forma integral lo que les ofrece la naturaleza. Un ejemplo claro: el uso completo de los subproductos agrícolas y pecuarios, o el manejo cuidadoso del bosque como fuente de vida y sustento.
  • Ahorro y restricción del consumo: El ahorro es visto como resultado del aumento de ingresos provenientes de cultivos comerciales de «altos ingresos»  y la restricción del consumo. En varios estudios de caso, esta disciplina económica aparece como un elemento fundamental en la acumulación de recursos.
  • Inversión en activos: Lo que logran ahorrar —sobre todo gracias a cultivos bien cotizados como el café, las hortalizas o el tabaco— muchas familias lo reinvierten con visión de futuro: compran tierra, ganado, mejoran sus viviendas o arrancan pequeños negocios (tiendas, comercio), la continuidad de los estudios o el pago para la migración.
  • Búsqueda de educación para las nuevas generaciones: Una apuesta importante para muchas familias campesinas es que sus hijos e hijas alcancen niveles educativos superiores (secundaria, universitaria). Esto para encontrar opciones económicas fuera de la agricultura y romper el ciclo de dependencia del trabajo asalariado y la producción de autoconsumo.

La desigualdad entre las unidades campesinas es notoria: no todas parten del mismo punto ni enfrentan las mismas condiciones.

  • Vinculación con instituciones y organizaciones: El acceso a crédito, asistencia técnica, información de mercados y programas de desarrollo, ya sean públicos o privados, es crucial para fortalecer las bases económicas y potenciar estrategias como la reconversión productiva. Vínculos con entidades estatales, gremiales y locales, han sido fundamentales en procesos de campesinización y consolidación. Sin embargo, llegar a esas instituciones no siempre es fácil: los mercados fallan, las reglas no están claras y muchas veces las puertas simplemente no se abren.
  • Construcción y aprovechamiento de redes sociales: Los vínculos familiares, comunitarios y extracomunitarios (redes de amistad, organizaciones comunales, productivas, políticas, religiosas) ejercen una influencia importante en las estrategias. La participación en espacios organizativos puede facilitar el acceso a financiamiento, el fortalecimiento de procesos y la gestión del desarrollo comunitario.

Estas estrategias no garantizan un camino seguro hacia la acumulación. La desigualdad entre las unidades campesinas es notoria: no todas parten del mismo punto ni enfrentan las mismas condiciones. La ubicación geográfica, la cantidad y calidad de sus recursos naturales, el acceso a financiamiento y a los mercados marcan la diferencia entre quien logra salir adelante, quien apenas sobrevive y quien termina empobreciéndose. A eso se refieren los investigadores cuando hablan de procesos de «descampesinización hacia arriba» o «hacia abajo».

Hoy, el mayor desafío para la ministra de Agricultura es frenar el deterioro del presupuesto que recibe su cartera. No basta con buenos discursos sobre apoyar al agro. Sin recursos suficientes, esa narrativa pierde peso y pone en duda el verdadero compromiso del Estado con el desarrollo rural.

Fuente de la información e imagen:  https://www.plazapublica.com.gt/

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¿Quiénes cuidan a las niñas que cuidan?

¿Cómo vive su maternidad precoz una adolescente? Con esa pregunta, el Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA) inició un estudio en la provincia de Salta en busca de historias y subjetividades que dan cuerpo a las estadísticas. Hoy, esos testimonios documentan cómo se cuida una infancia si recién se está saliendo de la propia, quién las cuida a ellas. No fue fácil contactarlas: probaron suerte con pediatras, iglesias y ONGS. Las encontraron a través de sus escuelas, esa casa que ahora les abre las puertas, defiende su derecho a la educación pero sobre todo abriga, inventa nuevas pedagogías, resiste la cancelación de futuros y aloja vidas.

¿Qué es cuidar? Cuidar es sostener, lavar, alimentar, cobijar, acompañar, acariciar, planificar, ahorrar, comprar, pagar, consolar y mimar. Todos estos verbos tejen los lenguajes de los cuidados, esos actos que demuestran la interdependencia que a lo largo de la vida todos tenemos e intercambiamos, unos con otros. Se sostienen con saberes y también con gestos. Es el corazón de quienes cuidan, quizás, lo que distingue a la humanidad. “En un mundo que descuida, el cuidado es revolucionario”, venía diciendo Eleonor Faur, socióloga, y su tesis se hizo carne y políticas públicas cuando en pandemia el tema salió del closet, emergió de las profundidades familiares y reveló que nadie se cuida en soledad.

“El cuidado sin afecto no es eficiente” y “Eso que llaman amor es trabajo no pago”, señalaron entonces los hashtags para luego repensar: bueno, sí, no todo es mercancía y en ciertos casos puede ser amor. Aciertan. ¿A veces, también, es trabajo infantil? En Argentina, siete de cada diez adolescentes se ocupan de las  tareas domésticas y de cuidados en sus hogares, según el Perfil de País 2024 de ONU Mujeres. Lavar platos, tender camas, levantar juguetes y cuidar hermanos es, sobre todo para ellas, una actividad tan cotidiana como scrollear Instagram o repasar para una prueba. Sus pares varones no se quedan atrás: cinco de cada diez también se ocupan de estas tareas de manera precoz, sobre todo cuando viven en hogares monomarentales o las personas adultas pasan muchas horas fuera de la casa. ¿Cómo estudiar mientras toca hacerse cargo todas las tardes de un hermano? ¿Qué deseo de jugar queda en pie si hay que atender a un bebé? ¿Cómo vivir una infancia plena cargando con preocupaciones y responsabilidades de grandes? ¿Ser mamá es parte de un imaginario futuro incluso si maternar es una experiencia real durante la adolescencia?

Valeria va a la escuela, cursa segundo año de un secundario en un pueblo de Salta. En su tiempo libre, es la encargada de alimentar a las mascotas de la casa, vende comida en la plaza, cuida a nenas y nenes del barrio, sean hijos de vecinas o sobrinitos. Les prepara la merienda, los entretiene, sopla narices, lava las tazas, barre las migas, baja el volumen de la tele, separa peleas y consuela berrinches. Así logra juntar plata propia.

Cuando tenía 14 años, algo impensado marcó su vida para siempre: su hermana de dos años, diagnosticada con epilepsia, murió. Ni la enfermedad le había podido borrar la vitalidad, y así la recuerda Valeria, sonriendo. En ese tiempo de duelo, Valeria perdió las ganas de comer y hasta el impulso por hablar. Sentía que ya no iba a tener a nadie con quien compartir. Todo fue oscuro, nada fue importante. Tampoco notó el atraso en su ciclo menstrual. Una tarde, se tropezó jugando al fútbol. Se cayó al piso, y en el golpe sintió un dolor extremo en la espalda. Hizo cuentas. Recordó fechas. Hilvanó salidas y recuerdos. Pensó que sí, quizás, estaba embarazada.

Su hijo ya tiene dos años. A veces la acompaña a la escuela. Quedar embarazada a los 14 no le pareció extraño: sus primas pasaron por eso en una edad similar, pero abortaron. Valeria sabía que tenía esa opción, pero siguió adelante porque extrañaba esa sensación de compañía que le daba su hermana, la beba con la que posaba frente al espejo jugando a la mamá. Cuando vio las dos rayitas, pensó:

—Capaz me lo manda ella para que yo no esté sola.

***

La maternidad es tema recurrente de la literatura, el cine, el arte, la ciencia. Hablar de una madre en el mundo occidental supone hablar de bondad, dulzura, abnegación y amor infinito. “Nadie podría sobrevivir sin los cuidados imprescindibles en períodos precisos como la infancia, la vejez, en condiciones de discapacidad, enfermedad o eventos traumáticos”, escribe la psicóloga comunitaria Elena de la Aldea en su libro Cuidados en tiempos de descuido. En el corazón de los cuidados están esos gestos, movimientos y mandatos espontáneos, apenas perceptibles, que recién empiezan a incluirse en los programas institucionales y previsiones económicas. “Ese gesto nos deja entrar en el tiempo del otro sin hacer ruido, casi de puntillas.”

No es lo mismo ser madre adolescente en Salta que ser madre treintañera en CABA. ¿Qué pasa cuando la maternidad transcurre en la juventud o la niñez? ¿Qué estereotipos pesan? ¿Cómo se cuida una infancia si recién se está saliendo de la propia? Pero hay algo que ellas sí tienen en común. La maternidad es un territorio en disputa: entre el deseo y la obligación, el amor y la frustración, ejercerla implica estar atravesada de mandatos y estructuras que tienen que ver con la cultura, no con la biología.

En la periferia del mundo industrializado existe una dialéctica entre nacimiento y muerte, entre supervivencia y pérdida. En su libro La muerte sin llanto, la antropóloga estadounidense Nancy Scheper-Hugues desarrolla una investigación de principios de los noventa. Entonces, se instaló en el nordeste brasileño para indagar las altas tasas de muerte infantil. No eran las muertes lo que la sorprendían: la indigencia podría explicar las enfermedades de las infancias. Indagó en la naturalización de esas muertes por parte de las jóvenes madres que sentían cierta paz luego de perder a sus hijos enfermos. ¿Qué hacía que la muerte pareciera algo tan pequeño? La exposición a tanta pérdida no había petrificado el corazón de esas mujeres. “La muerte aparecía como una opción ante la imposibilidad de la vida.”

***

Luciana tenía 14 años cuando se fue de su casa, donde convivía con su mamá, cuatro hermanos y su padrastro, después de padecer muchas discusiones con él. “Yo sentía que no era parte de ahí, y me fui. Siempre eran peleas”. Un año después, quedó embarazada. Vivió con el padre de su hijo, que recién cumplía los 18. Otro año después, ya no se sentía parte de esa pareja, por las adicciones de él. Desde entonces alquila una pieza donde vive con su bebé. Algunas veces lo cruza en la escuela donde ambos estudian. Desde que se separó, él no volvió a ver a su hijo ni a pasarle plata. Su único ingreso es la Asignación Universal por Hijo. Cría sin cuota alimentaria, como el 56 por ciento de las mujeres madres, según el informe de ONU Mujeres. 

Las paredes de madera que alojan a Luciana y a su hijo los hacen tiritar en invierno y transpirar de más en verano. “La casa está medio desarmada”, explica. En la parte de adelante del terreno vive la dueña. Luciana la ayuda a cocinar, hace mate, lava y cuida la casa cuando la señora no está.

A los 13 años, Luciana tuvo que dejar la escuela técnica: imposible comprar los materiales que les pedían. Tres años después, cuando su bebé aprendía a caminar, retomó los estudios, en otra escuela. Ahí puede ir con él.

***

Blanca está sentada junto con su nueva mejor amiga. Tiene 16 años y Guadalupe, 19. Las dos son madres, sus bebés están con ellas, los entretienen mientras charlan antes de la próxima clase. Son compañeras del secundario. En sus mochilas también hay mamaderas, juguetes y mantitas.

Sus adolescencias están atravesadas por la maternidad pero no dejaron de cursar nunca. Si alguna vez les falta plata para comprar pañales, sus profesores las ayudan. Los días que tienen pruebas, ellos las reemplazan: acunan y mecen los cochecitos. Les dan abrigo. La escuela aloja sus vidas, otras pedagogías, no solo sus trayectorias educativas.

***

Valeria, Luciana, Blanca y Guadalupe compartieron sus historias de vida, junto a otras adolescentes, para darles cuerpo a las estadísticas. Sus testimonios son parte del Estudio sobre trayectorias, experiencias y significados en torno al embarazo temprano no intencional en la adolescencia en la Provincia de Salta, una iniciativa del Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA) en Argentina. Cada una con su singularidad, hilvanaron vivencias y sentimientos. Entre otros ejes de investigación, el Estudio sobre trayectorias… indaga sobre las responsabilidades domésticas y de cuidado de las que se hacen cargo, de forma precoz.

Anabel Fernández Prieto es Oficial de Programas de UNFPA. Estuvo en los orígenes de esta investigación. En ese entonces, junto al equipo integrado también por las investigadoras salteñas Andrea Flores y Gabriela Ferro, se encontraron con  las cifras de la tasa de fecundidad adolescente temprana y las rodearon de preguntas. Pensaron diversas hipótesis, siempre con el objetivo de impactar en la transformación social.

“¿Qué estará pasando que no logramos ver?”, se preguntaron. Ocupadas en conocer las historias detrás de los datos, formaron equipo. Fue vital que las académicas de la Universidad Nacional de Salta encabezaran de manera situada el contacto con las jóvenes.

¿Dónde están las jóvenes madres? ¿Por qué es tan difícil llegar a ellas a través, por ejemplo, de pediatras, la iglesia o las ONG? Cuando parecía imposible ubicarlas, las encontraron en las escuelas.

—Son casi la única institución que tracciona para que ellas sostengan su trayectoria educativa. Es el lugar donde hay un vínculo diario y cercano.

En el mapa de los cuidados se tiene en cuenta quién los brinda y quién los recibe, y también los principales escenarios donde suceden: se cuida en la familia, se cuida en el barrio, en la comunidad, en las instituciones públicas y en las privadas. Pero, ¿quién enseña a cuidar? No hay estatuto docente que forme para hacer upa a hijos de estudiantes. Ni norma institucional que sugiera armar una vaquita para comprar pañales.

La escuela es un lugar donde lo humano no se relativiza: existe. Es una caja de resonancia de infinitas experiencias personales. Las jóvenes que son mamás siguen necesitando cuidados, y no pierden ese lugar, pero sí se transforma.

Otra vez, un aula. Y una escena que adoran las investigadoras que trabajan por incidir en las políticas de cuidados. Que pasó hace muchos años, pero no importa. Al frente de la clase, la antropóloga Margaret Mead.

—Profesora, ¿cuál fue el primer signo de civilización humana?

Todos esperaban que hablara de la aparición del primer anzuelo, de la piedra afilada o el uso del fuego. Pero no. Todo comenzó con un fémur fracturado que fue sanado. Todo empezó con alguien que eligió quedarse con la persona herida, inmobilizarla, protegerla, acercarle agua, alimento y afecto. Alguien cuidó.

Fuente de la información e imagen:  https://www.resumenlatinoamericano.org

Fotografía: Resumen latinoamericano. Magda Castría

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La escuela pública como reflejo de la sociedad que construimos

La educación y la sociedad tienen una relación isomórfica; esto significa que los cambios o acontecimientos que ocurren en una, inevitablemente repercutirán en la otra. Por lo tanto, si una de ellas experimenta transformaciones en su comportamiento y en las formas de interacción entre las personas, ya sea positiva o negativamente, es natural que esas dinámicas se repliquen en la otra. En este sentido, si una sociedad está marcada por la violencia, la intolerancia, el individualismo y el hastío, inevitablemente serán los cimientos que se construirán al interior de las salas de clases, transforman la escuela en un fiel reflejo de la sociedad.

Las salas de clases dejaron de ser un espacio pedagógico, transformándose en espacios de resguardo y contención socioemocional de cientos de niños, niñas y adolescentes

El psicólogo y filósofo John Dewey definió la escuela como un microcosmos de la vida social, donde se concentran las fuerzas que reproducen las normas, conocimientos y procesos histórico-culturales de la sociedad. Para Dewey, el desarrollo social depende del proceso educativo del individuo, en el cual se debiese adquirir herramientas para participar activamente en su entorno como un agente crítico, reflexivo, respetuoso. Lamentablemente, este proceso educativo se está volviendo una tarea cada vez más difícil de cumplir y sostener en las escuelas públicas. Y uno de los principales motivos es que las salas de clases dejaron de ser un espacio pedagógico, transformándose en espacios de resguardo y contención socioemocional de cientos de niños, niñas y adolescentes que traen consigo cada día las secuelas de una sociedad fragmentada y profundamente dañada. Porque cuando un estudiante asiste a la escuela, no solo lo hace de forma física, sino también emocionalmente. Y con ello, lleva sus heridas, dolores y tensiones provenientes de su familia, comunidad y, por supuesto, del contexto social en el que vive. En ese sentido, es inevitable que la violencia, la intolerancia y el individualismo que hoy nos aquejan como sociedad no se manifiesten en las salas de clases.

La violencia en sus diversas formas (física, verbal, psicológica y digital) ha encontrado un terreno fértil en los contextos educativos. Esta realidad no surge de manera espontánea, sino que es síntoma de problemas sociales profundos y arraigados que han repercutido en una crisis multifactorial, la cual impide que la educación pública avance con certezas y eficiencia, sino más bien que se mimetice con las temáticas sociales que se han construido.

Ante los problemas de crisis social la escuela no puede sola. Estas soluciones requieren de acciones colectivas mucho más drásticas y profundas

Un claro ejemplo concreto que repercute con fuerza en las escuelas es la crisis de autoridad a raíz de la ausencia de liderazgos políticos serios y modelos positivos de convivencia. Basta observar la manera de relacionarse que tienen nuestras autoridades por medio de redes sociales y programas de televisión abierta para entender que la misma intolerancia y violencia será la que se manifestará en niños y niñas. Basta observar como referentes musicales del país que promueven el descontento social y la vida bajo la influencia de la droga, el dinero y los autos son el modelo de “éxito” de muchos jóvenes. ¿Cómo educamos entonces? ¿Cómo les enseñamos que el diálogo es el mejor camino para resolver las diferencias cuando otros países resuelven sus problemas a través de guerras? ¿Cómo incentivamos a que cientos de niños y niñas en condiciones de vulnerabilidad social se eduquen cuando las redes sociales y el crimen organizado son un negocio mucho más rentable?

Ante los problemas de crisis social la escuela no puede sola. Estas soluciones requieren de acciones colectivas mucho más drásticas y profundas. Lamentablemente, ninguna autoridad política tiene el tiempo, la disposición y la valentía de ejercerlas. Y ante esa cobardía, prefieren invertir recursos y diseñar programas que orienten a las escuelas a manejar situaciones de crisis y conflicto. En lugar de aceptar que la educación pública no está avanzando con eficiencia, prefieren caer en estado de autoengaño e idealismo que por tantos años ha gobernado las políticas públicas de la educación. Porque si de algo tenemos certezas los y las profesoras que trabajamos en educación pública, es que las escuelas hoy sobreviven muchas veces gracias al compromiso de sus comunidades y la propia autogestión, pero no precisamente porque el modelo educativo sea el que da resultados.

Es triste decirlo, pero es la verdad. La escuela hace años dejó de ser un motor de transformación social, si no más bien es un espejo del deterioro en el tejido social. Y para revertir la situación, es necesario enfrentar el problema con madurez y dejar de lado el pensamiento mágico e idealista que tanto daño le ha hecho a la educación pública de Chile.

Pero ¿Estamos preparados?

Fuente de la información e imagen:  https://eldiariodelaeducacion.com

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